Pasión Africana
Capítulo VIII
Inicio del flash back
Habían pasado ya varios días, atravesar el Atlántico en esta temporada era como un sueño y uno por demás muy caluroso; delante de ellos divisaban lo mejor de los dos continentes. El calor del verano hubiera sido el mejor aliciente para los viajantes, pero los rostros ahí presentes se miraban sin algún ánimo de disfrutar del clima. Una semana había pasado desde que se embarcaron, una semana en la que los ánimos decayeron lo suficiente, que la amistad no se hizo presente, pero sí la preocupación por todo aquello que venía cada vez que se acercaban más a Londres.
Los señores Brighter apenas y salían del camarote, los señores O'Brien comenzaban a dar un paseo a media tarde, pero al acabar en su camarote, entraban y no salían más, hasta que encontraban a los demás en la cena; los señores Cornwell tenían un poco más templanza, querían sin duda a los chicos, pero dado que el Sr. Cornwell era diplomático estaba acostumbrado a guardar la compostura por muy mal que se viera la situación; la hermana María tomaba un poco de sol cada mañana y ayudaba a la reacia señora Elroy en lo que podía, siempre y cuando la matrona accediera; Dorothy ayudaba a las demás señoras, mientras que Mary la ayudaba a ella; George meditaba todo el tiempo y sufría lo indecible al recordarse un evento sucedido antes de que partieran.
El joven que había dicho que iba a buscar a Candy a Londres, era nada menos y nada más que el Conde Pierre Lemarque, hijo del Duque Lemarque; quién habiendo sido informado por su padre, llegaría a Londres con los demás, aparentando que estaba preocupado por la rubia y su supuesta desaparición; siendo sospechosa esa cuestión dado que George no sabía de dónde lo conocía y mucho menos el por qué se interesaba por ella. Pero eso, lo aclararía con Candy cuando más adelante la rubia le hiciese saber que todo el tiempo hubo estado resguardada por el duque.
Esa noche en la cena, las nueve personas que habían tomado el Mauritania en una desolada mañana, se encontraban cara a cara, George deambulaba por cada rostro sin pensar realmente lo que le estaría sucediendo a los chicos, pero sobretodo a la rubia. El secuestro de los jóvenes tenía ya unas cinco semanas y media de haber sucedido, por lo que en un sorbo que le dio a su copa de whisky, fue llamado por un mesero.
- Señor Johnson, buenas noches, me permite un momento por favor. Disculpe, tiene usted un telegrama urgente, ¿puede acompañarme al telégrafo? – solicitó el mesero informándole al oído.
- Por supuesto, perdonen, tengo un asunto que arreglar, permiso – se disculpó George, sin saber de qué se trataba.
- Mientras llega George, puede decirme señora Andley, ¿dónde nos instalaremos? – preguntó la sobrina de la señora Elroy.
- En la mansión de Londres, ya está todo preparado Janice, espero que ahí estemos todos muy cómodos – aseveró la señora Elroy.
George llegó tan rápido como pudo al telégrafo.
- Soy George Johnson, telegrama para mí, por favor – solicitó el castaño.
- Aquí tiene, firme aquí, gracias – el marino le indicó dónde debía firmar y se lo entregó, retirándose rápidamente.
- Gracias a usted. Veamos... – agradeció al marino mientras abría el telegrama.
Querido George...
Escribí a Chicago.
Estoy en África, llegué hace un mes.
Secuestro de Annie, Patty, Archie, Stear y Terry.
Avísale a todos, raptados por alemanes.
Telegrama nocturno, dado a mediodía.
A cargo del duque Lemarque.
Hazme saber de algo diferente.
Candy White...
