¡YAHOI! Pues aquí vuelvo tras unas pequeñas vacaciones de escribir (que no de leer fanfics).
Oh, sí, tengo noticias, GRANDES NOTICIAS... para mí. Se avecinan cambios así que, por favor, para saber más, leed la nota del final de capítulo. Es importante. Muy importante.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Frustración y lágrimas
Sasuke lo sintió.
Mucho antes incluso de que su hija traspasara el umbral de su casa como una tromba, corriendo escaleras arriba y encerrándose en su habitación con un sonoro portazo que hizo temblar las sólidas paredes de la vivienda.
Cerró los ojos y suspiró, maldiciendo internamente su agudo sentido del olfato y del oído. Su hija, su niña, su pequeña, estaba llorando a lágrima viva en su cuarto, sollozos ahogados filtrándose por las gruesas paredes. Seguramente tenía el rostro enterrado en algún cojín o en sus piernas, intentando por todos los medios retener las lágrimas y que además él no se diese cuenta de que algo iba mal.
Estúpido, cuando él era un ser cuyos sentidos eran más agudos que los de cualquier otra criatura viviente. Suspiró nuevamente. Ser padre era lo más difícil que había tenido que afrontar en su vida.
Ahora tendría que ir a hablar con Naruto y ponerle las cosas claras a Boruto.
Una cosa era saber o intuir lo que podría haber ocurrido y otra muy distinta dejarlo pasar; por mucho que lo comprendiera, Sarada era su hija y su deber como padre era protegerla y cuidarla, hasta de su propio compañero destinado de ser necesario. El mundo moderno había alcanzado incluso a los cambiantes. Las leyes antiguas donde estaba prohibido meterse en la relación de una pareja ya no se aplicaban, ellos al menos no las aplicaban. Conocían de algunos clanes más pequeños que todavía se aferraban a las antiguas costumbres y tradiciones, pero precisamente por eso eran pequeños. Por no querer aclimatarse al mundo actual.
Mientras Sasuke se vestía y se abrochaba un grueso abrigo de invierno pensó en todo lo que había acontecido en la última década, más o menos. Había sido una montaña rusa, tanto de emociones como de acontecimientos. Cuando todo había comenzado a estar en calma nuevamente, Naruto había decidido hacer valer su derecho de nacimiento y había tomado las riendas del clan en un momento en el que nadie sabía qué iba a ser de ellos.
Sasuke sonrió levemente mientras agarraba las llaves y salía de su casa, cerrando suavemente la puerta tras él. Había sido la mejor decisión que podía haber tomado, sin duda. Naruto tenía madera de líder. Sabía hacer que la gente lo escuchase y comprendiese, y todos sabían que pelearía a muerte por ellos. Gracias a él y a su buena gestión, no solo Konoha había comenzado a prosperar, sino que además muchos antiguos miembros expulsados habían regresado a sus hogares de la infancia, en cuanto se corrió la voz de que un nuevo alfa estaba al mando de la manada y de que todas las anteriores leyes quedaban invalidadas, dando paso así a una nueva era para el pueblo y para el clan.
Hinata había tenido mucho que ver en eso, reconoció Sasuke. De no ser por esa muchachita dulce, tímida, amable y extremadamente cabezona y determinada, Naruto no habría podido salir del pozo.
Y no solo Hinata. Las mujeres habían sido las verdaderas artífices del cambio, siendo el sostén para los hombres tercos que todos eran. A pesar de todo el dolor que se habían provocado unos a otros, ellas habían sabido y podido perdonar.
Perdona, que no olvidar, se recordó Sasuke con cierta amargura mientras sus botas se hundían en la nieve con cada paso que daba. Sakura ciertamente había podido estar junto a él durante un tiempo, el suficiente para casarse con él tanto al modo humano como al de su especie, el suficiente para dar una hermosa hija y criarla juntos durante los años más maravillosos de su vida.
Solo para romperles el corazón a los dos cuando decidió que aquella vida no era para ella, para una humana simplona, normal y corriente, sobre todo cuando Sarada también era enteramente humana.
Sakura había decidido por los dos sin darle siquiera la más mínima posibilidad de intentar calmar sus temores o de arreglar lo que quiera que hubiese hecho mal. Sencillamente, un buen día llegó de trabajar y se encontró a su mujer con su hija en brazos y dos maletas en la puerta, anunciándole que le habían ofrecido un puesto de cirujana general en un buen hospital de la ciudad y que no podía dejar pasar la oportunidad. Por supuesto, se llevaba a Sarada. Crecer en un ambiente más normal y mundano sería lo mejor para ella, le había dicho, con un tono inflexible que no dejaba lugar para la negociación.
