Pasión Africana
Capítulo VII
- ¡Yo lo haré, por supuesto...! – respondió un joven que recién había entrado.
Fin del flash back
Candy se detuvo de entre sus recuerdos, caminó hasta donde se encontraba la leona ya sedada, John se había preparado para curarle la pata herida que Candy había divisado con los larga vistas; probablemente la leona herida haya tenido un enfrentamiento con otro animal, saliendo mal herida, haciéndola proclive a wue la atacaran al verla alejada de su manada y por consiguiente podría morir de hambre en cualquier momento. Este acontecimiento, hizo que preocupara demasiado a los veterinarios del campamento, debido a que ahora sería presa fácil para cualquier animal.
Era imposible que la rubia en ese calor agobiante y que con las ropas que usualmente se usaban en ese tiempo, no se quedara dormida aún estando de pie. John había acabado de operar a la leona cuando se dio cuenta de que Candy se estaba quedando dormida ahí parada, detrás de él e intentaba por todos los medios tener los ojos completamente abiertos sin éxito. Era también bien sabido que Alfred siempre la mantenía despierta la mayor parte del día, por lo que obedeciendo la orden, John la despertó y se la llevó hasta el pórtico donde aseguró que no le haría para nada caso y lo decía porque apenas la hubo colocado en los sillones del pórtico de las habitaciones de los médicos, se quedó profundamente dormida.
Albert, Alfred, Pierre y Puppet estaban llegando en un vehículo cuando vieron a Candy en el pórtico, durmiendo.
- ¿Cuántas veces le voy a decir a esa niña que no puede dormir en el día? Si me permiten iré a despertarla – Alfred se preparó para bajarse.
- Un momento, ¡sé de una forma en la que ella se despertará feliz! – exclamó Albert soltando a Puppet. Mira Puppet, ella es Candy, estoy seguro que le gustaría que la despertaras tú – aseguró Albert dejando libre a la mascota.
- Candy también llegó con una mascota, es fiero, casi no nos dejaba acercarnos a ella – comentó Pierre.
- ¡Clint! ¡No lo he visto por aquí! – susurró Albert sorprendido por la noticia, buscándolo anticipándose.
- Desgraciadamente nosotros tampoco, pero visita a Candy por las noches, cuando todo esta tranquilo – refirió Pierre.
- ¡Observen! – pidió Albert.
Candy se mostraba apaciblemente tranquila, Puppet se subió sobre su sillón y comenzó a lamerle la cara haciéndola reír. Minutos después un coatí bajaba del árbol que se encontraba cerca del campamento, era admirable, sin duda alguna, Clint cuidaba de Candy. Clint se subió al mismo sillón en el que se encontraba Puppet, ambos animalito se observaron con detenimiento, pero Clint sonrió y brincó ya que era formidable para éste verlo ahí, ambos comenzaron a lamerle el rostro a Candy haciendo que la rubia se riera sin más.
- ¡Puppet! ¡Clint..! – lo observó y en el fondo de sus recuerdos veía a Annie.
Cosa contraria a lo que Albert esperaba, Candy se levantó y comenzó a correr, llorosa hacia el árbol del que Clint había bajado.
- ¡Espero que ese no sea el resultado que esperabas! – se sonrieron los demás.
- Por supuesto que no era ese, pero eso lo remedio en este mismo momento – informó Albert corriendo hacia la rubia, un poco desanimado.
Albert fue detrás de Candy, sin duda, ella tenía muy buena experiencia trepando y él había perdido la práctica. Alfred y Pierre entraron a la casa habitación de los médicos, buscando a John, querían saber qué había pasado con la leona.
- ¡Candy baja, tenemos que hablar! – solicitó Albert, preocupado.
- ¡Déjame en paz! – gritó ella, volviendo a llorar audiblemente, estaba feliz de tener con ella a Clint, pero también triste por los chicos.
- ¡No puedes dormir en el día! – gritó Albert fingiendo enojo.
- ¡Eso no te importa! – atinó a decir Candy.
