¡YAHOI! Pos aquí vengo, a dejaros un nuevo capítulo. Ando medio alelada hoy, así que perdonadme si no soy muy elocuente xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Asimismo, Boruto: Naruto Next Generations y sus personajes tampoco me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto, Ukyô Kodachi y Mikio Ikemoto.
¡Espero que os guste!
3
Algo ocurre
Sarada resopló bajo el peso de la enorme caja que cargaba. La dejó sobre el mostrador de madera, al lado de la caja registradora, que tembló cuando la pesada carga chocó contra la recia madera. Sarada se apoyó en la estantería que tenía detrás, intentando recuperar la respiración. Su abuelo le había advertido que no cogiese ella sola las más grandes, porque también eran las más pesadas, pero ella hizo oídos sordos, segura de que una caja de cartón, por muy llena que estuviera, no podía pesar mucho. Ahora se arrepintió de su arrogancia juvenil, porque apenas había cargado con un par de cajas y ya le dolía la espalda como si llevara toda la mañana trabajando de sol a sol.
Después de terminarse el desayuno, de ayudar a su abuela a recoger y a fregar los cacharros y de lavarse los dientes, Sarada había acompañado a su abuelo hasta la tienda que este y su esposa regentaban, en el centro del pueblo. El aire frío de aquella mañana de primavera le había enrojecido las mejillas nada más salir de la casa, pero también le había insuflado una especie de energía positiva que hacía tiempo no sentía.
Por primera vez en días, se sintió… bien, feliz. En casa. Entusiasmada, había seguido a su abuelo a través de las calles llenas de nieve. Se fijó en que los negocios locales ya estaban abriendo y, algunos, como la cafetería restaurante de los Akimichi, ya estaba a pleno rendimiento, así como el hotel del pueblo, a cargo de los Nara.
Se alegró al ver grupos pequeños de turistas, desayunando y paseando por el pueblo, disfrutando del sol y del cielo despejado. Apenas parejas o visitantes solitarios, excursionistas y amantes de la naturaleza, en busca de parajes únicos o de un poco de relajación. Sin duda, la falta de gente la noche anterior se debía a las últimas nevadas. Se reprochó por haber sido una tonta, creando teorías conspirativas en su cabeza que, claramente, no eran más que tonterías.
Ahora se arrepentía de haber dicho que sí a la sugerencia de su abuelo de ayudarlo en la tienda. Kizashi y Mebuki poseían un pequeño comercio en el pueblo, una especie de mercería que tenía un poco de todo. Vendían ropa hecha, aunque muy sencilla, sí, en su mayoría pantalones tipo mallas, pijamas, ropa interior… pero también útiles para costura, ropa para bebé hecha a mano, botones, cinturones, gomas, calcetines, mandilones y uniformes de trabajo… Un cartel en el escaparate anunciaba también que se hacían arreglos de todo tipo: desde soltar costuras a subir los bajos de los pantalones.
―Sarada, ¿estás bien ahí abajo, cariño?―La voz de su abuelo la asustó.
Respiró hondo y se apartó de la estantería, abriendo la caja que había dejado minutos antes sobre el mostrador y comenzando a sacar las cosas de su interior para colocarlas en su sitio.
―Sí, abuelo, todo genial. Estoy colocando los ovillos de lana…
―Bien, asegúrate de colocar los de colores más opacos delante, son más difíciles de vender que los de colores más vivos. ―Sarada asintió aun sabiendo que Kizashi no la veía.
Cogió varios ovillos a la vez y se encaminó hacia la cesta que había en un rincón. Apartó el cartel que marcaba el precio por ovillo para colocar cuidadosamente los nuevos, haciendo caso del consejo de su abuelo. Puso los amarillos, rojos, verdes, naranjas en la parte de abajo, y luego por encima los de tono púrpura, blanco, negro, marrón… en la parte de arriba. Volvió a poner el cartel en su sitio, prendido entre los ovillos. Regresó tras el mostrador, sacando ahora varias cajitas de tamaño mediano con carretes de hilo. Se acercó al pilar donde estos estaban con una en la mano. La abrió, comenzando a poner cada carrete en el hueco correspondiente de su color.
Repitió la operación dos veces más, sorprendiéndose de que en un pueblo tan pequeño se vendiera tanto y tan bien. Aunque no era de extrañar. La gente de Konoha solía desconfiar de lo moderno y seguían un poco anclados en el pasado. Sí, tenían teléfonos móviles y ordenadores, pero hasta ahí llegaban. Todos cosían y reparaban sus propias ropas e incluso, en el caso de algunos―como Ino Yamanaka, la tía Ino, la dueña de la floristería―se la hacían ellos mismos.
