Capítulo 2

Kaoru no recordaba una tarde tan divertida como aquella. Había vuelto corriendo al dojo para cambiarse y, por suerte, ni Kenshin ni Yahiko estaban allí, de modo que se dio un baño, se puso su kimono favorito, azul celeste con diminutas flores rojas, se peinó y volvió al dojo de Fujame-san, esta vez no para entrenar. Él la recibió con una mirada de ojos brillantes que hizo que Kaoru se sintiese muy halagada, y después le regaló los oídos diciéndole lo hermosa que estaba con ese kimono.

Pasaron la tarde recorriendo los puestos; también pasearon por el puente y se sentaron frente al río a beber té helado mientras se refrescaban los pies en las aguas todavía frías. Fujame-san era tremendamente divertido; siempre tenía una anécdota interesante de su época como alumno de jiujitsu. Sí, Fujame-san había heredado el dojo de su familia de una forma completamente inesperada y dramática. Su padre, samurai, había muerto asesinado durante el Bakumatsu cuando él era apenas un crío de doce años. Fue entonces cuando su hermano mayor se hizo cargo de todo, pero tanto él como el segundo de sus hermanos murieron un año atrás de tuberculosis. Entonces él tuvo que dejar su entrenamiento y a su maestro en Kioto para volver a Tokio a hacerse cargo del dojo. Había recibido lecciones de kendo de niño, de modo que no partía de cero, pero definitivamente le estaba costando seguir el ritmo que Kaoru marcaba. Aún así no desistía; le gustaba la espada y era consciente de la responsabilidad que tenía frente a su familia. Eso a Kaoru le resultaba muy familiar. Habían charlado con sinceridad, se habían reído mucho y por mucho que Kaoru le miraba a los ojos no veía en él malicia. Después él le había pedido que, por favor, dejase de llamarle Fujame-san y le llamase Hideki. Tras varios intentos infructuosos, parecía que por fin lo había logrado. Volvieron a los puestos, se sentaron en un pequeño restaurante a tomar otro té y Hideki le pidió que la esperase allí un par de minutos. Al volver, le pidió que cerrase los ojos. Kaoru lo hizo, sonrojándose. Entonces sintió las manos de él en las suyas y cuando los abrió, vio el lazo más hermoso del mundo. Era rojo, pero no de un rojo normal; tenía el color del carmín, el color de la pasión. Notó que su rubor subía todavía más. Fujame-san... Quiero decir, Hideki... No puedo aceptarlo, ¡es demasiado hermoso! Él seguía sosteniendo sus manos y le sonreía de una forma que podría haber derretido la misma nieve. Fue imposible encontrar uno que hiciese juego con tus ojos. Creo que... Bueno, no creo que exista nada que se les parezca y por eso preferí coger el rojo... Espero no haberte ofendido ni haber sido demasiado atrevido. Yo solo... Kami, soy un idiota. Perdóname, Kaoru. Ella, emocionada por la belleza del lazo, había agitado la cabeza y le había dicho que no pidiera disculpas, que era el regalo más bonito que le habían hecho nunca. Era verdad.

Ahora caminaban hacia el dojo, ya de noche, entre risas. Kaoru se había puesto el lazo rojo en el pelo y reía en voz alta, como hacía tiempo que no lo hacía. Él la acompañó hasta la puerta del dojo Kamiya y antes de marcharse besó su mano, agachándose un poco, haciendo una leve reverencia. Kaoru sonrió, nerviosa.

—No puedo creer lo bella que eres, Kaoru— dijo. Ella abrió los ojos, sorprendida.

—A lo mejor has bebido demasiado te helado— contestó, apartando la mirada.

—Lo creí la primera vez que te vi y no había bebido una gota, así que no culpes al te— replicó, irguiéndose pero sin soltar su mano— ¿Mañana puedo invitarte a cenar?

—¿A cenar? — preguntó, sorprendida. Nunca un hombre la había invitado a cenar—. Yo...

—Te dejaré en el dojo antes de las diez, lo prometo— dijo él, sonriendo con dulzura. Ella asintió.

