¡YAHOI! Bueno, bueno, bueno... pues un capítulo más. Sinceramente, no tengo mucho que decir, salvo que contiene escenas para mayores de dieciocho así que...
Si no te gusta, por favor, te ruego encarecidamente que no leas. Simplemente sáltate la primera parte del capítulo y ve a la segunda, justo después de la rayita gris casi blanca xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Asímismo, los personajes de Boruto: Naruto Next Generations tampoco me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto, Ukyô Kodachi y Mikio Ikemoto.
¡Espero que os guste!
5
Entre planes
Abrió los ojos y se volvió, topándose con el rostro profundamente dormido de su compañero. Elevó una mano y acarició los cabellos cortos y rubios, sintiendo su suavidad bajo sus dedos. Él suspiró en sus sueños y ella sonrió, con cariño.
Pasó del pelo a su rostro, a las líneas duras de sus rasgos, ahora suavizados gracias al apacible abandono del descanso. De ahí al cuello, a su pecho y a sus brazos llenos de definidos y fuertes músculos. Suspiró, con anhelo, recordando los días de su juventud, cuando una sola mirada de sus hermosos ojos azules en su dirección bastaba para que las piernas se le convirtieran en gelatina, conminándola a acabar en el suelo producto de un desmayo seguro.
Recordó también aquella ocasión en que su mirada se perdió en la suya, anhelante y a la vez desconcertada, como si la estuviese viendo por primera vez, como si no la reconociese, pero ella fuese todo lo que deseaba en el mundo. El mismo sentimiento que ella tuvo, aunque en su caso multiplicado por mil, porque ella lo amaba desde mucho antes de que el destino decidiese juntarlos.
Con cuidado, despacio, apartó la mano tras dedicar una última caricia a ese cuerpo que adoraba y se dio la vuelta nuevamente. Midiendo cada uno de sus movimientos para evitar que su compañero de cama se despertase, se levantó lentamente. Apoyó los pies descalzos en el suelo frío que envió un cosquilleo más que agradable por todas sus terminaciones nerviosas.
Se acercó a la mesa que había en el medio de la habitación, entre la mini cocina y la cama. La cabaña no era muy grande, tan solo constaba de una habitación con todo incluido y un cuarto de baño que casi era tan amplio como la propia habitación. No obstante, no podía quejarse. Esa construcción, por ser la reservada exclusivamente al alfa de la manada y a su compañera es que contaba con un poco más de lujo que el resto, sencillas construcciones de madera antiguas. Poco a poco las iban remodelando todas, pero ello implicaba gastar recursos y dinero que preferían invertir en el bienestar de la manada, en medicinas, tratamientos médicos, becas para educación y préstamos o ayudas para abrir negocios o para reflotar alguno que estuviese teniendo una mala racha.
Se acercó a la mesa y se hizo con su teléfono móvil, sintiendo el orgullo recorrerla al pensar en que todo lo que se había logrado, todo lo que Konoha era actualmente, se lo debían a Naruto. Él había sido el artífice de que la pequeña aldea no solo fuese reconocida como un destino turístico atractivo que permitió activar la economía de la zona, sino que además estaban volviendo a abrirse las viejas granjas. Familias enteras que habían marchado años atrás escapando de la mala situación que se vivía en las zonas rurales estaban regresando a sus hogares de toda la vida, contentos y aliviados de poder volver a casa.
Acarició con mimo la madera de la mesa, consciente de que habían sido las fuertes y capaces de su esposo―utilizando el término humano para pareja de toda la vida―las que habían modelado aquel mueble, al igual que prácticamente el resto de los muebles que adornaban el resto de las cabañas y de su propio hogar.
Sonrió, feliz orgullosa de saberse la compañera de vida de alguien como su Naruto. Y precisamente porque era su marido y ella era su mujer no podía simplemente quedarse de brazos cruzados ante una situación que claramente haría sufrir a un buen número de personas si no le ponía remedio cuanto antes.