Terminó con los carretes de hilo y lo siguiente fueron varias cajas de ropa interior, que puso en las estanterías correspondientes, teniendo que subirse a la escalera cuando no alcanzaba a las más altas. Estaba bajando nuevamente los peldaños para recoger las que quedaban y ponerlas también en su lugar, cuando una voz femenina, algo aguda y aniñada, la distrajo de su tarea.
―¿Sarada? ¿Eres tú?―El corazón le dio un vuelco y se giró. La sonrisa tiró de sus labios al encontrarse con nada más y nada menos que su mejor amiga, que la miraba boquiabierta desde la puerta de la tienda.
―¡Chōchō!―Corrió hacia la joven rechoncha de piel bronceada y cabello de color caramelo, abrazándola fuerte en cuanto la alcanzó.
La joven tardó unos segundos en reaccionar a causa de la sorpresa. Cuando al fin se recuperó abrazó el delgado cuerpo de la morena, algo torpe y apresuradamente. Se separó varios pasos de Sarada y la miró, intentando sonreír despreocupadamente.
―Vaya… no te esperábamos… ―Sarada borró la sonrisa de su cara y se apartó unos pasos, ceñuda, percatándose de la forma cautelosa en que Chōchō apartaba la vista, como si temiera que ella descubriera algún oculto secreto en el fondo de sus exóticos ojos dorados, herencia de su madre, Karui, una extranjera que, por azares del destino, había ido a dar a Konoha hacía algo más de quince años, decidiendo quedarse al haber encontrado el amor.
―¿Qué quieres decir?―Chōchō la miró y sonrió de nuevo, aunque nerviosamente.
―Nada, nada―dijo, haciendo un ademán despreocupado―, es que el tío Sasuke nos dijo a todos que no ibas a venir estas vacaciones. A poco más pone un anuncio en el tablón de la tienda de la tía Tenten, porque todos le preguntamos por ti varias veces la última semana. ―Un calor se extendió por todo el cuerpo de Sarada desde el corazón, calentándola y haciéndola sentirse más querida y aceptada que nunca.
―Ya… bueno…
―¿Qué pasa? ¿Es que acaso te escapaste?―le dijo su mejor amiga, divertida. Sarada enrojeció, culpable. Chōchō abrió los ojos, una vez más con sorpresa―. ¡Sarada Uchiha, no me lo puedo creer! ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi mejor amiga? ¿Acaso se te han pegado las malas costumbres de Boruto?―Sarada sintió un pinchazo en el corazón al oír mencionar el nombre del chico que podía llevarla de la más pura felicidad a la más honda de las tristezas en cuestión de segundos. Chōchō pareció percatarse de su metedura de pata, porque se frotó las manos y se acercó a su mejor amiga, tocándole el brazo a modo de consuelo―. Sarada, yo…
―Oh, aquí estás, gordita. ―Chōchō frunció el ceño y se giró, sin soltar a Sarada, sabiendo que su amiga necesitaba consuelo debido a sus necias palabras de unos segundos atrás.
―¿Te importa? Mi amiga y yo necesitamos un momento. ―Sarada levantó la vista y se asomó por un costado de Chōchō, descubriendo así a un alto, delgado y pálido joven con el pelo blanquecino.
―¡Mitsuki!―Empujó sin querer a Chōchō en su prisa por abrazar al joven, quién, aunque sorprendido, correspondió el entusiasta abrazo de la Uchiha.
―Sarada… vaya… hola… ―Por encima del hombro de la joven, Chōchō y Mitsuki intercambiaron miradas de consternación y preocupación.
Mitsuki articuló un inaudible "¿Qué hace aquí?" y Chōchō se encogió de hombros y negó con la cabeza, dando así a entender que no tenía ni la más remota idea. Cuando Sarada se separó al fin de su amigo de la infancia se volvió nuevamente hacia Chōchō, sonriendo como solo los ignorantes llenos de felicidad podían hacer.
―¿Qué hacéis aquí? ¿Estáis de recados?―Chōchō se frotó las manos, haciendo un ruido sordo cuando los guantes se frotaron entre sí.
―Eh… sí, algo así… ―Echó una mirada nerviosa a la puerta, como si esperara ver aparecer algo o alguien que los hiciera marcharse precipitadamente.
