Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi

Un Inesperado Encuentro

By Rossy Castaneda

Capítulo Cinco

De nada había servido negarse durante diez minutos, ya que al final había accedido ha salir junto a Lord Terruce para respirar un poco de aire y aclarar sus pensamientos, ante la posibilidad que aquel hombre la conociera y aprovechará cualquier oportunidad para llevarla de regreso a casa.

Advertir además que algunos depravados dentro del comedor la miraban de una manera lasciva que hizo que sintiera miedo por su integridad, ayudaron a que ahora iba montada sobre Cleopatra abrazada a Lord Terruce Grantchester, el libertino Londinence que se conocía todos los burdeles de la región.

Su aroma era embriagador, su cercanía era cálida, Lady Candice se sentía segura y protegida junto a aquel majestuoso hombre, porque si, a pesar de su fama de libertino, no podía negar que el marqués Terruce Grantchester era endemoniadamente apuesto, capaz de hacer que las enaguas de cualquier mujer cayeran a sus pies con tan solo chasquear lo dedos.

—¿Te encuentra bien Carl? —preguntó Lord Terruce cuando la escuchó suspirar.

—Maravillosamente —respondió mientras apretaba mas los brazos alrededor de la cintura de Terry, su corazón había empezado a bombear rápido y sintió que perdía el aliento, atrapada entre su cuerpo aspirando el aroma embriagador de la colonia masculina, dejándose envolver en un mar de sensaciones nunca antes experimentadas,

debería sentirse molesta e impaciente, pero la verdad es que, para su disgusto, lo que estaba era excitada y para variar debía renunciar a aquello ya que Lord Terruce creía que ella era un chico, por lo tanto no le correspondería.

—Hemos llegado —dijo Lord Terruce deteniéndose frente a...

—Un burdel —chilló Candy a espladas de Terry —aquello no podia ser cierto, Lady Candice no podía creer su desgracia, ella siempre había sido una persona tranquila, fría y racional. Nunca había perdido los estribos como le ocurrió ayer, y nunca volvería a ocurrirle. ¡Mira a dónde le había conducido su arrebato! A un dormitorio, ¡y a una cama!, con el mayor calavera de todo Londres. Su estómago se estremeció de puro enfado consigo misma.

Terry se echó a reír escuchar su escandalizaba voz.

Lady Candice sintió un escalofrío en todo su cuerpo, muy distinto al de esa mañana, aquel libertino tenia una risa cálida y seductora.

—No me digas que a tu edad jamás has estado en un lugar como estos?

—No lo he hecho milord.

Terry rió una vez más, aquello iba ser divertido.

De un salto Lady Candice bajó del caballo y cuando lo hizo cayó de bruces en el suelo y sin poder evitarlo estalló en llanto.

Haciendo uso de todo su autocontrol sacudió la cabeza en un intento por recuperarse, pero el daño ya estaba hecho. Ahora él se daría cuenta con toda seguridad de que era una mujer. Y habían pasado la noche en la misma cama, y todavía estaban solos, y él era el rey de los depravados... Necesitaba recomponerse de inmediato, lo necesitaba desesperadamente.

—No llores, chico —dijo Terry bajando del caballo y dándole un ligero toque en el hombro.

—No estoy llorando —balbuceó Lady Candice ocultando su rostro entre sus manos al darse cuenta que su comportamiento era el de una total idiota ya que a quien quería engañar, ella si estaba llorando, pero iba a dejar de hacerlo ahora mismo o todo se iría al infierno.

—Ya sé que no estás llorando —susurró de una manera sorprendentemente reconfortante, al tiempo que se agachaba para poner la cara a su misma altura y acariciar su hombro —. No tienes por qué llorar. Conmigo estás a salvo.

¿Si como no? Ahora ella dudaba que pudiera salir de la habitación que compartían en la posada en una sola pieza y sin daños alguno ya que si aquel hombre seguía tocándola como lo hacia ella no podría resistir la tentación por mucho tiempo.

Lady Candice trató de liberarse de aquel cálido contacto pero, Lord Terruce la agarró del otro hombro y la sacudió un poco.

—Carl —le dijo—, juro por mi honor que estás a salvo. —Tras una leve pausa, continuó—. ¿Acaso te ha hecho daño alguno de los chicos de la escuela? ¿O el maestro? ¿Es esa la razón por la que huyes?. —No debes sentirte avergonzado, ni tener miedo de que yo intente hacer lo mismo.

