¡YAHOI! Tiempo ha que no actualizo esta historia. Lo sé. Pido perdón. Siempre surgen cosas que hacen que me dé mucha pereza hacer cualquier tipo de actividad. Últimamente muero de sueño.
Odio madrugar.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
La charla
Boruto respiró hondo por enésima vez esa noche. Se había ido a la cama temprano, esperando que el agotamiento al que había estado sometido los últimos días hiciese mella por fin en su cuerpo y en su mente, arrastrándolo al mundo de Morfeo, después de tantas noches en vela, incapaz de dormir debido a la agitación que la irrupción de Sarada en su vida había provocado.
Él había planeado ir a buscarla, algún día, cuando fuese lo suficientemente adulto como para poder mantenerlos a los dos; cuando ella fuese lo suficientemente mayor como para aceptar lo que él… lo que sus hijos, iban a ser. Con toda probabilidad.
Abrió los ojos y los clavó en el techo. El alivio que había sentido cuando su padre lo había informado de que por fin iba a poder hacer las cosas como tocaba había sido indescriptible. Luego, lo había invadido el terror.
Él había sido un total cabrón, un capullo con todas las letras, con Sarada. En su afán por alejarla había llegado a hacer verdaderas estupideces: desde pavonearse por el pueblo en compañía de chicas que nada tenían que ver físicamente con ella―sabía que Sarada estaba acomplejada por su cuerpo―hasta mofarse de ella en cada ocasión que tuviera. Aparte de mandar al hospital a cualquier imbécil que se le acercaba con malas intenciones, ganándose insultos y discusiones por parte de la Uchiha.
Su madre había intentado animarlo y consolarlo en cada metida de pata que había tenido hacia ella. Su padre había sido más duro y directo, diciéndole que, si no tenía nada que decirle a la chica, que mejor mantuviera la boca cerrada. Que tuviese paciencia y que ya llegaría su momento.
Bien, ese momento había llegado al fin, pero no tenía ni la más remota idea de cómo acercarse a Sarada. ¿Cómo se conquistaba a una adolescente humana? Si Sarada fuese cambiante… No, si fuese cambiante ya haría tiempo que estarían tonteando y escabulléndose a la menor oportunidad para estar juntos.
Si él fuese humano… «Pero no lo eres» le ladró su traicionera mente.
Boruto bufó, frustrado, enterrando la cabeza en la almohada y dando puñetazos a la misma para ahuecarla.
―Eso ya lo sé―murmuró.
No, no era humano, era un cambiante, un mitad lobo. Se planteó preguntarle a Mitsuki, uno de sus mejores amigos. Era un humano que se había criado y caminaba entre cambiantes. Más de una vez alguna de sus compañeras de clase le había pedido si podía ser su acompañante para el calor. Él nunca se negaba, sino que sonreía y se lo tomaba con filosofía, como si estuviese llevando a cabo algún experimento científico.
No, Mitsuki no le serviría, era un poco rarito. Tampoco podía preguntar a Karui, la madre de Chōchō, o a Sai, el padre de Inojin. Más que nada porque se moriría de la vergüenza.
Además, dudaba de que esto fuera un asunto de diferencias entre cambiantes y humanos.
No. Esto iba más allá. Esto iba de reparar el corazón roto de la chica a la que amaba. De intentar arreglar las grandes gilipolleces de su vida para poder ser feliz lo que le quedaba de la misma.
Se dio la vuelta en la cama y, respirando hondo, supo que solo había una persona capaz de ayudarlo.
Le dolería en su orgullo, pero era necesario.
Se levantó y, sin molestarse en cubrirse o en calzarse unas zapatillas siquiera salió de su cuarto y se encaminó escaleras abajo, en calzoncillos. Se sentó en la mesa del comedor que quedaba al lado de la cocina y miró hacia el techo, mandando un aviso mental.
―Papá, ¿podemos hablar'ttebasa?
Cerró los ojos y esperó. Su agudo sentido del oído no tardó en captar el leve chirrido de una puerta en la planta de arriba. Pidió perdón mentalmente a su madre por interrumpir lo que quiera que los padres hacían en la oscuridad de la noche dentro del dormitorio―no, no era tonto, sabía perfectamente lo que hacían, pero prefería hacerse el loco―, él más que nadie odiaba quitarle tiempo de felicidad a su madre. Porque sí, esa santa mujer que lo había alumbrado se merecía toda la felicidad del mundo e incluso más. Aunque solo fuese por tener la paciencia de aguantar a un idiota como su padre.
