La respiración agitada del Señor Oscuro era lo único que se escuchaba en la habitación oscura y vacía. Los ojos rojos resaltaban en la oscuridad, y la blanca piel brillaba bajo la tenue luz de luna que entraba por las grandes ventanas. Nagini se encontraba viendo a su maestro con precaución desde una esquina de la habitación, cercana a la puerta. Su maestro olía... peligroso.
Varias veces Nagini había estado con su maestro cuando éste dejaba escapar su temperamento, pero muy pocas veces había creído correr peligro a su alrededor. No sabía qué había pasado, pero podía suponerlo, en especial al no ver a su cría por ningún lado.
Su maestro se había peleado con su alma gemela.
Voldemort parpadeó dos veces antes de respirar profundo, obligándose a calmarse a sí mismo. Diez minutos llevaba de esa forma, y no podía permitirse seguir estando alterado. Su chico tendría que estar en la habitación, esperándolo, pero él sabía que no estaba allí. Su chico había decidido quedarse en Hogwarts esa noche, en especial cuando se enteró de que su vida privada no era tan privada, no cuando cierto Señor Oscuro que casualmente era su pareja metía su ojo en toda acción que realizaba.
El Señor Oscuro no lo negó cuando, esa misma tarde, su chico había aparecido en plena reunión con su Círculo Interno a gritarle por ser un "maldito entrometido idiota".
Él no podía permitir tal falta de respeto, ni siquiera de su chico, frente a sus seguidores. Él era quien tenía el poder. Él era quien gobernaba. Él era quien mandaba.
Él era la maldita ley. Merecía respeto y sumisión.
Su chico, por alma gemela que fuera, no iba a ser el primero que le falte el respeto y no salir castigado por ello.
Pudo sentir que Severus se había tensado completamente en su silla, a su derecha, pero Voldemort sabía que, por más que quisiera, no podría meterse. Severus sabía que nadie podía faltarle el respeto y salir ileso de ello. Hasta su chico lo sabía.
El problema fue cuando lanzó el Cruciatus sin varita y sin hablar.
Su chico le dijo que esa noche pasaría en Hogwarts, lo miró con esa adorable (y caliente) cara de enojo y luego se marchó por el mismo lugar por el que vino.
Voldemort había levantado una ceja, terminó la reunión y, cuando el último de su Círculo se marchó de sus terrenos, su magia convirtió en cenizas todo aquel objeto que se encontraba a su alrededor en la sala. Luego, él mismo se encargo de hacerlas aparecer para luego destrozarlas completamente, y estuvo así durante unos minutos hasta que sintió a Nagini adentrándose a la habitación.
Quería alguna explicación aparte de la obvia, pero no encontraba ninguna. El collar de protección no servía en contra de él, y sabía que su chico no tenía otra protección contra la magia. Él era capaz de mandar un maldito Cruciatus sin varita y en especial sin hablar, así que eso también estaba descartado. Habían más opciones, pero se volvían cada vez más ridículas.
Se dirigió a su salón personal, soltándose el cabello con fluidez y masajeándose levemente la cabeza. A su chico le encantaba hacerlo, pero esa noche no estaba disponible. Frunció el ceño asqueado consigo mismo, convocando un vaso y sirviéndose dos dedos de whisky de fuego. Lo tomó de un trago y luego se miró en el espejo a un lado de la chimenea.
Se veía cansado.
Apartó la vista con enojo y miró hacia el frente, la biblioteca repleta de libros que encontró en la Cámara de los Secretos, y terminó por negar con la cabeza. No se arrepentía por vigilar a su chico: lo estaba cuidando. Era su alma gemela, y él era un Señor Oscuro, le sobraban enemigos, y cualquiera podría ir detrás de su chico y torturarlo sólo para atacarlo a él. Si su chico no entendía eso, no era su problema.
Se sentó con pereza en un sillón individual y apoyó su cabeza en el respaldo. El día había sido cansador gracias al estúpido e interminable almuerzo que tuvo con el Señor de Francia, y él realmente esperaba poder llegar a su hogar junto a su chico y disfrutar de una buena cena, y luego acostarse en su maldita cama y esperar a que su pegajoso chico de pegara a él para dormir en paz. Pero claro, él era Voldemort.
No podía tener un maldito momento de paz.
Y lo peor de ese maldito día fue la revelación que sufrió hace no menos de media hora: él tenía un corazón.
Y pertenecía completamente a su chico.
No había otra explicación del por qué su Cruciatus no había funcionado, y ni siquiera del por qué había una voz en el fondo de su cabeza que le decía susurrante que él era capaz de aguantarse cualquier cosa que su chico le dijera o hiciera, con tal de no tener que estar como en ese momento: solo y con ganas de emborracharse.
Se cubrió los ojos con una mano y volvió a suspirar, agradeciendo la soledad de su gran (demasiado. ¿Por qué justo ahora siente el verdadero tamaño?) mansión.
Tener un alma gemela, y al parecer ahora un maldito corazón, era complicado.