―Nos encontramos en la calle y decidimos dar un paseo juntos, ¿verdad, gordita?―Chōchō fulminó a Mitsuki con la mirada, las mejillas ahora rojas. Sarada supuso que sería de indignación o de enfado. Chōchō odiaba que la gente se metiera con su físico y, aunque sabía que Mitsuki no lo decía con mala intención, sino con el cariño propio de los amigos que se conocen desde pequeñitos, eso no quería decir que no la molestara.
―Sí, algo así. ―Sarada parpadeó y ladeó la cabeza, cada vez más confusa y, en parte, irritada.
La sensación que había tenido el día anterior de que Boruto le ocultaba algo volvió a picarla, al ver la leve inseguridad y preocupación que teñía el rostro de dos de sus más cercanos amigos.
Por suerte para Chōchō y para Mitsuki, Kizashi apareció en ese momento, cargando una de las cajas del almacén.
―¿Quién es, cielo? ¿Un cliente…?―Dejó su carga en el mostrador, al lado de la que había puesto antes Sarada, y la sorpresa tiñó los rasgos del hombre mayor al ver allí a dos de los mejores amigos de su nieta: concretamente a su mejor amiga y al mejor amigo del chico del que Sarada estaba enamorada.
Suspiró, con resignación. Era cuestión de tiempo que Sarada descubriera todo. Y los rostros mezcla de sorpresa, consternación y culpabilidad de los dos jóvenes que la acompañaban en esos momentos no ayudaban a disipar las sospechas.
Sonrió, entre divertido y comprensivo. Decidió echarles un cable a Chōchō y a Mitsuki. Parecía que los pobres querían que se los tragase la tierra.
―Justo a tiempo, Chōchō: hoy ha llegado el encargo de tu madre. ―La aludida parpadeó y miró para Kizashi―. Ven, que enseguida te lo envuelvo. ―Con tranquilidad, Kizashi abrió la caja que estaba frente a él y sacó una de las cajas que habían llegado con lencería nueva. La envolvió y se la tendió a la joven Akimichi, que sin comprender nada la tomó con una mano temblorosa.
―Gracias―acertó a balbucear.
Miró nerviosamente para Sarada, quién ahora parecía confundida, preguntándose por qué no le habría dicho nada en primer lugar. Detrás de ella, Mitsuki suspiró. Era consciente de que estaban metiendo la pata a lo grande y hasta el fondo, pero tanto a él como a Chōchō les había sorprendido sobremanera encontrarse a Sarada en el pueblo cuando, supuestamente, no debería haber venido en primer lugar.
―Sarada, tú… ¿has… has visto a Boruto?―preguntó Mitsuki, con tacto, conocedor de los sentimientos que su amiga albergaba hacia el rubio.
Un destello de dolor cruzó brevemente por los oscuros orbes de la joven, quién enseguida se escudó tras una máscara de frialdad e indiferencia.
―Sí, ayer me lo encontré cuando venía de camino. El muy tarado andaba por ahí medio desnudo con el frío que hacía. Seguro que estaba engatusando a alguna pobre ingenua en una de las cabañas cuando me lo topé. ―Se encogió de hombros, como si no le interesase el tema o el asunto no fuese con ella, pero sintiendo un molesto y persistente dolor sordo en el corazón al pensar en el imbécil del que se había prendado siendo apenas una niña.
Mitsuki y Chōchō intercambiaron una mirada de comprensión entre ellos, casi comunicándose sin palabras. Mitsuki asintió y Chōchō resopló, con fastidio. Se acercó a Sarada y le pasó un brazo por los hombros.
―Escucha, no pienses en eso. A lo mejor estaba… no sé… ¿nadando en el río?―Mitsuki tosió y, si no fuera porque lo vio atragantarse con su propia saliva, habría jurado que en vez de toser se estaba riendo.
Chōchō fulminó al joven con la mirada, enviándole la orden silenciosa de callarse y estarse quieto. Mitsuki adoptó una expresión mortalmente seria y se quedó más rígido que una estatua. Chōchō suspiró y meneó la cabeza. Hombres… no se enteraban de una.
