— Bien, parece que decía la verdad. Twilight Sparkle y Spike han llegado a Ponyville sin complicaciones.
Dawn Star no pudo contener un quedo suspiro de alivio. Sentada en una silla en la esquina del despacho, vigilada incesantemente por los cuatro pares de ojos del ministro Time Keeper y sus tres agentes, la unicornio fucsia sorbió con fuerza.
Había estado sollozando desde el momento en que Dawn Star y sus compañeros la habían llevado al despacho de Time Keeper. El unicornio negro se bajó de su silla, caminó hacia la joven y clavó la mirada en su rostro lloroso.
— ¿Por qué? —preguntó con severidad.
Más sollozos informes. Time Keeper suspiró.
— Queremos ayudar ti —dijo Nąȋenähz, que se había levantado de su silla y caminaba hacia la unicornio. Con suavidad, sin el más mínimo rastro de enfado o reproche en su voz—. Mas para ayudar ti, necesidad hemos de que tú fables nos.
De nuevo, sollozos y ninguna respuesta. Time Keeper suspiró. Aquello no iba a ninguna parte.
— ¿Quién es tu compañera?
La llorosa yegua se tensó de golpe, pero no respondió.
— Pegasos de carro eran encantados por maxïa oscura. Solo conocemos poni una que puede usar maxïa oscura.
Dawn Star se revolvió en su asiento, incómoda, tratando de devolver los siniestros recuerdos de la redada en El Cañaveral al rincón más apartado de su mente.
— Por favor —le pidió Nąȋenähz con humildad y expresión sincera—. Compañera tuya es peligrosa criminal. Toda Equestria es por ella en peligro. Debemos cazar ella.
Un ojo violeta y enrojecido asomó tímidamente por detrás de una temblorosa pezuña. Su respiración sonaba más calmada, pero todavía rasgada e irregular.
De repente, la puerta del despacho se abrió. Los tres agentes y el ministro volvieron la mirada hacia el recién llegado.
— Jefe, tenemos que hablar. En el doce…
Carrot Top, pues ella era la recién llegada, calló de golpe al ver a la yegua a la que interrogaba Time Keeper. Con los ojos como platos y la mandíbula desencajada, solo acertó a pronunciar una palabra:
— ¿Sparkler?
— Hemos llegado —dijo Comet Nova, e hizo girar con su magia el picaporte de una puerta doble de gran tamaño. La hoja de la izquierda mostraba un relieve de la princesa Luna cubierta de pan de plata; la de la derecha, de Celestia, dorada con pan de oro—. Aquí está la colección privada de Celestia.
A medida que las puertas se abrían, el corazoncito de Spring Breeze latía cada vez con más fuerza. Contuvo la respiración, y cuando al fin la estancia estuvo ante sus ojos no pudo evitar una exclamación de admiración.
— ¿Te gusta, verdad? —le dijo Comet Nova con una cálida sonrisa en su hocico.
Spring Breeze no respondió. Estaba demasiado ocupada contemplando los cuadros, las esculturas, los grabados al aguafuerte y al aguatinta que adornaban las paredes de la sala. Parpadeó un par de veces, sin poder creerse del todo lo que veía, y le preguntó tímidamente a Comet Nova:
— ¿Puedo... puedo acercarme?
Comet Nova sonrió, enternecida por la emoción que emanaba del rostro y la voz de la potrilla.
— Por supuesto. Para eso te he traído. Solo recuerda que no debes tocar nada.
Spring Breeze asintió con un pequeño cabeceo, y se aproximó con pasos cortos y rápidos a una escultura de mármol de tamaño mediano que representaba a la princesa Celestia sentada en su trono con una expresión serena y maternal en su hocico.
— Es una de mis favoritas. Creo que capta muy bien la visión que los equestrianos tenemos de nuestra princesa.
— ¿Te gustan las estatuas?
— Sí. Menos las modernas. Nunca he sido capaz de entender el arte abstracto —Spring Breeze ladeó la cabeza, pero no dijo nada—. Pero me gustan más los cuadros.
— A mí también me gustan mucho los cuadros. El otro día estuve con mi hermanita en el museo. ¡Y había un cuadro precioso! —exclamó Spring Breeze, con los ojos brillantes de emoción—. ¡Estaban Celestia y Luna en su cuarto, y Celestia estaba jugando con su hermanita! ¡Y Luna estaba tan contenta! Um... ¿Estás bien?
Los ojos de Comet Nova, repentinamente humedecidos, brillaban bajo la luz del Sol que entraba por la ventana. Una ligera sonrisa adornaba su hocico, pero sus orejas se mantenías gachas, tocando la piel de su cabeza.
— Estoy bien. —Inspiró profundamente, y elevó las orejas hasta colocarlas paralelas al suelo—. No te preocupes por mí.
— ¿De... de verdad?
— Sí. —Suspiró, y sonrió con una sonrisa forzada—. Estoy bien.
Spring Breeze no parecía demasiado convencida, pero sabía que no debía replicarle a un adulto; de modo que se limitó a encogerse de hombros y a moverse unos pasos a la derecha para contemplar un cuadro que mostraba la majestuosidad de la princesa Celestia al levantar el Sol desde sus aposentos.
— No conozco a esa unicornio… Vino a mi casa… Me hizo la propuesta…
Time Keeper asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Volvió la cabeza hacia Carrot Top, que se limitó a encogerse de hombros. Su aparición había desatado la verborrea de la llorosa Sparkler. El ministro sospechaba que para poder justificarse ante su vecina.
— Yo acepté… Pero me arrepentí.
Su cuerpo se estremeció de golpe, sin duda por recordar sus vanos esfuerzos por frenar a los encantados pegasos en su alocada carrera.
— Es cierto —apostilló Dawn Star—. Los tres vimos cómo intentaba pararlos y cómo nos pedía ayuda. Estaban hechizados con magia oscura por la Viajera para volar sin desviarse.
Sparkler asintió con movimientos rápidos. Time Keeper se giró y miró a Dawn Star con interés.
— ¿Y cómo lograron detenerlos?
La unicornio parda apretó los dientes.
— Se pararon solos cuando dije que debíamos bajarlos a tierra. En cuanto lo dije, descendieron y aterrizaron.
El ministro cerró los ojos durante unos segundos, pensativo.
— Como el autómata de Star Swirl.
— ¿Quién?
Time Keeper se giró para quedar frente a frente con Swébende Gagel.
— Cerca del final de su vida, Star Swirl creó el primer autómata de la historia; una máquina con aspecto de poni y animada por magia, encantada para llevar a cabo ciertas tareas cuando se le decían las palabras clave. —Cerró los ojos durante un segundo mientras espiraba—. Igual que los pegasos hechizados por la Viajera. Dawn Star acertó con la palabra mágica que les daba la orden.
