¡YAHOI! Pues con esto de la cuarentena y el confinamiento forzoso, más que nada porque si sales a la calle sin causa justificada como ir a comprar comida, a la farmacia, al cajero o a pasear al perro te puede caer una multa que te deja tonto; hay policía, guardia civil y hasta militares desplegados por las calles INCLUSO EN MI CIUDAD, que mira que somos una ciudad pequeña sin relevancia alguna nacionalmente hablando...

Ains, que se me va (encierro, encierro, tralará, tralarí (?)). Eso, que con esto de no poder salir de casa por Decreto Ley, pues he podido escribir más a gusto que nunca, sabiendo que no tengo que ir corriendo a ningún sitio ni preocuparme de más nada que comer, ir al baño, ducharme y dormir xD.

Así que igual podéis esperar más cositas de mi parte durante estos catorce días/mes de confinamiento, porque el gobierno español ya ha dicho que esto podría alargarse. A mí me da igual, yo soy muy feliz en casa porque tengo entretenimientos de sobra, el problema es el personal que tengo a mi alrededor. Si en unos días no doy señales de vida, por favor, avisad a la policía.

Hablo en serio. Muy en serio.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Lo mismo para Boruto: Naruto Next Generations, que pertenecen a Masashi Kishimoto, Ukyô Kodachi y Mikio Ikemoto.


4

Trocitos de información


―¡Boruto!―Gruñó, los ojos cerrados fuertemente. Aferró las caderas del cuerpo que estaba frente a él, obligándolo a pegarse todavía más contra la madera de la pared de la cabaña en la que se encontraban―. ¡BORUTO, SÍ!―Se clavó más profundamente en el sexo femenino, soltando su carga en aquel cálido interior.

Sin embargo él no lo sintió así. Tan pronto como terminó, se apartó apresuradamente de Sumire, dejando que esta cayera al suelo con un gemido. Aún aturdida, Sumire levantó sus ojos, velados por la reciente pasión compartida con su amante de turno.

Parpadeó y suspiró, incorporándose, viéndolo salir una vez más, seguramente para lavarse su olor, su tacto y su sudor de su piel. Se arrastró hasta su saco de dormir, metiéndose dentro y estirándose, sintiendo una deliciosa languidez en sus músculos.

Minutos después, Boruto volvió a entrar, goteando. Había estado en lo cierto: él había vuelto a bañarse en el río.

―Cogerás un resfriado. ―Boruto gruñó.

―Nunca enfermamos. No hace falta que te preocupes―le dijo él, quizás en un tono más agresivo de lo que pretendía.

Sumire volvió a suspirar. No sabía qué había pasado, pero desde que la noche anterior Boruto había desaparecido durante un par de horas, no había regresado siendo él mismo. Si antes estaba distante y cumpliendo mecánicamente con su necesidad de apareamiento, ahora, además, estaba furioso, contrariado. Y pagaba toda esa frustración con ella, descargándose en su cuerpo.

No es que se quejara. Boruto era un buen amante y ella no era una remilgada y asustadiza niña humana. Podía corresponder a dicha agresividad y lo hacía, devolviéndole cada mordisco, cada arañazo y cada orgasmo que le provocaba.

No obstante, ella sabía perfectamente el porqué de aquel cambio tan brusco de actitud: Sarada Uchiha.

Era la única capaz de hacer pasar a Boruto de la más pura felicidad a la ira o al rencor más absolutos. Ella había sido testigo de primera mano de cuando Boruto se dio cuenta, por primera vez, de que Sarada era su compañera, su verdadera compañera.

Eso la desilusionó, por supuesto. A ella le gustaba mucho Boruto y muchos había esperado que ella fuese la elegida, dado que compartía muchos de los gustos del rubio. Pero no había sido así y eso a Sumire tampoco la molestaba. Entendía que el destino era impredecible.

