Disclaimer: Demashitaa! PowerPuff Girls Z y sus personajes no me pertenecen.


Demashitaa: Kasai.


Dos años después de la pelea


Brick gruñó en su lugar y se desparramó por el sillón del laboratorio, claramente molesto. Butch alegaba un sinfín de cosas y Boomer lo apoyaba con otra sarta de palabras. Las chicas parecían hartas de la situación, Utonium, al igual que el alcalde, parecía nervioso. La única que parecía tranquila era Bellum, que les extendía el papel como si fuera un premio.

-¡No acepto! –Terminaron por gruñir sus dos hermanos a la mujer.

Él, que hasta ese momento se había limitado a mostrar su enojo con la mirada se decidió a hablar.

-Es estúpido. –Dijo.

Todos le miraron. Momoko le advirtió con la mirada que moderara sus palabras, pero la verdad, no le interesaba moderarse en ese momento, mucho menos si su contraparte se lo estaba prácticamente, ordenando. Vale, se llevaban mejor, pero a él nadie le daba órdenes. Y ese, era precisamente el problema en ese momento.

Bellum suspiró y guardó el papel en el sobre de nuevo, pero no rindiéndose. Al parecer era solo una invitación para que el chico hablara.

-Creo que es una maldita estupidez eso que piden. –Dijo, inclinándose sobre el sillón, y comenzando a notarse el enojo en su voz. –Casi morimos para salvar esta ciudad hace dos semanas, y hoy, nos piden una muestra de que pueden confiar en nosotros. ¿Sacrificar mi vida no es suficiente?

Miyako levantó la mano, con algo de timidez.

-Creo que eso es algo razonable. –Concordó con el chico, pero Bellum no cambió su semblante.

-Y yo estoy de acuerdo con ustedes…

-No parece. –Espetó Butch, cabreado.

-Pero –Continuó, a pesar de la interrupción. –Aunque a la mitad de los ciudadanos al principio tomaron su repentino cambio de bando de una manera muy positiva, hay grupos que no están convencidos en su totalidad, lo cual, quieran o no reconocerlo, tiene también muy buenos fundamentos.

El chico chasqueó la lengua.

-Chicos, la sociedad humana simplemente es incomprensible y cada individuo diferente y normal en su absurda rareza. –Dijo el alcalde. -La duda y el miedo son parte de nosotros. Es normal que Tokio se sienta confundida y desorientada con este repentino cambio. No todos los días se ven a los que fueron los villanos más poderosos de Tokio unirse a las heroínas de la ciudad. Es un gran cambio.

-Pase seis días inconsciente en un hospital por esta ciudad. –Comenzó. –Este idiota de verde, Recibió de lleno un impacto desde una altura de casi dos Kilométros por esta ciudad. Y el rubio con cara de bobo recibió un estúpido sable que casi lo divide en dos partes, también, por esta ciudad. Por esta ciudad, que no confía en nosotros. Comienzo a creer que después de todo esto no fue una buena decisión.

-Brick. –Se entrometió la pelirroja. –Eso nosotros ya lo sabemos y lo entendemos. Pero nosotros estuvimos ahí, y nosotros estuvimos con ustedes durante meses, atravesando ese cambio también. Las demás personas de esta ciudad no. Es comprensible.

El muchacho sabía que de alguna manera sabía que ellas cuatro tenían razón, pero ellos también la tenían.

No era justo que tuvieran que cumplir una estúpida sentencia de seis meses encarcelados y de servicio a la sociedad para apaciguar las pequeñas revueltas y huelgas que su tan inesperado cambio había desatado.

-Si te das cuenta. –Dijo la mujer. –Ciertamente, chicos, ustedes tres deberían pasar por lo menos… varios años en prisión. Y en cuanto al servicio a la sociedad, no son tareas difíciles o que requieran tanto tiempo.