Sin esperar a que el soldado pegaso confirmara que había entendido, volvió a darse la vuelta. Clavó sus iris grises en las asustadas pupilas de la joven unicornio con gesto serio, y le preguntó a bocajarro:
— ¿Qué propuesta le hizo?
Sparkler se encogió en la silla. De nuevo, las lágrimas volvieron a cubrir sus ojos.
Por un momento, Time Keeper temió que Sparkler volviera a echarse a llorar en vez de responder. Pero, para su alivio, de su boca salieron cuatro palabras:
— Que Twilight no llegara.
Un agudo sollozo resonó por el despacho del ministro. Nąȋenähz miró a Sparkler, que se había tapado los ojos con los cascos y lloraba desconsolada, con estupefacción.
— Mas… ¿Por qué? Twilight Sparkle es heroína e princesa. ¿Por qué vos…?
Sparkler sorbió con fuerza.
— Ella… Yo… En Ponyville… Organizaba… Ella…
Time Keeper inclinó la cabeza con los ojos entrecerrados. No había entendido su atropellada frase. Junto a la puerta, Carrot Top bajó la mirada y apretó los dientes.
— ¡¿Me estás diciendo que fuiste a sabotear la llegada de Twilight Sparkle porque te quitó el puesto de organizadora de Ponyville?!
Entre aterrados sollozos, Sparkler asintió.
— ¿Pero no se da cuenta de lo absurdo que es? ¿Del peligro en que hubiera puesto a Equestria si hubiera llegado a tener éxito?
— Lo pensé… En el carro… Por eso… Por eso…
Pronunció aquella respuesta con la mirada fija en Carrot Top, que permanecía de pie, con la mirada clavada en el suelo y expresión sombría. Avanzó con pasos cortos y lentos hasta colocarse a la altura de la arrepentida Sparkler, y se detuvo justo delante de ella. Alzó la cabeza, y le propinó tal bofetada que la derribó de la silla.
La yegua fucsia, junto con su asiento, cayó a tierra con un potente estruendo. Ante la sorprendida mirada del ministro y los tres agentes, Carrot Top asió del cuello a Sparkler y la acercó a su rostro hasta que sus hocicos se tocaron.
— ¿Y ahora qué hacemos? ¿Y ahora cómo se lo explicamos a Dinky?
Sparkler trató de apartar la mirada en cuanto escuchó el nombre de la potrilla, pero Carrot Top no se lo permitió.
— ¡¿Y ahora cómo le explicamos a Dinky que su canguro favorita no puede cuidar de ella porque está en la cárcel?!
Se dio la vuelta sin mirarla a la cara, con los dientes apretados en un gesto de rabia, sin prestar atención a los sollozos de la joven yegua. Time Keeper le preguntó de nuevo con voz grave y gesto serio:
— ¿Dónde está su cómplice? ¿Dónde ha ido?
— No… No lo sé… No me dijo…
Swébende Gagel estampó sus cascos delanteros en el borde de su asiento con toda la fuerza que pudo reunir, y se puso sobre sus cuatro patas de golpe. Todos los ponis, excepto Sparkler, se volvieron para mirarlo con los ojos muy abiertos.
— Señor Gagel, ¿quiere decir algo? —le preguntó el ministro, impresionado por la furia apenas contenida en su rostro.
El soldado pegaso no esperó un permiso explícito del ministro. La forma en que Time Keeper le urgía con la mirada para que hablara era el permiso en sí mismo.
— ¡¿Aún comprendido non habéis?! —bramó con voz potente y las miradas de todos los presentes clavadas sobre él—. ¡Es distracción! ¡Como cebo usóla! E agora…
Un potente destello de luz roja cortó de golpe sus palabras. Rauda, Nąȋenähz se echó al suelo y se cubrió sus sensibles orejas con sus patas delanteras, tratando de resguardarlas del taladrante y agudo sonido de la alarma que acababa de empezar a sonar en el despacho. Time Keeper y el resto de los agentes volvieron rápidamente la cabeza al tapiz mágico, y fijaron su mirada sobre el cartelito mágico que el hechizo de Tapicestria había hecho aparecer sobre Canterlot.
— Twilight Sparkle —murmuró Time Keeper, y cerró los ojos.
Academia de Celestia para Unicornios Dotados. 31 de mayo de 2203.
Volvió a abrir los ojos, y acalló la sirena con un rápido hechizo. Se dio la vuelta, y miró a sus tres agentes con gesto serio.
— Señores. Tenemos a la Viajera en la Academia de Celestia el día que Twilight Sparkle hizo el examen de ingreso.
Dawn Star apretó los dientes. Así que después de todo su verdadero objetivo sí era Twilight Sparkle.
— El examen de ingreso de Twilight Sparkle tuvo lugar a las nueve y cuarto de la mañana, en el aula magna de la Academia. Estaban presentes sus padres, Night Light y Twilight Velvet, y la Princesa Celestia. En el transcurso del mismo nació Spike, su dragón asistente.
Swébende Gagel volvió los ojos al cartel mágico que mostraba el mapa encantado. Las nueve de la mañana. Quince minutos hasta que comenzara, más la duración del examen. Solo necesitaban defenderla durante una media hora. Tal vez tres cuartos.
Dawn Star resopló, repentinamente nerviosa. No por la posibilidad de encontrarse con una versión más joven de ella misma en la Academia; entonces tenía tan solo tres años y todavía vivía en Vanhoofer con sus padres.
Por primera vez, su misión involucraba salvar, no a un personaje histórico muerto hacía siglos y que solamente conocía por sus clases de historia, sino una poni a quien conocía, con quien había compartido Academia durante un buen número de años. Y que, junto a sus amigas, había salvado Equestria un buen número de veces.
Tragó saliva, alzó la mirada con decisión, e iluminó su cuerno.
Time Keeper asintió al ver cómo los otros dos agentes se colocaron junto a su compañera.
— Señorita Dawn Star, lleva usted catorce años estudiando en la Academia. La conoce de arriba abajo. Confío en que no tendrá problema en dar con la Viajera y guiar a sus compañeros.
La unicornio parda respondió con una firme negación de cabeza antes de invocar el hechizo de Star Swirl y que la brillante luz azul zafiro que brotaba de su cuerno los engullera.
— ¿Te ha gustado la colección de la princesa Celestia?
Evidentemente, era una pregunta retórica. La pequeña Spring Breeze no solo había observado detenidamente cada una de las obras dos y hasta tres veces; sino que además lucía una amplia sonrisa de oreja a oreja en su hocico.
— ¡Me ha encantado! La estatua de la princesa en su trono es tan bonita... ¡Y el cuadro de la princesa rodeada de potros también era precioso!
Comet Nova asintió con un corto movimiento de cabeza, complacida por que a la pequeña pegaso le hubieran gustado tanto aquellas obras de arte, y al mismo tiempo aliviada por haber podido encontrar algo que le gustara a la potrilla.