Escuchó otra puerta abrirse y cerrarse casi en silencio y Boruto medio sonrió. El viejo había pasado a revisar a Himawari. Bueno, le concedía puntos por eso. Respiró hondo mientras veía las laras y morenas piernas masculinas aparecer por las escaleras a medida que este bajaba los escalones.
Esperó hasta que el adulto se adentró en la estancia. Boruto resopló al ver que, como él, Naruto tan solo llevaba unos calzoncillos puestos, sin pijama ni calcetines ni nada.
―¡¿Es que quieres traumatizarme, viejo?!―dijo el adolescente, tapándose la cara con las manos. Naruto se limitó a alzar una ceja.
―Fuiste tú el que llamó'dattebayo―masculló, encendiendo la luz y llenando así la estancia de claridad. Se movió hacia la cocina y sacó tazas de un armario, encendió la cafetera y lo miró por encima del hombro―. ¿Café?―Boruto se encogió de hombros. Naruto suspiró y preparó el brebaje marrón. Cuando estuvo listo puso dos tazas sobre la mesa, una delante de su hijo y otra delante de él, mientras se dejaba caer pesadamente en la silla contigua a la de su primogénito―. ¿Azúcar?―preguntó, agarrando el azucarero y acercándolo hacia sí. Boruto negó. Naruto suspiró nuevamente, abriendo la tapita del recipiente y echándose un par de cucharadas, removiendo luego el líquido de su taza para que los granos blancos se deshicieran y endulzaran un poco el sabor amargo de la bebida caliente.
Pasaron varios minutos sin decir nada, cada sumido en sus propios pensamientos. Naruto esperó, pacientemente, removiendo y dando sorbitos de vez en cuando a su café. Sabía que en este asunto no debía presionar a Boruto. Él era igual―o más―de terco que lo era él a su edad. Si lo presionaba, solo conseguiría que Boruto se enfadara y se frustrara y se dejara guiar por impulsos seguramente egoístas, y lo que menos quería en el mundo era que Boruto perdiera a su compañera.
Como él casi había perdido a la suya.
Como Sasuke había perdido a Sakura.
Sacudió la cabeza para deshacerse de los malos recuerdos. Lo hecho, hecho estaba. No debía remover el pasado. Era mejor dejarlo donde estaba: en el pasado.
―¿Cómo… ―Desde su sitio, con la taza en sus labios, Naruto lo miró de reojo―… Cómo conseguiste que… que mamá te perdonara?―Naruto terminó de dar un trago y dejó la taza de nuevo en la mesa. Tragó, saboreando el caliente y reconfortante líquido que tantas noches lo había reconfortado, cuando él se hacía la misma pregunta, antes de lograr dejar atrás todo lo malo, todo lo que podía ensombrecer su futuro, un futuro feliz al lado de su compañera y de su futuro cachorro.
―No lo sé―contestó, con sinceridad. Boruto abrió la boca, sin duda para soltar alguna réplica mordaz de la suyas. Naruto levantó una mano, pidiendo silencio, pidiendo que lo dejase hablar―. No lo sé―repitió―, porque no es algo que tampoco creo lograra por mí mismo. El perdón, Boruto, no depende de lo que uno haga o diga para disculparse. No todo, al menos. Si alguien te perdona es porque se alguien así lo decidió. No puedes forzar la situación ni tampoco presionar a esa otra persona. Obtener el perdón es solo uno de los pasos. El primero es admitir que uno ha hecho algo mal y arrepentirse de corazón. ―Naruto lo miró, con una leve sonrisa en sus labios―. Creo que a eso ya has llegado. ―Boruto asintió, tragando saliva―. Bien. El siguiente paso es hacer ver que realmente lo sientes, y que harás cualquier cosa para tratar de reparar el daño causado. ―Naruto suspiró, mirando hacia el café que le quedaba en la taza, perdiéndose en los recovecos de su memoria―. Por si quieres saberlo, yo hice auténticas tonterías para lograr que tu madre me perdonase y quisiera de verdad pasar el resto de su vida conmigo. Aunque son situaciones diferentes, por supuesto. Tú admitiste desde el inicio que amabas a Sarada, la reconociste sin tapujos como tu compañera.