—Está bien. Pero tendrás que esforzarte en tu lección de la mañana—. Hideki soltó una risa.

—Si ese es el precio, entrenaré hasta morir— replicó, soltando la mano de Kaoru—. Buenas noches, Kaoru.

—Buenas noches, Hideki— dijo ella, haciendo una pequeña reverencia. Se giró y entró en el dojo.

Kenshin oyó la puerta del dojo abrirse y sacó el pescado de la olla; por lo menos había logrado mantenerlo caliente, aunque Kaoru había llegado más tarde de lo que esperaba. Seguro que querría ducharse después del entrenamiento, pero tendría que hacerlo después de cenar si no quería que todo se enfriase. Había dejado la pequeña mesa puesta en el patio, solo tenía que llevar allí las cosas. Los fuegos empezarían en una hora, de manera que aún les daría tiempo a cenar tranquilamente. No le había sido fácil conseguir los dos peces, pero después de toda la tarde intentándolo y con la ayuda de Sanosuke y Yahiko, consiguió pescarlos. Ellos también le habían observado preparar la mesa del patio y fue Sanosuke quien se llevó a Yahiko casi arrastras, sin necesidad de que Kenshin le pidiese nada. No le importaba que cenase con ellos, pero Sanosuke no había permitido la réplica. Antes de irse, Sano le dio un golpecito en la espalda —que había estado a punto de lanzarlo contra la pared del dojo—, acompañado de un consejo: Hazlo, Kenshin. Saldrá bien. Kenshin no era tonto; sabía lo que todos esperaban, pero él solamente le daría el lazo. Si por él fuese... Apartó el pensamiento de su mente respirando hondo, y salió al patio con el pescado en la olla, preparado.

—Buenas noches, Kaoru-dono— dijo. Entonces la vio, en el medio del patio, junto al pozo, mirando con sorpresa la mesa que él había preparado. Llevaba puesto el kimono azul celeste de flores rojas, el más bonito de los que tenía. ¿No había estado entrenando? Entonces se fijó en su cabello. Un lazo rojo. Kaoru no tenía ningún lazo rojo.

—Kenshin— contestó ella, mirándole con los ojos muy abiertos. Se quedaron los dos mirándose durante unos segundos, como si el tiempo se hubiese paralizado. Entonces Kenshin sonrió con ternura y se acercó a la mesa, colocando allí el pescado.

—Si ya habéis cenado no os preocupéis— dijo con voz dulce—. Sessha puede cenar solo, no pasa nada, Kaoru-dono.

Ella negó con la cabeza, acercándose a la mesa y sentándose frente a él.

—No, no he cenado. Es solo que... No sabía que, bueno... Que ibas a cenar conmigo. Quiero decir, cenas conmigo todos los días, pero no...

—Sessha quería daros una sorpresa— dijo Kenshin, sonriendo mientras tomaba su plato y empezaba a servirle pescado.

—¿Lo has pescado tú?

—Sanosuke y Yahiko han ayudado— contestó, tendiéndole el plato. Kaoru lo cogió. Kenshin se fijó en su mirada; no era la de siempre— ¿Queréis un poco de sake?

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Sake? ¿Vamos a beber? — preguntó. Kenshin se encogió de hombros.

—Si os apetece podríamos hacerlo— dijo suavemente. Ella asintió y él le sirvió, haciendo después lo mismo con su propio vaso. Kaoru lo tomó y miró el contenido con atención.

—Ahora tendríamos que brindar— susurró, perdiendo la mirada dentro la bebida. Kenshin frunció el ceño, sin entender.

—¿Oro?

—Cuando alguien te prepara una cena como esta y te invita a sake, hay que brindar antes de beber. Si no lo haces, tendrás mala suerte—. Kenshin levantó las cejas.

—¿Brindar?

—¿No sabes brindar? — preguntó, sorprendida. Kenshin bajó la mirada. Definitivamente, había demasiadas cosas que no entendía del nuevo Japón. Solía sentirse como si acabase de llegar de un lugar muy apartado donde las cosas funcionasen de otro modo. Kaoru extendió la mano y cogió la suya, con la que estaba sosteniendo su vaso; le hizo moverla hasta que chocó con suavidad con el vaso de ella, tintineando—. Esto es brindar. Por... por ti, Kenshin.