Que una de esas personas fuese su propio hijo solo hacía que la determinación de Hinata por arreglar todo aquel entuerto fuese todavía más férrea. No pensaba permitir que su pequeño tornillo sufriera el mismo tormento que ella misma y Naruto habían tenido que pasar años atrás, mucho antes de que él y Himawari, su hija pequeña, nacieran. Antes incluso de que él le dijera―y le demostrara―que la amaba más que a nada ni nadie en el mundo.
No, los errores del pasado no debían repetirse. Por nada del mundo.
Tomó en un agarre firme uno de los teléfonos móviles que descansaban encima de la mesa. Se los habían llevado por si las moscas, en caso de que algo grave ocurriese que requiriera la presencia inmediata del alfa de la manada. Ahora se alegraba, porque así no tenía que esperar para comunicarse con alguien que la ayudaría, sin duda, a que todo se encauzara en el buen camino.
Mordiéndose el labio inferior y rezando para no estar interrumpiendo nada importante, marcó un número y esperó. Al cuarto tono contestaron:
―¿Diga?―Un gemido fue lo que escuchó Hinata antes de que pudiese decir nada.
Se tapó la boca con la mano, ahogando así una risita. Se giró, comprobando que Naruto no se había despertado y, con pasos silenciosos, se encerró en el cuarto de baño. Se sentó sobre el váter y apoyó los codos en las rodillas, sonriendo.
―Hola, Ino.
―¿Hina… ¡oh… oh- ¡Ya, para un momento, Sai! ¡Es Hinata!―Ahogando una segunda risa, Hinata escuchó gruñidos, un gemido y luego ruidos como de pasos y una puerta cerrándose―. Al fin, paz y tranquilidad. A ver, dime, ¿qué pasa? Algo gordo tiene que haber sido para que precisamente tú llames en la época del calor. ―Hinata enrojeció ante sus palabras―. ¿Es que a Naruto ya le está pegando la edad y ya no tiene tanto aguante como antes?
―¡Ino! Para tu información Naruto-kun sigue siendo igual de… mmmm… vigoroso…
―Vigoroso… sí, me lo imagino, con esos músculos y esa po-
―¡Ino, por Dios! ¡Estás hablando de mi compañero! Y, ¿qué pasa con Sai?―Escuchó un bufido.
―Por favor, no comparemos. Amo a Sai y me pone a mil siempre, las cosas que me hace… pero, seamos realistas: tengo ojos en la cara y tu compañero es la cosa más caliente que ha pisado nunca estas tierras. Bueno, no, miento: quizás Sasuke…
―Ino, no te llamo para cotillear sobre a ver quién es mejor en la cama―la cortó, mientras un furioso sonrojo acudía a sus mejillas al tiempo que pensaba para sí misma que, si estuvieran hablando del tema, ella ya sabía quién saldría ganando… por goleada.
―Aburrida―resopló Ino―. ¿Entonces? ¿Qué ha pasado? Sé que no dejarías de montar a tu ardiente compañero por hablar conmigo, así que… ―Hinata suspiró.
―Eres mi mejor amiga.
―Tu mejor amiga cambiante―acotó Ino. Hinata curvó los labios en una sonrisa.
―Por eso precisamente no podía llamar a Tenten. Es un asunto… de lobos. ―Casi pudo ver las depiladas cejas rubias de su amiga juntadas en un gracioso ceño fruncido.
―Oh. Vale, de acuerdo: dispara. ―Hinata tomó aire, respirando hondo.
―Sarada-chan está aquí. ―Silencio. Hinata cerró los ojos y empezó a contar: uno… dos… tres…
―¡¿QUÉ?! ¡QUITA, SAI, JODER, ESTO ES IMPORTANTE!―Hinata volvió a escuchar crujido e incluso el silbido del viento, hasta que, supuso, Ino se detuvo―. A ver, a ver… empieza por el principio. Y no te dejes nada. Ni un detalle. ―La mujer de ojos perlas tomó aire una vez más y procedió a contarle a su amigo, en pocas palabras, lo ocurrido en las últimas 24 horas.
