Capítulo XXVII
Lo corre, es por eso que este plan se ha vuelto cada vez más difícil y usted no nos lo está facilitando para nada, debe mantenerse al margen, no quisiera verlo herido - aseguró Lady Beagen, al parecer ya se estaba doblando, pero aún le faltaba entenderlo.
Pero... - intentó interrumpir.
¿Qué sucede? - cuestionó Lady Beagen.
Sabemos que está enamorado de ella, debe retirarse y cumplir con su obligación como su médico - advirtió Albert observando al oficial Zaldívar.
¿Usted lo sabía, señor Andley? - cuestionó el oficial Zaldívar.
Sí, ya me había dado cuenta, pero no había sido problema hasta ahora - respondió él sincerándose.
Y ¿no dice nada? - preguntó el médico ya que otro hombre hubiera reaccionado de otra forma.
No puedo hacerlo Dr. Pereyra, ella es así, ha cautivado hasta al más hosco de los hombres, con decirle que hay más de tres del tribunal que la aman - respondió él aireado.
¡Albert! - más de uno exclamó.
Vaya, ¿pensaban que no me había dado cuenta? No estoy tan ciego y es que ¿cómo no hacerlo? Mi esposa es tan libre y transparente que ella no pensaría nada de malo en ello, así de libre y despistada, ella sólo... - se detuvo ante la idea que persistía en su memoria, aquella que vivió con Anthony, Archie y Stear, aquella que volvió a sentir morir cuando conoció y vio la química que existía con Terry, de la cual huyo como peste cuando de un momento a otro quiso viajar a África.
Sólo tiene ojos para ti - le aseguró lady Beagen acercándose a él y acariciándole la mejilla con aprobación.
Tu eres importante para ella... - sintió una palmadita de la misma forma que Lady Beagen lo hizo.
Ella... ella me ama más de lo que me merezco Lady Beagen... - afirmó el rubio sabiendo en parte que así era, era para él el amor más sincero y puro que una chica le hubiera prodigado.
Ella te ama a ti Albert, sólo a ti - aseguró Lady Beagen, que en esos momentos se limpiaba una lágrima traviesa que de sus ojos emanaba.
Sólo a mí, es bueno saberlo - sonrió para sí. Sé que cometí un gran error en su vida, hacerla mi esposa siendo tan joven, pero era eso o que Pierre se la llevara, eso hubiera acabado con mi vida para siempre... - aseguró él determinado.
No lo entiendo... - fue ahora el turno de hablar del médico.
Lo sabemos, a todos nos ha traído corriendo desde que la raptaron, pero con el tiempo es cosa de adecuarse a lo poco que ella pide... - recordó Sir Borthwick.
Mi esposa no reconoce la maldad en las personas, por lo que ahora entiende que lo que le contó también es secreto de paciente y médico - le recordaron a él con todo propósito.
No cree que es una historia bastante perversa... - soltó el Dr. Pereyra.
No lo es, eso ha sucedido en su vida, es una realidad y espero que usted lo comprenda - alzó la voz Lady Beagen, enfadada con él por sus insinuaciones.
Pero... - quiso agregar algo más, pero no se lo permitieron.
Lo tendrá que hacer o cuando lleguemos a la estación será custodiado por la Guardia Escocesa hasta que estemos seguros en Escocia, después de lo cual será liberado en Lisboa... - respondió Sir Borthwick.
No pueden hacer esto... - rebatió el galeno, levantándose de donde lo tenían custodiado.
No nos obligue a esto entonces y entienda... - increpó Lady Beagen ya que no podía creerlo, oír toda su explicación y que aún así no les dijera lo que querían escuchar.
¿Creen que le contaría a alguien sobre ella...? - preguntó molesto el galeno.
¿Lo haría? Pondría en peligro a una persona de la realeza... - le preguntaron todos atentos.
Por favor, ¿quién es ella? De la realeza, así como está vestida, por favor, miéntanle a otra persona... - alegó de nueva cuenta el médico.
No nos deja otra opción, Dr. Pereyra... - avisó Sir Borthwick.
¿Qué? ¿Qué hacen? ¿Qué quieren? ¡Suéltenme! - gritó cuando los dos oficiales se levantaron y comenzaron a ponerle las esposas.
