N/A: El tiempo pasa, para que quede claro, ya han pasado tres años y algunos meses desde los sucesos que se dieron lugar en el primer capítulo. No tengo mucho mas que comentar, espero que disfruten este capitulo.
Aclaraciones: —Diálogo
"Pensamiento"
Énfasis.
La ciudad había amanecido cubierta de un manto blanco, la tormenta de nieve de la noche anterior parecía salida de la nada, pues nadie había pronosticado algo tan intenso, así que había resultado una suerte de sorpresa. Las orillas de la bahía que frecuentaba estaban prácticamente congeladas, la escarcha cubría el camino de tierra, pero no impedía del todo el paso aunque dificultaba el andar de las personas y vehículos por las calles.
El helado viento mañanero le daba en la cara de lleno ayudado por la velocidad con la que se movía. Sus ojos le ardían si los mantenía abiertos por mucho tiempo, por lo que parpadeaba con frecuencia. Su nariz goteaba como si fuera la de un chiquillo enfermo y se le dificultaba un poco la respiración. El ritmo de su corazón iba tan acelerado como él mismo al correr a toda velocidad por las estrechas calles de aquel vecindario silencio de Okinawa, en el cual había armado un gran alboroto. Yamazaki escapaba de un par de soldados y unos agentes policiales con algo de gracia y un arma en el bolsillo de su gabardina. Que torpeza la americana, para dejarse robar una pistola por un japonés.
— ¡Con razón perdieron en Vietnam! —gritó a todo pulmón al voltear y creer ver a la distancia el móvil de la policía de la ciudad, perdido al final de la calle. Volvió la vista al frente y por poco margen alcanzó a esquivar a un sujeto en una bicicleta, el abrupto movimiento lo hizo resbalar un poco pero no fue suficiente para hacerlo caer. Se coló dentro de un callejón para salir en otra calle, y repitió su estrategia un par de veces más hasta llegar a un descampado que resultaba como basurero a veces, o tal vez un depósito de chatarra al aire libre.
Se dio el lujo de detener la marcha y dejarse caer en el frio suelo, un poco escondido entre unas placas de metal oxidado y unas cajas con botellas de vidrio. Echó a reír cansado, no iban a encontrarlo nunca.
Yamazaki sacó del bolsillo de su raída gabardina un revólver americano y una pequeña caja con balas. Intentó separar la recámara, siempre apuntado al suelo para evitar darse un tiro, era tan suertudo que seguro se acertaba uno entre los ojos. Una vez que pudo retirar el par de balas que se encontraban en el arma, le dio una revisada de nuevo y volvió a cerrarla. La observó con detenimiento, cada detalle en el metal y la textura rugosa de la empuñadura, le resultó algo pesada, pero se imaginaba que todas las pistolas eran así. Estaba algo descuidada, pues tenía muchas marcas en el cuerpo metálico, y le dio hasta algo de pena haberse robado algo tan arruinado.
Apuntó al horizonte y se hizo de disparar aunque estuviera descargada. Se sentía con algo de poder de solo empuñarla, y se imaginó como se sentiría apuntársela a alguien a la cabeza para asustarle.
¿Y cómo se sentiría matar a alguien?
Recordó vívidamente esa escena que desde hacía ya tres años volvía a su mente periódicamente, ya no era un niño como en aquel entonces, pero se impresionaba de igual forma, incluso como si todo fuera algo nuevo. Pero su nueva adquisición ni se parecía al elegante revolver color plata de Sorimachi, y su habilidad jamás alcanzaría la del mayor. Se estremeció al pensar en el explosivo sonido que había hecho el arma al dispararse y en la sangre que salió con fuerza de la herida de aquel torpe comandante americano que había muerto al instante. Grabado en su mente estaba aquel sonido, y la macabra voz de Sorimachi junto a sus palabras antes de dispararle otra vez por puro gusto.
— Con razón perdieron en Vietnam… —repitió en voz baja.
