NUESTRO REINO, NUESTRO MUNDO (cap. 4)

POV EMMA:

Los recuerdos me asaltaban como horripilantes pesadillas, la reina Regina había sido buena conmigo al estar todas esas noches en vela cuidando de mí, pero la realidad era que, no merecía ser salvada, me revelé en contra de mi rey y tuve que pagar con mi vida por ello.

Esa loba nunca debió encontrarme y mucho menos informarle a la reina de corazón de hierro, mi destino debió ser morir en esos riscos, pero ahí estaba, sentada en una cama que seguramente no debía ser ocupada por una plebeya, junto a mi salvadora, la misma mujer que me había robado el corazón con esos ojos suplicantes que me habías desarmado desde el primer momento y es que, ¿Qué mal había hecho ella? Solo quería salvar a su reino de quedar en ruinas por los altos impuestos que demandaba Tierrasnegras, muchos sabíamos cómo era ese hombre, pero también muchos estábamos en ruinas, sin un solo centavo en nuestro bolsillo y él era el único hombre que nos aportaba algo en ese mísero reinado suyo.

Aún recuerdo esa noche que me emboscaron.

Estaba en la torre norte del muro imperial, haciendo guardia, viendo que nadie del exterior intentase entrar sin permiso, las antorchas de los torreones estaba encendidas dejándome ver a mis compañeros en los lados sur y este, pero algo andaba mal en el lado oeste, la antorcha estaba apagada y no había señales de movimiento, cuando de repente las otras también comenzaron a apagarse, algo andaba realmente mal, me armé con el arco y la flecha listos para atacar, cuando de repente pude vislumbrar en la oscuridad, un flechazo que venía en mi dirección, traté de ver a mi atacante pero con esa penumbra n podía vislumbrar nada salvo las puntas de las flechas que estaba esquivando, alguien me quería muerta y era muy bueno en la arquería.

-¡quien quiera que seas, muéstrate!-grité al viento, pero nadie me respondió, era algo insólito, de pronto pude sentir un fuerte golpe en la base de la nuca, todo se volvió negro por completo. Cuando desperté, la cabeza me deba vueltas, los oídos me zumbaban como si tuviese un enjambre embravecido de avispas metido en los tímpanos, con la vista nublada por el mareo no podía ver nada de mi entorno, pero podía sentir que, uno, estaba atada de pies y manos, las cuerdas mordían la piel mientras forcejeaba para tratar de soltarme y dos estaba en un espacio cerrado por la falta de la sensación del viento en mi cara.

-ni lo intentes, es inútil que sigas lastimándote estúpidamente-esa voz calmada y aburrida me parecía muy familiar, pero con la desorientación que tenía en ese momento me resultaba imposible recordar donde la había iodo-si te hubiese limitado a matar a esa bruja, nada de esto estaría pasando-de las sombras que había en ese cuartucho apareció uno que hasta ese instante creía que era mi amigo, Robin Hood, el mejor arquero de todo el reino, con quien había aprendido desde que había aparecido en ese pueblo, un hombre de cabello corto y undulado de color caoba, ojos celestes cristalinos, pálido pero un poco bronceado a la vez por su vida entre los arboles antes de convertirse en un arquero real, estaba vestido, en ese momento, con una camisa verde claro y unos pantalones holgados y de tobillos estrechos acompañados por unas botas de piel acordonadas sobre los mismos pantalones.

-tiene razón, cariño, ¿para qué dejar vivir a una vil rata como ella?-esa voz la conocía de memoria, era Hook, un pirata retirado que había echado raíces en el pueblo de Arancele, era un loco que siempre se vestía de forma excéntrica, completamente de negro, una camisa de mangas largas y puños abotonados con unos gemelos de plata, que dejaba desprendido los dos primeros botones del cuello, dejando ver su peludo y asqueroso pecho, cubierta siempre por un sucio chaquetón de cola semi larga detrás de las rodillas y mangas largas y holgadas, pantalones que parecían un mantel viejo de tantos remiendos y costuras que mostraba y unas botas de caña alta hasta las rodillas y taco bajo. Con los ojos delineados con una pequeña línea de pintura negra, la oreja derecha perforada por él mismo y siempre portaba un arete de pendiente en forma de cruz romboidal, tenía una barba desalineada y sucia de candado que parecía tener más de tres días sin afeitar, manchada con cenizas de cigarro y algo que parecía ser restos de comida.

-no es una rata, es una mujer y una persona mucho mejor que tú, maldito-lo que recibí por respuesta fue un corte profundo en mi mejilla derecha ocasionado por el garfio que sustituía su mano izquierda.

-es igual que tú, una cobarde, que se refugia bajo su título nobiliario-esa voz burlona y grave me decía que el rey estaba con nosotros, su aliento fétido y caliente me rozaba la nuca mientras sentía sus repugnantes manos recorrer mi cuerpo sin pudor alguno, podía soportar muchas cosas, el calor insoportable del verano, el crudo frio el invierno, incluso los comentarios ácidos que de vez en cuando me lanzaba Robin cuando estaba de mal humor y no tenía a nadie más para lanzarle dardos que a mí. Pero algo que siempre me repugnó, fue que un hombre me tocara sin mi permiso, mi cuerpo era solo mío, y de nadie más, no toleraba que alguien se creyera con derecho de ponerme un dedo encima, pero ahí estaba yo, atada sin posibilidad de defenderme, con tres malditos vástagos que se hacían llamar hombres. Esperando el comienzo de lo que sería mí tortura. Lo primero que sentí fue un fuerte puñetazo en el estómago que me sacó todo el aire de los pulmones mientras escuchaba la burlona risa de Tierrasnegras.

