Gracias por las review! Mañana contestaré personalmente todas cuando suba el siguiente capítulo, que hoy he ido mal de tiempo. Me alegra que os guste y tendré en cuenta todas las opiniones para seguir modificando cosas, porque hay muchas que no me gusta cómo resolví, así que está en total revisión, todo es susceptible de cambiar. Un abrazo!


Capítulo 7

Hacía calor, mucho calor. Bufó mientras Jun le agarraba del brazo con suavidad, marcando un contacto casual de sus dedos contra su piel. La miró por el rabillo del ojo. A ella no parecía molestarle la temperatura de Tokio, ni los cientos de personas que parecían agolparse en ese mercado. Resopló, parándose frente al enésimo puesto. ¿Por qué no se habrían alojado en un hostal, en vez de en aquella casucha en medio de la nada? Sí, había sido idea suya, pero cuando tomó la decisión le pareció que de ese modo no se sentiría tan desubicado, escogiendo un sitio lo más parecido posible a donde vivía en Kioto... Nada más lejos de la realidad. Mientras observaba con aprensión la anguila que Jun estaba a punto de comprar, sintió su ki, claro como si su voz le hablase. Se giró y lo vio, a lo lejos, entre la multitud. Iba con una muchacha bajita, bajita de verdad, incluso más que él, con aspecto de niña. Él cargaba una cesta de mimbre llena de verdura en su brazo derecho y se había detenido en un puesto de legumbres, donde sonreía a la tendera.

—Jun, ¿ves a ese de ahí? — dijo, tirando ligeramente de su brazo. Ella se giró hacia donde él miraba.

—Hiko-san, hay mucha gente. ¿A quién...?

—El chico de pelo rojo. Ese que parece imbécil pagando lo que le pide la tendera sin regatear—. La mujer abrió la boca, sorprendida.

—¡Oh! ¿Es...?

—Sí— contestó Hiko, mostrando una sonrisa repleta de dientes. Supo que el hombre de pelo rojo lo había sentido, del mismo modo que él lo había sentido antes, porque sintió sus ojos sobre sí mismo—. Voy a presentártelo.

—¿Cómo debo tratarle, Hiko-san? ¿Lo trato de usted?— preguntó ella, visiblemente nerviosa. Jun era una mujer que respetaba profundamente las convenciones sociales y eso siempre le había parecido divertido. Hiko soltó una risotada y la agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella y besándola en la mejilla. Sabía que su estúpido discípulo los estaba mirando y si no fuese porque no quería incomodar demasiado a Jun, la habría besado apasionadamente.

—Puedes llamarle baka-san—. Jun no debió encontrar su chiste gracioso, porque no se rió. Se acercaron hacia la extraña pareja que formaban el espadachín pelirrojo y la niña vestida de ninja—. ¡Baka deshi! Veo que no pierdes el tiempo. ¿Es tu nueva novia? No se puede decir que no tengas buen gusto, aunque lo siento por ellas. Es una pena ser tan bonita y no encontrar nada mejor.

Kenshin se sonrojó visiblemente. Tiene casi treinta años y parece el crío de diez que pillé meándose en la cama. Viéndole así, con ese aspecto, le parecía increíble que fuese el hombre que atemorizó la ciudad de Kioto cuando apenas había terminado de crecer. Tenía que haberle bajado los humos con el bokken, pensó. Lo había pensado cientos de veces y, sin embargo, el pasado estaba escrito.

Shisho— susurró él, entre dientes, haciendo una reverencia con la cabeza. Después giró la vista hacia Jun—. Señora— añadió, haciendo otra reverencia. Ella también hizo una pequeña reverencia.

—Arame Jun— contestó simplemente—. Vos debéis ser el joven discípulo de Hiko-san—. La chica que a compañaba aKenshin soltó un grito de júbilo.

—¡Tú! — Hiko vio cómo Kenshin la miraba con los ojos muy abiertos—. ¡Eres Hiko Seijuro, maestro del Hiten Mitsurugi ryu! ¡Kami-sama, no puedo creerlo! ¡Eres muy joven!

Hiko le lanzó a Kenshin una mirada soberbia.

—Disfrutar de la vida te mantiene joven— dijo, levantando una ceja. Kenshin tenía el ceño fruncido, claramente incómodo.

Shisho, ¿qué haces aquí? — preguntó, sin contemplaciones. Hiko le miró detenidamente. Aunque su aspecto era prácticamente el mismo que cuando lo vio un año atrás, en su camino a Kioto, su ki parecía estar agitado. Sus sombras vuelven a perseguirle, se dijo. Se preguntaba si realmente lo conocía. Cuando le enseñó el amakakeru ryu no hirameki estuvo seguro de que sí, de que en el fondo seguía siendo ese niño impetuoso y de buen corazón que había cavado decenas de tumbas, de buenos y malos, con sus pequeñas manos. Sin embargo, a veces...

—Habrás oído que un viejo maestro viene a la ciudad a pasearse por los dojos—. Los ojos de Kenshin se abrieron de par en par y Hiko no pudo evitar soltar una carcajada ante ese gesto infantil que tantas veces había visto—. Tranquilo, baka deshi, no soy yo el viejo maestro, pero sí un antiguo amigo al que llevaba años deseando ver. He venido a hacerle una visita y, de paso, a enseñarle a Jun que hay vida más allá de Kioto—. Vio cómo los ojos de Kenshin se posaba sutilmente en los de Jun. Se pregunta quién es, se dijo, divertido. Para mi estúpido discípulo es incomprensible coger de la mano a una mujer sin estar casado con ella. Así le va. Él, por su parte, miró a la niña vestida de ninja—. ¿No piensas presentarnos a tu novia? — dijo a propósito. Kenshin volvió a sonrojarse.