»En mi caso fue distinto. Ya lo sabes. Mamá y yo te lo contamos en su día precisamente para que evitaras en lo posible nuestros mismos errores. ―Naruto respiró hondo, dando otro sorbo a su café―. Sinceramente, no tengo ni idea de qué o cómo podrías hacer para que Sarada te perdone. Es una chica difícil, con carácter, como su madre. No te será fácil, pero… ―Naruto miró para el techo y esbozó una sonrisa―… valdrá la pena el esfuerzo. Créeme. ―Boruto bajó la cabeza, mirando para su propia taza, que todavía estaba llena. Apenas había dado un sorbo.
―Entonces… ¿lo que dices es que no me rinda? Y que siga intentándolo'ttebasa. ―Naruto lo palmeó en el hombro.
―Exacto. Solo si Sarada ve que realmente lo sientes y que estás dispuesto a todo, a cualquier cosa, por verla feliz, tal vez, y solo tal vez, considere dejar todo atrás e intentar algo contigo. Recuerda que ella es humana y puede elegir. ―Boruto apretó los labios.
―Papá―llamó, cuando Naruto ya se levantaba para dejar la taza en el fregadero e irse a dormir; el rubio mayor se giró a mirarlo por encima del hombro―, mamá es cambiante. Habríais sufrido, los dos. ―Naruto sonrió.
―Aun así, creo que me lo habría merecido. Y tu madre pensó, durante un momento, que quizá ese sufrimiento sería un pequeño precio a pagar por mantener su corazón a salvo. Le hice mucho daño en su día, Boruto. No voy a mentir sobre eso. Pero… también es cierto que, sin ese sufrimiento, quizá no seríamos las personas que somos hoy. Superar los obstáculos te hace más fuerte'dattebayo. ―Boruto reflexionó durante unos segundos, en silencio, y luego asintió.
―Creo que… lo entiendo. ―Naruto asintió y emprendió entonces el ascenso de vuelta a su dormitorio―. Papá―se detuvo a medio subir cuando su hijo lo llamó nuevamente―. Gracias. ―Naruto sonrió.
―De nada, cachorro―le contestó, en tono suave. Boruto sonrió, de esa manera amplia y sincera que no le veía desde que era pequeño.
Contento, Naruto terminó de superar las escaleras y entró en el cuarto que compartía con su adorada esposa y compañera, para disfrutar del resto de la noche en sus brazos.
Mientras, abajo, Boruto se terminaba los restos de su café, tramando un plan en su mente que lograra acercarlo a Sarada.
Primero, se disculparía.
Después… después se arrastraría sobre las brasas del infierno de ser necesario para que ella lo perdonase y lo quisiera como compañero.
Sarada dejó que el agua se llevase los últimos restos de su maquillaje y luego cerró la ducha. Se quedó allí de pie, temblando en medio de la bañera, con la cabeza echada hacia atrás y el agua escurriendo por su cuerpo, dejando que sus lágrimas silenciosas se confundiesen con las gotas que le resbalaban por las mejillas.
Nada más llegar a casa se había encerrado en su habitación, sin ganas de ver ni de hablar con nadie.
Sabía que hacerle caso a Chōchō iba a ser una muy mala idea. ¿De qué iba a servir vestirse y maquillarse como una chica normal y corriente? De nada. Ya lo sabía. Había estado segura de que el plan de su mejor amiga fracasaría. Fue una estúpida de campeonato por creer, durante un ínfimo segundo, que Boruto podría mirarla y caer embelesado a sus pies.
Apretó los dientes al pensar en él. Ese imbécil bueno para nada que, por enésima vez, le había roto el corazón en miles de pedazos. ¿Cuántas veces había dejado que resquebrajara su autoestima? ¿Que menoscabara su seguridad y su confianza en sí misma?
«Pero no más. Ya no más». Se dijo.
Sí: ya no más.
Había acabado con toda esa tontería. ¿Boruto no la quería? Bien, estupendo y maravilloso, había miles de chicos en el mundo. Y seguro que a más de uno le interesaría por algo más que por sus tetas y su culo. Había chicos por ahí que valoraban más la inteligencia que el físico. Se aseguraría de conseguirse uno de esos y luego iría al pueblo y se pasearía con él por toda Konoha. Se lo restregaría en las narices al imbécil que se hacía llamar su mejor amigo y lo miraría con suficiencia, retándolo a que dijera algo con esa gran boca que siempre le perdía.