Lady Candice alzó el rostro y vio en aquellos hermosos ojos azules con destellos verdes brillaron con comprensión, compasión y calidez.

—No tengo idea de lo que está hablando milord —respondió ella al darse cuenta que él seguía creyendo que era un chico y negándose a aceptar una compasión que no había pedido. —Estoy bien —musitó—. Lo único que pasa es que me caí de bruces, y me he hecho mucho daño porque ya tenía el trasero dolorido.

Lord Terruce abrió unos ojos como platos, y de nuevo estalló en carcajadas.

Aquella risa la afectó en lo más profundo a Lady Candice. No había duda de por qué Lord Terruce Grantchester era un libertino con tanto éxito. Seguro que las mujeres caían a sus pies en cuanto lo oían reír

—Me duele mucho después de la cabalgada de ayer —dijo para evitar que pensara que era como un gatito callejero —. Normalmente no lloro.

—Por supuesto que no —dijo incorporándose y ofreciéndole la mano para ayudarla—. No estás acostumbrado a cabalgar durante todo un día, ¿verdad?

Lady Candice se obligo a asentir, ya que podía cabalgar durante muchas horas pero no a horcajadas como lo había hecho el,día anterior para llegar a casa de su hermana.

La joven hizo el esfuerzo por levantarse por sí misma, pero estaba demasiado dolorida para lograrlo. Así que no tuvo más remedio que aceptar la mano, que aún esperaba pacientemente extendida, y dejarse ayudar para ponerse en pie. Tiró de ella como si fuera una pluma.

Lord Terruce era por demás más alto que ella, lo que hizo que se sintiera débil, vulnerable y, por supuesto, femenina. Pero no dependía de nadie, y mucho menos de este hombre.

Terry la observó con detenimiento sin decir una sola palabra.

—¿Sucede algo?

—¿Por que lo pregunta? —refutó ella.

—Lo digo por la forma ceñuda de mirarme, estaba casi convencido de que me ibas a echar un rapapolvo.

—Me pone usted nervioso —dijo Lady Candice sintiendo la necesidad de decir algo que rompiera aquel sepulcral silencio.

—Sí, parece que muy nervioso —dijo él, mientras a duras penas contenía la risa—. Te pido disculpas —.¿Ocurre algo? —preguntó Terry al ver como arrugaba el entrecejo mientras intentaba caminar.

Lady Candice maldijo por todo lo bajo —¡diablos! Este hombre estaba en todo.

—Creo que tengo una ampolla en mi pie —respondió para quitárselo de encima—. Tuve que caminar bajo la lluvia por lo menos dos kilómetros.

—¿Quieres que le eche un vistazo al pie?

—¡No! No es nada, no se preocupe milord.

Candy sintió terror que Terry le tocara el pie, tanto que sintió un estremecimiento a todo lo largo de la espalda. Él la miró arrugando el entrecejo.

—Las ampollas no son ninguna broma. Por suerte hoy no vas a tener que estar de pie ni andar en casi todo el día, pero prométeme que, si no la tienes mejor, me permitirás echar un vistazo cuando regresemos a la posada.

—De acuerdo.

Mientras Lady Candice se removía un poco el lodo de sus pantalones, Lord Terry la observó por un largo tiempo, preguntándose ¿que secreto estaba ocultando?

Bueno, lo averiguaría antes o después. Se había pasado años perfeccionando su habilidad para conseguir que los jóvenes más reacios le contaran al fin la verdad. El pobre Carl no sería la excepción y cuando eso sucediera, lo llevaría con su hermano o bien de vuelta con su familia.

En cuanto ingresaron al burdel, Meredith la dueña del lugar se acercó a Terry.

Lady Candice frunció los labios con desagrado, no le agradaba para nada que aquella mujer se acercara a su hombre.

¡Infiernos! Que estaba pensando, Lord Terruce no era su hombre de donde demonios le había suscitado aquella descabellada idea, bueno no era tan descabellada, el muy desgraciado libertino era un bocadillo apetecible ala vista de cualquier mujer, pero ella no era cualquier mujer, oh no, ella era una que sabia muy bien lo que quería y en esos momentos se le antojaba caerle a mordiscos a aquel apetecible hombre.

—Veo que este chico necesita compañía —dijo una de las chicas de aquel asqueroso sitio.

