Quiero agradecer los comentarios en mi historia, no creí que fuese a gustarle a mucha gente, así que me siento muy halagada. Al final estoy pudiendo escribir más de lo que creía (procrastinando por encima de lo asumible), con todo este asunto del corona virus en mi país, España, está todo muy parado. Sin embargo no puedo asegurar que vaya a actualizar todos los días, igual un día subo dos capítulos y luego otro no subo nada. Intentaré ser constante. GRACIAS! Y si me dejo alguna review sin contestar, mil disculpas, soy un poco desastrosa con la tecnología.

Kaoru Takani: primero, muchas gracias por tus review, me gusta mucho leerte, siempre aportas cosas muy interesantes, y siempre pienso en tus comentarios cuando corrijo cosas, me orientan mucho. Espero que te guste el curso que toman las cosas!

kaoruca: gracias por tus review! Con el tema del canon que me pusiste en el otro capítulo, la verdad es que cuando lo escribí en su día no recuerdo si era consciente de que Hiko ya conocía a Misao. Ahora sí lo sabía, pero preferí mantenerlo porque si no era mucho que cambiar y me pareció una alteración menor que afectaba poco al canon, así que sí, fui un poquito hereje jeje gracias por el recordatorio! Espero que te guste lo que viene.

Vilbern: muchas gracias! Espero que sigas disfrutando del ritmo de la historia.

Glenda: muchas gracias por tus bonitas palabras, me animan a seguir escribiendo! Un abrazo


Capítulo 11.

Dejó que la cuerda se escurriese suavemente entre sus dedos, haciendo que el cubo fuese descendiendo hasta el fondo del pozo mientras se pasaba la otra mano por el cabello mojado. Ya era de noche y podía escuchar la voz de Kaoru canturreando melodías desde el baño. Se lo había preparado nada más terminar el entrenamiento. "Báñate tu primero, de verdad que no me importa", dijo ella, pero Kenshin había preferido hacerlo con el agua fresca del pozo; la noche era cálida y, en cierta medida, le hizo recuperar las sensaciones de su adolescencia, cuando él y Hiko se bañaba en el río helado nada más terminar de entrenar. En ocasiones le había parecido una tortura y había intentado escaquearse de todas las formas posibles, pero después, ya limpio, el sentimiento de relajación era mucho mayor. En ese mismo río de aguas gélidas Hiko le había enseñado a nadar, usando un método bastante efectivo consistente en lanzarle la espada de madera al medio de la corriente y no dejándole salir del agua hasta que volviese con ella. Cuando aprendió a mantenerse a flote, su maestro decidió que era buena idea recuperar la espada cargando con una mochila llena de piedras. Una vez había llegado a tragar tanta agua que todo se volvió negro; pensó realmente que era el fin, hasta que sintió el brazo fuerte de su shishou tirando de él hacia arriba. ¿Crees que voy a estar toda la vida para sacarte a flote cuando te estés ahogando?, le había dicho.

Sonrió mientras soltaba el cubo y apretaba su cabello, escurriéndolo en la boca del pozo y sintiendo algunas gotas de agua resbalar por su nuca. Shishou, pensó. La noche anterior había dormido apenas un par de horas. Hiko le preparó una especie de futón improvisado en la cocina de la pequeña casa de madera, pero Kenshin cogió la manta y, enroscándose en ella, se sentó a dormir en la entrada, mirando las estrellas, sujetando su sakabato. Miró la estrella ronin hasta quedarse dormido. Aquella noche había vuelto a soñar, después de mucho tiempo, con ella. Sin embargo, había sido distinto que las otras veces. No había sangre, ni frío, ni tampoco nieve. Él ni siquiera iba armado. Estaba en el camino a Otsu, y era verano. Ellos nunca habían llegado a vivir el verano de Otsu. La vio a lo lejos, con el kimono que llevaba la última vez, blanco, impoluto. Ella le daba la espalda y se fijó en su cabello, suelto. Solo se lo soltaba de noche, con él. Se giró y le miró fijamente. Kenshin avanzó hacia ella, esperando. ¿Qué esperas, Kenshin?, le había preguntado Hiko. Espero... Espero...

— Tomoe— susurró. Ella se giró. ¿Está sonriendo?

—Anata— contestó suavemente—. Has tardado—. Kenshin siguió caminando hasta estar tan cerca de ella que podría tocarla estirando la mano—. No importa. ¿Te ha costado encontrar el camino?

—Sí— había dicho él, mirando sus ojos. No era la misma mirada que tenía cuando lo despidió. No había tristeza en ellos. Ella extendió la mano y Kenshin la cogió. Estaba fría. Entonces ella sonrió; lo hizo de forma clara, no había sido una confusión. ¿La había visto antes sonreír de esa manera? —. Tomoe... Gomennasai.

