Pasión africana
Capítulo I
Un hermoso paisaje se encontraba delante de mis ojos, era de mañana en el continente africano, Albert recién se había bajado del tren que le llevaba hasta el campamento, ya se disfrutaba del calor en primavera, sus ropas eran lo menos adecuado ya que su costosa vestuario se había manchado apenas subió al tren que lo llevaba hasta allí, para la próxima le recordaría a George que debería mudarse de ropa cuando se escabullera de la mansión hacia apenas un mes y que no permitiría a la tía abuela que le encargase todo tipo de negocio hacia su paso a la aventura, ahora esta no ayudaba mucho. La última vez que se duchó ya ni la recordaba, ansiaba un refrescante baño y ropa limpia, pero antes que eso debería seguir caminando hasta la clínica del campamento guía. Ahí buscaría a la doctora Louise, antigua amiga que lo había recomendado para que trabajase allí, con ella. Louise Thompson le había dado todo lo que una mujer de aquella época le daría a un hombre de su posición, el que había pensado como un hombre pobre no lo fue desde que descubrió años atrás por un telegrama como el señor William Albert Andley, el patriarca del clan Andley de Escocia, le dio una linda amistad, lo acogió en su trabajo en el campamento, pero desgraciadamente también le dio su corazón. Ese que ofreció sin chistar, ya una vez había sido herido indirectamente por una tal señorita Candice Andley y sin darse cuenta de lo que ocasionaba esa noche en la que ella le entregaba su cuerpo y alma, él solo se levantó del camastro que compartieron y sin despedirse se fue para volver tan solo tres años después.
Albert había sido descuidado sin intención, Louise era una hermosa mujer africana, muy alta y demasiado bella, su cabello hubiera sido lo que más recordaría, le gustaba su color y su textura, pero sería mentirse a sí mismo, irradiaba una atracción salvaje hacia ella, pero no sin antes, pensar que todo ello no valía tanto como la salud y el bienestar de Candy, su hija adoptiva. El hecho del que nunca supo ni adivinó, fue que Louise cuando despertó y se dio cuenta que él ni siquiera se había despedido ocasionó en ella una fuerte impresión dejando un corazón destrozado que en medio de la desesperación acabó por romper. Cuando la alta morena se levantó de aquel camastro y dirigió la vista al pis, se dio cuenta de que a él se le había caído un papel, lo recogió y observó con cuidado, era el telegrama que George le había mandado hacia tan solo unas horas, leyó su contenido que omitió al ver un nombre que jamás olvidaría: Candice Andley, haciendo que ella llorara de decepción y guardándolo entre sus pertenencias hasta que lo volviera a ver, suponiendo claro está que lo hiciera nuevamente. Así mismo, aguardaría su corazón lo que ella pensaba como una traición al amor y al cuerpo que había entregado en esa noche.
Albert tenía que seguir su camino, así que comenzó a andar las cuatro leguas faltantes, eran aproximadamente las diez de la mañana, el sol apenas calentaba el ambiente, sus cálculos eran que aproximadamente al anochecer llegaría al campamento y sería un alivio, debido a que ese lejano y extenso paraje en la obscuridad no era de lo más seguro y solía muchas de las veces ser peligroso. Faltando ahora unas cuantas leguas más, se dio cuenta que sus provisiones de agua eran casi nulas y por demás pronto inexistentes; a esta hora el sol de África vengaba a todas sus víctimas, eran sin duda las tres de la tarde y para el atardecer todavía faltaban unas cuatro horas, tiempo en el cual el sol desaparecería de ese lado del mundo.
Caminaba a paso constante, esperando encontrar equipos de caza y observación, por lo que rogó a los cielos hubiese unos por allí. Había pasado otra hora, el sudor que trasminaba su ropa ni siquiera mojaba un poco lo necesario para mantenerlo fresco, su mente maquinaba cualquier tipo de historia con tal de mantenerse entretenido, pero no era necesario, había alguien que le endulzaba la memoria. Cuando se alejó de Londres, estuvo tentado a volver, solo debía tomar un tren y estaría allí, pero no debía dejarse vencer por lo que su corazón quería, lo que su corazón verdaderamente amaba era a una alegre rubia, pero cual hubo sido su sorpresa al ver que ella ya no quería a su sobrino Anthony, sino que ahora había puesto los ojos en Terrence Grandchester donde la creyó muy segura mientras todavía se quedaran en el Colegio San Pablo.
