Capítulo XXIII

Calma, calma Sir y Lady Beagen recuerden que aún Candy no sabe nada - aseguró Albert viendo como ambos sonreían.

Y se lo agradecemos, su padre y yo pensábamos presentarnos solos, pero ha sido más fácil entablar amistad sin que ella sepa nada, así que estamos ¡muy contentos! - afirmó Lady Beagen.

Perdone Lady Borthwick, ¿podría usted obsequiarme un poco más de leche? Por favor - Candy se les acercó para solicitar más leche tibia.

¿No te parece que es mucho, Candy? - le preguntó su esposo.

No, en el Hogar de Ponny, Tom traía un bote de leche y éramos muchos, así que sólo me tomaba tres vasos - aseguró la rubia recordándolo y enseñándoles tres dedos de su mano.

Y ¿los demás niños? - quiso saber el rubio, suponiendo que ella siempre habia sido golosa.

¡Uno! - respondió Candy sonriente.

¡Eres una glotona, Candy! - aseveró el rubio.

Eso decía la Hermana María, siempre me amenazaban con que me saldrían manchas como las vacas... - respondió Candy suspirando.

Jajajajaja ¡qué cosas dice, Lady Andley! - expresaron los Borthwick.

Bueno pequeña, ¿quieres tomar una siesta? - ofreció Lady Beagen.

No estoy cansada, gracias Lady Brothwick - respondió la rubia asomándose por la ventana y admirando el atardecer.

¡Vamos Candy, tienes que descansar! - apuró Sir Borthwick.

Pero... ¿estaremos acostados todo el viaje? ¿No sería más entretenido ver todo los paisajes? - anunció la rubia, entristecida.

Pronto anochecerá, mañana con más calma los disfrutará, además estaremos más al norte, quizás veamos gitanos... - inquirió Sir Borthwick.

¿Gitanos? ¡En serio, ya escuchaste Albert, veremos gitanos! - exclamó Candy sorprendiendo a todos ya que brincaba de gusto.

Ya lo escuché, pero por lo pronto debemos asearnos y tratar de dormir - informó Albert a la rubia.

¡Ah, ¿cómo desearía que Patty estuviera aquí?! Ella dibuja tan bonito que me gustaría que me hiciera un retrato con ese atardecer como paisaje - comentó Candy, suspirando.

¡Candy! - la apuró Albert.

Sí, sí ya voy, muchas gracias y hasta pronto Lady Beagen - despidiéndose de ellos comenzó a caminar siendo jalada por su esposo.

Buenas noches querida, esperemos que descansen - deseo Lady Beagen.

Gracias, buenas noches - agradecieron y salieron del recibidor.

¿No se parece a nadie de tu familia? - le preguntó Beagen a su esposo.

A nadie, bueno quizás un poco a mi hermano, pero no tan así - aseguró el robusto hombre, pensándoselo mejor.

¿El Hogar de Ponny? - preguntó Beagen. ¿Los niños, Tom...? Hay algo que nadie nos ha comentado, Sir Borthwick - aseguró ella.

Y ¿cómo hacerlo mujer? Recuerdas que ni tiempo te dio de cambiarte el traje de montar cuando llegó el telegrama de Sir Andley. Lady Beagen Borthwick, es la primera vez que no se da un baño durante un mes - informó sonriente el Sir.

Claro, ese fue un suplicio, pero nada como para no sufrirlo por ella, que él mismo nos pidiera ayuda, fue algo muy emocionante y por demás el carruaje estaba de sobra, debíamos de ser rápidos, ya cuando llegáramos a Badajoz sería otra situación que resolver. El lujo en ocasiones estorba. Teníamos un mes para llegar aquí, por tierra, sin que nadie supiera, un mes era todo, Lisboa estaba lejos y debíamos armar muchas cosas - recordó ella, recargándose en el pecho de su marido que sonreía ante tal aseveración.

¡Un mes, cabalgamos un mes en caballo! - exclamó sorprendido su esposo aún sin poder creerlo.