―Eso fue lo que me dijo. Menuda excusa más tonta. Parte del río aún sigue congelado y sé de buena tinta que hay demasiada corriente en esta época debido a que el hielo empieza a derretirse. El tío Naruto nos tiene a todos terminantemente prohibido meternos a bañar en estas fechas. Boruto es idiota pero no un inconsciente. Lo más probable es que estuviera con alguna chica… ―Se mordió los labios, maldiciendo en su mente a esa posible aunque seguramente existente fémina. ¿Quién sería? ¿La joven hija de algún turista despistado? ¿Alguna de sus amigas de siempre? ¿Una compañera de clase? O, tal vez…
Negó con la cabeza. No. Eso sería imposible. Todavía eran menores de edad y, aparte de todo, a la tía Hinata le daría un ataque si se enterara de que su amado hijo había puesto un pie en el interior del club de alterne que había a las afueras, al otro lado del pueblo, a un par de kilómetros por la carretera contraria por la que ella había venido el día anterior. Y si había una cosa que Boruto jamás de los jamases haría, sería provocarle un disgusto a su madre, cualquier tipo de disgusto.
―Sarada… ―La voz de Chōchō la devolvió a la realidad. Negó con la cabeza, diciéndole así que estaba bien.
Respiró hondo y se irguió. Ya se había hecho a la idea meses atrás de que no tendría ni una sola oportunidad con Boruto, no cuando, en su último intento por intentar ser femenina y llamar su atención, había hecho un ridículo tremendo al recibir el más tonto de los rechazos.
Boruto no había sido consciente de que la había herido en lo más hondo, así que no podía culparlo por haber sido deliberadamente cruel e insensible.
Pero escuchar al chico que te gusta decir que las mujeres con curvas y pechos grandes eran las más deseables había matado todas sus esperanzas de un plumazo. Había sido en medio de una conversación relajada y distendida entre amigos, mientras tomaban algo alrededor de una hoguera, celebrando así el final del verano y el inicio del curso.
Había sido la primera y última vez que se había arreglado y maquillado. Chōchō debió percibir lo que estaba pensando y recordando, porque se acercó a ella y la abrazó de nuevo, ofreciéndole así el consuelo que necesitaba. Se le anegaron los ojos de lágrimas y se las limpió rápidamente.
Mitsuki intuyó que allí sobraba, así que se apresuró a despedirse.
―Bueno, uhm… yo me voy. Gordita, acuérdate de…
―Sí, sí, ahora vete que las chicas necesitamos un momento de chicas. ―Sarada consiguió esbozar una sonrisa ante el tono fastidiado de su mejor amiga. Kizashi también había desaparecido discretamente, dejando a las dos jóvenes a solas―. Eh, ¿seguro que estás bien?―Sarada asintió y se separó de Chōchō.
―Sí, nada nuevo, ya sabes. El amor es una mierda. ―Chōchō abrió la boca para decir algo pero después la cerró, no sabiendo muy bien qué decir. Acabó por suspirar y menear la cabeza, murmurando algo ininteligible que sonó a algo así como "Estúpidos todos" a los oídos de Sarada.
Sonrió para sí y regresó tras el mostrador, para continuar colocando las cosas en su sitio en las estanterías de la tienda.
―Sarada… ahora me tengo que ir, pero… ―Echó una nerviosa mirada a la puerta. Sarada se giró y vio como, casi sin darse cuenta, su amiga se apretaba el vientre. El rojo de sus mejillas se había intensificado y, sin saber muy bien por qué, Sarada supo que, esta vez, el rojo no era por culpa del frío que se colaba por la vente abierta del establecimiento.
―¿Chōchō? ¿Te encuentras bien?―Chōchō asintió de forma brusca.
―Sí, estoy… estoy bien. Como te decía… ahora me tengo que ir cagando leches, pero… eh… ―Se quedó pensativa, el ceño fruncido a causa de la concentración; Sarada se preguntó en qué estaría pensando. No era propio de Chōchō quedarse callada durante mucho tiempo, ni abstraerse de esa forma en sus pensamientos.
Algo raro ocurría.
La sensación de que a su alrededor sucedía algo extraño volvió a ella con fuerza. Ladeó la cabeza, examinando a su mejor amiga, debatiéndose entre preguntarle directamente o esperar a recabar más información. La persona científica y racional que habitaba en ella se decantó por lo segundo, aunque la joven adolescente se moría de ganas por preguntar y salir de dudas de una maldita vez.
No tenía datos suficientes, más que la intuición de que el día anterior Boruto le había ocultado algo, tal y como su instinto le decía que Chōchō estaba haciendo exactamente lo mismo en estos momentos. Además, a ambos los conocía lo suficiente como para saber distinguir cuándo mentían, cuándo decían la verdad o cuándo ocultaban información.
Por el momento, decidió dejarlo estar. No quería poner a su amiga en un compromiso, si es que había hecho una promesa de guardar silencio a alguien. Tenía que creer que era eso. Odiaría pensar que Chōchō le mentía tan solo por diversión. No, eso no era propio de la joven que estaba frente a ella. Chōchō tenía muchos defectos, pero no era una mentirosa.