-¿Reconstruir esta ciudad no lo es? ¿Pasar seis meses encarcelado tampoco? –Cuestionó ahora el rubio. –No es justo que nos culpen de destruir Tokio. En ese caso ellas también son culpables. Si la ciudad quedó destruida fue porque nos deshicimos de un dictador que quería asesinar a todo el mundo.

-No reconstruirán la ciudad entera. –Dijo Bellum. –Solo estarán ahí para hacer el trabajo que los constructores y obreros no puedan. Mover grúas, poleas, palancas. Cosas que a ellos como humanos les toma días y a ustedes simples minutos. Eso agilizara el proceso de construcción de la ciudad y le demostraran a los ciudadanos, que Tokio les interesa.

Los tres permanecieron callados.

-Son solo seis meses. Ustedes podrán salir de prisión con vigilancia cuando se necesite de sus servicios a Tokio y regresar justo después.

Brick negó.

-Y si esto no es suficiente para ellos de nuevo, ¿Nos harán pasar una vida entera cumpliendo los caprichos de esta sociedad? Prefiero volver a ser un criminal antes que el esclavo de esta ciudad…

-No sucederá así. –Aseguró Kaoru. –Usen su cerebro, trío de tontos.

-Y en caso de que así fuera. –Dijo el alcalde. –Entonces ya habría que intervenir.

-¡¿Y entonces porque no interviene ahora?! –Cuestionó irritado.

-Porque necesitamos que se ganen la confianza de la ciudad. Simplemente eso. Y ustedes, tienen que aprender que todo cuesta. Y cada cosa que hacemos, buena o mala, trae consecuencias.

Brcik estaba molesto, nunca creyó que le obligarían a hacer castigo social solo porque a los ciudadanos les placía. No lo entendía y no le parecía justo en lo absoluto. Él era un RowdyRuff Boy Z, maldición, no seguía ordenes o mandatos. Mucho menos siendo el líder, aunque sabía que eso de cierta manera era justo, no quería aceptarlo.

-Además. –Dijo el profesor, esta vez. –Muchos años destruyeron y aterrorizaron a esta ciudad también, serán solo seis meses.

-Fácil para usted decirlo.

Boomer y Butch miraron al líder que se miraba indescifrable. Brick terminó por bufar y mirar a Bellum, que sostenía el sobre sobre sus manos. Antes de articular palabra, cerró los ojos meditando de nuevo, lo cual no duró más que unos segundos.

-Solo dame ese estúpido papel antes de que lo destroce. –Los otros dos renegaron en su lugar, aun indispuestos, mirando como el mayor, de mala gana ponía su nombre en el blanco y pulcro papel.

Brick les tendió el papel.

-No me…

-Yo firmé, así que solo toma la pluma y el estúpido papel y pon tu nombre, Butch. –Butch gruñó -¡Hazlo, maldita sea! –Ordenó y aunque el pelinegro soltó unos cuantos improperios al aire, puso su nombre al igual que el azul. Los dos con el ceño fruncido.

Pero Brick había decidido ya.


La humedad sobre sus mejillas, naríz, y prácticamente todo su rostro lo hicieron sobresaltarse, levantándose como un resorte sobre la cama. Miró la cara peluda, alegre y con una legua fuera su lugar que lo saludaban como si fuera un mismísimo ángel de las croquetas y gruñó.

-¡Hotaru, el estúpido perro de nuevo! –Gruñó Makoto, quitando al animalito de su cama. Lo más probable era que el menor de sus hermanos estuviera dormido al igual que el moreno, así que esta vez ninguna de ellos vendría a sacar al animal de su habitación, tomando en cuenta que lejos de dormir, ellos invernaban.

El perro dio vueltas en su lugar y movió la cola.

-Lárgate de aquí, saco de pulgas. –Le espetó, regresando a su posición inicial, percatándose con su reloj en la mesita, que eran tan solo las 5:00 A.M. Levantarlo en la madrugada se le estaba haciendo una mala costumbre al animal. Cuando sus ojos estuvieron a punto de cerrarse de nuevo, un ladrido le sobresaltó de nuevo.