—¿Por... mí?

—Uno siempre brinda por algo. Puedes brindar por los buenos tiempos, o por la paz, o porque mi dojo siga siendo igual de triunfante— contestó ella, dando un pequeño sorbo a su vaso—. Ahora hemos brindado por ti.

—¿Por qué?

—No lo sé— contestó ella, encogiéndose de hombros—. Supongo... Supongo que porque yo... Yo... Da igual, Kenshin. Es solo un brindis.

—¿Podemos brindar otra vez? — preguntó Kenshin. Ella le miró extrañada.

—Cuando volvamos a llenar los vasos.

Kenshin se bebió el suyo de un trago, pese a estar lleno. Kaoru mantenía una expresión de sorpresa en el rostro que le hacía parecer todavía más niña de lo que era; sin embargo, le imitó bebiéndose todo el sake de un trago, sintiendo la bebida rasparle la garganta y las mejillas sonrojarse al instante. Entonces Kenshin llenó los dos vasos otra vez, en silencio; cuando le tendió el suyo le dedicó una sonrisa tan dulce que Kaoru estuvo a punto de dejarlo caer; sin embargo, lo sujetó y él acercó su vaso hasta hacerlos chocar suavemente.

—Por la sonrisa de Kaoru-dono— dijo, volviendo a beber sin dejar de mirarla mientras lo hacía. Ella sintió algo extraño en el estómago, una sensación que nunca antes había tenido. Sin embargo, tragó saliva y sonrió, fingiendo tranquilidad. El resto de la cena hablaron de los progresos de Yahiko, y de las nuevas conquistas amorosas de Sanosuke. Kenshin no mencionó nada de la salida de Kaoru ni tampoco de su resplandeciente lazo rojo. Cuando estaban recogiendo las sobras de la cena, los fuegos comenzaron. Kaoru ahogó un suspiro.

—Son los fuegos— murmuró, mirando hacia el cielo, aunque desde allí no se veían. Kenshin la miró con dudas, pero al final se lo preguntó.

—¿Queréis ir a verlos al río? —. Kaoru le miró durante un par de segundos y finalmente esbozó una débil sonrisa mientras se giraba hacia su dormitorio.

—Estoy cansada. Otro día, Kenshin.

Había sido un día caluroso, peor todavía que el anterior. Kenshin se estaba refrescando la cara con el agua del pozo cuando Kaoru apareció corriendo, cargando con el bokken y el macuto con todas las cosas de las clases de kendo.

—Bienvenida, Kaoru-dono— dijo, sonriendo mientras se echaba un poco de agua en la nuca. Incluso a esa hora, cayendo el sol, el calor era terrible. Ella dejó todas las cosas que cargaba en el suelo.

—¡Por favor, Kenshin, guarda eso! ¡Tengo mucha prisa!

—¿Oro?

Kaoru salió corriendo hacia su dormitorio y en el tiempo en que Kenshin cogía sus cosas y las iba colocando, el bokken en su sitio, la ropa a lavar... Ella salió vestida con un kimono blanco con dibujos de pequeñas flores grises. Llevaba el pelo suelto y el lazo rojo en él. Kenshin se quedó parado en medio del pasillo, con la cesta de la ropa vacía, mirándola.

—¡Busu! — gritó Yahiko, saliendo del dojo—. ¿Dónde vas? ¡Tenemos que entrenar!

—Ya hemos entrenado esta mañana, Yahiko— contestó ella, mirándolo con cara de pocos amigos.

—No te atreverás a decirnos que vas a dar una clase, ¿no? A esta hora ningún dojo organiza clases.

—¿Te parece que vaya a dar clase con esta ropa, idiota? — le preguntó ella, enfadada. Kenshin sostenía la cesta de la ropa sin mover un solo músculo.

—¿Entonces donde vas? ¿Tienes una cita? — insistió Yahiko, apoyándose contra la pared. Kaoru bufó.