Aturdido, Sasuke solo había sido capaz de ver cómo la mujer a la que amaba se subía a un coche y arrancaba, llevándose con ella no solo a Sarada sino también su corazón y su única posibilidad de formar una familia verdadera.
Sacudió la cabeza y la irguió, dejando que el frío de marzo le despejara la mente y le enrojeciera las mejillas. Estaba tan cansado… pero tan, tan cansado de lidiar con su soledad, con el hecho de que su niña no podía ser feliz por culpa de su madre, con el hecho de que el hijo de su mejor amigo―¡su hermano!―tuviese que sufrir también por la decisión de una única persona…
Sakura no era mala. Simplemente era… humana. Con miedos e inseguridades. Y diferente, también. Pero era precisamente esa diferencia lo que la hacía irresistible y encantadora a sus ojos.
Si tan solo se hubiese dado cuenta de que las cosas iban mal…
Llegó frente a la casa de Naruto y Hinata y tomó una bocanada de aire helado que consiguió aclarar su mente y centrarla en lo que debía en ese momento. Abrió la verja que daba paso al jardín nevado y atravesó el caminito de entrada, ahora despejado del manto blanco que todavía cubría el paisaje de Konoha. Levantó la mano convertida en un puño y llamó con los nudillos.
Una suave voz femenina contestó que ahora mismo abría. Escuchó también un gemido y una protesta masculina y Sasuke rodó los ojos, imaginándose lo que estaría pasando segundos antes de que él llamase.
En serio, ¿es que no les había llegado con todos los días anteriores? ¡Ni que fueran conejos!
―Deja de violar a Hinata, Naruto. No es una coneja. ―Gritó, exteriorizando así sus pensamientos. Una sonrisa de satisfacción cruzó sus rasgos al escuchar el gritito consternado de la esposa de su mejor amigo y el bufido de fastidio de este.
Escuchó susurros de ropas, un «maldito teme, juro que esta me la pagas…» antes de que a Hinata le diera tiempo a abrir la puerta, con el rostro completamente rojo de vergüenza―y algo de excitación, pudo apreciar Sasuke; jodido suertudo…
―¡Sa-Sasuke-kun! ¡Bi-bienvenido!―exclamó Hinata, frotando las palmas con nerviosismo sobre la gruesa falda de su vestido.
Sasuke no pudo evitar apreciar las curvas de la mujer bajo las ropas. Siempre tan femenina como discreta a la hora de vestir, Hinata llevaba una camiseta de manga larga sobre la que se había puesto un vestido de invierno con medias de lana bajo el mismo. Para la gran mayoría Hinata tenía una forma demasiado simplona de vestir, con ropas grandes que ocultaban la feminidad de su cuerpo ahora maduro.
No obstante, Sasuke había podido vislumbrar, tiempo atrás, toda la feminidad y la vulnerabilidad que la mujer ocultaba, descubriendo así el motivo por el que Naruto siempre era tan celoso y apegado a su compañera.
Y nadie lo culpaba. Especialmente Sasuke, que tenía su propia compañera fuerte pero frágil al tiempo, a la que también debía vigilar y cuidar…
¡Dioses, qué introspectivo y melancólico había decidido su cerebro ponerse ese día…
―Deja de observar a mi mujer, teme, o te arranco los ojos'ttebayo―masculló Naruto entre dientes mientras hacía sutilmente a un lado a Hinata para ponerse él delante de la puerta.
Sasuke alzó una ceja ante la clara amenaza en los ojos azules.
―¿Quién? ¿Tú y cuántos más?―se burló. Naruto gruñó, con molestia, entrecerrando los ojos hacia él en clara advertencia. Sasuke curvó ligeramente los labios en una sonrisa y Naruto, tras unos segundos, relajó la postura y también sonrío.
―Bueno, no te culpo por mirar. Mi compañera es hermosa. ―Tras él, Hinata sintió que se ruborizaba como si volviese a ser una adolescente torpe que no hacía más que meter la pata delante del chico que le gusta.
