Con catorce años Hinata Hyūga corrió entre las carpas del circo, su garganta y sus pulmones quemaban mientras jadeaba en busca de aire. A pesar de que era mucho más allá de las dos de la mañana, la mayoría de los artistas estaban afuera hablando, bebiendo y riendo ruidosamente alrededor de fogatas ardiendo, celebrando su última noche en una próspera ciudad.

Hinata se acercaba a su destino, el olor de los animales la impregnaba más en cada inhalación. Era un olor que había llegado a amar. Un aroma que su padre quería llevarse para siempre lejos de ella.

Él planeaba vender a sus bebés, en pedazos.

Righty, el gorila con una inclinación por robar collares y pulseras.

Angie, el caballo demasiado tímido para mirar a nadie, pero a Hinata la miraba a los ojos. Gabbie, el camello rampante. Gus, la cebra que con frecuencia se escondía detrás de objetos demasiado pequeños para cubrirla. Dobi, el tigre demasiado excitado que había optado por orinar en todo tipo de lugares inapropiados. Barney, la llama cazadora furtiva de alimentos que era, por supuesto, obesa. Sammie, el avestruz obsesivo-compulsivo al que ahora le faltaban varios parches de plumas. Mini, el elefante dulcemente sensible que lloraba con el aumento más leve en la voz de Hinata. Zoey, el oso adicto al azúcar.

Y luego estaba One Day, el valiente león que Hinata amaba por encima de todos los demás.

—Esos animales sarnosos cuestan demasiado dinero en manutención, —su padre se había quejado tan sólo esta mañana. Para él, eso era una razón suficiente para matarlos, pero ella lloró y suplicó, dispuesta a decir cualquier cosa para salvarlos, y así la letanía había continuado. —Ocupan demasiado espacio. Son demasiado viejos, demasiado débiles, y ya no dejan boquiabierta a la gente con admiración y asombro. Llenan a las personas con lástima y repugnancia.

Su padre no había comprendido que cada animal era hermoso para Hinata, con defectos y todo. Él no se había preocupado que One Day y los demás fueran sus únicos amigos, el único consuelo que ella había encontrado desde la muerte de su madre y la pérdida de sus compañeras de juegos hace dos años. Hiashi Hyūga poseía el Cirque de Monstres, y él se preocupaba sólo por su beneficio.

Y su beneficio ahora exigía que hiciera espacio para una nueva colección de animales salvajes, una que mostraría personas.

Otherworlders, para ser exactos, hombres y mujeres de diferentes planetas, cuyas familias habían llegado a la tierra hace casi cien años para disfrutar pacíficamente de una vida protegida.

Lamentablemente, no hubo nada de protegida o pacifica sobre la terrenal "bienvenida". Una guerra mundial había estallado, casi destruyendo este planeta. Y a pesar de que finalmente llegaron a una tregua, permitiendo a los Otherworlders convivir con los seres humanos, las innumerables razas eran todavía una rareza. Algunos eran de colores extraños, algunos de forma anormal. Algunos tenían poderes más allá de lo imaginable. Los seres humanos pagarían por verlos y burlarse de ellos, especialmente en un oscuro, zarrapastroso en lo más recóndito de un lugar como este.

—Todo es válido si el precio es correcto. —A Hiashi le gustaba decir.

¿Qué había pasado con el hombre que solía ser? ¿El que la había llevado sobre sus hombros y le hacía cosquillas en los pies? Espera… Ella ya sabía la respuesta. La codicia lo había matado.

Asesinado, como posiblemente sus bebés lo serían si fallaba en liberarlos.

Para el momento en Hinata llegó a las jaulas, su sangre fluía candente por sus venas. Una fina capa de sudor lustraba su piel, temblores sacudían su espalda, vibrando en sus brazos y piernas.

Muy contentos de verla, cada uno de los animales estalló en una hermosa canción.

—Shhh. Cálmense, mis amores. —Extendió la mano para abrir la puerta de One Day, pero dejó caer el aro de llaves.

Desesperadamente dio unas palmaditas en la tierra. ¡Tan oscuro como era el metal y la poca luz que había en la zona, ella no podía verlas ahí!

¡Gracias al Señor! Con cuidado, se enderezó y cuidadosamente insertó la llave.

Click.

—¡Hinata! —Gritó de su padre, cortando a través de la distancia.

¡No! No, no, no. Se había dado cuenta de su ausencia.

One Day rugió en señal de protesta, disparando al resto de los animales. En segundos, el tono de sus gritos cambió del gozoso al frenético.

—Poor faavorr, cállate, —susurró con fiereza.

Por supuesto, el soundtrack continuó tocando.