—¿A ti que te importa?

—Pues sí me importa. Soy tu discípulo, tengo derecho a saber a qué te dedicas.

Ella le mostró un puño en un gesto claramente violento.

—Como no te calles, verás a qué me dedico.

—Calma, calma— dijo Kenshin, dejando la cesta en el suelo y acercándose a Yahiko.

—Kenshin, no te entiendo— replicó Yahiko, apartándose de él y lanzando el bokken contra el suelo— ¿Es que no tienes sangre en las venas? Te la están levantando en tus narices.

—¡Yahiko, eres imbécil! — gritó Kaoru, corriendo hacia él, aunque con esas ropas no tenía oportunidad de alcanzarlo. El chico saltó el pequeño muro del dojo y desapareció entre los árboles mientras Kaoru le maldecía agitando la cabeza—. Maldito niño estúpido...

Kenshin vio cómo se giraba hacia él con una mirada extraña que no era capaz de descifrar. ¿Era miedo? ¿De verdad podía serlo? Si Kaoru le tuviese miedo, entonces todo lo que había hecho hasta ese momento no tendría sentido. Pero, ¿por qué iba a tenerle miedo? No, no era eso. Tenía que ser otra cosa... Kenshin sonrió, agachándose de nuevo a coger la cesta.

—Disfrutad de la noche, Kaoru-dono— dijo, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Ella asintió.

—Buenas noches, Kenshin.

Yahiko persiguió a Kenshin durante toda la elaboración de la cena; intentó por todos los medios provocarle, insinuándole todos los sitios a los que Kaoru podía ir, qué podía estar haciendo. Kenshin le contestaba con evasivas, pero cuando recogió la cena y Yahiko se fue a dormir, se quedó pensando. Se sentó en su habitación, como solía dormir: sentado, con la katana al hombro, de la forma en que había aprendido a hacerlo de niño. No sabía hacerlo de otra forma; solamente había conseguido dormir en la cama el breve periodo que había estado casado. Sin embargo su cabeza no paraba y no lograba conciliar el sueño, de modo que subió al tejado y se sentó allí con su espada, mirando las estrellas. EL calor era tal que incluso de noche la ropa se le pegaba al cuerpo por el sudor, dificultando todavía más la tarea de dormir. No dejaba de preguntarse dónde estaría Kaoru y al mismo tiempo, de sentirse mal por pensar en eso. ¿Qué derecho tenía él sobre ella? Ninguno, absolutamente ninguno y, sin embargo... Metió la mano en el bolsillo interno de su yukata y sacó el lazo índigo que había comprado. Era suave y lo acarició sintiendo una punzada de culpa. Olvídalo de una vez, se dijo, fijando los ojos en la luna. Todo lo que tocas, lo dañas.

No podría decir cuánto tiempo llevaba en el tejado cuando lo oyó. Era un sonido de voces en la puerta del dojo. ¿Alguien intentando entrar de noche? ¿Se había dormido? Desde el tejado vio cómo la puerta se abría lentamente y entraba Kaoru. Como por instinto, se agazapó en el tejado para no ser visto. Entonces vio que Kaoru no entraba sola. Tras ella lo hacía un hombre alto y apuesto, joven, de cabello oscuro y corto y bien vestido. El hombre del festival de los colores. Era el mismo que le había recomendado comprar el lazo rojo.

Kaoru y aquel hombre entraron dentro del dojo y ella le enseñó el patio mientras él hacía bromas. Ella no paraba de recordarle que tenía que guardar silencio, y de pedirle que bajase la voz. ¿Está borracha? Al verla caminar se dio cuenta de que sí, de que lo estaba. Estuvo a punto de bajar del tejado, pero entonces vio cómo ella sonreía a aquel hombre mientras tocaba su lazo.

—¿De verdad te gusta cómo me queda?

—¿De verdad vives con el Hitokiri Battousai? — preguntó el hombre, sonriendo mientras se acercaba a ella. Kaoru le devolvió la sonrisa.

—Se llama Kenshin.

