Advertencia: el siguiente capítulo contiene escenas de tipo sexual, si eres susceptible a este tipo de lectura abstente; si decides leerlo es bajo tu propia responsabilidad
Capítulo XVIII
Candy y Albert se entregaron a un beso sensual, que tiempo después se volvió ardiente y pasional, explorando sus bocas, cada recoveco, sus lenguas se deslizaban en una danza rítmica que los envolvía rápidamente en un calor de éxtasis. Albert añoraba tocar la piel de Candy, aquella que vio en el cuarto de baño, mientras Candy extendía sus pequeñas manos sobre la espalda de su rubio novio, demarcando con las yemas de sus dedos los músculos de él, lo que hizo que Albert fundiera su boca con la de Candy, atrayéndola hacia su cuerpo, deseaba y quería al menos sentir los picos de su amada, enfatizar que deseaba estar más unido a ella pero de una forma menos honorable.
A lo lejos, una sonrisa divertida afirmaba algo que venía días meditando, Candy amaba a Albert más de lo que se veía y más de lo que ella aceptaba, esos años de orfandad le habían dado a Candy los mejores principios sobre lo que una señorita de esa época debía de hablar o no, era liberal para todas las cosas, menos para hablar de sus sentimientos y ahora, que había encontrado su alma gemela, eso quizás ya no era así, sentía que tarde o temprano aceptaría lo que tanto le negaba a su corazón, aceptar el amor que sentía por su ahora prometido. Su mirada abstraída tuvo que desviarse debido a que notó con el rabillo del ojo que la figura de Pierre entraba en ese momento.
¿Dónde está Candy, Alfred? - cuestiona Pierre al no encontrarla, hacia días que no se encontraba de humor, estaba más inquieto que de costumbre y eso le preocupaba. la cercanía de Candy y Albert le resultaba inusual y debía averiguar ¿por qué?
¡Pierre, buen día! Albert y Candy fueron a dar un paseo - Alfred tuvo que voltearse hacia su persona para que Pierre no se diera cuenta de que aquellos dos estaban algo más que hablando y paseando en los alrededores del campamento. ¿Se te ofrece algo? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? - preguntó Alfred sonando preocupado por Pierre, al ver que intentaba dirigir la vista hacia donde él observaba.
No, sólo preguntaba, ¿hay algo que deba saber? - cuestionó Pierre al notar la preocupación de Alfred porque se oponía a que observara del otro lado de él.
Algo ¿cómo qué Pierre? - preguntó él conservando la calma.
No sé, hay algo que me ha estado molestando desde hace unas semanas - refirió Pierre.
Con respecto ¿a quién Pierre? O ¿a qué cosa? - inquirió el anciano.
Esto de la amistad de Candy con Albert, ¿seguro que sólo son amigos? ¡A veces creo ver más que una simple amistad! Y ¡eso me enfurece! - explicó Pierre, tornándose rojo por ello.
Pues ves muy mal, Pierre. Se supone que esto del contrato que firmó Candy es una mentira ¿no? Entonces platícame, ¿por qué es que estás tan enfadado? - cuestionó sonriendo y se sentó delante de él, observándolo y creyendo aún más que ahora que Pierre se estaba aprovechando de eso o sencillamente había caído en las garras de la calidez de Candy como sucedió con todos los demás.
Si claro, ese contrato es sólo para ayudarla, no sé ¿por qué me lo preguntas? - Pierre quiso parecer inocente por la acusación de Alfred.
No sé, ¿qué es lo que tratas de insinuar Pierre? Debes saber que Albert es todo un Sir, no creo que debas dudar de la integridad de la señorita Andley, eso es... - Alfred se vio interrumpido cuando intentó levantarse enfadado.
Calma Alfred, no he querido decir que el señor Andley pueda ser incorrecto con Candy, sólo que no te parece... extraño que de buenas a primeras la tristeza de Candy se haya ido y que haya vuelto a sonreír cuando ninguno de nosotros lo pudo hacer, dime si eso no es ¿extraño? - cuestionó Pierre, enfatizando su molestia.
Para nada Pierre, anda vamos, tenemos que esterilizar el instrumental, ¡ayúdame! Hay que hacer algo de provecho y dejar de ver cosas ¡que no hay! - decidió llevárselo de allí, perdonando la perspicacia de su joven compañero de trabajo.
Alfred pensaba que la situación de Pierre en cuanto a Candy y Albert se estaba complicando más cada día, esperaba que de alguna forma todo se equilibrara para no tener que actuar rápidamente por algo menos que un presentimiento, presentía que Pierre estaba más enamorado de Candy de lo que él admitía y eso le preocupaba.
¿Qué es lo que ves, Stephan? - quiso saber Alec, ya que su amigo llevaba varios minutos ahí, en la ventana.
A aquellos dos, al parecer ellos no son sólo amigos - respondió con un dejo de celos, haciendo que Alec se acercará a la ventana y viera lo que su amigo observaba ya por un largo tiempo.