-¡Maldición, lárgate! –Gruñó, pero el perro movió la cola. -¿Qué diablos quieres?

El can volvió a girar en su lugar, esta vez dos veces y se dirigió a la puerta, volviendo a ladrar. Y aunque el chico lo mandó mil veces al demonio, y otras mil veces al infierno, el perro seguía indicándole que debía salir con él a la puerta.

No teniendo otro remedio, el chico se levantó de malas, gruñendo y maldiciendo a los cuatro vientos contra el pobre perrito. El can lo dirigió hasta su plato de agua, y pudo darse cuenta con indiferencia, que estaba vacío. Makoto quiso darle una buena patada en su peludo y gordo trasero.

-Despertarme por agua… estúpido perro… estúpida agua… habérselo imaginado, el gran RowdyRuff Boy, atendiendo a un perro pulgoso. -Murmuraba, sirviéndole agua al can. –Ahí está tu agua, chucho, ahora déjame dormir. Ya mañana me la pagaran los inútiles de mis hermanos.

Y aunque ya llevaba gran parte de su recorrido hacia su habitación de nuevo, el perro volvió a ladrar repetidas veces hasta que Makoto volvió a mirarlo.

-¿Y ahora qué? –El perrito, moviendo la cola, señalaba la puerta. Brick gruñó. –Lo que me faltaba… estúpido perro. Estúpida agua. Soy el mayordomo de un perro. El estúpido perro de mis hermanos.

Cuando un año atrás, Koiji había llegado con un cachorrito de escasos meses siguiéndole los talones, él se había negado rotundamente a tenerlo en su departamento. Pero erróneamente él hab+ia cambiado de opinión y ahora compartía casa con el perro, que lo despertaba de madrugada para llevarlo al baño. Y aunque le habían casi jurado mantener al perro lejos de su habitación, ahora eso tampoco parecía importarles.

Sin más remedio, abrió la puerta, dirigiéndose al elevador y maldiciendo interiormente.

-Chucho Pulgoso...


Makoto llegó arrastrando los pies al salón de clases, con sus hermanos riendo por lo bajo tras su espalda. Aunque les había dado unos cuantos golpes debido a que habían dejado al perro sin agua y eso había hecho que el animal fuera a despertarle precisamente a él, quien menos lo soportaba de los tres, a ellos le seguía causando gracia y satisfacción. Quién lo diría, solo un perro de un año lograba darle su merecido al rudo Him.

Makoto dejó caer con desgane su mochila al suelo, y sin pensarlo dos veces, su cabeza se estrelló contra el pupitre, intentando dormir y recuperar las horas de sueño que el perro con su paseo por el parque le habían quitado.

-¿Te sientes bien?

El chico no despegó su cara del pupitre, y ni siquiera se dignó a contestar, aunque había escuchado perfectamente el llamado de la chica.

-Rei. –Dijo Hotaru sonriendo. –Ya saben, necesidades nocturnas.

Miyako y Momoko rieron quedamente, divertidas. Solo entonces el chico levantó la cara, para dedicarles una mirada de reproche. Ellas dejaron de sonreír por un segundo.

-Que injusto. –Dijo la rubia, y la pelirroja asintió. Pero pronto volvieron a reír.

-Ese estúpido animal. –Se quejó Makoto. –La próxima vez lo aventaré por la terraza.

Y aunque ellos siguieron mofándose de sus desveladas a causa del cuarto miembro de los Him, Makoto se puso a pensar como era que su amistad había cambiado en los últimos años, y como se habían unido entre ellos. Era casi impensable, pero así era, por más que se riñeran entre ellos.

En ese momento llegó Kaoru como bala, atravesando el salón con su inseparable patineta. Había cosas, que simplemente, nunca cambiaban. Como la patineta de Kaoru o su gorra roja.