— Mi cuadro preferido es el de Celestia y Luna usando los Elementos de la Armonía para convertir a Discord en piedra.
— ¡A mí también me gusta mucho! Hay unos ponis que las miran muy contentos, pero otros tienen una cara muy rara.
La unicornio blanca rio brevemente.
— Se llama incredulidad. Es cuando no te puedes creer algo que te han contado o que has visto.
— Aah... ¿Y no se creen que las princesas hayan convertido a Discord en piedra?
Comet Nova cerró lo ojos, y se permitió una sonrisa nostálgica en su rostro que Spring Breeze no pudo ver.
— Es normal que no se lo pudieran creer. ¿Sabes cuántos años llevaba reinando Discord cuando las princesas lo derrocaron?
Spring Breeze negó con la cabeza, y aventuró tímidamente:
— ¿Muchos?
— Cuatrocientos cuatro. Del año 809 al 1213.
— ¿Tantos?
Las orejas de Comet Nova descendieron hasta casi tocar su cabeza, pero enseguida las devolvió a una posición más natural.
— Sí. Por desgracia, así es. Hasta que Celestia y Luna no descubrieron los Elementos de la Armonía y los usaron contra él fue imposible derrocarlo.
La pequeña pegaso frunció el ceño, intrigada. ¿Por qué la unicornio parecía ponerse triste cada vez que hablaba de Discord o de las princesas cuando eran potrillas? Quería saberlo, pero si a ella no le gustaba no debía preguntar.
— ¿Adónde vamos?
— Al patio de las esculturas. Hay algunas que no se ven durante la visita oficial.
Al oír la mención de más esculturas, los ojos de la potrilla se iluminaron de repente. Miró a Comet Nova, ilusionada, antes de preguntar:
— ¿Hay más? ¿Por qué no se ven durante la visita?
Comet Nova se limitó a encogerse de hombros.
— No lo sé, la verdad. No sé por qué no las incluyen.
— ¿Son feas?
Comet Nova vaciló durante un segundo antes de encogerse de hombros.
— A mí no me lo parecen. No creo que sean más feas que las que están expuestas al público. —Giró a la derecha al llegar al final del pasillo, y se dirigió hacia una puerta que daba al exterior—. Por aquí, Spring Breeze. Sígueme.
Emocionada por aquellas nuevas esculturas que la unicornio blanca le prometía, Spring Breeze aceleró el paso hasta colocarse a la altura de Comet Nova. Su corazón latía con fuerza al imaginarse rodeada de estatuas.
La sensación de tener un suelo sólido bajo sus pezuñas volvió al cerebro de Dawn Star. No perdió ni un segundo en abrir los ojos, y agarró con su magia el picaporte de la puerta entreabierta, iluminado por la escasa luz que se filtraba a través de la rendija. Tiró de él, y la luz inundó la pequeña estancia en que se encontraban.
La unicornio parda miró a su alrededor, y se encogió de hombros. El cuarto de las escobas. Buen lugar para aparecer desde el futuro sin ser vistos por nadie.
Dawn Star fue la primera en salir. Miró a derecha e izquierda, y asintió. El pasillo del primer piso. Reconocía la familiar fachada del ala de los dormitorios masculinos que se podía ver desde los ventanales del corredor. A la izquierda, al final, la entrada al aula de Magias Elementales; a la derecha, al fondo, la puerta del despacho de la profesora de Defensa contra la Magia Oscura.
Inspiró profundamente. Estaba igual que en el presente. Las mismas puertas, las mismas baldosas, las mismas paredes pintadas en color crema…
— ¿Dó somos? —preguntó Swébende Gagel, que acababa de salir del armario de las escobas y miraba a izquierda y derecha alternativamente, tratando de ubicarse.
— Primera planta, pasillo norte —recitó mecánicamente Dawn Star.
— ¿E dó es aula magna? —preguntó Nąȋenähz. En su voz se podía oír un deje de preocupación.
— Planta baja. Escalera central en la entrada. Seguidme.
Con una decisión que Swébende Gagel solo recordaba haber visto cuando perseguían a aquel camello en el puerto de Tall Tale, Dawn Star se puso en marcha. Seguida de sus dos compañeros, recorría los pasillos con total seguridad, los mismos que conocía como la suela de su casco después de catorce años de clases en el mismo edificio. Llegó hasta el final, giró a la derecha, y a mitad del corredor torció hacia la izquierda para bajar por las escaleras.
Sacudió la cabeza para librarse de un escalofrío que comenzaba a bajar por su cuello, y se detuvo a mitad del trayecto. Aquella escalera desembocaba a apenas tres metros de la puerta del aula magna. Su enemiga podría estar esperándolos perfectamente en la planta baja, aguardando a que bajaran para eliminarlos a gusto.
Muy cautelosamente, inclinó la cabeza y alargó el cuello, tratando de ver algo a través de los barrotes. Rápidamente, la retrajo y se volvió hacia sus compañeros.
— Alto —dijo.
La thestral y el pegaso se detuvieron en seco. Swébende Gagel abrió la boca para preguntarle por qué se paraban, pero la cerró al ver los gestos que les hacía Dawn Star para que se callaran y miraran a través de los barrotes de la barandilla.
Nąȋenähz se tumbó sobre su vientre antes de observar en la dirección que le indicaba su amiga, y cuando lo hizo sus ojos se abrieron de golpe.
— Thelestia könȅgdȍxerin —murmuró, asombrada.
Efectivamente, la princesa Celestia caminaba por uno de los pasillos de la planta baja. Dos pegasos grises, altos y fornidos, la precedían con gesto serio en sus rostros, vestidos con armadura de batalla y portando espadas al cinto. Dos unicornios, corpulento el azul ultramar de la derecha y bajo y escuálido el rojo rubí de la izquierda, la seguían. No llevaban armadura ni armas, pero escrutaban continuamente sus alrededores con ojo clínico, vigilantes ante cualquier posible amenaza que pudiera surgir de improviso.
Conteniendo la respiración, los tres agentes observaron a la comitiva dirigirse al aula magna, y finalmente entrar en ella. Cuando la puerta se cerró tras el unicornio azul marino, Dawn Star emitió un suspiro de alivio.
— Celestia está en el aula magna. Creo… creo que podemos despreocuparnos de esa aula por el momento.
— ¿Sois de aqueso segura? ¿Podrá la vuestra princesa vencer a aquesa viajera si duelo contra ella entablar decidiera?
Por un instante, Dawn Star se ofendió porque Swébende Gagel pusiera en duda de aquella manera las habilidades de la princesa Celestia; pero enseguida recordó su secuestro en la noche del retorno de la princesa Luna a Equestria, la aplastante derrota que le había infligido la reina Chrysalis en la boda de Shining Armor y la princesa Mi Amore Cadenza, su vergonzoso encarcelamiento en el Tártaro a pezuñas de Tirek tras su cesión de la magia alicornio a Twilight Sparkle para que le sacara las castañas del fuego.
