N/A: ha pasado un mes, pero aqui les traigo el siguiente capitulo de esta historia. Quiero aprovechar este espacio para agradecer a Drekaas y a un Anónimo por sus reviews, lo agradezco mucho!
N/A2: Para que no se pierdan, en la historia ha pasado un año.
Espero y sea de su agrado!
Aclaraciones: —Diálogo
"Pensamiento"
Énfasis.
El brillo abrasador del sol le daba de lleno en la cara y dificultaba su visión, la cegadora luz no le permitía distinguir más que una sombra borrosa que estaba sobre él. Teniendo un sentido impedido, el resto estaba agudizado de alguna forma. Podía escuchar con claridad los vítores de los jóvenes que estaban rodeándolos, y algún que otro insulto también. La camisa manga corta que llevaba le permitía sentir con los brazos la superficie donde estaba, arena mezclada con tierra, incluyendo piedras pequeñas. Le había raspado los codos y parte de ambos brazos, aunque podía sentir que el izquierdo le ardía más, la sensación más que nada era por el contacto con la tierra que se metía en las heridas, infectándolas. Se le dificultaba respirar por la sangre que brotaba de su nariz y que había llegado a su boca, pues podía percibir el metálico sabor de la misma, que contrastaba con lo seca que estaba su boca, producto de respirar por ella.
La promesa de un par de billetes lo había llevado hasta aquel parque desolado, que ahora estaba lleno de chicos que no estaban practicando un deporte precisamente, si no alentando y perpetuando la violencia. Peleaba por dinero, cambiaba lo que pudiera por dinero, no podía negar que le encantaba, y aunque no comprara la felicidad, le garantizaba vivir un día más y ahora eso era importante para él.
Desde que dejó el orfanato comenzó a portarse de forma violenta, pero por supuesto, una pelea esporádica con un chico de su edad que quisiera pasarse de listo recordándole a los gritos que sus padres estaban muertos no lo volvía un peleador callejero. Después de todo, los chicos se portan así, ¿no?
Los chicos pueden ser tan crueles a veces.
No solía perder en peleas callejeras, su instinto siempre le aseguraba una victoria, a veces hasta por un margen muy amplio. Estaba unos centímetros más alto de lo que estaba el año en que había peleado por primera vez y también tenía un poco más de fuerza, algo que incrementaría si tal vez entrenara con frecuencia. Seguramente se veía muy torpe ahí, en el suelo, con otro chico sobre él golpeándolo con fuerza, ya le había quebrado la nariz y seguro aquel golpe a su mandíbula dejaría un moretón inmenso, al igual que aquellos en sus brazos tras atacar su bloqueo.
Le habían dicho que era listo, los adultos se lo repetían muchas veces, siempre que intentaba ganárselos con esa falsa modestia y amplia sonrisa suya, por supuesto que el cuento del pobre huérfano nunca fallaba. A veces no entendía que tan listo podía ser, pues si lo fuera, ya se habría largado de Okinawa, o tal vez habría buscado trabajo en alguna base militar americana, como lo habían hecho muchos de los habitantes de la isla. Algo así iba contra los pocos principios que tenía, tal vez ahí estaba su inteligencia, en permanecer leal a aquello que creía.
Y creía que podía ser más fuerte, creía que podía ser como el señor Sorimachi.
Su instinto y su razón se unieron para darle una idea. Con rapidez movió su brazo izquierdo a un lado, el muchacho sobre él creyó que le había dejado el camino libre para darle el último golpe, pero él fue más rápido. Tomó un puñado de arena y se la lanzó a los ojos, haciéndolo gritar e imposibilitando cualquier golpe al cegarlo un instante. Un puñetazo lo hizo apartarse de él, por lo que aprovechó para cambiar lugares, dejando a quien había sido su atacante en el suelo. Echó a reír mientras lo tomaba por la ropa y golpeaba varias veces su rostro con el puño derecho. Los gritos de la multitud cambiaron y comenzaron a alentarlo a él. Le gustaba aquella adulación, pero no iba a continuar con los golpes por siempre.
Se puso de pie tras soltarlo, y para asegurarse de que no fuera a levantarse por un rato largo, le dio una patada al costado, posiblemente quebrándole una costilla. Escupió a un lado, despectivo, pero conforme consigo mismo. Si se había recuperado de esa paliza y había logrado ganar la pelea, era un poco más fuerte que antes.