—Kenshin— repitió el hombre, cogiendo a Kaoru de la mano. Desde donde estaba Kenshin pudo ver su cara de sorpresa—. ¿Corro peligro?

Kaoru rió.

—No— dijo, mirando sobre su hombro—. Está en su dormitorio. Además, él nunca hace daño a nadie. Es buena persona.

—Bueno, fue un asesino del Bakumatsu— replicó el hombre, acercándose más a Kaoru.

—Pero ya no lo es.

—Me alegra saberlo. ¿No te asusta vivir con él?

—No— contestó Kaoru—. Me siento segura. ¿Me has acompañado para hablar de Kenshin o para ver el dojo?

Kenshin sintió una punzada en el pecho, como si de pronto se quedase sin aire. Entonces vio cómo el hombre se acercaba hasta Kaoru acortando todo el espacio que había entre ellos, dejándola atrapada contra la pared de piedra del muro.

—Kaoru... Estoy terriblemente enamorado de ti.

El pinchazo del pecho de Kenshin se convirtió en una mano ahogándole, apretándole fuerte la garganta. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué quería decir con que estaba enamorado? Mientras intentaba entender qué estaba pasando, vio con estupefacción cómo el hombre se acercaba hasta Kaoru hasta besarla. Si Kenshin no se cayó del tejado fue de puro milagro. Se quedó con la vista clavada en ellos, viendo como aquel hombre agarraba a Kaoru de la cintura y la besaba de una forma poco casta. Ella no le apartaba, aunque tampoco se movía. Estuvieron así durante unos segundos, besándose mientras aquel hombre apretaba la cintura de Kaoru con una mano y con la otra le acariciaba el pelo. Kenshin sentía los ojos doloridos y se dio cuenta de que no había pestañeado durante todo el tiempo. Cuando lo hizo vio cómo el hombre se separaba, sonriendo y susurraba algo que no alcanzó a escuchar. Kaoru, que estaba sonrojada, también le contestó algo. Entonces el hombre se acercó de nuevo y la volvió a besar, pero esta vez fue un beso más rápido, para después salir por la puerta del dojo. Kaoru se quedó allí, apoyada en el mismo sitio, con el peinado deshecho, el lazo medio caído y una mano sobre los labios. Kenshin la siguió mirando hasta que, tras un rato, se separó de la pared y caminó con paso lento hasta su dormitorio. Entonces bajó del tejado sin hacer ruido, con su sakabato, y se metió en su dormitorio, sentándose contra la pared y suspirando profundamente. Mierda, pensó. Esa noche había descubierto a Kaoru con un hombre, pero había descubierto algo peor. Había descubierto que él quería ser ese hombre. Cerró los ojos intentando dormir, pero no pudo.

Las tres siguientes noches Kenshin no volvió al tejado, pero sintió la puerta abrirse también tarde, y oyó las mismas voces hablar entre susurros en el patio. La mañana del cuarto día, mientras compraba verduras en el mercado, sintió un brazo tirar de él. Se giró sorprendido y se encontró con Megumi.

—Ven ahora mismo, Ken-san— ordenó, con su mejor cara de enfado. Kenshin no rechistó y la seguió hasta la consulta. Allí le hizo entrar en un reservado y casi le forzó a tomar asiento. Desapareció para aparecer al poco rato con una jarra de sake.

—Gracias Megumi-dono, pero por la mañana no...

—Ken-san, haz el favor de beber un poco conmigo—. No pudo decir que no. Ella se sentó frente a él y dio un sorbo del vaso—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?

—¿Oro?

—Estás demacrado. Ya lo sabes, claro.

Kenshin dio un sorbo largo a su te para ganar tiempo, preguntándose porqué narices tenía que ser más difícil luchar contra las mujeres que contra los Jupongatana.

—Sessha no sabe a qué os referís, Megumi-do...

—Sabes perfectamente a lo que me refiero. Yahiko me ha contado que te vio en el tejado, espiando a Kaoru. Sanosuke también lo sabe.

Kenshin frunció el ceño. ¿Yahiko lo había visto el otro día? ¿Entonces él también había estado agazapado por ahí? Estupendo,, pensó con amargura.

