Elegante. Colin no encontraba otra descripción que concordara mejor con aquel restaurante. Era un lugar amplio, paredes altas de color crema, mesas y sillas café oscuro, pequeñas lámparas iluminando cada mesa; y cómo omitir aquel candelabro que debía valer diez veces más que su departamento, el cual producía más luz por el reflejo de dos grandes espejos que se podían apreciar al entrar, cubriendo lo que podía ser un segundo piso.
—¿Le puedo ayudar, señor? —Una voz femenina lo sacó de sus pensamientos.
Colin levantó la vista y se quedó sin aliento. Esa mujer era preciosa.
—Sí, tengo una reservación —respondió el muchacho, sintiéndose de pronto terriblemente avergonzado por estar vestido de aquella manera tan casual cuando incluso los meseros en el interior vestían de forma más sofisticada.
—¿A nombre de….?
—Damian Wayne.
No sabía por qué, pero en toda Gotham era bien sabido que toda la gente se movilizaba y te trataba de mejor manera si tenías como amistad a un miembro de aquella familia. Así que no fue sorpresa para el joven pelirrojo que aquella mujer se apresurara a sonreírle con amabilidad y lo tomara del brazo con toda confianza para guiarlo hacia su mesa.
No era necesaria tanta amabilidad, aunque no le importó. A primera vista era un lugar pequeño y sin problemas podía encontrar su mesa. Pero todo cambio cuando lo guió al fondo, donde estaba la parte del bar y unas escaleras. Subieron por la iluminada escalinata. Por supuesto, Damian no dejaría que sus pláticas fueran oídas por cierta parte de la élite de Gotham.
—Su mesa —informó la recepcionista.
En el centro de la habitación se encontraba una mesa única con dos sillas. Muy privado, sin duda.
—Me parece que el señor Wayne no tardará en llegar —continuó la mujer, seguidamente le pasó una especie de tableta—. Si quiere tomar algo mientras espera sólo mande su petición a través de esto. Oh, este es mi número, por si tienes un rato libre al salir de aquí.
Colin aceptó la tableta y más dichosamente aquel diminuto papel que le tendió. Tomó asiento hasta que ella desapareció de la habitación.
La decoración arriba era más íntima. Se podía ver a través de los espejos, apreciándose todo lo que pasaba en la planta inferior. La luz era más tenue, sillones de cuero negro en la parte izquierda para apreciar una pantalla enorme en la pared diestra que mostraba un canal de música en ese momento.
—Ni con el dinero de toda una vida puedo pagar esto —murmuró el joven para sí. Volvió su mirada a la tableta, la cual mostraba un montón de tentempiés y bebidas alcohólicas. No tenía ni idea de qué era cada cosa, así que se limitó a ordenar lo que le pareció más apetecible.
—Esa bebida te va a matar —opinó Damian, dándole un buen susto a Colin y causando que la tableta casi saliera volando de sus manos. No lo había visto llegar, por Dios, ni siquiera lo había escuchado.
—Con un demonio, Wayne —le regañó el pelirrojo, llevándose una mano al pecho de forma teatral—. ¿No pudiste simplemente aclarar tu garganta o algo?
Damian soltó una leve risa mientras tomaba asiento.
—Lo lamento, Colin —Ocupó el lugar frente al chico—. Creo que viene de familia.
Era cierto, los Wayne aparecían de la nada y asustaban a todo aquel que no estuviera tan acostumbrado a ellos. Incluso Colin, que pasaba buena parte de su tiempo con la familia, no terminaba de acostumbrarse al don de los Wayne.
—¿Y bien? —Inquirió Colin—. No te he visto en semanas, así que asumo que esto debe ser importante. No todos los días me invitas a una cita. Bonito lugar, por cierto.
—Es importante —asintió—. Primero deberíamos esperar a que llegue tu bebida.
—No. Di lo que tengas que decir ahora, no quiero estar noqueado antes de la noticia.
Buen punto. Damian llevó una mano al interior de su saco para sacar un sobre.
Colin miró con detenimiento a su amigo. Con aquel traje era la viva imagen de Bruce en su juventud, exceptuando por los ojos verdes que en aquel momento denotaban un sentimiento inusual en Damian: tranquilidad.
—Esto comienza a asustarme —dijo Colin una vez que Damian le tendió el sobre.
—No tienes por qué. Aún no.
Un mesero los interrumpió, poniendo sobre la mesa un cóctel de color rojo decorado con una cereza.
—No vas a morir, ¿cierto? —inquirió el pelirrojo, dudando en abrir el sobre o no.
—Por supuesto que no, idiota —rió Damian—. Anda, ábrelo.
Colin observó el sobre con detenimiento, percatándose entonces de que no era cualquier sobre. Era negro y grande, con decoraciones plateadas, y justo en el centro se leía "Señor Colin Wilkes" con letras impresas en cursiva. Parecía una carpeta, no un sobre, una carpeta muy fina. Colin pasó sus dedos cuidadosamente por las decoraciones, abrió una solapa y luego la otra. El interior guardaba una hoja negra metalizada con letras blancas. Una invitación.
Damian ya estaba bebiendo el cóctel de su amigo sin que éste se percatara, como producto de unos repentinos nervios. Una parte de él tenía miedo de la reacción que podría tener aquel muchacho que había sido su compañero y confidente desde la infancia.
—Termina ya con esto, ¿quieres? —le apresuró el menor de los Wayne. Colin obedeció, comenzando a leer las letras que parecían brillar.