Albert reconoció que estaba luchando con la cabezona de Candy por lo que comenzó a trepar el árbol colocándose detrás de ella.
- ¿Qué te pasa Candy? ¡Pensé que te daría gusto ver a Puppet! – exclamó el rubio.
- ¡No es él! Clint me recordó a Annie... – respondió ladeando la mirada.
- ¿La extrañas? – preguntó Albert comprendiéndolo todo.
- A todos en realidad, ¿qué hago aquí, Albert? ¡Mientras disfruto de todo esto, ellos están allá sufriendo! – Candy lo miró, derramando lágrimas lastimeras.
- ¡No, tú sufres igual! – respondió Albert obviando sarcásticamente lo que siempre hacía. Ese insomnio no me está gustando y que planees casarte tampoco me gusta... – susurró poco animoso ante ese acontecimiento.
- ¿Quién te dijo eso? – cuestionó la rubia sorprendida.
- Ya ves de lo que uno se entera, ¿es cierto? – preguntó Albert intimidándola.
- Sí...no...es con Pierre, su padre puede ayudar a sacar a los chicos – respondió Candy.
- Pero no a ese precio y dado que eres menor de edad, se romperá ese acuerdo Candy – le informó el rubio comenzando a bajarse del árbol.
- ¡No podría, Emmanuelle dice que ese acuerdo no se puede romper! – Candy intentó hacer lo mismo.
- Eso es lo que él cree, a ti puede contarte mil cosas, pero lo que no sabe es que su padre es una estirpe menor a los Andley – informó él como si en verdad lo supiera y descendió del árbol completamente.
- Tú ¿cómo lo sabes? Albert tú, ¿cómo sabes eso? – preguntó Candy bajando rápidamente y siguiéndolo.
- Digamos que he leído mucho, pero por supuesto yo pensaría que no sólo te preocupas en esas cosas sino también en ¡tu adorado Terry! – se burló él, no sabiendo que la hería.
- Yo pienso en todos, incluido Terry – le informó haciendo una mueca de enojo por su aseveración.
- ¡Sí seguro...! – respondió irónico haciendo que Candy se sorprendiera.
- ¿Celoso? – refirió ella.
- ¿¡Celoso yo!? ¡Por favor! – corrigió a tiempo antes de que Candy sospechara que efectivamente lo estaba.
- Sí claro, sólo por eso dices eso de Terry, tu amigo... – le recordó.
- ¡Ahora todo esto es por mí...! ¡No se supone que no debes dormir...! – decidió cambiar de conversación por una más segura.
- ¡Y haciéndome enojar es la única forma de que no lo haga...no te conocía ese ímpetu insoportable...! – le reclamó.
- ¡Ah sí! Mira que no me esperaba esa actitud de ¡amo mucho a mi Terry! – le enfatizó nuevamente su gran preocupación por el castaño.
- ¿Qué pasa Alfred? – pregunta Pierre, observando como aquellos rubios discutían, Albert colocado en jarras y dándole la espalda a Candy y ella haciendo rabieta.
- ¡Nada! Sólo están limando asperezas, vamos, es impropio escucharlos – le dice a Pierre llevándolo al interior de la casa.
- ¡No lo amo, sólo me gusta, está bien...! – exclama Candy harta del tema.
- ¡Ah sólo te gusta, qué mejor...! – Albert ahora si molesto comenzó a caminar.
- Pareciera que estás celoso ¿o no? – cuestionó ella para detenerlo.
- ¡Yo no estoy celoso! – se volteó a verla y después siguió caminando.
- Pues te comportas como un hombre enam...orado, ¡Louise! Albert ¿estás enamorado de mí? – preguntó sin gritar, más bien sorprendida.
- No es eso... – el rubio sólo quería desviar el tema.
- No necesitas saber esto, Terry sólo me gusta, es un chico tan solo... – refirió ella suspirando, quería hacer entender a Albert, que solo con ella Terry era diferente.
- ¡Yo también lo he estado...desde los catorce y a mi nadie me ha querido...! – refutó él, confuso.