Ni a una sola criatura le gustaba Hiashi. Ellos le temían, le despreciaban, y con buena razón. El los trataba mal, siempre escupía sobre ellos, gritándoles, y empujándolos con varillas eléctricas.

Hinata había protestado el abuso, una vez. Fue un error que nunca había cometido de nuevo.

Las bisagras chirriaron mientras abría la puerta de la jaula, y su mirada se fusionaba con los ojos oscuros y febriles de su mejor amigo. Su mata de pelo dorado estaba enredado, ramas y suciedad agrupados en varios de los filamentos. A pesar de que ella siempre le daba porciones de su propia comida, estaba tan delgado que podía ver cada hendidura de sus costillas. Había una llaga rezumante en su pata izquierda, que seguía supurando. A pesar del bálsamo que le había aplicado cada mañana, tarde y noche de las últimas semanas.

—Finalmente, el día que te dije ha llegado, —dijo en un inglés impecable.

Como emigrante de New Lituania, constantemente había tenido que reducir poco a poco su acento para adaptarse a la nueva identidad que su padre compró para ella, para salvarla de ser deportada. Hiashi había sido su tutor, su sistema de recompensa y castigo había asegurado el éxito rápido.

One Day maulló, echó una ojeada hacia afuera, y ella trató de empujarlo con su mano.

—Ve, cariño. Ve.

Otro empujón a él.

—Vamos, ahora. Hiashi quiere hacerte daño, pero no lo dejaré.

One Day avanzó pesadamente en el suelo, pero en lugar de correr a la libertad, se frotó contra su pierna, lo que la hizo tropezar hacia adelante y soltar las llaves por segunda vez. Quería ser cepillado, lo sabía. Le encantaba cuando ella limpia y cuidada de él, sus ronroneos de aprobación tan ricos y profundos siempre se apoderaban de ella como miel caliente.

Las lágrimas ardían detrás de sus ojos, nublando su visión.

— Correrás ahora. Por favor.

¿Cuántas veces le había prometido a su precioso león libertad?

— Un día escaparemos juntos. Un día creceré alta y tú te pondrás fuerte, y vamos a proteger a los demás. —Sí, un día. Ella había dicho las palabras tantas veces que se habían convertido finalmente en un nombre.

Se merecía la oportunidad de correr, jugar y hacer cualquier otra cosa que deseara.

—Ve.

— Hinata. —La voz de su padre resonó cerca... tan cerca que los pasos de sus botas resonaban en el fondo.

Empujó a One Day hacia la línea de árboles en la distancia. No sería capaz de salvar a los demás, se dio cuenta con una inundación de dolor, pero ella podía salvar a su precioso león. Tenía que salvarlo.

—¡Dije ve!

Él se resistió, nuevamente frotando su pierna.

Un jadeo sorprendido sonó a pocos metros.

—Lo hiciste, —dijo su padre. —En realidad, lo hiciste. Me has traicionado. ¡A mí! Después de todo lo que he hecho por ti.

Él había llegado.

Su corazón retumbaba en su pecho mientras su mirada lo encontró en la oscuridad. Era alto, de hombros anchos y un pecho en forma de barril. Cosa no necesariamente mala, hasta que un temperamento tan caliente como el núcleo interno de la Tierra podía más que él. El miedo que había conseguido ignorar ahora la consumía. De repente sus pies se sentían tan pesados como piedras de mil libras, y ella no podía obligarse a sí misma a moverse.

Rara vez desobedecía a este hombre. Sus castigos eran demasiado severos.

—Yo... Yo...

Hiashi pisoteó fuertemente, la agarró por los brazos en un apretón doloroso, y la sacudió.

—Te compro la mejor ropa, la mejor comida, y te regalo los más grandes tesoros, y sin embargo ¿Te atreves a desafiarme?

One Day rugió de rabia largamente reprimida y lentamente acechó alrededor de ellos. Pero no ataco. No pudo. Hiashi utilizó a Hinata como un escudo, asegurándose siempre que ella bloqueara su camino. El resto de los animales golpeó contra los barrotes de sus jaulas.

—Atsiprašau(lo siento) — Hinata consiguió decir con voz ahogada.

Hiashi la fulminó con la mirada a través de sus ojos color perla, el mismo de los suyos. Sólo rezaba para que los de ella no estuvieran atados por el frío y la dura crueldad.

—Te he dicho que sólo hables inglés. ¿O es que hablas la lengua materna con la esperanza de que alguien se dé cuenta de que eres de origen extranjero y trate de alejarte de mí?

—Yo… lo siento, —tradujo con un temblor.

—Todavía no, pero lo harás. —Él la soltó, sólo para darle un revés.

