N/A: ¡Nueva actualización! Este capítulo es el cierre de una etapa, por lo que repasé muchas formas de plasmar la idea y esta es la idea que más me ha gustado. Aprovecho para decirles que entre este capítulo y el anterior solo hay unos días de diferencia, me gusta aclararlo en estas notas para que quede claro desde un principio :B
N/A2: Quiero darles las gracias a quienes leen esta historia, aunque no dejen un comentario, me anima saber que les interesa lo suficiente o que les llama la atención como para leerla, en verdad lo agradezco. Y por supuesto también, gracias a quienes se toman su tiempo y me dejan review :-) Sin más, los dejo con el capitulo que espero disfruten.
Aclaraciones: —Diálogo
"Pensamiento"
Énfasis.
El pequeño ventilador de la habitación movía las aspas gracias a la brisa que se colaba por la ventana que estaba abierta de par en par, hacía tanto que no era puesto en funcionamiento que una capa de polvo lo cubría, y el engranaje responsable del movimiento de las aspas parecía quejarse en un chirrido audible pero no molesto, sonaba a que exigía unas gotas de aceite. Pero no había nadie quien pudiera escucharlo en aquel momento, pues quien aún vivía en aquel lugar estaba con su atención puesta en otra cosa más importante que a vista de otro, habría resultado un asunto bastante trivial.
Yamazaki se lavaba torpemente el cabello en el lavabo del cuarto de baño, quejándose de que se le metiera agua en los ojos si los abría o en la nariz. Su espalda llevaba ya un rato doblada en una posición que ahora era terriblemente incomoda, solo para poner la cabeza a la altura del grifo. La porquería que se había echado en el cabello parecía rehusarse a perderse por el caño, solo se quedaba prendida a su piel, haciéndola arder. Realmente no tenía ideas muy brillantes últimamente.
Un paquete de plástico rectangular estaba tras el grifo, al revés, de modo que pudieran leerse las instrucciones de uso al dorso, y aunque no fuera algo muy del otro mundo, usar un decolorante para cabello le había resultado complicado. Tras un poco más de diez de batalla el agua que se juntaba en el lavabo se veía cristalina, sin un rastro de espuma ni perfume. Cerró el grifo y sacudió la cabeza como si fuera un perro, antes de enderezarse lentamente para poder mirarse en el espejo.
— Vaya, solo me veo más imbécil —pensó en voz alta mientras movía la cabeza a cada lado para ver el resultado, dándose cuenta que de alguna forma, su cabello estaba rubio en su totalidad en la parte superior, pero a la altura de sus orejas seguía siendo negro. Chasqueó la lengua, molesto consigo mismo, intentando acostumbrarse a su nueva imagen. Resolvió que necesitaba un corte también.
Corrió a la habitación de Nakano a buscar una tijera entre sus cosas, esperando a que no se hubiera llevado la que tenía. Revolvió los cajones llenos de polvo del mueble junto a la puerta, algunos tenían un par de botones perdidos de camisas, más polvo, lápices sin punta o carretes de hilo, las agujas por suerte estaban todas clavadas a un cartón, pero aun así se hincó el dedo con una. Nakano era un tipo práctico, tal vez estaban en la sala, a donde se dirigió con rapidez.
Lo primero que vio fue el bonito aparador que Nakano tenía en la pequeña sala, y que antes habría estado adornado con algunos libros, fotos de su juventud o de sus días de pesca y algunos vasos, pero ahora no había nada allí. Una ligera sensación de nostalgia lo invadió al ver que estaba vacío, como si esperara ser vendido tras haber estado exhibido en una tienda por mucho tiempo. Una gruesa capa de polvo lo cubría, pudo verlo mejor en cuanto se acercó y hasta le dio algo de culpa no limpiarlo regularmente, pero no evitó que escribiera su nombre en la sucia madera, trazando cada línea con delicadeza con un dedo.
— Joven dragón…—susurró tras leer lo que había puesto. Se inclinó apenas sobre el aparador para soplar y levantar un poco el polvo y de paso, su nombre también.
