¡Hola! Os dejo un capítulo breve. Espero que os guste.
Quiero agradecer las review que me estáis dejando, las valoro mucho. Me dan mucha fuerza para seguir escribiendo. A veces no las contesto todas porque solo me aparecen en el correo y no las tengo delante mientras escribo el capítulo, pero prometo que las leo y las valoro muchísimo, me hace mucha ilusión recibirlas. Mañana en el siguiente capítulo las contestaré todas. GRACIAS!
Capítulo 13
Se ató las cuerdas del bugu mientras intentaba recobrar el control sobre su respiración. A unos pocos metros los muchachos ya habían comenzado el entrenamiento por parejas hacía un buen rato y Hideki, probablemente cansado de esperarla, estaba con ellos. Maldijo para sí su irresponsabilidad. ¿Cómo había podido quedarse dormida de aquella manera? Aunque... Aunque no he sido la única, pensó, sonrojándose. Sacudió la cabeza y se colocó los guantes, cogiendo el men y el shinai. Fujame-san le hizo un gesto desde el centro de la sala, indicándole que esperase y así lo hizo. Se quedó allí, quieta, preparada, sintiendo la mirada furtiva de alguno de los alumnos sobre ella. Sabía que no dejaba de sorprenderles que una mujer fuese maestra; sorprenderles y, en cierta medida, molestarles, aunque no lo mostrase de manera evidente. "No les ofende que una mujer practique kendo", le había dicho Hideki durante su cita de la noche anterior, con una copa de vino en la mano; "lo que les ofende es que una mujer pueda vencelles".
Pocos minutos después Fujame-san indicó a los chicos el cambio de ejercicio y pidió a uno de los más avanzados que continuase con la clase; entonces se acercó a Kaoru, ya con el men retirado, sonriendo. Se había recogido parte del cabello en un pequeño moño y estaba especialmente atractivo. Ella comenzó a disculparse antes siquiera de darle opción de saludar.
—Gomennasai Hideki, anoche la tormenta encharcó toda la entrada del dojo y me pasé toda...
—Yare, yare— dijo él, posando sus manos sobre sus hombros. Kaoru casi pudo notar la mirada de todos los estudiantes sobre ellos y sintió al instante el sonrojo sobre sus mejillas; como si se diese cuenta, Hideki retiró las manos con rapidez—. No te preocupes. Vamos a la otra sala.
La sala contigua era mucho más pequeña, pero solían usarla para sus entrenamientos; al ser solo dos no necesitaban demasiado espacio.
—No me gusta ser impuntual— murmuró Kaoru, mirando su máscara con pesar. Hideki cerró la puerta tras de sí y se acercó de nuevo a ella.
—Lo sé; no tienes que preocuparte. Anoche nos excedimos un poco... con el vino— añadió, sonriendo de una forma... ¿Pícara? Kaoru notó otra vez el rubor subiendo hasta sus mejillas.
Anoche...
Se colocó la máscara con rapidez y empuñó su shinai, intentando de esa manera disimular su vergüenza.
Si intentaba recordar algo de la noche anterior se formaba ante sí una densa neblina, casi física. Sabía dónde había estado, sabía qué cosas había hecho y, sin embargo, era como si todo flotase, como si ella misma flotase de un lugar a otro, como un ente. Se veía en el restaurante, bebiendo vino y probando los manjares occidentales que le iban sirviendo; se veía junto al río, besando a Hideki. Recordaba su calor, su agarre fuerte, su ansiedad por besarla más, por tenerla todavía más cerca, su respiración entrecortada, su olor. Recordaba su mano en la parte baja de su espalda, demasiado abajo. Demasiado abajo para dos... ¿dos qué? En la puerta del dojo había vuelto a suceder. No podía culpar al vino; sería injusto hacerlo. Ella estaba consciente. Ella lo había consentido; no, no era eso. Ella lo había querido. Sacudió la cabeza, deseando que Hideki atacase cuanto antes. Necesitaba concentrarse en la espada para olvidarse de la noche anterior.
Hideki atacó y Kaoru lo frenó. Sus espadas chocaron una, dos, tres veces. Era fácil. Era demasiado fácil. Kaoru atacó sin usar toda su fuerza; no podía hacerlo si no quería que el combate durase tres segundos y, aún así, aún controlándose, sentía que él luchaba por parar cada golpe como si fuesen ataques realmente fuertes. Dio un paso atrás, dándole una pequeña tregua. ¿Es así como se siente Kenshin cuando pelea conmigo?
