El estallido de la pistola en un entorno cerrado bastó para dejarlos a ambos con un desagradable pitido en las orejas al que, por fortuna, Dabi estaba bastante acostumbrado, así que pudo sobreponerse al aturdimiento y concentrarse en la persona que ahora estaba tirada en el suelo, emitiendo gruñidos de malestar. El azabache fijó la vista rápidamente en la viga solo para confirmar que aquella bala había roto la soga y la viga sin atravesar de paso al muchacho.
Había sido una buena caída y estaba seguro de que había escuchado algo crujir, así que se acercó sin dejar de apuntar; fue entonces que notó que le temblaban las manos y, al tratar de concentrarse, notó también que su respiración se había disparado. Extrañado consigo mismo por la inusual reacción, se mordió el interior de las mejillas hasta que consideró que estaba lo bastante sereno.
— Oye, ¿qué demonios fue eso?
Preguntó con toda la autoridad que pudo ejercer, pero inevitablemente sonó más despacio, más cauteloso. Casi como si no quisiera realmente escuchar la respuesta. Al estar más de cerca fue descubriendo más cosas del desconocido, como su cabello ondulado y celestino, sus manos largas y huesudas como dos grandes arañas enroscadas y ropa que era demasiado grande para su cuerpo, lo que denotaba una baja de peso importante. El ladrón estuvo a punto de abrir la boca para preguntar de nuevo, pero volvió a encontrarse con los ojos rojos, aún brillantes gracias a la luz de luna que entraba campante por los tragaluces.
Fue una pausa breve, como un reconocimiento entre el dueño de casa y el transgresor, pero los rubíes cambiaron de dirección y por desgracia Dabi tardó demasiado en seguirlo. Antes de que pudiera retroceder, las dos largas manos atraparon el arma con más fuerza que la que podría haber esperado de una complexión tan delgada; apuntaron y jalaron del gatillo, dejando todavía más descolocado al azabache al percatarse de que el cañón no iba dirigido a su frente, sino a la del propio hombre escuálido con el que había empezado a forcejear.
— ¿Qué mierda estás-
— Acaba tu trabajo.
— ¡Suelta el arma!
— ¡Acaba tu maldito trabajo!
Intercambiaron agresivamente, hasta que un nuevo disparo se tragó el ruido y lo único que volvió a confirmar que el dueño de casa seguía intacto fue el estallido de uno de los vidrios y la fuerza con que trataba de guiar la pistola hacia sí mismo. Dabi tuvo que cambiar de plan rápidamente, se estaba topando con demasiados escenarios inesperados y claramente este sujeto no conocía el miedo. Recordó que llevaba un cartucho de balas entero en el bolsillo, así que no lo pensó más antes de descargar los tiros que le quedaban contra la ventana, terminando por destrozar aquel enorme y bien cuidado vidrio.
— ¡No! ¡Qué hiciste!
Escuchó reclamar al de cabello celeste ante la pérdida de utilidad del arma, pero la calma no duró demasiado. El propietario de todas esas riquezas siguió el recorrido de las balas y, al menos esta vez, Dabi logró entender su próxima estrategia: Ojos rojos echaron a correr hacia la ventana rota, haciendo gala nuevamente de una velocidad que no debería haber existido en un físico así. Ojos turquesa corrieron detrás de él y le dieron alcance en el marco de la ventana, sujetándolo por el pecho para poder derribarlo.
Cayeron ambos al suelo cubierto de vidrio. El azabache gruñó al sentir esquirlas clavándose en sus brazos a través de la ropa cuando el otro hombre comenzó a revolcarse en busca de libertad. Jadeó cuando recibió un codazo en el estómago y fue suficiente para que su paciencia se acabara. El muchacho más delgado había dejado de prestarle atención para trepar a la baranda, pero alcanzó a sujetarlo de la chaqueta, lo arrojó una vez más al piso y se acomodó encima suyo, empuñando firmemente la pistola, más agotado de lo que quería admitir.
— Eres asqueroso, déjame en paz.
— Yo creo que no.
— ¡Dijiste que me matarías, mátame, hazlo de una buena vez!
— ¡Deja de moverte! Tranquilízate, viejo, qué mierd-
— ¡No necesito tranquilizarme, necesito que me mates o voy a matarte primero!
Su mirada estaba desorbitada y podía sentir el retumbar de su corazón sacudiéndole el cuerpo, lo que le dejaba más que claro que no habría forma de hacerlo entender. Dabi miró de soslayo la pistola y suspiró, resignado.
— Así no funcionan las cosas.
Contestó y encogió los hombros. Antes de que el hombre debajo de él pudiera responder o moverse más, le atinó dos buenos golpes en la cabeza con la base del arma, dejándolo por fin inconsciente.
