Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi

Un Inesperado Encuentro

By Rossy Castaneda

Capítulo Siete

Tras sentirse segura, Lady Candice regresó a la cama y luego de unos minutos descansó en los brazos de Morfeo, no así Lord Terruce, cada vez que intentaba cerrar sus ojos, la gloriosa imagen del cuerpo desnudo de Lady Candice inundaba sus pensamientos, transportándolo a un tortuoso mundo de fantasía que amenazaban con hacerlo explotar en cualquier momento, algo que no podía permitirse; dolía, por Dios Santo que dolía, tenerla tan cerca a su merced y obligarse a comportarse como todo un caballero, vaya que dolía.

Se removió al lado opuesto de ella, pero sintió como de pronto un abismo los separaba, se giró al lado donde ella se encontraba y toparse con su angelical rostro, hizo que su ya creciente erección aumentara de proporción, sintió un deseo grande de unir sus labios a los entre abiertos labios de ella, haciendo uso de todo su autocontrol contuvo su impulso y se acomodó boca arriba, cerró sus ojos, colocó sus manos detrás de la nuca, abrió los ojos y sonrió al ver que su creciente erección estaba formando una especie de casa de campaña con la colcha, se giró y se acomodó boca abajo y pronto se dio cuenta que si permanecía en aquella posición terminaría haciendo un agujero en el colchón.

Habiendo probado todas las posiciones posibles y comprobando que le sería imposible conciliar el sueño, Lord Terruce salió de la cama la cual se había convertido en una tortura China de la que necesitaba alejarse ahora mismo o terminaría perdiendo la poca cordura que aún le quedaba.

Tras colocarse su pantalón y sus botas, salió de la habitación y se dirigió al único lugar donde podia apagar el volcán en el que su cuerpo se había convertido.

Tras deshacerse de su pantalón, se lanzó en las frescas aguas del rió en donde horas atrás había descubierto todo.

Permanecer por algunos minutos dentro del agua en combinación con la fresca brisa de la madrugada, le ayudaron a recuperar su temperatura normal.

Con una sonrisa en sus labios y un enorme suspiró, salió del agua y se recostó sobre una piedra.

Permaneció en aquella posición contemplando el estrellado cielo hasta que cada gota de agua que antes recorría por su cuerpo, terminó por evaporarse; poniéndose de pie se encaminó hasta donde se encontraba su pantalón, tras colocarlo, acomodó sus botas y caminó de regreso al interior de la casa.

Ingresó a la habitación a hurtadillas, procurando hacer el menor ruido posible, no quería despertarla, pronto amanecería, y antes que eso pasara quería observarla detenidamente por un largo tiempo.

Removió la colcha y se recostó al lado de ella, acomodó la peluca rojiza en su lugar y sin poder contenerse más, acarició con el dorso de su mano la mejilla de ella, retiró su mano con rapidez al ver como ella se removía, cerró los ojos fingiéndose dormido.

Se la pasó en aquel juego durante mucho rato hasta que finalmente se quedó dormido.

Abrió los ojos lentamente tras sentir unos cálidos labios rozando los suyos, aquella era la sensación mas exquisita que jamás hubiese sentido, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, se quedó inmóvil permitiendo que ella llevara el control, sus torpes movimientos le indicaron que jamás había sido besada, una parte de él se hinchó de orgullo, saberse el primero era exquisitamente una delicia.

Cuando sus labios se apartaron de los suyos, sintió un vacío inmenso.

Se sentó y apoyó su espalda en el respaldo de la cama y a punto estaba de protestar cuando ella hizo lo inimaginable.

¡Dios bendito! —si ver su belleza de lejos lo había atontado, tenerla ahora sentada sobre él a horcajadas, no tenía comparación.

Los ojos de ella se cerraron al sentir las firmes manos de él acariciando un de sus senos, unos suaves jadeos escaparon de su garganta, al tiempo que arqueaba su espalda ofreciéndole total libertad para que él hiciera cuanto quisiera con ella.