En nombre del Tribunal de Lyon queda usted resguardado bajo protección del Gobierno Escocés y del Rey Jorge V por atentar contra el anonimato y la vida de Lady Candice Caroline Elspeth Cathrine Evina Borthwick-Buchanan segunda en sucesión a la Corona Escocesa... - comenzó a relatarle sus cargos.
¿Es en serio? - cuestionó enojado aquel hombre.
Pues qué pensaba, que esto era una broma, ah el señor pensaba que era una broma, no sea insensato, la vida de mi hija está en peligro y usted piensa ¡que es una broma! - asegura él sin reparo.
Calma querido... - Lady Beagen lo tranquilizó.
¡Aprénsenlo! Prefiero parecer insensato que maten a mi hija y a mi nieto... - declaró Sir Borthwick.
Pero querido, esto... - intentó disuadirlo.
¡Quieres pasar otros quince años o todo lo que te resta de vida sin tu hija...! Eso pensaba - exclamó y aceptó su negativa.
Lo siento Dr. Pereyra, no puedo ayudarlo - se disculpó Lady Beagen.
Nooo, esto es una injusticia, no pueden mantenerme callado... - el galeno comenzó a moverse.
Oh si señor Pereyra y es más, le podemos quitar la licencia médica... - informó Sir Borthwick.
¡No se atreverán...! - exclamó con enojo el Dr. Pereyra.
¡Compruébelo y por lo menos en Europa no podrá trabajar...! - lo amenazó acercándose a él.
Esperen caballeros, no creo que tengamos que llegar a estas instancias, si intenta escapar o alguien se entera de esta información será encarcelado o en su defecto muerto... - informó el oficial.
¿Qué quiere decir con muerto? - el Dr. Pereyra quiso saber.
La traición a este estatuto se paga con la muerte, ¿me ha entendido, ahora? - ahora preguntó el oficial.
Claro - respondió como cualquier cosa.
¿He sido claro? - preguntó nuevamente enérgico.
¡Como el agua! - respondió el galeno en el mismo tono.
Bien oficial, puede poner en cuidado al Dr. Pereyra, en la próxima estación lo llevaremos al resguardo francés y adquiriremos otro médico. Es todo - refirió el oficial explicándole el proceder en cuanto a la protección por parte de la corona.
Si señor Zaldívar, me acompaña Dr. Pereyra - le ofreció el oficial Torres, soltándolo y dirigiéndolo hacia una habitación de retén.
Si no me queda de otra... - respondió el mientras comenzaba a caminar.
¿Fue necesario llegar a... esto? - le preguntó Lady Beagen a su esposo.
Lo fue mi amor, no podemos permitirnos más problemas, el Conde Lemarque lo es en sí como para aportar otro... Albert te aseguro que no podría con una preocupación más - le aseguró tajante.
No me preocupo por mí, es por ella, ¿es natural que duerma tanto? - preguntó a Lady Beagen.
Es mi herencia supongo, todos mis encargos fueron así... dormía mucho y comía poco y sobretodo de madrugada - respondió ella un poco sonrojada.
Entonces ¿no debo preocuparme? - le preguntó él un tanto aliviado.
No, aunque ella proteste no debe de preocuparse - le aseguró su suegra.
Bueno es tiempo de que regresemos a nuestros camarotes, gracias señor Zaldívar - todos le agradecieron por lo que había hecho.
Cumplo con mi deber, buenas noches - dijo y se despidió rápidamente.
Vamos... - Albert le señaló el camino.
Mientras Albert, Sir y Lady Borthwick se dirigían al compartimento, Candice seguía durmiendo que para cuando Albert entró a la salita, observó como Carmenza se servía una taza de té, Sir y Lady Borthwick se dirigieron a su camarote despidiéndose de ella mientras Albert le daba las gracias a Carmenza por haber cuidado a deshoras de la mañana. Carmenza se fue a dormir lo que restaba de la madrugada mientras Albert se recostaba al lado de su esposa que al sentir lo frío de sus prendas se dio la vuelta cuestionándole.
Mi amor, ¿donde andabas? - preguntó ella adormilada.
Fui a ver que estaban haciendo Puppet y Clint - respondió él una gran mentira.
¡Se levantaron, qué extraño! - exclamó ella y volvió a cerrar los ojos.
Duerme mi amor... - le besó la coronilla y descansó la cabeza en la almohada.
No quiero dormir... - segundos después protestó.
Entonces ¿por qué estás cerrando los ojos? - sonrió ante el hecho de que su esposa hablaba mientras tenía cerrados los ojos.