Nunca creyó que una sola palabra pudiese condensar tanto, tantos años, tantos sentimientos. Era una disculpa por el pasado, y por el presente, pero también por el futuro. Ella le miró; más que eso, le vio por dentro. De alguna forma siempre había sabido hacerlo. Acarició su mano.

—Me ha dolido tu dolor todos estos años— dijo ella, levantando la mano y tocando su cara. Su cicatriz—. Pero ya ha florecido en Otsu, Anata. Y también aquí— añadió, tocando el pecho de Kenshin, allí donde estaba su corazón—. Ahora todo estará bien.

—Todo estará bien— repitió Kenshin, sonriendo. Olía a cerezas blancas; solo a cerezas. Tomoe giró la vista hacia el final del camino y él la imitó. Había allí... Una sombra, la sombra de un hombre. Kenshin sintió el corazón encogerse, pero ella apretó su mano.

—Gomennasai— dijo suavemente, aunque no parecía que estuviese pidiendo perdón. Kenshin retiró de su cabello un pétalo de sakura que había caído de uno de los árboles y, soplando, observó como se alejaba volando—. Anata, ¿qué estás esperando?

— Ahora nada— dijo entonces, acariciando su mano—. Todo estará bien.

Se despertó en paz, como hacía años que no lo conseguía.

El sonido de Kaoru trasteando en el baño le sacó de sus pensamientos y, poniéndose en pie, se ató el gi limpio y echó la ropa de entrenamiento en el cesto de la colada. Después caminó hasta la cocina y cogió unas cuantas verduras para empezar a preparar la cena. El agua fría del pozo le había sentado bien, pero, más que todo aquello, pensaba en el entrenamiento con Kaoru. Ha sido tan natural, pensó, sintiéndose idiota. Se había negado por miedo a hacerle daño y, sin embargo, en ningún momento sintió que eso pudiese pasar. Al principio había estado asustado, más que en ninguna batalla de las que había librado hasta ese momento. Incluso con armadura, incluso con un maldito shinai, se temía a sí mismo. Ella cree que sabe, pero no lo ha visto, pensaba mientras la veía ponerse en guardia. Ella no me ha visto matando. Había sido sencillo esquivarla, aunque sabía perfectamente que Kaoru no aguantaría mucho tiempo esa táctica. Ella querría más. La conocía. Cuando detuvo su golpe con la espada el miedo que tenía de sí mismo se convirtió en sorpresa. Su ki está ardiendo, pensó, notando el corazón en la boca. En el instante en que las maderas chocaron, se sintió más cerca de ella que nunca antes, como si hubiesen alcanzado un nuevo nivel de intimidad. Incluso más que la vez que la había besado. Cuando se alejaron agradeció que ella se tomase un par de segundos antes de atacar; él también los necesitaba.

Cuando ella volvió a atacar su ki era auténtico fuego. Nunca había sentido a nadie arder de aquella manera por la espada, solo por amor al kendo. Ella no quería matar; su forma de luchar honraba la esgrima. La esgrima es el arte de matar... No importaba. Kaoru creía firmemente que podía usarla para defender a los débiles. Sintió algo nacer dentro de él y después de frenar su golpe, la marcó en la pierna. Fue un impulso. No había pensado hacerlo, es más, tenía la firme idea de solo defenderse de sus ataques, sin embargo... Ella volvió a atacar. Cuando más la presionaba, más crecía su espíritu. Cada golpe que marcaba, ella atacaba con más fuerza y su ki caía sobre él como una ola de calor infinito. Era como una droga. Como si ella pidiese más y él no pudiese negárselo. Le había dicho todo con la espada, todo. Al final la derribó, desarmándola. El combate podía haber durado más tiempo, pero Kenshin tenía miedo a perder el control. Ya no le daba miedo hacerle daño. Le asustaba lo que había despertado dentro de él, algo que llevaba tanto tiempo dormido que no sabía ni cómo manejar. Entonces Kaoru apareció en la cocina, con el pelo mojado y la yukata de dormir.

Deseo.

La palabra le golpeó como una bofetada y bajó la vista hacia las verduras que estaba cortando, intentando que ella no notase el rubor que le subía desde el cuello hasta el nacimiento del pelo.

—¿Seguro que no quieres aprovechar el agua? — dijo ella, con voz cantarina—. Todavía está caliente.

Sessha ya se ha aseado con el agua del pozo— contestó, evitando mirarla. Kaoru se acercó a él y miró cómo cortaba las verduras, en silencio. Podía sentir su olor a jazmín como nunca antes. ¿Qué narices le estaba pasando?

—¿Mañana volveremos a entrenar? — preguntó, con algo de miedo en la voz.

—Si queréis, sí— dijo él. Ella sonrió abiertamente.

—¿No vas a decir nada? —. Kenshin dejó de cortar y la miró. Estaba bastante cerca, demasiado cerca. Se quedó en silencio; ¿qué quería escuchar? —. Del entrenamiento.

—Ah— dijo, sin poder evitar el alivio—. Ha estado bien.

Kaoru torció el gesto.