Para cuando terminó, estaba segura de que Ino estaría con los labios apretados y el ceño fruncido aún más acentuado.
―Sabía que esto pasaría tarde o temprano―dijo Ino, tras varios minutos de silencio salpicado de suspiros de resignación―. Sarada es demasiado terca y orgullosa como para acatar sin más lo que la frentona le dice. Además: adora a su padre. Y luego, claro, está Boruto. ―Hinata se rascó una pierna, pensativa.
―Sí, no era muy difícil de adivinar, ¿verdad? Supongo que ninguno previmos que fuese a pasar tan pronto…
―Bueno, si recuerdo bien, sé de dos que tampoco pudieron esperar mucho. ¿Cuántos teníais Naruto y tú cuando… os juntasteis?―La mirada de Hinata se ensombreció ante las palabras de Ino, acompañadas de sus propios recuerdos.
―Dieciocho―contestó al fin―, pero… es diferente, Ino. Lo de Naruto-kun y yo… ―Escuchó el suspiro de su amiga al otro lado del teléfono.
―Sí, eso te lo compro. Sois únicos. Aunque… estamos hablando de tu hijo y de la hija de Sasuke-kun, así que… no sé, tú dime, ¿en qué puede desembocar todo esto?
―En desastre, salvo que hagamos algo para impedirlo.
―Oh, ¿y qué quieres hacer? Mejor dicho, ¿qué pretendes hacer? Porque, si me llamas, es que en esa cabecita tuya ya se está formando un maquiavélico plan cuyos dudosos resultados podremos ver pronto. ―Hinata frunció el ceño.
―¿Dudosos? ¿Por qué supones que mi plan iba a tener un resultado dudoso?
―Porque te conozco, Hina, y sé que, aunque eres una persona inteligente, también tiendes a pensar más con el corazón y menos con la cabeza cando se trata de la gente que te importa. Y Boruto y Sarada te importan, mucho, muchísimo. ―Hinata hundió los hombros y bajó la cabeza, consciente de que su amiga tenía más razón que un santo.
―No voy a disculparme por intentar hacer que mi hijo y su futura compañera alcancen un futuro feliz. ―Ino soltó una carcajada al percibir el tono orgulloso en la voz de Hinata.
―Esa es la Hinata Uzumaki que conozco y quiero. En fin, supongo que tendremos que tener una reunión de chicas en cuanto todo esto del calor pase. Nadie mejor que una madre para ayudar a otra madre a que los niños sean felices. Hablando de madres… ¿lo sabe la frentona?―Hinata se peinó los largos mechones negro azulados de su pelo con los dedos, nerviosa.
―No…
―Oséase, ¿me estás diciendo que Sarada, nuestra responsable y observadora de las reglas Sarada, se ha… escapado?―Hinata asintió.
―Sí.
―¡Oh, esto es genial! ¡Me lo voy a pasar en grande cuando la frentona se plante en Konoha! ¡Me voy a reír lo que no está escrito!―Hinata no pudo evitar que una leve sonrisa curvara las comisuras de sus labios. La alegría de Ino era contagiosa―. Vale, vale. Ya tengo una idea de la situación, más o menos… avísame cuando tu caliente lobo te deje salir de la cama y quedamos.
―Lo haré. Tenemos que hacer algo. No puedo quedarme de brazos cruzados.
―Te entiendo, cariño. Si fuese Inojin, yo tampoco podría quedarme sin hacer nada… En fin, te dejo. Sai está un poco… impaciente. ―Hinata rio.
―Pues ve a atenderlo, va. Gracias Ino. Te quiero.
―Te quiero, Hina. ―Escuchó el crujido que delataba el final de la llamada y despegó el móvil de la oreja.
Suspiró mientras se levantaba. Un escalofrío la recorrió. Le había cogido el frío allí, sentada desnuda sobre el váter en el cuarto de baño. Anduvo hacia la puerta y asió la manilla, tirando hacia abajo para abrirla y regresar así al calor de la cama donde seguramente la esperaba su compañero.