«Eso no es lo que realmente quieres» le dijo la parte menos racional de su ser, esa que todavía pugnaba por llamar la atención del chico del que estaba enamorada desde que tenía uso de razón.
¡No, maldita sea! ¡No! ¡No volvería a dejarse llevar por falsas ilusiones y sueños estúpidos!
A partir de ese momento, Boruto Uzumaki quedaría desterrado para siempre de su ser. Lo olvidaría, lo superaría, mandaría al garete a esos sentimientos que tan solo le habían traído dolor y soledad.
Sí, Ya no haría más el ridículo.
No por un patán insensible que no se lo merecía.
Nervioso, Boruto se metió las manos en lo bolsillo de su anorak y miró hacia la puerta de la casa de los Uchiha, donde padre e hija permanecían a buen recaudo de la nieve y el frío. En la televisión habían pronosticado que habría fuertes nevadas a lo largo de todo el día, por lo que su plan de intentar llevar a Sarada a algún sitio bonito y romántico quedaba totalmente descartado.
Suspiró y se paseó, alborotándose el pelo. Llevaba así sus buenas dos o tres horas. No se atrevía a timbrar por miedo a que tanto Sasuke como Sarada lo despacharan con cajas destempladas. Se lo tendría más que merecido, sí, no lo negaba, pero necesitaba desesperadamente tener cerca de una vez a su compañera como correspondía.
Pero primero tendría que arreglar la enorme metedura de pata del día anterior. Y para ello tendría que arrodillarse y suplicar clemencia. Y eso era lo que más le costaba. Al igual que cualquier otro muchacho de su condición era orgulloso, como los lobos del bosque, que no se doblegaban ante sus adversarios sino que luchaban fieramente hasta el final. Pero esto era demasiado importante como para que su orgullo lo arruinara.
Así que, a pesar de todas sus reticencias, reunió toda su fuerza de voluntad y obligó a sus pies a avanzar, uno delante del otro, hasta llegar a la puerta de la residencia Uchiha.
Tragando saliva, elevó una mano y, antes incluso de que pudiera llamar a la puerta, esta se abrió, revelando la figura alta, delgada e imponente de Sasuke. Boruto sintió que se le secaba la garanta y retrocedió por instinto. Sasuke alzó una ceja al ver el movimiento pero no dijo nada, simplemente se limitó a hacerse silenciosamente a un lado, para dejarlo pasar.
Respirando hondo, Boruto se obligó a obedecer la silenciosa orden y a traspasar el umbral de la casa. Sasuke cerró tras ellos y luego se encaminó hacia la cocina.
―¿Café?―Boruto, con mirada cautelosa, asintió, deshaciéndose de su abrigo y sacudiéndose la nieve del pelo y de las suelas de las botas―. No lo dejes todo perdido. Lleva lo que esté mojado al baño. ―Boruto asintió y fue a hacer lo demandado, descalzándose incluso y dejando los zapatos con las suelas llenas de nieve dentro de la bañera, como su madre le obligaba a hacer en casa para que no fuera dejando charcos a su paso por todo el lugar.
Regresó a la sala. Sasuke ya servía dos tazas humeantes de café. Había sacado también dos bollos de esos que se compraban envasados en el supermercado. Le tendió uno a Boruto y este lo cogió. Asió también el asa de su taza y siguió al que consideraba su mentor hasta el sofá, donde el Uchiha se sentó en uno de los extremos e invitó a Boruto a hacer lo mismo en el otro, mientras daba un sorbo a su bebida.
Sintiendo su cuerpo pesado como una piedra, Boruto se desplomó sobre los suaves y blandos cojines. Sasuke siguió en silencio durante varios minutos más, estudiándolo por encima del borde de su taza.
Finalmente, apoyó la misma sobre la mesita de centro y clavó su mirada negra como el ónix en el que era no solo su ahijado, sino también su pupilo.
―¿Y bien?―Boruto clavó la vista en sus manos, que le habían empezado a sudar profusamente. Convirtió sus nudillos en puños, con el cuerpo tan tenso como una barra de acero.
―Yo… venía a disculparme con Sarada… ¿está en casa?―Sasuke ni siquiera pestañeó. Siguió mirándolo, de esa forma suya tan penetrante que te ponía los pelos de punta y que hacía a la mayoría de la gente balbucear alguna disculpa o despedida nerviosa, darse la vuelta y largarse cagando leches.
