Capítulo 12

─Señora White, el parto se adelantó. Tendremos que hacer cesárea. Su hija presenta una severa crisis nerviosa, ya le administramos los medicamentos necesarios. Pronto llevaremos a su hija al quirófano, debo retirarme. Me prepararé para atenderla.

En silencio Candy y Anthony observaron al doctor Martin alejarse. El hombre de gran estatura y gruesa complexión, se apartaba de manera serena, pero había algo en el tono de su voz que Candy pudo percibir, pero no supo descifrar.

-Dime la verdad Anthony: ¿Qué pasó, para que mi hija esté así? Por favor, comprende que me siento agobiada.

-Candy, tu hija muestra signos de haber sufrido violencia. También... también de haber sido abusada, lo siento mucho.

-No, esto no puede ser. Mi hija no puede estar pasando por esto. Ella no, Anthony, ella no.

Ante el llanto histérico, por demás dolorido, el joven galeno asió a la dama por la cintura, aferrándola contra sí, de manera inconsciente ella llevó sus manos a su pecho, derramando allí su llanto.

La potente voz de Terry interrumpió el noble momento. Casi a manera de reclamo preguntó a Candy: ¿Qué estaba pasando? Pero, los ojos llenos de lágrima de la madre de sus hijas golpearon su pecho. Sin que ella dijera una palabra pudo comprender de qué se trataba. Candy tenía la misma mirada triste de la que en varias ocasiones él fue culpable.

Cerrando con fuerzas sus puños, y apretando los dientes, apenas se distinguieron sus palabras.

-Ese malnacido me las pagará. ¿Dónde está?

Haciéndose a un lado de los caballeros, Candy llamó a Albert, le pidió que librara a Neal de cualquier labor y lo mandara al hospital. Pero, la respuesta de Albert sorprendió a Candy.

Neal nunca había trabajdo para Albert. Él era mantenido por sus padres, al ser hijo único le acreditaban la fortuna de los Legan en su totalidad.

Tras varios intentos fallidos por contactar a Neal. Albert llegó al hospital en su representación.

Su sola presencia era motivo de paz para Candy, de inmediato se arrojó a sus brazos, ante la mirada incrédula de Terry y Anthony, el galeno se disculpó, retirándose de la sala.

Un fuego parecía arder de forma brutal dentro de Terry, al observar la manera en la que Albert le brindaba apoyo a su ex. El nudo en su garganta no le permitió decir ni una palabra. Una enfermera se acercó a ellos, pidió que los padres de la paciente, la siguieran. Momento después Candy tomaba de la mano a su hija, la cual parecía haber sido desprovista de sus fuerzas y ánimos, la tristeza en su mirada era evidente, el corazón de Terry dio un vuelco, al ver en las piernas descubiertas de su hija varios moretones.

-¿Fue ese maldito, cierto? ─Madre e hija lloraban sin poder decir palabra alguna.

-¡Contéstame Arianna! ¿Neal te hizo esto?

Sollozante la joven, con un hilo de voz a penas pudo decir: Que no era lo que ellos pensaban. Por supuesto no creían en las palabras de la joven, pero mantuvo su declaración siempre.

Arianna fue ingresada al quirófano. Al bebé aún le faltaban algunas semanas para nacer, pero no pudieron detener su nacimiento.
Entre tanto se realizaba la cesárea, Neal llegó acompañado de su madre, el mal humor en su cara era notable repentinamente sus ojos fueron impactados por la mirada amenazadora de Terry.

-¡Escúchame bien, si me entero de que le has hecho daño a mi hija, lo vas a pagar muy caro!

-No hice nada. Anoche al volver a casa, Arianna estaba furibunda, lanzó sobre mí varios objetos, me aruñó y mordió. Dijo que se haría daño para culparme. Evité sus agresiones yéndome a un hotel, juro que estoy diciendo la verdad.

-Eres un mentiroso, Arianna nos dijo ayer que estabas trabajando con Albert. Vil mentiroso.

-No entiendo, porque dijo algo así. Ella bien sabe que no es necesario que trabaje, ni a ella ni a mí nos hace falta nada.

Efectivamente, Neal no sabía nada al respecto. Una enfermera llegó nuevamente al lugar en el que estaban reunidos, esta vez solo Candy la acompañaría. Arianna había sido llevada a la sala de recuperación, en tanto su bebé era observado por su abuela que permanecía de pie al lado de su incubadora.