―¡Naruto-kun, deja entrar a Sasuke-kun! ¡Hace frío!―Naruto sonrió y se hizo a un lado―. Vamos, pasa. ¿Te apetece un poco de chocolate caliente? ¿Café? ¿Té?
―Café estaría bien, gracias. ―Hinata sonrió suavemente y cabeceó.
―Enseguida lo preparo. ―Hinata se dio la vuelta y, antes de adentrarse en la cocina, le dio un beso en la mejilla a su marido y le susurró un «sé bueno» que hizo a Naruto reír y devolverle el beso en la comisura de los labios, haciendo suspirar a su esposa y tal vez hacerla lamentar el hecho de que los hubiesen interrumpido.
Sonriendo, Sasuke siguió a Naruto hasta el despacho que este tenía en su casa, dónde atendía las peticiones de los habitantes de Konoha o tenía las reuniones con sus hombres de confianza.
Le ofreció a Sasuke asiento en uno de los confortables sillones y él se dejó caer en el de enfrente.
―¿Y bien? ¿Qué te trae por aquí? Sé que no es una visita de cortesía. ―Sasuke alzó las cejas.
―¿Qué te hace pensar que no?―Naruto puso los ojos en blanco.
―Tú nunca haces visitas de cortesía. Si no fuera por Hinata o por Ino, ni siquiera te dejarías ver en las fiestas o en las reuniones. ―Sasuke gruñó. Naruto sonrió triunfalmente, como si hubiese ganado alguna batalla imaginaria. Tras unos minutos de silencio, Naruto preguntó de nuevo, esta vez con un tono más serio―. ¿Qué es lo que ocurre? Es muy raro que vengas a mi casa, ya no digamos en pleno día como una persona normal… ―Ahora fue el turno de Sasuke de poner los ojos en blanco.
―Idiota.
―Sasuke… ―advirtió Naruto, con impaciencia. El moreno suspiró. Abrió la boca para hablar, pero justo entonces Hinata apreció, con una bandeja en las manos. La depositó en la mesita que había al lado de su esposo y este le sonrió ampliamente y le cogió la mano, dándole un pequeño beso en los nudillos que hizo que sus piernas temblaran y a ella quedándoselo mirando como la boba enamorada que era.
―Gracias, Hina. ―Hinata parpadeó y se ruborizó al darse cuenta de que se lo había quedado mirando como una idiota.
―S-sí, claro. ¿Quieres que lo sirva o…
―No, ya puedo-
―En realidad, creo que sería mejor que te quedaras, Hinata. Lo que tengo que decir… os incumbe a los dos. ―Ambos se lo quedaron mirando y luego intercambiaron una mirada entre ellos, entre extrañados y curiosos.
―Muy bien. Trae tu culito aquí, preciosa―dijo Naruto, juguetón, palmeando sus piernas. Hinata suspiró e, ignorando a su pervertido compañero, sirvió café en tres tazas, le pasó una a Sasuke y cogió una para ella misma, acomodándose luego en el reposabrazos del sillón donde se sentaba el rubio.
Naruto podía perfectamente coger su propia taza de café. Para algo tenía dos manos bien hermosas y la mar de útiles que no solo servían para acariciarle el trasero o para colmarla de un intenso placer cuando…
Se forzó a alejar su mente de aquellos sensuales derroteros. ¡Tenían visita, por Dios! Y, a juzgar por la mirada divertida de Sasuke, su invitado sabía perfectamente lo que ella había estado pensando.
Si tan solo no hubiesen estado a punto de intimar cuando el Uchiha había llegado…. ¿Diez minutos era mucho pedir…?
―Muy bien, tú dirás, Sasuke. ―La voz masculina la sacó de sus pensamientos y la devolvió a la realidad. Para ocultar su vergüenza, dio un sorbo a su café, todavía caliente.
―No es fácil para mí deciros esto. Sois familia y… tú, además, eres mi alfa, mi mejor amigo y mi hermano. Pero… también tengo un deber con para mi propia sangre. ―Ante sus palabras, el matrimonio frente se tensó visiblemente.
―¿Le ha pasado algo a Sarada-chan?―preguntó Hinata, ansiosa y preocupada a partes iguales. Sasuke hizo una mueca y dio un sorbo a su taza de café, tratando de buscar la mejor manera de abordar el tema.
―No exactamente… O sí, no sé… no soy bueno con estas cosas, lo sabéis. Pero es mi hija. ―Naruto cerró los ojos y respiró hondo, intuyendo por dónde iban a ir los tiros.