—Sessha no quiso espiar. Fue un accidente.

—Eso me da igual. Quiero hablarte de lo que viste. Y de lo que no viste.

—Disculpad, Megumi-dono, pero eso es parte de la intimidad de Kaoru-dono. Sessha no tiene derecho a...

—Escúchame, Ken-san— Megumi extendió una mano hasta coger la suya en un gesto tan sorpresivo que Kenshin estuvo a punto de soltar el té—. Como no reacciones ya, la vas a perder. No, espera, escúchame. Sé que crees que no la mereces... Tal vez creas que la estás protegiendo alejándola de ti, pero la harás infeliz. La estás empujando a ese hombre y creéme, ella está dispuesta a entregarse a él si así consigue olvidarte, pero eso solo la hará más desdichada.

Kenshin volvió a sentir como las palabras se le clavaban en el pecho, más frías que el filo cortante de una katana. Tragó saliva intentando mantener la compostura.

— Sessha... Lo siente.

—¿Por qué no hablas con ella y le dices la verdad? Dile lo que sientes. Yo sé que lo sientes. Te he visto mirarla, Ken-san. No puedes engañar a nadie.

Kenshin bajó la mirada, avergonzado.

—¿Como podría sessha...? Kaoru-dono es buena, ella jamás ha dañado a otra persona. Tiene un corazón...

—Kenshin— dijo Megumi, apretándole la mano. Era la primera vez que le llama así, sin nada más; Kenshin la miró—. Kaoru no es un ángel, no es una diosa; solo es una chica sola y enamorada. No quiere de ti nada que no puedas darle.

Kenshin le sostuvo la mirada.

—No hay nada que sessha pueda darle, más que su gratitud— susurró. Megumi suspiró, soltándole la mano.

— Pues entonces, si de verdad vas a dejarla ir, deja el dojo de una vez y búscate otro lugar. ¿O vas a velar su puerta en su noche de bodas?

En el trayecto de vuelta al dojo Kenshin caminó más despacio de lo normal, como si todo su cuerpo pensase una tonelada. ¿Y si...? Sacudió la cabeza, descartando cualquier idea peregrina. Tenía que irse. Tenía que romper su promesa de quedarse, porque o lo hacía o acabaría perdiendo el control.

Cuando entró en el dojo se encontró con Kaoru, que estaba preparando la comida.

—Kaoru-dono— dijo casi en un susurro, haciendo una reverencia con la cabeza. Ella bajó la vista.

—Kenshin. Creí que no vendrías a tiempo, así que empecé la comida. Será un desastre, lo sé.

Él se acercó a ella y tomó un cuchillo, empezando a cortar verdura a su lado.

—No lo será— murmuró, sin mirarla—. A sessha le gusta cuando cocináis.

Kaoru sonrió.

—No es cierto, pero te lo agradezco igualmente— dijo. Ambos estuvieron cortando verdura un rato, hasta que Kaoru ahogó un grito—. Maldición.

Kenshin se giró y vio que se había cortado. Era un corte profundo y sangraba mucho. Dejó el cuchillo y cogiendo su propio mandil envolvió con él el dedo, apretando.

—Vamos a sentarnos— dijo, viendo lo pálida que Kaoru se había puesto. Ella asintió con la cabeza y Kenshin la guió hasta el suelo. Se sentó junto a ella, apretando con fuerza la tela contra el dedo. Después de un rato miró y sangraba menos, pero seguía demasiado abierta—. Sessha va a tener que coseros— susurró, sin dejar de apretar la herida. Kaoru suspiró.

—¿Crees que es necesario?

—Sí—. Kaoru seguía igual de pálida. Kenshin se fijó en su propia mano, con la que sujetaba el mandil. Estaba llena de la sangre de Kaoru. Sintió un sudor frío en la espalda—. Apretad aquí mientras sessha trae hilo y aguja.