Justo quería pensar que la oportunidad de haber recibido un telegrama de Louise, tres años después y de haberle asegurado que lo que había ocurrido entre ellos no iba a interferir en su trabajo en la clínica, hizo que se decidiera por visitar nuevamente África, un tanto también para alejarse de la nueva oportunidad que tenía Candy al ser cortejada por Terry y otro tanto para ni siquiera intentar quedarse junto a ella.
En esa idea se quedó cuando a lo lejos divisaba un vehículo de caza, observó desde donde se encontraba todo el movimiento que realizaban seis personas, cuatro mujeres y dos hombres, con escopetas en mano y muy dispersas, el rubio decidió dirigirse hasta allá, quizás encontraría a alguien en el camino al automóvil. Al llegar al vehículo se dio cuenta de que no se encontraba nadie por ahí, era por demás extraño que lo dejaran sin nadie a la vista, así que decidió buscar el recipiente que casi siempre se escondía entre las mochilas con el agua y en efecto, ahí estaba; pero Albert estaba tan inmerso en la frescura del agua que no se dio cuenta que desde que se acercó al vehículo una leona lo acechaba y seis pares de ojos lo hacían con el adusto animal que se encontraba detrás suyo... Una morena no lo había distinguido porque ahora Albert se había enfundado en un traje de seda negro, una locura en ese clima, realmente le había sacado una sonrisa el ver a ese hombre en las fachas con las que iba, nadie en sus cinco sentidos tendría siquiera la idea de caminar por la meseta en traje de tres piezas y sobretodo negro. Otras cinco personas lo tachaban de loco, a una chica rubia de cabello ensortijado se le hacia bastante conocido, quizás era porque ya los había visitado en otra época, hace aproximadamente tres años y se había enterado en parte cual había sido el motivo de dejar a su entrañable amiga abandonada, lo cual no alababa, pero tampoco criticaba, ya que ella hubiera querido hacer lo mismo con Sir Eagle, el financiador de su estancia en el campamento.
Después de haber saciado su sed, se sentó en la sombra que el vehículo daba y espero un poco mas, tenía que recuperar fuerzas por lo caminado desde las diez de la mañana, cuando de pronto por arriba de su cabeza y cuerpo sintió una ráfaga de viento caliente para después sentir otra más de un enorme animal; el hombre rubio que había pasado primero sobre de él hizo que se agachara hasta deslizarlo debajo del vehículo para que cuando la leona siguiera a John no se detuviera en el cuello de Albert. El magnate rubio no pudo darse cuenta hasta ese momento de lo que ocurría, reconocía que había sido muy tonto el que sus agudos sentidos aún parecieran dormidos y todo por rememorar a una linda sonrisa rubia en su mente. Observó después a donde se dirigía cuando escuchó varias pisadas detrás de él, de pronto una morena había pasado por ahí sin detenerse y otra mas bajita también lo hacía, pero por el otro lado, un hombre de por lo menos cincuenta años de marcado acento inglés, les indicaba que se acercasen hasta el adusto animal que por poco alcanzaría al hombre detrás del cual corría; sin esperarse se oyó el sonido de una ráfaga conocida y todo terminó, el animal cayó justo cuando de un zarpazo podía haber matado a John que tropezándose fue a caer a unos metros adelante de una chica rubia, joven y de cabello rubio atado en una coleta que hizo añorar la amistad en un lejano Londres, los demás alentaron el paso y regresando al vehículo vieron a Albert agazapado en la parte trasera del auto, tratando de quitarse la tierra.
- Veo que ha encontrado lo que buscaba – preguntó el hombre mayor.