―Sí. ―Boruto sintió que parte de la tensión se desvanecía. Había tenido tanto miedo a que ella hubiese decidido irse, huir… y no se lo habría reprochado. No tendría ningún derecho a ello―. No quiere verte―soltó Sasuke, en un tono tan normal como quien saluda al entrar en su panadería de siempre para comprar la barra de pan diaria.
Boruto inhaló y exhaló lentamente, intentando controlar el temblor que asolaba su cuerpo de repente.
―Lo sé―dijo; porque se lo había esperado. Era lógico. Se había portado como un auténtico imbécil con Sarada el día anterior, sería esperable que ella no quisiera verlo ni en pintura. No al menos hasta el día del juicio final.
Y puede que ni incluso entonces.
―Le has hecho daño. ―Boruto cerró los ojos y tragó saliva, sintiendo el dolor recorrerlo al escuchar aquella verdad de los labios del padre de su compañera.
―Lo sé―repitió, con la voz ronca, dejando que todo su arrepentimiento y su propio padecimiento se filtrase en su tono.
Sasuke seguía observándolo, evaluándolo, juzgándolo.
―¿Cómo vas a remediarlo?―preguntó el moreno. Boruto abrió los ojos y los clavó en el hombre, con decisión.
―Primero, voy a disculparme. Y luego haré todo lo posible para que me perdone'ttebasa. ―Sasuke alzó las cejas, impresionado por la fiera determinación que se veía en los ojos azules del chico.
―Así que no crees que vaya a aceptar tus disculpas―dijo, más para sí que para él. Boruto negó.
―Sé que no lo hará, no las aceptará. Probablemente me insultará y deseará que me vaya y me pudra en el infierno, pero insistiré. Haré cualquier cosa. Le demostraré que estoy dispuesto a todo para que me perdone por… por haberla herido como lo hice. ―Sasuke calló, quedándose meditabundo durante unos segundos que al rubio se le hicieron eternos.
―No, no lo harás―replicó Sasuke al fin―. Porque como vuelvas a hacer llorar a mi hija, te castraré. ―Boruto tragó saliva y casi sin proponérselo llevó una mano a sus joyas de la corona, sabiendo que el Uchiha sería más que capaz de cumplir su amenaza, y no lo pensaba solo por la mirada letal, acerada, que le estaba dedicando en esos momentos.
Asintió. Sasuke asintió a su vez.
Más relajados tras haber aclarado las cosas, ambos agarraron sus tazas de café y procedieron a terminárselas. Sasuke dijo algo más antes de dar por finalizado aquel escabroso asunto.
―Hoy no te querrá escuchar. Y mañana tampoco. Ni probablemente pasado mañana. Le has hecho mucho daño, pero también sé que no ha sido todo culpa tuya. Si hubiéramos podido hacer las cosas como debíamos, ya haría tiempo que estaríais juntos. Lo sé y soy consciente. Por eso voy a darte una segunda oportunidad, Boruto. Ella es tu pareja destinada, tú eres su compañero. Recuérdalo. ―Boruto respiró hondo y exhaló el aire con lentitud, asintiendo.
―Siempre'ttebasa. ―Al fin, iba a poder hacer las cosas correctamente.
Como siempre debió de ser.
Se revolvió en la incómoda litera. La luz de la mañana le hizo gruñir y darse la vuelta, tapándose los ojos con un brazo. No tenía ganas ningunas de levantarse. Le dolía todo: desde las puntas de los pies hasta las puntas del pelo. No quería ni imaginarse cómo sería su aspecto en ese momento.
―Buenas, doctora Haruno. ―Gruñó en respuesta al saludo apenas susurrado. Un suspiro y un crujido le indicó que su nuevo compañero de cuarto se había echado también en otra de las literas.
―¿Qué hora es?―preguntó, con la voz enronquecida por el sueño. Tragó saliva para intentar aliviar la sequedad de la garganta pero solo consiguió atragantarse y toser. El movimiento la obligó a incorporarse y eso provocó que sus ojos quedaran a merced de la claridad matutina.
―Son casi las doce. Aunque a mí me da lo mismo. Buenas noches. ―Sakura guiñó los ojos en dirección al hombre, que ahora se tapaba el rostro con la almohada, con la figura delgada recortada contra la luz del día.