Abrió con fuerza el primer cajón distrayéndose con el ruido, adentro solo había una pequeña llave y supuso que sería para abrir las pequeñas puertas que estaban en la parte inferior del mueble. Movido por la curiosidad se sentó en el suelo, quedando a la altura de las puertas, y echó la pequeña llave al igualmente pequeño cerrojo. Como esperaba, la llave sirvió.
— A ver que hay aquí —dijo, como si el vació fuera a contestarle. No recordaba haber visto ahí dentro nunca, pero era porque no era demasiado curioso y como no sentía que aquel lugar fuera propio, no quería importunar a Nakano con sus tonterías.
Tras las puertas había un hueco sin polvo, ni telarañas, ni bichos, que apestaba a viejo porque llevaba cerrado más de tres años. Dentro había unos estantes y sobre el primero, un libro mediano sin tapa y de unas hojas amarillentas, y eso era todo. Suspiró al sacarlo, no esperaba precisamente un tesoro, pero si tal vez algo más brillante. Se puso de pie y lo dejó sobre el aparador, para seguir con su tarea de buscar una maldita tijera, la cual encontró en el segundo cajón. La sacó, aliviado de al fin haberla encontrado, y se miró en el reflejo del vidrio de la parte superior del aparador, cortando su cabello a los lados, tratando de dejarlo medianamente parejo.
Le tomó bastante lograr algo que se viera bien, podía notar un ligero cambio a su anterior estilo, que se acentuaba por supuesto con su cabello ridículamente decolorado. Ahora que a si mismo se veía como un asesino, sabía que no era el mismo de antes, y ya que se sentía diferente por dentro, también podría hacerse un cambio por fuera para que estuviera más o menos equilibrado. Por supuesto, aquello podría ser nada más una tontería suya que careciera de significado, y es que, en el completo orden de las cosas, un corte de cabello al lado de una muerte era de verdad una tontería.
De un movimiento algo torpe, el filo de la tijera le rozó una oreja, dejando un leve enrojecimiento como marca. No dolió, ni siquiera lo lastimó, pero fue suficiente para que el claro recuerdo de hacía solo unos días volviera, y el desgano le invadiera. Miró de reojo la tijera y en un impulso en cámara lenta, posó la punta de la misma contra su cuello, sin ejercer demasiada presión. Solo necesitaba valor, el mismo que había tenido para oprimir el gatillo.
¡Cómo si a alguien le importara que estés vivo, basura!
Cerró los ojos y presionó un poco más. Dolía, pero no lo suficiente.
¡Vas a estar mejor muerto, nadie te quiere en Okinawa!
Era la verdad, no tenía quien lo extrañara, era un solitario en todo aspecto y la gente lo evitaba o peor, lo insultaban. Estaba enterado de que era un muchacho que se hacía odiar con una facilidad inquietante, por lo que clavarse una tijera al cuello y acabar con el absurdo que era su vida sin motivos se veía como una buena idea.
¡Pero que imbécil eres…! ¡¿Cuántas veces voy a tener que decirte que no pienso tolerar esta estupidez?!
Fuerte y clara, la voz de quien había marcado una nueva dirección en su vida se hizo eco en su mente, evitando que hiciera alguna locura. Dejó la tijera sobre el aparador, golpeándola con fuerza contra la madera provocando un estruendo, pero sorprendentemente la madera no se dañó, ni los cristales de la parte superior se resquebrajaron. Un segundo más y habría echado a la basura el sueño que le había rescatado del hastío, que lograba darle ánimos cada día. Levantó la vista para verse de nuevo en el reflejo del vidrio, podía distinguir un punto de sangre en su cuello y lágrimas en sus ojos. No era tan ridículo su cabello de dos colores comparado a eso, el encierro lo estaba consumiendo poco a poco, podía notarlo claramente, como si las lágrimas fueran una especie de lente que le permitía ver la realidad. ¿Qué estaba haciendo?