¡Ah, eso! Pensé que no te habías dado cuenta y será mejor que tú mi amigo no pongas tus ojos en lady Andley... - Alec le dio unas palmadas en el hombro y se alejó de ahí.
¿Quién dice eso? - respingó Stephan, se había descubierto sólo.
¡Sólo basta con mirarte! ¡Pareces un jovenzuelo! - lo regañó, no podía estar enamorándose de ella, de todas, de cualquiera, menos de ella.
¡No soy un niño ni un adolescente para que me retes porque admiro a una mujer! - se defendió Stephan, no quería sentir eso, pero ya nada podía hacerlo.
¿Sólo es admiración, Stephan? ¿Quisieras estar en el lugar de Sir Andley? - levantó la voz, enfadándose cada vez más.
¡Basta, olvida lo que he dicho! - Stephan comenzó a retirarse de ese lugar.
¡Pues eso deberías repetírtelo tú! ¡No esperes que secunde ésta locura! Si Alfred se entera de esto, estarás en graves problemas porque te aseguro que sir Andley logrará convencerte de que lady Andley seguirá en su familia! - le informó él alzando un poco la voz.
¡Esto es inapropiado...! - refutó él, se sentía como si lo retarán por sentir algo equivocado.
¿Qué es inapropiado, Stephan? - cuestionó Alfred al oírlos discutir.
¡Nada, excúsenme! - decidió huir que enfrentar otro regaño de Angus Carnegie, otro Sir que le diría que tuviese cuidado con el honorable Sir Andley.
¿Alfred, puedo hablar contigo? - Alec sintió que debía hacerlo, tenía que hablar con él a pesar de que ya lo había hecho con Stephan, sin importar que Pierre no entendiera lo que sucedía.
Por supuesto Alec, vamos a mi oficina - le indicó con la mirada y siguiéndolo caminaron hasta allá.
Gracias, ¡buen día, Pierre! - saludo Alec cuando pasó entre los dos.
¡Buen día, Alec! - lo saludó efusivo.
Hacía rato que Candy y Albert dejaron de besarse para treparse al árbol que estaba cerca del campamento, aquel que le ayudaba a no sentirse tan mal por sus amigos cuando ella se encontraba en África y sus amigos encarcelados por alemanes.
¿Sucede algo que debiera saber, Alec? - preguntó Alfred sentándose detrás de su escritorio, sin dejar de observarlo.
¡Tenemos un problema! - soltó Alec, imitándolo, pero al frente de él.
¿Otro? - intentó hacer una broma.
Sí bueno, quizás no sea un problema...Stephan está enamorado de lady Andley... - respondió Alec, recargándose el respaldo de su silla.
¡Válgame! ¡Otro más! - exclamó él.
¿Cómo que otro más? - quiso saber Alec, sin entender lo que decía ella.
¡Uy, lady Andley lleva una infinidad de corazones rotos! Ya ve, ¿quién nos iba a decir que Sir Andley estaba enamorado de ella? Así como Stephan y Lord Straight, Sir Antohny Brower, Archie Cornwell, Niel Leagan..bueno la lista es larga - refiere Alfred.
¡Carnegie también, por Dios Alfred! - exclamó él y levantándose de su silla se llevó las manos al rostro sin poder creer lo que escuchaba.
Él se ha encargado de investigar todo lo referente a lady Andley por eso sabemos mucho más de lo que quisiéramos, mi hijo es poco predecible aunque sé de buena fuente que Abhainn ha estado viviendo todo esté tiempo en Londres por ella, justo enfrente del colegio - Alfred le contó a Alec.
¿Qué quieres decir? - cuestionó Alec.
De esto, no puedo decirte nada Alec y menos aquí, Pierre está muy cerca y puede oír todo - se levantó y abrió un poco la puerta, tratando de averiguar si Pierre no andaba escuchando allí, para cerrarla después.
¿De verdad? ¡Tenemos noticias! - exclamó él.
No, aún no, pero mañana nos escabulliremos a San Pedro, espero que pueda usted ayudarnos - Alfred decidió cambiar de tema, ya que él no se metería en los asuntos de su hijo.
Por supuesto, le enviaré una nota con Anir en la oficina de telégrafos y Pierre no se dará cuenta de nada - explicó Alfred dando de vueltas por toda la oficina.
¡Eso esperamos! - enfatizó Alec, entusiasmado.
Mientras ellos platicaban de otros asuntos menos importantes, Pierre se encaminó hacia su habitación para seguir meditando, quedándose dormido profundamente. Candy y Albert bajaron del árbol y comenzaron a caminar hacia los establos.
¡Nunca me vuelvas hacer eso! - reclamó Albert a Candy.
¿Qué cosa? - preguntó ella, fingiendo inocencia.
Decirme que no te casarás conmigo y dándome a entender que lo harás con Pierre, ¡ese imbécil! - exclamó Albert.
¡Albert, estás celoso! - Candy comenzó a burlarse de él. Lo siento, es que no dejabas de hablar, tenías que dejar de hablar - Candy no pudo soportarlo, tenía que reírse de lo que Albert le estaba contando.
