El siguiente capítulo tiene escenas eróticas, si eres sensible a este tipo de lectura abstente a leerlo.

Capítulo XXVIII

Albert... - ella lo llamó jalando aire.

Sí Candy, yo también te necesito ahora, vamos... - Albert la apuró apenas y hubo separado sus labios de los de ella.

Albert jaló a Candy apenas subieron al tren, siguieron su camino y cuando iban a entrar a su camarote privado fueron sorprendidos por Sir Buchanan, haciéndolos sonrojar, Albert comenzaba a enfadarse y Candy se limitpo a recogerse el cabello, ligeramente emocionada por el amor que él quería prodigarle.

Muchachos ¿por qué tanta prisa? Si apenas nos conocemos y quisiera hablar un momento con ustedes - sonrió Sir Buchanan

Lo que pasa es que mi esposa está en cinta y debe tomar siesta a esta hora - mencionó Albert sonriéndole a la sonrojada rubia.

Lady Andley... ¿en cinta? - apenas pudo decirlo. ¿Tan joven? - expresó más enojado que incómodo por lo expresado.

No los incomodes Alphonse, están enamorados, yo a su edad... - comenzó a decir Lady Beagen.

A su edad aún jugabas con muñecas - aclaró Alphonse haciéndole ver que nadie en éste siglo se casaba tan joven.

Cuñado, no seas entrometido, no ves que los incomodas, además recuerda que es tu sobrina de la que hablas... - le aclaró celoso Sir Borthwick y en secreto.

¿Cómo dices esas cosa Sir Borthwick? Sólo me ha sorprendido un poco, es todo - refiere Sir Buchanan apenado por la insinuación tan certera de su cuñado.

Pues más te vale cuñado, porque no querría ver cómo eres despedazado por Sir Andley - refiere Sir Borthwick señalándolo.

¿Por qué haces esos comentarios? - preguntó Sir Borthwick molesto.

Porque es hora de que ésta señora se vaya a la cama, vamos Lady Andley, usted debe dormir y usted mi joven señor, debe acompañar a su esposa - Lady Beagen, quien había escuchado todo apuró a los Andley para aclararle ciertos puntos a Sir Buchanan.

Gracias, Lady Beagen - Albert le agradeció a su suegra salvarlo de una situación muy incómoda y ambos rubios desaparecieron.

De nada, anden, caminen - les dijo ella molesta cuando vio a su hermano.

¿Qué pasa hermana? - quiso saber Sir Buchanan.

Cometí una tontería, afortunadamente Candice no se dio cuenta de mi error y tú ni te atrevas a ofenderla y menos delante de William, Alphonse - le aclaró señalándolo. ¡Por el amor de Dios! ¡Insinuártele! ¡A mi hija y tú sobrina! ¡Será mejor que ni lo intentes o...! - se interrumpió para ver el descaro con el que se mofaba de ella.

¿O qué? ¿Me golpearás? - cuestionó él carcajeándose de su hermana en son de burla.

No, no meteré las manos, pero sabes que la traición se paga con la cárcel o la horca - refirió Sir Borthwick.

Lo sé, espero que no pienses que trato de seducir a mi sobrina cuando está embarazada... - soltó cínicamente.

Pues... tienes tu fama cuñado y los accidentes pasan en cualquier lado... - ahora fue turno de Sir Borthwick quien soltó la advertencia.

No se preocupen, no haré nada, me retiro - Sir Buchanan emprendió retirada, lo que menos necesitaba en ese momento era discutir algo que él ya había decidido.

Buenas tardes hermano - se despidió Lady Beagen con reticencia.

Hasta pronto Lady Beagen, cuñado - hizo lo mismo con Sir Borthwick.

¡Ay Sir Borthwick! Quiero... tengo... ¿qué hice? ¡Cometí un error! No pensé que Alphonse fuera a... no podré soportarlo - se dejó caer en la salita de servicio.

Si tu hermano intenta algo, cualquier cosa, me veré obligado a mandarlo directo a Escocia, ¿lo entiendes...? - le advirtió severamente.

Sí mi amor, aún me arrepiento de esto, no entiendo que él trate de seducirla, estando casada y en cinta - Lady Beagen se siente frustrada por la decisión tomada.

Al parecer no le será tan fácil para él ya que William ahora no se le despegará para nada, nos tendrá vigilándola, pero sin que lo sepa - espetó Sir Borthwick.

¡Siento que no dormiré nunca más! - expresó su esposa, alzando los brazos para liberar la frustración.

Vamos a descansar porque nos espera un largo viaje - animó Sir Borthwick a su esposa.

Mientras en el camarote de Candy y Albert... se respiraba entregas y pasión.

Mi amor... - lo llamó Candice.

Dime - respondio él empeñado en seguir su labor, deshacerse de toda la ropa que portaban era un trinunfo.

Te amo tanto - suspiró ella. Te necesito - lo apuró.

Espera, quiero besarte en cada centímetro de piel, también te necesito, pero no quiero que parezca que sólo quiero poseerte - Albert sabía que algo le iba a pedir y no era precisamente paciencia.

Albert... - lo llamó de nueva cuenta.

