N/A: ¡Hola a todos quienes siguen esta historia! Estoy muy contento de al fin tener listo este capitulo que me tomó algun tiempo terminar, pero al fin está listo. Me adelanto a decir que si hay dudas respecto a algo, pueden encontrarlo en las notas de autor al final.
Quiero dedicarle este capitulo a quien sea el fiel anónimo que siempre sigue esta historia y deja un comentario, muchas gracias por tu apoyo y disculpa si a tu parecer me he tardado demasiado D: veras que tambien tengo otros fics y este particularmente es el que más tiempo me consume. Gracias por tanto, perdon por tan poco! Para el resto de lectores silenciosos, muchas gracias a ustedes también. Espero sin más que disfruten este capitulo que creo hasta el momento es mi favorito.
Aclaraciones:
—Diálogo
"Pensamiento"
Énfasis.
El sonido de las sirenas de policía y ambulancias pronto se volvió un recuerdo entre tanto ruido presente en las inquietas calles de Tokio. Automóviles, edificios inmensos, demasiada gente por todas partes, todo tan nuevo y distinto a Okinawa, distinto a la tranquila bahía a donde le gustaba ir para pasar el rato. Aquellas grandes diferencias no parecían captar la atención de Yamazaki en lo más mínimo, que lejos de verse como un clásico pueblerino en una inmensa ciudad que no conocía, permaneció tan indiferente a ella como si hubiera vivido allí toda su vida.
Yamazaki estrujaba la gorra con las manos, mirándola fijamente, intentando procesar todo lo que había sucedido desde que llegaron en el avión. Recordó las ganas de vomitar, el dinero como un regalo manchado de sangre y su complicidad en un homicidio. Sentía un sudor frío recorrer su espalda y por un momento llegó a creer que podría enfermarse por la mezcla de emociones similar a aquella en esa tranquila bahía de Okinawa, tras haber jalado del gatillo de un revólver en defensa propia. Tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, intentando convencerse en que dejarse llevar por esos tres hombres que realmente no conocía bien había sido una buena idea. No era el mejor momento para poner en duda sus propias decisiones, y si lo pensaba mejor no era como si realmente hubiera tenido una mejor opción. ¿Qué habría hecho en Okinawa?
El camino fue demasiado largo para su gusto, y pudo jurar que en tanto tiempo que había pasado podría recorrer su viejo pueblo a pie y aun tener margen para otras cosas. No tenía idea de que tan grande era Tokio, y al haber traído la cabeza baja durante la mayor parte del viaje su percepción fallaba bastante. Sin embargo, aquel paseo en el cual no pudo oír más que sus propias preocupaciones había llegado a su fin. Ishihara detuvo el auto para bajarse rápidamente, y él por fin se animó a levantar la cabeza, viendo a Nishino bajarse también bastante animado, dando un portazo al cerrar que por poco y no detiene su corazón.
— ¿Estás bien?
Su voz como suave brisa disipó sus turbias ideas y por primera vez desde que llegó a Tokio sintió cierta paz que temía poder perder para siempre. Yamazaki respiró profundamente y aflojó el agarre de sus manos, relajándose al fin, pensando en que tal vez el impacto de tantas cosas violentamente novedosas una tras la otra podían haberlo afectado más de la cuenta y en realidad nada era tan grave.
— Solo estoy algo cansado.
— Puedo imaginarlo, pero descuida, esto solo tomará un momento, vamos a hacer una parada y después voy a llevarte a comer a un lugar bonito— Sorimachi sonrió, abrió la puerta del automóvil y le hizo una seña para que lo siguiera antes de bajar.