—Están en mi dormitorio, Kenshin— dijo ella cuando él se levantó. Kenshin asintió y corrió al dormitorio. No estaban ni Yahiko ni Sanosuke, pero no era una herida grave. Abrió la puerta corredera de la habitación de Kaoru, con reservas. Todo estaba desordenado, con la ropa amontonadas en las esquinas y el jergón deshecho, de modo que tardó un rato en dar con la aguja y el hilo. Allí, junto a la almohada, vio el lazo rojo.

—No os mováis, por favor— susurró mientras empezaba a coserle con delicadeza. Le dio cinco puntos, con toda la suavidad de que fue capaz.

—Pensé que dolería más— dijo ella cuando terminó—. Has hecho... Has hecho que pareciese dulce.

Kenshin la miró con sorpresa, al tiempo que le colocaba la venda. Fue entonces cuando vio sus manos, heridas por el duro trabajo que estaba haciendo. Se detuvo un momento, sin haber terminado de venderle el dedo.

—Vuestras manos— susurró, mirándolas. Kaoru hizo un gesto rápido para voltearlas y que no las viera, pero Kenshin la detuvo, agarrándola con suavidad—. Tenéis manos de guerrera— dijo, volviendo a girar la derecha, dejando la palma hacia arriba—. Durante el Bakumatsu, conocí a algunas mujeres que sacaron adelante los dojos de sus familias. Sus maridos habían sido asesinados y ellas tomaron la espada y pelearon; no era una pelea en el sentido habitual, no una en la que otros muriesen. Era una pelea por la memoria de sus familias, por sobrevivir en un tiempo difícil. Ellas... Guardaron el honor de la espada en una época en la que otros lo deshonrábamos. Tenían... vuestras manos. —. Cuando levantó los ojos hacia Kaoru, vio que ella estaba llorando. Le he hecho llorar, se dijo, sintiendo una punzada de dolor. No era eso lo que quería, ¿por qué no podía simplemente estar callado? —. Kaoru-dono, sessha no...

—Kenshin— susurró ella, retirando la mano que él sujetaba y secándose las lágrimas, al tiempo que se ponía de pie, mirándolo desde arriba—. Ojalá pudieras verte como yo te veo. Sería... Podríamos... Discúlpame.

Salió corriendo, con el dedo a medio vendar.

La noche había sido divertida, como todas las que salía a pasear o a cenar con Fujame-san. En las dos últimas semanas se habían visto prácticamente a diario, y cuando pasó aquello, cuando él la besó de aquella manera... Kaoru nunca antes había besado a un hombre. Siempre había creído que sería de otra manera. De niña soñó con que su primer beso sería con el hombre de sus sueños, el día de su boda. Así debía ser. Al ir creciendo le pareció que eso de que fuese el día de su boda no era tan importante, pero seguía esperando que llegase ese chico que con rozarla le hiciese temblar. Y cuando conoció a Kenshin... Desde el primer día había imaginado cómo sería besarle. A veces se sentaba en el patio y le veía tendiendo y se preguntaba cómo sabrían sus labios; solo al pensarlo el estómago se le encogía. Pero... Pero... Kenshin no había dado una sola señal de estar dispuesto a dar ese paso. Cuando regresaron de Kioto, tras derrotar a Shishio, por un momento pensó que él daría el paso, pero no lo hizo. Simplemente volvieron a su rutina. Él le dijo que quería vivir con ella, y así fue, pero no pasó nada más. Y cuando Enishi se la llevó, al volverse a ver... Él había recuperado el brillo de sus ojos, pero tampoco había dado ningún paso. Es más, parecía feliz de aquella manera, como si no necesitase nada más de ella. El tiempo pasaba y Kaoru cada vez estaba más convencida de que Kenshin estaba bien así. Cuando escribió a Misao hablándole de Fujame-san, su contestación no se hizo esperar.