-Tarde como siempre.

-Lo mejor siempre llega al último. –Dijo ella, bajando de su transporte, y como de costumbre también, después de haber entrado la pelinegra, el profesor a cargo en ese momento, entró por la puerta, cerrando el salón y obligando a todos a sentarse.

Un nuevo y aburrido día de clases comenzaba. Los seis chicos ahí, rogaban porque la ciudad necesitara protección de algún criminal para salir de sus próximas seis horas de tortura. Tercero de preparatoria* era lo peor que jamás les hubiera pasado.

Desgraciadamente, no pasó así.

El día pasó tan lento como cualquier otro. Y el sonido de la campanilla indicando el fin de ese día fue como la mejor música que sus oídos pudieron escuchar. Ninguno perdió el tiempo, y tan rápido como pudieron, salieron del aula, despidiéndose a medias, prometiendo verse más tarde.

Normalmente uno pensaría que los chicos se van a sus hogares respectivamente. Bueno, este, no es el caso. Por lo menos, no el caso de los tres varones, que a empujones corrieron a la azotea para ahí poder emprender vuelo con la seguridad de no ser vistos por nada ni nadie, y como comúnmente, desde hace poco menos de dos años, sus estelas se dirigieron a un lugar que ya conocían bastante bien, y que en un pasado no pensarían que llegara a ser de esa manera.

Los tres chicos llegaron rápido al laboratorio del profesor y aterrizaron frente a la puerta, observando los dos botones de seguridad que había ahí. Casi por costumbre el mayor oprimió el que decía Internos y pronto apareció una pequeña pantalla donde introdujo el código para ingresar y en dos segundos, estaban dentro del laboratorio, armando de nuevo, uno de sus conocidos alborotos, a pesar de tener ya dieciocho años.

-¡Ya llegueeeeeee! –Gritó el pelinegro, corriendo por las escaleras tan rápido como podía, aventando a un rincón su mochila en el proceso.

Y tan rápido como cantaba un gallo, estaban en la segunda planta, en el comedor del laboratorio, sentados los tres como buenos niños que no eran. A su lado Ken, ya acostumbrado a la intromisión de los tres hermanos, se limitó a pasarles sus respectivos platos, aun vacíos, y a sentarse a su lado.

-¿Qué tal la escuela? –Cuestionó, más por rutina que por otra cosa. El chico parecía cansado.

-Como siempre, aburrida. –Respondió Koiji, y el adolescente asintió.

-Pareces cansado. –Apuntó Hotaru, mirándole de arriba abajo.

-Mi dolor de cabeza vendrá en cualquier momento. –Se limitó a decir. –Tiene apenas una hora aquí, y ya no me queda paciencia.

Los tres chicos aguantaron sus carcajadas.

-lo cual indica que pronto, mi dolor de cabeza, entrará por esa puerta. –Secundó Makoto, tallándose los ojos. –Deberíamos prohibir la entrada de chicas a este lugar. ¡Solo para hombres!

Ken asintió con una sonrisa.

-Que buena ilusión. –Y antes de que el chico pudiera decir algo más, el dolor de cabeza, bajó por la escalera, corriendo a sentarse. Kuriko Akatsutsumi había llegado al lugar.

-¡No sabía que ya habían llegado! ¡Hubiera bajado antes! –Saludó a los tres chicos sentados frente a ella.

-Por favor, no te preocupes. –Dijo con sarcasmo Ken. La muchachita le miró mal. Hotaru le sonrió.

-Apenas llegamos, Kuriko.

-Que bien entonces. –Asintió, y siguió con su cháchara, contando cosas de la escuela, y más.

Ken, por su parte, intentaba recordar en que momento de su vida, Kuriko había comenzado a pasar tanto tiempo en el laboratorio. Desde aquella vez hace dos años, que Momoko había ido por emergencia al laboratorio con su hermana, la chica había quedado fascinada con el lugar, y más al saber que él, su amigo perdido de la infancia que conoció un día en la escuela de Tokio, viviera ahí.