―Está bien―dijo Sarada, rompiendo así el tenso silencio que se había formado entre ellas y que estaba comenzando a asfixiarla―. Ve a hacer lo que tengas que hacer. Seguramente la tía Karui se estará preguntando dónde estás. ―Chōchō pestañeó y luego siguió la mirada de Sarada, fija en el paquetito que aún reposaba en sus manos.
―¡Oh! Sí, sí, mi madre me espera, claro… ―Rio nerviosamente y luego volvió a clavar la vista en la Uchiha―. Sarada, es cierto que ahora tengo que irme, pero… ¿te mando un mensaje más tarde?
―Hablamos más tarde, no te preocupes. ―Chōchō tragó saliva y asintió, dándose la vuelta y saliendo casi a la carrera de la tienda de los señores Haruno, el corazón latiéndole a toda prisa.
Aquello era un contratiempo muy, muy malo. Jodidamente malo. Esperó a estar lo suficientemente alejada de la tienda y luego viró bruscamente hacia el bosque, aumentando gradualmente la velocidad. Tiró el paquete en un contenedor a su paso, sin molestarse en mirar si había acertado, sabiendo que seguramente así habría sido. Pronto los árboles se convirtieron en un borrón mientras ella seguía corriendo, jadeante, conteniéndose de transformarse. No podía perder el control, no ahora.
Llegó a una de las solitarias cabañas que había desperdigadas por el boque y se detuvo sobre la nieve de un patinazo, recuperando la respiración.
―¡Tú!―exclamó, señalando a Mitsuki con un dedo, que la esperaba sentado a la puerta de la cabaña―. ¡Dile al tarado de tu amigo que cómo le vuelva a romper el corazón a mi mejor amiga le sacaré los intestinos y le haré un collar con ellos!―Mitsuki alzó las cejas, divertido.
―Me gustaría verte intentarlo, gordita. ―Chōchō levantó la vista y lo miró, entrecerrando los ojos en su dirección.
―¡Hablo muy en serio, Mitsuki!―El chico suspiró y se levantó, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón.
―Lo sé, gordita, lo sé. Pero también sabes que Boruto no lo hizo… adrede. ―Chōchō resopló―. Podría haber sido peor después, y tú lo sabes. Es su compañera y por nada del mundo quiso herirla. Tú misma viste el resultado después. El tío Naruto tuvo que venir y llevárselo a rastras, antes de que destrozara el bosque entero y a todos los que estábamos a su alrededor. ―Chōchō se pasó las manos por el pelo, contrariada.
―No aguantarán… ―Mitsuki desvió la vista al cielo azul, donde un frío sol de finales de invierno brillaba en lo alto.
―Lo sé.
―Sarada debería saber…
―Lo sé.
―Tú eres el mejor amigo de los dos… ―Mitsuki negó.
―No soy yo quién tiene que decírselo. Y el tío Sasuke no romperá su promesa así como así. No a menos que… ―Mitsuki calló y Chōchō abrió los ojos, comprendiendo.
―¡A menos que cambie, claro!―Mitsuki suspiró.
―No lo hará, Chōchō. ―La aludida abrió los ojos como platos al oírle llamarla por su nombre―. Ya es demasiado mayor para ello. Si fuese a cambiar, ya lo habría hecho…
―Tsk, ¿y tú qué sabes? Ha habido casos tardíos…
―No tan tardíos.
―Cambiará. ―Mitsuki la miró fijamente. Acortó la distancia que los separaba y la cogió por los hombros, apretándoselos.
―No te metas dónde no te llaman, Chōchō. Deja que las cosas sigan su curso.
―Y eso me lo dice el humano dado a los experimentos fallidos―se burló ella. Chōchō elevó la vista al cielo y suspiró―. Prometo no decir ni hacer nada que pueda desencadenar o precipitar los acontecimientos, pero… Sarada no es tonta, Mitsuki. Tarde o temprano lo averiguará. ―Mitsuki suspiró una vez más.
―Lo sé. ―Chōchō rodó los ojos, cansada de su tonito de todo-lo-sé-y-todo-lo-entiendo.
―Cállate y bésame, imbécil. ―Mitsuki sonrió ampliamente y cumplió con la orden, dejando que Chōchō tomara el mando e hiciera con él lo que quisiese.