El aire de Tokio le llenaba los pulmones de una forma muy distinta a aquel de la isla que lo vio crecer. Se sentía pesado y olía a una mezcla de combustible quemado y tierra mojada, un tanto extraño para él ya que no estaba acostumbrado en lo absoluto a tal polución. Yamazaki cerró la puerta del vehículo al bajarse y miró con atención a su alrededor, impresionado al ver de cerca tantos edificios inmensos y señales de colores tan vivos distribuidas hábilmente sobre la fachada de concreto. Los motores de los automóviles en marcha sin parar por la calle le zumbaban en los oídos, todos de modelos diferentes, tantos que no creyó que hubiera tal cantidad en Okinawa, ni siquiera en Naha. Antes de seguir perdiendo el tiempo, se giró a ver a Sorimachi que lo esperaba solo, cruzado de brazos y recargado contra una puerta negra con un pequeño detalle dorado en el centro, una puerta que se veía muy diferente a las de cualquier edificio a la redonda. A un costado de ella, y bastante más arriba de la misma, divisó un cartel vertical también de color dorado en el que estaba escrito algo en una caligrafía tan elegante y tradicional que no logró leerlo. Debajo de eso distinguió una forma de dragón muy básica, hecha solo por un par de líneas que lo hacían ver como si fuera una especie de sello.
— ¿Te gusta, verdad? —Sorimachi levantó ligeramente la cabeza, en un gesto orgulloso y apenas engreído de parte de alguien que tiene buen gusto y se regodea de ello.
— Me gusta mucho, sí.
— Vas a verlo muy seguido, aquí es donde trabajamos —Ryuji caminó hacia él rápidamente, entonces rodeó sus hombros con el brazo, acercándolo más mientras abría la puerta para que entraran juntos—, los demás no ven la señal tanto como antes, y simplemente pasan de largo. Pero si te olvidas que está ahí, ¿qué significa todo esto, entonces?
— Yo no voy a olvidarla, lo juro —Yamazaki respondió rápidamente con cierto énfasis, como si su vida dependiera de ello, ignorando lo que fuera que pudiera significar y sin saber aún de que iba su trabajo. Sorimachi le sonrió de lado y revolvió su cabello mientras cruzaban el corredor hacia un elevador, cuyas puertas se abrieron cuando el mayor oprimió un botón que se encontraba a un lado, ignorando completamente el resto de la instalación que parecía un vestíbulo de un hotel más o menos lujoso. Una vez dentro del elevador, cayó en cuenta de que nunca había estado en uno y la idea de poder sentirse mal de nuevo como en el aeropuerto lo avergonzó bastante, pero Sorimachi tenía puesta su atención en el panel de botones del interior del elevador sin siquiera notar su creciente incomodidad. No podía decidirse si eso era bueno o malo.
Prefería las escaleras, estaba seguro de y acostumbrado a eso, y lo había confirmado en el instante en que el elevador se agitó por una fracción de segundo antes de moverse en vertical. Retrocedió apenas, chocando su espalda contra el suave revestimiento de tela aterciopelada de aquellas paredes de acero, mientras sentía como se le cerraba el pecho y ahuecaba el estómago. Su cuerpo se mantuvo tan inmóvil como pudo, odiando cada momento en el que elevador emitía aquel infernal pero suave timbre indicando los pisos por los que subían. Los números ubicados en un semicírculo sobre la puerta eran señalados por una fina aguja que le parecía moverse con atroz lentitud, haciéndolo sufrir en ese interminable viaje de malestar sin cura. Sorimachi no volteó ni un instante a verlo, y no se inmutaba en lo absoluto, como si él supiera exactamente como evadir sentirse empujado al suelo o ansioso por salir de aquella caja en movimiento. Yamazaki tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, consolándose en que al menos el viaje no sería tan largo como el vuelo de hacía unas horas, pero de igual forma sintiéndose ignorado.
Las puertas del elevador se separaron dando paso a una luz brillante pero agradable que le dio en el rostro al tiempo que sentía como su malestar desaparecía gradualmente. El muchacho abrió lentamente los ojos, tambaleándose apenas al salir del elevador siguiendo a Sorimachi, pero no pudo moverse más, quedándose anonadado frente a la vista de aquel lugar.