George apenas lo leyó y se cubrió la mitad del rostro con una sola mano, no podía creerlo, Candy, su pequeña se había comunicado con él, era para George una sorpresa. Su corazón latía a mil, como si cada una de sus oraciones fueran escuchadas por este órgano, sentía también que cada parte era unida para que latiera con estruendosa energía, era sin duda, una alegría desbordante la que en ese momento sentía. Como pudo, el castaño salió a respirar aire puro, corriendo hacia la proa, divisó que alguien lo seguía, se escondió y sin poder evitarlo se hundió en una ola de sentimientos por demás conocida, toda la situación con aquel asunto lo había llevado a un estado inerte del que le atormentaba no poder salir, George comenzó a llorar desesperado, siendo alcanzado por el Sr. Brighter y la hermana María, quién apenas y le hubo visto, corriendo hacia él, le tomó la cabeza y lo abrazó, consolándolo por varios minutos. Calmando aquellos avasalladores sentimientos, que derrumbaban cualquier fortaleza, de cualquier hombre, ese tierno amor parental que por nadie tuvo, hasta que ella llegó, hasta que ella hizo travesuras, hasta que el tío abuelo William le encargó hacerse cargo de la pequeña rubia llorona, de la pequeña señorita Candice White Andley.
- Señor Johnson, respire, calma, calma, suéltelo todo – solicitó la monja, admitiendo que todos reaccionábamos de distinta manera, admitiendo la impotencia de no poder llorar a solas, deseque rajándose cual vaso roto.
- ¡Lo siento, es que yo no sé qué me pasa! – respondió él cuando sacó el rostro por encima del hombro. Compungido es como se sentía.
- ¡Lo que les está pasando a todos hombre, solo que no es para aguantarlo así como tú! Ante todos eres impenetrable, pero no eres más que un humano, calma, llora todo lo que quieras! ¿Pasó algo que quieras contarnos? Toma, te será de ayuda – el único deseo del Sr. Brighter era reconfortar a George, así que ofreciéndole un pañuelo quiso saber qué había ocurrido.
- Lo siento, sí, llegó telegrama de Candy – informó el castaño a la hermana María y al Sr. Brighter.
- ¿Qué has dicho? ¿Puedes enseñárnoslo? – pidió el Sr. Brighter ansioso.
- ¡Aquí no! Tenemos que ir a los camarotes, les explicó cuando lleguemos – refirió el castaño en simples susurros.
- Bien, vamos – exclamó el Sr. Brighter ayudando a George a levantarse, junto con la hermana María caminaron hasta entrar al camarote de George y sentarse todos, mientras la hermana María cerraba la puerta y la aseguraba.
- ¿Qué sucede George? – preguntó el Sr. Brighter.
- Será mejor que ustedes se enteren – informó el castaño extendiéndoles el telegrama.
- El duque tenía a mi niña, ¿cómo se atreve? – exclamó la monja sin poder creérselo.
- George, ¿qué significa eso de telegrama nocturno? – cuestiona el Sr. Brighter.
- Candy ha pagado al telégrafo para que todos sus mensajes sean enviados en la noche, primero escribió a Chicago, por lo que imagino que John le habrá comentado que estábamos en el Mauritania. Tiene un mes que llegó a África y en ese tiempo fue que se apareció el hijo del duque, ya decía que no era una coincidencia que él precisamente se encargara de buscarla, me preguntaba de dónde lo habría conocido y ahí tienen. Candy ha estado con el duque Lemarque todo éste tiempo y el muy infeliz no nos ha dicho nada. Lo siento hermana María, pero es que no puedo tolerarlo más.
- No se preocupe, me sé otros adjetivos nada propios, señor Johnson – informó ella.
- Entonces ¿qué haremos? – preguntó el Sr. Brighter. ¿Por qué no nos querías enseñar antes George?
- Porque el que nade Lemarque tiene algo que ver en esto y me estaba siguiendo. No puedo presentarme así ante todos, me preguntarán ¿qué me ha pasado?- menciona George, taciturno.
- Sí claro, diremos que te sentiste indispuesto y que no regresarás a la cena – responde el Sr. Brighter, inventivo.
- Sí, por cierto, si les hace la platica Pierre, no le cuenten nada, veremos que es lo que ese señor quiere sacar de esto – recomienda George aparentando la calma que está lejos de sentir.
- Sí señor Johnson, permiso – se disculpa él.
