Ciudad de Nueva York, actualidad.

Giselle y Sarah habían estado viviendo en ese mundo por 13 años ya, Giselle ahora tenía 18 años, y Sarah 16.
Ambas eran delgadas, de tez blanca y de cabello y ojos color café oscuro. A pesar de que Giselle era la mayor, Sarah era un poco más alta que ella.

En todo ese tiempo nunca fueron adoptadas. Sí, había gente que se interesaba en adoptarlas, pero cuando las niñas comenzaban a hablar sobre "el mundo" del que venían y todas las cosas por las que pasaron, las personas interesadas cambiaban de opinión. Pensaban que su "situación" sería algo muy problemático y difícil de manejar y los padres no querían lidiar con eso.

Los demás niños las tachaban de raras y no se juntaban con ellas, así que nunca hicieron amigos. Tampoco es que los tuvieran en el Bosque Encantado así que no les afectaba.

Había sólo una persona que se preocupaba por ellas, una de las encargadas del orfanato llamada Lucy quien al verlas siempre solas se compadeció de ellas y siempre trataba de convivir con ellas y aunque no estaba muy segura de que las historias que las pequeñas contaban fueran ciertas nunca las juzgo ni les hizo ningún comentario al respecto, con el tiempo se encariño tanto que las trataba como si fueran suyas.

Las niñas también se encariñaron mucho con Lucy ya que les recordaba un poco a la señora Áurea, a quien extrañaban mucho y nunca supieron qué fue de ella, Lucy era la única persona en ese extraño mundo que les daba esa misma sensación de seguridad que ella les daba en el Bosque Encantado.

Giselle por ser ya mayor de edad y por ello una persona más independiente ya no podía continuar en el sistema de adopción, sin embargo, Sarah por seguir siendo menor de edad tenía que quedarse.

Lucy, como un regalo algo atrasado de cumpleaños y también de despedida le dió un auto, aunque usado, en muy buenas condiciones y algo de dinero para que pudiera sostenerse durante un tiempo mientras conseguía trabajo.

-De verdad, no tenías por qué darme nada de esto Lucy -dijo Giselle -Ya has hecho mucho por nosotras todos estos años.

-Oh vamos, no seas ridícula querida! Sabes que para mi no es ningún problema hacer nada de esto. Todo lo que quiero es que siempre estén bien -dijo Lucy sonriendo.

Giselle caminó hacia a ella y la abrazó con mucha fuerza -Muchas gracias, de verdad, gracias, gracias! -Le dijo.

-No hay por qué.

Mientras todo esto ocurría Sarah se encontraba recargada en una esquina de la habitación con los brazos cruzados. Mientras que Giselle y Lucy estaban muy emocionadas por el inicio de su nueva vida, a ella no le había caído nada bien la idea. No quería separarse de su hermana y, aunque sabía que Lucy estaría ahí y que la decisión de irse del orfanato no dependía en absoluto de su hermana, no podía evitar sentirse molesta con ella por dejarla en ese lugar.

Giselle al darse cuenta de la inquietud de su hermana, se separó de Lucy y se acercó a ella.

-No te preocupes Sarah -dijo ella poniendo sus manos sobre los hombros de su hermana -Vendré a visitarte seguido, lo prometo.

Sarah se limitó a asentir. Si algo había heredado de su madre, era lo orgullosa que podía llegar a ser algunas veces. Esto, claro, ella no lo sabía. Sarah no recordaba ninguna figura adulta antes de Áurea, mientras que Giselle tenía recuerdos borrosos de dos personas que llegaron a cuidar de ellas antes de que la señora Áurea las encontrara en el bosque, siempre supuso que esos fueron sus padres pero como no estaba del todo segura y no podía recordar más allá nunca hablaba del tema.

Giselle acercó a su hermana hacia ella y la abrazó -Te quiero.

-Yo también –murmuró Sarah.

Después de unos minutos se separaron, Giselle procedió a tomar sus cosas, se despidió por última vez de Lucy y su hermana y salió del edificio, caminó hasta la parte del estacionamiento donde se encontraba su nuevo auto, abrió la puerta y antes de meterse se volteó hacia el edificio y le dio un último vistazo.

-Definitivamente no echaré de menos este lugar -dijo sonriendo.

Y con eso, finalmente se subió al auto, lo puso en marcha y comenzó a conducir hasta su nuevo destino:

Maine.

Después de una hora conduciendo Giselle decidió orillarse, apagó el motor del auto, miró su alrededor para asegurarse de que nadie la estaba observando y con su mano le dio tres palmadas a la cabecera del asiento del copiloto.

Pasaron unos segundos hasta que se escuchó una voz susurrante diciendo -¿Todo despejado?

-Sí, ya puedes salir -contestó Giselle.

Del suelo de los asientos traseros emergió Sarah, con el cabello algo despeinado y la ropa desalineada.

-¡Uff! ¡Genial! ¡No sé si hubiese podido aguantar más tiempo ahí!

-No creo que haya sido para tanto -contestó su hermana.

-¿No? ¿Porque no mejor te vas tú ahí atrás y yo conduzco?

Giselle rió y contestó -Número uno, no, no sabes conducir así que probablemente nos matarías. Y número dos, no gracias estoy bien aquí.

Sarah sonrió y le dio un golpe en el hombro a su hermana.

¡Ouch! -exclamó riendo.

Acto seguido Sarah saltó desde el asiento trasero al del copiloto y se puso el cinturón.

-¿Lista para continuar el viaje?

-Lista.

-Por cierto, ¿cómo hiciste para escapar y entrar al auto antes de que yo llegara siquiera al estacionamiento?

-Oh, sólo distraje un poco a Lucy y en cuanto salió de la habitación aproveché y salí por la ventana lo más rápido que pude.

-Vaya, saliste buena para este tipo de cosas.

-Gracias -contestó con una sonrisa orgullosa.

Y con eso las hermanas continuaron con su largo viaje hacia Maine.