—¿Bien? ¿Pero crees que tengo alguna posibilidad de convertirme en maestra?

Kenshin la miró, esbozando una sonrisa. Ella tenía esa expresión de inocencia que tanto le gustaba.

—Ya sois maestra del estilo de vuestro padre— contestó con suavidad—. Solo os falta la confirmación oficial.

Los ojos de Kaoru empezaron a brillar con fuerza. Él volvió a sonreír y centró de nuevo su atención en las verduras; pronto llegarían los demás y la cena todavía estaba sin hacer.

—Kenshin— susurró Kaoru. Él no la miró, pero dejó de cortar el rábano que tenía entre manos—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro— dijo, clavando los ojos en los trozos ya cortados. Tienen que ser más finos, pensó. A Kaoru le gusta la verdura cortada en trozos pequeños.

—¿Dónde dormiste anoche?

Kenshin la miró y, cuando iba a contestar, se oyó la puerta del dojo abrirse de par en par.

—¡Déjame que lo vea!

—¡Aparta tus sucias manos de ahí, niño!

—¿Niño? ¡Soy un samurai de Tokio, heredero del Kamiya Kassin ryu!

—¡Eres un niño molesto y chillón!

—¡Y tú una comadreja canija y fea!

—¿QUÉ HAS DICHO?

Kaoru resopló mientras salía de la cocina, recibiendo a Misao y a Yahiko entre gritos. Kenshin rió mientras retomaba su trabajo. Miró hacia la derecha y vio, junto a la ventana, el lirio. Kaoru había cambiado el agua del jarrón, pero aún así no brillaba. Mañana lo devolveré al río, se dijo, volviendo a sonreír para sí.

Kaoru solo había comido pez-globo una vez; no solía tener mucho dinero para gastar en ese tipo de manjares, y le pareció que su textura era jugosa. Kenshin lo había cocinado en el punto justo, ni muy hecho ni demasiado crudo. Sin embargo, aunque le habría gustado disfrutar de la cena sin preocupaciones, no podía dejar de mirar cada tres segundos el ramo de flores que Misao había traído, ahora posado sobre la mesa de la cocina. Nueve, exactamente nueve. Tres rosas rojas, tres girasoles y tres sakuras.

—¿Y te dijo algo más? — preguntó, tomando el ramo de las manos de Misao. Las dos estaban sentadas junto con Yahiko y Sanosuke, que había aparecido en el momento justo en que el pescado estaba cocinado, mientras Kenshin servía, dejándose a sí mismo en último lugar.

—Me dijo muchas cosas, pero mejor te las cuento luego— contestó Misao, lanzándose una mirada pícara. Yahiko resopló, masticando el pescado con la boca abierta.

—¡Yo soy el heredero del estilo Kamiya Kassin! — gritó, levantando un puño al aire. Misao puso los ojos en blanco.

—¿Qué estás diciendo, Yahiko? — preguntó Kaoru, sin entender. Se giró y vio a Kenshin en la cocina, cogiendo el ramo de flores con delicadeza y desatando el lazo que las unía, para colocarlo en un jarrón con agua.

—Yahiko está muy preocupado por si Hideki y tú tenéis un hijo que herede el dojo— dijo Sanosuke, sin disimular lo divertido que le parecía todo aquello. Kaoru frunció el ceño, mirando de reojo a la cocina. Kenshin estaba demasiado lejos como para haberlo escuchado. Aunque, ¿y si lo hubiese hecho?

—No digas tonterías— replicó ella, sintiendo el rubor en las mejillas—. ¿Te parece que estoy casada?

—Por ahora— dijo Yahiko, entre dientes. Kaoru le dio un coscorrón.

—Hideki parece decidido a unir vuestros dojos y lo que no son los dojos— dijo Sanosuke, mirándola con picardía.

— Estás jugando con fuego, Sanosuke— replicó Kaoru, apuntándole con los palillos—. Venís a cenar de gorra y tengo que aguantar vuestras tonterías, es lo que me faltaba.

—Puedes enfadarte lo que quieras, pero mira ese ramo. Nueve flores. Es el número de los enamorados.

Kaoru frunció el ceño. No sabía si era cierto o se lo estaba inventando, porque ella nunca lo había oído.

—La rosa es la flor del amor— dijo Misao, asintiendo para sí, con convicción. Kaoru la miró con extrañeza—. Los girasoles simbolizan la pasión y la sakura, la inocencia.

—Qué atrevido este Hideki— rió Sanosuke con la boca llena. Kaoru se sonrojó, pero no por ello perdió sus ganas de estranguarlo. Kenshin llegó y se sentó a su lado, cogiendo los palillos y probando el pescado. Ya debía habérsele quedado frío, aunque no dio muestras de que le importase.

—Sessha no lo ha salado lo suficiente— dijo, con pesar—. Gomennasai.