Sorimachi le había hablado en una ocasión de su exitosa oficina pero nada más, no había reparado en mencionar como era en realidad y él tampoco se lo había preguntado. Fue por eso que se quedó impresionado con el lugar, que se veía demasiado elegante para cualquier cosa a la que estuviera acostumbrado. Las paredes se revestían de algo negro y brillante, no tenía mucha idea de que podía ser pero no parecía simple pintura sino otro material, y el suelo estaba cubierto de una alfombra carmesí del mismo tono de las paredes del elevador. Bajó la vista buscando donde dejar sus zapatos, pero no viendo ningún otro par supuso que estaría bien caminar por ahí con los suyos puestos, por lo que se animó a adentrarse en la oficina. Unos cuatro pilares se erguían más adelante dándole soporte al techo, y algunos tenían destellos de dorado, que examinándolos de cerca se veían como agujeros de balas aunque no se detuvo demasiado en ello. Observó con asombro las paredes, adornadas con cuadros de pinturas antiguas de escenas míticas que recordaba haber visto en libros del orfanato y nunca creyó volvería a ver, cada una más magnifica que la anterior. Una imagen sin embargo llamó su atención, no era una pintura y se ubicaba entre dos amplios ventanales por donde la clara luz del día se colaba para iluminar todo el lugar.
Aquella imagen era una gran fotografía de Sorimachi, a quien reconoció de inmediato. Se veía más serio que nunca y llevaba puesto un traje muy tradicional gris y negro, que le pareció que le quedaba tan bien como su habitual traje blanco. Se quedó un instante observándolo, perdido en la expresión que tenía y su postura, con las manos hacia la espalda y su rostro ligeramente alzado con cierto aire severo pero a la vez engreído, dando la impresión de estar observando permanentemente aquella oficina. En el borde inferior del marco y al centro del mismo, una pequeña placa de oro grabada llamó su atención:
Primer Presidente
Degoichi-Ikka
¿Primer presidente? ¿De qué?
Ajeno a cualquier cosa que pudiera suceder a su alrededor, Ryuji permanecía en su lugar viendo esa foto como si estuviera en un museo y aquella fuera una especie de muestra especial. Incómodo por tal fascinación, Sorimachi sonrió con cierta pena en su dirección y le habló para sacarlo de su estupor: —Ryuji, ven un momento.
Yamazaki se volteó a verlo, siguiendo el sonido de su voz. Sorimachi estaba sentado en un gran sillón negro y cada lado se encontraba Ishihara y Nishino, el último lo miraba bastante divertido. Lejos de encontrarse sólo los cuatro en aquel lugar, el muchacho rápidamente notó algunas personas más que se sentía bastante tonto por no haber visto antes, a pesar de haber dado un amplio vistazo al lugar. Además de aquellos a quien ya conocía, cuatro hombres estaban sentados en sillones más pequeños alrededor a una mesa baja, donde reposaba un cenicero bastante lleno y junto este un encendedor de un color llamativo que seguro usaban todos. Uno de ellos dejó salir una risa áspera y habló en una voz grave.
— ¡Son cada vez más jóvenes, aniki! ¡No tienes remedio! —su comentario fue festejado con las risas de los demás, excepto de Ishihara que apenas sonrió de lado y el mismo Sorimachi, que tosió nervioso en afán de ignorar o aparentar que no importaba demasiado lo que hubiera dicho. Yamazaki pensó en que si Nishino hubiera dicho eso, Ishihara le habría dado con el cenicero en la cabeza.
— ¿Qué es…todo esto?
Tal vez había pecado de inocente al creer que Sorimachi solo trabajaba con dos personas más, y con él serían tres, aún sin saber exactamente que debería hacer. Puro apreciar que era un grupo interesante sin duda, observándolos mientras se acercaba a ellos un tanto inseguro, cuando quien hubiera hablado antes le señalara un lugar junto a él para que se sentara, algo que no se animó a desobedecer. Se sentía un poco extraño entre ellos, ligeramente herido porque ninguno se hubiera tomado el trabajo en adelantarle que conocería más gente, y por supuesto por ser evidentemente el más joven del grupo. Levantó la mano distraído y se acomodó apenas el cabello, intentando estar a la altura de la situación.
— Ésta joven promesa es Ryuji —dijo Sorimachi, todos hicieron una ligera reverencia en dirección al muchacho aunque permanecieron sentados—, el dragón del Ryukyu de quien tanto les he hablado.
Ryuji bajó la cabeza al escuchar eso, queriendo disimular el ardor en su rostro frente a la idea de que Sorimachi hubiera hablado de él, como si fuera alguien que mereciera la pena.