No había nada más excitante que hacer el amor con un cambiante; y para los humanos de Konoha no había mayor honor ni orgullo.
Sintió la presión en su vientre crecer, la sangre correr vertiginosa en sus venas, sus uñas y sus colmillos creciendo. Clavó sus ahora garras en la espalda femenina de su acompañante, que gimió y cayó boca abajo sobre el colchón, dejando así que él la cubriera con su cuerpo, que aumentara el ritmo frenético de sus embestidas.
Pronto el orgasmo los hizo sucumbir a ambos. La fémina se relajó sobre la cama, sintiendo frío en cuanto el hombre que acababa de montarla se levantó, dejándole una sensación de vacío entre las piernas.
―¿Ya has terminado?―Un gruñido fue lo único que recibió como respuesta. Ella hizo ademán de girarse, pero la voz masculina, teñida de algo muy parecido a la ira, la hizo quedarse rígida y quieta como una estatua.
―No te muevas. Ahora vuelvo. ―El hombre salió a grandes zancadas de la cabaña, directo a las aguas del río que había a unos pocos pasos de la cabaña.
Se metió sin importarle su desnudez ni lo frías que estaban las aguas. Se hundió y estuvo unos minutos bajo el techo líquido y trasparente, aguantando la respiración lo más que pudo. Emergió de un impulso vigoroso de sus piernas y se quedó allí de pie, quieto, con los ojos cerrados y el rostro echado hacia atrás, casi como si estuviera disfrutando del sol de finales de invierno.
Aunque nada más lejos de la realidad. En su mente, él no estaba allí, perdido en una cabaña en mitad del bosque, con una casi desconocida. No. En su cabeza él estaba en su propia cabaña, en su hogar, tumbado frente a la chimenea mientras unas manos pequeñas y cuidadosas le recorrían el cuerpo con mimo, amándolo. Unos labios se apoderaban de los suyos con delicadeza pero con hambre a la vez, y él respondía con voracidad, devorándola pero también intentando ser cuidadoso.
Entonces abría los ojos y acariciaba con reverencia un cabello rosado, suave como la seda, mientras una piel blanca se fundía con la suya en cuanto ella lo guiaba nuevamente a su interior.
Sintió una punzada en el corazón y gruñó, sintiendo deseos de aullar su dolor y su frustración al cielo. Pero no lo haría. No perturbaría la paz de sus congéneres y vecinos con sus problemas emocionales. Bastante tenía ya con soportar que lo miraran de cuando en cuando con pena y compasión, como había ocurrido toda la semana anterior, tras hacer la terrible llamada que había tenido que hacer a su hija para prohibirle ir a pasar con él las vacaciones de finales del invierno.
Recordar la voz suplicante y esperanzada de Sarada hizo que el corazón se le rompiera nuevamente. Él sabía que su pequeña adoraba Konoha y que, de no ser por su madre, bien podría vivir allí, con él, o en la casa de sus abuelos, incluso. No le importaba el sitio siempre y cuando ella se quedara en el pueblo.
Ya había perdido la esperanza con Sakura, pero en lo relativo a Sarada su estúpido corazón se negaba a rendirse, no cuando, además, su pequeña era la compañera del hijo de su mejor amigo.
Abrió los ojos e hizo una mueca. Una parte de él había esperado que eso ocurriera, para así poder tener a su hija cerca para siempre. Pero otra había rezado para que no pasase, para que Sarada no fuese la compañera de ninguno de los de su especie. Aparearse con humanos era sumamente difícil para ellos. No tanto por el ritual en sí, como sugerían todos los libros y las novelas de fantasía y ciencia ficción que los escritores no cambiantes habían publicado―y que surgían del desconocimiento y de la imaginación algo vívida de la gente―, sino por todo lo que conllevaba.
Saberse más débil que tu pareja, menos rápida, más torpe, menos… menos extraordinaria.
Curvó los labios en una marga sonrisa. Extraordinaria... aquella palabra había llegado a liderar su top diez de palabras que odiaba. Sakura a menudo la había usado para degradarse a sí misma y elevarlo a él casi a la categoría de Dios omnipotente. Y aquel cúmulo de dudas e inseguridades era lo que había acabado por ahogar su relación. Lo había condenado a una vida de soledad absoluta, porque una vez un cambiante encontraba a su compañera y se emparejaba con ella no podía unir su vida con la de nadie más. Se consideraba un grave insulto a las tradiciones y al legado que sus ancestros les habían dejado. Y ni ganas había de buscarle las vueltas cuando, la última vez que alguien había retorcido las enseñanzas pasadas de generación en generación, habían estado a punto de desaparecer como especie.