Sonrió, recordando entonces a los padres de Boruto. Muchos todavía se preguntaban cómo era posible que dos personas tan dispares pudieran verse tan enamorados y tan bien juntos. Algo parecido ocurría con Boruto y con Sarada, si uno se paraba a pensarlo.

Boruto era impulsivo, deslenguado, asiduo a romper las normas, escandaloso y propenso a gastar bromas. Sarada era lo contrario: metódica, reflexiva, educada, observadora de las reglas, discreta y odiaba gastar―o ser víctima de―lo que calificaba como "tonterías infantiles".

―¿Vas a dormir?―Salió de sus pensamiento cuando Boruto se dirigió a ella. Asintió a su pregunta.

―Me has dejado agotada―dijo, en tono juguetón, intentando sacarle una sonrisa, al menos.

Pero Boruto se limitó a asentir y a meterse dentro de su propio saco de dormir, dándole la espalda y sin hacer amago alguno de querer acurrucarse con ella, de abrazarla o de darle algún que otro mimo.

Ella también se dio la vuelta y, antes de cerrar los ojos, se lamentó de que uno de sus mejores amigos tuviera que sufrir por culpa de terceras personas.

Ojalá ella pudiera hacer algo al respecto…


Sarada se tiró en su cama, boca abajo, aburrida y con el móvil en la mano. Después de cenar en la compañía de sus abuelos, había visto la mitad de una aburrida película romántica antes de bostezar y decir que ya se iba a dormir. Esperaba que Chōchō ya estuviese libre para hablar con ella.

Puso un estúpido juego para pasar el rato. Uno de esos parecidos al Candy Crush pero en vez de dulces y caramelos eran frutas. Acababa de pasar un nivel cuando el móvil vibró en su mano. Una alerta de mensaje nuevo apareció en la parte superior de la pantalla. Sonrió y se arrebujó más en las mantas, al tiempo que agarraba un cojín para ponérselo contra el pecho y poder obtener así más calor.

Buscó en número de Chōchō y la llamó por vídeo llamada. En segundos el rostro de su mejor amiga copaba toda la pantalla de su teléfono.

―¡Chōchō!

―¡Sarada, hola! Oye, perdona por lo de esta tarde, de verdad que tenía que irme… ―Sarada hizo un gesto con la mano delante del móvil, quitándole importancia.

―No te preocupes. Sé cómo son las madres. Tranquila. ―Ambas rieron―. Espero que la tía Karui no te echara mucha bronca… ―Chōchō negó.

―No, no, no te preocupes. Estaba ocupada con otras cosas. ―Chōchō apretó los labios, como si acabase de hacer una broma.

Sarada frunció el ceño, pero lo dejó pasar. Tal vez es que el matrimonio estaba teniendo un momento íntimo y por eso Chōchō sonreía para sí, no queriendo―lógicamente―compartir aquella información con alguien ajeno, por mucho que ese alguien fuese su mejor amiga.

―Más importante aún: ¿por qué estás aquí? ¿Es que acaso la niña buena se ha convertido de repente en la niña mala?―Sarada resopló.

―Me correspondía pasar esta semana de vacaciones con mi padre. No sé a qué viene tana sorpresa por parte de todo el mundo.

―Pero el tío Sasuke te dijo que no vinieras, te lo prohibió. Todos lo sabíamos. ―Sarada suspiró.

―Ya, pero quería venir de todas formas. Además, no sé por qué papá fue tan tajante. Aunque él tenga que estar fuera puedo estar con los abuelos.

―¿Y tu madre?―Sarada cerró los ojos, haciendo una mueca al pensar en la mujer que le había dado la vida.

―Bueno… ella tuvo que irse a trabajar, la llamaron por un accidente múltiple en la autopista. No pude avisarla.