¡Porque no lo haces tú...! ¡Te amo Albert! - sintió con fuerza el brazo de su amada alrededor de él.
Yo también mi amor... - Albert no sabía que responder, estaba cansado.
¡Bésame Albert! - de un momento a otro le pidió.
Candy, pero si te estás durmiendo - protestó sonriendo.
Sólo porque desde hace días, no quieres hacerme el amor - le reclamó subiéndose encima de él y abriendo los ojos.
Candy, apenas han pasado dos días - protestó él.
Dos días es mucho, hazme el amor Albert - le reprendió ella o más bien le suplicó y eso, eso no podría permitirlo, ella no debería de hacerlo.
Mañana - prometió él, resistiéndose un poco
¡No! ¡Hoy! - respondió ella en tono de reclamo.
Mañana, cuando durmamos más - respondió el rubio rebelde.
Si no me haces el amor, creo que será mejor que duermas en la bañera o en la sala - gritó ella.
¡Chantajes a mi señora! ¡Eso sí, que no! - rebatió el sosteniéndola contra sí.
Ahora lo entiendo... - respondió ella tratando de liberarse.
¿Qué cosa? - ahora era él el que no entendía.
Creo que siempre fui muy pequeña para ti, yo no tengo lo que Louise tiene, yo no soy una mujer completa... - comenzó a reclamarle.
¡Qué cosas dices Candy! ¡A quién le importa que Louise si sea una mujer...! ¡Cómo tú dices! - respondió a gritos sordos, sin entender lo que sucedía.
A ti, a ti te gustan las mujeres experimentadas y yo, yo pronto pareceré una vaca - aseguró ella sin saber qué pensar.
A ver Candy, mi amor mírame, desde ¿cuándo tienes esos pensamientos? - eso le dio una idea, alguien debió de haber plantado esas ideas.
Desde que el Dr. Pereyra me dijo que aún era una niña, imagino que no soy suficiente mujer para ti - respondió ella con los ojos vidriosos.
Muy a su pesar Albert debía hacer algo para que a su esposa se le quitaran esas absurdas ideas de la cabeza, lo que menos necesitaba ahora, era que ella se afligiera por esas nimiedades y de pronto Candy entendió que el que necesitaba de su amor era su esposo, eso era un hecho, ella sintió el entusiasmo en la ingle y las manos de él debajo de su camisón, acariciando sus piernas, atrayéndola hacia él, sintiendo el calor que de su cuerpo emanaba mientras la besaba, hasta que el rubio desapareció de sus labios para aparecer frente a sus senos, acariciándolos y besándolos con pasión, una que hasta hace unos momentos entre sus reclamos ni se asomaba, por lo que ella decidió disfrutar del amor que su esposo tenía hacia ella.
Albert sabía que su esposa de pronto le agradaba la sensación que iba a experimentar, en esa oscuridad salió sumamente excitado y le quito el camisón a ella, de un tirón para tomarla completamente, seducirla y amarla, de un momento a otro Candy comenzó a gemir audiblemente por lo que el rubio decidió calmarla a besos, haciendo que toda su guturalidad se descargara dentro de su boca, para ser lo más silenciosos que se pudieran, Candy se encontraba inmersa en un mundo de sensualidad, tanta que deseaba terminar con su ropa en cualquier momento, de un momento a otro, el calor que se encontraba en el clima se vio envuelto de una figura que se levantaba rápidamente de la cama para quitarse el pijama que traía puesto... aún.
Cuando volvió hacia ella, la tomó desprevenida, Candy sintió una oleada de placer sobre su piel, Albert la besaba tan frenéticamente que pasó desapercibido por el que su esposa quería sentirlo en ese mismo instante y fue ahí cuando ella sin querer le arañó la espalda, Albert no pudo contener un alarido y fue entonces que sin querer la tomó sin más preámbulos, introduciéndose en ella, profundamente y sin césar, no dejó de hacerlo hasta que ambos sintieron el clímax.
Candy - la llamó cuando ambos retomaban aliento.
Mmm - respondió ella al sentir que era depositada sobre el cuerpo desnudo de su esposo.
Lo siento, no quise... ¿te lastimé? - él le levantó el rostro, observándola sonrojada.
No...no lo hiciste, fue... ¡maravilloso! - respondió ella volviéndolo a besarlo acariciando su cuerpo.
Mi amor, lo siento, se que te lastimé, pero... - se vio interrumpido por ella.
