Pasión Africana

Capítulo X

- ¡Si supiera que ya te lo quité! – exclamó el rubio sin más y con mucha modestia.

- ¡Albert! – la rubia le llama la atención.

- ¡Es cierto¡ ¡Ese insomnio no desapareció de la nada, me tuviste que embarrar tu amor por Terry y me embaucaste para que te dijera la verdad... eso fue planeado! – refiere Albert un poco celoso y otro poco admirado.

- ¡No es cierto! ¡Además no veo que te quejes, aunque bien puedo darle un besote a Pierre...! – la rubia molesta comenzó a bajarse del automóvil, apenas hubo dicho esto.

- ¡No, no, no, alto ahí Candy, tú sólo debes dar besotes a mí! ¿Lo entiendes? – reclama Albert, deteniéndola y colocándola frente a él.

- Compruébame que lo entiendo – respondió sensual.

- ¡Con que quieres comprobación! – cuestionó el rubio, creyendo que Candy sabía lo que hacia con aquellas insinuaciones.

- ¡Sí, tú también lo deseas! – Candy le acarició los labios y cuando iba a quitar su dedo índice, él lo mordió.

- ¡Tramposa! – exclama el rubio, soltando el dedo.

Ciertamente aquellos dos no perdían el tiempo, Albert la cargó y la depósito sobre sus piernas, besándola lentamente, aunque se encontraba un poco preocupado por sus recién estrenados labios y no precisamente los de él. Quién fuera a decir que ese deseo incontrolable de hacerle el amor a la rubia fuera tan frustrante, una debido a que ella era muy joven y otra que tenía cada atrevimiento que no pensaba que lo hiciera tan bien, pensando que para él esto era inevitable, el no amarla con todas sus letras. Consideraba que eso era lo de menos, debían continuar o si no tendría problemas, Albert interrumpió el beso.

Querido George...

¡Soy una tonta y estúpida chica!

Duque L. me ofrece interceder por los chicos a cambio de un favor. ¿Qué hago?

Duque G. metió en problemas a los chicos, averigüe.

Saludos a todos, Pierre viene conmigo.

Candy Andley.

- ¡Ese maldito! Pero si piensa que te casaras con Pierre, ¡está muy equivocado! – gritó profusamente enojado, haciendo que Candy se asustara.

Señorita Candy...

¿Te habló de algo en específico?

Recomiendan un vaso de leche tibia para el insomnio.

No he tenido noticias del señor William. Trataré de localizarlo.

Querido George...

- ¿De qué se trataba? ¿De qué te habló el duque Lemarque? – cuestionó el rubio, observando a Candy. Ella se limitó a sonreír.

George...

Espero noticias tuyas.

¿Qué ha pasado con mi encargo?

Mantenme informada, Pierre te manda saludos.

Candice Andley...

Señorita Candy

Espero se encuentre bien, recibí su telegrama y me tiene sumamente preocupado, no he tenido noticias del Sr. William por el momento. El clan ha decidido mantener pláticas con la embajada escocesa en Alemania para solicitar auxilio a sus primos y las señoritas O'Brien y Brighter, les he avisado a sus padres. El joven Terrence fue excarcelado por la corona inglesa y lo tienen resguardado en Londres. Dígame usted donde está para ir por ti o en su defecto mandar a alguien de confianza. Tengo papeles del duque de Lamarque sobre el testimonio de casamiento con usted, puede explicarme ¿de qué se trata?

George

- Ese fue el último, ¿qué piensas? – cuestiona Candy.

- Si piensan que lo lograrán, se darán de bruces por imbéciles. Pero antes que nada tienes que prometerme que me harás caso en todo, en todo Candy. Voy a tener que usar cierta información tuya que todos sabemos, para que no se realice esto y para eso necesito tu consentimiento – solicita el rubio, advirtiéndole.

- Consentimiento, ¿para qué cosa? – inquirió la rubia sin entenderlo.

- Necesito que me prometas lo siguiente, cualquier cosa que diga o haga la aceptarás sin chistar, aunque suene muy atrevida o que sea demasiado buena o mala, ¿me lo prometes? – Albert le pidió a la rubia. Algunas cosas podrán dolerte, pero nada como el daño que me harán ellos si tú te conviertes en la esposa de Pierre, ¿me entiendes? – advirtió él con un gran pesar.

- Sí...tengo tanto miedo de que mis cartas ya no tengan el remitente de Illinois, sino el de Escocia – susurró Candy con preocupación..

- No lo digas ni de broma, ahora que he conseguido esto, no te apartaré de mi lado pequeña – Albert le asegura eso.