Tragó saliva. No era la misma princesa, ¿verdad? En este momento no había una Twilight Sparkle para solucionar los problemas. Bueno, sí la había; pero no era más que una potrilla de seis años.
Y lo de Chrysalis tampoco contaba; iba dopada de amor hasta las cejas.
— Sí, estoy segura. Vamos a la puerta principal, a vigilar la llegada de Twilight Sparkle.
Por mucho que tratara de ocultarla, la duda era evidente en su voz. Pero Swébende Gagel se limitó a encogerse de hombros y seguir a la unicornio parda. Le habían dado una orden, y su obligación era cumplirla.
Los tres ponis bajaron las escaleras, y tras echar una última mirada a la puerta del aula magna, torcieron a la izquierda. No les hizo falta buscarla; la escalera por la que habían bajado desembocaba en un amplio recibidor al que daba la entrada a la Academia. Los agentes lo atravesaron a paso raudo, sin reparar en su arquitectura, en los capiteles delicadamente tallados de las columnas que lo sostenían, en el bello mosaico del suelo que representaba a las princesas Celestia y Luna invocando a los Elementos de la Armonía. Dirigieron sus pasos directamente al exterior, y tras cruzar el umbral de los portones artísticamente tallados en madera de nogal y bajar los escalones de mármol de la escalinata, se encontraron en los jardines que rodeaban la academia.
Desde su posición, al pie de los escalones, todo lo que podían ver era un amplio y bien cuidado jardín a ambos lados de un ancho camino de albero que llegaba hasta la entrada de los terrenos de la academia. Rosales repletos de bellas rosas rojas eran usados como setos para delimitar las distintas regiones de los jardines, y en algunos de los árboles había pequeñas manzanas, no más grandes que una canica, que hacía poco habían comenzado su maduración.
— Esa es el aula de magia aplicada a la biología —dijo Dawn Star, señalando una pequeña casita de madera con tejado de pizarra gris verdosa en la lejanía—. Dan las clases teóricas en ella; en las prácticas salen al jardín. —Se encogió de hombros y añadió—: Yo nunca la elegí. No era lo mío.
Ninguno de sus dos compañeros puso mucho empeño en escucharla. Toda su atención estaba centrada en el camino de tierra, por el que pronto debería aparecer Twilight Sparkle.
— Polvo en lejanía —dijo Nąȋenähz, y apuntó con un casco en su dirección. Era perfectamente visible para los tres ponis; simplemente había sido la primera en hablar—. Puede ser carro de Twilight Sparkle.
Dawn Star estaba segura de que lo era. Aquel día, a aquella hora, con Celestia en el aula magna esperando para comenzar el examen; solo podía ser Twilight Sparkle acompañada de sus padres.
Solo para asegurarse, volvió la cabeza hacia la fachada principal de la Academia, y miró hacia el techo, hacia el gran reloj del siglo XVI que daba las nueve justo debajo del tejado, sobre los portones de acceso.
Y el corazón se le paró entre dos latidos.
Encaramada al tejado, escondida detrás de uno de los muchos pináculos puntiagudos que recorrían el techo de la Academia, con su pérfida mirada fija en el carro de la familia Sparkle, había una yegua.
Una yegua de pelaje verde limón y larguísima crin fucsia y cuyo cuerno estaba cubierto por una terrible neblina púrpura.
El horror tiñó los rasgos de Dawn Star cuando la vio apuntar su cuerno hacia el carro de la familia Sparkle y lanzar un negro rayo en su dirección.
De pie sobre la blanda hierba de los jardines del palacio, Spring Breeze contemplaba sobrecogida una gran estatua que representaba a un thestral joven y fornido. Sus grandes alas de murciélago estaban extendidas, y su ancho hocico mostraba una amplia y serena sonrisa.
En el pedestal, un cartel rectangular, tan ancho como un poni y tan alto como un potro adolescente, rezaba en letras doradas, arriba en el idioma de los thestrales y abajo en equestriano, "En memoria de Nąȋeśątt. Marido, padre y compañero".
Comet Nova la observaba desde una distancia prudencial, con la mirada fija en la potrilla y el pedestal en lugar de en la figura labrada en mármol negro. Jamás había sido capaz de observar aquella escultura. Le traía demasiados recuerdos horribles y desgarradores. Aquella terrible discusión a gritos en la lengua de los thestrales, la sangre derramada alrededor de su cuerpo, haber descubierto su cadáver sin vida sobre el suelo de mármol negro de los aposentos con el pecho atravesado por el cuerno de...
Levantó el casco derecho, y se enjugó una lágrima que comenzaba a deslizarse por su mejilla. Pobre Nąȋeśątt. No había merecido aquella muerte tan horrible a cascos de...
— ¿Quién era Nayeshatt? —preguntó Spring Breeze sin separar sus ojos de la escultura.
— Era un thestral que servía en el palacio —respondió Comet Nova, con expresión apenada y las orejas en horizontal respecto al suelo—. Hace muchos años.
— ¿Y por qué le hicieron una estatua?
Comet Nova cerró los ojos durante unos segundos.
— ¿Ahí lo pone, no? Por ser un buen marido y un buen padre.
— ¿Marido y padre de quién?
Una vez más, Comet Nova guardó silencio antes de responder:
— De alguien que vivía en este palacio hace muchos años.
Spring Breeze frunció el ceño, pero era evidente que Comet Nova no estaba por la labor de darle una respuesta clara, de modo que simplemente pasó a la siguiente estatua. Esta, fundida en bronce, mostraba a un unicornio entrado en años, vestido con uniforme militar y condecorado con varias medallas que lucía en el lado izquierdo del pecho. Su rostro mostraba una expresión serena y decidida; la expresión de aquel que lo sacrifica todo por un bien mayor.
— Al almirante Cannon Porthole, por vuestro noble y valiente sacrificio en la batalla de Horseshoe Bay. Equestria no os olvida —leyó.
Las letras talladas sobre el metal, enverdecido hacía muchos años por la pátina, permitían ver el año de la batalla: 1571.
— ¿Cuál fue la batalla de Horseshoe Bay?
— Fue la última invasión grifa de Equestria. Una flota imperial quiso invadir Baltimare. El almirante se hizo a la mar con los barcos equestrianos del puerto y los derrotó. La situación era mala, y entonces el almirante puso rumbo al barco capitán de la flota enemiga, saltó a cubierta y acabó personalmente con el emperador Griswald V. —Sonrió al ver que Spring Breeze la escuchaba con atención y los ojos muy abiertos. No había estado personalmente en la batalla; Time Keeper sí, y se la había relatado con todo lujo de detalles.—. Los grifos del barco lo mataron, pero al ver a su emperador muerto, la flota grifa puso patas en polvorosa y huyó a toda prisa.