Sacudió la cabeza y volvió a sumergirse en el río, tratando de despejarse y de impedir qu el calor volviera a golpearlo demasiado pronto. Había escogido a una de las prostitutas del club de alterne para pasar aquella época. La chica se había mostrado encantada cuando fue la escogida. Lo cierto es que no se había fijado mucho: había entrado, había dicho a la encargada "quiero a esa", había depositado una buena cantidad de dinero en las manos de la mujer y luego se había llevado a la elegida. Sencillo y rápido.
Y aunque al inicio le había parecido un desatino permitir que el club siguiera con su actividad a las afueras del pueblo ahora se alegraba de que así fuera. Además, el club estaba regido por ciertas normas impuestas por el líder del pueblo que había que obedecer sí o sí. La dueña había jurado hacerlo y, de momento, había cumplido su palabra.
Sintió sus entrañas arder una vez más y suspiró, resignado, conteniendo el enfado que le provocaba aquella sensación inherente a su naturaleza.
Salió del río y caminó hacia la cabaña, para volver a desahogarse con el cuerpo de la mujer que aguardaba dentro.
No obstante, un susurro en su cabeza pronunciando lo obligó a detenerse.
―Sasuke. ―Frunció el ceño y esperó unos segundos, seguro de haber oído mal―. Sasuke. ―El susurro fue más alto esta vez y él rodó los ojos, fastidiado, al distinguir la inconfundible de su mejor amigo.
―¿Qué quieres? ¿Es que Hinata te ha echado de su cama y necesitas fastidiarle la diversión a los demás?―Un resoplido fue lo que obtuvo como respuesta y ello lo hizo sonreír, victorioso.
―Sí, sí, lo que digas, no tengo ganas ni tiempo de discutir contigo. Para tu información, Hinata está felizmente dormida a mi lado tras lo que se conoce como buen sexo mañanero así que… jódete, teme. ―Sasuke rodó los ojos una vez más, debatiéndose entre seguir hablando con Naruto o mandar a la mierda la extraña conversación.
―¿Qué quieres, entonces?―preguntó, tras varios minutos de silencio. Percibió en el borde de su mente la duda y la aprensión del rubio y aquello lo preocupó. Naruto no solía preocuparse en vano, si algo lo inquietaba era por un buen motivo. Por un muy buen motivo―. ¿Qué pasa, Naruto?―preguntó, adoptando ahora un tono más serio y formal.
―No te gustará. Y a Hinata tampoco le gustará que te lo cuente. Le prometí que lo hablaría calmadamente contigo, pero no sé si habrá tiempo para ello y es necesario que te alerte… ¿Cuánto te queda de celo?―Sasuke se extrañó por la pregunta; no era habitual que nadie, ni siquiera el alfa, se preocupara por el período de celo de cada miembro de la manada. Se sabía que era distinto para cada persona y que este era más amplio para los que ya estuvieran emparejados, con el fin de aumentar las posibilidades de tener así descendencia.
No obstante, decidió contestar. Naruto no se lo preguntaría si no fuera importante para él saber aquella información.
―Calculo que un día. ¿Por qué? ¿Es que ha pasado algo? ¿Me necesitas en el pueblo?
―Algo así… ―Un silencio se extendió en la comunicación mental que existía entre ellos, un privilegio que tan solo se daba entre el líder de la manada y aquellos en quién este depositaba su confianza. En el caso de su familia eran él, Hinata, Shikamaru y Sai, un cambiante venido de fuera que había resultado el compañero de Ino, una buena amiga de la infancia que además se había convertido en la mejor amiga de Hinata.
Empezó a escamarle tanto silencio y tanta reticencia por parte de su mejor amigo a hablar. Irritado, chascó la lengua.
―Si prometo no enfadarme ni ponerme a destrozar cosas como un loco… ¿me lo dirás?―Escuchó otro suspiro.
―No sé si confiar, pero en fin, también es tu derecho saberlo así que… no digas que no te lo advertí. ―Casi se lo imaginó encogiéndose de hombros mientras abrazaba a su mujer, con una suave sonrisa al notar que seguramente ella suspiraría al notar el movimiento y se acurrucaría más contra el bronceado cuerpo masculino.