- George vendré más tarde a darte una vuelta, descansa – pide amablemente el Sr. Brighter, sabiendo que solo será una recomendación.
- Gracias, buenas noches – se despide el castaño soltando una lágrima.
George soltó a llorar, en la soledad de su camarote, había perdido la templanza y la serenidad; se sentía tan inválido, tan enojado consigo mismo por quebrarse en ese momento, pero al mismo tiempo, sentía que Candy siempre confiaría en él para todo, su destino era servir a la noble casa de los Andley, aunque ella no lo fuera de nacimiento, él sentía y de laguna forma sabía que, era su responsabilidad cuidarla, como todos, implícitamente.
Mientras transcurría la cena, llegaron la hermana María y el Sr. Brighter.
- ¿Que sucedió con George, Sr. Brighter? – cuestionó la señora Elroy.
- Se siente indispuesto, parece que recibió noticias de Chicago – informó el Sr. Brighter.
- ¡De verdad! ¿Algo de importancia? – cuestionó el conde.
- No Conde de Lemarque, cosas de negocios – refirió el hombre mayor.
- Ah menos mal, digo una noticia más de su familia y sería toda una tragedia- intentó burlarse, pero todos los rostros reprobaron el hecho.
- Por supuesto. Cenamos. Buen provecho a todos – deseó el Sr. Brighter, observando con desagrado al conde y mirando a la hermana María, que apenas y podía contener el llanto.
Recién acabada la cena, los ocho asistentes, no quisieron ni ir a la sala de té ni a la de tabaco, por lo que cada quién se hubo ido a sus camarotes. Mientras la hermana María tomaba su rosario para rezar unas oraciones por el bienestar de Candy, los demás su fueron a dormir, menos el Sr. Brighter que se encargaría de darle una vuelta a George, como cada noche.
- George, ¿estás bien? – cuestionó el Sr. Brighter.
- Sí, gracias, estoy mejor. ¿Por qué se preocupa tanto por mí? – cuestionó sin más.
- He de confesarte George, que ahora me arrepiento de no haberla adoptado como mi hija, conocí a Candy y Annie en el río que se encuentra cerca de mi casa de campo, de vez en cuando y sobretodo cuando me siento solo visito esa casa porque me recuerda a mi difunta hija Keysi... – sí, George yo tuve una hija que falleció a temprana edad.
- ¡No lo sabía señor Brighter, cuanto lo siento! – el castaño pidió condolencias.
- No me estoy quejando George, Annie es seria, tranquila y delicada, así la quería mi esposa; pero realmente a mi me gustaba más Candy, era alegre y jovial, mi vida como padre hubiera sido caótica con mis dos mujercitas tan diferentes... – explicó el hombre soltando algo parecido a una risotada, divertido a su vez por su comentario.
- Ni que lo diga, la señora Elroy se vuelve loca cada vez que la señorita Candy hace algo fuera de lo correcto... – ahí estaba, George comenzaba a reírse de sus recuerdos. El Sr. Brighter había dado en el clavo.
- Candy es una chica muy especial y me alegro de que Annie quiera adaptarla a nuestra sociedad, pero sé, de alguna manera que nadie puede imponerle nada a Candy, ella es así...como debe ser – refirió el hombre maduro sonriéndole.
- ¡Candy siempre cuida a los demás! – le dijo resuelto.
- George, lo haré por ella, por las aventuras que no pude compartir con Candy, ¿está de acuerdo conmigo? – le pidió permiso.
- Sí, eso creo – respondió el castaño dudoso, quizás del por qué lo hacía.
- ¡No se asuste hombre, que no es nada malo! Buenas noches señor Johnson – se despidió el hombre maduro, sonriendo por el rostro preocupado de George, apostando que nunca en su vida le habían ofrecido algo parecido. Comenzó a salir del camarote y dándose la vuelta lo llamó.
- George... – corrigió el castaño, recordando que Candy siempre le pedía que la llamara así.
- Está bien George, buenas noches – sonrío el hombre maduro, saliendo rápidamente.
Fin del flash back
Continuará...
Hola pequeñitas, tardisísimo pero seguro...