Una sonrisa engreída se dibujó en su rostro al entender su silenciosa petición.

Con la respiración entrecortada acercó sus labios a los suyos primero lenta y delicadamente, deslizó su lengua en el interior de su boca cuando sus labios se entre abrieron, en una clara invitación a ser explorada.

Su sabor era tan dulce como el nectar de una flor.

Un ronco gemido se escapó de su garganta ante la respuesta apasionada de ella.

En un movimiento rápido, la giró para quedar sobre de ella y comenzar su exploración de manera lenta.

Candy frunció el ceño cuando lo vio abrazando y besando la almohada de aquella manera.

—Eres la mujer mas bella que mis ojos han visto, me tienes en tus manos mujer, haz de mi lo que quieras.

Tras escuchar aquellas palabras, algo parecido a los celos se hizo presente en Lady Candice.

—Y yo como idiota torturándome al sentirme culpable de que sus preferencias sexuales hubiesen cambiado a causa de mi mentira, y el muy granuja soñando con...—apretó los labios con tanta fuerza que estuvo a punto de lastimarse —se recriminó el haber sido una completa idiota de imaginar siquiera que no estuviera enamorado de una joven aristócrata de su mismo nivel.

Con las mejillas encendidas de furia, se giró sobre sus talones y con pasos largos llego hasta la puerta, abrió está y tras salir la azotó tras de sí provocando que Terry despertara abruptamente.

—¡Dios! —Exclamó al ver que a quien devoraban sus labios era a una maldita almohada y no los labios de Lady Candice.

Salió de la cama en un brinco al sentir que estaba a punto de derramarse sobre está .

—¡Maldición! —Siseó con la mandíbula apretada mientras su cálida simiente brotaba de su endurecida erección.

Tras tomar el desayuno, se despidieron de la hermana Maria, los niño y de Pony, esta última se acercó a Lord Terruce..

—No sea tan duro con ella, cuídela, no la deje sola en ningún momento.

Terry asintió.

—Le doy mi palabra que haré lo que se espera de un caballero, solo que antes le haré pagar un poco —dijo con una sonrisa.

Pony negó con la cabeza

—Veo que insiste con ese asunto, si mi consejo le sirve de algo —dijo mostrando un dedo acusador —no juegue con fuego que puede terminar quemado.

Lady Candice subió sobre Teodora y aguardo en total silencio a que él hiciera lo mismo, sus ojos se abrieron como platos cuando él montó detrás de ella.

¿Que demonios? —pensó

—Tu llevaras las riendas

—¡Eh! —chilló ella.

—Tu llevaras las riendas hasta la posada de Gretna Green.

Ajena a las intensiones de él, Lady Candice tomó las riendas y emprendió la marcha.

Conforme avanzaba, sintió los fuertes brazos de él rodeando su cintura.

¡Oh Dios! —El contacto era tan, tan, tan embriagador, al punto que le hizo cerrar los ojos y se mordió los labios al sentir aquella parte de la anatomía de él la cual ella conocía a la perfección, rozando su trasero con cada salto que daban sobre la montura mientras Teodora avanzaba.

Aquello era una verdadera tortura para ella, sintió de pronto como su feminidad se humedecía bajo aquellos pantalones.

Cerró los ojos y se dejó envolver por aquellas sensaciones jamás experimentadas, sus pezones se endurecieron. —¡Dios bendito! Dolían, sus pezones dolían y su cuerpo ardía como un volcán en erupción.

A espaldas de ella, Terry curvó sus labios en una sonrisa engreída al sentir los temblores involuntarios de ella ante el contacto de sus cuerpos.

Las imágenes de ella completamente desnuda inundaron sus pensamientos, las maravillosas sensaciones que experimentó esa mañana mientras dormía se hicieron presentes.