Aquella imagen lo hizo sentir unos celos enfermizos, celos de que Naruto pudiese disfrutar de su compañera plenamente y sin restricciones, mientras que él…
―Naruto… ―llamó, en tono de advertencia. Tercer suspiro y tercera punzada de irritación. Joder, ni que estuviera planeando decirle que lo expulsaba de la manada…
―Sarada está aquí, en Konoha. ―Durante tres segundos exactos Sasuke no parpadeó ni hizo movimiento alguno. Luego negó con la cabeza lentamente, como aturdido.
―No.
―Sí.
―Le dije que no podía venir, se lo prohibí. Jamás me ha desobedecido…
―Para todo hay una primera vez.
―Sarada no es Boruto. Ella es racional, cautelosa e inteligente, no impulsiva, impredecible y con mal genio.
―Me sentiría ofendido si no fuera porque en los próximos días Boruto va a ser eso y mucho más. ―Sasuke apretó los dientes; dio vuelta y fue directo hacia un árbol, a estampar el puño contra el tronco, partiendo este a la mitad, dejando grietas en la corteza.
―¿Cuándo?
―Ayer por la tarde. Boruto la encontró en la carretera. Al parecer el coche la dejó tirada.
―¿Dónde está?
―Con sus abuelos.
―Bien.
―Sasuke…
―¿Qué le han dicho?
―Que estás ocupado persiguiendo a un fugitivo y que todos estamos participando más o menos en la empresa. ―Sasuke suspiró, aliviado. Aquella excusa era creíble. Al menos, el crío de Naruto había hecho algo bien.
―¿La ha tocado?―Otro suspiro de Naruto.
―Sabes que no. Boruto jamás haría algo así sin su consentimiento y sin haber hablado antes contigo para obtener tu permiso. Es distinto dado que Sarada… ―Un gruñido acalló la voz de su mejor amigo.
―Lo sé. ―Sasuke respiró hondo y clavó la vista en el cielo despejado.
Sarada, su pequeña, estaba allí, en Konoha. Había desafiado sus órdenes y había ido igualmente, seguramente escapándose de su madre. Una pequeña veta de orgullo lo hizo curvar la boca en una sonrisa. Sin duda, su hija era una Uchiha de los pies a la cabeza: decidida, determinada, implacable a la hora de perseguir sus objetivos.
Pero pronto la preocupación sustituyó al orgullo. El que Sarada estuviera allí precisamente esa semana no era algo bueno, no al cien por cien. Las posibilidades de que algo saliera mal y de que ella no solo se enterara de quiénes eran ellos en realidad sino de que Boruto estaba tan loco por ella como ella por él no haría sino hacer que todo se fuese a la mierda mucho más rápido de lo planeado.
La conexión entre compañeros era muy fuerte durante aquella época, más fuerte que el resto del año. Y solo alguien con la suficiente experiencia y madurez era capaz de controlar sus impulsos.
Algo que, claramente, de lo que Boruto y Sarada carecían, por mucho que ambos se jactaran de lo contrario.
Respiró hondo. Tenía que regresar cuánto antes. Tal vez si se saciaba con la mujer que estaba en la cabaña toda esa noche y la mañana siguiente el calor pasaría por fin. Sí, valía la pena intentarlo. El cuerpo de un cambiante tenía más aguante que el de los humanos, pero en algún momento a ellos también se les acababa la batería. Eran seres de carne y hueso, al fin y al cabo.
Asintió, con su decisión ya tomada.
―Mañana a la hora de comer iré a recogerla.
―¿Estás…
―Sí. Me ocuparé de todo en el pueblo. Tú… disfruta de tu compañera.
―Sasuke…
―Te veo en unos días. ―Cortó la comunicación mental y se adentró con paso decidido en la cabaña.
Tenía que empezar ya si quería estar en plena forma al día siguiente.
Porque los días que lo aguardaban iban a ser largos y complicados.
Muy largos y muy complicados.
Fin Algo ocurre
No acaba de convencerme mucho este capítulo, pero... meh, era necesario para ir aclarando algunas cosas. Estuve gran parte de la mañana escribiendo y editando. Pude esperar a mañana o pasado, pero a mí me pasa una cosa muy curiosa: si no me sale un escrito más o menos a la primera, por mucho que espere, no me va a salir a la segunda ni a la tercera. Puedo modificar algún párrafo o alguna escena, pero suelo dejar la primera versión. Una curiosidad más sobre mí xD.
Bueno, como ya he dicho, poco a poco se van conociendo los hechos y las circunstancias, así como vamos sabiendo más sobre los cambiantes. Así que, nada, ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por el suyo a: Lila! ¡Gracias mil por dejarme un bonito comentario que me alegra el día! ¡Gracias, guapa!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