Tiempo después, Terry estaba a su lado.

-¿No te parece qué es muy hermoso?

─Sí, es perfecto, se parece mucho a ti ¿Sabes? Quizás puedas tener otro hijo, un varón, eso haría muy feliz al duque.

─No, no creo poder hacerlo ─Candy dirigió una mirada irónica, comprendiendo rápidamente su intención. Terry se apresuró a continuar─. No digo que no quiero. Sí, sí puedo hacerlo, pero tengo miedo, esa es la verdad, he tenido algunas relaciones, pero nada se compara con el amor que sentí por ti, de hecho creo que todavía...

-Shhh, no digas más, por favor, Terry, ya no tiene caso.

-Comuniqué a mis padres sobre lo acontecido. En una semana estarán aquí. Papá está feliz por el pequeño Richard.

Con voz divertida ella le replicó sobre ese nombre.

-¿Y, cuándo decidió Arianna llamarlo así?

-No podría ser de otra manera, él llegará a ser mi sucesor. Será el duque de Grandchester.

-Antes no le tomabas mucha importancia a eso. Tu sueño fue ser un gran actor de cine y teatro. Ahora te expresas igual a tu padre, en lo personal deseo que él bebé pueda crecer sanamente; que sea un niño feliz, rodeado de mucho amor. Cuando le sea el tiempo de decidir qué quiere para su vida adulta, lo haga de manera que pueda sentirse satisfecho, un paso a la vez Terry, un paso a la vez.

Candy salió de la sala cuna a buscar a Albert, él la esperaba afuera.

-¿Entonces? Felicidades, eres la abuela más hermosa del mundo.

-Y, tú mi amor, eres el tío más sexy y bueno que hay.

-Me encanta verte feliz, me encanta cuando me dices mi amor, de hecho tengo muchas ganas de darle un rico beso a mi hermosa noviecita.

- ¿Aquí? No, detente, pueden vernos.

-Ese no es problema, princesa Candy. ─Tomándola de la mano la llevó al ascensor, allí se fundieron en un beso que parecía interminable─. Me encantan tus labios, podría permanecer pegado a ellos todo el tiempo. Me gustas Candy, me gustas mucho, me tienes loco, no hay un momento en que te haga a un lado de mis pensamientos, quiero hacerte feliz. Sé que lo lograré.

-Mi amor eres tan lindo. Cuando estoy contigo pareciera que estoy soñando.

-Espero que tu hija y el bebé estén bien, quiero que todo a tu alrededor sea felicidad.

-Así será mi amor. Tú estarás conmigo para disfrutar de todo lo bueno que hay en mi vida.

Albert regresó a su trabajo. Candy fue directo a hablar con Neal.

-Nunca estuve de acuerdo en la relación de ustedes. Sin embargo, por Arie me he mantenido al margen. Pero, ¡ay!, de ti, si estás haciendo sufrir a mi hija, escúchame bien Neal, yo misma te haré pedazos.

-No se atreva a hablarle así a mi hijo. Él es un chico bueno. Sería incapaz de hacerle algún daño a su prometida.

-Por bien de su hijo, eso espero.

Candy se fue dejándoles el recuerdo de una mirada que parecía tener llamas, incluso la señora Sara sintió temor.

-Ven acompáñame a aquella habitación, tenemos que hablar.

-Ahora no Sarahí, debo acompañar a Arie. También quiero conocer al bebé, debo asegurarme de que...

-¿De qué? Te dije que me acompañes y eso harás ─A regañadientes el joven siguió a su madre.

-Y bien, ¿qué es lo que quieres decirme?

-¿Qué es eso de qué la huérfana te haya acusado de maltratar a su hija?, anteriormente también lo hizo su papá.

-¡Maldición, Sarahí! ¿No me digas que vas a creer en las palabras de una huérfana y de un desconocido? Ni yo mismo sé de qué rayos estaban hablando.

-Podrás ser mi hijo, pero de ningún modo te perdonaría algo así Daniel, así que piensa bien lo que estás haciendo, todo se nos puede venir abajo, tu hijo igualmente crecerá al seno de su familia. Nosotros seguiremos siendo los marginados de los Ardlay, sobretodo de Albert, que cuando quiere nos trata mal.