¡Que fuimos dejando en el camino! - ambos estaban frenéticos, caminando por todo el recibidor. Después de ese mes, todo fue distinto, lo toleré, pero Carmenza hizo verdaderos milagros con mi cabello, ¿verdad? fue toda una coincidencia encontrarnos a alguien que estima mucho a los Andley. Y no te olvides de la travesía por el Canal de la Mancha, otro reto, muchos hombres y mucho dinero, llegamos en tiempo record hasta aquí. Afortunadamente el barco de Sir Andley estaba retrasado y bueno no tanto, solo que les había costado más el llegar a Lisboa por la desviación inesperada, mira que enfermarse el capitán, quién se lo hubiera creído? - cuestionó Lady Beagen, recordando todo lo vivido.

Lo bueno es que mi hermano llegó una semana después por los niños a casa, esa era creo que tu segunda preocupación y para el Tribunal sabernos ahí ha sido un verdadero milagro. Lo que no sabemos a ciencia cierta, es cómo reaccionaron cuando fueron a vernos Sir Campbell y el hijo del Duque, digo deben estar muy preocupados por todo lo que le pasaba a Candy, que Sir Campbell no se dio cuenta que no era conmigo con quien hablaba - refirió Lady Beagen, dado que según el telegrama que Beth me enviara pareció muy convencido.

Bueno, después de todo ya sabemos que lo intrépido de Candy si salió de nosotros, sólo que no habíamos tenido la oportunidad de utilizarlo. Además, Carmenza ha sido todo un descubrimiento, mira que encontrarnos a una persona tan allegada a alguien de la servidumbre de los Andley, si mujer tenemos que agradecer a Dios por todo lo que nos ha dado, ¿no lo crees? - Sir Borthwick comentó entusiasmado abrazándola.

¡Un nieto! - se separó de su esposo, entre riendo y llorando.

¿Cómo se lo diremos a los chicos? - preguntó Sir Borthwick.

Sir Borthwick, preocúpate primero de ella, ya luego veremos lo de los chicos, por el momento nadie debe saberlo, así que hay que asegurarnos de que ellos sean Beth y Boid Borthwick - aclaró Beagen sentándose en el sillón donde anteriormente lo había hecho Candy.

Tienes razón, Sir William me enseñó una carta con el escudo de armas de Escocia, eso quiere decir que... - se interrumpió.

El Rey George V ya sabe de Candy, ¡eso está bien! - celebró Beagen.

Vayamos a dormir, que el clima ha decaído un poco - animó el Sir a su esposa.

Mientras en el camarote contiguo.

Albert - lo llamó desde la cama.

Dime - volteó él.

Me puedo saltar el baño, tengo mucho sueño - sugirió la rubia.

No mi amor, si quieres te ayudo a bañarte - ofreció Albert, al ver que Candy entrecerraba los ojos.

Pero, peso mucho - quiso evitarlo a toda costa.

Un baño caliente te caerá muy bien, te ayudara a dormir mejor - respondió él sonriéndose.

Toc, toc

Adelante - contestó Albert, levantándose.

Señor, mi nombre es Carmenza González, la señora me ha mandado para que le ayude con su esposa - informó la mucama.

Gracias señorita, quizás usted podría ayudarme más de lo que piensa, ¿podría bañar a mi esposa? - preguntó dudoso.

Claro que sí, ¿está enferma, la señora? - cuestionó rápidamente.

No, de hecho se está quedando dormida, pienso que el baño caliente la ayudaría - sugiere el rubio y llegando hasta la cama, levantando a Candy para comenzar a desnudarla.

Bueno, la llevaré al cuarto de baño mientras usted prepare todos los enseres y repetimos cuando haya terminado para que la vista, de acuerdo - sugiere Albert analizando a Carmenza.

Bueno, ¿se le lavará el cabello? - preguntó ella mientras Albert comenzaba por desatarle el corsé.