¡No dejaba de hablar...! ¡Me has hecho muy feliz, sabes! - informó el rubio después de arremedarla y sonreír por las muecas que le hacía Candy.
Lo veo... - emitió Candy
Aunque para la próxima por favor, ¡date cuenta de las cosas por ti misma! - Albert no pudo evitarlo, tenía que reprenderla.
¡Eres un celoso! - exclamó Candy haciendo un puchero.
No soy celoso...bueno aunque creo que eso lo comprobaré más tarde, cuando tenga que protegerte de Lemarque y de Pierre y de cualquiera que quiera robarte de mi lado - informó Albert sonriendo.
¡Albert, mejor camina y deja de decir esas cosas! - reclamó Candy jalando a su novio.
¡Es cierto! - afirmó él.
¡Vamos Sir Andley! - volvió a jalarlo.
Para ti, soy Albert - le informó.
Siempre has sido Albert, señor Andley - le recalcó.
Candy - la llamó en tono de amenaza.
¡No soy Candy! - rebatió ella.
Sí, tú eres mi prometida, Candice White Andley, sólo Andley y sólo ¡mía! - amenazó Albert con entusiasmo.
¡Posesivo! - Candy sonrió ante esa declaración.
Un poquito... - sonrió Albert para después tomarla de la cintura y besarla.
Después de un largo paseo, los rubios regresaron a la cabaña y se prepararon para irse a dormir, aunque debido al entusiasmo por su descubrimiento Candy no podía dormir por lo que ya en pijama, se colocó la bata y salió de su habitación, se dirigió a la cocina para tomar un vaso de agua y ahí fue sorprendida cuando alguien le tomaba la cintura por detrás y aspiraba el aroma de sus cabellos ensortijados.
¿No puedes dormir? - cuestionó Albert.
No, por lo que veo tú tampoco - respondió Candy tomando un poco de agua y recargando su cabeza sobre el pecho de su prometido.
No, tampoco he podido, pensaba en ti - confesó el rubio volteando el cuerpo de Candy para que lo mirara.
¡Cuéntame! - insistió Candy colocando sus manos sobre el pecho de él.
No creo Candy, no es nada apropiado para una señorita como tú - él intentó no pensar en esa noche en el cuarto de baño por lo que decidió distraerla con lo que todas las madres de su época les decían a sus hijas.
Es acerca de... ¿lo que pasa entre un matrimonio? - preguntó Candy temerosa y lo más rápido que pudo, para que el rubio no notara su nerviosismo.
Algo de ese estilo, sí... - afirmó Albert sonriendo internamente por lo escueto de la pregunta de la rubia.
¡Ah, sólo que sea por eso...! Cuando cabalgaba con Anthony... - se interrumpió al observar el rostro de Albert, al parecer no quería saber nada acerca de su sobrino y ella.
Prosigue - la instó, ante todo sabía que el enamoramiento de Candy y Anthony no era más que el de unos niños.
Sentía maripositas en el estómago y cuando tú me abrazaste hace unos minutos sentí cosas diferentes - refirió la rubia recargando el rostro sobre su pecho al mismo tiempo que se sonrojaba.
Como ¿cuáles? - Albert le preguntó.
Sentí una sed incontrolable y una especie de agua corría dentro de mí - trató de explicar la rubia.
Eso es natural entre dos personas que se aman Candy, así como tú y yo, se llama excitación sexual, es una especie de deseo que se acrecenta con los besos y las caricias, ¿me entiendes? - Albert trata de explicar con nerviosismo, al tiempo que Candy alza la cabeza y coloca su barbilla en el medio del pecho de su prometido.
Sí, pero ¿deberíamos estar hablando de esto? Quiero decir ¡tú y yo! - refiere Candy volviendo a colocar el rostro como lo tenía antes.
En realidad no, mi tía abuela debería estar contándote esto, pero creo que eso puede tardar un poco, si la esperas - refirió Albert sin poder evitar que sonriera.
Entonces ¿no es... pecado? - preguntó Candy de nueva cuenta.
No mi niña, sólo tienes curiosidad, puedes preguntarme lo que quieras, cuando quieras, cuando lo sientas, cualquier duda que tengas, al fin y al cabo serás mi esposa algún día y te contaré las cosas con la verdad, además también en el día de nuestra noche de bodas tendré que contemplar que aún eres casta y que nunca has tenido intimidad con ningún hombre - refiere Albert haciendo que Candy se asombre un poco.
Me creerás una tonta Albert, pero... nunca he platicado con nadie sobre la intimidad que existe en el matrimonio ni en la mía propia, sólo la de tú sabes, ese momento en el que dejamos de ser niñas y eso porque la hermana María nos intentaba dar clases de sexualidad humana y era muy limitada - respondió Candy soltando una risita.
Candy, vamos a mi habitación o a la tuya, no podemos estar hablando aquí de esto, si nos sorprenden, podría meterte en un problema con Alfred - explicó el rubio.