- ¿Qué cosas dices? ¡Tus padres...! – Candy se dio cuenta que siempre había sido ella lo que Albert contaba.
- No los conocí, mi hermana falleció muy joven dejándome a mi único sobrino a mi cargo, bueno en realidad a cargo del resto de la familia... – relató deteniéndose.
- ¡Hermana y sobrino...! ¿Qué edad tenías cuando eso sucedió...? – cuestionó nerviosa.
- Catorce... – respondió el rubio triste.
- Muy joven... – afirmó Candy; sin parecerle extraña la historia.
- Sí, muy joven, afortunadamente mi sobrino fue por unos años el hermano que nunca tuve, pero cuando falleció bueno...te encontré a ti aunque por lo que veo tu tampoco me quieres... – fue algo que Candy nunca esperó escuchar, un reproche de parte de él.
- Albert...si te quiero y mucho, eres mi mejor am... – respondió ella, la idea de que Albert se había enamorado de su persona aún no le entraba en la cabeza.
- ¡No sigas por ahí! – el rubio aún no estaba preparado para escuchar eso, es más, no quería hacerlo, por lo que mejor optó por huir de ella.
- ¡Espera, Albert! – pidió la rubia, tenía que aclararlo todo.
- ¡No me digas que me quieres como amigo, no lo soportaría! – se detuvo por un momento.
- ¡Albert...espera, espera...! ¿Es en serio esto...? – cuestionó Candy, queriendo saber el propósito.
- ¡No tiene caso seguir con esto...! ¡Tú debes quedarte aquí y tu padre debe resolver esto, yo me voy mañana mismo...! – le explicó, caminando más rápido.
- Pero ¿por qué? – preguntó Candy como si no entendiese nada.
- ¡No lo entiendes Candy! ¿O te haces tonta? – preguntó él adivinando lo que Candy pensaba.
- ¡No, no te entiendo! ¿Por qué me dices esas cosas? – cuestionó Candy haciendo que él sonriera y la dejara ahí sola. Espera, ¡no puedes irte así, yo...yo te necesito aquí! Siempre has estado conmigo cuando te he necesitado...no te das cuenta de que... – Candy se interrumpió suplicándole que no se fuera.
- ¿Qué cosa? – él tenía cierta curiosidad.
- ¡De que si no fuera porque estoy sin dormir juraría que apareces cuando te necesito porque estás al pendiente de mí! – al decirlo él se detuvo, dándose la vuelta para observarla..
- Debería parecer así...Candy yo te conocí desde pequeña... – bajó el rostro y comenzó a explicarle.
- ¿Cómo? – repreguntó.
- ¡Debo irme! – Albert estaba contrariado, demasiado, cómo habían cambiado las situaciones, no debía seguir por ese camino.
- ¡No, alto...! – ella lo detuvo colocándose frente a él.
- ¡Candy quítate de mi camino, te lo pido por las buenas...! – pidió Albert esperando que lo hiciese rápido.
- ¡No, no, no, primero vas a tener que explicarme...! – le informó. ¿Qué quieres decir conque me conoces desde pequeña? ¿A qué edad? – le cuestionó.
- No recuerdo... - Albert intentó darle vueltas a ese asunto.
- ¡No te vas a ir de aquí hasta que me lo digas! – le gritó harta de que le diera de vueltas al asunto.
- ¿Qué te diga qué? – preguntó él saliéndose por la tangente.
- ¿A qué edad me conociste...? – insistió.
- ¡Y eso qué importa! ¡Vete con Terry y yo me iré a cualquier lado, menos al tuyo, tú Candy ya escogiste...! – se apartó de ella, qué era lo que no le entendía, así que mejor debería de irse que pasar por ese dolor tan grande.
- Escogí ¿qué? ¡No te entiendo...! – refutó ella pasando el rubio a un lado de ella.
- ¡Ya escogiste a quien amar...! ¡Amas a Terry! O ¡Dime que no es así! – por fin el rubio rebeló sus celos.