Ssshhh no de verdad que no me lastimaste, sólo es que en verdad fue maravilloso... al menos para mí - respondió ella afirmándolo al levantar el rostro y verlo con un dejo de confusión.
Candy para mi también lo fue y ¡Dios, te juro que lo necesitaba! - aseguro él envolviéndola entre sus brazos.
Te amo Albert - ella respondió a su abrazo.
Yo también mi amor y también a él - se refirió a su bebé, al que ella a la que amaba llevaba en el vientre.
Ella - protestó la rubia.
Lo que sea, él o ella, será bienvenido y lo amaré mucho, como a ti - fue ahora el turno de responder como ella quería.
Eso espero... - lo aceptó comenzando a reír por lo bajo, recargando el rostro en el pecho de su esposo.
¿De qué te ríes? - quiso saber él.
Me llevas nueve años, tendrás la misma paciencia para cuidar a los niños - sonrió ella porque con todos sus negocios eso era lo que menos haría.
¡Ey, aún soy muy joven! ¡No paso de los treinta! ¿Los niños? ¿Cuántos planeas tener? - protestó él y al mismo tiempo le preguntó.
¡No lo sé, dímelo tú! - respondió ella soltando una carcajada, el rostro de su esposo lo decía todo.
Los que podamos cuidar... - resolvió él.
¡Aún soy muy joven...! - lo atenazó.
Nos lo tomaremos con calma Candy, esto bueno, mi método después de todo no fue muy bueno, necesitas hablar con alguien que sepa más del asunto - resolvió él ya que al parecer no había sabido lo que no podía hacer en días no seguros.
Es que mi amor, tú no escatimabas en esfuerzos para que funcionara, lo hacíamos todos los días, durante tres ocasiones por día - le recordó haciendo que la llevara debajo de él. Eso veremos en Escocia creo, mi amor - recomendó ella.
Sí - acepto él volviendo a besarla.
¿Louise y yo somos iguales...? - soltó de pronto.
¿Cómo voy a saber eso? - preguntó el rubio con desazón.
Una chica no se pone como ella, si no le constara como eres en esos asuntos - soltó Candy sorprendiéndolo.
Candy no podemos hablar de esto en otro momento - le pidió él ya que no podía tolerar que ella se comparara con Louise, cuando a la que deseaba en ese momento era a ella.
Pues no, soy afortunada porque a pesar de mi edad... la que te tiene soy yo - respondió sin vergüenza y tenía razón.
¡Candy! - exclamó cuando volvió a introducirse en ella.
¡Eres mío...! - aceptó su intromisión con placer.
Sí mi amor, si soy tuyo y de nadie más, ¿lo comprendes? - le preguntó cuando volvió a atacarla de nueva cuenta.
Sí - lo aceptó como también lo aceptaba a su lado y dentro de su ser, al que amaría todos y cada uno de sus días.
A ambos les había llegado la hora de levantarse y por muy cansados que estuvieran se les veía tan enamorados, sólo existían en el mundo ellos dos, tan solitarios que pensaron que nadie debía de hacerlos cambiar de opinión. La semana terminaba y su siguiente lugar era Potiniers, apenas estaban empacado cuando Carmenza se había dirigido a donde se encontraba el Dr. Pereyra, para despedirse de él.
Buenos días, Dr. Pereyra - lo saludó como se lo permitía el Oficial Torres.
Buenos días Carmenza, creo que pronto llegaremos a Potiniers, espero que esto mejore para ti. Toma Carmenza, dásela a Lady Andley - él tomo una nota de su bata y se la dio a Carmenza con la esperanza de que ella se la diera a su patrona.
Pero... - Carmenza intentó devolvérsela.
Por favor - le suplicó con vehemencia.
Creo que es mejor que no lo hagas... - le dijo ella como si esa obligación fuera un suplicio para ella.
Sólo dásela - le suplicó a ella.
Bien, permiso - se despidió esperanzado.
Gracias por todo Carmenza - agradeció él con estima sin saber que ella no se la daría nunca.
De nada... - afirmó respondiendo lo que nunca llegaría a sus manos.
Carmenza iba pensando en ello cuando de pronto, tocó la puerta del camarote de Albert.
Toc toc
Adelante - Albert dio acceso.
Señor Andley - lo llamó rápidamente.
Sí Carmenza ¿qué pasa? - le preguntó él extrañado por su semblante.