Sakura sonrió levemente. Sasori Akasuna era no solo un buen médico y compañero, sino también un buen amigo y, en ocasiones muy contadas, amante. Era el único con el que se había aventurado a tener una relación física después de su desastroso matrimonio, si es que se le podía llamar así. Y lo hizo precisamente porque fue el único que no la miró con compasión y pena cuando se enteró de su situación personal: divorciada joven, con una niña a cuestas y que además no se hablaba con el padre de su hija.
Sasori siempre la había tratado con profesionalidad, siendo amable cuando debía y cortante y frío cuando tocaba. La trataba como una compañera más, como la médico competente y profesional que siempre se había jactado de ser. Cuando le pidió salir la primera vez no fue solo para una cita romántica en el sentido más tradicional de la palabra, sino que más bien lo hizo para saber si eran compatibles y si había posibilidades de llegar a algo más. Además, no la presionaba para dar más de lo que quería. Algo que Sakura siempre había agradecido.
Y había otra cosa: Sasori no se parecía en nada a Sasuke. En absolutamente nada.
Pensar en su ex pareja inevitablemente la hizo pensar en Sarada. Una punzada de culpabilidad la asoló y suspiró, apoyando las manos en el colchón para levantarse. Estiró los músculos hasta que le crujieron los huesos nada más ponerse en pie. Le latieron las sienes por el esfuerzo y gimió, masajeándolas y esperando a que se pasara la molestia.
―¿Te vas a casa?―oyó que preguntaba Sasori. Sakura bostezó antes de responderle.
―Sí. Hace como tres días que no ve a Sarada. Le mandé mensajes pero no me ha contestado ninguno. Así que…
―… estará enfadada. Vete. Tienes los siguientes días libres, ¿no? Aprovéchalos. ―Sakura sonrió. Esa era otra cosa que le encantaba de Sasori: él respetaba su tiempo y espacio personales, no la presionaba ni se veía atado por reglas estúpidas que no comprendía.
Se dirigió a los casilleros del personal del hospital para cambiarse y poder irse a casa de una maldita vez. Se daría una ducha y luego dormiría a gusto en su cama. Sarada no la molestaría. Le había dicho en el último mensaje que en cuanto descansara un rato harían lo que ella quisiera. Se lo debía a su hija. Reconocía que trabajaba demasiadas horas y, aunque Sarada era una niña muy madura para su edad, que entendía su trabajo y las implicaciones de este, además de que la medicina era su pasión, también era una adolescente que necesitaba a su madre.
Sakura torció el gesto al acordarse de que, además, Sarada tenía esos días de vacaciones y por ende se sentiría aún más sola. Se suponía que esos días tenía que ir a pasarlos a casa de su padre, pero este había llamado para decir que no fuera, que no debía ir.
Y aunque Sarada había chillado, llorado, gritado y suplicado, sin entender la razón de aquello, Sakura había apoyado firmemente la resolución del Uchiha.
Porque ella sí sabía la razón: el calor. Ese maldito calor que hacía a los que eran como Sasuke que, una semana al año, se volvieran locos, como los animales que en parte eran.
La recorrió un escalofrío al imaginárselo, al recordar.
No, Sarada no podía ir a Konoha de vacaciones cuando la mitad del pueblo estaría deseando ponerle las garras encima, nunca mejor dicho.
Especialmente cierto chico rubio de ojos azules y sonrisa descarada. Tan descarada como la de su padre, cuando era joven y despreocupado…
Sakura sacudió la cabeza. Terminó de vestirse, agarró su bolso y salió del hospital directa hacia la parada de taxis, arrebujándose bien en el anorak. Hacía un frío que pelaba a pesar de que la primavera ya había llegado.
Le dio la dirección de su casa al taxista y este puso en marcha el vehículo. Sakura se recostó contra el asiento y retuvo otro bostezo, luchando por permanecer despierta, ya soñando con una ducha bien caliente y un descanso más que largo y merecido en su propia cama.
Llegó a su destino. Pagó la carrera al conductor y salió del taxi. Atravesó el camino de entrada, extrañándose de que este estuviera lleno de nieve. Normalmente Sarada siempre se ocupaba de despejarlo. No le dio mucha importancia. Seguramente su hija estaría molesta y esa era su manera de demostrarlo.
Sarada podía ser muy madura e inteligente, pero en el fondo era todavía una niña que anhelaba atención y amor. Sobre todo esto último. Sakura temía por su pequeña porque, como ella misma en el pasado, Sarada ansiaba que alguien la quisiera y la amara, por encima de todas las cosas.