— Van a creer que no es más que una lagartija —la voz de Nishino sonaba animada— pero debe seguir mareado por el vuelo y por eso no se nota, en realidad es tan malo como cualquiera de ustedes.
— Tampoco le gustan esos trapos horrendos que usas —Ishihara intervino y Yamazaki solo pudo bajar la cabeza al escuchar una carcajada general. Parecía que era un chiste bastante común el sentido de la moda que tenía Nishino. Por lo menos con eso, pudo sentirse algo aceptado y estuvo feliz por ello.
— La última vez que tuvimos alguien nuevo aquí duró muy poco, más vale y que este isleñito no se deje matar muy pronto.
Yamazaki torció la boca en un gesto sin poder creerle que le dijeran algo así, y claramente no iba a quedarse callado—: ¿Y que mierda es Japón, acaso ustedes no son todos unos isleñitos también?
Sorimachi fue el primero en reírse pero rápidamente se cubrió la boca para no hacer tanto ruido, algo que no hizo el resto pues sus risas hicieron un escandaloso eco en la oficina. El sujeto que le había llamado isleñito resopló molesto, cruzó los brazos en evidente vergüenza y no le respondió nada, aunque no le hubiera parecido mal que le diera una bofetada por impertinente o algún otro golpe en la cabeza. Yamazaki lo imitó al cruzarse de brazos y resoplar, en una mofa sardónica que más que nada lo incitaba a perder el control, sacando a relucir uno de sus encantos: su creciente arrogancia. Esa que solo incrementaba cuando como a cualquier mocoso mal educado los adultos le festejaban alguna ocurrencia como decir una grosería. Sintió cierta nostalgia a esos días con Nakano y los clientes regulares del bar, que siempre se reían con él y le dejaban algunos billetes de propina. Todo eso había quedado atrás.
— Muy bien, ya nos divertimos mucho pero será mejor que los conozcas bien —Sorimachi habló con un tono animado, respirando profundo para que se le quitaran las ganas de reírse. Claro que no repetiría los nombres de quien conocía por lo que solo señaló al resto de sujetos que estaban allí sentados mientras los nombraba, Ryuji prestó atención—: Kodama, Hiyasuki, Sato, Shinoda.
— Mucho gusto —dijeron los cuatro al mismo tiempo, bastante formales, antes de inclinar la cabeza ligeramente otra vez. Sorimachi fue quien continuó hablando: —Kodama es nuestro jefe administrativo, si necesitas dinero debes pedírselo a él; si Ishihara o yo no podemos ayudarte en algo, pídele ayuda a él, ¿entendido?
Ryuji solo asintió con la cabeza y se tomó un segundo para darle un vistazo a Kodama. No parecía muy diferente a Ishihara, ambos tenían el mismo aire intimidante pero el nuevo sujeto menos que aquel que ya conocía. No tenía una cicatriz en la cara, su cabello estaba peinado con cuidado y su ropa se veía mucho mejor que cualquiera de las raídas chaquetas de Ishihara. Sin embargo, se veían casi dela misma edad.
— Hisayuki cuida de nuestro pequeño emprendimiento de ahí afuera, ¿recuerdas el cartel, no? —El muchacho asintió sin saber que podría ser ese pequeño emprendimiento—: A diferencia de nosotros, él es el único que no es isleñito.
Hisayuki solo sonrió ante la expresión de sorpresa en su rostro, como si no entendiera demasiado a que pudiera referirse Sorimachi. Hisayuki se veía como una persona amigable, al igual que Sorimachi, llevaba una camisa clara y una corbata con el nudo más perfecto que hubiera visto. Era evidente que cuidara más su apariencia si tenía que cuidar alguna especie de negocio. A pesar de cuanto pudiera parecerse al jefe en pulcritud, su rostro era ligeramente más angular y la curva de su sonrisa un poco más pequeña.
— Sato y Shinoda solo llevan algunos años con nosotros, y ahora que llegaste tú han dejado de ser los nuevos, espero que puedan llevarse bien.