―¿Qué ha hecho Boruto esta vez?―interrogó, con la voz grave, fría y cortante. Hinata se estremeció ante su tono y bajó la vista a su taza, hundiéndose en el líquido marrón que aguardaba a ser bebido, guardándose sus opiniones para más tarde.
Naruto era su compañero, pero también era el líder de su manada, el alfa. Su autoridad era indiscutible en los asuntos que atañían a los miembros de su extensa familia, y ella no debía cuestionarlo ni atacarlo en público. Más tarde, cuando estuvieran a solas en su cuarto, hablaría con él.
―La ha hecho llorar. ―Naruto esbozó una amarga sonrisa. Hinata deslizó la mano por el brazo masculino en una caricia hasta posar su palma contra la bronceada del rubio. Naruto atrapó sus dedos y los entrelazó con los suyos, atrapándolos en un apretado agarre que era al tiempo de consuelo y de arrepentimiento. Ella le devolvió el apretón, diciéndole así que todo estaba bien. Ella sabía que lo que estaba ocurriendo con Boruto y con Sarada se parecía en parte a su propia historia, y recordar no le hacía bien a Naruto. Tampoco a ella, aunque por diferentes motivos.
Trató de no hundirse en los recuerdos y se obligó a prestar atención a Sasuke. El pasado estaba bien dónde estaba. Nada se conseguía con removerlo ya que nada podía ser cambiado. Y ella, por mucho sufrimiento que hubiese padecido, no cambiaría absolutamente nada de su historia juntos. Sabía que cada obstáculo y cada lágrima los había llevado a dónde estaban ahora: juntos, felices y teniendo una preciosa familia, criando a dos niños hermosos, amables e inteligentes.
―¿Por qué ha sido?―preguntó ahora Hinata, en un tono calmado que no evidenciaba la angustia y la preocupación que sentía. Apretó con fuerza la mano que sostenía la de Naruto, luchando contra el impulso de levantarse y correr para ir a buscar a su pequeño, encerrarlo entre sus brazos y consolarlo como cuando era un niño y se hacía un raspón en la rodilla en una de sus travesuras.
No era solo que Boruto no se lo permitiría, sino que ella misma sabía que su hijo debía recorrer su propio camino solo, cometer sus propios errores, aprender de ellos y levantarse de nuevo. Tal y como sus padres habían hecho años atrás.
Sasuke sacudió la cabeza, dando a entender que no tenía ni idea de lo que había ocurrido entre Boruto y Sarada.
―Solo sé que mi hija está encerrada ahora mismo en su cuarto, llorando como si se fuera a acabar el mundo. Se había arreglado, bueno… como se arreglan las chicas de hoy en día y salió con la niña Akimichi. Al cabo de un par de horas estaba de vuelta en casa, azotando las puertas y con el diluvio universal saliendo de sus ojos. ―Hinata no pudo evitar soltar una pequeña risita que se apresuró a sofocar con una tos.
―Los adolescentes pueden ser un poco…
―¿Melodramáticos? Sí, ya me di cuenta. Gracias por el apunte. ―Sasuke clavó la vista en su mejor amigo. Naruto estaba con los labios apretados y los nudillos blancos de la tensión, por la fuerza con la que se agarraba al reposabrazos del sillón, su taza de café olvidada sobre la bandeja.
―Naruto-kun…
―Sasuke, hice una promesa, yo solo…
―Lo sé, dobe. Yo tampoco pensaba que la pataleta le fuese a durar tanto. ―Hinata hizo una mueca. De nuevo, se guardó su opinión para compartirla más tarde con su esposo―. No he venido a venirte que rompas tu promesa. Solo he venido a advertirte: no voy a callarme más. Y Boruto también debería dejar de contenerse. Dile que, por mi parte, tiene vía libre. ―Naruto y Hinata se quedaron mirando al Uchiha con los ojos abiertos como platos.
―Sasuke, tú…
―Amo a Sakura, es mi compañera y he respetado su voluntad durante los últimos cuatro años. Suficiente tiempo le he dado ya, ¿no crees?
―Sasuke…
―No, Naruto. Ya ha sido suficiente. Los hijos no deberían cometer los errores de los padres. Sarada debería saber, tiene que saber. No lo digo solo por Boruto: estamos hablando de su herencia, también.