Nishino también había disparado ese día, pero su puntería era desastrosa, y creía recordar que su pistola parecía moverse en su mano, como si no lograra sostenerla correctamente. Miró su propia mano para ver que él no estuviera equivocándose al manejarla y para sus ojos, se veía que sabía lo que estaba haciendo, incluso la empuñadura resultaba del tamaño perfecto para su mano, pero años atrás le habría quedado grande. No prestaba atención a ello, pero estaba creciendo rápidamente.
Recordó a Ishihara también, pero él solo había utilizado sus puños como armas. Yamazaki se había hecho a la idea que él seguro era más habilidoso que el tonto de Nishino, también era bastante rápido a pesar de aparentar ser mayor. O no habría estado a punto de lograr cortarse el dedo en el auto. Qué furioso se había puesto Sorimachi con eso.
Se guardó la pistola en el bolsillo nuevamente, junto con las balas que le había sacado y la pequeña caja, para verse las manos con detenimiento. Dobló uno por vez sus dedos hacía adentro para tratar de imaginarse como se vería sin alguno de ellos, aunque el que más le costó fue el dedo pequeño. No recordaba muy bien si ese era el que Ishihara se había intentado cortar, y tampoco recordaba si tenía un significado en específico que fuera ese…o si simplemente, podía ser cualquier dedo. Sorimachi no había ahondado mucho en el significado, más allá de que sirviera como retribución. Vino a su mente la suave risilla de Sorimachi luego que le dijera que aquello le resultaba asqueroso y también como se había disculpado por el incidente, como si fuera que él le había dado la navaja a Ishihara. No le resultó fácil recordar que había dicho el mayor en ese momento, por más que lo intentara.
Más sencillo resultaba recordar el enfado de Sorimachi.
Los cambios de humor del mayor le habían parecido bruscos, y sus facetas cruel y amable le resultaban particularmente fascinantes. ¿Cómo podía vivir en aquella ambivalencia y dominarla tan bien? Él mismo tenía problemas en dejar de estar molesto cuando se ponía de mal humor o no encontraba chiste en ningún aspecto de su vida, pero Sorimachi bromeaba, se enojaba y bromeaba de nuevo.
¿De verlo con un revólver se habría enojado? ¿Lo habría felicitado?
Tal vez no era más que un adolescente con problemas de conducta para él, seguro le habría dicho que eso estaba mal o una cosa de esas, con seguridad habría agregado una frase poética que no entendería nunca también. Sorimachi era bastante bueno, se lo había demostrado las dos veces en las que se habían encontrado, pero aun así, su mano no temblaba al matar a alguien a sangre fría.
Se estremeció abruptamente, pero no por el frío. ¿Estaba listo para dar ese paso?
Hacía bastante que no fantaseaba con su propia muerte. Los pensamientos suicidas habían disminuido después de conocer a Sorimachi, el sueño de volverse alguien tan seguro de sí mismo y peligroso como él lo alentaban a apartarse de las sencillas salidas para escapar de todo. Ya no se sentaba tan cerca de la orilla en la bahía, pues no quería que la corriente lo arrastrara, ni tampoco cruzaba la calle sin fijarse, pues no quería que un camión de las tropas lo arrollara. La vida poco a poco comenzaba a tener un poco más de sentido, y sería una pena extinguir aquello que estaba descubriendo de una forma tan abrupta. Por supuesto que tomar semejante decisión requería de bastante fuerza de voluntad. Claro que estaba pensando en sí mismo y no en alguien más.
Fue fácil llegar a la conclusión de que matar a alguien más sería más sencillo, solo no tenía que pensar demasiado y apretar el gatillo apuntando correctamente. Pan comido.
Se llevó las rodillas al pecho y las abrazó con fuerza, molesto por su debilidad mental. Sorimachi lo había hecho parecer sencillo, pero si nunca le resultaba sencillo a él, jamás sería como quien admiraba y no llegaría a ningún lado. Ya tenía claro que no había forma de volverse un ciudadano decente: dieciocho años cumplidos durante el verano pasado, diecinueve a cumplir el próximo, un par de visitas a la pequeña cárcel de la comisaria del centro y huesos rotos por peleas callejeras. Ya era tarde.