Sato parecía llevarle apenas un par de años y al igual que los demás, no dijo nada pero encontró amistoso su semblante a pesar de llevar unas gafas oscuras circulares. Se veía bastante delgado, algo que junto a su tez pálida pero amarillenta daba la impresión de ser síntomas de alguna enfermedad. Shinoda, quien le hubiera llamado isleñito, siguió con un gesto de desconfianza en su rostro y puso los ojos en blanco cuando Sorimachi dijo que esperaba que se llevaran bien. Si bien era uno de los nuevos antes de su llegada, se veía casi tan mayor como Nishino. No le interesaba demasiado ese sujeto en particular, por lo que desvió su mirada de él rápidamente.
Sorimachi hizo un ademán con la mano y todos excepto Yamazaki sacaron de los bolsillos algún paquete de cigarrillos al mismo tiempo en un gesto que parecía ensayado o sacado de alguna película. Usando por turnos el encendedor que había estado en la mesa, comenzaron a hablar de todo y a la vez de nada entre ellos, riendo ocasionalmente, mirando en su dirección para hacerlo participar de una conversación de la cual no lograba sentirse del todo incluido aunque respondiera moviendo la cabeza positivamente con cada pregunta. Sorimachi no decía nada, tan solo los miraba con una sonrisa, como un maestro orgulloso viendo a sus alumnos trabajar en grupo en armonía, y en lo que se levantaba de su asiento, apenas pareció notar su evidente desconcierto y como era parte y a la vez no de ellos.
— ¿Estás bien?
— ¿Qué es todo esto? —Preguntó nuevamente, con cierta impaciencia— ¿Qué se supone que son ustedes?
Sorimachi arqueó una ceja como si no encontrara razón de ser a esa pregunta, que ya había ignorado muchas veces en el pasado. Arrugó la nariz y se pasó una mano por el cabello, un poco incómodo ya que podía sentir siete pares de ojos fijos en su persona—: Una organización de caballeros. Ven conmigo, necesito que me ayudes con tu nombre.
— N-No sé de qué habla —eso podía significar cualquier cosa, pero aunque no estuviera del todo convencido estar allí seguía siendo mejor que aburrirse en Okinawa y trabajaría con él, que es lo que había querido. Se puso de pie como le hubiera dicho pero en lugar de avanzar, Sorimachi se llevó una mano al mentón lo miró de soslayo, casi haciéndolo arrepentirse de haber dicho algo.
— Pues tu gente nos conoce como yakuza.
Como un balde de agua helada cayó sobre él tal revelación, haciéndolo sentir como el tonto más grande por no haberlo notado antes. Recordó como él y sus dos compañeros ese día en el bar le habían dado la impresión de verse justo como aquello que identificaba como hombres peligrosos, como su morboso interés siempre lo había mantenido esperanzado de verlos de nuevo o ser como ellos de grande. No iba a negarlo, se hubiera decepcionado bastante si en vez de un miembro del crimen organizado resultaba ser un empleado de oficina, y la sonrisa nerviosa en su rostro eran prueba de ello. Pensó en todas aquellas veces que Sorimachi le dio sutiles pistas respecto a su persona, donde en lugar de sacar a relucir la supuesta inteligencia que muchos hubieran resaltado en él, optó por permanecer callado y llenarse la boca diciéndole cuan increíble era o hablándole de sus aventuras de peleas callejeras en Okinawa. Y si antes se sentía fuera del grupo, aunque las presentaciones y la charla en general hubieran salido bien, la filosa y frívola mirada que le había dedicado su objeto de admiración lo hacían sentir como en un eterno viaje en ascensor, apartándolo, como cerrándole la puerta su mundo al que hubiera querido tan desesperadamente pertenecer. Su encantadora risa hizo eco en la oficina, como princesa ladrona que le ha quitado sus joyas al dragón para hacer con los mares cuanto quisiera.
— Aniki, ¿acaso no le habías dicho nada? —Hisayuki se atrevió a preguntar, su extraña voz sacando de sus pensamientos a Yamazaki y atrayendo la atención de Sorimachi, que lo miraba un tanto sorprendido pero aun sonriente.
— Pues no vino aquí obligado, que él ha nacido para esto. Si no fuera así, no lo habría recordado por tanto tiempo y el seguiría en Okinawa, peleando por dinero para sobrevivir —Sorimachi se le acercó al muchacho y lo tomó por los hombros, alejándolo de ellos.