Ryuji, todo va a estar bien.
— Sí, señor Sorimachi —dijo en un tono solemne, mientras tomaba el libro porque sí, como si algo le indicara que fuera a servirle. Después de todo, daba la impresión de que se hubiera aparecido de la nada solo para distraerlo y de haberle prestado atención, seguro ni siquiera habría tenido la estúpida idea de quitarse la vida.
Si ya había sobrevivido tanto, ¿por qué no seguir?
Le tomó unas horas decidirse a salir de la casa, mantuvo ese taciturno humor por un largo rato, a pesar de que había resuelto que efectivamente quería seguir viviendo. Pero aunque la decisión estuviera tomada, no lograba reunir la fuerza necesaria para mover las piernas y bajar las escaleras, mucho menos para quitar las trancas de madera de la puerta y empujarla para salir. Sentado en el primer escalón, miraba el bar con otra perspectiva, como de ojo de halcón, imaginando que el lugar estuviera repleto y lleno de vida, era un tanto lastimoso pensar que en la realidad eso no volvería a ocurrir. Y en la realidad, tampoco volvería a ocurrir algo como lo que tuvo lugar ahí mismo, la tarde-noche de su cumpleaños número quince. Seguro desde lo alto de la escalera los movimientos de Sorimachi, Ishihara y Nishino se habrían visto fenomenales.
Suspiró mientras golpeaba el libro contra su pierna marcando un ritmo constante. Ni siquiera lo había hojeado para ver de que trataba, pero tampoco tenía demasiado interés en ello, simplemente no quería soltarlo. Se aferraba sin sentido al objeto, de la misma forma que se aferraba al recuerdo de Sorimachi, sin perder ese frecuente deseo infantil de que no lo olvidara. Pero el tiempo avanzaba cruelmente, y si Sorimachi era tan despistado como Ishihara le recriminaba, tal vez su cara era un borroso recuerdo cercano a desaparecer. Eso se ganaba por ser un chico ordinario, sin ninguna habilidad interesante que le hiciera destacar. Con frecuencia se preguntaba si es que alguna vez volvería a verlo, si podría seguirlo a donde fuera, podría serle de utilidad en lo que fuera que hiciera, podría aprender a ser útil.
Ya el sol estaba cada vez más cerca a esconderse en el horizonte, la ciudad se movía otra vez y decidió mezclarse en ese movimiento. El sutil cambio en su imagen había dado resultado, porque se había cruzado con varios rivales de peleas callejeras y ninguno lo había reconocido, ni siquiera el vendedor de la tienda a la que entró por unos cigarrillos. No escuchó comentario alguno del chico muerto en la bahía, como si no le importara realmente a nadie, con seguridad estaba todo olvidado, y apenas habían pasado un par de días. La gente en Okinawa parecía no tener memoria.
Caminaba por las calles con la vista al frente, sin enfocarse en nadie, actuando relajado al pasar junto a algunos soldados, ¿cuándo diablos iban a irse, o es que la ocupación sería eterna? Tal vez debía irse él y ya, sería la solución más sencilla y de paso, dejaría todo atrás pudiendo empezar de nuevo en una ciudad diferente. Sin darse cuenta terminó en un pequeño parque, del cual tenía recuerdos de moretones en el cuerpo y de sabor a sangre, pero tenía recuerdos similares en muchos otros lugares de la ciudad, durante los últimos años se la había pasado peleando prácticamente en todas partes.
El parque era relativamente bonito, el césped bien cuidado al igual que las pocas flores de temporada o los juegos infantiles que estaban en el centro. Posiblemente se poblaba más durante el día, ahora simplemente unas cuantas personas estaban en el sitio a pesar del frio que comenzaba a sentirse con más intensidad. No se fijó bien, pero creía que era una mujer y unos niños, seguro sus hijos o sobrinos. Intentó pero no pudo evitar pensar en su propia madre de la cual no tenía recuerdo alguno, y que tal vez de ella no haber muerto, podría haber pasado sus tardes de esa manera en lugar de crecer amargado en el asqueroso orfanato. Su vida habría sido normal, muy diferente a la que vivía. Suspiró y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, temblando ligeramente. Era extraño sentir nostalgia por algo que nunca había experimentado.