STEPHANIE BROWN
Y
DAMIAN WAYNE
Solicitan el honor de su presencia en la celebración de su matrimonio.
14 de Mayo. 16:00 hrs.
Gotham, Mansión Wayne.
Colin miró a Damian, quien para ese momento había finalizado con el cóctel.
—Dijiste que no ibas a morir —le recriminó.
—Vaya ánimos, Wilkes —Damian se aflojó la corbata—. Creo que necesito otra copa.
—Brown —repitió Colin. Bajó la voz y continuó—. ¿Acaso no es Spoiler?
Damian rodó los ojos.
—Me voy a casar y tú preguntas eso.
—Creí que si un día te unías a alguien sería una persona normal.
Tal como habían hecho otros héroes, como Clark o Barry. Pero no, Damian seguía la línea que Batman con Catwoman, Nightwing y Batgirl.
—Oh, Colin, quiero mantener el negocio de la familia —contestó irónico.
—¿Cómo pasó?
Damian quedó pasmado. Realmente no era la típica historia que cualquiera en su lugar y con su edad habría contado. Él no la había conocido en un club o fiesta, la había conocido en el campo de batalla con diez años de edad. Tampoco le había atraído en un primer momento, para él era Fatgirl y no Batgirl, ahora no podía negar que el cuerpo que años atrás despreció en la actualidad le volvía loco. Su relación no había sido todo felicidad, sobre todo por el vacío que se desprendía cada vez que alguien les recordaba que Stephanie era mayor que él. Al final, toda su historia era poco ortodoxa.
—Sólo pasó —declaró Damian con sinceridad.
—Nunca lo imaginé, ¿cuánto llevan juntos?
Ahí estaba esa pregunta, y la respuesta era tan sorprendente que inclusive su padre y hermanos casi morían de un ataque al corazón.
—¿Acaso soy como Grayson y Drake? No todos vamos por ahí haciendo pública nuestra vida privada —contestó con molestia.
—Pero cuánto llevan juntos —insistió Colin.
—Ocho años —La normalidad y seriedad de su voz no tranquilizaron la reacción de su acompañante, mucho menos cuando agregó: —Quizá nueve.
—Tenías quince —Eso quería decir que Stephanie tenía….
—Veintiuno, ella tenía veintiuno —completó Damian por él.
—Bruce debió querer matarte.
Damian negó con la cabeza. Por el contrario, el más tranquilo había sido su padre, pero no fue el mismo caso con sus hermanos. Todas las avecillas estallaron en un sentimiento que mezclaba enojo y sorpresa, enojo que iba dirigido más a su padre por no recriminarle nada al menor. Y es que todos sabían que, de haberse tratado de cualquiera de ellos, no habrían corrido con la misma suerte. Ventajas de ser su verdadero hijo, como solía decir Damian cuando era más pequeño.
—El viejo lo tomó con calma —recordó el chico.
—Vaya —Colin se apoyó por completo contra el respaldo de la silla.
El menor de los Wayne asintió, le echó una mirada rápida a su reloj y en seguida se levantó de su asiento.
—Bueno, tengo que irme —informó—. Hay trabajo que hacer.
—Claro —asintió Colin—. Gracias por la invitación, estaré ahí sin falta.
—Gracias. Siendo así, nos vemos en una semana. Viste algo más formal ese día, ¿quieres?
Colin levantó una ceja. ¿Qué había de malo con los jeans y las camisetas? Bueno, ¿a quién engañaba? Era verdad, se vería fatal si iba con algo así a la boda de Damian Wayne.
Los Al Ghul no olvidamos y tampoco perdonamos.
Pobre niña, la has unido a esto desde hace mucho tiempo. Eres el responsable de que ella muera tan dolorosamente como tú.
No… porque eso sería sencillo, y, ya sabes, la familia tiene cierto gusto por los retos.
Te vigilamos sin que lo sospecharas siquiera. Te has vuelto muy confiado, ¿no has aprendido nada? Incluso hemos engañado al murciélago y a sus otras aves.
Así que, como imaginaras, sabemos qué es lo que sucederá a continuación.
Sabes, espero que hayas tomado en cuenta nuestro consejo. Quizá, antes de que puedas darte cuenta, todo estará perdido.
La cabellera rubia era inconfundible entre las sábanas, envuelta en fantasías que sólo los sueños puden brindar.
El celular en su mano vibró ante la llegada de un mensaje nuevo de su prometido. Antes de que pudiera despertarse, unos dedos ágiles lograron arrebatarle el dispositivo. Leyó el texto con curiosidad.
"¿Qué es lo que tienes que decirme?"
La sonrisa que se extendió en el rostro de Talia fue maléfica, terrorífica en cierto punto.
—Nunca lo sabrás, querido.
La mujer se dirigió al ventanal de la habitación, abriéndolo de par en par. Segundos después, cinco figuras entraron con aquel sigilo característico de la liga de las sombras.
—Llévensela —ordenó la hija del demonio—. Tenemos poco tiempo.
Las manos sobre su cuerpo, inmovilizándola, bastaron para que los buenos sueños se detuvieran y abriera los ojos. Su sangre se heló al sentir la presión que ejercían sobre ella, la falta de aire a causa de una mano que impedió que sus gritos fueran escuchados. Intentó pelear, pero era tarde, un somnífero hizo efecto. El pánico, el miedo, el horror, el sueño, todo se arremolinó contra ella. Lo último que vio fue unos ojos verdes iguales a los de él.
—Es demasiado pronto.
—No es mi culpa. Te di catorce años para estar listo.