Las visitas se habían vuelto casi tan recurrentes como la estancia de los Him en el laboratorio.

Desde la última batalla, el laboratorio nunca estaba solo y en tranquilidad. Tiempos aquellos. Pensó el preadolescente, suspirando.

Y tal como Makoto, minutos antes había asegurado, el segundo dolor de cabeza, apareció por el pasillo, dirigiéndose a la mesa junto a ellos.

-Si cada vez que acertara algo, me dieran una moneda, sería rico. –Dijo el rojo, colocando sus brazos en la nuca. La pelirroja, tomó asiento a lado de su hermana.

-Nunca me avisas que vienes para acá. –Le reprochó la mayor. –Me haces dar doble viaje.

-Si ya sabes que vengo acá, ¿Para qué das doble viaje, hermanita? –Respondió Kuriko, encogiéndose de hombros. Momoko rodó los ojos.

-Apenas llegas y ya estas armando jaleo. –Dijo Butch. –Deberíamos realmente considerar la propuesta de Makoto.

La chica, tras fulminarlo con la mirada, cuestionó con curiosidad.

-¿Qué propuesta?

-Es un secreto, no eres digna de saberlo. –Respondió Makoto.

-Por favor, que ridícula propuesta será.

-Ni te imaginas, adicta. –Le dijo. Hotaru, avecinando una nueva pelea, se entrometió.

-Prohibir la entraba de chicas al laboratorio. –La pelirroja y su hermana, miraron a los cuatro varones unos cuantos segundos, asintiendo solemnemente como si aquello fuera fantástico y luego se echaron a reír.

-¿De qué te ríes, Akatsutsumi? –Cuestionó ofendido el de gorra. Su propuesta era la onda.

-Lo lamento, pero tengo derecho de antigüedad aquí, Him. –Le respondió. –Llegué mucho antes que tú a este lugar.

-Eso no importa. La mayoría aquí somos chicos. Nos da crédito. –Dijo Butch, y ella, volvió a reír.

-Sigan soñando. –Dijo, quitándole importancia con un movimiento de mano.

En ese momento, llegó el profesor, con un montón de comida en bandejas y hoyas. Sabía que debía servir como mínimo cinco platos de comida todos los días, así que siempre preparaba comida como para un ejército. –O más bien la sacaba de ese fenomenal aparato de comida que tanto le gustaba a los chicos. –Y pronto pasó a servir, con ayuda de la chica mayor.

Ninguno perdió el tiempo, y comenzaron a comer, unos agradeciendo la comida, y otros ni siquiera reparando en lo que estaban llevándose a la boca. Hotaru, aun con comida en la boca, y agachado a su plato, comenzó a parlotear como solía hacer con el profesor. Al parecer, el chico había encontrado entretenidas las pláticas con el hombre desde que comenzaron a pasar más tiempo cerca de ellos.

Había sido el primero en dejar de llamarle, científico, o Utonium.

-¿Qué tal el día, profesor?

-No hay mucho que contar. –Simplificó. –Aún sigo trabajando en ese proyecto que tanto esperan. Espero que pronto esté listo, con ayuda de Ken.

Kuriko, que estaba en silencio, por primera vez en todo el día, comiendo, levantó la mirada.

-¿Qué proyecto? –Cuestionó con sus ojos castaños llenos de curiosidad. Los seis presentes tragaron saliva y miraron a la hermana mayor de la susodicha, dándole la batuta a ella, que les pidió ayuda con la mirada, pero estos, regresaron a sus respectivos platos.

Era lo malo de tener a Kuriko con ellos, ella, al igual que las familias de las chicas, desconocían su otra vida, en la que ellos eran los héroes de Tokio.

-Es un proyecto secreto Kuriko, ya te he dicho. El profesor no puede andarlos divulgando así como así.