―Sasuke, Sarada es humana…
―Medio humana. Un cincuenta por ciento de sus genes me pertenecen, son míos. ―Naruto bufó ante su obvia terquedad.
―No conseguiré hacerte cambiar de opinión, lo sé.
―No, no lo harás. Ni tampoco quebrantarás tu promesa. Eso sí: Boruto pagará por haber hecho llorar a mi hija. Dile que la próxima vez que me lo encuentre, le apretaré las tuercas. ―Hinata sintió la necesidad de defender a su hijo.
―Sasuke-kun, no es más que un-
―Hinata. ―Calló y bajó la cabeza, sumisa, ante el llamado de su líder―. Bien. Como tú veas. Solo… no seas muy duro con él. ―Le apretó la mano a su mujer y ella le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Él le devolvió el gesto y luego volvió a centrar la mirada en Sasuke.
―No, solo le haré saber que si vuelve a hacer llorar a mi pequeña le arrancaré… ya sabes… sus preciadas joyas de la corona. ―Naruto suspiró.
―Vale, hablaré con él para que sepa a qué atenerse. Probablemente no volverá hasta el anochecer. Estará por ahí, destrozando algo. ―La preocupación y la angustia volvió a filtrarse en Hinata. Boruto era su hijo, al fin y al cabo, era imposible para ella, como madre, no preocuparse por su pequeño.
―Bien. Esto era todo. Iré a hacer mi parte, entonces. Me tomaré el resto del día libre. ―Naruto asintió.
―Llamáre a Konohamaru para que cubra tu ausencia. ―Sasuke asintió y se levantó. Naruto lo imitó y ambos hombres se estrecharon la mano.
―Naruto… soy consciente de que esto traerá… dificultades. Pero debo hacerlo. Por la felicidad de Sarada. ―Naruto suspiró.
―Te mentiría si no te dijera que yo pensaba abordar el tema contigo, solo que aún no había decidido el cuándo. Sakura-chan también es mi amiga y… bueno… estar en medio no es agradable.
―No me digas―le soltó Sasuke, con ironía. Naruto se sonrojó, sin duda recordando días pasados.
Hinata sonrió y se despidió de Sasuke con un cariñoso abrazo y un beso en la mejilla que hizo a Naruto gruñir tras ella. Ah, su lobo celoso… Cómo lo amaba…
―Cuida de Sarada-chan, Sasuke-kun. Sabes que Boruto no…
―Lo sé, Hinata. Por eso ya es hora de que el río vuelva a su cauce. Es una crueldad que los compañeros verdaderos estén separados por terceras personas o por la terquedad de uno de ellos. ―Sasuke y Naruto intercambiaron una de sus miradas masculinas de entendimiento y asintieron, comunicándose sin palabras.
Hinata suspiró y vio a Sasuke salir de su casa y perderse en el paisaje nevado. Se adelantó para cerrar la puerta, viendo al orgulloso Uchiha avanzar con la cabeza bien alto hacia su propio hogar.
Sintió a Naruto ponerse tras ellas, sus manos masculinas deslizarse por sus caderas y su cintura hasta abrazarla por la espalda, apoyando su cabeza en su hombro mientras observaba la figura de Sasuke desaparecer al torcer por una calle lateral.
―Lo superarán, mi amor―le susurró al oído, haciendo estremecer a Hinata―. Y no tardarán tanto. Son más fuertes y más inteligentes que nosotros, que yo. Boruto…
―Naruto-kun. ―Ella se giró en su abrazo y le pasó los brazos por el cuello, echando la cabeza hacia atrás para poder clavar sus orbes perlas en los azules de él, ardiendo de necesidad y de pasión contenida―. Bésame. ―Naruto parpadeó un segundo y luego una depredadora y sensual sonrisa adornó sus rasgos, justo antes de que sus labios se estrellaran contra los femeninos, para terminar así, por fin, lo que habían estado haciendo antes de que Sasuke los interrumpiera con su inoportuna visita.
Sarada estaba acurrucada en sobre su cama, con gruesas lágrimas manchando su rostro, la colcha y los cojines que tenía bajo su cabeza. Era incapaz de tener el llanto. Lo había intentado, pero simplemente las lágrimas volvían a brotar. Se había prometido que no volvería a llorar por Boruto, por alguien que no la valoraba y que ni siquiera parecía gustar ella como persona.