Candy y Albert continuaron su viaje, llegando en otra hora diferente a la que pensaban, ante tanta distracción – los telegramas y sus constantes arrumacos -, ya que ellos tenían mucha culpa por haberse demorado. Cuando llegaron a San Pedro, lo primero que hicieron fue tomarse de la mano y caminar hacia la oficina del telégrafo, una vez entrando todo fue como Albert esperaba, Candy había hecho amigos ahí también.

- ¡Hola Abed! ¿Cómo estás? ¿Alguna noticia para mí? – preguntó Candy a un chico no mayor que ella.

- ¡Hola Candy! No, no ha llegado nada, pero si ha sucedido algo, Pierre quiso saber que mensajes le enviabas al señor Johnson, pero como no se lo dije, le envió un telegrama a su padre. ¡Toma, escóndelo y léelo en el jardín! – Abed le pasó un papel doblado y le pidió que lo guardara.

- Gracias Abed, vamos Albert, acompáñame – la rubia jaló a Albert de la mano.

- ¿Qué pasa Candy? ¿Por qué no quiere que lo leamos allá? – pregunta Albert mientras se siente alejado del telégrafo.

- Porque no está permitido, veamos... – le responde mientras se detiene y abre la hoja que le entregó Abed.

Padre

Candy firmó el contrato, todo está hecho.

Ausencia del patriarca del clan, aprovechar fortuna y mujer bella.

Noticia formidable, conocí al Sr. William Andley.

¿Crees que suceda algo?

Pierre Lemarque

- ¡Lo sabía! Sabía que eso es lo que él quería, pero no contaba con algo. Los Lemarque son orgullosos de su linaje y con eso los matarás sí se enteran de algunas cosas y no es la fortuna que heredarás más tarde. Necesitamos hacer algo y necesito un testigo, ¿crees que Abed pueda hacerlo? – pregunta Albert emocionado por su plan.

- ¿Un testigo? ¿Para qué? – cuestiona Candy al no entenderle.

- ¡Para casarte conmigo en este momento...! - le suelta el rubio a Candy, sin más.

- Pero... ¡a la tía Elroy le dará un infarto! – exclama la pecosa, asustándose demasiado.

- Prefiero eso...que otro se beneficie...lo siento – Albert se disculpó por ese detalle.

- No te preocupes, sé lo que debe ser para ti...vamos, mandaremos este mensaje a la mansión en Londres – Candy lo agarra de la mano y lo jala hacia el telégrafo de nueva cuenta, tienen que apresurarse.

George...

¡Hola George! ¿Cómo has estado?

Pienso que deberías sentarte, en África me encontré a Candy.

Le conté que la adopté.

Los Lemarque quieren la fortuna Andley.

Cambio de paternidad a Johnson.

Consigue permiso especial -Corona Escocesa-, fecha de hace tres meses en todo.

Envíame una respuesta en siete días. Nadie debe de saberlo.

Albert

- Por favor, Abed – Candy le entrega el papel para que telegrafié.

- Por supuesto, en un momento lo envío – cuando hubo terminado, se dio la vuelta y los felicitó. ¡Enhorabuena!

- Gracias Abed – sonrío la rubia.

- De nada – dijo el hombre que se despedía de ella con solo dos palabras.

- Ahora ¿a dónde vamos? – pregunta la rubia mirando a Albert.

- Planeaba comer aquí, pero creo que tendremos que agilizar algunas cosas. Tenemos que escoger una argolla de compromiso – le informó él.

- ¿Tan pronto? – se cuestionó ella, sorprendida.

- Algunas cosas deben ser para ayer Candy, tenemos que casarnos, pero de hecho yo seguiré cortejándote como habíamos quedado. Obviamente que debemos mantenerlo en secreto hasta que aquellos dos se descubran así solos, ¿me entiendes? – mientras caminan hacia la zona de joyerías de San Pedro, Albert le informa lo que harán.

- Sí – afirmó la joven rubia.

Candy y Albert quisieron caminar hasta encontrar una joyería muy escondida, en primera porque no se había dado a conocer todavía su identidad y en segunda porque no iban vestidos adecuadamente, tomó una tarjeta de su chaqueta y luego pensó en poner todo esto ante la mirada atónita de una empleada que se les acercó para sacarlos de ahí.

- Perdonen, creo que aquí ustedes no pueden comprar nada – refirió la empleada sacándolos de concentración.

- ¿Qué ha dicho? Creo que no sabe ¿con quién está usted hablando? – refiere Candy molesta.