Un muchacho de entre la multitud lo proclamó ganador, aunque él ya sabía perfectamente que lo era. Se sentía con ánimos de pelear con todos ellos, ahora que la sensación satisfactoria que acarreaba una victoria lo embriagaba, pero no era tan idiota para no considerar sus heridas y lo mucho que dolían. Sonrío vanidoso, en lo que se acercaba a otro muchacho, que tenía una pequeña caja en sus manos donde habían reunido todo el dinero de sus apuestas. Le tocaba una parte grande de aquello, pues solo un par había creído en que él ganaría.
— ¡Eres un sucio tramposo Yamazaki! —le dijo un chico que seguro había apostado en su contra.
— ¿Y? —Se encogió de hombros, mirándolo con desdén, para luego guardarse los billetes en el bolsillo— No me importa lo que me diga un perdedor.
De verdad que no tenía a donde más ir, pero abandonó el lugar con rapidez.
Aún hacía calor, el sol se acercaba a su lugar en medio del cielo, dando una idea general del tiempo, posiblemente se acercaba el medio día. El rato que había pasado desde el primer insulto para incitarlo a pelear y el último golpe había sido un tanto extenso, y lo agradecía, ya que actividades como esa le daban emoción a su insípida vida.
La posibilidad de volver a la pequeña habitación que tenía sobre el viejo bar del señor Nakano existía, pero prefería deambular por las calles, preferentemente bajo la sombra. Estaba seguro que al mayor no le gustaría para nada ver en lo que se estaba convirtiendo, pero hallaba consuelo en que nunca lo vería así. No hacía mucho que Nakano lo había dejado solo para ir en busca de un mejor prospecto en Kadena, trabajando en la base militar, donde como muchos otros comentaban, se podía hacer de un buen dinero.
El señor Nakano había sido muy bueno con él, incluso le había preguntado si quería acompañarlo, algo a lo que se negó, pues no quería volverse una carga. No era conveniente para él, pues tampoco soportaba a los soldados, mucho menos trabajaría para ellos, lo más próximo a lo que podía acercarse a aquella plaga que venía de otro continente era simplemente para robarles algo, si los encontraba muertos. Sonrió apenas al recordar su encendedor y el reloj que ya habían estado con él un año, cumpliendo el papel de sus únicos amigos, ahora que Nakano se había ido de la ciudad para no volver. No lo lamentaba, al contrario, se alegraba por él.
Con frecuencia se sentía culpable de haber cambiado algunas botellas de licor del bar por algo de dinero, pero era lo más sencillo que podía hacer para medianamente sobrevivir. Ya se estaba haciendo popular en el ámbito de las negociaciones de artículos así, que le resultaba mucho más redituable que simplemente vender tragos en el local. Aunque estar solo allí no habría tenido gracia alguna, y prefería sentarse tras la barra viendo a Nakano sirviendo cerveza o algún whiskey.
La soledad era algo en lo que pensaba a menudo, ¿no debería tener un par de amigos o algo? Sería mucho más sencillo perder el tiempo con ellos y de paso podría reír o simplemente conversar. Ni siquiera hacía falta que fueran tantos, pero al menos uno, alguien en quien confiar. Okinawa era una ciudad pequeña, pero las épocas de guerra corrompen cualquier poblado, volviéndolo un poco hostil, por lo que no venía mal tener a alguien que pudiera cuidarle la espalda y que a su vez fuera alguien de quien cuidar. Se pasó el dorso de la mano por la nariz, la sangre se mantenía apenas húmeda por la cantidad que había perdido, y había logrado transferirse a su mano, donde la palidez de su piel hacía resaltar el rojo. De haber tenido un amigo, ¿algo así habría pasado? Tal vez no.
Nuevamente, sus pies lo habían conducido por la ciudad, de alguna forma un poco inteligente, llevándolo hasta un sector tranquilo, sin adolescentes que pudieran querer pelear con él para sacarle unos billetes. Al levantar la vista pudo distinguir el letrero que identificaba una tienda de conveniencia, y no lo había notado, pero realmente estaba muerto de hambre. Apuró el paso para llegar y antes de entrar, vio su reflejo en la vidriera: se veía terrible. La sangre en su rostro, un ojo morado, la nariz quebrada, su ropa sucia con sangre y tierra, realmente tenía un aspecto muy malo y seguramente no se le permitiera entrar, pero no perdía nada con intentarlo. Además, podría darle un par de golpes al dueño y todo se arreglaría. Le sonrió frunciendo el ceño a su reflejo, tal vez era de pura vanidad, pero parecía alguien peligroso y se sentía orgulloso de eso.