- No...pero... – Candy intentó decir algo, pero lo que pensó no era tan diferente de lo que él le dijo.
- ¡Me voy! – él no podía creerlo, así que lo mejor era irse de ahí.
- ¡Noo! ¡Eres muy importante para mí...! – ella quería decirle que no amaba a Terry, aún...pero que todo esto de lo que se acababa de enterar era muy nuevo para ella, que apenas y lo digería.
- ¡No me digas que como amigo! – rebatió el rubio.
- ¡No lo diré...! ¡Conquístame! Dime ¿a qué edad? – Candy le dio algo por su confesión.
- ¡Candy...eras una niña de seis años..., por Dios aún eres una niña...! – exclamó Albert criticándose.
- ¡El príncipe, tú eres el Príncipe de la Colina! – dijo Candy, tapándose la boca con las manos, sin poder creerlo.
- ¿Cuál príncipe? ¡Ahhh, sí... así es! Es extraño que me digas príncipe después de todo, ¿tan apuesto soy...? – cuestionó el rubio tratando a medias de esconderlo todo.
- Albert, ¿es cierto lo que Louise dijo? – cuestionó Candy.
- ¿Cuál de todas las cosas? – preguntó Albert.
- ¿Estás enamorado de mí? ¿Albert...? – insistió Candy.
- ¿Te lo parece? – cuestionó con burla.
- ¡No lo sé...no me has mostrado pista alguna aparte de los celos! – respondió ella deteniéndose la barbilla.
- Candy – la llamó después de observar al cielo en son de fastidio y se tranquilizó.
- Dime Al...bert – respondió mientras él la acorralaba y se había quedado a pocos centímetros de su rostro, diría que más bien eran milímetros.
- ¿Puedo darte un beso? – preguntó él mirándola detenidamente.
- ¿En el rostro? – cuestionó Candy extrañada, obviamente que no era en el rostro.
- No exactamente, ¿puedo? – el rubio debía dejarle en claro que él pensaba en sus labios.
- Sí... – asintió al mismo tiempo de la respuesta.
A lo lejos, unos cansados ojos los observaban, pero no se esperaba observar también que Albert se atreviera a besarla, ni tampoco que Candy le rodeara el cuello con los brazos con el pasar de los segundos, pero Candy tampoco esperaba que él fuera su Príncipe de la Colina, aún recordaba lo que le había dicho a Anthony. De pronto todo venía a caerle muy mal.
- ¡Anthony! – la rubia lo pensó y lo separó un poco. ¡Albert...tú... no, no puede ser! ¡Tú eres un Andley, perteneces a la misma familia! – exclamó Candy, la prueba era el medallón que ella tenía.
- Candy... – Albert no entendía.
- Perdón, ¿quién eres? – Candy se tocó los labios.
- Si te lo digo, te asustarás y ya no me dejarás hacer nada... – respondió él desalentado.
- ¡Te lo prometo que no lo haré! – prometió Candy.
- ¡Aún eres pequeña Candy, no juegues a ser mayor cuando no lo eres! – rebatió Albert.
- ¡No seré como Louise, pero entiendo lo que sucede a mi alrededor! – increpó Candy, reconociendo que tenía en parte razón.
- ¡Por Dios, no me refería a eso, mírate eres una niña de 15 años y yo tengo 26, creo que 11 años me dan la razón...no quiero que tomes una decisión errónea y presionada...! – explicó Albert como si Candy aún fuese una niña.
- ¡Dímelo, te juro que no estoy presionada...! – sonrío la rubia jurándolo con la mano derecha.
- ¡Está bien, pero no te lo diré...te acuerdas de mi historia, la que te conté, repítela en tu mente y si lo averiguas y aún quieres que te conquiste, espero que me alcances antes de que me vaya mañana por la mañana...¿de acuerdo? – le propuso él tomándole la mano.
- ¡No me lo dirás tú...! – Candy se enojó, pero lo aceptó aunque de mala gana. ¡Está bien, te buscaré cuando lo haya recordado...! – Candy le aseguró.