Sin embargo, su nariz chocó contra un pecho duro y tenso y ella retrocedió a causa del impacto. Subió la vista y se encontró con los ojos azules de Naruto fijos en ella, un rictus de molestia estropeando sus atractivas facciones, ahora endurecidas por el enfado.
―¡Na-Naruto-kun!―exclamó, retrocediendo, con los ojos abiertos, asustados.
Tragó saliva al ver que él entraba en el baño tras ella y cerraba la puerta con suavidad detrás de él, apoyándose contra la misma en una pose del todo indolente, con los brazos cruzados sobre el pecho. Una sonrisa peligrosa curvando sus labios.
―¿Con quién hablabas?―Hinata apretó el móvil en las manos, sintiéndose azorada y tremendamente culpable de repente.
―C-con Ino… ―tartamudeó, sonrojándose y reprochándose por dejar que la niña tímida e insegura que había sido en el pasado resurgiese frente a él.
Naruto alzó una ceja, interrogante.
―Oh… ¿de qué?
―D-de todo un poco, ya sabes… c-cosas de chicas… ―Naruto alzó la otra ceja.
―¿Ah, sí? ¿Como qué?―Hinata se rascó el brazo.
―Pues eso… cosas de chicas… de mujeres… femeninas… ―Naruto suspiró; se despegó de la puerta y avanzó hacia su mujer. Hinata hizo ademán de apartarse de él y eso lo irritó.
Le molestaba profundamente que precisamente Hinata le tuviese miedo o se sintiese incómoda con él. Entendía que era una reacción instintiva ante su rango de jefe de la manada, pero seguía contrariándole. Sobre todo, cuando los dos estaban desnudos y deseosos de sentirse el uno al otro.
Sin embargo, debía arreglar lo que quiera que Hinata estaba tramando antes de dejarse llevar, una vez más, por los deseos puramente carnales que asolaban su cuerpo.
Alargó los brazos y aferró a su compañera de las caderas, tirando de ella para pegarla contra sí. El rostro de Hinata impactó contra su pecho duro y caliente y no pudo evitar que un gemido escapara de su garganta. Era maravillosa, esa sensación de estar piel con piel… El aliento de Naruto le revolvió el pelo de la cima de la cabeza con el suspiro que dejó salir de sus labios.
―Me prometiste que me dejarías encargarme'ttebayo. ―Hinata frotó la mejilla contra su abdomen; Naruto no pudo evitar ronronear de gusto ante la suave fricción, al sentir sus manos acariciarlo y las duras puntas de sus pechos frotándose contra él.
Estaba tratando de distraerlo, la muy tramposa. Conteniendo el deseo que esa mujer siempre le provocaba la apretó más fuerte entre sus brazos, negándose a sucumbir a sus caricias y a los dulces besos que ahora le propinaba―. Hinata… basta. ―Enmarcó el precioso rostro de porcelana entre sus manos y la obligó a mirarlo―. Me prometiste que no interfirirías―repitió.
Hinata hizo una mueca, culpable, para acto seguido clavar los ojos en los suyos.
―No voy a quedarme quieta viendo cómo…
―Lo entiendo―la cortó―. Pero no podemos forzar las cosas.
―No voy a forzar nada―dijo ella, ofendida―. Solo… quiero darles un empujoncito… ―Naruto suspiró, apretando sus mofletes.
―No podemos… ―Hinata torció la boca―. Te dije que yo me ocuparía y eso haré, pero tengo que hacerlo a mi manera. Hice promesas, Hinata, promesas que no puedo romper'ttebayo.
―Por eso voy a ser yo la del empujoncito. ―Naruto soltó su rostro y bajó las manos tentadoramente por su cuerpo hasta anclarlas en sus glúteos, haciendo presión para levantarla; Hinata se puso de puntillas y dejó que él devorara su boca, en un adelanto de lo que podrían disfrutar ambos en cuanto terminase aquella discusión.