Entró con paso decidido, como si fuera una persona importante entrando en su lujoso edificio con cientos de oficinas y gente trabajando para él. Rió por lo bajo pensando en lo imaginativo que podía ponerse a veces. Soñar con el éxito y la grandeza le hacía bien, le gustaba pensar que alguna vez tendría tanto dinero como para gastarlo en cualquier frivolidad.
Dio una vuelta en la tienda mientras buscaba algo barato de los anaqueles de comida, prestando un poco de atención a lo que podía escuchar en la radio, que no era más que la repetición de viejas noticias que recordaba haber oído durante la semana. Siempre era igual: el clima, advertencias a la población, promociones de trabajo en las bases, información de los patrullajes de soldados, siempre era igual. Bostezó en aburrimiento, con la molesta incertidumbre de no saber cuándo acabaría todo eso, y si es que alguna vez conocería un ámbito diferente, una vida más o menos normal. Una línea de pensamiento tan profunda contrastaba con algo tan ordinario como tomar un par de cajas de galletas y bolsas de anpan de un anaquel, y algunos dulces y cajas de varitas de bizcocho de otro.
El cajero lo miró impresionado cuando dejó todas las cosas que planeaba comprar frente a él, interrumpiéndolo antes que hablara solo para volverse por una lata de jugo. Tal vez era normal que un chico de su edad comprara cosas como esas, pero no que lo hiciera con la mitad del rostro cubierto de sangre seca y la ropa mugrosa. Al regresar le dijo que si lo necesitaba, podía usar el baño de la tienda y lavarse la cara.
— Ocúpate de tus asuntos —dijo haciéndose el rudo mientras sacaba de su bolsillo unos billetes arrugados y trataba de alisarlos contra su pierna antes de dárselos al encargado.
— ¿No te han hecho eso los soldados verdad?
— ¡No me jodas! Puedo acabar a un soldado si me da la gana —contestó engreído en lo que gesticulaba apuntarlo con una pistola con su mano derecha. El tipo simplemente rió, era un simple chico presumido como tantos otros, seguro se había metido en una pelea por eso y a juzgar por su aspecto, le habían dado una paliza. Aunque se lo veía de buen ánimo como para llegar a esa conclusión.
Casi era medio día, el sol estaba en lo alto brillando con intensidad y su reloj se lo indicaba también. Resopló fastidiado por ello, esperaba ansioso el otoño, pero agosto apenas estaba terminando para dar inicio a septiembre, y aún debería esperar tres semanas más. No dudaba en que si tuviera algo que hacer, el tiempo no pasaría de forma tan lenta, pero no iba a buscarse un trabajo o volver a la escuela solo para tener en donde perder la noción del tiempo. Se limpió apenas la cara con la sucia camiseta que traía puesta bajo una camisa, quejándose entre dientes del fuerte dolor que sintió al tocar apenas su nariz. Tenía la certeza de que sanaría chueca y que llevaría un poco de tiempo, a diferencia de algún pequeño corte o moretón, que usualmente mejoraban con una extraña rapidez.
Caminó un poco por la sombra bordeando la tienda al salir y tras unos metros se encontró con una pequeña estación de gasolina justo en la esquina. Había apenas un surtidor, un par de empleados en el playón y un automóvil al que parecían estar haciéndole reparaciones. El lento movimiento de aquel negocio lo distrajo un momento en lo que se sentaba a la sombra y contra la pared, algo apartado para no llamar tanto la atención. Dejó la bolsa de compra a su lado y de ella tomó lo primero que tocó: una caja de galletas. Arrancó sin cuidado la tira de cartón troquelada para abrir el pequeño empaque y meter su sucia mano en el mismo para tomar un puñado de esas dulces galletas. El suave y dulce sabor de la vainilla se mezclaba de forma extraña con el metálico y amargo sabor de la sangre en su mano, combinándose del todo en su boca al masticar un par de veces antes de tragar. Dejó de notar aquello tras un instante mientras que con una mano se hacía de más galletas y con la otra buscaba dentro de la bolsa más de lo que había comprado.
Los empleados de la estación seguían ocupados con el auto, parecía que no tuvieran idea de cómo repararlo, a pesar de la distancia podía notar lo nerviosos que estaban. Tenía unas cajas de galletas vacías en el suelo a sus pies, y en su mano una caja de varitas de bizcocho y fresa a punto de quedar vacía. Se cubrió la boca antes de echar a reír mientras veía el espectáculo que montaban los sujetos junto al auto, gritándose entre ellos, reprochándose de su inutilidad unos a otros. Dio un vistazo rápido a su reloj, llevaba un poco más de veinte minutos ahí sentado y si nadie lo obligaba a irse para que no estuviera holgazaneando, podría quedarse toda la tarde en aquel lugar.