- Bueno, me voy, ¿tengo cosas que hacer? – Albert le dijo a Candy.
- ¿Qué cosas? – cuestionó Candy sin entenderlo del todo.
- Debo empacar... – le respondió él.
- Albert, prometiste esperar... – espetó Candy desencantada.
- Lo sé, por si acaso – susurró Albert, comenzando a caminar más tranquilamente.
- Albert – Candy lo llamó.
- Dime – se dio la vuelta.
- ¿No te despedirás de mí? – cuestionó Candy.
- Ya te dije que cuando me alcances... – le recordó él.
- No mañana...¿ahorita? – le pidió.
- ¡Adiós! – le dijo.
- Albert...¿no me darás otro beso? – Candy se atrevió a pedírselo.
- Candy... – Albert exclamó más preocupado que asombrado.
- Por favor... – suplicó ella solicita.
- ¡No puedo! – resolvió Albert, esperando que no se lo pidiera de nuevo.
- Por favor... – volvió al ataque.
- ¡Está bien...pero sé que me arrepentiré! – le respondió al aire y accedió, que podría pasar con otro beso, después se iría de allí.
Albert volvió sobre sus pasos y tomando de la cintura a Candy, la levantó para tomar sus labios, era un beso ansioso y enérgico, cuántas veces quiso tenerla así, pidiéndole que la besara. Nuevamente, Candy disfrutó de ese fuerte beso, pero eso sí, ni uno más, ya que se había vuelto sensual y calmado con el pasar de los minutos, ese y el otro habían sido su primer beso, no necesitó ensayar para nada, sólo era Albert, el que la estaba besando, el que había sido el primero y sólo eso...sus brazos rodearon su cuello y sus senos se recargaron en el pecho de Albert, descansando, sintiendo el respirar de Candy y ella el de él. Apenas se estaban acostumbrando cuando Candy se sorprendió de que Albert bajara el ritmo del beso, quería sobretodo que no le estuviese dando pequeños besos en la comisura de los labios, mordiéndole el labio la alejó y él hizo lo mismo.
- Gracias – agradeció ella sintiendo sus labios inflamados.
- ¡A ti pequeña! ¿Puedo irme ya...? – pidió permiso.
- ¡Sí...te buscaré en un rato! – le prometió ella.
- Recuerda que sólo tienes hasta la mañana muy temprano... – volteó a verla y se fue caminando.
¡Candy no sabía qué decir! Ese beso había sido mágico, la tarde en la sabana africana tenía una especial dedicatoria, especialmente porque ese paisaje no era común; no sabía qué sentir, pero al llevarse los dedos a la boca, cerró los ojos rememorando ese sentimiento que ni por Terry sentía cuando estaban juntos.
Candy regresó a su habitación y cuando había llegado la noche, se asomó al firmamento, hubiera recordado más cosas si no se hubiese dormido sobre la base de la ventana. Candy se encontraba soñando, de pronto en su sueño pasó el recuerdo que estaba buscando, cuando Anthony le había dicho a Candy que le gustaba porque se parecía a su príncipe y no a él..., pero Candy le había respondido que le gustaba porque era Anthony y al terminar de decir eso, se desbarató.
Ya en la madrugada, Candy tuvo otro sueño, Anthony le contaba que su madre había fallecido cuando era niño y que al hermano de su madre lo habían enviado a Londres para estudiar en el colegio San Pablo, además que cuando estaba estudiando el árbol genealógico de los Andley había visto a dos Anthony's, pero uno se llamaba William A. Andley, patriarca de la familia Andley y Albert le contó que su sobrino era muy pequeño cuando su hermana falleció y después lo había hecho su sobrino hacía apenas un año, justo el tiempo que Anthony tenía de fallecido. Candy despertó y somnolienta se levantó. Tomándose de las paredes, se colocó la bata y se dirigió a la habitación de Albert, ahí estaba, durmiendo y al lado de él, Puppet, pero también se encontraba su bolsa de viaje preparada. Se acercó a la cama y esperó unos minutos en los que se despertaba un poco más.