¿Acaso tenía miedo?
Posiblemente, el miedo de todas formas no era algo que considerara malo. El miedo lo había dirigido por un sendero medianamente seguro, reprimiéndolo frente a decisiones estúpidas, aunque conforme crecía, este sentimiento perdía fuerza. No por nada traía puesta una gabardina robada y en el bolsillo de esta una pistola y unas balas, también robadas. El reloj y el encendedor que le habían hecho compañía por tres años ya también eran robados, ahí no hubo miedo, ¿por qué ahora sí?
Tal vez aún no tenía edad o la suficiente madurez para decidir quién si y quién no debería morir, porque no es como si fuera a dispararle a un escolar o a un viejo vagabundo en la calle solo porque sí. Esa gente debía vivir, pero decidir quién no era un asunto serio. Un soldado irrespetuoso entraba en la lista de quienes debían morir. Dio un largo suspiro, si Sorimachi podía tomar tal decisión en una décima de segundo, es porque era increíblemente inteligente, no por nada era el jefe.
¿Pero el jefe de qué exactamente?
Recordó fastidiado como había evadido contarle en qué diablos trabajaban él, Nishino e Ishihara. Era un tanto frustrante que no quisiera contarle, pero ahora que lo pensaba mejor, era obvio que no fuera a decirle nada, si él no era nadie en su vida, solo un torpe huérfano, pasaría mucho hasta que se enterara de la verdad. Pasaría mucho hasta que volviera a verlo. Una extraña tristeza le invadió, le agradaba demasiado y le habría gustado poder volver a encontrarse con él, pero la casualidad ya lo había favorecido dos veces, no lo haría de nuevo. A veces creía que lo olvidaría, que se olvidaría de su rostro, su refinada forma de vestir y sus enigmáticas palabras. Otras veces creía que Sorimachi lo olvidaría a él, y eso era peor.
Movió la cabeza de lado a lado para apartar esos pensamientos de su mente, y entonces un particular sonido lo distrajo. Agudizó el oído y pudo escuchar una sirena similar a la del móvil de la policía, seguramente aun lo estaban buscando. No estaba seguro si se aventurarían a meter las narices en aquel descampado, pero no iba a quedarse a averiguarlo. Se levantó lentamente y bostezó bastante desanimado, no quería correr, por lo que simplemente caminó en dirección al bar de Nakano para esconderse ahí.
La sirena sonaba cada vez más distante y se perdía por completo entre las voces de la gente que estaba en la calle y entre quienes se mezclaba con facilidad. No pudo evitar pensar en que tal vez su héroe se habría quedado a enfrentarse a quienes lo buscaban y habría hecho un chiste de ello. Tras unos minutos de caminata encontró la calma al alejarse del centro de la ciudad, y confiado en que no vería la tonta cara del soldado a quien le había robado de nuevo, se decidió por cambiar de rumbo y no ir a casa.
El aire fresco le resultaba agradable ahora que no tenía que correr contra él. La nieve comenzaba a derretirse lentamente por efecto de los rayos del sol, que cada vez se acercaba más a su posición central en el cielo. Con una sonrisa en su rostro se apresuró a llegar al camino que lo llevaba a la bahía que tanto le gustaba.
Los pequeños arbustos secos estaban cubiertos de una fina escarcha, y las piedras estaban humedecidas por el hielo ya deshecho. Miró a ambos lados para observar el mar, éste estaba increíblemente calmo y a lo lejos no podía ver ni un solo barco, pero era de esperarse, cerca del agua siempre hacía más frio y ahora él podía notarlo. Se estremeció y se frotó los brazos durante un instante, esperando a que sirviera para calentarse un poco. Fijo su vista en un árbol con un tronco ancho, y se le ocurrió que tal vez algo de emoción le ayudaría a ignorar el gélido ambiente. Yamazaki dio unos pasos largos desde su lugar hasta el árbol, calculando la distancia. Seis pasos, seis metros más o menos, tal vez más, sus delgadas piernas eran ridículamente largas.