—Lleva al chico Pam —dijo Meredith —mientras tanto converso con Lord Terruce.

Terry apretó los labios para no estallar en carcajadas ante la cara de espanto con la que el chico lo veía.

—Ve muchacho, la pasaras muy bien.

—Me temo que el chico aun no se estrena —musitó Terry curvando sus labios

—Mejor aún —respondió la mujer —Pam es especialista en estrenar chicos.

Mientras Lady Candice era arrastrada escaleras arriba, Meredith chasqueaba los dedos y una de sus chicas llegaban con una jovencita de entre quince y dieciséis años.

—La trajeron anoche durante la tormenta

—Espléndido —dijo Terry pagando la cantidad acordada.

—Atrás, atrás, no de un paso más o le pesará —Lady Candice preparó sus puños.

—Tranquilo chico no voy a hacerte daño, bueno sentirás molestia al principio pero después te aseguro que sera placentero —Pam rió

—No se me acerque.

—Ah con que eres un chico rudo ¡eh! —me encanta, sin duda desvirgarte será excitante.

Pam se acercó peligrosamente, sin quedarle mas remedio Lady Candice tuvo que probar con ella uno de los golpes certeros que su hermano le enseñó en el pasado.

—Se lo advertí —dijo saliendo a trompicones de aquel lugar dejando a Pam completamente inconsciente.

Terry se puso de pie en cuanto vio como el chico bajaba las escaleras con las mejillas sonrojadas.

Tras despedirse de Meredith y llevar consigo a la joven que acaba rescatar salió del burdel; sus ojos casi salen de sus cuencas al encontrarse con que aquel chico estaba vomitando sin ningún control.

—Aguarda aquí —le dijo a la jovencita.

—¿Carl que sucedió allá dentro, por que estas en ese estado?

—¿Esta es su manera de respirar aire fresco? —le increpó incorporándose.

—Bueno, no precisamente —respondió Terry.

—Escúcheme bien, el que usted sea un libertino no le da ningún derecho a que trate de corromperme y volverme como usted, ni sueñe que viajaré a Londres bajo su compañía.

—¿De que demonios estas hablando?

—No se haga el idiota conmigo, sé muy bien que se conoce todos y cada uno de los burdeles de esta region, pero eso no le ningún derecho a...

—Un momento jovencito —Terry lo cayó de golpe —el león no es como lo pintan.

—Ah no! ¿Y entonces que hace con esa niña, pervertido?

Con enfado Terry sujetó al chico del brazo y lo llevó hasta donde se encontraba la chica.

—Aunque no debería, pero te mostraré que es lo que en verdad hago, ¡sube! —ordenó Terry.

El ceño fruncido y la alterada voz de Lord Terruce le indicó a Lady Candice que no estaba bromeando, así que sin rechistar, subió a Cleopatra mientras Terry ayudaba a la otra chica a subir para luego tomar las riendas y caminar por un solitario sendero que los llevó hasta una casa en medio del bosque.

—Lord Terruce, Lord Terruce —una manada de niños les salieron al encuentro.

¡Infiernos! Era acaso que ese pervertido tenia su propio burdel de niños.

A Lady Candice se le retorció el estómago con aquella idea, pero pronto sus pensamientos fueron esclarecidos cuando de la casa salió...

Ay no! Aquello era una pesadilla y ella necesitaba despertar ahora mismo.

—Lord Terruce —saludó una mujer mayor con vestimenta de religiosa mientras era acompañada por otra a quien Lady Candice conocía.

—Buenos días hermana Maria, señorita Pony.

Pony la reconoció inmediatamente y le mostró una sonrisa .

—Veo que estas en el camino correcto muchacho .

Terry miró a Pony y luego al chico,sin entender una sola palabra.

—¿Ustedes se conocen? —inquirió con el ceño fruncido.

—Si —respondió Pony —y me alegro que ambos estén juntos.

—Y esta jovencita quien es —La religiosa interrumpió oportunamente.

—Oh si, si lo olvidaba —Terry extendió su mano para ayudar a la chica a bajar de Cleopatra —ella es Juliette, la he rescatado del local de Meredith —respondió Terry omitiendo la palabra burdel.