- Puppet, ven, necesito hablar con Albert, mira ahí viene Clint alcánzalo. Albert...Albert... – tomó a la mofeta y le señaló el lugar por donde Clint bajaba a esa hora, indicándole que fuera con éste, mientras llamaba a Albert moviéndolo.
- ¿Qué sucede? ¡Es de madrugada! – exclamó Albert, atrayéndola a la cama, justo debajo de él.
- ¡Lo sé, pon atención...Albert no...! – Candy intentó impedirlo.
- ¿Qué quieres mi ninfa...? ¡Nunca pensé que te harías realidad! ¿Eres humana? – Albert no estaba ni cerca de haber despertado, por lo que Candy comenzó a reír.
- Por supuesto...Albert...tu nombre – respondió ella, pero aún así lo zarandeó.
- Mi nombre...ya lo sabes – susurró él.
- Alberttt... – Candy lo pellizcó.
- Dime, ¡si te estoy poniendo atención...! – refutó Albert, centrándose un poco más, pero los ojos le pesaban.
- ¡William Albert Andley, hazme caso! – Candy juraba que sólo así lo despertaría.
- ¿Cómo carambas sabes eso? – cuestionó él gritando. Estaba despierto, eso lo podría jurar, lo que hizo que Candy sonriera.
- ¡Tú eres el patriarca del Clan Andley, tu hermana se llamaba Rosemary y era la madre de Anthony! ¿No es cierto? – Candy le soltó lo que había recordado.
- ¡Candy, lo recordaste! – exclamó Albert sorprendido.
- ¡Sí! ¿Impresionado? – preguntó Candy risueña.
- No mucho, pero... – titubeó algo.
- Eres mi padre Albert...tú puedes deshacer el compromiso con Lemarque... – pareció informarle lo que él ya sabía.
- ¡No puedo, lo haré! – él se encargaría, Albert se levantó de la cama.
- Pero entonces ¿cómo lo sabes? ¿Se han comunicado contigo? – cuestionó ella curiosa imitando el movimiento del rubio.
- Mañana iremos al telégrafo a comunicarnos con George, seguro que él nos contará cómo va todo – le informó encarándola y abrazándola al mismo tiempo.
- Y ¿qué dirán todos? ¡Siendo mi padre no puedes pretenderme! – exclamó preocupada.
- Eso es sencillo de arreglar, sigues pensando en que no puedes aceptarme, ¿te preocupa Terry? – preguntó muy tranquilo.
- Sí... pero no como lo estás pensando... – inquirió la rubia colocándose en jarras y dedicándole una mirada asesina.
- ¡Ah no! ¿Entonces cómo? – se cuestionó soltándola.
- ¡Espera no me dejes de abrazar...! – Candy le reclamó dándole golpes en el hombro. Considerando que no puedes decirme qué ha pasado, creo que debemos de esperar a mañana... – dijo Candy y Albert volvió a soltarla.
- ¡Se más o menos lo que sucedió, mira y lee! – Albert le extendió los telegramas.
- ¿Telegrama? – cuestionó ella, dándose la vuelta y abriéndolos.
- Sí, son de Terry y del duque de Grandchester, lee y dime ¿qué piensas? – preguntó Albert, abrazándola por detrás por la cintura.
- ¡Desalmado! ¿Cómo se atrevió a tanto? ¿Cómo que no saben en dónde estoy? ¡Si Emmanuelle Lemarque me vio durante un mes, el duque lo sabe, pero...! – se interrumpió sin poder creerlo.
- Pero eso es lo que esta usando a su favor, seguramente vio cómo eras con Pierre cuando desembarcó aquí y pensó que podía presionarte por tu buen corazón, vio que tú siempre antepones tu felicidad antes que de la de los demás. Así que el resto fue pan comido, ahora necesito saber qué ha averiguado George, es muy probable que él y mi tía Elroy ya hayan ido a Londres. Candy, ¿cuándo llegó Pierre al campamento? – indagó Albert.