―Ya, claro, y eso te vino de perlas. ¡Esa es mi chica!―Sarada soltó una carcajada y enseguida se tapó la boca. Al otro lado de la pantalla, Chōchō sonrió―. En cuanto al otro asunto…

―No quiero hablar del tema. ―Chōchō suspiró ante el tono enfadado y tajante de su mejor amiga.

―Sé que no quieres, pero debes. Sarada, aún lo quieres. ―Sarada miró al techo y parpadeó, impidiendo que las lágrimas mancharan su ovalado rostro.

―No digo que no―dijo, en un tono frío que resultaba del todo impersonal, pero que la ayudaba, de alguna forma, a mantenerse serena y objetiva―, pero él no siente lo mismo por mí. Además, somos jóvenes, tarde o temprano me olvidaré de este estúpido amor adolescente y encontraré a alguien más, alguien que sí me quiera y que sea más guapo, más alto, más musculoso y más rico. ―Chōchō frunció el ceño, ligeramente molesta ante las palabras de la Uchiha.

―Di lo que quieras, pero no creo que te sea tan fácil. ―Sarada, aunque no era una persona intuitiva, se dio cuenta de que había un significado oculto tras las palabras y el tomo de la Akimichi.

―Chōchō…

―Escucha: sé que Boruto puede un auténtico dolor en el culo a veces. He pasado todo el instituto con él, en la misma clase, aun por encima, ¿recuerdas? Sé lo insufrible que se puede poner a veces, pero… también sé lo noble y lo protector que es con aquellos que le importan… ¿Recuerdas aquel verano, cuando un estúpido crío de ciudad quiso propasarse contigo y Boruto lo mandó a casa con la cara hecha un cromo?

―Si no hubiera sido él habría sido otro. Sé que ni Mitsuki ni Inojin ni Shikadai habrían dejado que me pusiera una mano encima―dijo ella, mencionando a sus más cercanos amigos. Chōchō suspiró.

―Sarada, no hay más ciego que el que no quiere ver. No quiero meterme en vuestra extraña relación, pero si no abres los ojos y te das cuenta pronto… ambos sufriréis. Mucho. ―Lo último lo susurró en bajito, casi como si no hubiera querido que ella lo escuchase.

Pero, casualmente, sí lo escuchó, por lo que entrecerró los ojos en dirección a la pantalla del móvil.

―¿Qué quieres decir con eso?

―Sarada… A Boruto le importas. Mucho. Más de lo que crees. ―Sarada sintió que el corazón le daba un vuelco, que una pequeñísima chispa de esperanza se encendía en su estúpido corazón enamorado.

―Sí, ya, claro. Por eso anda revolcándose en las cabañas del río con cualquier pelandrusca. ―Chōchō apretó los labios.

―No es lo que piensas…

―¿Ah, no? ¿Ahora me vas a decir que todos lo hacéis, lo de ir a esconderos a las cabañas del río para acostaros con el primero que os pase por delante?―dijo, con resentimiento y con ligero desprecio impreso en su tono de voz.

―¿Y qué si fuera así?―Sarada se quedó quieta; Chōchō tenía el ceño fruncido, los labios apretados y las mejillas rojas. Sarada adivinó enfado en sus bonitos ojos ambarinos y aquello la confundió.

Ella y Chōchō no solían enfadarse, nunca. Pero esa vez intuía que la cosa era más seria que las otras veces. Era como si la conversación que estaban manteniendo pareciera ser algo más que una simple charla entre mejores amigas.

―Chōchō, no me digas que tú… tú ya…

―No todos podemos ser la señorita perfecta y estudiosa. ―Sarada se ruborizó; aquello le había sonado a reproche, aunque seguía sin saber por qué para Chōchō era tan importante esa conversación―. Algunas sentimos cosas y queremos gustar a los chicos y nos esforzamos por ello.

―Chōchō, nunca quise insinuar… yo no soy mejor que tú, ni que nadie. Es solo que… estoy cansada de que no me mire ni me haga caso… ―Chōchō suavizó su expresión y el alivio recorrió a Sarada. No quería pelearse con su mejor amiga, no cuando más parecía necesitarla.

