Palabra: impotencia.


Hay imágenes que no merecen ser traducidas a metáforas

Anger and agony are better than misery
Trust me, I've got a plan
When the lights go up, you'll understand

Pain, Three Days Grace


Le caga soñar. Lo odia. Los sueños le recuerdan lo que es y lo que no quiere ser. Le recuerdan que no siempre fue Dabi con su media sonrisa y la flama azul en sus manos, dispuesto a quemarle los huesos a alguien. Le recuerdan de un tiempo en el que no quiso quemarse a sí mismo, en el que los pedazos morados y putrefactos de su piel eran sólo piel.

Le recuerdan que aprendió a llorar en silencio porque pedir ayuda a gritos no servía de nada.

Los sueños se alimentan de su memoria y él se revuelve en ellos. Pega patadas que despiertan a Shigaraki, mueve los brazos, intentando liberarse de un monstruo que ya no está ahí. Y se despierta como cuando tenía diez años: sudando y con la respiración pesada, sin creer que está vivo —y lamentándolo—. La única diferencia entre su yo de diez años y él que está en la misma cama de Shigaraki es que al segundo no le importa ser un monstruo.

No, no es sólo eso.

Lo abraza. Se abraza al monstruo. Se convierte en él y lo encarna porque es la única manera en la que soporta la supervivencia.

Shigaraki lo abraza por detrás.

No. Lo agarra.

El verbo «abrazar» implica ternura y él no la siente desde que su madre no está con él. Ni la recuerda, porque la ternura siempre acababa en un golpe más —sobre su piel o la de otro— y en más lágrimas y desesperación y todos esos sentimientos de mierda que quiere volver cenizas con las llamas.

—Puedo liberarte del sufrimiento.

Cuatro dedos a un lado de la cadera. Cuatro dedos en el otro.

Dabi no sabe si se refiere a volverlo polvo o a otra cosa. Como si le importara. No tiene ni fuerzas para rebatirle —en vano, porque Shigaraki sólo escucha lo que quiere oír— que lo que tiene no se llama sufrimiento.

No porque no lo sea, sino porque se niega a darle ese nombre a su rutina.

—Hazlo.

Shigaraki se acerca todavía más y pega los labios en su cuello. Muerde. Dabi echa la cabeza para atrás.

Por un momento, se siente vivo.


El juego de estar entre la vida y la muerte se vuelve viejo, pero los jugadores nunca se cansan de jugarlo.

No importa cuál sea el resultado, la victoria es para Dabi.


Hay rutinas más soportables que otras. Shigaraki arañándole la espalda es una que no le importa. Siente sus uñas mal cortadas —porque el cabrón no puede usar bien un corta uñas aunque su vida dependa de ellas— sobre su piel y sabe que lo va a dejar lleno de rasguños. No le importa en lo más absoluto.

Qué es una marca más cuando te engrapas piel con piel para parecer vivo.

—¿No hay noticias de Toga y de Twice? —pregunta Dabi.

Shigaraki gruñe.

Eso debe significar un no.

Así que Dabi lo deja hacer. Lo deja besarlo hasta que parece que va a arrancarle los labios a mordidas y marcarle la espalda con el mapa de sus uñas.

Y, cuando acaba, lo mira y sonríe de lado.

—No soy sólo una máquina para descargar tus frustraciones, ¿sabes?

Quiere provocarlo. Ver a donde lo lleva la provocación. Cuando uno le tiene tan poco aprecio a la vida, la apuesta en cualquier momento.

Shigaraki sonríe y le enseña los dientes. Qué fea sonrisa, por dios.

Lo jala por el cuello quemado de la playera blanca.

—Y yo no soy una para descargar tus traumas, pero aquí estamos, ¿no?

Shigaraki gana.

Dabi no se queja cuando le muerde los labios. En vez de eso, le devuelve la mordida.


Duerme y no descansa, porque sus pesadillas acampan a sus anchas en su cabeza. Pase el tiempo que pase no puede hacer las paces con esa parte de su vida, que insisten en recordarle cosas que fueron y que odia.