Lo primero que hicieron fue despojare de la protección del frio que me proporcionaba mi capa y romperla en mil pedazos, comenzaron haciendo cortes sobre mi ropa, empezando por las mangas de mi camisa, para luego clavar sin piedad las puntas afiladas de cinco flechas en cada brazo, esa misma noche pase frio y sed, no sabía cuánto tiempo iba a durar con esos objetos punzantes clavados en extremidades superiores, haciendo bramar de dolor a mis terminaciones nerviosas. El sol del día siguiente me quemaba los ojos mientras entraba por las rendijas de entre los tablones de la pared, de ese lugar que en ese momento podía identificar como el cuartillo donde guardábamos las armas luego del entrenamiento de los novatos, un pequeño depósito de tres metros cuadrados de madera equipada mínimamente con una pequeña antorcha apagada y dos estanterías en cada pared, no podía saber precisamente que hora era exactamente, pero por el sonido de afuera, ya era muy entrada la mañana, no vi a nadie entrar en el cobertizo, era como si ese día hubiesen cancelado cualquier tarea física para los nuevo s guardias o arqueros en adiestramiento.

Había oscurecido para cuando los vi de nuevo, ya no sentía los brazos por la pérdida de sangre, estaba desorientada, perdida y sedienta, sin contar que mi estómago rugía como un dragón teniendo crías, vestían de la misma manera que la última vez, pero esta vez estaban desarmados, o eso creía, el rey traía un extraño libro con unas raras runas que parecían romano o latín, pero, como si la portada hubiera cambiado las letras, pude leer de pronto el título en perfecto español, "hechizos antiguas de magia negra", por primera vez, tenía miedo de lo que pudieran hacer conmigo. Sin tener consideración alguna, arrancaron las flechas de cuajo haciendo que gritara a todo pulmón.

-creo que es hora de seguir con tu castigo, arquera-mi cuerpo temblaba de hipovolemia, mis fuerzas estaba fallándome, solo podía oír ese extraño cantico que salía de la boca del rey, sentí de pronto como algo, extraño, fuerte y asqueroso me subía por la garganta y se quedaba en mi boca, era como una especie de lava ardiente que se había instalado en la entrada de mi garganta, intenté gritar, peor la voz no me salía-muy bien, podemos seguir sin que nos interrumpas. Robin me apuntaba con su arco y tres flechas que apuntaban a mi pierna derecha, sin siquiera verlo venir las tres puntas atravesaron carne y hueso haciendo que casi me desmayara de la agonía-tranquila querida, casi terminamos, pero creo que hemos sido muy indulgente con tu falta-como ultima tortura, de las manos de Tierrasnegras salieron sendas bolas de fuego negro del tamaño de un coco maduro, que sin descanso ni pausa impactaron implacables sobre mis piernas, brazos, pecho, abdomen, y espalda, el dolor era latente en cada fibra de mi ser, tanto físico como emocional, las lágrimas ya corrían libremente por mi rostro, tanto por el agonizante dolor como por el sentimiento de traición que sentía para con ellos, Robin Hood, se hacía llamar mi amigo, pero ahí estaba él, siendo participe de lo que un maldito tirano dictador llamaba un castigo, cuando todos los presentes ahí sabíamos que era una tortura por venganza, Hook, un lunático al cual siempre había ayudado y acompañado estaba con esos tres disfrutando de mi desventaja al no poder defenderme.

recuerdo el abrazante frio del lugar, al parecer, había perdido la conciencia en algún momento del martirio y me habían tirado en un lugar inhóspito para cualquier ser humano, la nieve me cubría todo el cuerpo, calmando así un poco el dolor de las quemaduras pero también haciéndome sufrir una horrible hipotermia que me calaba hasta el alma, fue entonces que lo escuché, era una especie de aullido que viajaba con el viento y cortaba el aire, sentí algo caliente y peludo rozándome el rostro, al abrir los ojos pude ver unos hermosos ojos dorados que me veían fijamente. Lo último que recuerdo antes volver a desmayarme fue ver una nube de humo violeta disiparse y salir a alguien de ella, y luego despertarme en una enorme cama de dos plazas, acompañada por una mesa bureau a cada lado coronadas por un candelabro de cristal pintado, en un hermoso cuarto de cuatro seis metros cuadrados, pintada de negro, en la pared norte había un closet gigantesco que tal vez era para cuatro personas, en la pared sur había un hermoso tocador del ancho de pared a pared con un hermoso espejo encuadrado en mármol, el piso estaba finamente alfombrado con algo que parecía piel de oso guerrero artiano por la suavidad al tacto, en la pared este, un ventanal precioso daba a los jardines, y fue cuando me di cuenta donde estaba, el palacio imperial de los Mills, la reina de corazón de hierro se encontraba dormitando en una silla mecedora, a mi lado, era algo insólito, de no creer, para empezar ¿Qué hacía ahí? ¿Acaso había sido la reina Regina la persona que había aparecido en ese congelado lugar?

Día a día ella cuidaba de mí, curaba mis heridas y muchas noches se quedaba despierta vigilando mi sueño, devoraba libro tras libro buscando la respuesta al conjuro que bloqueaba mi garganta, parecía decidida a encontrarla a como diese lugar.