―Cariño… ―Hinata cerró los ojos, disfrutando de los besos que la boca masculina prodigaba ahora a su cuello y a su garganta―. Sabes que mando yo, ¿verdad?―Un gemido escapó de sus labios al sentir aquel susurro ronco, seductor, directamente en su oreja.
Hinata sintió que le daba la vuelta y la pegaba contra el lavabo. Las manos masculinas agarraron las suyas y la obligaron a aferrarse al borde; sintió la erección de su compañero pegarse a sus nalgas y restregarse contra las mismas. Una de las bronceadas manos viajó por su brazo, su cadera, su cintura y su abdomen hasta perderse en su sexo. Se sintió morir en cuanto dos dedos largos y traviesos se hundían en ella, mojándola; instintivamente abrió las piernas, dándole más acceso.
―Así, sí… mando yo… y no me gusta que me desobedezcas… ―Llevó sus dedos más profundamente dentro del cuerpo femenino, tocando ese punto que hizo a Hinata gritar de placer―. Ah, ahí está…
―Naruto-kun…
―Dime que me vas a dejar manejar esto… que no vas a volver a desobedecerme…
―No puedo… ―Un gemido interrumpió sus palabras, al sentir como Naruto le pellizcaba uno de sus pezones, con fuerza, dejándolo dolorido y palpitante.
―Me harás caso―le dijo, al oído, presionando ahora la punta de su hinchado miembro contra la entrada de su intimidad―. O te dejaré así… ―Detuvo el movimiento de sus dedos y un sonido de frustración abandonó la boca femenina. Él sonrió, ladino, mirándola directamente a los ojos a través del espejo que había sobre la pila. Se inclinó para recorrer con la lengua el contorno de una de sus preciosas orejas, sintiendo estremecerse el cuerpo de su esposa―. Estás a punto de correrte, ¿verdad?
―Naruto-kun…
―Dímelo, Hina, dime que no vas a desobedecerme… dime que me vas a dejar hundirme en tu delicioso cuerpo… que vas a dejar que me corra dentro de ti… ―Hinata se sentía morir. Su parte racional le pedía que no cediera, que no claudicase tan fácil… pero su parte animal, su alma de loba luchaba por dejar que su malvado compañero hiciese con ella lo que quisiera…
Finalmente, con un gemido desesperado, pegó su trasero al cuerpo de su esposo, suplicándole con sus movimientos que la penetrase. Loba traidora. Ya le arreglaría las cuentas…
Una sonrisa de victoria asomó a los labios del rubio quien, sin poder esperar más, sacó los dedos del sexo femenino y los ancó en sus caderas; se echó hacia adelante y dejó que su grueso miembro se hundiera en ella, sustituyendo así su mano por su propio sexo.
Un ronco gemido vibró por todo su ser al sentirse acogido por el cálido interior de su mujer…
«Sí… mi mujer… mi compañera… mía…».
Empezó a moverse, deslizándose despacio hacia fuera para luego empujar otra vez hacia dentro, despacio, despacio… alargando cada embestida para alargar así también el placer lo máximo posible, torturándola con la deliciosa sensación de sus sexos encajados.
―Naruto-kun…
―Vamos, dímelo… ―Hinata intentó resistirse, de verdad que intentó resistirse…
Pero fracasó miserablemente. Su cuerpo traidor empezó a moverse adelante y atrás, aceptando cada envite como si fuera el último de su vida, gimiendo desesperada por la liberación.
―Vamos, Hina, dímelo… dime que me obedecerás en esto…
―¡SÍ!―Enterró el rostro en el cuello femenino con una sonrisa de triunfo; besó la piel pálida y suave, susurrándole palabras tiernas y cariñosas mientras sentía el interior de ella contraerse.
Solo cuando las piernas de Hinata comenzaron a temblar fue que él aumentó el ritmo, perdiéndose una vez más en el placer que ella y solo ella podía proporcionarle.