Ella cayó al suelo. La sangre llenó su boca, un sabor de cobre recubrió su lengua, y el dolor explotó por su cabeza.

One Day saltó hacia su padre, pero, enfermo como el león estaba, era lento, y Hiashi fácilmente esquivó a la criatura, agarró a Hinata y sacudiéndola para levantarla.

El león se agazapó, listo para iniciar un nuevo ataque, claramente desesperado por romper a su enemigo por la mitad.

—Te quiero más que a mi vida, Hinata, pero ese amor no te salvará de mi ira.

¿Lo ha hecho alguna vez? quería gritar. Sabiamente, ella permaneció en silencio.

Otro rugido desgarró el aire.

—¿Crees que me amenazas eh, león? ¿Qué me harás daño? — Hiashi sacó una pistola de la cintura de sus pantalones y extendió su brazo. —¿Al hombre que pagó por tu cuidado, todos estos años?

—¡No! — Hinata gritó, tratando de tirar el brazo hacia abajo, pero sin hacer ningún progreso. —Por favor, no. No hagas esto. Por favor, —repitió, acercándose a la histeria.

—Antes, habría sido misericordioso, habría hecho esto sin causar ningún dolor. Ahora...

—¡No!

One Day no pudo contener su agresión por más tiempo y saltó. Hiashi apretó el gatillo.

¡Boom!

A pesar del zumbido repentino en los oídos de Hinata y las estrellas blancas brillando parpadeantes a través de su visión, oyó el maullido agonizante de One Day y observó mientras se desplomaba en el suelo. Sus ojos oscuros y grandes, ahora llenos de angustia y pesar, la encontraron.

Su cuerpo tembló, y él gimió en agonía.

Un grito de negación salió de ella.

—Trataré contigo en un momento, —su padre chasqueó, empujándola lejos ahora que la amenaza había desaparecido. —Primero...

Ella se apresuró hacia One Day para acariciar su cuerpo tembloroso.

Oh, mi querido. Oh, no.

Su conmoción y horror se comieron sus fuerzas mientras miraba hacia arriba y veía que Hiashi a su vez, apuntaba.

Boom.

Giro. Boom.

Giro. Boom.

Uno tras otro, sus bellos animales fueron abatidos a tiros, sus gritos terminaron abruptamente. Su barbilla tembló, finalmente desalojando las lágrimas que empañaban sus ojos. Gotitas derramándose por sus mejillas, cayendo, sintiendo ardor y picazón sobre el corte que el anillo de su padre había dejado atrás.

Quería apartar la mirada de sus amigos. No podía soportar la idea de ser testigo de su sufrimiento, pero ella se negó a permitirse el lujo de retroceder mentalmente. Estos seres preciosos habían vivido vidas terribles aquí en el circo, y no podía dejarlos morir solos.

Cuando el último de ellos se quedó quieto y en silencio, sólo One Day seguía aguantando

—oh, One Day, lo siento mucho —su padre la obligó a ponerse de pie y azotó el arma en su mano.

—Queda una bala, —dijo, agarrando su muñeca para asegurarse de que nunca apuntara el arma hacia él. —Tú acabaras con él.

La bilis quemó un camino hasta su garganta.

—No. Por favor, no.

—Hazlo, — Hiashi gruñó, determinado sobre su rostro, poniéndolos frente a frente. —Hazlo, o las cosas van a ser mucho peores para ti.

—No, no me importa. No lo haré. No puedo.

Sus ojos se estrecharon.

—Hazlo, o iré por su piel mientras él todavía está vivo. —Baba llovió sobre su rostro.

Tu león está sufriendo. Esto es lo mejor. Era cierto, se preguntó, ¿o ella simplemente estaba tratando de consolarse? De cualquier manera...

Temblando, ella extendió el brazo, la pesada arma en su palma. Aunque Hiashi todavía la sujetaba, no le ofreció ningún apoyo.

El rojo carmesí se filtraba de la boca de One Day.

Su dedo se enroscó alrededor del gatillo, y su visión se nubló.

Su amado lanzó un largo suspiro, como si supiera lo que pensaba. Como si él esperara el inevitable final.

—Lo siento mucho, —dijo con voz ronca. —Perdóname.

Boom.

El león se quedó inmóvil y en silencio al igual que todos los demás.

Los sollozos sacudían su cuerpo, y su brazo cayó a un lado.

—Buena chica. — Hiashi reclamó el arma y se la metió de nuevo en los pantalones. Él se subió las mangas de la camisa, hizo crujir los nudillos.

—Ahora, mi corazón, es tu turno. Es evidente que no has aprendido a respetarme. Pero lo harás, te lo prometo, y jamás volveremos a tener un problema como este.