— ¿Entonces si no lo hubiera matado Equestria sería grifa? —preguntó Spring Breeze, curiosa y con un punto de preocupación en la voz.
Comet Nova se encogió de hombros.
— Puede. No sé. Habrían tenido que enfrentarse a los ejércitos de Equestria. No sé quién habría ganado.
Y gracias a los cruciales esfuerzos del ministro del Tiempo por mantener al almirante con vida hasta su crucial sacrificio, no habían tenido que averiguarlo.
Spring Breeze asintió, y se desplazó unos pasos hacia la izquierda, hacia una estatua de mármol que representaba a los Pilares de Equestria. Comet Nova aprovechó para doblar las patas traseras y sentarse sobre la blanda y bien cuidada hierba de los jardines sin quitarle el ojo de encima a la pequeña potrilla. Lentamente, una amplia sonrisa fue abriéndose paso en su hocico. Por primera vez en mucho tiempo, volvía a sentirse como una madre.
Sabía que estaba mal desearlo, pero ojalá aquel día de excursión con Spring Breeze no terminara nunca.
A toda velocidad, Dawn Star masculló entre dientes un hechizo. Las palabras se pisaban una con las otras hasta convertirse en un revoltijo incomprensible, pero no le importaba. Tenía que salvar a Twilight Sparkle. No podía permitir que la Viajera les impidiera llegar a su destino.
Un enorme rectángulo de color azul zafiro, del mismo color que la magia de Dawn Star, apareció de repente en mitad del aire. Dawn Star se arrodilló sobre la blanda hierba de los jardines de la academia, apretó los dientes con fuerza, y se preparó para el impacto.
El terrible rayo negro cruzó el aire a toda velocidad, hasta colisionar con el escudo mágico que la unicornio parda había invocado. El hechizo oscuro chocó contra la barrera con una lluvia de chispas, empujándola hacia atrás, tratando de alcanzar el carro de la familia Sparkle; pero Dawn Star no se dejó amilanar por la magia de la Viajera. Mascullando una maldición entre dientes, añadió más energía a su hechizo, y su barrera hizo retroceder unos centímetros al rayo mágico de su enemiga.
Dawn Star se permitió esbozar una sonrisa de victoria, pero apenas duró una fracción de segundo en su rostro. El tiempo que la Viajera necesitó para intensificar su propio hechizo y hacer retroceder a su vez al escudo de Dawn Star.
La unicornio parda musitó un improperio entre dientes. No solo había perdido el terreno ganado, sino que además había cedido algunos centímetros más. Era más fuerte que ella; no mucho, pero lo suficiente como para vencerla a largo plazo si todo continuaba así.
Apretó los dientes con fuerza. Así no iba a ganar. Tenía que hacer algo.
— ¡Swébende! —gritó Dawn Star, y apuntó con la pezuña en la dirección en que creía que estaba la Viajera.
El soldado, que hasta aquel momento había permanecido de pie junto a Dawn Star a la espera de órdenes, no tardó ni siquiera un segundo en cuadrarse, desenvainar su espada y despegar en dirección a su presa. Su compañera ni siquiera lo miró; su plan no era depender de Swébende Gagel.
Bajó la cabeza, y comenzó a recitar entre dientes un nuevo hechizo. Mientras las palabras abandonaban sus labios, la voz monótona y cansada por la edad de su anciana profesora de Defensa contra la Magia Oscura resonaba en su cabeza.
"Un escudo mágico puede parecer una buena opción defensiva, pero no sirve de nada cuando el oponente es más fuerte que vosotros. A la larga, su hechizo terminará por penetrar vuestras defensas. Sin embargo, detenerla no es la única manera de evitar que su magia os impacte".
El aura azul zafiro que rodeaba su cuerno se expandió de repente, y un pulso de luz del mismo color recorrió los jardines de la Academia. Ante los ojos cubiertos de repugnante verde ácido de la Viajera, la superficie del escudo mágico se metamorfoseó de repente, adquiriendo un aspecto semejante al del metal bruñido, al de un cristal pulido.
El hechizo oscuro de la Viajera, que hasta aquel momento impactaba contra la barrera de Dawn Star para disiparse inmediatamente, se dio la vuelta de golpe. Surcó el aire en dirección a la Viajera, y pasó a unos dos metros sobre su cabeza. El hechizo de Dawn Star había transformado el escudo en un espejo.
La Viajera sonrió, y cesó de inmediato el hechizo que mantenía. Imaginativo. Giró la cabeza hacia la izquierda, desde donde volaba Swébende Gagel con la espada desenvainada y extendida hacia ella. Lucía una expresión feroz y decidida en su rostro, dispuesto a cobrarse su venganza por la humillación que ella le había infligido en el salón del trono de Platino I.
Pero por desgracia para él, no era el momento.
El cuerno de la Viajera se iluminó, y desapareció en medio de un estallido de luz de color azul zafiro.
Twilight Sparkle llegaría sin problemas a la puerta de la Academia; los tres ponis la protegerían. Ya no tenía nada que hacer en la puerta. Dentro tendría más oportunidades de impedir que Twilight Sparkle llegara a convertirse en la estudiante de Celestia.
Tan pronto como se percató de que la Viajera preparaba un hechizo de teletransporte, Dawn Star canceló el espejo mágico que mantenía y trató de preparar un hechizo paralizante. Pero ya era tarde. No había llegado ni a la mitad de la formulación cuando la Viajera hubo desaparecido.
Bufó con fuerza, y echó una rápida mirada a su alrededor. Tenía que encontrarla. No podía haber simplemente desaparecido. Debía…
— ¡Allí! ¡En Academia! —exclamó de repente Nąȋenähz, señalando una de las ventanas de la primera planta—. ¡He visto destello azul!
Dawn Star apretó los dientes. En la Academia. Su primer instinto fue correr al interior, buscar a la unicornio entre los pasillos y aulas del edificio; pero un pensamiento lo cortó de raíz. Si Nąȋenähz había visto el destello mágico del teletransporte, entonces debía estar cerca de la ventana. Y si podían verla desde su posición, entonces ella podría ver el carruaje que transportaba a Twilight Sparkle.
Volvió la vista al carro. Apenas le quedaban unos veinte metros para alcanzar la puerta. Giró la mirada hacia la ventana que había señalado la thestral, y frunció el ceño. ¿Acaso se trataba de un engaño? ¿De una artimaña para forzarlos a moverse de su posición y dejar indefensa a la futura Princesa de la Amistad?
— ¿Vamos a ella? —le preguntó Nąȋenähz, adelantándose a Swébende Gagel, que acababa de aterrizar a unos dos metros de las dos yeguas con mal disimulada rabia en su rostro y que pretensía hacer la misma pregunta.