Traigo una nota que le envían a lady Andley - respondió ella con cautela.
Dásela y luego me ayudas con el equipaje - respondió él obviando que no debería de pasarle todo a él.
Del Dr. Pereyra - soltó al final.
A ver, ¡dámela! - le pidió a Carmenza.
Tome - se la dio sacándola de su delantal.
Gracias Carmenza... Bien, ¿por qué haces esto, Carmenza? - le preguntó a ella con una sonrisa tímida.
Quizás usted recuerde a Dorothy, la mucama de la señora en Lakewood - refirió ella sin esconder su entusiasmo.
¿Qué hay con ella? - preguntó Albert sin entenderle.
Mi nombres es Carmenza López y soy prima hermana de Dorothy - soltó de igual manera.
¡Carmenza! Es una mera coincidencia... - respondió el rubio asombrado por la noticia, a él se le hacía bastante conocida, pero no tanto.
Mi prima dice que la señora es muy cariñosa con su servidumbre - refiere Carmenza.
Carmenza, Dorothy no es la mucama para ella ni para mí, de mi esposa es su mejor amiga, ¿entiendes? - le tomó las manos con ánimo.
Lo sé, ella me lo ha contado y es por ello que yo me encargaré de la señora de hora en adelante - se lo prometió haciendo que ello le gustara más.
Gracias Carmenza - le besó las manos para luego abrazarla, alguien que al final estaba de su parte.
Permiso - pidió cuando sintió unas lágrimas, en efecto Carmenza sintió lo mismo que Dorothy le había dicho en su telegrama.
Una vez llegando a Potiniers, comenzaron a bajar las maletas y poco después detrás de ellos, venia su equipaje y Carmenza cuando de pronto se encontraron con los oficiales de la guardia Escocesa junto al Oficial Zaldívar, escoltando al Dr. Pereyra.
Doctor Pereyra, gracias por todo lo que hizo por mí - le agradeció y vio como el observaba a Sir Borthwick y a su esposo con recelo.
De nada Lady Andley, espero que se sienta mejor en todo el viaje - le deseó impaciente.
Hasta luego Dr. Pereyra - se despidió ella, tomándole las manos y después le dio un pequeño beso en la mejilla con agradecimiento.
Hasta pronto, lea la nota y yo la ayudaré en cualquier momento - le susurró en el oído.
Gracias... ¿cuál nota? Sabes ¿de qué habla, Albert? - agradeció ella y Lady Beagen la tomó por el codo para que caminara con ella.
Quizás se confundió - Albert le dio una mirada reprobatoria y se dio la vuelta para acompañar a su esposa.
¿Qué nota es esa, Albert? - volvieron a preguntarle, pero ahora su suegro.
El Dr. Pereyra le ha enviado una nota con sus datos e informándole que le ayudará a escapar de nosotros - respondió el rubio alcanzando a las mujeres.
Descuida, esto lo arreglaremos ahora mismo. Oficial debe dejar las cosas en claro, el señor aquí presente mandó una nota con mensaje de auxilio para mi hija - Sir Borthwick se acusó.
¿Es eso cierto? - el oficial Zaldívar le cuestionó al médico.
Lo siento... - se disculpó y echó a correr, saltando entre maletas, siguiendo por el camino donde Lady Andley había salido.
¡Atrápenlo! - ordenaron los oficiales a la guardia.
Lady Andley, lady Andley, yo la ayudaré, cuando quiera la ayudaré... - le gritó a lo lejos.
¿Es ese el Dr. Pereyra? ¿Qué es lo que dice, Lady Beagen? - preguntó Candice al no entender nada.
No lo sé criatura, pero vamos debemos apresurarnos - la apuró, lo menos que quería es tener un alboroto ahí.
¡Esperen, esperen, no he hecho nada malo, ustedes si, la han secuestrado - de pronto el galeno se vio increpado por una figura enorme y de melena rojiza impidiéndole el paso.
¡Insensato! - empujándolo hacia la guardia al verse sostenido de las solapas del traje.
¡Auxilio, auxilio! ¡Quítenme las manos de encima! - gritó con todas sus fuerzas haciendo que las personas que pasaban por ahí voltearán con curiosidad.
Lo siento Dr. Pereyra, usted lo ha querido así - respondió el oficial Zaldívar, sacando una macana y dándole un golpe en la nuca.
¿Qué pasa con el Dr. Pereyra, Albert? - preguntó la rubia con curiosidad.