-Perdóneme, es que parece que le he calculado mal con las provisiones – respondió Albert sonrojado.
- ¡Albert! ¿Eres tú? – preguntó Louise sorprendida de que aquel loco hombre fuese su más anhelado amor.
- ¡Louise! – exclamó Albert sorprendiéndose del físico de la morena que años atrás era tan solo una adolescente y que ahora se había convertido en una hermosa mujer.
- Albert, ¿qué haces aquí y vestido así? – cuestionó la chica bajita rubia.
- ¡Hola Marie, cuánto has crecido! – se burló el rubio.
- Vamos Albert, que ya no soy una niña...- refutó Marie.
- Indudablemente has crecido, bueno el traje es porque no me dio tiempo de cambiarme...hace un mes – trató de explicar Albert.
- ¿En un mes? – cuestionó Alfred, el señor de avanzada edad.
- Bueno, no exactamente he viajado directo hacia aquí – pretextó Albert.
- ¿Qué pasó John y la señorita White? – cuestionó Alfred, al ver que no venía con ella.
- Se fue con Lemarque al pueblo, ya saben... – explicó a medias John.
- Bueno, debemos ir por la leona...andando - refirió John.
- ¿La han matado? – cuestionó Albert.
- No hombre, si nosotros salvamos animales, la señorita White la ha sedado solamente, ¡somos afortunados! – exclamó con sorna.
- Más que le haya atinado cuando se le ocurrió la fantástica idea de tropezarme, según para que pudiera atinarle a la leona – suspiró John con sentimiento.
- Bueno muchachos, ella sabrá enlazar y trepar árboles, pero de armas a mi me consta que no sabe nada – explicó Alfred cuando comenzaron a subirse al vehículo para ir con la leona.
- ¿Quién es la señorita White? – cuestionó Albert.
- La nueva adquisición del campamento, llegó a San Pedro hace unas semanas, ya la conocerás – Alfred le palmeó el hombro y después le indicó el lugar que debiera tomar.
Minutos después John, Alfred y Marie recogieron el cuerpo de la leona, colocándolo en una especie de carreta arrastrada por el vehículo, Albert estaba un poco confuso, sabía que quería conocer a la tal señorita White, ¿quién sabe porque se le hacía un tanto conocida? Aunque también podría ser tan sólo una coincidencia, siendo lógicos, ¿qué haría Candy en África con médicos veterinarios y no en Londres con Terry? ¡Era absurdo!
En tan sólo unas horas, Albert y los demás hubieran llegado al campamento, Alfred fue ayudado por algunos aldeanos para bajar a la leona y colocarla en las jaulas de resguardo esperando el otro día para su revisión y es que una de las que no eran médicas desde que la había visto se dio cuenta de que su pata estaba lastimada, fue ahí que con la sonrisa más nítida que Alfred hubo visto en cualquier día de su larga vida, aquella chiquilla se hubo cambiado el uniforme de la escuela por algo más cómodo, los trajes de médico de Marie. Los cuales les quedaban como a medida, dado que ambas chicas eran de la misma complexión. Louise lo dirigió a la habitación más cercana de la casa de los médicos, mientras que Lamarque y la rubia chica estaban llegando hasta el pueblo.
Louise le dio todo lo que Albert necesitaba para bañarse y mudarse esa ropa, había ordenado agua tibia debido a que toda la mañana el rubio se hubo asoleado más de lo normal, el cambiar de temperaturas podría acarrearle un resfriado. Louise deseo sentir nuevamente los músculos de aquel hombre rubio así que ordenó que la tina fuese llenada en el cuarto de aseo y así quizás, diera pie a una situación más común, quizás donde lo habían dejado la última vez. Con una sonrisa en el rostro decidió colocarse la bata encima del camisón de seda que él mismo le había comprado en San Pedro, siendo esta ciudad tan mágica para ella como lo fue en su momento para la rubia que tenía entre sus manos un telegrama dirigido a ella y que nerviosa no se decidía a abrirlo.