Con una última estocada y un gruñido se dejó ir, reclamándola desde el interior como había hecho tantas y tantas veces a lo largo de todos los años que llevaban juntos.
«Mía…».
Sarada se revolvió entre las sábanas, murmurando algo ininteligible ante la luz que entraba a raudales por la ventana de su habitación. Apenas había pegado ojo en toda la noche, preocupada por varias cosas―el plan de Chōchō, el ánimo de su padre, el estúpido de Boruto, su madre…
Abrió los ojos de golpe ante ese último pensamiento. ¡Su madre! Saltó en la cama y rebuscó bajo la almohada hasta hacerse con su teléfono móvil. Lo encendió y esperó a que arrancara para meter el código pin y así encenderlo. Aguardó pacientemente hasta que aparecieron las cinco rayitas de cobertura al completo y luego puso los datos, sabedora de que su padre no tenía wifi en casa.
Sasuke odiaba casi todo lo moderno tanto como odiaba al resto de seres humanos que no entraban en su categoría de "personas fastidiosas, aunque tolerables". Las únicas excepciones a esa regla eran los aparatos de cocina. Por alguna extraña razón, a su padre le gustaba cocinar. De pequeña Sarada pensaba que es que no le había quedado más remedio que aprender, una vez que su madre lo dejó y tuvo que empezar a hacer todo en casa él solo. Pero más adelante descubrió que su padre tenía una secreta pasión por la cocina, pasión que tan solo conocían unos pocos privilegiados entre los que se contaban, aparte de ella misma, su tío Naruto, la tía Hinata y el tío Shikamaru. El primero y el último habían tenido que jurar en su día guardarle el secreto al Uchiha, mientras que la segunda solía pasarse de vez en cuando para pasar una tarde de cocina cuando ambos tenían tiempo libre.
Aquellos ratos Sarada los había llegado a apreciar como un tesoro, porque le permitían pasar tiempo con su padre y disfrutar de sus―muy―raras sonrisas, así como de ser la única persona que conocía las recetas secretas de esos dos aspirantes a chef. Había sido la catadora oficial de la gran mayoría de las mismas.
Sacudió la cabeza para no perderse en los recuerdos, no queriendo ahondar en que algunas de esas tardes se volvían infinitamente más divertidas cuando Boruto y Himawari―la hija pequeña de los tíos Naruto y Hinata y por ende hermana de Boruto―acompañaban a Hinata en sus visitas.
Entró en la aplicación de mensajería y vio que, aparte de saludos en el grupo que compartía con sus amigos, algún recordatorio de su grupo de estudio del instituto, un correo electrónico de su tutor recordándole que tenían una reunión a la vuelta de vacaciones para hablar sobre las opciones para su futuro y varias notificaciones de sus redes sociales no tenía… nada. Ni una exclamación, ni un signo de interrogación procedente de su madre.
Absolutamente nada.
Traviesas lágrimas le anegaron los ojos y tuvo que parpadear, impidiendo así que se derramaran impunemente por su rostro. Se las limpió con furia, diciéndose que estaba siendo una estúpida. ¡Claro que su madre no iba a contestarle! ¡Estaba ocupada! ¡Salvando vidas! ¡Su trabajo era mucho más importante que estar pendiente de una adolescente cuasi adulta que era perfectamente capaz de cuidar de sí misma!
Pero, a pesar de todo, mientras se levantaba de la cama para asearse y vestirse, no pudo evitar sentir una punzada de dolor en el corazón.
Para cuando bajó al piso de abajo, de la cocina estilo americano salía un olor a tostadas, a zumo de naranja recién exprimido y a café recién hecho. Se detuvo al pie de las escaleras e inspiró hondo, dejando que el olor del desayuno penetrara en sus fosas nasales y la relajara, mejorando su humor considerablemente, también.
Entró en la cocina y se sentó a una de las banquetas que había al lado de la isla, sonriendo en cuanto su padre se giró, depositando dos tazas de café en la misma.