Sí, aunque le deseo suerte, ese cabello es todo un reto - le dijo con el rostro sonriente.

Gracias, entonces me retiro un momento y regreso para bañarla - informó Carmenza, saliendo del camarote.

Sí gracias..., señorita González - agradeció Albert, esperando un momento más.

Albert le quitó el fondo y la levantó para depositarla en la cama con todo y camisola, la cubrió con una toalla y comenzó a ayudar a Carmenza, llenando la tina con agua muy caliente y fría para regularla. Después Carmenza salió a preparar las pijamas para ambos mientras Albert fue por su esposa, la cargó con todo y toalla y la dejó parada delante de él para quitarle la toalla y la camisola de muselina. Terminado esto, Albert la cargó, la metió y acomodó su cabeza con ayuda de la toalla y salió cuando Carmenza entró.

Bueno si usualmente Candy se tardaba una eternidad en su baño pues a Carmenza le tomó un poco más de una hora en salir de éste, al salir Albert se topó con que Candy se encontraba sumergida en el calor del agua y estaba aseada, sus ropas arremolinadas yacían en el piso, sobre una silla encontró una pijama, ropa interior y tres mantas para secar su cuerpo, lo cual lo hizo; le colocó la pijama y le puso otra manta en la cabeza, secando su cabello.

Carmenza dejó a un lado el cepillo, Albert la acomodó y luego la dejó al cuidado de la mucama mientras ella le cepillaba el cabello, él se metió a bañar, relajándose y tallando su cuerpo fue relacionando los rostros de las personas que conocía con Carmenza. Era increíble, pero la mucama se le hacía tan parecida a otra persona, una que conocía Candy, demasiado y que estaría tan contenta de saber quién era.

Después Carmenza le avisó a Albert que la señora ya estaba lista para pasarla a la cama, pero él aún no terminaba y le dio indicaciones de que la cubriera con un cobertor para después retirarse. Una vez terminado su baño, Albert se secó y mudó la pijama, saliendo con una toalla sobre los hombros, secándose el cabello observó a su esposa, la levantó y la metió a la cama, ella ya se encontraba dormida profundamente. Albert se metió a la cama con ella, sin pensar en que la tenía casi desnuda delante de él y que podría hacerle el amor, se limitó a darle un beso en ese aromático cabello y dormir soñando que pronto sería padre...

Las horas pasaban y las actividades de la mañana corrían, Albert despertó lentamente, cuando iba a pedirle a Candy que se acercara, se dio cuenta que ella ya no estaba en la cama, como pudo se levantó, se mudó de ropa y salió rápidamente del camarote, cuando él estaba buscándola, Clint pasó corriendo.

¡Es verdad! ¡Se me había olvidado! - exclamó más preocupado que asustado.

¡Dios mío! ¿Qué es eso? - preguntó Lady Beagen, haciéndose para atrás.

Es Clint, mascota de Candy - sonrió Albert. Se nos olvidó en el equipaje, debimos sacarlo - re capítulo.

Y ¿Candy? - preguntó su esposo de Lady Beagen.

¡Clint espera, no corras! - detrás de Clint apareció Candy corriendo, evitando obstáculos y ¿brincando?

¡Candy, cuidado puedes caerte! - exclamó lady Beagen asustada de que pudiera atentar contra la vida de su hijo nonato.

¡Candy, ten cuidado! - ahora fue Albert.

Calma, sabes que tengo bien aleccionado a Clint, Albert trae el lazo que está en el equipaje - le pidió la rubia a su esposo.

¡Pero...está bien! - quiso interrumpirla, pero ella sonrió, no debía hacerlo y menos con el pobre Clint...

Para todos fue un gran asombro observar que Candy era buena con el lazo, porque más tardó Albert en traerlo que Candy en enlazar a Clint, que rejego se resistía a ser capturado. Y entonces una vez que se encontraba cerca de ella, lo recogió y colocó entre los sillones del recibidor. Con cara de pocos amigos pasó delante de Sir y Lady Borthwick y de Albert, al que le dio un guiño. Lady y Sir Borthwick miraban como Candy daba vueltas retando a Clint por haberse escapado, Albert se encontraba de lo más divertido.