— Yo no sabía que… —no supo que decir, aunque Sorimachi se encargó de interrumpirlo al señalarle en dirección a una pared que sorpresivamente no hubiera visto antes, donde descansaba un amplio cuadro con unas fichas de madera. Lo miró bien, era un esquema, como un organigrama, donde hasta arriba estaba una ficha con su nombre y en la parte inferior el nombre de los demás. En una mesa bajo la misma reposaba un pequeño martillo sobre una caja cerrada y al lado de esta, un pincel y un bote de tinta.
— ¿Recuerdas que te pregunté si estabas de acuerdo en venir aquí? —Ryuji asintió con la cabeza—, bueno, entonces no veo cual es el problema. De todas formas, si no quieres ver tu nombre ahí todos los días cuando vengamos, entonces puedes oprimir el botón y las puertas del ascensor se abrirán para ti, y esto solo será una extraña experiencia en tu memoria.
— Pero no quiero irme —se sintió ofendido en que prácticamente estuviera invitándolo a largarse, y con la misma fuerza que se lo hubiera pedido hacía ya algunas noches le repitió—: ¡Quiero trabajar para usted, señor Sorimachi, hacer algo útil de mi maldita vida!
Sorimachi sonrió y respiró profundamente, sintiendo como un peso dentro de su corazón desaparecía y la aparente culpa de haberlo arrastrado contra su voluntad hasta Tokio se desvanecía. Tomó el martillo para poder abrir la caja, y de la misma, que estaba dividida en dos, sacó una ficha de madera y un clavo dorado. Volvió a cerrar la caja, no sin antes darle el martillo y clavo a Ryuji, quien tomó ambos objetos en sus manos temblorosas y no cuestionó nada más.
— Clávalo a la altura de Sato y Shinoda, hermanito —abrió el bote de tinta y tras humedecer el pincel en ella, se dispuso a escribir el nombre del ahora más joven miembro de la organización en la ficha. Una vez seca, la colocó en la pared donde se sostuvo del clavo dorado. Retrocedió unos pasos y rio para sus adentros al notar que se había equivocado. Debió haber escrito Yamazaki. Optando por creer que era uno de los errores más interesantes que hubiera cometido, se volteó para mirar al resto de sus subordinados y exclamó con fuerza—: ¡Vamos todos al restaurante de la esquina a celebrar!
N/A: Una oficina yakuza usualmente tiene un cartel al frente que sirve para señalar una suerte de falso negocio, que esconde el hecho de que allí exista una oficina de crimen organizado. Naturalmente, no son muy discretos asi que igual se ve como algo muy sospechoso para ser solo un cartel de un negocio.
N/A2: La degoichi (D51) fue al igual que la C62 una locomotora a vapor japonesa. Una vez leí en una pagina (que cerraron en enero T-T) que de tener un tema, Sorimachi tendria uno que se llame así. Personalmente me fascinó la idea y por eso le puse a la organizacion o familia (ikka=familia) de Sorimachi ese nombre. :D
N/A3: Kintsugi es el arte japonés de reparar porcelana con laca mezclada con oro. En en el segundo capitulo, Sorimachi menciona que "unos imbéciles fueron a nuestra oficina a armar alboroto", alboroto que obviamente fue un tiroteo. Por eso los pilares tienen agujeros de bala, y estan reparados con oro.
N/A4: Kodama, Hiyasuki, Sato, Shinoda son personajes originales mios que llevan nombres que hacen referencia a yakuzas de televisión y reales. Si googlean un poco incluso podrán descubrir porqué Hisayuki no es un isleñito y porque habla un tanto diferente.
N/A5: "La princesa ladrona" ya ha sido mencionada previamente y se refiere a la que roba las gemas con las que Ryuujin controla las mareas. Estas gemas a su vez, se atribuyen en una leyenda como unas herramientas utilizadas en la conquista de Corea. El origen de estas dos joyas se explica en una leyenda con distintas variantes, y en una de ellas le suman poderes de control mental a las mismas.
Ay muchas notas wuuuuu! Espero que sirva para aclarar cualquier duda que pudiera dejar este cap, saben que me gusta explicar un poco las cosas locas que meto en esta historia. Nos vemos en el proximo capitulo!