—Está perfecto, Himura— replicó Misao, devorando otro trozo más. ¿Cuánta comida podía caber en un cuerpo tanto pequeño?, pensó Kaoru con genuina intriga—. Bueno Kaoru, ¿cómo van esos entrenamientos para convertirte en maestra?

Kaoru sonrió, sin poder ocultar su emoción. Casi pudo sentir la conexión con Kenshin en ese momento, como si fuese algo físico.

—Muy bien— contestó, llevándose un trozo de pescado a la boca. Realmente estaba delicioso.

—¿Muy bien? — repitió Yahiko, poniéndose en pie de forma tan brusca que estuvo a punto de derribar la mesa—. ¡Kenshin la está entrenando! ¡No puedo creer la suerte que tiene!

—Yahiko, kudasai— dijo Kenshin, haciéndole un gesto para que se sentase—. Sessha no está entrenando a Kaoru-dono. Entrena con Kaoru-dono.

—¿Y qué diferencia hay? — preguntó Yahiko, sentándose mientras se encogía de hombros.

—Mucha— replicó Kaoru, sin ocultar su molestia. ¿Qué creía Yahiko, que ella era una principiante como él? —. Para empezar, Kenshin no podría entrenarme porque no practicamos el mismo estilo. Y para seguir, Kenshin no es maestro—. Todos se quedaron en silencio y ella se dio cuenta de que no decían nada por no ofenderla, lo que no hizo sino aumentar su enfado.

—Kaoru-dono tiene razón— dijo Kenshin, sirviendo sake a todos, incluido Yahiko, menos a sí mismo—. Solo practicamos juntos— añadió, sonriendo dulcemente mientras miraba a Kaoru de soslayo. Sanosuke soltó una carcajada mientras Kaoru sentía cómo se ponía roja de la cabeza a los pies.

—Kendo— dijo ella, queriendo ahogarse en su plato—. Practicamos kendo.

Kenshin no parecía enterarse de nada, para variar. La mirada de Kaoru se cruzó con la de Misao, que semejaba tener un interrogante dibujado en la frente. Le hizo una señal con los ojos que parecía decir tenemos que hablar. Kaoru asintió con la cabeza.

—Por algo se empieza— insistió Sanosuke, levantando su taza de sake— Brindemos por... por la práctica repetida y constante.

Kaoru lo fulminó con la mirada. Kenshin levantó su taza, sonriendo y la chocó con la de Sanosuke.

—Por la práctica— dijo, con su cara de idiota. Kaoru estuvo a punto de partirle algo en la cabeza, pero prefirió seguir mirando su taza de sake, deseando que se la tragase la tierra.

Cuando terminaron de cenar, Kenshin recogió todo mientras Yahiko y Sanosuke peleaban entre ellos para decidir quién barrería el dojo. La noche era cálida y el cielo estaba lleno de estrellas, tantas que parecía una colonia de pequeñas luciérnagas. Misao cogió a Kaoru de la mano y la arrastró hacia el dormitorio.

—¿Puedes encargarte tú solo, Kenshin? — preguntó Kaoru desde la engawa, mientras Misao tiraba de ella. Él sonrió desde la cocina.

—Claro. Buenas noches, Kaoru-dono.

—Buenas noches— contestó ella, cediendo a los tirones de Misao y dejando que la empujase dentro del dormitorio y cerrase la puerta. Cuando estuvieron solas, el gesto de su amiga cambió.

—¿Qué ha sido eso? — preguntó Misao, en claro tono de reproche.

—¿El qué?

—Eso. Los ojitos, las miraditas, las sonrisitas— replicó Misao, poniendo caras que parecían intentar imitarla. Kaoru abrió la boca, indignada.

—¡Yo no he puesto esas caras!

—Claro que sí. Dijiste que ya estabas cansada de idas y venidas— dijo, acercándose a ella—. ¿Ha pasado algo con Himura?

Kaoru la miró, pensando su respuesta. ¿Había pasado algo con Kenshin? Realmente nada, más allá de que él se hubiese prestado a entrenarla. Ni siquiera se había inmutado cuando Misao le entregó el ramo de flores de Hideki; incluso lo puso en un jarrón con agua. Sin embargo, no podía dejar de tener la sensación de que algo entre ellos había cambiado. Como si... Como si una puerta que hasta entonces estaba cerrada ahora estuviese entreabierta. Como si él, de alguna manera, fuese quien había abierto esa puerta. Sacudió la cabeza, sacándose las ideas peregrinas de la mente.

—No ha pasado nada. Solamente ha aceptado entrenar conmigo.

—Los grandes pasos de Himura— ironizó Misao, poniendo los ojos en blanco—. ¿Ha vuelto a intentar besarte, o alguna cosa un poco más física?

No. No había pasado nada tangible entre ellos. Kaoru agitó la cabeza y suspiró profundamente.

—¿Qué te dijo Hideki?

La cara de Misao pareció cambiar de pronto, sustituyendo su expresión de disconformidad por una de picardía.