Clint ha sido mascota de Candy desde que era niña y lo de enlazar, bueno, se crió en Illinois - explicó Albert.

Ya lo vemos, pero no cree que ha sido suficiente, Clint se ve bastante desmejorado - sugirieron cuando la barbilla del cuatí se encontraba casi en el piso.

Y ¿cómo no estarlo? Se nos había olvidado que estaba en la maleta - susurró Albert con tan sólo pensar en el calor que hacía allí adentro.

De pronto Candy volteó a vernos mostrando una gran sonrisa a todo lo que su boca le permitía y luego volvió a voltearse enojada. Lady y Sir Borthwick sonrieron ante la travesura.

¿Siempre se expone de ese modo? - refirió Lady Beagen.

Sí, siempre. Pero es natural aunque usted Lady Borthwick, ya me contaron de su viaje a Lisboa - Albert le sonrió.

Bueno, pues eso es todo y no quiero tener que volver a correr detrás de ti Clint ¿me has entendido? Bien... - se interrumpió al ver que Albert la llamaba con los ojos.

Candy, ¿no se te ha pasado la mano? - refirió el rubio.

Espera, ahorita verás el final - Candy regresó y extendiendo los brazos hacia su cuatí le ofreció "perdonarlo" y al mismo tiempo consentirlo por haberlo dejado tanto tiempo en el equipaje. ¡Clint vamos, ven a mis brazos! - Clint sin entenderla, llegó a sus manos un poco dudoso y emitiendo un sonido se arremolinó en sus brazos.

El cuatí regañado saltó de júbilo y alegría a los brazos de su dueña, que sonriente era pillada por Lady y Sir Borthwick, con lo cual le dio pena por ese suceso.

¿Me perdonas Clint? A Albert se le olvidó sacarte anoche, yo la verdad ya estaba montando borreguitos cuando me dormí, pero hoy te voy a dar el postre de Albert - aseguró ella haciendo que los demás rieran.

¡Hey, hey, hey con mi postre no te metas! - reclamó Albert.

¡Bueno, le doy el mío! - aclaró la rubia viendo la molestia de Albert.

¡Qué milagro! - exclamó él sin creerlo.

Claro que para eso pediré ¡doble! - soltó la rubia resolviendo así los problemas de todos.

¡Glotona, vas a engordar! - la reprendió Albert.

Cuando me embarace también engordaré y comeré muchos más pastelitos de chocolate - informó Candy.

¿Eh? - Albert se quedó pasmado.

Pero Albert, no pongas esa cara, que para eso falta mucho - recalcó la rubia volviendo al cuatí que se quedaba dormido en sus piernas.

Por cierto Candy, la veo muy desmejorada, ¿no quisiera visitar al médico del tren? - preguntó lady Beagen.

Es que hemos viajado mucho últimamente - refirió ella sintiendo un poco de sueño.

Pues es mejor que asistas a una revisión ¿no le parece, Sir Andley? - lady Beagen cuestionó a Albert.

Sí por supuesto - asintió en señal de aprobación.

Pero...podemos desayunar antes, esto de la actividad física me tiene un poco oxidada - explicó mientras hace el ademán de haber corrido mucho.

¡Jajajajaja ay Lady Andley! ¡Debería tener más cuidado! - sugirió Sir Borthwick.

Albert ¿te quedas con Clint? - solicitó la rubia.

Sí, vamos traviesa, ve con Lady Beagen, al médico - le sonrió mientras tomaba a Clint de los brazos de Candy. Candy ¿ya sacaste a Puppet? - quiso cuestionar eso.

Sí, debe estar debajo de la cama del camarote, comía unas nueces que se robó de una bandeja - respondió la rubia, despidiéndose con la mano de su esposo mientras corría hasta lady Beagen que ya se había adelantado.