Espera, procura no hacer ruido - pidió él con una sonrisa picarona mientras se deshacía de la última prenda íntima de su esposa.

Albert, siento que me quemo... - rectificó la rubia cuando provocativamente se pasó las manos por todo el largo de su cuerpo.

¡Ay mi amor! - Albert sintió que nuevamente le insistía que la poseyera sin premuras.

Para la otra, pero yaaaaa... - pidió incesantemente.

¡Eres una mandona! - espetó él sonriendo ante la declaración no hecha por ella.

¡Te encanta que sea mandona! ¿O no? - Albert ya no le dio tiempo de seguir preguntando y solo pudo emitir un jadeo de satisfacción. ¡Aaaahhhh!

Es hora de que aproveches la boca para algo más que decirme eso, así que bésame - le ordenó y el beso que pretendía ser sensual se transformó en un desesperado mientras la embestía de forma salvaje y seductora.

¡Aaaahhhh, sí...! - por fin Candy y Albert después de una gran cantidad de embates, obtuvieron lo que ambos querían, sentirse plenos sin alcanzar ni una nota del aura orgásmica.

Candice no hizo otra cosa, que amarlo, como él se lo merecía, ella disfrutó de la intimidad que hasta hacia unas semanas era desconocida para ella... hasta que la experimentó con él. Tanto tiempo después de llegar al orgasmo, ella se quedó sonriente sobre su pecho, le echó una pierna sobre las suyas quedando entrelazadas y siguió besando aún más al colocarse encima de él, sus pelvis tocándose, sus pechos sintiéndose y sus bocas recibiéndose y disfrutando del calor mutuo.

¡Eres increíble, mi amor! - Candy aceptó que su esposo era sorprendente para ella.

¡Tú más y te has vuelto insaciable! - respondió él, alabándola.

Y tú más celoso... - señaló ella, dándole vueltas a su dedo sobre el pecho de él.

Siempre defenderé lo que es mío... - respondió metiendo la lengua en su deliciosa boca y así prolongar el beso que ella le daba.

Lo sé amor, siempre te amaré y más cuando nazca nuestro bebé - afirmó ella, sabiendo que él lo entendía.

Yo los amo más desde que me enteré que sería padre... - soltó él ganándose que ella friccionara su pelvis contra la de él.

Te amo Albert, ámame nuevamente... - le suplicó ella con la mirada encendida.

¡Golosa! - la llamó.

¡Albert! ¡De ti! - y con un beso lo calló.

Mientras Albert y Candice hacían el amor... en otro camarote...

Quien lo fuera a decir, Candice White Andley casada y en cinta, creí que no tendría ningún problema en convencerla para que fuese mi amante. Si no estuviera embarazada, pero así y tan joven, que suerte tiene William, el haberse conseguido esa chica, es tan deliciosa que es una pena, què ojos, tan verdes... - Sir Buchanan trataba de dilucidar por qué la deseaba tanto.

Lamentablemente la actitud de Alphonse Buchanan no fue bien vista por nadie, a Candice no la dejaron ni a sol ni a sombra, ese mes era primordial para ella, pasaba su primer trimestre y los cuidados eran a veces exagerados, dado que ella se quedaba dormida en cualquier lado, afortunadamente para Carmenza era un deber para con su señora, ya que no se le apartaba ni un sólo momento, lo cual molestaba demasiado a Sir Buchanan ya que él quería acercarse a su sobrina, pero nadie se lo permitía hasta que un día tuvo suerte o eso es lo que él pensaba.

¡Lady Candice, milagro que está sola! ¿Cómo ha estado? - saludó Sir Buchanan animoso y sintiéndose afortunado.

Medio mal, el embarazo me hace dormir mucho y aunque no lo creas tengo sueño de nuevo, pero antes de volver a dormirme quise mejor salir un ratito de la cama para tomar el aire - comentó ella.

¡Qué bueno que decidiste apartarte de todos! No sé, siento como que te asfixian... - comentó él libidinoso.

¿De verdad? ¡No lo siento así! - espetó ella.

Eres tan pequeña Lady Andley, que quizás no sabes a ciencia cierta que eso lo hacen - respondió ante el rostro incrédulo de la rubia.

Pues no creo, mis madres decían que los que te protegen es porque te aman - refirió la rubia, recordando

¿Tus madres? - quiso saber Sir Buchanan.

Sí, viví en un orfelinato y sé reconocer a las personas que pueden ser malas conmigo, Sir Buchanan - respondió y aclaró la rubia.

¿Quisieras tomar un refresco conmigo? - con esa información sabía que debería de cambiar el rumbo de la situación.

No tengo sed - refirió ella.

Anda, sólo uno y será en el comedor - decidió invitarla al comedor, ya que la situación se le estaba saliendo de las manos.

Bueno, vamos - por fin ella había aceptado dado el lugar donde estarían.

Señora - Carmenza la llamó haciendo que a Sir Buchanan le crisparan los nervios.

Carmenza, iré a tomar un refresco con Sir Buchanan - explicó la rubia, comenzando a tomar el brazo del escocés presente.