Pero la chica, rodó los ojos, claramente no convencida.

-¿Pero entonces porque ustedes si los conocen? ¿No confían en mí, cierto? –Cuestionó abatida.

-No es eso, es solo que…

-¡Ni siquiera me has explicado cómo es que podemos entrar a este laboratorio! ¡Yo no me creo eso de prácticas escolares, vienes aquí desde los trece años y yo no tuve prácticas escolares a esa edad!

-Kuriko. –Intentó explicar. –Ya te he dicho que conocimos a Ken un día. Miyako, Kaoru y yo, y entonces…

-Sí, sí. –Se adelantó. –Se hicieron grandes amigos y todo eso. –La chica volvió a su plato, dejando un incómodo silencio. –Como sea, ya no preguntaré más.

Los seis se dirigieron miradas fugaces, no sabiendo que hacer para traer de nuevo la alegría a la menor. Muy bien, era verdad que Kuriko muchas veces les colmaba la paciencia, pero le habían cogido un cariño especial. Ken reprimió un suspiro.

-Kuriko. –Le llamó. –Más al rato te enseñaré el invento del profesor…

Ella le interrumpió.

-¿De verdad? –Le brillaron los ojos, emocionada.

-Sí, solo… ya vuelve a ser molesta y esas cosas. –Pidió, sin mirarla, concentrado en su plato, intentando no darle importancia.

-¡Gracias, gracias, gracias! –Chilló, volviendo a su habitual hiperactividad.

-Mhmm… -Murmuró, aun con la mirada en su plato. Al chico le era difícil soportar el carácter tan alegre y activo de Kuriko, pero prefería verla así que a que estuviera desconsolada por el hecho de no terminar de sentirse parte de ellos por los interminables secretos que tenían que tener para con ella. Era difícil no sentirse así ya que era su única amiga de su edad. Al estar encerrado desde siempre en un laboratorio eran escasas las personas normales con las que podía convivir, entre ellas Kuriko –si es que ella podía considerarse como normal.

Momoko sonrió agradecida con el chico y al parecerle tan tierno su gesto, quiso pegar un grito al cielo, pero se contuvo, y siguió comiendo. Tendría que conformarse con contarle a Miyako cuando la volviera a ver, ya que Kaoru no se era precisamente de las que se emocionaba con esos temas. Los tres chicos frente a ella, reían por lo bajo, mirando al ya no tan pequeño Ken. Pobrecillo, tendría que seguir soportando las burlas de los tres hermanos.

Ken, intentando ocultar su pena, pensó en lo larga que sería esa tarde.

De repente, quería desaparecer del comedor y llevarse a Kuriko a la sala de inventos y operaciones, para así no tener que lidiar con las risillas de los tres Him.


Miyako y Kaoru caminaban con tranquilidad de camino hacia el laboratorio, como casi todas las tardes. Observaban los enormes cartelones que promocionaban comida, autos, y toda clase de cosas. Charlaban de mil cosas, que tal vez ni siquiera tuvieran sentido, solo para pasar el rato mientras llegaban a encontrarse con los demás.

De camino, Miyako detuvo su mirada en una enorme pantalla digital donde podían observarse los rostros de los seis héroes de Tokio sonrientes. La rubia sonrió al observar a su equipo sobre lo alto de la ciudad. Kaoru pareció notarlo también (Es decir, como no darte cuenta de una pantalla gigante a metros del suelo con tu rostro en ella)

-Ese trío de idiotas. –Dijo la chica. – ¡Llegaron a opacarnos!

Miyako rió. Sabía que Kaoru solo lo decía de broma, para molestar a los chicos y poder encontrar una excusa para golpear a Koiji, y que en realidad a todas les daba gusto que por fin las diferencias del pasado entre ellos hubiera terminado y mucho mejor que eso, que al final, hubieran decidido unirse a ellas.