El médico la tendrá quieta por mucho tiempo - soltó Albert.

Ni que lo digas, éstos sustitos no los podría aguantar tanto tiempo - igualó Sir Borthwick.

Los Borthwick y los Andley se divirtieron mucho en el desayuno o más bien almuerzo, el conversar con Candy se les hacía tan divertido sobre todo porque ellos no la habían disfrutado toda su niñez, cada anécdota siempre era mejor que las demás. Pero cuando se levantaron de la mesa tuvieron que despedirse las señoras, quienes se dirigieron con el médico del tren.

Buenas tardes doctor - saludó Lady Beagen

Buenas tardes Lady Borthwick, las esperaba más temprano - saludó el médico haciendo hincapié en ello.

Nos demoramos mucho porque ésta linda señora nos contaba de su niñez. Candy, él es el Dr. Pereyra, ella es Candy, una muy buena amiga mía - refirió Lady Beagen tomando a Candy de la cintura y dirigiéndola hacia las sillas que se encontraban al frente del escritorio del galeno.

Mucho gusto señora, tan joven y ya está ¿casada? - se había visto atrevido, pero él consideraba a Candy una niña, aún.

Sí - respondió Candy sonrojada.

Dígame ¿qué es lo que usted tiene? ¡Sí yo la veo, sonriente! - aseguró el galeno.

Hemos..., mi esposo y yo hemos estado viajando incansablemente - explicó Candy.

Lady Borthwick quiere esperar afuera, éstas preguntas pueden incomodarla a usted - ofreció el médico.

¿Tienes objeción, Candy? - preguntó Lady Beagen, porque como toda madre de alcurnia de la época, una mujer recién casada no podía quedarse sola con el médico, alguna mujer mayor debía de acompañarla.

¿Es malo? - cuestionó Candy preocupada y nerviosa.

No, sólo un poco sobre su intimidad marital - refirió el galeno.

Te espero afuera, Candy - avisó Lady Beagen, no quería inmiscuirse en la intimidad de su hija a estas alturas, finalmente ella sabia las locuras que una mujer enamorada podía hacer.

Bueno, dígame ¿se ha sentido mal últimamente? - preguntó él lo más correcto que podía.

¿Mal? Bueno, sólo un poco cansada, me da mucho sueño y sobretodo se me ha antojado la leche - respondió ella tratando de recordarlo todo.

Bien, ¿algo más? - preguntó cómo le era recomendado.

Pues fíjese que ahora que lo recuerdo, no he tenido mi periodo en este mes - dice Candy, sonando un poco preocupada.

¿Cuándo fue su última relación íntima con su esposo? - cuestiona de nueva cuenta.

Hace unas cuantas semanas, dos o algo así - calcula la rubia.

De acuerdo, ¿con qué frecuencia? - increpó haciendo que de las cuentas se le perdieran debido al notado sonrojo de la rubia.

Bueno depende, tres o cuatro veces - Candy comienza a explicar.

¿A la semana? - decidió no verla cuando hizo esa pregunta.

¡Al día! - respondió sinceramente.

Bueno ten, llenarás éste vasito con la primera orina de mañana y la traerás para hacer un test, digo veamos que hay en la orina, no te preocupes - el médico salió de su impresión y se volteó para darle un pequeño frasco, solicitándole una muestra. ¿Dudas?

No, mañana mismo se la traeré y gracias, permiso - se despide la rubia.

Si y ah por cierto nada de aventurarse a otras actividades, debe de cuidarse - le recomienda ella.

¿Qué tanto? - cuestionó ella, meditando que quería jugar todo la mañana con Clint y Puppet.

Lo normal, además estamos en un tren, supongo que no podría decírselo exactamente - aseguró el Dr. Pereyra.

Gracias Dr. Pereyra - terminó por salir del pequeño y modesto consultorio.