Se volvió a su lugar inicial y sacó de su bolsillo la pistola y las balas que estaban fueran de la caja, ya era hora de probarla. Dispararle al árbol no requería pensar tanto como dispararle a alguien así que estaba un tanto más relajado. Se tomó su tiempo colocando las balas en la recamara, sacando un par más de la caja para no dejar ningún hueco. Tomó la empuñadura con ambas manos y apuntó al que le pareció el centro del tronco. La tomó con solo una mano, probó la izquierda, la derecha, se paró de lado, flexionó los brazos, los estiró…
No parecía lograr hallar una postura que le resultara cómoda para disparar, aunque al final se decidió por empuñarla con su mano derecha. Apuntó nuevamente y tragó saliva, sabía a emoción y nervios.
Exhaló, bajó el martillo y cerró los ojos al apretar el gatillo. El explosivo sonido que vino después lo ensordeció, la fuerza del retroceso lo abrumó y el martillo le apretó el pulgar con la fuerza de una mordida. Ahogó un grito y dejó caer la el arma por el dolor, insultando al inerte instrumento que ahora yacía en el suelo a su lado. Miró con cuidado la herida en su dedo, y al ver que sangraba, rápidamente se llevó el dedo a la boca y succionó con fuerza el rojo líquido. Apartó su mano para mirar otra vez, relajándose una décima de segundo al ver que la herida estaba limpia, pero poniéndose histérico al ver como volvía a sangrar. No era como si fuera a morir por una llaga así, pero no quería andar con la mano cubierta de sangre que pudiera manchar su ropa y hacerlo ver sospechoso a la vista de otros.
Un sonido apenas familiar llamó su atención al desgarrar el silencio que había en el vecindario en el que estaba por casualidad. Había quedado con un par de amigos para verse ahí y juntos salir a hacer de las suyas. Estaba algo molesto pues de camino a aquel lugar había escuchado que estaban buscando a ese solitario chico, Yamazaki, contra quien se había jurado una especie de venganza, tras haber sido derrotado por él de una forma tan deshonesta que le daba asco. Miró en dirección hacia donde creía que provenía el disparo, y al ver en el cielo a pájaros volando para huir, se imaginó que podría ser cerca de la bahía, no le importaba que sus amigos no hubieran llegado, por lo que fue a investigar.
Llegó hasta un estrecho camino y no pudo creer la casualidad. Allí estaba ese imbécil, podría reconocer esa torpe silueta y ese cabello mal cortado donde fuera.
Yamazaki metió la mano en el bolsillo hasta que lograra pensar en otra cosa, y en lo que se inclinaba a levantar el arma, alguien llamó por él con un silbido. De un discreto movimiento se guardó la pistola en el bolsillo de la gabardina y entonces se decidió a mirar a quien lo llamaba.
— Dicen que te has metido en un lío grande esta vez, Yamazaki… —habló un muchacho de su edad que estaba al inicio del estrecho camino a la bahía. De seguro era alguno de sus rivales de peleas callejeras, y por lo que decía era evidente que se había corrido la voz de que la policía y unos militares americanos lo buscaban. Se levantó lentamente y sonrió vanidoso, sintiéndose popular frente a la idea de que se supiera de sus remedos de crímenes.
— No tan grande como tu estupidez, ¿acaso me estás siguiendo? —Esperaba que realmente no fuera así, porque no quería pensar en que lo había visto disparar como el principiante que era.
— Eres un sucio tramposo, vas a pagármelas, ¡voy a divertirme viendo cómo te mata un soldado! —se notaba su enojo y al verlo pasarse una mano inconscientemente por el costado se dio cuenta de quién era.
— ¿Apostamos? ¿Quieres que te quite más dinero?
Le pareció un tanto patético que le guardara rencor por una pelea de nada hacía ya dos años, pero más patético aún era que quisiera jugar al policía atrapándolo y entregándoselo a las fuerzas que lo buscaban. Que ridícula la magnitud del problema que había causado, y viéndolo de otra forma, tal vez no había pensado muy bien en las consecuencias. Echó a reír al recordar cómo había estado a punto de perder contra él, como había dado vuelta el resultado y como le había pateado el costado, ¿entonces si le había roto una costilla?