—Tendrás hambre pequeña —dijo la religiosa tomándola de la mano y llevándola al interior de la pequeña casa seguido por Pony y Terry

Candy tragó saliva —¿había dicho recatado?, ¿ era a eso a lo que se refería con que el león no era como lo pintaban? ¿Entonces su fama de libertino era solo un disfraz para moverse con libertad por los burdeles de la region y recatar jovencitas que cain en manos de gente sin escrúpulos?

El corazón de Lady Candice se lleno de calidez ante aquel descubrimiento y comenzó a palpitar frenéticamente.

—¡Ey tu!, ¿no piensas bajar del caballo?

Candy dirigió sus esmeraldas hasta quien había hablado, una pequeña de cabellos rizados la miraba con curiosidad.

—Si claro —respondió bajando inmediatamente de Cleopatra —¿como te llamas? —le preguntó con un tono dulcificado .

—Daisy —respondió la pequeña mostrando sus pequeños dientes —¿y tu?

—Mi nombre es Carl White

—Ese es un nombre de niño y tu pareces una niña —dijo la pequeña frunciendo el ceño mientras miraba detenidamente a Candy.

—¿Por que lo crees? —preguntó Candy con nerviosismo ante la perspicaz actitud de aquella pequeña que no podía tener mas de ocho años.

—Por la manera como ves a mi principe —puso sos pequeñas manos en jarra.

Lady Candice abrió los ojos como platos

—Y como lo veo según usted pequeña dama? —le preguntó inclinándose para estar a su altura.

—Con ojitos de borrego a punto de ir al matadero —respondió la niña sin más provocando que Lady Candice estallará en carcajadas.

—Carl, Daisy —Terry los llamó —entren o terminaran empapados con la tormenta que se avecina.

Impulsada por una inmensa ternura, Lady Candice alzó a la pequeña Daisy en brazos —Me agradas —le dijo mientras se encaminó al interior de la casa.

—Me temo que no podrán regresar a la posada con este mal tiempo —dijo Pony mientras les servia chocolate caliente —pueden quedarse aquí todo el tiempo que deseen, aunque me temo que tendrán que compartir la habitación —dijo con picardía.

—Ese no será un problema, compartimos la misma recámara en la posada de Gretna Green.

—No he traído mi pijama —dijo Lady Candice casi de inmediato.

—No la necesitas —dijo Lord Terruce bebiendo un poco del humeante chocolate —puedes dormir de la misma manera como yo lo hago.

Las mejillas de Lady Candice ardieron al imaginarse en cueros bajo la colcha con ese monumento de hombre junto a ella.

Pony por su parte cubrió sus labios ocultando una sonrisa que afloraba en sus labios.

—No gracias respondió —Lady Candice —en el peor de los casos puedo dormir en los establos.

—Dudo mucho que puedas hacerlo con la tormenta que se avecina, de hacerlo te aseguro que morirás de una de un resfriado —Terry dio otro sorbo a du tasa de chocolate sin mirarla siquiera, la verdad era que por alguna extraña razón se sentía ofendido y dolido de que hubiese creído todos los cotilleos que decían sobre él.

¡Infierno! ¿Que le estaba pasando?

—Podrían ayudarnos a trasladar los costales de harina desde la bodega hasta el interior de la casa? —dijo la hermana Maria al darse cuenta de la tensión en el ambiente.

—Claro —respondió Terry poniéndose en pie —Carl no pretenderás quedarte ahi sentado ¿verdad?.

—¡Eh!

—Que me acompañes —respondió Terry

—¡Yooooo! —exclamó con sorpresa.

—Es que acaso hay otro Carl en este lugar.

Lady Candice parpadeó tres veces y mostró una sonrisa tonta al recordar que para Lord Terruce ella era un chico.

—Si claro —dijo poniéndose de pie y caminado tras él.

Los ojos de Lady Candice se abrieron como platos al ver el tamaño de los costales, ¿como demonios se suponía que ella podría cargar uno solo costal?.

—Que pasa Carl? ¿ Es que a caso tu tia te consentía tanto que jamas levantaste nada parecido a este? ¿Es por esa la razón que tus manos son tan delicadas?

—Le mostraré cuan lejos está de la realidad milord.

Aquellas palabras burlonas hirieron el orgullo de Lady Candice y ante los sorprendidos ojos de su compañero, se arremangó la camisa mostrando unos delgados brazos, consiguiendo que Terry apretara los labios para mo estallar en carcajadas.