Ryuji caminaba por los senderos de adoquín del parque, pateando alguna piedra que cruzara y esquivando algún charco de agua, que antes había sido nieve. Estaba demasiado perdido en sus ideas cuando sintió un fuerte golpe en la espalda, la fuerza del impacto lo dejó atónito hasta que lo golpearon nuevamente, para empujarlo y hacerlo caer. La mujer gritó y los niños también, un paseo familiar arruinado por unos delincuentes. Escuchó las voces de sus cobardes atacantes y pudo darse cuenta que eran dos. Permaneció en el suelo un momento, adolorido por el golpe que le habían dado y por haber caído sobre su hombro derecho. Cuando intentó arrodillarse primero para poder levantarse, uno de sus atacantes le dio una patada tan fuerte que lo hizo caer nuevamente y rodar unos metros en el húmedo suelo de adoquín. Se encogió, refunfuñando por el dolor, cuando esos tipos se abalanzaron sobre él, dispuestos a darle una paliza.
— ¡Mierda con esta gente! ¡¿Qué diablos le pasa señora, joder no sabe que debe fijarse antes de cruzar?! —Nishino gritó al sacar la cabeza por la ventanilla del automóvil, furioso de haber tenido que frenar de golpe para evitar arrollar a una torpe madre y sus hijos.
— Ya Nishino, cálmate, seguro pasa algo, no grites —su voz, calmada como siempre, logró tranquilizar ligeramente a Nishino, que de pura rabia había apagado el motor. Se quitó las gafas oscuras que llevaba y miró por la ventanilla en dirección al parque, intentando ver si había motivo alguno para que esa mujer corriera así, se veía un tanto sospechoso. Sin embargo, no estaba demasiado lúcido y habiéndose despertado con los gritos de Nishino, aún estaba algo aturdido y no veía muy bien. Bostezó y se frotó los ojos, con suerte le pasaría la soñolencia con eso y si no, le pasaría con los gritos de Nishino y las quejas de Ishihara. Había algo en la distancia que sencillamente, no se veía bien.
— ¡Aniki! —gritaron sus subordinados al unísono en cuanto abrió la puerta para bajarse del automóvil, solo para poder acercarse un poco a ver que estaba sucediendo. Se notaba su preocupación y lo agradecía, se los repetía siempre, pero a veces tenían que aprender a confiar en su jefe y cerrar la boca. Se volteó y desde la acera les hizo una seña para que se detuvieran un poco más adelante, casi a la esquina del bloque a modo de evitar sospecha alguna.
Caminó despacio, como si solo fuera un residente de la ciudad al que se le hubiera antojado dar una vuelta por ese reducido espacio verde, que comparado a algún parque en Tokio, no era la gran cosa. Los sonidos de los puñetazos y patadas que un par de jóvenes le daban a un tercero en el suelo se escuchaban claramente, no así las cosas que gritaban, que parecían insultos pero no entendía bien. El muchacho del suelo se cubría la cabeza, incapaz de hacer movimiento alguno para defenderse. Como ya prácticamente había anochecido, algunos árboles otorgaban la sombra perfecta como poder ocultarse. Se apoyó contra el tronco de uno, esperando a que el muchacho del suelo sacara fuerza de quien sabe qué para poder ponerse de pie y acabar con ellos. Por algún motivo, confiaba en él.
Los atacantes se alejaron un poco de él cuando dejaron de golpearlo, y lo primero que hizo el muchacho fue intentar levantarse, pero solo se quedó arrodillado en el suelo, tosiendo sangre e intentando recuperar el aliento. El muchacho que estaba a la derecha echó a reír como un completo imbécil y de solo oírlo Sorimachi hizo una mueca de desagrado, salió entonces de las sombras, solo para decirles a que cortaran con esa idiotez. El chico que se había estado riendo le dio una patada en la cara al otro en cuanto levantó la vista, tirándolo de nuevo al suelo. Sorimachi notó en el borde de su pantalón un destello metálico, y antes que la sacara para apuntarle, ya se había dado cuenta que era un arma.