- Por supuesto, ustedes deben ser vagabundos – explica la empleada.

- Le pido con toda la amabilidad que llame a Mohamed, por favor – solicitó el rubio muy tranquilo. Espere...tenga usted, llévele esta tarjeta – Albert se la da, la empleada le da esa tarjeta a Mohamed y este se acerca con prontitud.

- ¿Qué sucede? – pregunta Candy sin entenderlo.

- Perdonen, lo siento... Señor Andley, le puedo ofrecer un café – pregunta solicito.

- Solo quiero un anillo de compromiso y dos de boda. Compraremos esto y después algunos vestidos en otra tienda – explica a Mohamed e informa a Candy.

- Por supuesto, puedo recomendarles algo en especial – cuestiona Mohamed.

- No lo sé, ¿qué opinas Candy? Nos puede mostrar algo con brillantes y... – se detiene al ver que la rubia seguramente pediría algo diferente.

- ¿Esmeraldas? – pregunta la rubia.

- Por supuesto... – Mohamed se da la vuelta y saca del cobertizo unos enormes anillos con esmeraldas y brillantes. Bueno estos son los que tenemos, cualquiera puede ser – refirió el hombre a ambos rubios.

Mientras en el campamento sucedía algo raramente indescriptible.

- Alfred, ¿no crees que ya se tardaron Candy y Albert? – pregunta Pierre preocupado por la tardanza.

- Apenas tiene una par de horas que se fueron, quizás comieron allá, no hay nada de que preocuparse – resolvió decir Albert como si no fuese nada.

- ¿Crees que sea así? – pregunta nuevamente Pierre.

- Por supuesto Alfred, necesito que me digan si ven a algún león por allá y tu Pierre camina por ahí para ver si divisas a la manada – le ordenó el hombre al conde como si le estuviera pidiendo poner atención en cosas menos importantes.

- De acuerdo, me llevo agua y una escopeta – avisa Pierre.

- ¡Cretino, si piensas que tu padre y tú se saldrán con la suya, están muy equivocados! – murmuró Alfred viéndolo como se alejaba.

Inicio del flash back

- Terry, Terry, ¿dónde está Candy? – preguntó Stear al no verla¡

- ¡Cállense, vamos teniente llévenselos! – ordenó el cabo.

- ¿Encontraste a la rubia? – preguntó el teniente.

- No, no pude hallarla, pero creo que de ella no debemos preocuparnos – respondió al que le pegó Terry.

- Vamos tenemos que meterlos a la cárcel, mandaremos un telegrama a Alemania para recibir órdenes y preguntar si ellos han escapado de alguna prisión – informa a todos.

- Señor... – se acerca el cabo que vio a Candy en el barco de Lemarque.

- Sí cabo, ¿qué sucede? – el teniente se da la vuelta y cuestiona.

- No cree que nos han tomado el pelo, fui a buscar a la joven rubia y me topé con un duque escocés de nombre Lemarque, él nos contó que las ropas que traen los chicos, pertenecen a un colegio londinense – refiere el cabo.

- ¡Colegio has dicho, no lo creo! ¡Si estuviesen en el colegio porque andaban deambulando en una cantina, eso es ilógico! – exclama el teniente.

- Lo siento, pero él juraba que conocía el uniforme – termina de contar exactamente eso.

- ¡Dejemos de perder el tiempo, hay que llevárnoslos ya! – refiere él. ¡Andando, súbanlos! – ordena el teniente y se sube de inmediato a uno de los automóviles que llevan.

- ¡Candy...! – susurra Annie.

- ¡Silencio Annie, hablaremos en otro momento! – pide Terry, preocupado por las chicas.

El camino fue demasiado largo, sin poder evitarlo todos se fueron durmiendo en el transcurso del viaje, Terry despertó al sentir una patada en la espinilla, haciendo que hiciera una mueca de dolor, se levantó para que lo dirigieran a lo que iba a ser su celda.

- ¡Hey chico, levántate! – le ordenan a Terry.

- ¿Qué pasa? – cuestiona él sin entenderlo del todo.

- Hemos llegado, levanta a tus demás compañeros y que carguen a las chicas, nosotros no les haremos ese favor – explica el cabo, apresurandolos.

- Por supuesto, Archie, Stear, de pie, debemos ocuparnos de Annie y Patty – les informa a ambos hermanos y después el les ayuda con Annie y Patty.

- ¿Dónde estamos? – pregunta Patty.

- Parece que hemos llegado a la cárcel alemana, estuve dormitando en el camino, está bastante retirado de Londres – informa Terry muy a su pesar.

Continuará...