Clavó el diente en el último anpan que le quedaba, mientras hacía una bolita con el envoltorio plástico en su mano. Por alguna razón, le parecía que el pequeño pan era más dulce y suave que los que había comido antes y la pasta rojo oscuro en su interior tenía mejor textura también, bien valía los golpes que había recibido para ganarse el dinero con el que lo compró. El súbito recuerdo de la pelea lo hizo sugestionarse y comenzó a sentir dolor nuevamente, principalmente en la cara. Rápidamente tomó la lata de jugo y la sostuvo un momento contra su rostro, acercándola cuidadosamente a su nariz. El frio del ligero aluminio y la humedad de la condensación que goteaba por la lata lo aliviaron bastante.
Caminar por la escasa sombra que había en la acera junto a las casas o paredones era la única forma en la que se podía soportar el hecho de tener que andar a pie por la ciudad, que estaba increíblemente desértica, salvo por dos hombres.
— ¿Podrías cambiar esa expresión? No hay nada que puedas hacer al respecto.
— Lo sé Ishihara, es solo que siento que es mi culpa…
— Ya basta, no lo es —bufó molesto—, la gente muere todo el tiempo, más en esta época.
— Si pero, ¿mi familia? Ustedes son mi responsabilidad, debo cuidarlos y velar por ustedes…esto es así… —Sorimachi suspiró abatido, cansado por el hecho de haber tenido que viajar bastante un día tan caluroso nada más que para un funeral. Se acomodó las gafas de sol que traía, aunque no las necesitara tanto pues Ishihara prácticamente lo había obligado a caminar a la sombra, argumentando que el calor no le molestaba en lo más mínimo. Afortunadamente, ya faltaba menos para llegar a la pequeña estación de servicio donde habían dejado reparando el automóvil en el que habían ido a Okinawa. Ishihara le había explicado cual había sido el problema con un vocablo bastante técnico, pero realmente no lo había entendido y no veía la necesidad en preguntar de nuevo, con que uno supiera, era suficiente.
Antes de llegar a la esquina, le indicó a su subordinado que se adelantara en lo que él se metía a una tienda a comprar cigarrillos. Entrar le produjo una sensación agradable, el fresco ambiente contrastaba bastante con el calor de afuera pero no remediaba el malestar que lo incomodaba. Saludó al empleado cortésmente y señaló en el exhibidor su marca de cigarrillos favorita, pagó y se quedó un instante escuchando una melodía que salía de la pequeña radio que reposaba junto a la caja registradora, la música le resultó conocida, era algo americano que ya había escuchado antes. La influencia de aquel país en el suyo era indudable.
Sorimachi salió de la tienda y caminó con lentitud tarareando parte de la canción que había escuchado, mientras golpeaba contra la palma de su mano la parte superior de la cajetilla de cigarrillos antes de abrirla, cuando el sonido de una lata siendo aplastada llamó su atención.
— ¿Ryuji? —dijo suavemente, creyendo haberlo reconocido. Su negro cabello estaba arreglado de la misma forma en la que lo recordaba, bastante corto a los lados y desprolijo arriba. El chico aplastaba una lata con el pie sin ganas pero levantó la cabeza rápidamente al escuchar que lo llamaban. Se sorprendió bastante a ver su cara enrojecida de sangre mal limpiada y su nariz algo inflamada y amoratada.
— ¿Señor Sorimachi? ¿Qué está haciendo por aquí? —preguntó sonriente, feliz de volver a verlo. Siempre se encontraba repasando lo que había acontecido cuando lo conoció, anhelando encontrarse con él nuevamente. Estuvo a punto de ponerse de pie cuando el hombre le hizo una seña para que se quedara dónde estaba, luego se sentó junto a él. Se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de su camisa.
— Te has estado metiendo en problemas seguramente —sentenció viendo más de cerca las heridas de su cara y su ropa sucia por sangre y tierra, su gesto cambiando a uno triste al ver las raspaduras en sus brazos— Al menos dime que ganaste.
— ¡Por supuesto! ¡También gané algo de dinero!—contestó entusiasmado, sintiendo una extraña comodidad al estar hablando con él, quien desde el principio le había caído bien. No cabía en sí de la emoción de haberse cruzado con él por casualidad otra vez.
— Pequeño gamberro, ya eres el rey de los luchadores seguramente —sonrió un tanto aliviado, ya que al menos su interior no estaba herido, sino todo lo contrario—, ¿pero que ha de decir tu padre cuando te vea así?