¿Qué podría suceder si no iban a por ella?, se preguntó Dawn Star. No la creía capaz de entrar en el aula magna y atacar a la mismísima Celestia, y menos tratándose de la Celestia anterior a Twilight Sparkle. El huevo de Spike estaba con la princesa, y por tanto a salvo. ¿Podría atacar a alguno de los profesores? Tal vez, pero ¿qué motivo tendría para hacerlo? Hasta ahora, sus dos objetivos habían sido la reina Platino I y el ministro de exteriores de Zebrabue. No tenía sentido que de repente pasara a considerar una presa mucho más pequeña y mucho menos importante.
Y si entraban en la Academia en su busca, ¿quién les aseguraba que no aprovecharía para atacar a Twilight Sparkle desde la ventana?
— Nos quedamos —dijo finalmente. Las orejas de Nąȋenähz se erizaron; y Swébende Gagel frunció el ceño, pero no dijo nada—. Quiero asegurarme de que Twilight Sparkle llega sana y salva a su examen.
— Mas ella ataca a profesor de Academia, ¿entonces qué ocurre? —protestó Nąȋenähz—. Es riesgo grande tener a Viajera suelta. Hemos de fallarla
— No lo hará —replicó Dawn Star, sin apartar la mirada del carro de la familia Sparkle. Diez metros—. La Viajera siempre busca el magnicidio. Crear una gran alteración en la historia. Solo Twilight Sparkle, Celestia y Spike cumplen con esa definición. Y a Celestia y Spike no se atreverá a atacarlos.
Cinco metros.
— Mas…
Dawn Star cortó el intento de réplica de su amiga con un gesto de su casco.
— Poneos detrás del carro —les ordenó en un susurro cuando pasó por su lado.
Uno tras otro, con la unicornio parda a la cabeza, los tres agentes salieron al camino, siguiendo al vehículo a aproximadamente un metro de distancia. Los tres mantenían la mirada fija en la ventana que había señalado Nąȋenähz, una mirada tensa; en el caso de Dawn Star, temerosa de que en cualquier momento saliera de ella el hechizo oscuro que antes había repelido y que buscaba alterar irremisiblemente la historia de Equestria.
Pero, por suerte para ellos, ninguno de sus temores se hizo realidad. El carro se detuvo a un metro de la puerta, y de él bajó la pequeña Twilight Sparkle. Miraba al interior del carro con impaciencia, del que pronto bajaron su madre, Twilight Velvet, y su padre, Night Light. La yegua acarició la crin de su hija y susurró unas palabras amables en su oído; y los tres emprendieron el camino hacia el interior. Los tres agentes los siguieron.
— Celestia ha venido a recibirlos —murmuró Dawn Star, con expresión visiblemente aliviada—. Menos mal.
Efectivamente, tanto la princesa como los cuatro guardias que la acompañaban habían salido al vestíbulo, y conversaba animadamente con los padres de Twilight Sparkle mientras la pequeña potrilla la contemplaba con admiración. A su lado había una carretilla llena de paja.
El huevo de Spike descansaba de pie sobre ella.
Dawn Star no pudo contener un gesto de victoria. Lo habían logrado. Habían conseguido impedir que la Viajera interrumpiera el examen de acceso a la Academia de Twilight Sparkle. Sabía que la unicornio a la que perseguían jamás se atrevería a enfrentarse a la princesa Celestia y dos de sus mejores magos. Recordaba cómo había huido del salón del trono de Platino I en cuanto se percató de que la reina había llamado en su auxilio a Clover la Inteligente.
Pero su misión todavía no había terminado. Aún debían encontrar a la Viajera y conducirla esposada de patas delanteras y traseras al Ministerio.
Los suaves sonidos amortiguados de los cascos de Comet Nova al pisar sobre la hierba se convirtieron de repente en secos repiqueteos en cuanto cruzó el umbral del edificio de mármol. Delante de su cuerpo, a medio metro de distancia, flotaban cinco ramos de crisantemos recién recogidos de los jardines del palacio. La sonrisa que había adornado su rostro mientras vigilaba a la pequeña Spring Breeze contemplar las estatuas había desaparecido, sustituida por una expresión de la más honda tristeza.
— ¿Qué es este lugar?
No podía culpar a la potrilla por no conocer el Panteón Real. A su edad y viviendo en Hollow Shades, las probabilidades de que conociera un edificio de Canterlot que solamente se abría al público tres veces al año, el Día de Hearth's Warming y los aniversarios de la independencia del Imperio Grifo y el derrocamiento de Discord y la ascensión al trono de las princesas Celestia y Luna, eran casi nulas.
— El Panteón Real —respondió Comet Nova sin girar la cabeza para mirarla. Su voz se había vuelto triste y sombría de repente—. Aquí están enterrados los antiguos reyes y reinas de Equestria.
Las orejas de Spring Breeze descendieron hasta tocar el pelaje a ambos lados de su cabeza. No porque tuviera miedo de posibles venganzas de los fantasmas de aquellos que ocupaban los sepulcros de mármol. Vivir en Hollow Shades, un asentamiento que compartía su espacio con una kölonȋa de thestrales, y tener algún conocido de la raza de ponis con alas de murciélago la había inmunizado desde muy temprana edad contra los horrores que otros potros creían que acechaban en las sombras.
Pero el respeto que imponían aquellos muros y aquellas tumbas blancas marcadas con letras doradas eran otra historia. No le hacía falta leerlas, ni siquiera mirarlas, para sentir todo el peso de la historia que emanaba de ellos. Se sentía como una extraña entre aquellos reyes y reinas, como una intrusa que estuviera profanando un lugar sagrado con su presencia.
— ¿Por qué hemos entrado aquí? —preguntó en un susurro casi inaudible.
Comet Nova apretó con más fuerza los cinco ramos de flores púrpuras que sostenía con su magia.
— Tengo... Tengo familiares enterrados aquí.
Había respondido en un murmullo, sin girarse para mirar a la potrilla. Pero sin duda aquellas pocas palabras habían excitado su curiosidad, porque ahora miraba a Comet Nova con las orejas totalmente tiesas hacia arriba y ojos llenos de incredulidad.
— ¡¿Eres una princesa?! —exclamó.
El atisbo de una sonrisa trató de atravesar las múltiples capas de profundo pesar que cubrían la mente de la unicornio, pero solo logró fracasar estrepitosamente en su intento.
— No todos... —Inspiró profundamente, y se limpió una lágrima con el casco—. Algunos de los que están enterrados en este panteón no pertenecen a ninguna familia real. Amantes de reyes. Generales premiados por una batalla exitosa... También están enterrados aquí.
— Y... ¿Y tus familiares son...?
Comet Nova negó con la cabeza.
— No. No son familia real. Celestia los conocía, y... —sorbió con fuerza—... me permitió enterrarlos aquí.
No era mentira. Tal vez sobresimplificado y con muchos datos omitidos; pero ninguna falsedad.
— ¿Entonces sois nobles?
La unicornio blanca cerró los ojos antes de suspirar durante unos segundos.