―¿Por qué no lo intentas por última vez? Quizás y te sorprendas. Boruto ha madurado mucho en este último año. En navidades apenas os visteis, porque además vino la familia de la tía Hinata y por eso no pudo salir mucho. Pero ahora tenemos toda una semana de vacaciones para hacer que él se fije en ti y se dé cuenta de lo que se está perdiendo. ―Sarada sintió un escalofrío recorrerla.

Chōchō solía ser bastante imaginativa en sus planes―los cuales todos solían acabar en desastre―y, quizás por su desbordante originalidad, era que todas sus ocurrencias solían acabar en desastre total.

―Chōchō, no creo que…

―¡Venga! ¿Qué puedes perder? ¡Yo te ayudaré! ¡Te pondré tan guapa que Boruto se caerá de espaldas cuando te vea!―Sarada suspiró; ya no tenía escapatoria. Esa mirada en el rostro de Chōchō solo quería decir que su amiga ya tenía la decisión tomada.

Finalmente, decidió claudicar. No le quedaba de otra si no quería que Chōchō se molestase. Y sabía que ocurriría precisamente eso si se le ocurría verbalizar la negativa que tenía en la punta de la lengua.

―Miedo me das… pero vale. Aunque, te lo advierto, ¡es el último intento! ¡El último! ¡Lo digo en serio!―Chōchō sonrió ampliamente al ver la rendición de su amiga.

―No te arrepentirás, Sarada. Confía en mí.

Sarada sintió un escalofrío recorrerla ante la ancha sonrisa en el rostro de Chōchō.

Esperaba que todo terminara cuanto antes.

Antes de que su corazón se rompiera definitivamente en pedazos.


Era primera hora de la mañana cuando Sasuke Uchiha, el jefe de policía de Konoha, apareció desgreñado y con la ropa arrugada y descolocada por la calle principal del pueblo. Los pocos transeúntes que había por la vía pública se lo quedaban mirando. Algunos incluso meneaban la cabeza o reían silenciosamente, sabiendo perfectamente el porqué de su aspecto tan desastrado.

Él los ignoró a todos, con la mirada fija en el camino que tenía delante. Llevaba desde el día anterior debatiéndose entre la furia y la alegría, la desazón y la esperanza. El que Sarada estuviera en Konoha complicaba sobremanera las cosas. Pero también lo llenaba de felicidad―algo que jamás admitiría frente a nadie, nunca―y de orgullo. ¿Por qué no admitirlo? El que su pequeña y tozuda hija hubiese echado mano de la determinación de la que todos los Uchiha hacían gala para desobedecerlo y plantarse en Konoha, deseando verlo y estar unos días con él lo llenaba de orgullo.

Llegó a la casa de sus ex suegros y, con los pies firmemente plantados en el suelo, elevó un brazo y llamó con los nudillos, fuertemente. En el interior de la casita de madera se escucharon pasos. Se apartó un tanto de la puerta y tomó aire, irguiéndose en toda su altura y sacando pecho.

Fue Kizashi el que abrió la puerta. Sonrió nada más verlo y se apartó, haciéndose un lado, sujetando aún la puerta para dejarle paso.

―Buenos días, Sasuke. Me imaginaba que te aparecerías tarde o temprano. Pasa, Mebuki está haciendo el desayuno. ―Sasuke abrió la boca para replicar y decir que no era necesario, que solo quería coger a Sarada para llevársela a su casa, pero la sonrisa siempre amable de Kizashi lo desinfló.

Además, si se iba de allí sin probar el desayuno de Mebuki, seguramente la mujer no le dirigiría la palabra en un mes, por lo menos. Y le convenía llevarse bien con ella, puesto que era la única mujer del pueblo a la que permitía un acercamiento íntimo y familiar con Sarada. Bueno, no, Hinata también tenía ese privilegio, pero no era la abuela de Sarada, así que no contaba mucho, realmente.