Rememoró los primeros momentos que pasaron juntos, y lo difícil que en su momento fue que los ciudadanos entendieran la decisión que se había tomado y para ella, ahora, dos años después, le sorprendía lo mucho que las cosas había cambiado. Empezando por el agrado y cariño de la ciudad hacia los que tanto tiempo temieron y repudiaron.

-Parece lejano el tiempo en el que eran villanos. Nunca pensé que esto pudiera pasar.

Kaoru asintió, de acuerdo.

-Ni me lo digas. –Dijo. -¿Sabes? Me gustaba más cuando no estaban. –Comenzó la chica. –El laboratorio era tranquilo, la comida para nosotras, la televisión era mía, y sobre todo… -Dijo en un pesado suspiró. –Las paredes del laboratorio no estaban tapizadas por posters de ese trío, ni tenía que tomar agua en vasos con sus caras.

Miyako negó.

-Kaoru…

-Vale, vale. Es solo una broma. –Dijo, sonriente. -¡Menos los de los vasos! ¡No soporto tener que servirme de tomar en una taza con la cara del idiota decorándola!

Esta vez, Miyako sí que rio, divertida.

-Creo que en eso si estoy completamente de acuerdo. –Se detuvieron cuando llegaron a la entrada del laboratorio, y una vez que ingresaron, se sintieron en casa.

-¡Devuélveme el control del televisor, Hotaru!

-¡Yo llegue primero, Momoko! –Se quejó el rubio, pegándose la cajita al cuerpo como si fuera su posesión más valiosa.

-¡Ni siquiera la estás mirando!

-Si lo hago, es solo que no sé qué ver. –La pelirroja se lanzó sobre él, intentando quitarle el control remoto.

-¿Quieren callarse? –Pidió el pelirrojo cabreado con su guitarra en una mano. –Intento concentrarme para hacer esto.

-¡Dile a tu hermano!

-Para empezar. –Se metió la verde. – Soy la única que tiene derecho a tener en posesión el control remoto. Así que ponle en las luchas, oxigenado.

-No puede ser. –Dijo Hotaru, desparrandose en el sofá. –Ya llegó.

-¡Oye! –Le recriminó Kaoru, arrebatándole el aparatito. –Da gracias que he venido a darle alegría a tu miserable vida.

-Cálmense chicos. –Pidió Miyako. –Túrnense para usarla.

-¡No! –Le gritaron todos. Koiji apareció detrás de ella, masticando algo.

-No sé para que se pelean tanto por algo que ya tiene dueño. Solo se los había prestado un momento. –Dijo, avanzando, hasta arrebatarle de las manos la disputada cajita a su contraparte. Claramente, eso molesto a la de ojos verdes.

-¡Koiji! –Gruñeron todos.

Y esta demás decir, que pronto, todos se empujaban por poder obtener el mando del tan apreciado aparato. El lugar no quedó en silencio hasta que el pelirrojo, harto de no poder tener un segundo de paz para practicar con su guitarra, se acercó por detrás a su hermano mediano, y le arrebató el aparatito y tirándolo al suelo, lo pisó.

Todos quedaron en silencio, mirando los trozos de la cajita negra.

-Lo… lo rompiste… -Dijo Koiji. Hotaru suspiró, murmurando algún "tenía que pasar" y alejándose del lugar, con Momoko bufando detrás de él. Pero Koiji y Kaoru parecían más afectados por aquello. -¡Animal! ¡Lo has roto!

-¡¿Qué te pasa?! –Chilló la chica.

-Me tenían harto. Además, el profesor tiene muchos de esos. –Dijo, encogiéndose de hombros, sentándose de nuevo, con el instrumento entre las manos. Los dos verdes se miraron y fruncieron el ceño. Regresaron su mirada al pelirrojo líder, que al sentirse observado levantó la vista, y maldijo mentalmente.

-Te arrepentirás.

-Por favor. –Dijo el, con cansancio. – ¿Les recuerdo de nuevo que el profesor guarda un millón de esos en la bodega?