No era cierto, por supuesto, pero en su tristeza era incapaz de tratar de ser racional o lógica. Era posible, probable, incluso, que su forma de hablarle hacía una hora escasa fuese producto de un exceso de celo. Los seres masculinos en general que habitaban Konoha eran extremadamente celosos con sus amigos y familiares, especialmente si estos pertenecían al sexo opuesto. Se decía que las mujeres tampoco se quedaban atrás en lo referente a cuidar de sus hombres―aunque a Sarada siempre le había sonado tremendamente arcaica esa expresión―, pero nunca había sido testigo de esto último, solo de la posesividad que todos sus amigos y los padres de sus amigos ejercían con las féminas que ellos consideraban estaban a su cargo.
Sí, su cerebro estaba tratando de regresarla al mundo de la razón, las estadísticas y las probabilidades, a la lógica pura y dura que nunca le había fallado. Pero simplemente su corazón tenía el mando en este momento.
Bueno, por desgracia era humana, y ser emocional de vez en cuando venía en el manual de instrucciones de ser una adolescente. Había leído mucho al respecto y, aunque se había jurado que ella no sería como algunas de sus compañeras de clase de la ciudad―que solo vivían por y para gustar a los chicos―ella tampoco había podido evitar enamorarse.
«Pero nunca más», se dijo. «Nunca más volveré a caer presa de este estúpido sentimiento, ¡ni de Boruto y sus estúpidamente bonitos ojos azules y de su estúpidamente radiante sonrisa que siempre la hacía sentir mejor!».
Gimió, enterrando el rostro en uno de los ya empapados cojines. Suponía que la autocompasión y las ganas de comer helado de chocolate―cuando a ella no le gustaba lo dulce en demasía―venían con lo de sentir que se es la chica más desgraciada del mundo.
Ser una adolescente apestaba. Pero era aún peor ser una adolescente enamorada con el corazón roto en miles de pedazos diminutos, pensando que nunca jamás te recuperarías.
Pero ella lo haría. Como que se llamaba Sarada Uchiha, lo haría.
Superaría su aflicción y se levantaría más resuelta y más determinada que nunca, fortalecida por la experiencia. Y nunca jamás volvería a dejarse engañar por la ilusión del amor romántico. Ya había comprobado que era un engaño. ¿Acaso no había su madre sufrido también por culpa de su padre? ¿Acaso no había siempre escuchado las historias de las madres de sus amigos de cómo les había costado en algunos casos llegar a ser felices con sus parejas?
No, ella no era así, no dejaría todos sus sueños por un chico que ni la merecía siquiera.
Pero eso sería mañana. Ahora, tenía que ir a comprobar si su padre tenía alguna tarrina de helado escondida en el congelador…
La adrenalina todavía recorría sus venas, haciendo a su sangre viajar más rápido por sus arterias y vasos sanguíneos. Se había despellejado las manos dando puñetazos a árboles y rocas, se había bañado en el río y aullado por el dolor de las heridas al contacto con el agua helada. Incluso había adoptado su forma lobuna y se había peleado con un lobo salvaje, a ver si así, con el cansancio extremo, conseguía sacarse parte del dolor y la frustración que ahora mismo lo ahogaban.
¡¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?! ¡Sarada era su compañera destinada! ¡Lo había sabido desde el verano pasado, la quería con él, a su lado, que era dónde debería estar! ¡No era justo que le condenasen a repetir los errores de sus padres! ¡¿Qué había hecho mal?! ¡¿Acaso había sido un cabrón en su anterior vida que ahora los dioses le exigían algún tipo de compensación en esta?! ¡Pues no era justo, maldita sea!
―Boruto. ―La voz de su padre lo hizo regresar a la realidad. Se miró las manos, llenas de costras y sangre seca. Era de curación rápida; sonrió amargamente: ojalá el corazón sanara con igual eficacia y rapidez. Tras él, Naruto dio un suspiro al verlo apretar los puños lastimados y dirigiéndose hacia el río para volver a sumergirse en las frías aguas para lavarse los restos de su pelea anterior―. Tu madre se pondría como loca en cuánto te vea esas manos'dattebayo―dijo, imprimiendo un tono ligero de diversión a su voz a propósito.
No funcionó, porque su hijo se limitó a encogerse de hombros mientras le daba la espalda para meterse en el río. Siseó cuando sus manos heridas hicieron contacto con el líquido cristalino. Estaba helada, pero al menos la picazón lo haría distraerse por unos momentos del lacerante dolor que yacía bajo su pecho.