De nada señora, ¡qué joven es! ¿Cuántos años tendrá? ¿Quince o dieciséis? - definitivamente le había llamado la atención la edad de ella, pero ¿cómo siendo tan bella podría haberse casado con un señor grande? Cómo era la usanza en esa época.

Listo, Lady Beagen - le dijo Candy cuando el Dr. Pereyra se despidió de ella.

Ven vayamos, los señores estarán ocupados mientras haya brandy y cigarrillos en el bar - sugirió Lady Beagen haciendo reír a Candy.

Por supuesto... - accedió la rubia cuando Lady Beagen la tomó por el talle.

Cuéntame más de tu niñez... - sugirió la madre.

Claro, ¿en qué me quedé...? - preguntó Lady Beagen.

En que habías conocido al Príncipe de la Colina... - recordó la madre, sentándose en el sofá del recibidor.

Ah sí, es cierto, tenía como seis años, era pequeña ¿no se lo perece...? - comenzó a relatar para imitar a Lady Beagen.

Mientras en el Castillo Grandchester...

Arthur llevaba la mensajería al Duque junto con la carta anónima que le hubo dado Sir Abahinn. Tocó la puerta de su despacho y entró cuando oyó el adelante

Toc, toc

Adelante - el Duque de Grandchester dio permiso de que entrara.

Duque, le traigo su correspondencia - anunció Arthur.

¡Déjala sobre el escritorio! - pidió él que se encontraba observando su oscuro paisaje.

Sí Duque, permiso. Por cierto...hay un sobre que debería ver primero, ha llegado sin remitente - informa Arthur cauteloso y sale cerrando la puerta.

¿Un anónimo? - se preguntó después de unos segundos, además a él nunca le habían hecho llegar un anónimo.

Duque de Grandchester

¡Le tenemos un regalito en el Hospital Saint Thomas desde Cardiff!

Arthur - el duque alarmado y colocándose la levita, llamó a Arthur que se encontraba muy cerca de ahí.

Sí señor - apareció de inmediato.

Preparen mi carruaje, debo ir al hospital Saint Thomas - exigió el duque.

Sí señor - responde Arthur sonriendo ampliamente. Lord Straight, ¡hecho! - sonríe Arthur asegurándose de que la carta llegó a su destino y causó la curiosidad del flamante Duque.

El duque salió aprisa de su despacho y abordó el carruaje, una hora más tarde, bajándose de él, un joven y alto hombre conversaba con otro y justo cuando pasaba el duque, el otro hombre se despedía. Minutos más tarde, se daría cuenta de quién era realmente, ya que Abahinn lo reconoció de inmediato.

Espere, Lord Straight - lo llamó un joven cochero.

¿Eh? - respondió él dando vuelta.

Tome, me dio dinero de más - replicó el cochero.

Quédatelo muchacho, has hecho un buen trabajo - felicitó entusiasmado, pasando de largo al Duque de Grandchester.

Gracias señor, muchas gracias - agradeció el muchacho y sonriéndole se subió al coche.

Abahinn decidió esperar en los pasillos, pasar por donde el Duque se había dirigido de pura casualidad y de ahí encontrarlo.

Buenas tardes, señorita - saludó el gran hombre.

Buenas tardes, ¿nombre del paciente? - preguntó amablemente esperando que se lo diera.

¿Nombre del paciente? Señorita, es que no sé precisamente ¿a quién busco? - cuestionó apenado por el suceso.

El nombre de usted, señor - solicitó ella efusiva.

Richard Grandchester - respondió el hombre enérgico.

¡Ah! ¡Usted es el padre del joven Terrence Grandchester! - exclamó efusiva y alegrándose porque alguien de su familia lo visitaba.

¡Terrence Grandchester! ¿Está aquí? - gritó sorprendido, su hijo en un hospital ¿por qué?

Sí señor, llegó de Cardiff hace unos tres días - refirió en parte lo que era cierto y en parte porque era la verdad...a medias.

¿De Cardiff? - cuestionó nuevamente.