Entró en la casa de los señores Haruno y Kizashi cerró la puerta con un firme empujón. Le hizo señas para que lo siguiera a la cocina, donde la figura delgada de su esposa se movía enérgicamente de un lado a otro, moviendo cacharros y sacando platos y vasos de la alacena. Un delicioso olor llegó a sus fosas nasales y no pudo evitar que su estómago rugiera. Llevaba días sin comer como era debido, y con solo oler lo que Mebuki estaba cocinando se le hacía la boca agua.

―Cariño… ―Mebuki se giró al escuchar la voz de su marido y su rostro se iluminó con el más puro de los regocijos al ver a su yerno―porque ella aún lo consideraba como tal―de pie, en la entrada de su cocina.

―¡Sasuke! ¡Qué alegría verte, hijo! ¡Ven, ven! ¡Estoy preparando un desayuno más que rico, ya verás! Kizashi, ¿Se ha despertado ya Sarada?―Kizashi negó.

―No, por eso he hecho pasar al chico. La pequeña fierecilla sigue durmiendo como el angelito que nos quiere hacer creer que es. ―Marido y mujer rieron y Sasuke sintió como las comisuras de sus labios se curvaban en una levísima sonrisa.

Siempre le había encantado pasar tiempo con los Haruno. Ellos le habían las puertas de su hogar desde el primer día, incluso antes de que él y Sakura empezaran a salir formalmente como pareja. Aquella casa había sido como un refugio para él y también para Naruto, por mucho que Sakura se empeñara en intentar hacerlo de menos cuando niños y adolescentes, centrada como estaba en llamar su atención. Claro que después se dio cuenta de su error e intentó enmendarlo de todas las maneras posibles, incluso llegando a poner su propia vida en riesgo.

Suspiró, echando a un lado sus funestos pensamientos acerca del pasado. No tenía caso pensar en lo que no se podía ya cambiar. Se sentó con Kizashi a la mesa de la cocina y lo escuchó hablar sobre cómo le iba el negocio. Luego, se quedó callado, y Sasuke supo que había llegado el momento de dejar a un lado la charla banal para pasar a lo serio.

Kizashi se inclinó hacia delante y enlazó las manos por encima de la mesa, frente a él. Jugó unos segundos con los pulgares y luego suspiró; levantó la vista hacia Sasuke, con una mirada grave en su cada día más envejecido rostro.

―Sabes que Sarada ha huido de su madre, literalmente.

―Me lo imaginaba.

―No es que aprobemos su conducta, pero la niña es adolescente y… bueno…ya se sabe con los adolescentes. ―Sasuke asintió, como si tuviera idea de lo que quería decir, aunque lo cierto es que todavía estaba aprendiendo en eso de ser padre―. Tampoco nos agradó la decisión de nuestra hija de irse fuera y llevarse a nuestra nieta, lo sabes. ―Sasuke no dijo nada ni tampoco hizo ningún movimiento de asentimiento, estaba seguro de que Kizashi sabía que lo estaba escuchando con toda su atención―. Pero en fin, ahora Sarada está aquí y… la cuestión es: ¿qué vamos a hacer al respecto?―Sasuke sintió algo cálido extenderse por su pecho al oír a Kizashi meterlos a todos en el mismo saco. Eso le hacía sentirse parte de la familia… aún.

Meditó la respuesta calmada y profundamente. Mientras, Mebuki fue poniendo platos y vasos encima de la mesa. Puso cuatro servicios, segura de que Sarada bajaría en cualquier momento, ya vestida y aseada para afrontar un nuevo día.

Miró a Kizashi y decidió empezar con la pregunta más obvia.

―¿Habéis sabido algo de Sakura?―Ambos negaron con la cabeza.