¡Diablos! —Pony tenía razón, estaba jugando con fuego y estaba a punto de quemarse, no era de hierro, él era un hombre de carne y hueso con necesidades y en ese momento su amigo de entrepierna reclamaba atención; sabiendo que no podría seguir con aquel delicioso juego, aflojó su agarre.

—Creo que lo mejor es que yo lleve las riendas.

Candy no respondió, para su sorpresa, detuvo el andar de Teodora en total silencio.

Sin entender el motivo de su silencio, Terry bajó de la yegua y volvió a subir casi enseguida pero está vez lo hizo en la parte frontal.

Hicieron el viaje de regreso a la posada de Gretna Green, en total silencio.

Cookie, el joven mozo de cuadra les dio la bienvenida.

—Bienvenido de regreso milord

—Gracias Cookie —respondió Terry mostrando una leve sonrisa y viendo como Lady Candice se alejaba.

En dos zancadas, Terry se puso a su lado

—¿Que te sucede?

—Nada —respondió ella sin mirarlo.

Ingresaron a la posada y se encontraron con una sonriente Gloria quien les dio la bienvenida en cuanto los vio.

—¡Bienvenidos ! —Me alegra ver que se encuentran bien, estaba muy preocupada por ustedes.

—Gracias al Creador, pudimos resguardarnos en un lugar seguro y cálido —respondió Lord Grantchester.

—Todo bien contigo muchacho —La señora Gloria Cambell se dirigió a Lady Candice.

—Si —Respondió.

—Milord, ¿aún planea viajar a Edimburgo?.

—No —respondió Terry —debo regresar a Londres hoy mismo.

—Pero..—¿Como le hará para viajar con el chico en un solo caballo?

—Yo no iré con su excelencia —respondió Lady Candice —aguardaré por una diligencia que me lleve a mi destino.

Terry ladeó el rostro al escuchar la manera como se dirigía a él.

¿Algo andaba mal, por qué su cambio repentino de actitud, por qué se negaba a viajar con él?

—De ninguna manera señor White —respondió Terry seriamente —di mi palabra a la señora Cambell y a la señora Paulina que cuidaría de usted.

—Lo libero de esa promesa milord, no necesito de un niñero que cuide de mi, puedo hacerlo solo, además en caso que aceptare no pienso hacerlo compartiendo el mismo caballo con usted.

—¿Ah es eso? —pues no le queda otro remedio jovencito —replicó Terry —no pienso faltar a mi palabra por el capricho de un muchacho malcriado

—Ya le he dicho que no pienso hacerlo.

Gloria se vio obligada a intervenir, ya que le preocupaba la integridad del chico y sabía que yendo con Lord Terruce estaría seguro.

—Milord en el establo hay una calesa que puede utilizar para hacer el viaje de regreso a Londres, es un poco vieja pero servirá.

—Se lo agradezco señora Cambell —dijo Terry sin apartar la mirada de Lady Candice

—De igual manera no pienso viajar con él —replicó Candy

La paciencia de Terry estaba alcanzando su punto máximo.

¡Diablos! No podía creer tanta testarudez en una sola jovencita.

—Creo que no ha entendido señor White —Terry la miró a los ojos —Quiéralo o no, vendrá conmigo a Londres.

—El que no ha entendido es usted milord, he dicho que no iré.

—Carl, querido —habló la señora Gloria con dulzura —en el camino hay todo tiempo de hombres y ademas mujeres que se aprovechan de chicos como tu, los engañan, los raptan, los violan y luego los venden a los burdeles de la region, viajar junto a Lord Terruce te da la garantía que estarás a salvo y llegarás en una pieza junto a tu hermano.

Lady Candice apretó la mandíbula, tras escuchar aquellas palabras recordó a Julliete la jovencita que Terry rescató del burdel de Meredith y quizás ella no cerraría la misma suerte—; ante aquella perspectiva musitó:

—De acuerdo iré con él

Una hora mas tarde se encontraban en camino a Londres, el silencio reinó entre ambos.