Al ser trasladada Arie a su habitación, en compañía de su madre, fueron sorprendidas, por la decoración exquisita que las recibía: Rosas silvestres multicolores, un cartel de bienvenida para la nueva madre y su bebé, numerosos regalos para ambos. Desde su camilla Arie observaba a su madre con la emoción que sacaba de las bolsas, prendas finas, diferentes tipos de juguetes.

─vaya al parecer Neal está emocionado, esas palabras fueron capaz de conmover a Arianna.

Candy tomó del único arreglo de rosas rojas una detallada nota.

Me encanta que seas feliz, tu hija y nieto no merecen menos que eso. Disfruta de este momento maravilloso, dale un abrazo y un beso a ambos de mi parte.

Como siempre pensando en ti.

W.A.A.

-Te lo dije mamá, Neal es maravilloso, es solo que es diferente, pero me ama, yo lo sé.

Candy guardó la tarjeta, sonriendo a su hija. Calló la verdad para no desilusionarla.

Un momento después llegaba Neal al lado de Arie, llevaba en sus manos un enorme ramo de Narcisos. Sin dejarlo hablar Candy le agradeció por el hermoso detalle para su novia, descaradamente él asumió haber sido, quien tuvo tan esplendidos detalles.

-Estos son especiales para ti, los dejé conmigo para entregártelos, yo mismo.

-Gracias, mi amor.

-Esta noche me quedaré contigo, te cuidaré. Solo iré a conocer a mi hijo, muero por saber que tanto se parece a mí.

Esas palabras hicieron que un escalofrío recorriera todo el cuerpo de la joven madre.

-Mamá, ¿Puedes llevar a Neal a la sala cuna?

-De hecho ya sé dónde es. Mamá me está esperando afuera de la habitación. Te veré después ─Dándole un beso en la mano se fue a donde Sara lo esperaba.

-Me pregunto: ¿Qué pensó para dejar este ramo al final? Tú sabes que esta flor tan simple no me gusta, de hecho la abuela Eleanor mandó quitarlas de su jardín, papá como siempre ni cuenta se dio de eso.

-Terry, siempre tan indiferente con las flores, no es de extrañarse.

-Toma mamá, ponlas por allí. Ese hermoso arreglo de rosas rojas ponlo en aquella esquina frente a mí.

─Oh, que maravillosa vista tiene mi princesa.

-Te lo agradezco mamá, puedes irte a casa con papá. Neal se quedará conmigo, mi suegra cuidará del bebé.

-Está bien. Esta es su oportunidad para demostrar que realmente te merece mi niña hermosa.

-¡Es un varón precioso, se ve que será grande y fuerte; igual a su abuelo! ─exclamó Terry sacando el pecho, mientras entraba a la habitación de su hija.

-Que bueno que estés aquí papá, y hayas podido conocer a tu nieto.

-Bien. Ahora debemos dejar descansar a Arie. Así que nos vamos. Volveré mañana temprano mi amor. Te traeré lo que necesites.

-Está bien mami.

Terry salió tras Candy.

-Espera, ¿irás a dormir a casa esta noche?

-¿Y tú? ─La pregunta de Candy emocionó a Terry por un breve momento.

-Sí, de hecho ya voy para allá.

-Entonces me quedaré en el hotel o en casa de Patty. Pasa buenas noches, adiós, Terence.

"Me merezco esto, por haber sido un completo imbécil. Ni modo, otra noche más sin reconciliación. ─Se reprochó así mismo, mientras observaba a Candy subir a un taxi".

-Te espero en el apartamento Magnolia ─Candy le escribió un mensaje de texto a Albert.

-Allí estaré, princesa ─le respondió él.

En el apartamento Magnolia.

-Uhm, ¡qué bien huele mi princesa!

-Pensé que te quedarías a trabajar hasta tarde.

-Al recibir tu mensaje, me apresuré a terminarlo. Estaba desesperado por estar contigo, Candy me tienes hechizado. Realmente disfruto estar así feliz contigo.

-¿Quieres que te prepare algo para cenar?

-Que no sean pechugas al horno ─Ese comentario los hizo estallar en risas─. Iré a ducharme mientras tu cocina.