No lo sé mi amor, vamos es tarde y el otro tren nos espera - la apuró y trató de que ella no volteara hacia donde sucedía todo aquello, sus padres se encontraban justo detrás de ellos dos, sir Borthwick le informaba lo que sucedía en esos momentos al otro lado de la estación.
¡No déjenme, déjenme! - pidió cuando se vio envuelto en un mundo de confusión.
Esto le servirá desde aquí, de París a Lisboa de nueva cuenta - aquel hombre, le do unas ampolletas, esto debería de noquearlo hasta que llegara a Escocia.
Estamos en Potiniers - recalcó él.
No señor Dr., nos encontramos en Paris, pero a usted le da lo mismo en dónde esté, de cualquier forma su alteza Lady Candice no se enterará de nada - le notificó el hombre preparando una jeringa.
Lady Candice Andley, realeza escocesa ¿de dónde? - intentó bromear.
Oficiales... - los llamó al momento de sedarla.
Capitán, perdone no lo reconocí, Sir Buchanan - dijo el oficial Torres.
Otro implicado en el caso de mi sobrina Candice... - rememoró él suspirando.
Sí, señor - asintió.
¡Absurdo! ¿Cuántos pichones mataremos en el camino! Condúzcanlo al Palacio por otra vía, me reuniré con ustedes allá, espero que sólo duerma en el camino... - pidió a los oficiales despidiéndose de ellos.
¡Lo hará, se lo aseguro! - ellos asintieron.
De acuerdo, espero que así sea, por lo pronto tengo que borrar algunos expedientes - informó el hombre.
Está bien, vamos ayúdame con él - le dijo Torres a Zaldívar.
Reina, era cierto, reina... - alcanzó a susurrar el Dr. Pereyra.
¿A quien busca Lady Beagen...? - preguntó Candice con aparente diversión.
A mi hermano, Candice... ah mira ahí se encuentra, conocerás a tu tío - aseguró ella cuando un alto y apuesto hombre se encontraba caminando hacia ellas.
Vamos mi amor - la tomo de la mano y la asió hacia sí, sobretodo porque desde ese momento marcaría sus límites en los temas tratados para con su esposa.
Beagen, ¿cómo estás? - el hombre corrió hacia ella, abrazándola.
Muy bien y ¿tú Alphonse? - quiso saber viéndolo demasiado guapo.
Bien, ¿cómo está Sir Borthwick? - saludó a su cuñado.
Detrás de ti cuñado y muy bien aún, te presento a Lady Candice Andley - respondió y se hizo hacia un lado, dándole paso a una linda jovencita.
Sobrina, a tus pies, cualquiera diría que eres una jovencita muy bella - él le dio un halago.
Y casada, soy Sir William Andley - se adelantó receloso.
Mucho gusto Sir Andley, mi nombre es Alphonse Buchanan - sonrió él.
Nos vamos - les dio el paso.
Por supuesto - accedieron.
¿Hubo problemas en el tren? - quiso saber, debido al incidente de hacia unos momentos
Algunos, pero ya los resolvimos - sonrió Albert pagado de si mismo.
Muy eficiente Sir William - lo felicitó.
Lo que sea necesario por defender lo que es mío, Candy ¿te ayudo? - le preguntó a su esposa, al ver que no podía subir al vagón.
Gracias, ya te vi - le susurró cuando estaba cerca.
¿Qué cosa? - preguntó él haciéndose el loco.
No seas celoso, no todos los hombres van detrás de una mujer casada - increpó ella, sin saber que todos querían ir detrás de su mujer y que estaba casada.
Tú mi querida esposa, no conoces a Sir Buchanan - le comentó.
Albert, guarda silencio - pidió ella, sonrojada por sus declaraciones.
Lo hago, si me das un beso - declaró él travieso.
Aquí no, mi amor tenemos publico - aseveró ella.
¡Qué mejor, aquí sí! - le dijo, la tomándola desprevenida.
Candy primero estaba reacia, pero después aceptó el beso, el abrazo, el que la atrajera hasta su cuerpo, que la apretara contra sí y que ella sintiera lo que estaba haciendo con él, su deseo frenético de poseerla sin darse cuenta de que unos ojos no muy lejos de allí los observaban, estupefacto, lleno de curiosidad y sobretodo de haberla conocido y en tan solo unos segundo enamorarse de esos lindos ojos verdes.
Continuará...