Louise se metió a la tina, deslizando tanto la bata como el camisón hasta el piso y dejándolo ahí por largo rato. Minutos después Albert entró a la habitación destinada al aseo de los representantes médicos, soltó la bolsa de viaje, se descalzó las botas, se quitó la pajarita y el saco, moviendo los brazos y las manos para después despojarse del pantalón y la camisa, sintiendo ahora sí que el sudor ya no podría dejar más húmedo o seco todo lo demás. La ropa interior era lo que siempre quiso quitar más que con la mirada, Louise no pudo verlo ese día, en el que ella le entregó su cuerpo, pero en este momento lo tenía todo para ella, para sus ojos y para su corazón. Albert decidió primero rasurarse, mientras hacia la revoltura de jabón y agua para comenzar a aplicarlo, observó con detenimiento en sus recuerdos el vaivén de las hojas en el exterior, recordándole como si la tuviera cerca a una pequeña traviesa, sintiendo quizás que su lugar debería estar en otro lado y no ahí en África.
Comenzó a sacarle filo a la navaja con el trozo de cuero que siempre llevaba en su equipaje y después recortó algo de su barba, dejándola así, para que creciera conforme pasaba el tiempo. Cuando hubo terminado, limpió la navaja, guardó los utensilios y los colocó en un botecito que tenía al frente, se quitó la ropa interior y al darse vuelta exclamó sorprendido por el susto que aquella persona le hubo dado. Sin embargo, la mujer que se encontraba envuelta entre los aromas del jabón que le había agregado minutos antes, hubo salido sollozando al ver que no era su nombre el que se mencionaba y que un descuidado Albert dijo sin saber siquiera ¿por qué lo había hecho?
- ¡Rayos Candy, me has dado un susto! – gritó Albert al verse sorprendido, viendo salir a su amiga rápidamente del agua y vistiéndose aún más deprisa.
- ¡Yo no soy Candy, mi nombre es Louise y lo sabes! – le gritó llorosa la morena.
- Louise, perdóname, no sabía lo que decía, espera – solicitó él preocupado.
- No, la primera vez creí haberlo soñado, te fuiste sin despedirte todo por una tal Candice y ahora me nombras como ella, yo que pensé que podríamos retomar lo nuestro y creo verdad que ya no se podrá – exclamó furiosa cerrando la puerta de un azotón y dejando a Albert pensativo.
- Candy, Candy, Candy ¿por qué no podré olvidarte? – se preguntó mientras se introducía a la tina. Puppet, ¿por qué no estás aquí? – no cabía duda, cuánto extrañaba a la mofeta.
Mientras Albert disfrutaba de su baño por completo, Candy y Lemarque habían llegado al campamento, la chica rubia que se encontraba delante del galeno, se topó con la furiosa Louise, ganándose de parte de la morena una mirada embravecida, solo por tener el nombre que la aquejaba. Candy por su parte contrariada miró que de la cocina salía Alfred.
- ¿Qué le sucede a Louise? – preguntó Candy.
- Lo que le sucede a todas las mujeres despechadas - concluyó Alfred.
- ¿Despechadas has dicho? Pero ¿de quién? – se extrañó Candy al oír esa frase.
- No lo sé con exactitud, pero será importante que no te le acerques en unos días por lo menos, será lo mejor.
¿Buenas noticias? – le cuestionó Alfred curioso.
- No lo sé, no lo he abierto además no creo que George haya resuelto algo en tan pocos días, al parecer mi tío abuelo el patriarca de la familia no se encuentra con él y nada puede hacerse – explicó la rubia contrariada.
- Está bien, ¿quieres que lo haga por ti? – cuestionó Alfred a la rubia que se le veía indecisa.
- No, yo lo haré, después de la cena, se lo aseguro – respondió ella.
- No quieres enterarte de que te dice tu amigo George, quizás sea algo importante – Alfred decidió presionarla.
- Sí, está bien, ábrala y sabremos que ha sucedido – quiso saber la rubia, esperanzada de que hayan podido hacer algo en Londres.