—¡No soy la novia de Himura! — gritó la muchacha, frunciendo el ceño. La mitad del mercado se giró para mirarles y el color de la piel de Kenshin ya podía fácilmente confundirse con el de su pelo. Hiko se lo estaba pasando en grande—. Soy una amiga. Mi nombre es Misao.

—Misao-chan— repitió Hiko, haciendo una ligera reverencia con la cabeza. La niña le dedicó un gesto hosco, claramente descontenta con el tratamiento que había usado con ella.

Shisho, tenemos algo de prisa— dijo Kenshin, casi en un murmullo. Hiko le dio una palmada en el hombro que estuvo a punto de derribarle.

—No te preocupes, mi querido e idiota discípulo. Esta noche cenarás conmigo y con Jun—. Kenshin abrió la boca para protestar, pero Hiko levantó la mano para acallarle—. Y vente con tu novia, la que sea que tengas ahora.

Shisho...

—Vamos, vamos. No puedes decir que no. ¡Cocinaré para ti!


Hideki bajó la espada, exhausto. Había sudado todo el sake que llevaba bebiendo en los últimos quince días y, aunque no podía más físicamente, notaba su cerebro renovado, como si se hubiese quitado un duro peso de encima. Kaoru se secó el agua de la boca con el dorso de la mano, de la forma menos femenina que jamás podría imaginar. Es perfecta, pensó, embelesado, cuando ella le sonrió. Sus ojos azules brillaban ese día como si el sol se reflejase en el ellos y sus mejillas, sonrojadas, le daban un aspecto dulce. Todavía se podía ver en ellas el resto del morado que él le había causado; ese día se había arrepentido de entrenar con ella a ese nivel, pero pronto se le había pasado el arrepentimiento. Aquel era el sueño de Kaoru: ella era kendoka, y el kendo eran golpes. Si tenían que golpearse para que ella pudiese progresar y convertirse en maestra, se tragaría sus sentimientos al respecto.

—¿Aguantarás otro asalto? — dijo ella, acercándose a él con el shinai en la mano. Llevaban tres horas entrenando y ella parecía fresca como una lechuga, mientras él no podía apenas moverse. Sin embargo, sonrió con todas sus fuerzas.

—No me subestimes, Kaoru Kamiya— contestó, entrecerrando los ojos y sosteniendo frente a ella su shinai.

—Hideki, sube esa guardia— replicó Kaoru, soltando esa risa—. ¿Es que ya no puedes con tus brazos?

—Mis brazos están perfectamente— dijo él, lanzándole un ataque. Kaoru lo frenó echándose hacia delante y levantando su shinai.

—No sé, yo te veo cansado. No creo que puedas seguirme el ritmo.

Él volvió a atacar, aunque realmente apenas tenía fuerzas.

—Todavía queda bastante de mí— replicó, intentando ocultar un jadeo agónico.

—Eso ha estado bien— dijo Kaoru, levantando las cejas en un gesto de fingida sorpresa. Hideki rió. Sabía que había sido un desastre de ataque, pero ella necesitaba entrenar. Solo así podría conseguir su título de maestra y aunque era perfectamente consciente de que con él no avanzaría mucho, por lo menos se mantendría activa. Todavía no lograba entender porqué no practicaba con Himura, aunque prefería no pensar demasiado en ello. La sola imagen del espadachín, con su rostro serio, bebiendo sake como un ejército y sin inmutarse mientras él le confesaba sus más profundos sentimientos, era demasiado.

—Se supone que eres tú la que te estás entrenando ahora mismo, no yo— replicó Hideki, atacando otra vez. Kaoru se echó hacia un lado y le dio un revés con el shinai, deteniéndose a tiempo para frenar el impacto, ya que ninguno de los dos llevaba armadura ni tampoco máscara.

—Hideki— llamó Kaoru. Él se giró y vio que había bajado su guardia y le miraba con gesto pensativo— Había pensado... ¿Te apetece salir a dar un paseo?

Él la miró con sorpresa y su mente viajó a la última vez que había estado a solas con ella fuera del dojo, el día en que ella decidió poner fin a lo que fuese que había empezado a surgir entre ellos. Recordaba el paseo junto al río, con el te helado que compartían. Recordaba cómo se habían sentado en las rocas y cómo ella, tras agarrar su mano, le había sido completamente sincera. Le había hablado de Kenshin Himura. Le había dicho que su corazón le pertenecía desde la primera vez que le vio. Y sin embargo, ahora... ¿Qué debía pensar? Agitó la cabeza. "Somos amigos", se repitió, mirándola a los ojos, esos hermosos ojos azules. "Somos amigos que van a dar una vuelta después de entrenar. Kaoru no tiene malicia".

—Sabes que no puedo decirte que no a nada— respondió, sonriendo mientras extendía la mano para coger su shinai. Cuando ella se lo dio notó, por un instante, cómo sus dedos se encontraban. No podía ser una casualidad. Deseaba que no lo fuese.