- Llegó hace unas semanas, quizás dos... ¿Por qué? - la rubia quiso saber.
- Porque presiento que nadie se fijó que tú faltabas en esa lista que entregó Lemarque, entonces me toca telegrafiar a George a Londres y ya nos informará que nos queda por hacer... – informó Albert.
- Seguro... Albert – lo llamó.
- Dime – respondió sacándolo de concentración.
- Entonces ¿me cortejarás? – cuestionó Candy.
- ¿Quieres? – preguntó esperanzado.
- ¡Sí, por supuesto que quiero! – admitió la rubia.
- Lo haré princesa, hay que tener en cuenta que podré comprometerme contigo cuando seas mayor de edad aunque eso signifique esperar tres años, pero... hay una forma en la que puedo hacerlo, apartarte de cualquiera es una prioridad. Además de tu palabra, siempre hay alguien que quiere sacar provecho – aseguró Albert hablando más para él.
- ¿Cómo? – Candy insistió en saber.
- Darte una argolla de futuro compromiso, así nadie se atreverá a acercarte en plan sentimental porque si lo hace será amonestado – refirió él sonriente.
- ¡Conque ya lo tienes todo calculado, como si fueras en realidad a conquistarme! – soltó Candy en son de burla.
- ¡Se que lo haré! – mencionó autosuficiente.
- ¡Albert, eso es...! – se detuvo a tiempo, pero si que era un fresco y arrogante hombre rubio.
- ¡Lo es...pero estoy seguro! – Albert lo admitió. Bueno, vamos a dormir señorita – la instó.
- ¡Aquí estoy bien...! – respondió ella cuando se acostó en su cama.
- Bueno, pero cuando te duermas me iré a tu habitación... – propuso él.
- ¡Ah está bien, voy a mi cama, hasta mañana William! – se despidió de él.
- ¡Hasta mañana Candice! – la nombró.
- Albert...se oye mejor Candy – lo corrigió.
- Yo me llamo Albert, no William, Candy – él también la corrigió.
- Buenas noches – se despidió ella.
- Buenas noches y descansa – le deseo él. Adiós.
- Adiós...por cierto, es mejor que dejes la ventana abierta, Puppet no tarda en entrar - dijo y abrió la puerta para salir, comentándole lo de la mofeta.
- De acuerdo, gracias. Candy... – asintió el rubio y la llamó.
- Sí... – Candy se detuvo y se volvió para atenderlo.
- Mi beso – le pidió él, haciéndola sonreír.
- ¡Ah tu beso...! – sonrió.
Candy regresó sobre sus pasos y le dio un casto beso en los labios, pero él ya se había sentado en la cama y la agarró de la cintura, profundizándolo, haciéndolo pausado y sensual, Albert se imaginó que el cuerpo de su amada se encontraba desnudo debajo del camisón y recordó la virginal piel que había visto en el cuarto de aseo y comenzó a agilizar el beso, haciéndolo más demandante. Sólo fue consciente de su intensidad cuando ella profirió un intenso gemido, lo cual hizo que la soltara lentamente prodigándole unos pequeños y que al último le mordiera un poco el labio inferior... Candy se alejó de ahí, mirándolo, sus ojos estaban oscuros y ella no supo interpretar aquello por lo que solo se alejó, abriendo y cerrando la puerta, encaminándose a su habitación y dejándose caer a la cama, donde minutos después, Clint había llegado para acurrucarse a su lado y dormir profundamente.
Mientras Albert se dejó caer en la cama, sabiendo lo que estaba a punto de suceder y agradecido se sintió por la llegada de Puppet, debería de darle gracias a que la inocencia de Candy lo apartara del camino en el que estaban sucediéndose las cosas. Eso había sido increíble y él estaba seguro que lograría conquistarla, por lo que respirando pausadamente se tranquilizó y concentró en dormirse nuevamente, Puppet se acomodó y Albert semi dormido, sonrió.
Continuará...
Bueno chicas aquí otro capítulo que en realidad son dos, pero si las dejaba a media iban a crucificarme, espero comentarios...