Le recuerdan a las noches que pasó desinfectando quemaduras y envolviéndoselas en vendas, cuando todavía tenía un instinto de supervivencia que no era una mierda y creía en un mundo mejor. Los sueños son unos cabrones que no lo dejan en paz y le recuerdan a cuando su sonrisa débil era genuina y no sarcástica, ni irónica, ni cínica, ni llena de odio por todo lo que existe y merece perecer entre las llamas. Le recuerdan los gritos y las súplicas.

Todos los «por favor» que le destrozaban la garganta y se le rompían entre los labios.

Y arriba de él, una mirada con sus mismos ojos azules, que lo mira impasible, con los brazos cruzados sobre el pecho, listo para decirle que es demasiado débil.

Despierta y Shigaraki está allí. Sabe que son los peores brazos para buscar consuelo, pero de todas maneras se refugia en ellos y les regala todo su odio.

Y vuelve a dormir y no descansa, porque sueña con el pasado, como siempre. Y sueña con las llamas.

Hay imágenes que no merecen ser traducidas a metáforas y su cuerpo envuelto en fuego es una de ellas. Las llamas azules sobre su piel no merecen ninguna comparación ni ningún eufemismo para representarlas. Las palabras atoradas en su garganta merecen nunca ser dichas.

«Te odio, te odio, te odio…». Suenan en su cabeza como un canto de impotencia que todavía no es capaz de sacarse del pecho.

No lo dijo entonces, pero está seguro que lo sabe.

Ojos azules lo miran desde arriba.

Y despierta y Shigaraki sigue allí, con una sonrisa a medias, más estirada en un cachete que en el otro.

—Después de tantas noches —le dice—, es hasta interesante verte sufrir.

—Cabrón.

Dabi lo acerca a sí mismo. Lo besa como si fuera el último beso del mundo. Todo dientes, lengua, saliva. Todo agresividad porque es lo único que lo hace olvidar el sentirse pequeño e impotente ante una fuerza que, a los cinco años, comparaba como la de un dios.

Está en la mierda.

Se separa de Shigaraki y le recorre los labios con las yemas de sus dedos. Por una vez, el otro no se mueve, no lo amenaza. Sólo espera, como un felino calculador.

—¿Alguna vez piensas en alguien que no seas tú mismo?

—Te sorprendería.

«No», quiere decirle. Se le antoja confesarle que sabe que piensa en los demás, que quiere vengar a Magne, que le preocupa que Toga y Twice no vuelvan enteros. Pero también sabe que, cuando están ellos dos solos, en el colchón mugriento, al amparo de la noche, entre las sábanas, Shigaraki no se preocupa por nadie.

Especialmente, no por él.

Sus sueños lo traen sin cuidado. Necesita atención y Dabi se la concede porque es una manera de recuperar la cordura o perderla, según el lado del espejo desde el que se vea la escena.

No le responde. Lo besa.

Todos saben lo que sigue a los besos. Especialmente ellos dos.


Dabi insiste en olvidar, pero su cuerpo recuerda con una precisión que odia. Recuerda el dolor, la impotencia, cada marca, cada golpe, cada entrenamiento. Su memoria está llena de los mismos gritos y de la misma mierda, una y otra vez, tatuada a fuego.

Insiste en hacerse pendejo, decirse que en cualquier momento se puede morir.

Pero sobrevive.

Sabe por qué lo hace. No es por la Liga o por Shigaraki o por auto conservación.

Es porque quiere cobrarle al pasado todo lo que le debe. No puedo hacerlo si no respira. Así que, cuando despierta, por la mañana, y está Shigaraki a un lado de él, sin un rastro de la ropa de la noche anterior, inhala profundo.

Exhala.

El sol le da en la cara.

Lo odia. Como a todo.


Notas de este capítulo:

1) Me gustaría decir que la frase del título es mía, pero es de un poema de Iveth Luna Flores, que escribió Comunidad Terapéutica (y que les recomiendo conseguir, si pueden). Me impresionó muchísimo la primera vez que leí ese poema y creo que lo va a seguir haciendo siempre. Me rompió en pedazos. Y es que sí, hay imágenes que no merecen ser traducidas a metáforas.

2) Dabi en el fondo no es bueno. Es un cabrón, tal cual Shigaraki, que quiere destruir el mundo. Si nadie lo detiene, va a lograrlo. En este fic no hay redención posible porque los personajes están metidos en una dinámica demasiado dañada como para eso.

Andrea Poulain