―Buenos días. ―Sasuke cabeceó, girándose para coger el azúcar y la jarra con el zumo. Se volvió una vez más, ahora para hacerse con dos vasos limpios de la alacena que había sobre el fregadero. El plato lleno de tostadas y el bote de mermelada casera ya estaba sobre la mesa―. ¿Has sabido algo de mamá?―preguntó Sarada, como al descuido, cogiendo una tostada y un cuchillo. Hundió el cuchillo en la espesa mermelada y la untó con tranquilidad, como si la pregunta que acababa de hacer no fuese relevante.
Los ojos oscuros del Uchiha mayor la taladraron durante varios segundos que a la joven adolescente se le hicieron eternos. Finalmente, Sasuke desvió la vista y empezó a mordisquear su desayuno: una tostada untada con tomate natural y un poco de aceite de oliva. Sarada no pudo evitar sonreír al ver un espasmo de placer pasar brevemente por el rostro de su progenitor.
―No―contestó al fin Sasuke―. Aún no sé nada de tu madre. La he llamado al móvil.
―No te ha contestado―dijo Sarada.
―No. Le he dejado un mensaje. ―Interiormente, Sarada sintió el alivio recorrerla, y la gratitud.
Su padre podría haber llamado al hospital para contactar con ella. Habrían podido localizarla en cuestión de minutos, pero no lo había hecho. Lo que quería decir que consideraba su deber de avisar a su madre cumplido, y eso le daba más tiempo para estar en Konoha.
Terminaron el desayuno y luego fregaron y limpiaron, en un completo silencio que, lejos de resultarles incómodo, les agradaba a los dos. Ambos eran personas de pocas palabras, si bien Sarada no era tan hermética como el hombre que se encontraba a su vera.
―¿Qué vas a hacer hoy?―preguntó Sarada, mientras secaba un plato y lo colocaba en su lugar, en un armarito encima de la encimera.
―Por la tarde tengo que ir a la comisaría. He de rellenar unos papeles para mandarlos a la policía federal. ―Sarada asintió, comprensiva―. ¿Y tú?―preguntó a su vez Sasuke, tras varios minutos más de estar en silencio.
―Tengo deberes. No he hecho nada estos últimos días en casa de los abuelos, ni tampoco el primer día de las vacaciones, en casa de mamá, así que… supongo que adelantará algunas cosas. ―Se encogió de hombros al decir lo último.
Sasuke asintió.
―Bien. Los estudios son importantes. ―Sarada asintió, como si estuviera de acuerdo con él.
Terminaron de limpiar y luego cada uno se puso a hacer sus cosas. Sasuke se sentó en el sofá con un libro y la televisión de fondo y Sarada fue a por sus libros y sus apuntes, acomodándose en la mesa del salón comedor. Pasaron así la mañana, cada uno más sumido en sus pensamientos que concentrado en lo que tenían entre manos.
Hicieron juntos la comida: macarrones al horno gratinados con beicon y queso y, de postre, natillas de chocolate. Sarada saboreó el dulce con gran deleite, sabiendo que, seguramente, su padre lo había hecho en algún momento para ella, guardándolo luego a buen recaudo en la nevera. Sasuke Uchiha no era para nada de golosinas ni de sabores empalagosos.
Estaban recogiendo la mesa cuando llamaron a la puerta. Padre e hija se miraron, extrañados.
―¿Esperas a alguien?―preguntó Sasuke. Sarada negó con la cabeza.
Con un suspiro, el hombre adulto fue a abrir la puerta. Alzó una ceja cuando, al otro lado, una radiante Chōchō Akimichi, pertrechada como si fuera a ir a la tercera guerra mundial, lo saludó.
―¡Hola, tío Sasuke! ¡Qué guapo estás hoy! ¿Está Sarada? Los señores Haruno me dijeron que se había venido aquí contigo anoche. ―Sasuke se hizo a un lado, diciéndole silenciosamente con ese gesto que podía pasar―. ¡Gracias!