Es que Lady Beagen la busca, se sintió un poco mal y quiere que la ayude con unas cosas - soltó ella atropelladamente.

¿Está bien? - preguntó la rubia conmocionada, deshaciéndose de ese estorboso brazo que no dejaba que caminara.

No lo sé, el médico está con ella - termino por contar.

Lo siento Sir Buchanan, debo ir a verla, será otro día - de buenas a primeras se disculpó y salió detrás de Carmenza.

Sí Lady Andley, pase usted - concedió el guapo hombre con ira.

Carmenza, ¿donde se encuentra? - preguntó la rubia consternada por la noticia.

Pronto caerá, Lady Beagen - se dijo Sir Buchanan más para sí mismo que para cualquiera que lo hubiera escuchado, su hermana no le ganaría esta partida.

Eso es lo que tú crees, Alphonse - declaró Sir Borthwick cuando detrás de su cuñado, él apareció con voz enérgica y ojos centelleantes.

Sir Borthwick, ¿qué hace? - le preguntó Sir Buchanan a Albert cuando le inyectó una solución en el brazo

Eso será suficiente para bajarlo en la próxima estación, dormirá todo el viaje a Escocia y allá verán que hacer con él, tome, es una carta para Sir Campbell, entréguesela y será suficiente - Albert se la dio al guardia de su escolta privada que los acompañaban en cada tren desde Lisboa, recomendándole no dejar de drogarlo.

De acuerdo, espero que tomen en consideración que no quiero dejarlos en este punto del viaje - el guardia rectificó la orden dada.

Lo sabemos y apreciamos, pero es necesario, mi esposa ha estado mal desde que su hermano equivocó sus decisiones para con Lady Candice y ella no puede seguir encerrada todo el viaje, es sofocante, será mejor que lo apartemos de aquí y nos dé un poco de tranquilidad - refirió Sir Borthwick.

Está bien, lo llevaremos a su camarote y espero que nadie se dé cuenta que él desaparecerá - explica el guardia.

Bueno, voy a ver como se encuentra mi esposa; permiso - informa Sir Borthwick.

Pase Sir Borthwick - responden ambos hombres mientras cargan a Sir Buchanan a su camarote.

¡Hola Beagen! ¿Cómo te sientes? - preguntó Sir Borthwick cuando entró a su camarote.

Mejor, ¿pasó algo? - preguntó ella al ver que su esposo tenía un rostro diferente.

Lo mandamos a Escocia, invitó a tu hija un refresco y según Carmenza le dijo que era muy joven para casarse y ser madre - le respondió sin ningún dato de molestia lo que la hizo sospechar.

¡No puedo creerlo! - Lady Beagen quiso levantarse.

Espera, ¡no te levantes, ya lo solucioné! Es mejor que descanses, Candice ¿dónde está? - le preguntó su esposo.

Llorando con Albert - le informó ella.

¿Por qué? - su esposo se levantó sorprendido.

Por mí, porque es llorona, por el encierro, no sé - rebatió su madre biológica.

¿Está bien? - quiso saber él.

Sí, sólo sintiéndose mal por una mentira, no podía decirle que mi hermano trataba de seducirla y Albert sólo quiso abrazarla y no separarse de ella, pero después comenzó a llorar - soltó con pesadez.

Pobre Candice, ¿de donde habrá salido tan rompecorazones? - susurró Sir Borthwick.

Son esos endemoniados ojos, los ojos verdes de los escoceses, crearán disputas por esos ojos y por su alma, tan cálida y alegre...dice el poema ese - sonrió Lady Beagen.

¿Sólo eso? - Sir Borthwick quiso burlarse de su esposa.

Sí sólo eso, Candice es diferente. ¿Pasa algo William? - quiso saber ella cuando vio a Albert en la salita del recibidor.

No puedo hacer nada, no para de llorar - comentó acongojado.

¿Qué es lo que dices? Quieres que yo vaya o que ella venga - sugirió su suegra contrariada.

Está muy sensible, la dejé con Carmenza, espero que ella pueda hacerla dormir - aseguró Albert, ni él podría suavizar lo que ella estuviera sintiendo.

A todos los que la amenacen sufrirán lo mismo - comentó Sir Borthwick.

No podemos dejarlos por ahí, eso sería peor - expresó Albert.

Lo sé, sólo espero que no sean demasiados - sonrió Lady Beagen.

Podemos lograrlo mujer, vamos a descansar, creo que todos lo necesitamos - animó Sir Borthwick.

Mientras esto sucedía en el tren donde unos fatigados padres dormían muy a gusto y un esperanzado rubio intentaba hacer lo mismo. En Edimburgo la situación era tan distinta, Archie y Stear habían llegado hacia unas semanas a la Mansión en Edimburgo, pero nada había cambiado, todo seguía igual, las chicas poco disfrutaban aunque Patty, la más animosa de ellas, animaba a los demás, poco parecía agradarles y volvían a sus pensamientos hasta que un día, un telegrama había llegado.

Madame Elroy - la llamó Marie después de recibir un telegrama mientras cortaba algunas flores.

Sí Marie, ¿que se te ofrece? - cuestionó Madame Elroy.

¡Un telegrama..!. - Marie le extiende un platito de plata mostrándole el sobre.