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Definitivamente abrir los ojos no estaba en sus planes. Menos con la punzada de dolor que vino enseguida desde distintas partes de su cuerpo. Mucho menos cuando quiso tocarse la cabeza y notó que no podía mover los brazos. El descubrimiento lo distrajo un instante de su estado de miseria, lo invitó a tratar de orientarse y, oh, no fue tan grande su sorpresa cuando confirmó que tampoco podía mover las piernas.
Los primeros rayos de sol intentaban colarse entre las cortinas, así que no tuvo que esforzarse mucho para acostumbrar la vista. El amanecer le permitió comprobar también que ya no estaba en su habitación, sino en una de las tantas que llevaban meses vacías. Las gruesas cuerdas que lo inmovilizaban de las manos y los pies estaban atadas a la cama, así que no tenía posibilidades de moverse. ¿Sería que el tarado no lo había matado como él quería y prefería hacerlo a su propio modo, dejándolo morir de hambre? Ni siquiera pudo ahondar en el incipiente regocijo cuando la puerta se abrió y dejó ver al intruso vestido con ropa que estaba seguro había sido suya en algún momento. Tenía el cabello mojado y una expresión difícil de leer.
El azabache hizo un suave gesto de sorpresa al verlo despierto, pero volvió rápidamente aquel rostro indiferente.
— Tomé algunas cosas para darme una ducha.
— Maldita sea ¿por qué mierda te estás tardando tanto?
Le cortó el hombre de cabellos claros con tono impaciente y tironeando de las sogas para enfatizar. Dabi lo contempló un momento, luego siguió secándose el cabello con la toalla y se sentó en el borde contrario de la cama sin dejar de observarlo.
— ¿Cómo te llamas?
— No voy a tener esta conversación con un maldito ladrón que no sabe hacer su trabajo.
— Tú… en serio quieres morir.
El aludido abrió la boca, totalmente incrédulo, y apretó los párpados con fuerza, cada vez más desesperado por el final del camino que se alejaba a pasos gigantes. Tal vez si le decía todo lo que quería aquel fracasado estaría satisfecho. Quizá era una especie de fetiche enfermo conocer a tu víctima antes de acabarla.
— Tomura Shigaraki. ¿Estás contento? Ahora usa un maldito cuchillo o una pistola o tus manos y mátame ya. Tienes la jodida mansión y todo lo que dejé ahí, solo… acaba con esto. Llevo demasiado tiempo esperando.
— Esperando… tú… ¿hiciste esto a propósito? La puerta y las joyas y el dinero. ¿Es intencional?
— Dos semanas.— Gruñó Shigaraki, tironeando de vez en cuando con las manos y los pies.— Hace dos semanas apagué el sistema de seguridad y dejé cada maldita puerta y ventana abierta. Hace dos semanas estoy acumulando y dejando a la vista todas las cosas de valor que he podido para atraer a alguna rata y a todos les faltan bolas para entrar y huyen antes de hacer nada. Y justamente cuando decido que es suficiente, llegas… tú.— Escupió. Dabi hizo un gesto falso de dolor y ofensa.— Entras a este lugar, robas mis cosas y no… ¿por qué no…? ¿Qué más quieres? Aquí lo tienes todo, quédatelo y deja que me muera.
Shigaraki sintió que la rabia y la desesperación se convertían en angustia y le escocían los ojos. Volteó la cara para hundirse en la almohada y continuó tirando de las sogas, esforzándose por sentir algo de dolor. Cuando Dabi lo comprendió, se estiró para desatar uno de sus pies, logrando recuperar la atención del dueño de aquella fortuna. Sin decir nada, pues estaba procesando muchas ideas de pronto, el azabache desató además el segundo pie. Amarró una de las cuerdas a la cintura del hombre más pequeño y la segunda la amarró en su propia cintura, uniendo los extremos que quedaban de modo que estuvieran conectados.
— ¿Qué… demonios estás haciendo?
Cuestionó Tomura, realmente confundido cuando notó que las sogas los unían y comenzando a temer de las intenciones del azabache. Este último asintió cuando el nudo quedó bien reforzado y solo entonces correspondió a la expresión contrariada con una indescifrable. Por primera vez, en ese rostro de indiferencia asomó una sonrisa floja, casi somnolienta.
— Esto es perfecto. Ya me hacían falta unas vacaciones.
— ¿De qué mierda estás hablando? ¿Para qué hiciste eso con las cuerdas? Oye-
— Hubo un cambio de planes, Tomura.— Susurró el de cabello negro, levantándose de la cama para terminar de desatar las manos del de melena celeste.— Voy a quedarme aquí… y tú me vas a ayudar.