―¿Qué quieres?―espetó el adolescente bruscamente, al sentir que su progenitor seguía ahí de pie, tras él, esperando una respuesta o reacción por su parte.
Naruto suspiró para acto seguido esbozar una amplia sonrisa que mostraba todos sus dientes. Boruto no se percató porque seguía afanado en limpiarse los restos de sangre de sus nudillos, como si esa fuese la tarea más importante de su vida.
―Bueno, te diré que Sasuke ha venido a casa hoy, a hablar con mamá y conmigo. ―Boruto sintió que el estómago se le encogía. Era de suponer. Sasuke Uchiha era de los que no perdonaban una afrenta, y sin duda llamar «puta» a su hija y hacerla llorar no entraba dentro de sus parámetros de lo aceptable. Esperó, con todo el cuerpo tenso, a que su padre le dijera cuál sería su castigo―. Estaba un poco molesto, ya sabes, porque hiciste llorar a Sarada. ―Boruto sintió la presión aumentar en su pecho. Lo había supuesto, pero escucharlo en voz alta de alguien más lo hizo, si cabe, más real―. Pero no vino a pedirnos una compensación ni nada de eso. No te preocupes. ―Boruto se giró lo suficiente para mirar al rubio mayor de soslayo, entre confuso e intrigado por su oración anterior.
―¿El tío Sasuke no ha-
―No―lo interrumpió Naruto, todavía portando esa sonrisa que confundía más a Boruto con cada minuto que pasaba―. Ha venido a decirnos que, bueno, obviamente no está contento porque hayas hecho llorara a su princesa y, sinceramente, no puedo culparlo. Yo tampoco estaría feliz si algún idiota hiciese llorar a Himawari. ―Ahí, Boruto no tenía nada que decir, porque probablemente ayudaría a su padre a cometer el asesinato, borrar las pruebas y enterrar el cadáver si alguien hacía alguna vez daño a su hermanita pequeña.
―¿Entonces?―alentó Boruto, al ver que su padre se quedaba callado durante unos segundos, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Naruto suspiró una vez más.
―Boruto, Sasuke tendrá una charla contigo la próxima vez que os veáis. ―Boruto asintió. Se lo imaginaba y no pensaba huir de ello. Era lo mínimo que se merecía―. Pero también me ha dicho otra cosa, algo que… creo que te ayudará. Bueno, os ayudará a los dos, a ti y a Sarada'dattebayo. ―Boruto alzó las cejas. Salió del río y se plantó delante del adulto, chorreando agua y esperando a que continuara―. El teme me ha dicho que… tienes vía libre. ―Boruto se lo quedó mirando, como si no hubiese oído aquellas últimas palabras―. Con Sarada―aclaró Naruto, al ver que su primogénito se había quedado paralizado.
Boruto no fue capaz de reaccionar. Durante varios minutos, quedó con la mirada clavada en su padre, todavía asimilando lo último dicho por el mismo. Naruto no pudo evitar soltar una risita; era sumamente cómico―y placentero, para que negarlo―ver a su hijo ser el que perdiera el habla por una vez, él tan hablador y charlatán que era.
Se acercó a él tras varios minutos más de absoluto silencio. Le puso una mano en el hombro y se lo apretó, consiguiendo así que sus ojos, aún cubiertos de estupor, lo miraran.
―Está pasando, cachorro―dijo el rubio mayor con suavidad, utilizando el sobrenombre cariñoso que solía usar cuando era pequeño.
Boruto tragó saliva y sintió que los ojos le escocían. Tuvo que parpadear para impedir que lágrimas traicioneras se le escaparan.
―Papá… yo…
―Lo sé. Sé que la quieres y que lamentas haber sido un capullo integral, un gilipollas con todas las letras'dattebayo. ―Boruto se estremeció y apartó la mirada de la de su padre, incapaz de admitir aquella verdad. Naruto suspiró y apartó la mano del hombro de su primogénito―. Boruto―lo llamó. El adolescente volvió al cabeza para encarar a su progenitor, abiertamente reacio a enfrentarse a su azulada mirada, de un tono azulado ligeramente más oscuro que el que él poseía―. No cometas los mismos errores que yo. Si amas a Sarada, ve a por ella: sin reservas, sin condiciones, sin permitir que los celos y la posesividad de tu naturaleza interfiera. Demuéstrale que ella será siempre lo primero. Que estás dispuesto a amarla, pero, sobre todo, a respetarla. Especialmente sus decisiones. ―Boruto tragó saliva, observando la seriedad y la intensidad que derrochaba el rostro del mayor, que ahora parecía haber envejecido varios años de golpe.