— Tampoco. Solo... Solo ponis a los que Celestia conocía bien.
No le hacía falta mirar las lápidas para saber dónde estaban enterrados sus pequeños. Había hecho aquel amargo camino tantas veces que podría recorrerlo con los ojos vendados sin chocar contra ninguno de los muros. Se detuvo enfrente de una pared cubierta de lápidas de mármol con letras doradas, y se arrodilló enfrente de ellas.
La potrilla tragó saliva. No quería molestarla en aquel momento tan emotivo para ella. Pero tampoco quería quedarse allí parada.
— ¿Puedo... puedo explorar? —preguntó en un murmullo.
— Por supuesto —le respondió Comet Nova, sin apartar la mirada de las tumbas de sus hijos—. Pero no salgas del panteón.
— ¿Buscamos Viajera separados? —preguntó Nąȋenähz, pasando la mirada por los distintos corredores que se abrían desde el recibidor de la Academia.
— No —respondió al instante la unicornio parda—. Vamos todos juntos.
Swébende Gagel asintió casi imperceptiblemente. Nąȋenähz, en cambio, preguntó por qué.
— Solo sería ponérselo más fácil. En el castillo de Platino I pudo con todos nosotros, y estábamos juntos en el salón del trono. Enfrentarse solo contra ella sería ponérselo en bandeja. Juntos podemos tener una oportunidad de capturarla.
La thestral no parecía muy convencida, pero terminó por asentir. Recordaba la confrontación en el salón del trono de Platino I; y aquella escaramuza, con los tres juntos, había terminado con Dawn Star encerrada en la burbuja mágica de la Viajera, llorando aterrorizada ante las terribles visiones que la unicornio la había obligado a contemplar después de inmovilizar a Swébende Gagel con magia oscura y bloquearla a ella en defensa de la reina.
Quería creer que habían aprendido desde entonces y que en esta ocasión tendrían más posibilidades; pero no terminaba de tenerlas todas consigo.
— Vamos a la primera planta. Allí la viste, ¿no, Nayenaets?
La thestral asintió con energía.
— Sí. En primer piso. En ventana sobre grande puerta de entrada.
En el primer piso, sobre la puerta de entrada. Solo podía estar refiriéndose a una de las dos aulas reservadas para los potrillos de primer curso, los recién llegados a la Academia. Dawn Star asintió lentamente, y conjuró en su cuerno el hechizo de espejo que había utilizado en el jardín, listo para utilizarlo si fuera necesario.
— Aulas 101 y 102. Vamos hacia ellas. Andaos con mil ojos. La Viajera podría estar en cualquier parte.
El corto trayecto entre la entrada de la Academia y las dos clases se recorría en menos de medio minuto en condiciones normales; pero los tres agentes necesitaron tres minutos para encontrarse en la primera planta, entre las puertas que buscaban. Dawn Star las observó con interés y mal disimulado nerviosismo. ¿Seguiría dentro, o habría aprovechado aquellos minutos que le habían regalado vigilando a Twilight Sparkle para huir?
Nąȋenähz se decidió por la opción más práctica. Le parecía recordar que la ventana en la que había visto el destello de la Viajera teletransportándose estaba más bien a la izquierda en la fachada. Visto desde dentro, equivalía a la puerta más a la derecha: el aula 102.
— Nayenaets, ¿qué haces? —le preguntó Dawn Star con aprensión al ver que la thestral pretendía mirar por la estrecha ventana que se abría en el centro de la puerta; pero antes de que pudiera conjurar un hechizo para impedírselo Nąȋenähz estiró el cuello y se asomó al interior.
Nadie. Absolutamente nadie. Solo las mesas, pintadas de verde esmeralda y colocadas de dos en dos en tres filas desde la tarima a la pared del fondo, las sillas del mismo color colocadas bajo las mesas y la pizarra sobre la pared, cuidadosamente limpiada y preparada para recibir las explicaciones de los profesores tras el inicio de las clases, en apenas dos semanas.
— Nadie. Aula es vacía —dijo Nąȋenähz tras retirarse de la ventana, y se giró hacia Dawn Star, que la miraba preocupada y estupefacta.
— Nayenaets, ¿cómo se te ocurre? ¿Y si hubiera estado dentro? ¿Y si te hubiera dado con su hechizo?
— Debíamos mirar —replicó Nąȋenähz, firme—. Debíamos saber si ella era dentro.
Dawn Star resopló.
— ¡Sí, pero no lanzándose de esa manera! ¡Hay maneras menos arriesgadas de comprobarlo! —Se giró hacia su compañero pegaso, que había avanzado unos pasos a la izquierda para vigilar un pasillo lateral, y le preguntó—: ¿Verdad, Sw…?
Sus palabras se atascaron en su garganta. Con sus facciones desencajadas en un gesto del más puro terror, su boca se abrió para emitir un chillido de horror que jamás llegó a salir de sus pulmones.
Swébende Gagel estaba a apenas dos metros de ella, con el cuello girado hacia la izquierda, guardando el pasillo que allí desembocaba contra posibles ataques de la Viajera. Su cuerpo permanecía inmóvil, envuelto por la magia oscura de su enemiga, congelado en el interior de su mágica capa violácea.
— Swé… Swébende… —apenas acertó a balbucir. ¿De dónde había salido? ¿Cuándo había atacado?
¿Cómo lo había hecho para que ninguna de las dos se percatara?
Con un fugaz movimiento, Nąȋenähz se apresuró a incorporarse sobre sus patas traseras, con la espalda apoyada contra la pared y las alas extendidas. Miraba a ambos extremos del pasillo con gesto de rabia y los dientes apretados, dejando ver sus largos colmillos, cambiando de dirección cada medio segundo.
Si pretendía volver a atacar, al menos no podría pillarla por la espalda.
Dawn Star giró la cabeza hacia la izquierda, pero tan pronto como terminó el movimiento la devolvió hacia la derecha. El gélido terror en la boca de su estómago le impedía pensar con claridad. ¿Por dónde vendría? ¿Por dónde atacaría?
¿Por la derecha? ¿Por la izquierda?
Fijó la mirada en su compañero Swébende Gagel, paralizado bajo la capa púrpura de magia oscura. Ni un músculo contraído, ni la más mínima emoción en su rostro. Estaba claro que jamás había visto venir el hechizo que lo había golpeado. Pero entonces, solo había podido salir de…
El fuerte destello azul zafiro de un hechizo de teletransporte llegó a sus ojos antes de que pudiera volver la vista a su derecha. Giró todo su cuerpo hacia la derecha con la sangre helada en las venas, y trató de concentrarse en busca de su magia interior; pero ya era demasiado tarde.
Un grito ahogado de la thestral, un horrible luz púrpura, y Nąȋenähz había quedado congelada en las oscuras garras del hechizo, en la misma postura sobre dos patas que había adoptado en un inútil intento de defenderse.