— Que ingenuo eres, Ryuji Yamazaki —hizo algo de énfasis al pronunciar su nombre y escupió a un lado, asqueado de haberlo dicho—, ¿creíste que no íbamos a enterarnos que fuiste tú el que le hizo eso a Kimura? Ahora voy a matarte, así él pueda darte una paliza en el infierno, maldita por…
Yamazaki había logrado apoyarse sobre sus codos y mantenía la vista fija en su verdugo pero sin miedo a su inevitable muerte, cuando el chico enmudeció. El sonido de un disparo y el grito de terror del otro muchacho se perdieron en su mente, y solo pudo percibir el acelerado ritmo de su propio corazón, no entendía que rayos estaba sucediendo. El segundo de los amigos de Kimura echó a correr, pero fue ejecutado también, y cayó de una forma casi graciosa al suelo. Miró en la dirección por la cual habían provenido ambos disparos y contuvo el aliento al encontrarse con la punta del cañón de un revólver.
— ¿No odias cuando son pura palabrería y no disparan? Para mí es muy molesto, digo, si vas a matarme de aburrimiento primero ya ni saques tu arma —Sorimachi echó a reír mientras guardaba el revólver entre sus ropas otra vez, bastante divertido con la expresión de miedo en la cara de Ryuji—. Ahora dime, ¿qué diablos hiciste?
— Maté por accidente a ese tal Kimura —contestó sin rodeos, no había caso mentir, mucho menos mentirle a él después de haberle salvado la vida.
— ¡Estoy hablando de tu cabello! —se inclinó y le tendió una mano. En cuanto el muchacho la tomó, lo asió con fuerza para ayudarlo a levantarse. Una vez que estuvo de pie, se tambaleó ligeramente —. No estás para nada bien, ¿no?
— Tonterías señor Sorimachi —dijo mientras intentaba mantener el equilibrio, pero se sentía demasiado débil como para seguir fingiendo. Sorimachi tomó su brazo y con rapidez pero sin torpeza, lo acomodó tras sus hombros de modo que pudiera recargarse en él, mientras murmuraba algo como que estaba mucho más alto de cómo lo recordaba.
Ishihara y Nishino habían escuchado los disparos y por supuesto, habían salido del automóvil para correr hacia el parque, esperando a que su jefe estuviera ileso. Un tiroteo nunca era algo bueno. Exhalaron al mismo tiempo por la calma de verlo de pie, pero algo extrañados respecto a ese sujeto con el que cargaba.
— ¡Aniki! —gritó Ishihara en cuanto estuvieron cerca, respirando de forma agitada, bastante desgastado por la corta carrera, Nishino estaba igual.
— Están muertos por unos metros de nada y después temen por mí, ¿no? Deberían cortarse todos los dedos ahora mismo —el tono molesto de su voz casi logró engañarles y hacerles creer que lo que había dicho iba en serio, pero acabó por delatarse solo, sonriendo en cuanto vio el terror en sus rostros—. Miren, el dragón ha cambiado sus escamas.
— ¿Ryuji? —preguntó Ishihara, no lo habría reconocido nunca de no ser por Sorimachi, quien asintió con la cabeza. Nishino ni siquiera recordaba su nombre por casualidad, pero si recordaba quien era. Se adelantó para reemplazar a su jefe como soporte del muchacho.
— Vaya, no puedo creer que seas ese chiquillo burlista del bar, ¿pero te han dado una buena paliza verdad? Al menos tu cabello te va bien.