Sí, vamos a la mía - Candy caminó y después de que Albert entró a su habitación, ella se sentó en la cama y él en la silla, sosteniéndole las manos y comenzó Candy con las preguntas.
¡Pregúntame Candy! - la instó a que preguntara cualquier cosa.
¡No se me ocurre nada! - respondió ella nerviosa.
Quieres saber ¿qué sucede en la noche de bodas? - cuestionó él, ayudándola un poco.
Sí... no... quiero saber si has tenido varias mujeres - soltó de repente despreocupada y poniendo en aprietos a Albert.
Eso es incómodo, no quiero darte en qué pensar Candy, sólo quiero que pienses en algo, tenemos muchos años de diferencia y no me he dedicado sólo a trabajar, estudiar y viajar ¿entiendes? - cuestionó Albert al mismo tiempo que le explicaba.
Entonces eso es un ¿sí? ¿Has tenido muchas mujeres? - preguntó sorprendida.
Algunas, pero te aseguro que nada de qué preocuparse, quiero que entiendas que ninguna mujer con la que he estado ha sido como tú y tampoco ha sido virgen, me he cuidado bastante bien y han sido sanas. Contigo en cambio, seré muy amable y tendré que contener mis impulsos esa noche para no lastimarte, te amo tanto que me arriesgaré a volverme loco por no hacerlo con una persona más adecuada - trató de explicar esa situación.
No soy ¿adecuada? - Candy lo tomó como un insulto.
Me refiero a que te llevo unos buenos años, tú aún eres una niña, una damita muy joven y podrías asustarte, nunca has visto a un hombre desnudo, ¿verdad Candy? - preguntó asustado.
No, pero podría verlo, podría verte a ti, al final no tendré con quién compararte - razonó ella haciendo que Albert se molestara.
¿Compararme dices? ¿Quieres compararme con alguien? ¿Deseas conocer a alguien más? - preguntó Albert molesto, levantándose de la silla y soltando abruptamente las manos de su amada; no podía creer que esa pequeña niña pecosa le estuviera diciendo que deseaba conocer a alguien más.
No quise decir eso, pero si no puedo compararte con alguien y no conoceré a alguien más, entonces ¿por qué tanto pudor con tu desnudez? - quiso saber.
¡Pudor dices! No es por pudor que me niego a enseñarte como es un hombre en la intimidad, Candy - refiere Albert sin poder creerlo.
Pues entonces no sé ¿por qué te niegas? - se preguntó más a ella misma que al rubio.
¡Por Dios, Candy, aún no te das cuenta lo que tu sola mirada produce en mí, hace que mi temperatura suba y me haces recordar una situación que quisiera que se hiciera realidad, ante todo soy un caballero y te respeto, pero no puedes decirme que tengo pudor ante mi propia desnudez y que mi cuerpo no desee más... de ti - refirió Albert esperando que esa desfachatez de su novia apareciera por curiosidad y nada más por eso.
Pues no, no lo entiendo, abrázame por favor, bésame y demuéstrame ¿cómo es un hombre en realidad? - lo pidió tan cálidamente que Albert se excitó de sobremanera, eso era lo que tanto temía.
No puedo, Candy no me lo pidas por favor, no podré detenerme si lo hago - susurró esto último viendo como la rubia desbarataba las dos coletas en las que siempre ataba su cabello haciendo que Albert tragará saliva, su imagen era virginal.
Quizás esto del casamiento no sea tan buena idea como sugieres... - se atrevió a decir eso y se bajó de la cama, ella misma no sabía si era porque él se negaba y se había enojado o porque estaba frustrada.
¡No estás hablando en serio! ¿Verdad, Candy? ¡Quieres irte con Pierre entonces, te venderás ante él por tus amigos, por Terry! - se quejó el rubio sin entenderla realmente.
¿Qué tiene él que ver en esto? - preguntó Candy sin acabar de entenderlo.
¡Terry te ama y lo sabes! - ahora el que levantaba la voz era él.
¿En serio? ¡No lo sabía! - contestó ella rápidamente e ignorando todo lo que su guapo novio sacaba por su boca.
¡Finge que no lo sabías! ¿Lo haces a propósito? - cuestionó él.
¿Qué cosa sé y qué cosa estoy haciendo a propósito? - preguntó nuevamente Candy, no entendía lo que le estaba diciendo.
¡Estás tratando de ponerme celoso para que te tome aquí mismo! - le reclamó a ella.
Dime y ¿funcionó? - preguntó Candy sonriendo alegremente ante esa acusación.
¡Ven y lo comprobaremos! - terminó por decir Albert cuando la tomó por la cintura y comenzó a besarla lentamente.
Candy se asustó por el atrevimiento de su novio, pero mientras él la besaba, ella lo abrazaba fuertemente como queriendo fundirse con su cuerpo. Albert profundizó más su beso haciendo que ella alterara su respiración, gimiendo de sobremanera hasta que Albert dejó su boca y le advirtió.