¿De quién Marie? - quiso saber ella emocionada.

Sir Campbell - refiere la mucama.

Dámelo Marie, puedes retirarte... - la matrona lo toma y comienza a leerlo, sacándole una sonrisa y esbozando un rostro expresivo de alegría. ¡George, George...! - lo llama incansablemente, corriendo por primera vez por la casa.

Sí madame, ¿sucede algo? - George que se encontraba en la cocina tomando un vaso de refrescante agua, lo coloca rápidamente sobre la encimera y sale a su llamado.

Toma... - le extiende el telegrama.

¡Increíble! - George lo toma y comienza a leerlo, haciendo que por la impresión se lleve una mano para cubrir su frente y después con la otra, bajar el telegrama, riendo por la noticia.

¡Dime que son buenas noticias! - la matrona pide que le confirme lo que ambos acaban de leer.

Lo son madame Elroy, vamos tenemos que reunir a todos. Marie, llama a todos y llévalos al jardín, donde están los chicos... - refiere Madame Elroy, invitando a George que aun conserva el telegrama en la mano, el castaño no puede salir del asombro.

Enseguida... - acepta Marie a regañadientes, ella que quería saber lo que sucedía y a que era la primera vez que Madame Elroy sonreía tan abiertamente.

¡Santo Dios! ¡Qué sorpresa tan más agradable! ¡Se imagina, esto es grandioso madame Elroy! - soltó George excitado.

Aún no me lo puedo creer, vayamos al jardín, la última vez que lo vi, los chicos intentaban volar una cometa - refirió la matrona de la familia, caminando tranquilamente.

Patty les ha animado mucho y Martha, desde que llegó a la Mansión todo se ha vuelto casi como si Candy estuviera aquí - refirió George.

Les dará mucho gusto saber que está bien... - comentó la Señora Elroy.

Así los animará un poco... - aseguró George.

Cuando todos estuvieron en el jardín, George tomó protagonismo.

Buenas tardes a todos, ha llegado un telegrama de Sir Campbell que queremos compartir con todos - comenzó a contar, sonriendo por la cara de preocupación de la mayoría.

Querida Tía Elroy...

Estamos lejos aún, esperamos que usted y los chicos ya estén mejor... ella ha dormido más que Clint en todo el viaje hasta aquí, quisiera saber si los chicos se han recuperado y han comenzado a vivir nuevamente, nos hemos casado y pronto, muy pronto... seremos tres...

WA

¡Santo Dios, es eso lo que creo que es! - exclamó Janice.

¿Casado? ¡Tan joven! - expresó Archie, secundando lo dicho por su madre.

¿Tres? Tendrán un hijo, ¿tan pronto...? - se cuestionó el señor Brighter mientras Annie había bajado el rostro y lloraba.

¡Candy, Candy... seré tía...! - susurró Annie, emocionada.

Patty, seremos tíos, tíos, le haré juguetes, sí juguetes, eso lo necesitará, George me acompañas por material, necesito madera y clavos y pintura y ¿me ayudas Patty? - preguntó Stear emocionado por su nuevo proyecto.

Yo te ayudo hermano, hay que hacer la lista, ¿qué es lo que quieres comprar? - lo secundó Archie.

Esperen, por qué mejor no ven qué es lo que tienen, hay que abrir tu laboratorio, ver lo que tienes y qué te hace falta - sugirió el señor Brighter.

Cierto, bien pensado, usted Sr. Brighter ¿no ha pensado en cambiar de profesión? ¿Le gustaría ser inventor? - ahora fue el turno de preguntarle a él si reconsideraba que podría ser su ayudante.

Nosotras prepararemos ropita de bebé, ¿qué será? - sugirió la Señora Brighter, por primera vez era amable para con Candice y eso era raro.

Lo que sea Sra. Brighter, lo compraremos todo en blanco o amarillo, el bebé será bienvenido... - aseguró Janice.

Entonces creo que nos va a tocar preparar comida y mucha, vamos Marie - afirmó la Hermana Marie, tomando de la mano a la mucama, que apenas podía contener el llanto.

Sí hermana María... - la mucama la siguió.

Esperen un momentito, creo que no debo decirles que de esto a nadie den información, estamos siendo vigilados y es muy importante que nadie sepa lo que sucede con ellos, ¿me han entendido? - preguntó George.

Sí - afirmaron todos, contentos.

Todos a sus labores... - los despidió George con una sonrisa.

¡George, estoy tan feliz... esa es lo que los chicos necesitaban, una inyección de energía; pero estoy preocupada... - susurró Elroy.

¿Por qué señora Elroy? - quiso saber George.

William no mandaría un telegrama sólo para avisarnos que están bien, a él le pasa algo... soltó Elroy caminando hacia el ventanal abierto.

Algo como que ¿el embarazo de la señora Candice es de peligro? - preguntó George, preocupado ahora también.

No, algo como que no están seguros, Sir Campbell me informó que no estaban en el barco que vino desde África, así que en algún lugar debieron bajar, no sabemos en dónde, el barco hizo tres paradas y por cual de todas podemos ir a buscar. Además no podemos movernos de aquí porque nos están vigilando, lo mejor sería que todo siguiera su curso, sin llamar la atención de preferencia... - terminó de explicar la matrona.