Dawn Star no pudo hacer otra cosa que boquear, aterrada. Había fallado. Se había distraído. Y ahora, por su culpa, Nąȋenähz también había caído.
Tragó saliva, e inclinó la cabeza, tratando de dejar a un lado su culpabilidad y su miedo. Su cuerno, que apuntaba a la Viajera, chisporroteó patéticamente un par de veces antes de que su aura mágica lo recubriera.
Daba igual que estuviera sola. Daba igual que por su culpa Swébende Gagel y Nąȋenähz hubieran sido paralizados por la Viajera. En aquel momento, ella era la última línea de defensa del examen de Twilight Sparkle. Si caía, Equestria estaría condenada.
— ¿Un duelo? —rio la Viajera; su voz estaba tan distorsionada por el encantamiento que usaba para ocultarla que Dawn Star apenas era capaz de comprender sus palabras—. ¿Es eso lo que quieres?
Dawn Star inspiró profundamente, y se forzó a mirar a su enemiga a los ojos con toda la determinación que pudo reunir. Las patas traseras le temblaban, pero a pesar de ello clavó su vista en los ojos verde ácido de la Viajera y declaró con voz que pretendía ser firme pero que no pudo evitar que temblara un par de veces:
— Sí. Quiero un duelo. Elijo ahora, gimnasio y hechizos no oscuros.
Era una opción completamente desesperada. La Viajera no tenía absolutamente ninguna obligación de aceptar el envite; menos aún cuando era ella la que había retorcido sus palabras para tratar de convertirlas en un reto que jamás había tenido lugar. Pero si su enemiga no negaba aquella enrevesada propuesta, su condición de retada permitiría a la unicornio parda fijar los hechizos que ambas partes tendrían permitido invocar.
Y si conseguía restringirle la magia oscura, Dawn Star tendría realmente una posibilidad. No de derrotarla, no era su objetivo principal en aquel momento; sino de mantenerla ocupada el tiempo suficiente como para que la joven Rainbow Dash hiciera su primer Sonic Rainboom y permitiera a Twilight Sparkle eclosionar el huevo de Spike y aprobar su examen.
Dawn Star contuvo la respiración mientras esperaba la respuesta de la Viajera, con su magia preparada por si su enemiga decidía atacarla.
Lentamente, una sonrisa se dibujó en el rostro de la Viajera.
— Acepto tus condiciones. Vamos al gimnasio.
El suspiro de alivio que emitió Dawn Star se pudo escuchar hasta en la azotea de la Academia.
— Vamos.
La unicornio parda se colocó a la derecha de su enemiga, y ambas emprendieron el camino a la segunda planta. Mientras caminaba con la vista clavada en su enemiga, sin separar jamás la vista de su cuerpo, inspiraba profundamente. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza, con tanta fuerza como la maza de un bombo al golpearlo.
Subieron a paso rápido por las escaleras, y caminaron unos metros más hacia el frente, hasta llegar a una amplia puerta doble de madera. Aún con la mirada fija en el cuerno de la Viajera, Dawn Star se detuvo y anunció con voz nerviosa:
— Es aquí.
La Viajera ojeó las dos hojas con curiosidad, y las empujó ligeramente con la punta de su casco. Cerrada a cal y canto. Sonrió ligeramente, y cargó un hechizo en su cuerno.
Un golpe seco resonó con fuerza por el pasillo. Cuando la luz del hechizo se apagó, las puertas del gimnasio estaban abiertas de par en par. Estaban astilladas en el lugar en que se juntaban las hojas, como si hubieran recibido el golpe de un ariete; y la hoja de la derecha se había salido de su bisagra inferior y colgaba precariamente de la superior.
— Solo para abrir la puerta —le dio a una estupefacta Dawn Star, y se dirigió al interior.
Dawn Star parpadeó un par de veces, cerró la boca, y se apresuró a entrar tras la Viajera.
— Podríamos… Podríamos habernos teletransportado dentro…
— ¿De verdad vas a arriesgarte a que me escape teletransportándome a cualquier otra parte?
Dawn Star bajó la cabeza, avergonzada, y se detuvo. Su enemiga tenía razón.
La Viajera continuó caminando hasta llegar a la pared del fondo. Se dio la vuelta, y dedicó unos segundos a escrutar a fondo el lugar. Era una amplia estancia cuadrada con suelo de parqué y altas paredes, varios metros más que las de las aulas. Estaban pintadas de color gris pétreo, con grandes manchas irregulares de brillante color azul celeste. De su superficie nacían gruesos trazos ondulados que se estrechaban a medida que ascendían por el muro, como si fueran grotescas venas abriéndose paso, tratando de corromper a los muros. En la de la izquierda, aproximadamente a la mitad, se abría una puerta de color morado. ¿Un almacén, tal vez? La Viajera no lo sabía.
El techo estaba pintado de un color púrpura muy oscuro, con nebulosas franjas negras que hicieron a la Viajera inclinar su cabeza con curiosidad. ¿Pretendían ser nubes? ¿Aquella pintura tan inquietante pretendía remedar alguna clase de cielo?
En la otra punta del gimnasio, Dawn Star no pudo contener un escalofrío. Menos mal que en su época alguien ya se había encargado de sustituir aquellos colores tan siniestros y opresivos por el familiar crema de las paredes y blanco del techo.
— Pon el hechizo que usaste para reflejar mi magia oscura en la puerta.
Dawn Star tragó saliva, sorprendida; pero enseguida asintió con un corto movimiento de cabeza e hizo lo que su adversaria le había pedido. Con aquel espejo mágico en el hueco que hasta hacía un minuto había sido la puerta, ningún poni que pasara por el pasillo correría el riesgo de ser alcanzado por alguno de sus hechizos.
No pudo evitar mirar de reojo aquel muro azul zafiro con cierta preocupación. No solamente era un seguro contra cualquier posible accidente mágico, sino que su enemiga también podría utilizarlo contra ella, lanzando hechizos para que fueran reflejados y la golpearan por la espalda. Sacudió la cabeza. Tendría que alejarse del espejo lo antes posible.
— ¿Estás lista? —le preguntó la Viajera, mirándola directamente a los ojos, pero sin ninguna emoción en la voz.
No lo estaba. Las piernas le temblaban, los dientes le castañeteaban de miedo, y los Breezies volaban caóticamente a toda velocidad dentro de su congelado estómago. Pero se forzó a asentir, tres apresuradas y nerviosas sacudidas de cabeza, para dar su consentimiento al comienzo del duelo.
El destino de Equestria dependía de que saliera de aquella sala como heroína.
Muy lentamente, las dos unicornios bajaron la cabeza hasta que sus cuernos se encontraron paralelos al suelo. Con un chisporroteo audible, sus auras mágicas cubrieron sus cuernos.
La triunfadora decidiría el destino de Equestria.