Pero eso no existía. Ella lo había comprobado de la forma más dolorosa posible. Siempre iba a haber algo que frenara a las personas. Algo a veces incomprensible, tan fantástico e increíble que un simple humano no podía acercarse ni a comprenderlo mínimamente.
―¿Hola? ¿Sarada? Cariño, ¿estás en casa? ¡Ya llegué! ¡Te dejé un montón de mensajes! ¡Sarada! ¿Estás… ―Sakura abrió la puerta de su habitación, parándose en seco al encontrarla totalmente vacía―… aquí?―Suspiró. A lo mejor Sarada estaba más enfadada de lo que creía si no se había tomado la molestia de esperarla. Le había avisado de su regreso y seguramente ella había salido por la puerta nada más recibir el mensaje.
Suspiró por segunda vez. Bueno, no podía reprochárselo. Habían medio discutido antes del aviso del accidente múltiple en la autopista que la había tenido tres días casi en vela, sin parar ni un segundo.
Decidió darle su tiempo. Se hizo con ropa limpia y fue al cuarto de baño. No se preocuparía. Sarada era una chica muy responsable y cautelosa. Estaba segura de que no le ocurriría nada malo.
Con ese pensamiento en mente abrió la ducha y dejó que el agua corriera y se calentara mientras ella se desvestía. Luego se metió bajo el cálido chorro, gimiendo de pura satisfacción cuando el calor empezó a relajar sus agarrotados y contracturados músculos. Se enjabonó el pelo y el cuerpo concienzudamente, tomándose su tiempo y dándose lentos y lánguidos masajes que la desentumecieron.
Sintiendo los párpados pesados como plomo, se puso un pijama cómodo casi a ciegas. Se secó el pelo lo mejor que pudo y luego, sin fuerzas para hacer nada, anduvo a trompicones hasta su habitación, dónde se dejó caer sobre la cama y se metió entre las cálidas mantas para dejarse arrastrar a un sueño reparador.
Durmió mejor que nunca. Cuando despertó, ya era última hora de la tarde. Había dormido casi todo el día y, a pesar de ello, todavía se sentía agotada, mental y físicamente. Pero también tenía hambre. Seguramente por eso se había despertado.
Con el estómago rugiendo, se deslizó fuera de la cama sintiendo escalofríos ante la fría madera del suelo. Se extrañó por ese hecho. ¿Acaso Sarada no había prendido la calefacción al volver? Era algo que siempre hacía alguna de las dos. Ella se había olvidado completamente más temprano, porque estaba que no podía ni con su alma, pero su hija siempre encendía la calefacción al volver a casa si estaba apagada. La factura del gas no era problema. Podían permitírselo. Tenía un buen sueldo.
Colocándose encima una bata y calzándose sus suaves y cómodas zapatillas de peluche con la cara de un conejo, Sakura salió al pasillo, llamando a su hija:
―¿Sarada? ¿Estás ahí? ¡Siento no haber podido llamar, cielo! Tuve mucho ajetreo y- ―Se interrumpió abruptamente al abrir la puerta del cuarto de Sarada, solo para encontrárselo vacío.
Frunciendo el ceño, recorrió toda la casa, sin resultados. Estaba empezando a enfadarse. Aquella muestra de rebeldía por parte de la adolescente la irritó más de lo que debería. Respiró hondo, tratando de serenarse. Era de esperarse. Sarada era una chica, una adolescente en plena revolución hormonal. Ella también había hecho locuras y estupideces en su juventud. No era nada grave.
Sacó el móvil del bolso y lo desbloqueó. Vio que tenía un aviso del buzón de voz. Suspiró, aliviada. Seguramente sería Sarada, avisándole de que iba a llegar tarde o de que estaría con alguna amiga o compañera de clase, pasando el rato o estudiando.
Pulsó la combinación de botones correspondiente en el teclado táctil del teléfono para acceder a los mensajes pendientes de voz y se lo acercó al oído. Se oyó un pitido y luego una voz que la dejó paralizada, con los ojos abiertos de par en par, horrorizada.