Candy, si quieres que esto suceda aquí y ahora, será mejor que guardes silencio porque si nos escuchan tendremos problemas - amenazó sonriendo.
Sí, lo siento - se disculpó Candy y volvió a atacar la boca de él.
Albert respondió a ese beso y el que ambos tuvieran las pijamas facilitó demasiado las cosas, no tendría que preocuparse por el vestido, la enaguas, el corsé y demás prendas femeninas; aunque realmente eso lo volvía loco, esa espera y desesperación hubiera hecho el momento fascinante para ambos. Albert comenzó a acariciar el rostro de su pecosa rubia, los ojos cerrados de Candy, las cejas, las pestañas, las mejillas, cada lado del cuello y al llegar a la bata el gruñó porque no se acordaba que no la había desnudado antes, por un momento lo pensó pero ello hubiese asustado a su joven e inexperta novia. Ante el desconcierto del que era presa el rubio, Candy deshizo el nudo y él lo tomó como una invitación a despojarla de ella, pero se detuvo una vez más.
Espera Candy, aún puedes detenerme - le pidió ya que cada momento era más difícil lograrlo.
Te amo Albert, ¿tú quieres detenerte? - preguntó Candy dudosa, la verdad es que la pasión con la que la besaba no podía dejar que pensara coherentemente.
Como respuesta, Albert volvió a besarla en la boca y después en el cuello y al despojarla del camisón en la parte de arriba, una mano la dirigió a las piernas de ella y otra a la cintura, haciendo que Candy alzara la pelvis y sintiera la erección del rubio, sorprendiéndose por la dureza y por la decisión de él. Entonces Albert fue implacable, con delicadeza pasó su lengua por el cuello y llegó hasta los senos de su amada, blancos y sedientos ante su toque; rodeó uno con la punta de la lengua hasta culminar en el pezón, haciendo que éste se irguiera ante sus ojos, lo cual le sacó una sonrisa para luego meterse todo el seno en la boca, succionarlo un poco y al último chuparlo hasta que el pequeño botón quedó en sus dientes, mordiéndolo suavemente y jugando con él, Candy por su parte se sentía hervir con el rostro profusamente sonrojado y jadeando quedamente.
Albert quería sentirla toda, su mano se encontraba en la pierna de ella, subía cada vez que Candy emitía un gemido ahogado hasta que llegó a la prenda femenina que contenía la flor que deseaba con tanto anhelo, él decidió pasar de largo y la tomó con ambas manos de la cintura, atrayéndola más hacia él, ahora era turno del otro seno, sus manos los tocaron a ambos mientras repetía la misma secuencia con el segundo, haciendo que Candy, por instinto, abriera las piernas para recibir el cuerpo sudoroso, caliente y jadeante de Albert, arqueando la columna para sentirlo en toda su plenitud.
Con el tiempo, en el cual la saboreó, la besó, sintiendo como las manos de Albert bajaban el camisón de Candy lentamente, tocando toda la piel desnuda que dejaba a su paso, en un tiempo en el que ella se encontraba entre las nubes, Albert lo ocupó en quitarse la camisa y el pantalón de la pijama par quedarse completamente desnudo.
Candy, mírame, así es como un hombre se ve desnudo - pidió el rubio hombre, observando cómo era escudriñado por su joven amante.
Candy estaba asombrada, visualizó cada centímetro de piel con pleno detenimiento, observó también que una traviesa gota resbalaba por el pecho y se detenía en la vellosidad del vientre, Candy tragó saliva entre la sorpresa y el anhelo, Albert en verdad era lo más bello que había visto hasta ese momento.
¡Albert eres perfecto y musculoso y grande...! - nombró Candy, refiriendose a las anchas espaldas y no a lo que Albert interpretó.
¡Tú eres bellísima mi amor! Candy, aún podemos detenernos... - refirió Albert, manteniendo la calma y pidiendo al cielo que ella no se lo pidiera.
No, hazlo, me lo prometiste, quítame la posibilidad de que conozca a alguien más - la valentía había caracterizado a la rubia por mucho tiempo, ella lo deseaba descontroladamente, sin saber ¿por qué?
¡No debiste pedirme eso, Candy! - sonrió maquiavélicamente el rubio y la besó duramente, vengándose por esa insinuación.
Candy se encontraba absolutamente excitada, sus ojos alegres y vivaces eran ahora dos pozos oscuros, llenos de pasión desbordada, Candy abrazó a Albert cuando sintió el poder avasallador de sus labios sobre los de ella, tocando cada centímetro de su boca, deslizando la lengua para encontrar la de ella haciendo que él gimiera y que su rostro se coloreara de rubor, Albert volvió a tomarla de las caderas, atrayéndola hacia su falo erecto, quería prepararla para lo que estaba por venir, le dio varias embestidas sobre su prenda íntima, la única que aún poseía.