Perdone, ¡espere Lord Straight! - al parecer la chica lo llamaba.

Sí - respondió regresándose a dónde oia que lo llamaban.

Lord Thomas Straight, le presento al Duque de Grandchester, el padre del joven Terrence Grandchester - los presentó y se disculpó. Permiso.

Pase Louise - cedió el paso a la joven enfermera.

Duque acompáñeme. Conocí a Terry hace un par de meses aquí en Londres, después le perdí el rastro y después lo encontré en una pelea con cinco, ¡se imagina cómo ha quedado! Tiene seis costillas rotas, el omoplato fracturado, el rostro casi irreconocible, el vaso hecho puré, otro poco nos faltó para no tenerlo en este mundo - le contó Abahinn al duque.

¿Sabe quiénes fueron? - cuestionó aterrado.

No, nada. Como entenderá Terry no ha hablado, sólo estamos esperando que pueda hablar, no lo hace por el estado de su rostro y apenas y se le escucha - explicó detenidamente.

¡Ah sí! ¿Puedo pasar a ver a mi hijo? - preguntó el duque.

Por supuesto, de hecho nos dirigimos hacia allá. Duque, puede pasar, tengo que ir a hacer una diligencia y por favor no se asuste queremos conservarlo en este mundo - recomendó irónico.

Gracias, Lord Straight - se despidió de él.

De nada Duque, permiso - Abahinn se retiró. Muchacho, ve a dejar este mensaje a la Mansión de los Andley por favor y ten esto es para ti, si regresas en la recepción te dejaré lo que falta - recomendó Abahinn.

Gracias señor, no tardaré - aseguró el muchacho.

Puesto en marcha el plan Sir Campbell, lo demás va viento en popa, ahora esperemos que Terry sea tan convincente como lo esperamos - pensaba él mientras observaba como el Duque entraba en la habitación del enfermo.

El Duque entró y la habitación era grande y privada, había una sola cama en el centro, el duque se acercó a ésta, abrió las cortinas del dosel y se asombró, era tal y como Lord Straight lo había dicho, el panorama era crudo, se sorprendió bastante, tanto que tocó cada parte del rostro de su hijo. Terry emitió un quejido de dolor cuando las manos de su padre tocaron las costillas.

No podía creerlo, el estado deplorable de su hijo a manos de quién sabe quién tendría algún culpable. Y esa persona debía de pagar con creces el haber tocado a su primogénito.

Thom... - Terry llamó a su amigo.

¡Terry, soy yo, tu padre, Richard! - el hombre maduro se acercó a él.

¡Papá...! ¿qué haces aquí? - preguntó Terry alarmado.

Me enteré de que estabas hospitalizado, ¿quién fue? Dime ¿quién fue? - preguntó el duque enojado.

Acercate a mi boca, duele mucho cuando tengo que hablar más fuerte. Gracias. No se papá, todo fue confuso, ya me iba para América cuando unos tipos se toparon conmigo y me confundieron, decían que yo era escocés y yo les respondía que no, que era el hijo del Duque Grandchester, pero ellos respondían que estaba mintiendo, que el chico se encontraba en el castillo de su padre y comenzaron a golpearme, eran muchos, como seis, pronto dejé de sentir los golpes y escuché a lo lejos unos sonidos extraños como de pistola. Cuando desperté me encontraba en el hospital, mi amigo Thomas Straight me salvó de los tipos esos y después me enteré que me salvó a tiempo de que me mataran - informó Terry sonriéndose.

¿No recuerdas si dijeron algo? - preguntó temeroso, sus propios hombres habían golpeado a su hijo ¿qué había hecho?

No mucho, sólo un nombre ronda mi mente, uno de los tipos mencionó extrañamente a alguien que ambos conocemos - explicó tragando saliva y quejándose amargamente.

¿A quién? - quiso saber.

El Duque Emmanuelle Lemarque... - respondió él con todas sus letras.

Continuará...