Sí madame, iré a ver cómo van los chicos... - George necesitaba distraerse, la constante preocupación por los rubios, acabaría con el buen ánimo que la noticia del bebé les habia dado.

Sí George, adelante. William, tendrás a tu primer hijo, debes estar feliz, por ella... antes hubiera pensado que era una trepadora, como me dejé embaucar por Elisa, los tiempos cambian y las duras lecciones de la vida te obligan a hacer lo mismo, un nieto de William, quien iba a pensarlo, la amarás tanto William o te casaste sólo para protegerla o la deseabas igual que un hombre. Pero un hijo, un hijo no se hace en una sola noche... ¡Ay Elroy Andley, qué cosas estás pensando! Lo bueno de todo esto, es que un hijo está por venir y ésta casa volverá a ser muy alegre con ella aquí, volverá para alegrarnos el día y yo, me prepararé para recibirla como se merece... - decidió la matrona encaminándose a su habitación donde comenzaría con los preparativos para ese acontecimiento, una vez la había recibido con un gran pay de calabaza, la había presentado en la sociedad americana y ahora deseaba

Los chicos daban vueltas por todos lados, ellas se entretenían decorando los juguetes que Archie, Stear, el Sr. Brighter y el Sr O'Brien hacían para ayudarse entre sí; las señoras por otro lado, habían ido a comprar tela, estambres y listones, todo para el bebé de Candy, sin llamar la atención. La hermana María se quedó esperando en el coche a las Sra. Brighter y O'Brien cuando de pronto vio que un hombre anotaba y espiaba a las damas que se encontraban en la tienda de los listones, en un periodo en el que tuvo tiempo de tocarle al cochero, le avisó de lo acontecido y mandó a llamar a George con un chico que él conocía.

Perdone, el ¿Sr. Johnson? - pregunta un chico.

¿Quién le busca? - preguntó Marie que no se fiaba del chico.

Vengo de parte de John, el cochero de los Andley... - refiere el chico, acercándose a la verja.

Espere un momento, Sr. Johnson le buscan, es urgente - Marie entró aprisa.

¿Sucede algo Marie? - le cuestiona él.

Un chico lo espera en la reja, parece que viene de parte de John... - apenas y terminó de darle la noticia Marie y la apuró para volver afuera.

Vamos - lo apresuró.

Sí señor - asintió ella.

Buen día muchacho ¿qué sucede con John? - quiso saber antes de decírselo de verdad.

Nada, solo vengo a entregar esto - refiere el chico, dándole un sobre.

Veamos... Marie, dígale a madame Elroy que saldré un momento, que todas las actividades de los chicos sigan igual y que nadie se alarme, en un momento regreso. ¿Cómo te llamas? - lo vio y mientras leía, daba indicaciones a Marie, donde al mismo tiempo, se subía al carruaje.

Peter, señor Johnson - le informó el chico, sentándose al otro lado de él.

Vamos a ver qué se le ofrece a John, Peter - sonrió y mientras el chico admiraba el paisaje por la ventana del carruaje, George descansaba la mente, eso lo necesitaba demasiado.

Sí señor - aceptó Peter quedándose callado.

Cuando llegaron George iba de lo más calmado, debía aparentar que no estaba preocupado por nada. Bajó del carruaje y se asomó al de la Hermana María, imitando que la había alcanzado.

Hermana María, la alcancé. Las señoras ¿dónde están? - cuestionó él.

En la tienda y el señor es ese, que se resguarda en la puerta - le señaló al castaño.

Necesito que baje conmigo Hermana María - solicitó George.

Si, vamos - aceptó ella, bajándose del carruaje. Donde la recibió George, ayudándola a descender.

¡Ejem! ¿Señor, me da permiso? - le pide la hermana María.

Este... si.. disculpe, pase usted - le da el acceso el espía.

Hermana segura, que se siente bien... - le pide su mano, asegurándose que le seguirá la corriente.

Sí, sólo un poco acalorada George - aseguró ella de inmediato.

Hermana María, ayúdeme por favor - George le pide colaboración. Hermana, hermana ¿qué tiene? Un doctor... - George se asusta y pide un médico a los transeúntes, levantándose rápidamente.

Estoy bien, sólo ha sido el calor buen hombre, ¿cómo se llama usted? - le pregunta la hermana María cuando se siente auxiliada por el espía.

Gregory Saint Jones, hermana - le da su nombre y le coloca su sombrero sobre el velo.

Gracias Sr. Saint Jones, que Dios se lo pague... - sonríe la Hermana María.

Hermana, tome agua - se acercó George con un vaso.

Hermana María, que desconsideradas hemos sido con usted, ¿se siente bien? - pregunta Janice, apenada de haberla dejado en el calor de Edimburgo.

Sí, sólo ha sido el calor, el hábito no ayuda - intenta sonreír.

Entonces vamos a casa Hermana María, para que descanse - George sugiere tomándola de las manos para ayudar a levantarse.