Señorita Candy
Espero se encuentre bien, recibí su telegrama y me tiene sumamente preocupado, no he tenido noticias del Sr. William por el momento. El clan ha decidido mantener pláticas con la embajada escocesa en Alemania para solicitar auxilio a sus primos y las señoritas O'Brien y Brighter, les he avisado a sus padres. El joven Terrence fue excarcelado por la corona inglesa y lo tienen resguardado en Londres. Dígame dónde está para ir por usted o en su defecto mandar a alguien de confianza. Tengo papeles del duque de Lamarque sobre el testimonio de casamiento con usted, puede explicarme ¿de qué se trata?
George
- Esto si que no lo voy a permitir, acaso Lamarque ¿la obligó a hacer algo indebido? ¿Cómo pudo obligarla? ¡Exijo saber qué ha ocurrido! – cuestionó Alfred notablemente molesto.
- ¿Qué sucede? – intervino Pierre Lamarque.
- ¡Usted se ha atrevido a presionarla, usted y su horrenda familia la han casado para que su padre pueda sacar a sus primos de Alemania, dígamelo! – Alfred exigió saber lo que estaba ocurriendo.
- Solo es una promesa, mi padre no hará nada hasta que vuelva y yo no pienso hacerlo muy pronto, así que no se enfade conmigo, Candy ha aceptado mentirle a mi padre y yo he aceptado que solo lo hago por ayudarla – informó el galeno. ¿Podemos cenar ya? – preguntó como si nada estuviese sucediendo.
- Pues más te vale mentecato, pero estoy seguro que nuestra Candice quiere darse un baño primero, ¿no es así pequeña? – el anciano quería que Candy disfrutará de un baño tibio antes de la cena. Merle te está llenando la tina de tu habitación, se acaba de bañar también el chico rubio, al que ya no viste, es amigo de Louise – informó Alfred, retirándose a la cocina y mandando a Candy al cuarto de aseo.
- Toma tu baño y te veo en la cena – se despidió Pierre.
- Gracias – Candy atinó a hacer un mohín que denotaba tristeza. Efectivamente, Candy se dirigió hacia su habitación, tomó lo necesario para el aseo y se dirigió a la tina que alguna persona había usado.
Albert se estaba peinando la barba como era su costumbre después del baño mientras recordaba la silueta femenina de Louise, cuanto había cambiado en esos tres años, éste se detuvo al darse cuenta de que había dejado enfrente al espejo donde se afeitaba los utensilios para hacer esa labor, por lo que decidió volver por ellas sin notar la presencia de otra persona desnudándose allí.
Candy dejó sus pertenencias y cuando comenzó a desvestirse recordaba la forma en que los chicos y ella habían sido separados, lo que no la hizo notar la intromisión de un rubio hombre; se despojó del pantalón, la blusa, el sombrero, deshizo la coleta, desprendió las cintas de su ropa interior y al darse la vuelta se sorprendió de a quién se encontró. Para Albert fue la misma impresión, si antes había disfrutado de las hermosas formas de mujer de Louise, ahora se deleitaba con las formas gráciles de Candy, quien en vez de cerrar los ojos, lo único que hacia era detallar cada parte de su cuerpo, sin darse cuenta de lo que realmente importaba, ¿qué era lo que Candy hacía allí?
- ¡Candy...! – la llamó.
- ¿Albert?... – preguntó Candy extrañada y de pronto al saberse desnuda se tapó con la bata que había sustraído de sus pertenencias.
- Candy...¿no deberías estar en Londres? – cuestionó el rubio sin entender del todo lo que sucedía allí.
- Yooo, ¡Albert! – corrió hasta sus brazos, llorando, era la primera vez que lo hacía en los brazos de alguien conocido, la primera vez que lo hacía delante de alguien que conociera sus sentimientos y la primera vez que permitía a alguien saber que ya había perdido las esperanzas de resolver los problemas con los chicos Cornwell y sus novias. Porque de Terry estaba segura, que su padre había actuado sólo para el beneficio de su hijo y los demás no le habían importado.
Continuará...