Candy en un momento de completo éxtasis, tomó entre sus manos la virilidad de su amado, quería sentirlo, era caliente y duro, de la punta le salía un líquido resbaloso que ella esparció a lo largo de toda su longitud, haciendo que Albert jadeara fuertemente, a su vez Candy se imaginaba qué se sentiría tenerlo para ella sola, apenas tenía quince años y por lo menos tendría algo de experiencia con él, con el hombre que amaba desde que tenía seis años. Albert no pudo soportarlo, volvió a besarla con urgencia, acariciaba sus senos, los atormentaba y Candy gemía audiblemente, tanto que tuvo que acallarla con más besos mientras sus manos se deslizaban por los flancos de su cuerpo, quitándole suavemente esa última prenda que le impedía hacerla suya.
Candy ni cuenta se dio de lo que él hacía, sólo quería sentir ese calor que él le prodigaba.
¡Candy! - la llamó cuando volvió a colocarse entre sus piernas y le besaba la ingle.
Sí - respondió Candy en algo parecido a un susurro.
¿Quieres que me detenga? - preguntó por última vez.
Sí - contestó ella.
¿Cómo dices? - cuestionó él alterado, quería penetrarla más que detenerse y eso le sacó de balance.
Sí, quiero que te detengas, pero no de hacer esto, sino de preguntármelo, termina lo que estás haciendo y deja de interrumpirlo! - le reprendió como a un niño, haciendo que el rubio suspirara por ello.
¡Candy eres una tramposa y por eso mereces un castigo! - amenazó él sin tomar en cuenta las quejas de la rubia.
¿Me vas a retar? ¿Ahora? ¿Cómo es posible? - comenzó a protestar ella.
Hare lo que tú quieres que haga, sabrás que nunca debes retarme a hacer algo que deseo desde que te vi desnuda - le informó con detenimiento. Espera, tengo que comprobar si estás lista - exclamó él presionando la punto de su virilidad sobre la flor de Candy.
Albert no esperó asentimiento de cabeza de Candy, separó un poco sus piernas y metió dos dedos dentro de ella, se percató de que estaba sumamente húmeda, lista para él y los retiró rápidamente.
Sí, ya lo estás, haré esto lo más delicado posible, me entiendes Candy - le pidió a ella.
Sí - respondió.
Albert abrió nuevamente las piernas de ella, él sabía qué debía hacer y cuándo hacerlo para que Candy no sintiera más dolor del necesario. Candy estaba más que preparada y sintió una enorme sensación de poseerla, pero no quería aterrorizarla siendo su primera vez, así que acomodándose entre las piernas de la rubia, tomó la cabeza de su falo y con la humedad que de ella continuaba saliendo, lo deslizó a lo largo de los labios de Candy para humedecerlo y ayudarlo a que el impacto doloroso debido a la fricción disminuyera. Cuando él proseguía, Candy sintió morirse, ardía en esos momentos y a su vez, lo sentía tan erótico, entonces Albert la besó ardientemente y cuando comenzó a relajar las piernas por el efecto de los besos de su prometido, Albert introdujo la punta, Candy gimió un poco, luego Albert la siguió besando para bajar a encontrarse con los pezones erguidos y comenzó a morderlos, esa sensación hizo que mojara más y metió otro poco su erección topando con la tela que la acobijaba.
¡Candy! - la llamó debido a la excitación que le producía al introducirse en ella, tan pequeña y tan estrecha.
Sí - respondió apenas.
¡Esto es para que recuerdes nunca ponerme celoso! - le advirtió rápidamente antes de deslizar otro poco su virilidad dentro de ella.
¡Me encanta ponerte celoso! - admitió ella.
¿Así que te encanta ponerme celoso? Pues a mí me encanta poseerte y además ser el primero y el... - Albert utilizó el coraje de que ella desfachatadamente haya aceptado que lo hacía a propósito.
Albert aprovechó esa frase para atravesar el último impedimento, haciendo que ella gimiera por el dolor, quedándose quieto y besando a Candy mientras completaba la frase.
¡Único! Hoy señorita Candice White Andley, has sido mía y de nadie más - reafirmó el rubio con una sonrisa socarrona.
¡Albertttt! - gritó Candy y el rubio tuvo que besarla, si no despertaría a medio mundo en la cabaña.
Candy gritó por el dolor de la intromisión, Albert se había detenido para que ella se acostumbrara a él, al tamaño y sobre todo a la sensación que tenerlo dentro producía. Cuando estuvo más relajada, alzó las caderas invitándolo a moverse, Albert debía conservar el ritmo, ni muy lento porque ahora no era momento de hacerla sufrir ni muy acelerado porque tampoco quería eyacular tan rápido. Por lo que ambos comenzaron la danza del amor, algunas veces Candy fingía estudiar, pero las clases de anatomía eran tan estrictas que sólo le hablaban de lo más elemental. Ahora sabía lo que el amor hacia en las parejas, las volvía tan locas como para ansiar el matrimonio y sin saberlo ella aún no se había casado, pero esto que ella hacía no era por pudor ni por curiosidad, ella quería muy dentro de sí, sentir lo que era amar al rubio que la estaba poseyendo en ese momento. Sintió un éxtasis incontrolable, Albert se encontraba extasiado también, entre el leve vaivén de sus embestidas y la pronta aceleración de las mismas que ni cuenta se dio cuando las manos de su joven amante exploraban todos sus músculos, sintiendo como sus glúteos y los músculos dentro de ellas se expandían cada vez que la embestían, era un dulce candor para él y una sensación de apego se generó en ambos.