—Me dijo muchas cosas.

—¡No seas mala! — rió Kaoru, dándole un empujón. Misao tiró de su mano y las dos se sentaron en el futón. En cierto modo Kaoru se sentía muy halagada por las atenciones de Hideki—. Entonces le has conocido. ¿Qué te ha parecido? — preguntó, mirándola a los ojos. Misao levantó las cejas.

—¿Qué me ha parecido? Kami-sama, no sé dónde están tus dudas— la agarró del brazo y se acercó a ella, bajando la voz, como si fuese a contarle un secreto—. Hideki tiene que ser todo pasión...

Kaoru la apartó de un empujón, riendo, sin poder evitar sonrojarse. La verdad es que el primer beso que le dio fue increíble. Nunca antes se había sentido deseada hasta ese momento. Sus dedos en su pelo, acariciándolo con cariño, pero también con ansia... Sentía que el rubor subía hasta sus orejas.

—No todo es eso, Misao— dijo, por decir algo. Misao no parecía conforme.

—No, pero sin eso no vas a ningún sitio— replicó. Abrió la boca para decir algo más, pero Kaoru la acalló.

—No es una competición— dijo, mirándola con seriedad—. No voy a compararles.

—Pues deberías hacerlo. Una cuando va a la pescadería mira el género antes de comprarlo, ¿no? ¿O coges lo primero que ves, teniendo al lado un delicioso pez globo? —. Kaoru siempre compraba la maldita anguila, porque no tenía dinero para otra cosa, pero había entendido bien el símil.

—Kenshin no es lo primero que veo— dijo, aunque nada más decirlo se sintió idiota. Claro que era lo primero que veía.

—A mí no me engañas— replicó Misao, riendo—. Somos almas gemelas, recuérdalo. Nadie te entiende como yo, por eso deberías hacerme un poco de caso. Yo te lo estoy haciendo.

Kaoru la miró con interés.

—¿Ah, sí? ¿No le contestaste la carta? —. Mira la sonrió con orgullo.

—No. Y no pienso hacerlo. Soy un río, ¿no? Pues si quiere navegarme, que coja una barca y venga— dijo, alzando la cabeza. Kaoru soltó una carcajada y después se tapó la boca. No quería despertar a los demás, si es que ya estaban durmiendo. Aún le parecía sentir a Kenshin trasteando en la cocina.

—Entonces, ¿qué más te dijo Hideki?

—Me dijo que el día en que llega el maestro hay una recepción, algo así como una fiesta. Lo harán en su dojo— añadió, mirándola de reojo. Kaoru empezó a ponerse nerviosa—. Él querría que le acompañases.

—¿Acompañarle? — preguntó Kaoru, sintiendo un hormigueo en las manos—. Pero habrá mucha gente allí, de muchos otros dojos de Tokio. Es como muy...

—¿Oficial? — dijo Misao, quitándole la palabra de la boca—. Bueno, no estáis prometidos. Aunque vayas no quiere decir que debas jurarle amor eterno.

Kaoru se miró las manos, agobiada. Se sentía enfadada consigo misma. Quería ir a esa fiesta. Quería ponerse uno de sus kimonos favoritos, pintarse los labios con algún producto que le dejase Megumi y sentirse bella, sentirse femenina por una noche. Pero no podía dejar de pensar en Kenshin. Maldita sea, pensó, enfadándose más todavía.

—Me gustaría mucho, pero...

—¿Pero qué? — la interrumpió Misao, cogiéndole del brazo—. Han pasado casi diez días desde que te besó bajo ese puente. ¡Díez! Y por lo que nos dijiste, ni siquiera fue gran cosa ese beso.

Kaoru discrepaba.

—Que no fuese un beso muy... pasional no quiere decir que no fuese bonito.

—Himura es un buen amigo, es buena persona, pero dice Megumi...

Misao guardó silencio, como si se lo pensase mejor. Kaoru le dio un empujón en el brazo.

—¿Qué dice Megumi? — preguntó con mal gesto, preparada para lo peor.

—Pues que Himura necesita una mujer que sepa lo que hacer... Ya sabes, en eso... Porque él no parece que lo tenga muy claro.

—Megumi es una envidiosa— replicó Kaoru, agriando la mirada.

—Puede ser, pero si te digo la verdad, creo que Himura es muy parado. No será buen amante; sin embargo creo que Hideki es de esos hombres que pueden volverla a una loca—. Kaoru estaba empezando a cansarse y se recostó en el futón, tapándose con la manta y dando la espalda a su amiga—. ¿Te has enfadado?

—¿Qué sabrás tú de eso? Ni que tuvieses alguna experiencia— gruñó. Misao le dio un ligero golpe en la espalda.

—No hace falta tener experiencia para saberlo, eso se ve. Aoshi ya se le nota que...