¿Buscaba la revancha acaso? Iba a dársela sin duda.
Sacó las manos de los bolsillos y se puso en posición de pelea, esperando a que se acercara a querer golpearlo, a ver que tanto había mejorado. Lo provocó aún más insultándolo, y animándolo a que le diera su mejor golpe. Ya no sentía frio.
El chico se acercó corriendo con rapidez e intentó acertarle un golpe a la cara, pero él no iba a dejarse quebrar la nariz dos veces por el mismo imbécil, así que bloqueó el golpe sin mucha dificultad. Le devolvió el puñetazo que fue esquivado por poco, alcanzó a golpearlo apenas en el vientre, pero eso no fue suficiente para hacerlo sentir dolor. La contienda apenas empezaba, pero ya estaba molesto.
Conforme crecía perdía su rapidez al pelear. Manejaba con torpeza su cuerpo que de un día para el otro parecía haber cambiado completamente, casi se sentía como si no fuera él al pelear. Estaba en evidente ventaja frente al otro, era más alto y golpeaba con más fuerza, esperaba que aquello bastara para que pudiera vencerlo rápidamente y largarse de allí.
El muchacho lanzaba golpes rápidos que Yamazaki lograba bloquear o esquivar por poco, haciéndolo retroceder, ambos acercándose cada vez más a la orilla. Qué plan tan vago hacerlo caer al agua helada.
— ¿Terminaste ya, torpe? —le dijo algo agitado aprovechando el aparente cansancio del chico para darle un golpe potente al diafragma, dejándolo sin aire un instante. Le sonrió divertido y logró partirle el labio de un puñetazo.
No contaba en que el muchacho se recuperara con rapidez, pero en lo que intentaba recobrar la respiración lo pateó a un lado de la rodilla, y distrayéndolo con el dolor, casi hizo que perdiera el equilibrio. Yamazaki tambaleó y retrocedió cuando el puño del otro alcanzó su cara. Gritó un hato de insultos y movió los brazos torpe y tan rápidamente como pudo, acertando varios golpes, y bloqueando un par más. Casi se fue de bruces al suelo cuando el otro dio un salto hacia atrás para retroceder.
— ¡No sabes pelear Yamazaki! —dijo tras limpiar la sangre de su labio inferior con el dorso de la mano, haciendo algo de tiempo para recuperarse un poco.
— ¡Voy a tirarte los putos dientes! —bufó de rabia y corrió hacía él, preparándose para golpearlo con su mano derecha.
El muchacho parecía haber estado esperando por una oportunidad así y esperó a que se acercara lo suficiente como para moverse apenas hacia un lado con rapidez. Para su sorpresa lo tomó por el brazo y lo hizo inclinarse para propinarle un fuerte rodillazo al pecho. Yamazaki escupió algo de sangre y gritó al sentir como su brazo era doblado en un ángulo doloroso tras su espalda. Intentó moverse para librarse de aquel agarre y como no funcionaba, optó por imitarlo y lo pateó en la rodilla, para su suerte el chico lo soltó. Retrocedió rápidamente y se frotó el brazo adolorido, mirándolo con rabia.
Parecía que tenía razón, solo daba golpe tras golpe y esperaba lo mejor, no sabía realmente como pelear, pero no iba a darle con el gusto de estar en lo cierto.
Esta vez el chico se acercó a él rápidamente, por lo que se preparó para bloquearlo y propinar un contra golpe. Se sorprendió de sobre manera cuando el otro se inclinó para tomarlo por la cintura y tumbarlo al duro suelo de la bahía. El sonido de algo arrastrándose por el suelo lo alarmó, por inercia el arma que traía en el bolsillo se había salido de su lugar y ahora estaba unos metros más lejos.