Candy mírame, ¿qué sientes? - preguntó él preocupado por la expresión de su rostro.
¡Voy a explotar! - respondió ella totalmente excitada.
Llegaremos juntos Candy, te lo prometo, pero tendrás que gritar en mi boca - advirtió el rubio.
¿Qué cosa? - preguntó ella apenas entendiéndolo.
¡Espera y lo verás! - puntualizó Albert.
Albert siento como si un volcán ¡explotara! - le informó ella.
¡Ya viene mi amor! ¡Te amo, princesa! - le dijo amorosamente.
¡Yo también te amo, estoy sintiendo mucho calor! - murmuró la rubia. ¡Ahhhh! - gimió.
Candy estaba por culminar su entrega, Albert apresuró las embestidas las cuales se hacían más fuertes y profundas y luego comenzó a besarla, ella estaba en el clímax y eso sucedió cuando Albert dio sus últimas embestidas, fuertes y lentas, haciendo que Candy gritara en su boca, llegando al cielo con su amado y cayendo sobre el pecho de ella para recobrar el sentido.
Albert tardó varios minutos en recobrar el aliento, Candy estaba absorta, sintiendo una especie de ardor entre las piernas, sintiendo como la erección de Albert estaba desvaneciéndose, Albert no salió de ella tan rápido como hacía con otras mujeres, él quería quedarse en donde estaba, cuando hubo recobrado el aliento, colocó su brazo en la cama y la miró.
¿Qué sucede Candy? - pregunta el rubio preocupado.
Albert, me arde - respondió ella.
Es normal Candy, no te asustes - le informó y cobijándola en sus brazos, la besó pasando los dedos y la palma de su mano sobre sus caderas, atrayéndola hacia él, dejando que su falo saliera de ella y descansara entre los dos, soltando un poco de líquido. Albert veía a Candy absorta.
Candy, ¿te gustó? - volvió a preguntar.
Sí, fue como si el volcán que te dije consiguiera que la lava saliera. No sé, me siento feliz, pero por alguna razón no entiendo varias cosas - respondió y explicó ella.
Como ¿cuáles? - preguntó él.
¿Dejará de dolerme en la segunda vez que me lo hagas? - preguntó ella.
Que lo hagamos Candy, posiblemente esa vez dolerá, pero menos cada vez - le informó dándole pequeños besos en los labios.
¿Seguiremos haciéndolo? - cuestionó ella sonriente.
Si tú quieres Candy, no pretendo obligarte a que lo hagas nuevamente si no estás lista - responde Albert calmadamente para luego abrazarla y soltando un suspiro.
¡Lo siento Albert! ¡No quería obligarte a esto! ¡No te sientas culpable! ¡Fui yo, la que te obligó! - pidió Candy a su novio, soltando una lágrima.
Hey, hey, espera, no me obligaste, yo lo deseaba desde que te vi desnuda en el cuarto de baño, cuando te encontré aquí en África - respondió él sorbiendo y besando las dos lágrimas que en ese momento bajaban por su rostro. Candy no llores, me has hecho el hombre más feliz del mundo - la felicitó por haberle regalado el tesoro más preciado, su pureza.
¿Cómo se llama esto, Albert? - preguntó ella tratando de aguantarse el sentimiento.
Comúnmente se le llama hacer el amor Candy, ¿te gustó que te hiciera el amor? - preguntó Albert tocando su rostro con el dorso de sus dedos y acariciando las mejillas.
Sí, Albert, me encantó que me hicieras el amor y que fueras el primero, el único y el último - afirmó ella esperando compensarle el haberlo forzado a eso.
¡Ay Candy! No sé ¿qué haré contigo? - le dijjo Albert sonriendo y abrazándola de la cintura para pegarla más hacia él.
¿Por qué lo dices, Albert? - preguntó confundida.
Si los demás supieran lo que he hecho, me obligarían a que me casara contigo y se vería muy mal para ti - le aseguró Albert a su amada.
¿En serio? ¿Por qué? - cuestionó la rubia.
Candy quiero preguntarte, pero me tienes que decir la verdad, ahora tú y yo somos esposos aunque aún no nos hayamos casado, que nadie te menosprecie por haberte entregado a mí y esto debes guardarlo como tu más infinito tesoro, a nadie debes de hablarle de esto, me entiendes... - preguntó y explicó el rubio.
Sí, ¿es malo? - afirmó Candy y preguntó de nueva cuenta.
No exactamente Candy, pero la sociedad no debe enterarse de nuestra intimidad, entiendes. Por otro lado, ¿cuándo te toca tu próximo... periodo? - solicitó esa información.