Pero los dos comenzaron a perseguir al pelirrojo, y a los pocos segundos Makoto fue Brick, perseguido por Butch y Buttercup.

-Les dije que no tardarían. –Dijo el rubio, sentado con las dos féminas restantes del grupo a su lado, mirando los colores ir y venir de un lado a otro.

En ese momento Ken bajó por las escaleras, y al verlos transformados y mutilándose a golpes en el suelo, les advirtió con la mirada. Bastó un segundo para que regresaran a sus identidades secretas, justo al tiempo que Kuriko bajaba las escaleras después de hacer a Ken mostrarle lo que le había prometido durante la comida.

-¿Qué pasa? –Cuestionó la muchacha mirando la curiosa escena. Brick en el suelo, intentando quitarse de encima a Kaoru y con una de sus manos deteniendo el puño de su hermano.

-Ha roto el control remoto. –La chica miró el artefacto y abrió los ojos grandes.

-¡Pero si lo has hecho pedacitos! –Dijo, impresionada. -¿Cómo hiciste eso?

-Oh ya sabes. –Dijo, alardeando. –Soy muy cool.

Más forzados a hacerlo que realmente queriendo, los dos morenos se levantaron del suelo, dejando a Makoto libre de levantarse y sacudirse la ropa.

Y por un segundo, el laboratorio quedó en paz. Sabían que no duraría mucho, así que simplemente se dedicaron a disfrutar del momento.

Miyako, mirando como el sol comenzaba a ocultarse, respiró con tranquilidad. Hotaru, acercándose a su lado se cruzó de brazos, mirando hacia el horizonte, como ella.

-Fue un día tranquilo. –Ella le dirigió una mirada divertida. –Bueno, dentro de lo que cabe. –Aceptó el chico.

-Tienes razón. –Secundó. –Ningún villano ni nada por el estilo.

-Ojala todos los días fueran así, ¿Eh?

-Ni que lo digas. –Dijo, riendo. –Aunque, ¿Sabes algo? Creo que no cambiaría la vida que llevamos después de todo.

-Y creo que ninguno. –Comentó, mirando hacia atrás a sus amigos, y hermanos.

Se quedaron en silencio, mirando como poco a poco, los rayos de sol se volvían más tenues y las estrellas brillaban con más intensidad en el oscuro cielo. Hotaru había descubierto que amaba esa vida. Ahora podía decir que los mejores momentos de su vida los estaba viviendo ahora.

Sentir esa libertad que apenas hace dos años había comenzado a sentir, de escoger que era correcto y que le hacía feliz, era incomparable.

Nunca pensó que precisamente, esto era lo que le haría feliz. Escuchar a sus hermanos pelear con sus contrapartes amigablemente, mientras él miraba las estrellas aun lado de la que alguna vez odio más que a aquel hombre que tanto daño les hizo.

-Si. –Repitió. –No cambiaría esto por nada del mundo.

Ya ni la oscuridad le quitaría eso por lo que tanto habían luchado sus hermanos y él.

Probablemente.


¡Hi!

Aquí Miss Nutella con un nuevo capítulo :)

¡Primeramente debo decirles que los am ! Muchísimas gracias por sus reviews y consejos, no tienen idea de como los apreciamos los escritores, sobre todo cuando somos novatos xD

En fin, ¿Qué les ha parecido el capi de hoy? Nuestros chicos tienen una mascota, je. Me pareció un experimento interesante, Brick con una mascota xD Ya me dirán que piensan ustedes. Y bueno, un capítulo meramente introductorio a la vida de nuestros chicos, como un par más hasta que empiece lo intenso. Espero de verdad que les haya agradado, y sino, igual háganlo saber.

¿No hay mucho que decir por hoy, no?

Solo agradecer sus buenos deseos ;)

En fin, nos leemos!

Miss Nutella :)


21/08/15