—Aoshi es un señor que se sentó en un templo a tomar té y mirar el infinito buscándose a sí mismo, no creo que sea el ejemplo de hombre activo— replicó. Al instante se arrepintió de lo que había dicho y se giró, agarrando el brazo de Misao—. Lo siento, no quise decir eso. Es que... No me gusta que...

—Es verdad, Kaoru, si tienes razón. Aoshi es tan parado como Himura o quizás más. Por lo menos Himura te dio algo parecido a un beso, aunque no sepa usar la lengua.

Algo parecido a un... beso.

Kaoru resopló. Misao siempre tenía que ser tan explícita en todo.

—Igualmente no debí hablarte así. Esa fiesta... No esperaba que Hideki...

—Mira, sé lo que estás pensando— le interrumpió Misao, cogiendo su mano—. Crees que a lo mejor si no vas con Hideki, podrías ir con Himura, que tal vez él espere al último momento para pedirte que vayáis juntos. Como al festival de los colores—. Touché—. Si esperas por Himura, al final te quedarás en el dojo, sola. Te quedarás ahí sentada, mirando al cielo, como la maldita estrella rurouni. Dijiste que nosotras éramos el río, pero parece que te de miedo tu propia corriente.

Kaoru suspiró. Lo peor de las palabras de Misao eran precisamente que escondían grandes verdades. Kenshin jamás iría a una fiesta de esas con ella. Él rehuía de las reuniones de espadachines, no podría soportar acompañarla a una en la que probablemente todos le conocerían. De hecho... De hecho, si lo pensaba, tampoco tenía claro que quisiese ir con él. Todas las miradas se centrarían en Kenshin, todo el mundo hablaría de Battousai. Ella solo sería una figura de cera a su lado. No quería eso. Asintió con la cabeza.

—Dile a Hideki que lo acompañaré— murmuró, sonriendo—. Pero asegúrate de que entienda que no hay ningún compromiso entre nosotros, ¿vale? Asegúrate de ello, por favor.

Misao asintió con la cabeza.

—Te lo prometo, pero prométeme tú una cosa—. Kaoru la miró, esperando—. Si vuelve a besarte así... Ya sabes, con lengua y eso... ¿Me lo contarás todo? La próxima vez que Megumi pregunte quiero que parezca que yo también sé algo del tema.

Kaoru soltó una risa, sonrojándose.

—Serás... — musitó, dándole un codazo mientras las dos reían.


Kaoru se quitó la armadura despacio; le dolían todos los músculos de su cuerpo, pero al mismo tiempo estaba deseando salir corriendo hacia su dojo. Hideki se acercó a ella y le tendió una toalla mojada.

—El calor parece peor cada día— dijo, mirando el cielo. No había ninguna nube en él y el sol se posaba sobre la piel en un mordisco picante.

—¿Sabes? Estás mejorando mucho— le dijo ella, mirándole. Era cierto. Le parecía que durante las últimas semanas, pero sobre todo los tres últimos días había aumentado su rapidez y también sus reflejos. No le diría nada, pero estaba segura de que cuando ella se marchaba, seguía entrenando.

—Tengo a la mejor maestra— replicó él, bebiendo agua y sonriendo. Cuando sonríe se le forma un hoyuelo en la mejilla, pensó Kaoru mientras guardaba las cosas en su macuto.

—Maestra asistente— le corrigió. Él asintió con la cabeza.

—Por poco tiempo—. Kaoru se soltó el pelo para rehacerse la coleta y, pese a no verle de frente, notó la mirada de Hideki. Cuando se giró y le tendió la toalla para devolvérsela, él tocó sus dedos con suavidad, pero a la vez con un toque... ¿sensual? Su cabeza voló otra vez al beso que él le había dado. Hideki es de esos hombres que pueden volverle a una loca. Kaoru apartó la mirada, sonrojándose, pero supo que él se había dado cuenta. Kami-sama, ¿por qué tendría que haber hablado con Misao? ¿Qué sabría de hombres, si era aún más infantil que ella misma?

—Hideki— le llamó, haciendo que centrase toda su atención en ella—. Recibí tus flores.

—Espero que no te incomodase— dijo, agachando la mirada en un gesto que le recordó a Kenshin. Maldita sea, pensó.

—Las flores me gustaron, lo que no me gustó fue que me las dieras a través de Misao. ¿Por qué no viniste a traérmelas?

—No quería importunarte— dijo él, sin mirarla a los ojos—. No quiero que pienses que no respeto lo que me dijiste. Lo respeto y lo entiendo y estoy dispuesto a alejarme si me lo pides. Pero... Sé que solo soy un estudiante de kendo, no soy un auténtico espadachín. No tengo una familia adinerada y solo intento sacar adelante el dojo que me dejaron mis hermanos. No tengo mucho que ofrecerte, soy consciente. Pero tengo clara una cosa: lo que más desearía es tener un sitio en tu vida. El que tú desees darme. No... No sabía que era posible amar con tanta fuerza hasta que te conocí. Me gustaría que ese sitio fuese el de tu hombre, pero entiendo que si Himura llegó antes...