— A diferencia de tu puta camisa, que te va como la misma mierda —habló de forma entrecortada pero lo suficientemente clara para que el comentario hiciera reír a Sorimachi e Ishihara. Nishino quedó boquiabierto y aunque se lo mereciera, no lo dejó caer, en cambio, se preguntó por lo bajo que tenían de malo las florecillas de colores del estampado de su camisa naranja.
Además de estar más alto, estaba más pesado, por lo que Ishihara terminó por ayudar a Nishino a ayudarlo, era un tanto ridículo. Sorimachi no paraba de regañarlo por su pésima condición y lo enclenque que era, pero Nishino no prestaba demasiada atención y parecía seguir sentido por el comentario de su ropa, esperando a que no se volviera una costumbre. Yamazaki se sentía algo mareado, como si estuviera a punto de desmayarse, pero más fuerte era la alegría que sentía de encontrarse con ellos nuevamente. Parecía que los azares del destino siempre lo premiaban luego de hacer una idiotez, como la pelea por dinero hace años; o por pensar en una idiotez, como el vago intento de suicidio esa tarde.
Se dejó arrastrar hasta el automóvil y por lo menos pudo sentarse en el asiento de atrás sin ayuda, aunque los tres hubieran insistido en ello. Sorimachi les indicó a sus subordinados que regresaran al parque y escondieran los cuerpos de ambos chicos entre los arbustos, luego dio la vuelta para subir por el otro lado del auto y sentarse junto a Ryuji, bastante preocupado por él. Cerró la puerta despacio para no molestarlo y se acercó un poco para ver mejor el raspón que tenía a un lado de la cara de cuando lo arrastraron a los golpes en el piso de adoquín.
— Eso se ve muy mal y seguro tienes moretones en todo el cuerpo, oye, tal vez hasta te fracturaste una- —Ryuji lo interrumpió.
— Estoy harto de esta maldita ciudad —se mordió el labio inferior bastante frustrado, daba la impresión que fuera a llorar—, no sé cómo ustedes…no sé cómo usted sigue volviendo…
— Esta isla es tranquila, no me molesta recorrerla de cabo a rabo en un auto prestado cada vez que vengo —se distrajo un momento mirando el techo como si hubiera un hueco y pudiera ver las estrellas, pero tenía un aire soñador, y a Ryuji le pareció que seguramente se las imaginaba aunque no pudiera verlas. Lo miró de reojo y continuó —: Además, como está todo el lío militar, siempre entran cosas de América, es conveniente pero eventualmente, dejaré de volver.
Ryuji no pareció muy contento con su respuesta, demostrándolo con su silencio. Podía entender que no le gustara aquel lugar porque vivía allí, y porque aparentemente ya se estaba ganando varios enemigos. A él tampoco le gustaba ni un poco la ciudad en la que había crecido, por algo había terminado por vivir en Tokio, que era completamente diferente. Ryuji suspiró, parecía cansado.
— Quiero irme de aquí, ¡quiero irme con ustedes! —Dijo de repente, volteándose con rapidez para verlo, el dolor que sentía se había esfumado en aquel instante en el que había tomado valor para decirle en lo que siempre pensaba— ¡Quiero trabajar para usted, señor Sorimachi, hacer algo útil de mi maldita vida!
Había vuelto la vista al techo, atento a las palabras de Ryuji. Había visto potencial en él desde un principio y con cada vez que lo veía, el afecto que le tenía incrementaba, casi lo sentía como un igual. Incluso él mismo había considerado en un futuro tenerlo trabajando para él, que fuera parte de la familia, un eficiente hermano menor, no había caso en negarse a acceder a su pedido. Se acomodó un poco en su lugar como si fuera a dormirse y sonrió de lado al cerrar los ojos, a gusto con el fuego en las palabras de Ryuji. Ya había tomado una decisión.
— Tokio va a gustarte mucho Ryuji, en cuanto vuelvan los muchachos diles que ahora somos hermanos.
Sorimachi se durmió al instante, sin darle margen de tiempo para darle las gracias por haberle dado sentido a su vida.
Hasta el próximo capítulo!