¡Mmmhhh! En cuatro días, ¿por qué? - respondió dándole un largo beso para ocultar su pena.
Bueno, veamos, es importante que me digas si tu periodo viene o no la próxima vez, hay un método que se está utilizando recién que es contar los días entre periodos, cada ¿cuánto lo tienes? - cuestionó de nueva cuenta.
Pues en realidad es variable, la hermana María nos platicó que era porque somos jóvenes, pero una vez casadas todo cambiaba, la verdad no entendí mucho eso - aseguró ella.
De acuerdo, por lo pronto me dirás si viene en cuatro días, de lo demás deja y lo consulto por telegrama con mi médico de confianza, otra cosa, si quieres hacerlo otra vez tú lo decides, ¿de acuerdo? - el rubio solicitó permiso una vez que informó a Candy.
¿Quieres hacerlo tú? - cuestionó impresionada al haber sentido una de las manos de su amado en el derrier de ella.
¡Por supuesto que quiero hacerlo! Pero estás adolorida - obvió las cosas.
¿A ti también te dolió, la primera vez? - Candy quiso saber.
Sí, pero no es tan molesto como para ustedes - respondió sonriendo ante las ocurrencias de Candy.
¡Tengo tantas dudas Albert! - suspiró.
Dime y te ayudo con esas dudas - respondió él muy sonriente.
¿Estuvo bien que hiciéramos el amor siendo tan joven? - se preguntó más a ella que a él.
Depende del punto de vista con que lo veas - refirió Albert.
¡Explícame! - le urgió ella.
Candy, tú y yo somos solteros y sin compromisos, nos amamos y de cualquier manera nos casaremos tarde o temprano; la sociedad en la que vivimos nos criticaría porque apenas eres una adolescente y yo un hombre bastante mayor para ti, muchos pensarían que he abusado de tu inocencia, ¿me comprendes? - le sonrió haciéndola sentir segura.
Y... ¿qué piensas tú? - ella quería saberlo en realidad.
Que me has hecho el hombre más feliz del mundo entregándome éste enorme regalo, es un honor para mí ser tuyo, Candy - respondió él sinceramente.
¿Eres mío? - preguntó sorprendida.
Por supuesto, asó como tú eres mía en un sentido figurado, yo soy tuyo en todos los sentidos - le aseguró el hombre.
Puedo ver que algo te preocupa... - puntualizó ella.
En realidad muchas cosas, pero sí, en estos momentos es que estoy pensando en algo, con tu primera vez nos arriesgamos a algo, podríamos tener un hijo en nueve meses - aseguró Albert feliz.
¿Un...hijo? - Candy estaba en shock.
Sí, un hijo, uno tuyo y mío Candy, ¿te imaginas? - Albert definitivamente está maravillado con la posibilidad, ya que al preguntarle ella solo atina a decir.
¡Soy tan joven! - expresa Candy.
¡Lo sé, eso te impresionó! ¡No debí soltártelo así! ¡Soy un tonto! - él se recriminó.
No Albert, no eres un tonto, pero todo esto es tan nuevo para mí que me da miedo, apenas tengo quince y bueno ser madre se me hace imposible - explicó Candy para que él no lo tomara mal.
Hay un método en el que es casi imposible que te embaraces, pero no sería tan satisfactorio para ambos - explicó él, besándole el hombro.
Albert, puedes dejar de hablar de eso y besarme - le pidió sin tapujos.
Por supuesto, tendremos mucho tiempo para hablar de esto en otro momento, por ahora quiero consentirte y después cuando te hayas dormido regresaré a mi cuarto - le informó dándole pequeños besos en la boca.
¿Me abandonarás? - preguntó ella con desaliento.
Sólo por unas horas, después volveremos a ser los amigos de siempre - explicó Albert convenciéndola de que no la abandonará en lo futuro.
¿Me visitarás por las noches? - preguntó ansionsa.
¡Si tú quieres, sí! - respondió.
Albert - la llamó.
Dime - contestó él.
¡Quiero que me hagas el amor, otra vez! - le pidió con un guiño.
¿Estás segura? - pidió permiso.
Sí, por favor - le suplicó la rubia, quería ser amada nuevamente.
No tienes que pedirlo así, mi amor, sólo sé que aprenderás a pedírmelo sin palabras y cuando llegue ese día, recordarás ésta noche como una buena anécdota - Albert le besó las manos mientras le explicaba.
¡Bésame! - le pidió.
Albert hizo lo que le pidió la rubia, minutos más tarde se encontraban nuevamente en el vaivén de esa danza llamada amor, embistiéndola suavemente, enseñándole que el placer llegaría tarde o temprano y que esas entregas debería disfrutarlas, dentro de ella, amándola, tomándola, saboreándola como solo él podría hacerlo cada vez que estuvieran juntos; disminuyendo el dolor y aumentando la pasión en algún lugar de la extensa sabana africana.
Continuará...