Lo entendió al instante, porque era algo que había mamado desde la cuna, desde que tuvo su primera transformación en lobo, desde que empezó a comprender que la familia y los vínculos lo eran todo para los de su especie.
Ahora que podía ir a por Sarada, a por su compañera de vida destinada, no debía escatimar en esfuerzos. Tendría que ser astuto, sincero, inteligente… y paciente. Sobre todo esto último.
La paciencia es la madre de la ciencia, dicen.
Y él estaba dispuesto a convertirse en el dios universal de esa cualidad en particular.
Porque convencer a Sarada de que realmente la amaba le iba a llevar tiempo, además de que estaba seguro de que no iba a ser un camino de rosas.
Pero no importaba. Lo valía. Sarada lo valía.
Y por ella podía ser todo aquello de lo que siempre había renegado, convencido de que estaba condenado a la soledad durante el resto de su vida.
Pero ya no más.
Ya-no-más.
«Espérame, Sarada. Juro que nunca jamás te haré llorar».
Fin Frustración y lágrimas
Pos ale, un capítulo más xD. Decidí empezar a salir de mi ausencia con un capítulo corto, para así daros algo mientras avanzo con Perfect Differences e Hijos de la yakuza (que ya le va tocando, lo sé).
Y por eso os dije que os pasarais a leer esta nota porque... Damas, caballeros, niños, niñas... ¡TENGO TRABAJOOOOOOOOOOO! ¡UNO DE VERDAD! ¡CON UN HORARIO DE VERDAD! ¡EN EL QUE ME PAGAN Y TODO UN SUELDO DECENTE! ¡EN EL QUE HAGO MIS HORAS Y HASTA LUEGO LUCAS!
¡¿Sabéis el hito que es esto en mi historia laboral, en mi vida?! ¡¿Tenéis idea de lo que supone que POR FIN me cojan en un puesto decente, con compañeros decentes y super majos?! ¡¿Que te ayudan sin pedir nada a cambio y con los que te echas unas risas tremendas en el grupo de whatssapp?! ¡¿Con los que puedes quejarte a gusto sin que te tuerzan el gesto porque ellos están en la misma situación que tú y saben lo que hay y nadie pisa a nadie porque TODOS hacemos lo mismo y cobramos lo mismo?! ¡¿A los que puedes plantearles absolutamente todas las dudas que tengas porque te van a prestar TODA la ayuda que puedan y más?!
ASFGASHDASFGASHDASFGASHD.
¡ESTOY QUE NO QUEPO EN MÍ DE FELICIDAAAAAAAAAAAAAAAD!
Claro que esto tiene una parte negativa; he aquí el ligero problemilla: no voy a tener tanto tiempo como antes para escribir y me duele no poder dedicar gran parte de mi tiempo libre a mi pasión, la escritura de hermosos fanfics NaruHina, pero los horarios en mi nuevo trabajo son rotativos: hay días que tengo turno de mañana, otros de tarde y otros jornada partida (cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde con dos horas en medio para comer).
Entre medias, tengo una familia... una pareja... unas necesidades vitales que cubrir como salir a pasear para airear las ideas y esas cosas que suele hacer la gente normal...
Ains, que me lío y me voy por las ramas xD.
En fin, eso, que tengo un trabajo nuevo que me va a chupar tiempo y que, como consecuencia, las actualizaciones van a ser más espaciadas.
Siento muchísimo si os decepciona leer esto, pero, gente, EN SERIO que necesito este trabajo. Y ya sé que no me tengo que justificar ni dar explicaciones ningunas si no quiero, pero también es cierto que sin vosotros no habría sido capaz de superar algunos baches y malos momentos que he pasado durante los últimos meses. Escribir ayuda, sí, pero saber que lo que escribes, además, gusta, eso ya es lo más de lo más.
Así que todo mi amor y mi agradecimiento para vosotros. Sois los mejores.
Os quiero.
¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por los suyos a: Guest y a Lila! ¡Gracias por dejarme una bonita opinión! ¡Gracias por tomarlos la molestia de leer y comentar! ¡Gracias, de verdad, muchas gracias!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