―Sakura. ―Colgó casi sin darse cuenta. Cerró los ojos y luchó contra las emociones que amenazaban con salir del cajón en el que ella las había encerrado bajo siete llaves años atrás, jurándose no volver a abrirlo por nada del mundo. Respiró hondo varias veces, tranquilizándose. A lo mejor solo era una llamada de cortesía. Sasuke solía llamar de vez en cuando para preguntar por su hija, para mantenerse al tanto de sus estudios o de su vida social. Era comprensible. Era su padre, después de todo. Sacando fuerzas de donde no las tenía, volvió a pulsar en el móvil para acceder a los mensajes de voz y se puso el auricular de nuevo en la oreja―. Sakura―cerró los ojos y luchó por no sentir nada ante ese tono grave y autoritario―. Soy Sasuke―sí, como si no lo supiera―. Te llamaba para decirte que―pausa, Sakura sintió su respiración profunda y calmada al otro lado del teléfono, sintiendo un escalofrío recorrerla―… Sarada está aquí. En Konoha. Conmigo. Vino en coche. Eso es todo. Cuidate. ―Un clic le indicó el final del mensaje.
Pero Sakura fue incapaz de alejar el aparato de su oído, aun a pesar de la incómoda posición en que mantenía el brazo.
Era imposible para su mente procesar las palabras de Sasuke. Espoleada por el pánico, consiguió al fin despear el teléfono móvil de su rostro y buscar frenética la fecha del mensaje. Tres días atrás. Justo el día en que a ella la llamaron de urgencia.
Un mareo repentino la sacudió y tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá y dejarse caer en el mismo, anonadada, atontada.
―No puede ser―susurró.
Decenas, cientos, miles de preguntas bullían en su cabeza.
Sarada, su pequeña Sarada, la luz de su vida, la niña de sus ojos, su hija siempre seria y responsable… ¿se había escapado? ¿Había desafiado una prohibición directa no solo de ella sino también de su padre―al que adoraba―y había ido a Konoha? ¿A un pueblo lleno de cambiantes en pleno frenesí sexual que no dudarían en comérsela al horno y con patatas?
Se levantó de un salto, sudando y temblando, empezando a pasearse frenética de un lado a otro del salón, murmurando para sí.
Estaba aterrorizada. Sarada no tenía ni idea de que había ido a meterse en la boca del lobo. Literalmente.
Puede que Sasuke estuviera seguro de que nadie le iba a poner un dedo encima, pero nadie sabía de lo que era capaz un cambiante cuando pasaba por el calor. Ella había sido testigo en primera persona de toda clase de reacciones. Había visto luchar a veces a sus amigos y compañeros contra aquella atracción, seguros de no querer algo que les venía impuesto por la sangre y no por las emociones, no por el corazón.
Cerró los ojos, buscando calma, respirando hondo, recurriendo a la sangre fría de la que hacía gala en el quirófano cuando una cirugía se les complicaba más allá de lo imaginable y la vida del paciente dependía de su habilidad y de su rápida toma de decisiones.
Debía ir a por su hija. Sí. Eso tenía que hacer.
Iría a por Sarada, la traería de vuelta y se encargaría de dejarle bien claro que no podía ir y venir a su antojo a Konoha. Ya no era una niña. No estrictamente hablando. Había alcanzado la madurez y probablemente Sasuke y los demás considerarían a su niña lo suficientemente mayor como para crecer más de lo que le correspondía.
¡No! ¡Sarada no cometería los mismos errores que ella! ¡Por eso la había alejado de Konoha en cuanto la tan temida etapa de la adolescencia comenzó para su hija!
Sarada era humana. Siempre lo había sido. Ella no tenía nada que ver con cambiantes ni seres sobrenaturales o extraordinarios.
Ella era una chica normal con aficiones normales, gustos normales, habilidades normales y una vida normal. Seguiría todos los pasos lógicos que dan los seres humanos: estudiar, encontrar un trabajo, enamorarse, casarse y tener hijos. Todo en ese orden.
No permitiría que lo extraordinario acabase con el mundo, las ilusiones y la cordura de su hija.
No permitiría que el sufrimiento la alcanzase. Nunca.
Esa era la promesa que se había hecho cuando salió de Konoha hacía cuatro años.
Y era una que pensaba mantener.
A toda costa.
Fin La charla
Pues nada, ahí queda eso. En cuanto pueda contestaré los reviews, prometido. Ahora mismo, como dije, muero de sueño y no estoy ni para nada ni para nadie. Ni siquiera para mí misma (?).
¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por el suyo a: Lila! ¡Gracias, preciosura, por leer y dejar un bonito comentario! ¡Muchísimas gracias!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