―¡Chōchō! ¿Qué haces aquí? ¿Habíamos quedado?―La Akimichi sonrió, yendo hacia su amiga y soltando los bártulos que cargaba en mitad del salón. Sasuke hizo una mueca cuando una de las bolsas hizo un ruido ensordecedor al chocar contra el suelo. Su pobre parqué…
―¡No, para nada! Pero pensé que sería mejor el factor sorpresa. Si te lo llego a decir, eres capaz de darme la patada. ―Se acercó a su mejor amiga y le habló al oído, cogiéndola del brazo―. Tenemos un plan, ¿recuerdas?―Sarada se sonrojó, siendo consciente por el rabillo del ojo que su padre las observaba, con curiosidad y algo de preocupación en sus ojos negros.
―¿Ahora? ¿Hoy?
―¡Tío Sasuke! ¿Te importa que Sarada y yo tengamos una tarde de chicas? Hace tiempo que no nos vemos, ya sabes… ―Sasuke desvió la vista y suspiró.
―No, claro que no. Sarada, yo me voy a ir ya. Pásalo bien con tu… amiga. ―Sarada abrió la boca, pero inmediatamente la volvió a cerrar, ante la sonrisa alegre y despreocupada que le dirigió Chōchō.
―¡Bien! Tenemos toda la tarde para ponerte guapa e irresistible para tú-ya-sabes-quién.
―¿El mayor idiota del mundo?―Chōchō amplió su sonrisa.
―No dirías lo mismo si vieras todo lo que tiene que ofrecer bajo ese cuerpazo. ―Sarada puso los ojos en blanco.
―Ya lo he visto. Muchas veces. En el pasado. Nos hemos bañado en el río juntos, hemos ido a la playa, ya sabes… esas cosas que hacen los padres con otros padres para que los niños estén entretenidos. ―Chōchō soltó una risita.
―No últimamente, créeme. Anda, ten, ayúdame con esto. ―Suspirando, Sarada tomó una de las bolsas y guio a su amiga escaleras arriba, hacia el dormitorio que utilizaba cuando a la casa de su padre.
Le gustaba esa habitación porque su progenitor la había dejado decorarla a su gusto. El cuarto era una mezcla ecléctica de estilos y de colores, ya que Sarada iba cambiando cosas aquí y allá a medida que crecía, ajustándose así a la madurez de cada época de su vida.
―No entiendo qué le veis tú y las demás chicas. ―Chōchō resopló.
―Mira quién fue a hablar. La que está enamorada hasta la médula. ―Sarada desvió la vista, roja como un tomate.
Chōchō suspiró y se acercó a su amiga, tomándola de los hombros y apretándoselos en un intento por reconfortarla y darle ánimos.
―Venga, no hablemos de cosas tristes. Hablemos de lo guapa que te voy a dejar y lo mucho que va a abrir la boca Boruto cuando te vea con tu nueva imagen. ¡Se quedará de piedra!
Sarada quiso compartir el entusiasmo de su mejor amiga. De verdad que sí.
Pero sabía que su maltrecho corazón adolescente no aguantaría ni una sola decepción más.
«La última vez», se prometió. «Esta será la última vez».
Y luego podría olvidarse para siempre de Boruto Uzumaki y de las estúpidas mariposas que sentía en el estómago cada vez que él le sonreía.
Fin Entre planes
Vale, sé que no avanzamos gran cosa estos dos últimos capítulos, pero, como suele pasar en una historia, cada punto y cada coma suele ser necesario. Creedme, hay muchas cosas aún por explicar y las emociones y los sentimientos por los que pasa Sarada son relevantes para todo lo que ocurra, porque, al fin y al cabo, ella es la protagonista xD.
Ah, y no os preocupéis por Boruto, que pronto tendrá sus momentos, también xD.
Pasando a otra cosa, mariposa... ¿Me dejáis un review? Venga, porfa. Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por los suyos a: Lila y a ale! ¡Muchísimas gracias por vuestros preciosos comentarios! ¡Los aprecio un montón! ¡Gracias!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a follow y favoritos y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