―Sarada nos dijo que cuando se fue a Sakura acababan de llamarla del hospital, por un accidente múltiple de coche o algo así. Estará hasta arriba. Hasta que no se permita un minuto de descanso no mirará el móvil y no descubrirá el mensaje que nos dijo Sarada que le había dejado. ―Sasuke asintió. Eso le dejaba al menos unas cuantas horas para pensar en qué le diría y cómo se lo diría.

―Creo que ya está bajando―dijo Mebuki en voz baja, depositando en el centro de la mesa un plato lleno a rebosar de huevos con tocino y otro con salchichas.

Sasuke y Kizashi quedaron en silencio, captando, efectivamente, unos pasos algo vacilantes, al parecer de Sasuke. Sonrió internamente. Esa era su pequeña, siempre alerta.

No pasaron más de dos minutos hasta que vio aparecer por la puerta de la cocina la figura delgada y pequeña de su hija. Los ojos negros, iguales a los suyos, se abrieron con sorpresa al verlo allí, pero enseguida el asombro di paso a la más pura de las alegrías.

―¡Papá!―Sarada corrió hacia él para abrazarlo. Sasuke se dejó y correspondió el gesto, apretando entre sus brazos a su pequeña niña que, a pesar de todo, ya no era tan pequeña.

―¿Cómo estás?―Sarada se separó de él y sonrió, sentándose entre su abuelo y su padre en la silla que había libre entre ambos.

―¡Muy bien! Ayer estuve ayudando al abuelo en la tienda. ¿Y tú? ¿Capturaste a ese fugitivo?―Sasuke asintió, despacio, como probando la veracidad de su propia mentira.

―Así es. Ya se están encargando de él. ―Sarada sonrió nuevamente.

―No dudé de ti ni un momento, papá. Eres el mejor en tu trabajo. ―La leve sonrisa volvió a tirar de las comisuras de los labios de Sasuke.

―Sarada, lo cierto es… que he venido a buscarte. Para ir a casa. ―Fue directo. Sarada se removió, algo incómoda.

―Oh… bueno, sí, lo suponía, claro. Pero… ¿es necesario?―preguntó―. Quiero decir… tú tienes que trabajar y yo me quedaría todo el día sola… ¿No podría… no podría quedarme aquí, en casa de los abuelos?

―A nosotros no nos importaría, ya lo sabes.

―Pero, cielo, tu padre también querrá pasar tiempo contigo. ―Sarada miró a su abuelo y a su abuela y luego de nuevo a su progenitor.

Sasuke suspiró. Sabía que Sarada le iba a proponer algo como eso. Y no es que él lo molestara, de hecho nada le alegraría más. Pero tal y como estaban las cosas, sería mejor que Sarada fuera con él a casa, a la casa que en un momento dado compartiera con Sakura y con Sarada.

―Debes venir conmigo a casa, Sarada. ―Una sombra de decepción empañó los hermosos ojos oscuros de la joven―. Tu madre querrá saber que estás conmigo. ―Sarada parpadeó y enseguida asintió, percatándose enseguida de lo que su padre le estaba diciendo.

―Entiendo… ―Kizashi y Mebuki se miraron entre ellos y suspiraron, con cansada resignación―. Recogeré mis cosas y nos iremos enseguida.

―Espera, cariño. Desayuna algo primero. ―Sarada miró para el delicioso desayuno que su abuela había preparado y, aunque no tenía mucha hambre―demasiadas emociones en pocas horas―se sirvió un par de huevos, una salchicha y dos trozos de tocino.

Mebuki pareció darse por satisfecha y se giró, para fregar los cacharros que había manchado al cocinar.

Kizashi, Sarada y Sasuke desayunaron en silencio, no exento de tensión. Cuando acabó, Sarada fue a dejar su plato ya vacío al fregadero. Mebuki se lo cogió de las manos y le sonrió cálidamente. Sarada sintió que parte de su propia tensión se desvanecía ante el silencioso gesto de apoyo de su abuela.