Gracias, vamos - intenta levantarse con dificultad. Le regresa el vaso a la dependienta que después de unos minutos sale a ver el tumulto.

Ya en el carruaje, la Hermana María se sienta y comienza a acicalarse el velo.

George, el señor se llama Gregory Saint Jones - le informó rápidamente, antes de que se alejara de su carruaje.

Gracias Hermana María, iré al telégrafo, en un momento vuelvo - se despidió de las señoras y se encaminó al telégrafo esperando a que alguien le diera noticias del tal Sr. Saint Jones.

El señor Saint Jones era nada más y nada menos que un emisario del Duque Lemarque que se encontraba en algún lugar de Londres cuando el duque lo contactó para que vigilara a la familia Andley en Escocia, los seguía a todos lados, pero dado a que George era muy discreto ni el mismo se dio cuenta de que George ya lo había identificado.

George entró a la oficina de telégrafos y después de saludar al encargado, se despidió con la mano, Gregory no entendía qué sucedía, el encargado se metió a su casa y mando el telegrama que George le dio cuando lo saludó en un pequeño pedazo de papel que traía entre sus dedos.

Sir Campbell

Tenemos un espía, Sr. Gregory Saint Jones.

Ha escrito él, informó que está bien, vienen hacia aquí.

G. J.

George se subió a su carruaje y con desagrado observó a alguien que se encontraba en Edimburgo, los señores Leagan; sabría la señora Elroy que ellos estaban de visita, pues sería que mejor no; después de lo acontecido con los chicos tuvieron que apartar a ese par de ahí, por lo que a ellos los mandaron a América por la inminente guerra, entonces no se explicaba qué diantres estaban haciendo sus padres allí.

Los días pasaban y cada vez estaban más cerca de Calais, el puerto del Canal de la Mancha, desde ese punto todos podían estar más nerviosos, llegar a Londres no iba a beneficiarles en su salud, pero tendrían que intentarlo. Ahí mismo en Calais, Lady Beagen vistió a Candice de manera distinta y con ropas muy elegantes, al igual que lo hizo Sir Borthwick con Albert. Ella sabía muy bien, que nadie podría reconocerlos si les cambiaban un poco el aspecto, ella dejaría de ser rubia y él sería más castaño, para que se parecieran a su hermana y cuñado. Después de las compras, se sentaron a comer, en realidad es Candy quien se sentó a comer, los demás la veían como ingería con ímpetu cada alimento que llegaba a la mesa.

¿Qué te preocupa, William? - preguntó Sir Borthwick.

Nada en realidad, sólo quisiera saber ¿cómo es que le cabe tanta comida? Con ese pastel, ya lleva cuatro - susurró Albert a su suegro.

Bueno, eso es así, sólo debemos procurar que no suba de peso y listo. Aunque... es adicta al chocolate - refiere Sir Borthwick.

¡Ni que lo digas, eso lo sé! - Albert suelta de pronto y ambos comienzan a reír.

¡Hey! ¿De qué hablan ustedes dos? - quiso saber la rubia al ver a aquellos dos hombres sueltan la risa.

¡De qué te gusta el chocolate, mi amor! - refiere el rubio con cautela, dado que desde que se enteró de que estaba en cinta, le había dado de vueltas en la cabeza, la idea de que estaba gorda.

Lo sé, es bueno, uno es muy poco - refirió la rubia, sintiendo que eso era estupendo, al menos para ella.

¡Vas cuatro, estás engordando! - Albert no lo pudo evitar.

¡Ya vas a comenzar con eso! ¡Sí claro, ya no me vas a querer si estoy gorda! ¿Verdad? ¡Es por eso que me lo recuerdas! - gritó de pronto la rubia y se levantó sin tener en cuenta de que la oían todos los comensales.

Lady Candice, no es por eso que se lo recuerda, no debe subir mucho de peso, es solo eso - agregó Sir Borthwick.

Permiso - Candy con mirada asesina, se disculpó saliendo deprisa.

Voy por ella... - se levantó Lady Beagen.

No, yo lo haré lady Beagen. Candy espera, mi amor... - se acercó hacia ella, encontrándola en un balcón del restaurante, tomándola de la cintura.

Siempre comienzas con esas cosas, sabes que no me gusta que me digas que estoy gorda - se defiende la rubia.

Perdonen, ¿se acuerdan de mí? - cuestiona una voz femenina.

¿Quién es usted? - cuestionó Albert, sacándose de control.

Louise Thompson, Señor William - la señorita estiró la mano para saludarlo.

Nos está confundiendo - determinó Albert cuidando de que Louise no se diese cuenta de ello.

¡Qué raro! Me pareció que usted era el Sr. Andley - comentó ella.

¡No, no lo soy! Ahora si me permite, mi esposa y yo, tenemos que irnos - tomando a Candy de la mano y entrelazándola, se retiró de aquel lugar tan estresante, tan solo por la presencia de Louise, una mujer que podría hacerles mucho daño y otra que también pudiera descubrirlos.

Perdone señor - la morena se disculpó.

Si madame - Albert sonriendo, hizo un venia y Candice lo imitó.

¿Quiénes son ellos? - preguntó al maître.