Candy rápidamente preparó unos ricos emparedados. Arregló la mesa como para una cena romántica, de pronto el deseo de hacer el amor con su hombre la invadió. Desprendiéndose de su bata, entró a hurtadillas a la ducha, dominados por la pasión hicieron el amor como nunca antes, los jadeos de la dama estimulaban a Albert, sentirla suya al penetrarla soportándola en la pared, mientras la ducha de agua caliente caía por su espalda, lo volvía loco, terminaron más de una vez, hasta que al fin sintieron saciarse.

-Eres el placer, hecho a mi gusto y medida.

-Ja, ja, ja. Tratas de decir: ¿Qué lo tengo pequeño?

-¿Cómo crees?

Estoy por levantarme a tomar una pastilla, para aliviar mi vientre.

-¡Oh, lo siento mucho! De verdad no he querido lastimarte, pero me vuelves loco.

-Es broma amor. Me gusta, como me lo haces, te siento y te disfruto. Sé que vamos más allá de la pasión; eso es lo que más me encanta.

Los rubios durmieron abrazados. El olor del cuerpo de Albert era fascinante. Él, era feliz con las cosquillas que hacían en su nariz los bellos rizos de Candy.

En el hospital Neal yacía dormido en el sofá. Arie alcanzó un narciso que él mismo dejó sobre la mesa, con los ojos humedecidos por lágrimas y mordiendo su boca, lo apretó hasta deshacerlo. Luego limpiando su rostro miró con ojos asesinos a su agresor.

-Esto me lo pagarás caro, mal nacido.

A la mañana siguiente.

-¿Cómo te sientes mi amor?

-Creo que mejor. Las enfermeras cambiaron las vendas. Me ayudaron a ponerme de pie, no tenía idea de que esto fuera tan difícil. Sabes mamá, no creo que quiera tener otro bebé nunca más. Supongo que el parto normal no es tan doloroso.

-Ambos son difíciles y dolorosos mi amor. La cesárea lleva más tiempo para recuperarse. Pronto estarás bien, yo pude parirlas sin dificultad. No me quejo, de hecho con tu padre quedamos con la ilusión de tener otro hijo, pero eso se terminó al separarnos.

Después ducharse Arie fue llevada en silla de ruedas hasta la sala cuna junto a su bebé. Candy comprendió que en ese momento madre e hijo debían estar solos.

Las lágrimas caían incesantemente por las mejillas de la joven madre. Su corazón se estrujaba de manera violenta cuando recordaba las veces que consideró abortar. Pasó sus dedos por el suave y abundante cabello oscuro. Miró la sonrisa que su bebé le regaló, sintió que gracias a eso su corazón, fue liberado de la opresión que sentía. Su hijo abrió sus ojos verdes al escuchar su voz. Era como si la buscara, esto enterneció su corazón cambiando el llanto de dolor por felicidad.

Los días pasaron en un abrir y cerrar de ojos. El bebé se recuperaba satisfactoriamente. Arie ya había regresado a la casa que compartía con su novio.

Toda la ciudad lucía hermosas decoraciones navideñas, apenas faltaban unos cuantos días para el regreso de las hijas de Candy junto a Eleanor Baker.

Entre el trabajo, Arie, y su tiempo para ella y Albert que por lo general, siempre eran ya en horas nocturnas, se le iban pasando los días, aún no decoraba su casa .Justo el día que decidió comenzar, repentinamente su casa fue invadida por sus pequeñas y la implacable señora Baker.

Besos, abrazos, un sin fin de relatos más tarde, por fin pudo retomar la actividad que apenas había podido comenzar.

-Eres sin duda una despreocupada. ¿Pensaste que tus hijas no regresarían? Esta casa no tiene nada de extraordinario y encima es la única sin decoración, jamás dejarás de sorprenderme.

-Sin siquiera dirigirle la mirada, Candy continuó sacando algunos adornos de sus cajas.

-Mami, ¿podemos ayudarte?

-Claro mis amores, en realidad esto nos hará bien. Es una actividad para compartir entre madre e hijas. -Esas palabras las pronunció en voz alta, la elegante señora Eleanor le lanzó una mirada fulminante, haciendo caso a las palabras de Candy, tomó su bolso, yéndose a reunir con Terry y Arie, quienes emocionados la esperaban en el hospital.