Sí, todo saldría bien. Tenía que salir bien. Repitiendo esa frase en su cabeza subió hasta la habitación donde había dormido las últimas dos noches para recoger sus escasas pertenencias, algo emocionada por volver a ver el que era su cuarto en la casa de su padre.

Cuando los tres adultos quedaron a solas, retomaron la conversación previa a la aparición de la menor de los Uchiha en la cocina.

―Bueno… ¿qué harás, entonces?―preguntó ahora Mebuki, secándose las manos en el delantal y sentándose a desayunar en la silla que Sarada acababa de dejar libre.

Sasuke se puso a mirar por la ventana mientras mordisqueaba distraídamente un pedazo de tocino y una salchicha. Esa era una buena pregunta, una muy, muy buena pregunta.

―¿Sarada no sabe nada?―Mebuki y Kizashi se miraron y, tras dejar escapar un suspiro, negaron los dos con la cabeza.

―No, no sabe nada. No te preocupes…

―Pero lo intuye o, al menos, intuye que pasa algo. No es tonta, Sasuke. ―El aludido gruñó.

―Lo sé―dijo al cabo de varios minutos de silencio―. ¿Ha visto o hablado con alguien más aparte de vosotros?

―Ayer vino Chōchō junto con Mitsuki a la tienda. Creo que venían de la farmacia de comprar ya sabes qué y vieron a Sarada y, bueno… se pararon a saludar. ―Sasuke gruñó, pero esta vez de molestia.

La hija mayor de Chōji y de Karui era un auténtico dolor en el culo, con perdón de la expresión. Una experta maquinadora en toda regla cuyos planes solían acabar en ridículo y desastre.

―Y supongo que sabrás que fue Boruto quién la trajo, quién la encontró. ―Sasuke asintió.

―Estoy al tanto. ―Apretó los puños. Había pensado pasar primero a hablar con el primogénito de los Uzumaki, pero finalmente se dijo que no tenía sentido.

Boruto no la había tocado ni había hecho nada reprochable a sus ojos. Había sabido controlarse y comportarse, así que no tenía ninguna razón para ir a molestarlo y a pedirle explicaciones.

Tendría una conversación con él, por supuesto, de hombre a hombre, de cambiante a cambiante. Se aseguraría de que Boruto comprendiera cuales eran las reglas y de que las cumpliera al pie de la letra.

Lo más importante para él era la felicidad de su niña, y haría todo lo que estuviera en su mano para lograrla.

Absolutamente todo.

Fin Trocitos de información


Ala, cortito, lo sé, pero cuando estaba escribiendo y llegué a esta parte mis dedos se quedaron paralizados y comprendí que este era el mejor final que podía darle a esta parte.

Ahora, quiero saber vuestras especulaciones: ¿qué creéis que le dirá Sasuke a Boruto? ¿Cuál será la primera parte del plan de Chôchô? ¿Hinata se quedará de brazos cruzados o querrá meter su cuchara para ayudar a su niño? Y, lo más importante... ¿APARECERÁ HIMAWARI AL FIN?

Creo que os he dado mucho en lo que pensar, so... ¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por el suyo a: Lila! ¡Gracias, guapa, de verdad que sí! ¡Te amodoro por leerme siempre y dejarme un precioso comentario que me alegra el día!

Antes de dejaros: me he hecho un fb exclusivamente de ficker. Voy a pasarme por allí en unos minutos para anunciar esta (y otra *guiño guiño*) actualización.

Para los que quieran pasarse por allá, podéis encontrarme como Vicky Bruxi Bandín. Corred, corred, así sabré que realmente me queréis (?).

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.

P.D.: Pascu y Rodri tienen nuevo vídeo en su canal de youtube, Destripando La Historia, sobre la diosa griega de la agricultura: Deméter. ¡¿Qué hacéis que no lo estáis viendo, eh, eh?!