—Con cuidado chico no hay necesidad que te extra esfuerces, no tienes que demostrarme nada —Le dijo Lord Terruce al ver como cargaba un costal de harina y pedía que le subiera un segundo.

—Puedo con los dos —dijo de manera decidida.

—Como quieras —replicó Terry colocándole el segundo costal.

Tan pronto Terry colocó el segundo costal, Lady Candice dio dos paso, y su caída fue inevitable, con todo y costales, calló de bruces en el suelo.

Tanto Terry y los niños de la casa hogar estallaron en carcajadas.

—Te lo advertí —Terry se acercó a ella y extendió su mano para ayudarle a ponerse de pie; el leve contacto hizo que Terry sintiera un temblor en ella que le llegó hasta el,

corazón del joven marqués.

—Ve adentro Carl, yo llevaré los costales.

—No —respondió ella con toda la dignidad que le fue posible —puedo hacerlo, es solo que la ampolla en mis pies me han estorbado para pisar con firmeza.

—Con mayor razón insisto que vayas adentro, mas tarde revisaré tus pies.

Dos horas mas tarde la tormenta se hizo sentir en aquella parte del bosque, el sonido del viento golpeando las ventanas se escuchaba por toda la casa.

—Carl —Terry llamó su atención mientras revisaba sus pies

—Si —respondió ella en un hilo de voz ante las sensaciones que estaba experimentando mientras el revisaba sus adoloridos pies.

—Hay algo que ronda mi cabeza

—Usted dirá milord.

—Esta mañana en la posada noté la manera como te veía Carson, ¿lo conoces de algún lugar?

—Nunca lo he visto —respondió y no mentía.

—Tuve la impresión que te tensaste cuando Carson mencionó que conocía a William Ardley y que éste tenía dos hermanas, sin dejar de lado la manera como te ahogas cuando mencionó el nombre de Niel Legan, ¿es acaso que conoces a ese idiota? —Se ha atrevido ese imbécil a ponerte una mano encima?

Candy notó que el tono de voz de Lord Terruce tenia una dejo de ¿celos? —sonrió ante aquella idea, pero su sonrisa se borró de sus labios al recordar que Lord Terruce Grantchester estaba hablando con Carl White y no con Lady Candice Ardley —. Una punzada de dolor se incrustó en su corazón, aquello no le podía estar pasando.

—No conozco al señor Leagan —respondió en un hilo de voz, y no metía, no conocía en persona a aquel desgraciado, lo único que sabía era lo se decía de él, que era un sin vergüenza depravado que se aprovechaba de las ingenuas viudas a las cuales embaucaba para despojarlas de sus posesiones y cuando lo lograba les daba la patada, se gastaba el dinero en las casa de apuestas de White y cuando perdía el dinero, iba en busca de su siguiente víctima.

—Carl vas a descubrir que no tolero que me mientan —insistió Terry con voz cortante como el filo de una espada.

—¡No... no estoy mintiendo! —dijo Lady Candice inhalando profundamente para contener el temblor que sintió, apretó los puños y cerró los ojos, no se dejaría amedrentar por él, ella no era una damisela en peligro, ella era fuerte y podría hacerle frente a Lord libertino —sacudió la cabeza recordando que el hombre frente a ella no era un libertino, era un ser humano excepcional como jamás había conocido.

—Es posible —replicó él —pero tengo la impresión que me ocultas algo, y por tu bien es mejor que te sinceres ahora mismo, ¿conoces o no a Carson y a Niel Leagan?

Lady Candice se reprimió los deseos de decirle que él no tenia ninguna autoridad sobre ella, ¿quien demonios se creía para estar cuestionándola de aquella manera?

—Ya le he dicho que no los conozco —respondió irritada.

—Lo voy a descubrir, ten la seguridad que si me estas ocultando algo, tarde o temprano lo voy a descubrir y cuando lo haga, créeme que no te irá nada bien —advirtió luego de un prolongado silencio entre ello

Lady Candice sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

—Usted dijo que no me haría daño —balbuceó.

—Y también te he dicho que no tolero que me mientan —respondió ingresando a la cama.

—No lo hago —respondió mordiéndose la lengua casi al instante, pues si le estaba mintiendo al hacerle creer que era un chico.

—Que descanses Carl —Terry apagó la linterna dando por terminada la conversación.

Continuará...

—Jajajaja pobre Terry