Dos meses habían pasado, a pesar de las groserías de Eleanor, Candy tenía muchos motivos para estar más feliz cada día, su relación con Albert era como un sueño, el bebé estaba en casa junto a su madre, sus pequeñas habían regresado.

Pero ella aún seguía instalada en el apartamento Magnolia, les dijo a sus pequeñas que solo sería, mientras su padre y abuelos estuvieran de visita. Les ocultó que vivía en un apartamento de tal lujo, esto a ninguno se le cruzaba por el pensamiento, les había hecho creer que se quedaba en casa de Patricia, eso era suficiente explicación.

Entre sus tantas visitas al hospital, su amistad con el apuesto doctor Brower se había fortalecido, cosa que ponía furiosa a la doctora Bianca. Incluso, se escondía cerca de su colega y Candy para poder escuchar sus conversaciones. Ella estaba convencida de que ellos tenían un romance, los sentimientos del galeno eran evidentes. Sin embargo, Candy estaba segura de estar enamorada de Albert.

A menudo se detenía a pensar: ¿Qué le esperaba en un futuro? Pero simplemente no quería torturarse con eso, la vida le estaba dando días llenos de felicidad y ella los atesoraría.

Ante la presión de Richard Grandchester, Arie retomó nuevamente los preparativos para su boda. Su convivencia con Neal distaba de ser feliz, cada noche él regresaba borracho, ella no le permitía que se les acercara. Sin embargo, se mantenía firme en su decisión de casarse con él.

Faltando pocos días para la boda, Arie había sido visitada por sus amigas. Ellas siempre fieles, la escuchaban. Conocían sus problemas con Neal.

-Deberías pensarlo mejor ─Le sugirió Steph mientras cargaba al bebé.

-Ese mal nacido creyó que olvidaría el daño que me hizo, pero está por llevarse la lección de su vida.

-¿Entonces, en serio piensas dejarlo plantado?

-Shh, baja la voz ¿Quieres? Sí, es lo menos que se merece. Estuve dispuesta a dejarlo todo por él. Incluso a que fuera el padre de mi hijo, que gran error iba a cometer, quizás después, podamos estar juntos, si aún me ama como me prometió que lo seguiría haciendo.

-No lo sé, Arie, no quiero sonar como una mojigata pero creo que Steph tiene razón, mejor déjalo. Ninguno es bueno para el otro, sigue tu vida y si uhm, uhm, ─Carraspeó─ te sigue amando mejor todavía para ustedes.

-No, ya falta poco, agradezco tus consejos Gemma, pero no voy a retroceder.

"Maldita hija de perra" así que por eso has estado todo este tiempo aquí. No me equivoqué al decir que no eras más que una simple puta, en cuanto a tu pequeño bastardo, ya decía que había algo en él que no me dejaba tranquilo, de hecho no lo soportaba, ahora todo se dio vuelta. Serás tú y tu mocoso quienes sufran las consecuencias".

Luego de escuchar la conversación de las chicas detrás de la puerta que daba a la terraza, se alejó sigilosamente, trazando en su mente el mejor plan para hacer sufrir a su aún prometida.

Invadida por la curiosidad de ver tan feliz y radiante a la que una vez fuera su nuera, la señora Eleanor Baker, estaba decidida a indagar cuál era el motivo o más bien quién mantenía en las nubes a Candy.

Después de dejar dormidas a sus hijas, se despidió de Richard y Terry que conversaban en la sala. Eleanor esperaba en su habitación a que Rosa, que había regresado a trabajar desde hacía varias semanas atrás le llevara su té. Candy tan amable como siempre le dio las buenas noches y, se alejó, tras ella también salió Eleanor, sin que Candy se diera cuenta la siguió al edificio Magnolia. Allí su galante caballero la esperaba en el ascensor, habían hecho de eso una costumbre, al presenciar el tierno beso entre ambos rubios, con estruendosa voz interrumpió el beso.

-Así qué esta es la verdadera razón para no estar con tu familia, nunca dejaste de ser la maldita prostituta que mi hijo rescató, eres una vergüenza para tus hijas, yo misma me aseguraré de que no las vuelvas a ver nunca más.

-Señora Eleanor, por favor...

Continuará...