Querida Kaoru,

Ojalá tuviese una respuesta para tus preguntas, pero estoy más perdida que tú. Me paso los días esperando en la puerta del templo, trayendo te y ropa limpia para Aoshi-sama, deseando que tan solo levante la vista y me mire. Muchas veces me doy cuenta de que esto no es vida. Tengo diecisiete años, sé que podría encontrar otra cosa, pero ahora mismo no tengo fuerzas para rebelarme contra mí misma. Si las tuviera, lo haría. Estoy en la cárcel que yo misma he elegido. Sin embargo, yo no estoy sola. Toda mi familia está conmigo. Si estuviese sola, sería distinto. No podría esperar por Aoshi-sama para siempre. Además, tú has conocido a un hombre bueno. No es fácil encontrar a un hombre que merezca la pena y que te ame sin reservas, como eres. Fujame-dono por lo que me cuentas lo hace, entonces, ¿por qué no darle una oportunidad? Tal vez si solo sales con él a cenar, si solo habláis... Tal vez si le abres tu corazón, él lo llene. No es bonito vivir en una cárcel. A lo mejor si le das la oportunidad, él te de lo que esperabas de Himura. Sabes que yo adoro a Himura pero él... Él está demasiado roto, como Aoshi-sama. Ellos murieron en el Bakumatsu. Nosotras estamos vivas, Kaoru. Si esperas por un muerto, tú también acabarás muriendo.

Fujame-san, es decir, Hideki la cogía de la mano mientras buscaban mesa en uno de los restaurantes occidentales que habían abierto en la zona. Estaba hablándole de la flor del cerezo, aunque Kaoru estaba distraída. No podía olvidar las palabras de Kenshin cuando cogió sus manos. No solía hablar del Bakumatsu y cuando lo hacía había demasiada pena en su voz. Ellos murieron en el Bakumatsu. Ella no podía dejarse morir, no podía hacerlo. Ella no sería como Tomoe. Su corazón ardía de deseos por vivir, quería reír, quería viajar, quería despertarse por las mañanas notando el abrazo cálido de alguien que la acompañase en sus días y noches. Acarició la mano de Hideki, pasando el pulgar por ella, en un gesto pretendidamente atrevido. Él la miró con una sonrisa.

—Kaoru— dijo, retirando un asiento del restaurante para que ella se sentase. Los occidentales lo hacían en esas sillas altas tan incómodas, pero a Kaoru le parecía divertido probar cosas nuevas. Se sentó con cuidado, intentando no arrugar su kimono—. ¿Sabes? Anoche soñé contigo.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿De verdad? ¿Y era algo bueno?

—No sé cómo podría no ser bueno soñar contigo— contestó Hideki, tomando asiento frente a ella—. ¿Estás cómoda?

—Ahora no intentes escaquearte. Has dicho que soñaste conmigo, así que tienes que contarme qué fue lo que soñaste.

—Pues, verás... Soñé que... Me da un poco de vergüenza.

—Mi querido Fujame-san, espero que no hayas soñado nada inapropiado— dijo, sonriendo. Le gustaba tener confianza con él como para hacer ese tipo de comentarios. Él soltó una risa, divertido.

—No, no fue nada inapropiado. Soñé que estaba en el dojo... En tu dojo. Estaba buscándote. Entonces abría la puerta de tu habitación despacio y te veía dormir. Me sentaba a tu lado y pasaba la noche mirándote respirar.

Kaoru se había sonrojado tanto que notaba calor en las orejas.

—Vaya, Hideki. Si que era un poco inapropiado— dijo con voz suave, intentando imitar el tono de voz de Megumi. No quería parecer infantil, pero realmente era poco apropiado que un hombre soñaste con entrar en su dormitorio de noche aunque sólo fuese para verla dormir.

—¿De verdad? Lo siento, Kaoru— dijo él, cambiando la mirada por una de pesar. Ella agitó la cabeza.

—No, no, no te disgustes, por favor. Es solo que... A veces... No sé qué se espera de una chica en ciertas situaciones. No sé qué se espera de mí.

—Yo espero que estés bien. Si algo te disgusta, dímelo y no lo haré más. Si algo te gusta, dímelo y lo haré mil veces. Si tienes dudas, dímelo y esperaremos hasta que desaparezcan— murmuró él, cogiendo su mano y acariciándola. Es el hombre perfecto, pensó Kaoru, sonriendo. Es perfecto, y sin embargo... Sin embargo... Pensó en las palabras de Misao y apretó su mano más fuerte. Estoy viva.

Estoy viva.