Kaoru había contenido el aliento y se dio cuenta de que debía respirar, así que lo hizo despacio, intentando mantener la calma. Soy un río...

—Himura no llegó antes— dijo, sonriéndole—. No te mentí, Hideki. Le entregué mi corazón pero él no... Él no me entregó el suyo.

Espérame.

—Entonces vosotros no... ¿No estáis comprometidos? —. Kaoru negó con la cabeza, sin poder ocultar su pesar. Él se habría dado cuenta; claro que se habría dado cuenta, pero ella no quería mentirle. No podía hacerlo—. ¿Estáis juntos de alguna otra forma?

La pregunta le cogió desprevenida. ¿Juntos de alguna otra... forma?

—Somos amigos— contestó, sintiendo cómo la palabra se le clavaba en el pecho. Kenshin había tenido millones de oportunidades para comprometerse con ella, millones. Espérame, le había dicho. Espérame y luego, nada. ¿Por qué me pediste eso, maldita sea? ¿Por qué acepté?

—Vaya— contestó Hideki, visiblemente sorprendido—. Entonces mis flores no estuvieron tan fuera de lugar como pensé.

—Bueno, eso es un asunto aparte— dijo ella, levantando una ceja—. ¿Qué significaban?

Hideki le devolvió una sonrisa divertida.

—La rosa significa el amor; creo que ella podía hablar mejor que yo de mis sentimientos—. Kaoru sonrió, sonrojándose—. La sakura simboliza la pureza, porque así te veo.

—¿Ingenua? — preguntó, intentando que no sonase como un ataque. Él soltó una risa.

—Inocente. La inocencia es lo que me enamoró cuando te vi—. Kaoru sonrió de nuevo. ¿Por qué tenía que decirle tantas cosas hermosas? — Y los girasoles... — dijo él, mirando hacia el cielo—. Simbolizan la pasión, pero no en el sentido carnal. Me enamoré de ti viéndote blandir una espada. La pasión que pones cuando luchas, esa es la que me obliga a insistir. Es como si una parte de mí me dijese: "no tienes nada que hacer, pero tienes que pelear, como ella pelearía si estuviese en tu lugar".

Kaoru se había quedado sin palabras, pero notaba lágrimas en los ojos. Nunca nadie le había dicho nada tan bonito.

—Hideki, yo no... — bajó la mirada, aturdida—. No sé si podré algún día corresponder unos sentimientos tan hermosos.

Él la tomó de la mano y le dedicó la mejor de sus sonrisas.

—Lo sé, Kaoru. No mandamos sobre nuestro corazón, pero mientras vemos si ese día llega y sin ningún compromiso, ¿te apetece cenar esta noche?

Llegó al dojo con la espalda entumecida y la cabeza llena de pájaros, pero cuando abrió la puerta y oyó el sonido del bokken cortando el aire, fue como si su mente se despejase de pronto y todo su ser recobrase las fuerzas. Corrió a la engawa y se descalzó de puntillas. En la puerta del dojo, sentado, estaba Yahiko, quieto como una estatua. Nunca lo había visto tan concentrado. En el centro de la sala Kenshin estaba ejecutando una kata. Llevaba otra vez el gi y la hakama azules de sus estudiantes. Yahiko le hizo un gesto con la mano y ella se sentó a su lado, despacio, respirando despacio para controlar los latidos de su corazón.

Sus movimientos eran perfectos. Era la primera vez que podía observarle así, con una excusa; durante las batallas siempre estaba preocupada de que no lo hiriesen, de que no lo matasen, pero ahora podía simplemente fijarse en el recorrido de sus brazos al cambiar las guardias, en la postura de sus pies al cambiar de postura, en los giros de su espada. También se fijó en sus respiraciones. Ejecutar bien una kata no se limitaba a unir varios movimientos independientes bien realizados; hacía falta algo más. Era necesario ritmo, y él lo tenía. Era necesario espíritu, y el de Kenshin irradiaba todo cuanto lo rodeaba en cuanto tocaba una espada. Cuando terminó se volvió hacia ella sin gesto de sorpresa, como si ya supiese que estaba allí.

—Kaoru-dono— saludó, caminando hacia la pared para dejar el bokken y coger dos shinais. Los apoyó junto al cajón de las armaduras y le tendió una a Kaoru, comenzando a ponerse él la otra—. Sessha ha estado practicando con los cordones— dijo, orgulloso, atándose él sólo los de su bogu. Kaoru levantó una ceja.

—¿Tú solo? — preguntó ella, acercándose y desatando lo que él acababa de hacer. Kenshin la miró sorprendido.

—Yahiko ha enseñado a sessha cómo se hace.

Kaoru soltó una risa, mirando a Yahiko por encima del hombro.

—¿Y te has fiado de ese enano? —. Él se levantó de un salto, blandiendo el shinai.

—¡Dímelo con la espada, busu!