Son extranjeros, los Sires y Ladies Borthwick - respondió el maître.

¿Está seguro? - cuestionó la morena un poco dudosa.

Sí madame, permiso - se retiró el mesero.

¡Qué raro! ¿Podría jurar que ellos son Candice y Albert...? - Louise siguió al parecer con su duda hasta que se vio sorprendida por otra persona.

¿Lista? - le preguntó su acompañante.

Sí, Alphonse - asintió ella.

Puedes decirlo completo dulzura, que en tu boca se oye tan bien... - él percibió el tono de voz y la incitó a que dijera más cosas.

Alphonse Lemarque - volvió a hablar.

¡Precioso! ¿Sucede algo? - emocionado, decidió preguntar.

¡No... son cosas mías, creí ver a unos conocidos...! - aseguró ella.

¿Quiénes querida? - le preguntó él tomándola del brazo.

Ellos - confiesa y dirigiendo la mirada hacia el lugar donde los Borthwick comentaban algo.

¡Ah mira! ¡Qué pequeño es el mundo, al menos Europa! - asegura Alphonse.

¿Los conoces? - pregunta ella.

Claro, son Beth y Boid Borthwick, los más jóvenes y los otros dos, son Blaine y Beagen Borthwick, ¿por qué? - quiso saber el ¿por qué su novia preguntaba por ellos?

Hubiera jurado que eran otras personas... - aseguró nuevamente.

Sí claro, ¿cómo quienes? - sonrió él.

Los Andley... - susurró apenas.

¡A ver, no, no lo son! - fue el turno de Alphonse de burlarse de ella, dándole un beso al final.

Mientras en otra mesa...

¿Qué pasa, Lady Candice? - le cuestionó Beagen cuando la vio muy pálida.

No me siento bien, ¿podemos irnos? - les pidió a los Borthwick.

Por supuesto, creo que el chocolate te ha sentado mal... - aseguró Sir Borthwick.

Sí, es eso - mintió la rubia.

¿Pasa algo, William? - quiso saber Sir Borthwick.

¿Puede sentarse en aquella silla? - le pidió su yerno.

Por supuesto, ahora me dirás ¿por que me he sentado aquí?

Allá atrás, está una chica morena junto a un escocés, como nosotros, pero más joven - comenzó a explicarle.

Sí, los veo - aseguró Sir Borthwick.

Sea discreto, la chica se llama Louise Thompson y me ha reconocido... - cortó la información cuando Candice parecía que se ponía peor.

¡Por eso lady Candice está mal! - le dijo su suegro.

Sí, en parte - respondió el rubio, tomando aire.

Y ¿la otra parte? - preguntó de nueva cuenta.

La otra parte es que él es Alphonse Lemarque, el sobrino del Conde Emanuelle Lemarque... - cuando soltó esa información, Candice, su cabeza específicamente, cayó hacia un lado de la silla.

¡Dios Santo! - Lady Beagen se asustó y se levantó a auxiliarla. ¡Sir Borthwick, aprisa, Beth se ha desmayado! - comentó preocupada.

Vamos, Albert, cárgala a la sala de espera - señaló Sir Borthwick haciendo que el maître les mostrara por dónde estaba. Realmente Albert se encontraba muy asustado, la impresión de ver a Louise y a otro Lemarque fue demasiado para su esposa y más cuando su suegro se enteró de ello.

¡Algo pasa! - exclamó Louise.

Por aquí señores Borthwick, pasen, pronto vendrá el médico - aseguró el maître dejando a seis pares de ojos preocupados.

Gracias - agradecieron todos, quedándose estupefactos.

Permiso... nombre de la señora - cuando entró el médico cuestionó a los presentes.

Beth Borthwick, doctor - informo lady Borthwick.

¿Qué le ha pasado? - el médico debía tener cierta información.

No lo sabemos, sólo se sintió mal y se desmayó, está en cinta - informó Albert preocupado.

¿Podrían salir todos? Necesito auscultarla - les solicitó a todos.

¿Puedo quedarme? - pidió Albert visiblemente preocupado.

¿Usted, es el esposo? - preguntó el médico.

Sí - respondió con un hilo de voz.

De acuerdo, los demás salgan - accedió y los pares de la rubia salieron.

Gracias, esperaremos afuera. Permiso - ambos se disculparon y salieron encontrándose a todos los curiosos en la puertas.

¿Qué sucede? - cuestionó Sir Borthwick, ante todas las personas que estaban ahí.

Sir Borthwick, ¿cómo está usted? - le preguntó un gallardo joven inglés.

¿Quién es usted? Lo conozco? - tuvo que preguntar.

No Sir Borthwick, me presento, soy Lord Alphonse Lemarque, sobrino del Duque Emanuelle Lemarque y ésta bella señorita, es Louise Thompson, mi novia - Alphonse fue lo más educado que se podría.

Mucho gusto señorita, señor, pero si nos disculpan debemos estar atentos a lo que nos digan - aseguró Sir Borthwick.

¿Qué sucede? ¿Podemos ayudar en algo? - ofreció Alphonse.

No lo creo, es cosa de médicos solamente - Sir Borthwick supo que tenía que alejarlo de ahí.