Esperaba a que no se hubiera dado cuenta y que comenzara a golpearlo en el suelo, pero no, el chico se había dado cuenta del arma y en un segundo se levantó para ir por ella. Trató de hacer lo mismo pero resbaló y apenas alcanzó a agarrarlo por el tobillo para hacerlo caer también. Una ligera sensación de terror lo invadió, no iba a quitársela y devolvérsela a su dueño, ese tonto chico iba a matarlo.
— ¡No! ¡Deja eso, pedazo de idiota! —por supuesto que no iba a hacerle caso, mucho menos ahora que tenía la pistola en su posesión. De una patada lo apartó e intentó ponerse de pie, pero Yamazaki logró tumbarlo al suelo de nuevo.
— ¡Voy a matarte Yamazaki!
— ¡¿Qué diablos tienes contra mí, imbécil?! —replicó mientras intentaba quitarle el arma que ahora apuntaba hacia su pecho y con cualquier movimiento torpe podría dispararse y matarlo. Realmente no recordaba o no entendía que era aquello que podría haber hecho para que lo odiara de esa forma.
— ¡Cómo si a alguien le importara que estés vivo, basura! ¡Vas a estar mejor muerto, nadie te quiere en Okinawa!
No le importaba en lo absoluto que lo insultara, pero aquello fue un tanto excesivo. Forcejearon un poco hasta que logró quitarle la pistola de las manos, y disparó sin apuntar o sin pensarlo demasiado, guiado por un instinto perverso.
Se quedó quieto y abrió los ojos de par en par, llevándose ambas manos a la herida que sangraba en la parte baja izquierda de su torso. Comenzó a respirar agitadamente, sus ojos se tornaron vidriosos y sus labios temblaron, estaba asustado. Vio como Yamazaki sostenía mejor el arma y como lo miraba, casi incrédulo por lo que había hecho. Hizo un esfuerzo y levantó uno de sus brazos y lo agarró por la muñeca como si quisiera desviar su puntería. Pareció haberlo tomado por sorpresa.
Le disparó de nuevo directo al pecho y el agarre en su muñeca se aflojó al tiempo que la vida de aquel muchacho se extinguía. Su mano comenzó a temblar de forma violenta y se levantó de golpe, tirando el arma a un lado y viendo lo que había hecho. Un charco de sangre se estaba formando con una lentitud espeluznante bajo el cuerpo inerte en el suelo.
No había estado listo para dar ese paso. No había estado listo para decidir quién debía morir.
Miró sus manos y su ropa, estaba cubierto de sangre ajena. Sintió como se revolvía su estómago, dándole ganas de vomitar. Un escalofrío recorrió su cuerpo para convertirse en un brusco temblor que difícilmente permitiría que se mantuviera de pie. Yamazaki se volteó para no verlo y como pudo, echó a correr para escapar.
El sol que ahora estaba en el centro del firmamento había sido el único testigo del primer crimen real que había cometido, porque robar algo de dinero o cigarrillos no era nada comparado con arrebatarle la vida a alguien. Secó las lágrimas que brotaban de sus ojos sin control con el dorso de su mano. Si matar se sentía así…no estaba seguro de querer volver pasar por eso.
La sonrisa de Sorimachi al dispararle a los soldados se hizo patente en su mente, de solo recordarla se confundió con sus sentimientos. Le había impresionado, pero ahora no sabía si le resultaba repulsivo o si seguía resultándole algo impresionante. Se preguntó que hubiera dicho el mayor, si lo habría regañado o si tal vez lo habría halagado. Al fin y al cabo, ese chico lo había insultado al igual que el comandante había insultado a Sorimachi, incluso había amenazado con matarlo.
La sensación perversa que lo invadió al haber disparado regresaba a su cuerpo, y lentamente una sonrisa se formaba en sus labios. Emitió una carcajada de puros nervios, analizando de nuevo todo lo que había sucedido, ya no parecía tan malo.
No lo había planeado, pero había dado el paso, a la fuerza, pero lo había hecho.
Hasta el proximo capitulo! Dejad review con cualquier critica, observación o sugerencia, se agradecería mucho.