Lord Terruce la veía de re ojo y ella iba absorta en sus pensamientos.

Esperaba encontrar a su hermano Albert y acabar con aquel circo de una maldita vez, olvidarse de todo y comenzar de nuevo en su natal Escocia junto a sus hermanos, sobrino y sus dos únicas amigas.

Annie, Patty —¿como había sido tan ingrata de salir de Escocia sin despedirse de ellas? —suspiró al recordar que todo había sido tan repentino, algo que ni siquiera ella imaginó haría, ni mucho menos las condiciones como lo había hecho.

¡Por Dios! —salió de su Pais de incógnito como si de un vulgar delincuente se tratare y todo por culpa de su intransigente y testaruda Tía quien le estaba imponiendo un compromiso que ella no deseaba, su sueño desde niña, era formar un hogar por amor como el de sus padres y su hermana.

Soñaba con escoger ella a su futuro esposo de la misma manera como sus amigas lo habían hecho unos meses atrás, y no que se le impusiera un calavera, libertino y vividor como prometido.

—Carl —la voz de Terry llamándolo lo sacó de sus cavilaciones —¿te sucede algo, has estado muy serio desde que compartimos el desayuno en la casa hogar?

—Es mejor que preste atención a la carretera milord —dijo tras brincar en su asiento —no le diría que lo había escuchado y visto besando una almohada pretendiendo que era...¡Argggg!, —apretó la mandíbula.

—Gracias por el consejo —Terry sonrió de tal manera que por primera vez Lady Candice vio un hoyuelo que se marcaba en su mejilla derecha, su corazón se comprimió.

¡Diablos! —por que tenía que sonreír de aquella manera tan condenadamente encantadora.

—No me gustaría acabar en un despeñadero —respondió sin mirarlo, por ningún motivo quería terminar en un accidente y ser atendida por un médico quien inmediatamente descubriría su disfraz.

—Haré todo lo que pueda para que no nos salgamos de la carretera —dijo Terry sonriendo.

—Se lo agradezco —respondió ella, fingiendo mirar el paisaje cuando en realidad el paisaje era lo que menos veía, su atención se centrada cada cierto tiempo en el hombre que estaba sentado junto a ella que vestía ropa de lo más normal, pero de excelente calidad, guantes de conducir y un sombrero de piel de conejo y por supuesto, era tan extraordinariamente guapo que aunque llevara harapos, o nada en absoluto, seguiría resultando pecaminosamente atractivo.

Sobre todo cuando no llevaba nada encima, como las noches que compartió habitación con él

Lady Candice se removió inquieta en el asiento de la calesa . ¿Pero qué diantre le estaba pasando?, él ya tenía alguien que aguardaba por él y con quien seguramente uniría su vida de un momento a otro.

¿Como pudo ser tan idiota de caer presa bajo el hechizo de sus encantos?

—Carl, no has respondido a mi pregunta

—¿Que pregunta? —dijo fingiendo demencia.

—Estás resultando ser bastante insolente, muchacho —dijo Lord Terruce con seriedad —pero te preguntaré de nuevo y esta vez de forma directa.

Lady Candice advirtió su tono acerado que no daba lugar a réplica.

—¿Que te sucede, he notado un cambio en ti hacía mi persona desde que compartimos el desayuno en la casa hogar?

—Estoy bien, es solo que me he dado cuenta que debo guardar la distancia con una persona como usted milord.

—¿A que te refieres exactamente, con una persona como usted?

—Es decir, usted es el hijo de un Duque Ingles y yo soy un simple chico común —¿me explico? —preguntó.

—No, no lo haces —respondió Lord Terruce —puedes ser mas específico.

¿Por Dios! Es que acaso este hombre es tan necio y testarudo como lo era ella?

Estaban entrando a la ciudad y Lady Candice estaba por responder cuando de pronto alguien gritó:

—Terry

Continuará...