Yamazaki lo miró confundido por un instante, ciertamente no tenía nadie quien fuera a reclamarle nada, pero entendió que tal vez Sorimachi habría creído que Nakano era su padre. Ciertamente se comportaba como uno, pero no. De no ser porque tenía completamente superado el hecho de haber perdido a su familia siendo muy pequeño, aquello habría sido bastante incómodo, así que mejor pensó en algún modo discreto de decírselo para evitarle un poco la vergüenza de haber metido la pata.
— Bueno, la verdad es que mis padres no me han dicho nada en años y tampoco van a hacerlo… —lo miró expectante, a ver si se daba cuenta.
Y sí.
Sorimachi abrió la boca pero no dijo nada, solo emitió una risa nerviosa y se mordió el labio, desviando la mirada. Podía ser bastante descuidado al hablar a veces, y temía que algo así le costara caro algún día. Volvió su vista a él, pidiéndole perdón por su ignorancia mientras se frotaba la nuca con la mano, apenado. El chico insistió en que no hacía falta y probó su tranquilidad riendo. No parecía del tipo que se ofendía con facilidad.
Como aun no tenía una respuesta a su pregunta, insistió en saber porque estaba en Okinawa, ya teniendo la idea de que él no era de la isla. Sorimachi suspiro aliviado de tener que cambiar de tema, aunque no fuera a uno agradable, pero le contestó.
— Vine a un funeral con Ishihara —habló despacio y señalo con la cabeza en dirección al automóvil que reparaban los empleados, donde podía verse clara la silueta del hombre aparentemente dando indicaciones, molesto.
Yamazaki intentó asimilar lo que le había dicho, solo él e Ishihara…faltaba uno, faltaba el sujeto de la camisa ridícula. Por algún motivo que no logró entender del todo, le afectó un poco que estuviera muerto, aunque debía confirmarlo.
— ¿N-No me diga que Nishino está muerto?
Sorimachi frunció el ceño, extrañado de que preguntara aquello, pero captó rápidamente. Los había conocido a los tres, por lo que naturalmente era de esperar que pensara que al faltar uno, la respuesta más rápida fuera que estuviera muerto, pero no era así.
— No, no, claro que no —sonrió de nuevo y levantó el brazo para revolverle el cabello—, él está vivo, aunque algo herido; unos imbéciles fueron a nuestra oficina a armar alboroto y lo lastimaron a él y mataron a nuestro contador, que casualmente era de esta ciudad —respiró profundamente y continuó—: ¿Recuerdas el año pasado cuando te conocimos verdad? Pues habíamos venido por él a evaluar su trabajo.
No dijo nada, solo volvió la vista a la lata en el suelo, pensativo. ¿Qué clase de oficina era la suya? ¿Qué podía ser tan peligroso? Una vida así parecía entretenida, con riesgos muy altos claro, pero entretenida al fin, y era mucho más de lo que él tenía con su aburrida y solitaria existencia. Le habría gustado saltar a la acción, ser parte de ello, pero Sorimachi parecía un hombre honesto y se lo negaría rotundamente, estaba seguro de eso.
— Sabes Ryuji…—su suave voz lo sacó de su letargo para mirarlo otra vez— es bueno estar solo a veces, si sucede algo, tienes la conciencia limpia.
Hace un año le había dicho que era un chico listo, pero realmente era un idiota, pues no entendía que diablos quería decirle con eso. Lo miró a los ojos, como si buscara una explicación en ellos, pero el gris sin brillo que contemplaba no le decía mucho. Sorimachi rio apenas al verlo tan concentrado, pero no desvió la mirada.
— Ryuji, a veces simplemente necesitas que alguien te mire directamente y te diga "amigo, sabes que debes cuidarte"
— Debes…cuidarte —repitió algo dudoso.
— Lo sé —contestó, manteniendo la sonrisa y de pasó la confusión del chico.
Sacó las gafas de su bolsillo para ponérselas, se levantó y le tendió una mano para que hiciera lo mismo. Tal vez Ishihara ya había logrado que los empleados de la estación terminaran de reparar el auto y así poder dar una vuelta por la ciudad, porque, ¿qué mejor guía que alguien que había vivido allí toda su vida?
N/A: el anpan es un bollo dulce relleno de pasta de judías rojas (anko) que se vende en Japón, es bastante popular.
Hasta el proximo capitulo! Dejad review con cualquier critica, observación o sugerencia, se agradecería mucho :-)