¿Qué sucede doctor? - preguntó Albert cuando vio que él le daba un vaso de agua con algún polvo a Candice.

Sólo ha comido un poco de más, le he dado un remedio y necesita descansar - Albert acompañó al médico hasta la puerta y al salir observaron los rostros expectantes de sus suegros, Louise y Alphonse.

¿Podemos pasar? - le preguntó Lady Beagen preocupada notablemente.

Adelante - Albert les dio acceso.

Luego lo veo Lord Lemarque - se despidió Sir Borthwick y le dio el paso a su esposa, cerrando la puerta tras de ellos.

Hasta pronto, ya ves como si eran. ¿Qué pasa querida? - le preguntó él a Louise.

Tengo una corazonada, pero creo que no debemos importunar por el momento... - respondió ella segura de que los conocía.

¿Nos vamos? - preguntó el rubio.

¿Te sientes mejor? - preguntó Lady Beagen a su hija.

Sí, ver a Louise aquí me hizo que se me revolviera el estómago - respondió tomando aire.

Lo sé mi amor, pero nada te pasara si te protejo, ¿lo entiendes? - aseguró Albert.

Sí - aceptó ella, recargándose, así sentada, en el pecho de su esposo.

¿Te sientes mejor, Beth? - preguntó Lady Beagen.

Sí, ¿podemos irnos? - preguntó la rubia.

Aún faltan una par de horas para que zarpe el Irish, pero podemos caminar hasta allá para que bajes los pastelitos - le sonrió Albert, pero lejos de enojarse sonrió por su broma.

Sí, vamos - accede él. Albert, espera - le pide que se detenga.

Sí, vayan Lady Beagen y Sir Borthwick, los alcanzaremos en un momento - solicita Albert, recordando lo cerca que estuvieron de ser descubiertos y más por una mujer despechada como lo había dicho alguna vez, Alfred.

¡Albert, Albert! - lo rodeó con sus brazos.

¿Qué pasa? - Albert entendió que por alguna razón, ella tenía miedo.

¡Tengo miedo! - Candice se refugió en sus brazos, en su pecho, en el calor de su cuerpo.

¿Por qué linda? - se cuestionó y al mismo tiempo, le alzó el rostro por la barbilla.

¡No quiero perderte! ¡No quiero ver a esa mujer! ¡No quiero pensar en qué me sucederá, si te pierdo! ¡no me obligues a pasar por esto una segunda vez! ¡No quiero que nuestro hijo sea huérfano como lo fui yo! ¡Me niego a vivir sin ti! ¡Por favor, no lo hagas! - llevaban mucho tiempo esos pensamientos guardados en su mente, se preguntó Albert cuando ella comenzó a llorar, impotente.

No me perderás mi amor, no lo harás, siempre estaré para ti, esto que tú sientes, yo lo siento cada vez que eres empática con otros hombres, ¡me da un terror indescriptible de que no seas mía! ¡De que ese hijo que llevas en el vientre desaparezca! ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo tolerarlo! - afirmó Albert.

Mi amor, abrázame y sácame de aquí - le pidió efusivamente besándolo y limpiándole el rostro con un discreto pañuelo.

Sí, límpiate esas lágrimas y salgamos - le pidió él.

Beth, ¿te sientes mejor? - preguntó su madre, quien vio vidriosos sus ojos.

Sí... - aceptó ella, caminando hasta donde estaba Lady Beagen.

¿Sucede algo, Boid? - preguntó Sir Borthwick.

Cada vez que nos acercamos a Escocia nos da terror y el ver a ellos dos aquí, no ayuda en mucho, ¿dónde me dijo que nos acompañara en el viaje, el Tribunal? - preguntó por tercera vez.

Cuando lleguemos a Londres... - respondió su suegro sin hartazgo.

Albert iba preocupado, pero más lo hacía Blaine, que sí, terror era lo que veía en aquel par de rubios, todos debían de calmarse, Candy no pudo llegar a la estación y Albert tuvo que cargarla haciendo que todos al verla en brazos de un hombre se apartaran pensando que estaba enferma, Albert llegó al Irish y rápidamente lo llevaron a su camarote donde depositó a Candice para luego darse un baño mientras ella dormía. Al salir vio que ella lloraba entre sueños, unos momentos después buscó a Carmenza en la habitación de la servidumbre y al hacerlo chocó con alguien pidiendo disculpas.

Lo siento, no lo vi - el rubio pidió disculpas un hombre con muletas.

No se disculpe, Sir Andley - lo nombró haciendo que el rubio alzara el rostro cuando escuchó su nombre.

¿Cómo ha dicho? - le preguntó de nueva cuenta.

¿No me reconoces, Albert? Soy Terrence Grandchester, tu amigo de Londres... - el castaño comenzó a reírse y le dio un efusivo abrazo cuando se nombró en un susurro.

¡Terry...! - exclamó Albert sin poder creerlo, frente a él tenía a un herido, un hombre con barba cerrada y cabello corto, vestido muy galantemente y más alejado, detrás de él observaba que un gallardo Duque de Grandchester, lo ayudaba con la otra muleta...

Continuará...