—¡Largo de aquí, Yahiko! — exclamó Kaoru, mostrándole la puerta—. Ya te dije que no quiero público en estos entrenamientos.

Yahiko bajó el shinai, enfadado.

—¡No es justo!

—La vida no es justa— replicó ella, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no vas a buscar a Misao y Megumi? Esta noche ella también viene a cenar.

—Kenshin... — Yahiko miró a Kenshin, ofreciéndole el mejor de sus gestos lastimeros. Él agitó la cabeza mientras cogía dos máscaras.

—Kaoru-dono es tu maestra; tienes que hacer lo que ella te diga— dijo, tendiéndole una a Kaoru. Yahiko resopló, enfadado.

—Pero Kenshin, tengo muchas ganas de verte pelear— insistió. Kaoru se acercó a él y le cogió del brazo.

—Ya le has visto pelear millones de veces. Venga, Yahiko, que hoy tenemos prisa—. Yahiko se quejó un poco más antes de terminar abandonando el dojo, rendido. Kaoru lo vio marchar y se giró hacia Kenshin, agitando la cabeza—. Hubiese sido mejor que no supiera que entrenábamos juntos.

Sessha no sabía que era un secreto— dijo Kenshin, colocándose la máscara.

—No es un secreto, pero no me gusta que otros estén mirando— replicó ella. No me gusta que otros vean cómo me machacas. Todo el mundo sabía que Kenshin era más fuerte; era algo tácito, no hacía falta que se dijese, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta ver cómo paraba cada uno de sus mejores ataques como si fuese un lobo apartando a un cachorro insistente.

El combate comenzó de la misma forma que el día anterior, pero esta vez Kenshin no esperó tanto rato para dejar de huir. Kaoru solo había atacado dos veces cuando él comenzó a devolver los ataques. Ella tardó poco en darse cuenta que estaba usando siempre tres combinaciones de defensa-ataque. Cuando volvió a atacar, previó el golpe que daría él y se movió hacia el lado contrario. Lo esquivó. Kenshin cerró su guardia y ella atacó, creyendo que él se movería hacia atrás como era de esperar en ese tipo de ataque pero, al igual que había hecho el día anterior, fue contra ella. Sin embargo, esta vez no le sorprendió. Mantuvo una pierna atrás para no desequilibrarse y cuando él la empujó para derribarla y desarmarla, ella soltó su shinai, agarró a Kenshin por el bogu, pegándose a él y con la otra mano sujetó su shinai. Todo sucedió en menos de un segundo. La fuerza con la que entró Kenshin, unido al agarre inesperado de Kaoru, hizo que los dos cayesen al suelo del tatami. Kaoru, nada más sentir su peso sobre ella y antes de que pudiese levantar el shinai, intentó una llave de piernas para quitárselo de encima, rodando sobre sí misma y saliendo por la derecha, intentando alcanzar su propia arma, pero Kenshin, de alguna manera increíblemente veloz que ella no alcanzaba a comprender, rodó también sobre el tatami y volvió a colocarse sobre ella, sentándose encima suya y poniéndole el shinai contra la careta. Los dos jadeaban, inmóviles.

—Las llaves... no están permitidas— dijo él, levantándose la careta, con la voz rota por su respiración. Tenía la coleta medio deshecha y los mechones de pelo rojo le caían sobre los hombros de forma desordenada. Kaoru se quitó también su careta y la dejó a un lado.

—Ya lo sé; solo me estaba divirtiendo— contestó, sonriendo. Kenshin la miró durante un par de segundos, sin decir nada, sin moverse. Sus ojos tenían un brillo extraño. Entonces se levantó, como impulsado por un resorte y le tendió una mano. Kaoru la tomó— Aún nos dará tiempo a un par de combates más.

Kenshin iba a colocarse la careta cuando la miró.

—¿Vais a salir, Kaoru-dono? —. Ella asintió con la cabeza.

—Voy a cenar, pero no volveré tarde— contestó, colocándose la careta mientras sentía la mirada de Kenshin, escrutándola. Los dos alzaron de nuevo las guardias, preparándose. Kaoru atacó, atacó y volvió a atacar, mientras Kenshin frenaba y devolvía, esquivaba y marcaba. Sus espadas chocaban cada vez con más fuerza, pero al mismo tiempo con más control. Nos estamos descubriendo, entendió Kaoru, recibiendo un marcado en la cadera, girando y volviendo a chocar contra él. Sintió de nuevo su fuerza, tan viva. Ellos murieron en el Bakumatsu, le había dicho Misao en su carta. Qué equivocada estaba. Con cada golpe, con cada movimiento, derribaba una puerta. Está vivo, pensó, lanzándose contra él, que la apartó empujándola hacia un lado y marcándola en un brazo. Su ki llegaba a ella como una ráfaga de viento, como un huracán. Kaoru frenó y volvió a atacar.

Me está hablando con su espada.

Ojalá también pueda escuchar la mía.