Recordaba otras cosas de la noche pasada, algunas de ellas eran como pequeños flashes, como relámpagos en medio de la nada. Recordaba el cabello mojado de Kenshin goteando sobre el tatami; sus manos, llenas de cicatrices, escurriendo un trapo encharcado. Recordaba el momento en que se sentó junto a ella, el instante en que su cuerpo se pegó al suyo. Recordaba cómo él había hablado entre susurros, como si estuviese contándole un secreto. Aunque su mente no podía reconstruir toda la conversación, sí escuchaba su voz, suave, casi como una caricia. No sabía todo lo que se habían dicho pero sí recordaba una cosa.
Daría mi vida porque ella viviese.
Hideki atacó de nuevo, con algo más de fuerza. Insuficiente, se dijo. No obstante, debía reconocer que había mejorado mucho, lo bastante como para vencer a cualquier de los aprendices del dojo. Eso le permitía entrenarlos, aunque no tuviese nivel para hacerlo. Era casi como si ella hubiese dejado que Yahiko recibiese a nuevos alumnos, pero no había otra alternativa. Kaoru no podía ya dar esas clases, no al menos durante los pocos días que quedaban antes de su examen. Debía entrenarse duramente si quería pasar la prueba. Se defendió de otro ataque de Hideki. Fácil. Fácil como un león apartándose al cachorro molesto. Al apartarse, casi por instinto, giró la espada y marcó a Hideki en una pierna, tal y como Kenshin había hecho con ella; usó el mismo movimiento y frenó el golpe a tiempo, sintiendo el corazón en la boca. ¿Qué estaba haciendo? No era una técnica de su estilo. Kaoru, céntrate se dijo a sí misma, luchando por recobrar la compostura.
Esa mañana se había despertado por el calor del sol filtrándose a través del shoji y quemándole suavemente la nariz. Había apretado los ojos, intentando girarse en el futón para escapar de la luz, pero había sido imposible, porque no estaba en ningún futón. Estaba sentada, apoyada en... Abrió los ojos de golpe y, apenas sin moverse, vio a su lado a Kenshin. Estaba dormido. Sintió algo que nunca antes había experimentado, una mezcla de confusión, calma, nerviosismo y... ¿Y qué más? Sus manos... Sus manos estaban agarradas, con los dedos entrelazados. Kami... Se fijó en él, con el descaro del que sabe que no puede ser descubierto. Realmente, decir que se fijó en él no sería suficiente. Lo examinó como si fuese un animal extinto recién descubierto. Sus ojos pasaron por cada centímetro de su rostro, deteniéndose aquí y allá, guardándolo todo en su memoria. Su oreja, la única que podía ver desde donde estaba; ¿siempre había sido así? Había una cicatriz en ella, como si hubiese recibido un corte. El cabello rojo derramándose sobre parte sobre su propio hombro, parte sobre el de ella, recogido en la coleta. Quería tocarlo, pero no lo hizo. Debía conformarse con observar. Se detuvo mucho tiempo en su rostro. Miró sus cejas, un poco más oscuras que su pelo; sus ojos... Tenía unas pestañas que habrían sido la envidia de cualquier mujer. Bajo el ojo derecho tenía un pequeño lunar; ya lo había visto otras veces, pero nunca había podido fijarse de esa manera. Se había sentido como si estuviese robando algo, como si estuviese quitándole a la fuerza algo que él no le había dado, pero al mismo tiempo no podía dejar de hacerlo. Miró su nariz, pequeña, casi infantil. A veces la arrugaba cuando estaba preocupado, o cuando algo le incomodaba y en ese gesto era muy fácil ver lo que quedaba del pequeño Kenshin al que Hiko torturaba en su montaña. Entonces se fijó en sus labios. Pensó en las palabras de Misao. Algo parecido a... un beso. Ella entonces no estaba segura, pero ahora sí. Había cariño en su beso, pero faltaban otras cosas. Otras cosas que ella necesitaba sentir. Pasión. Deseo. Un amor adulto. El cuerpo de Hideki apretando el suyo, diciéndole sin palabras que quería convertirla en su mujer. Eso es lo que necesitaba. Sin embargo... Sin embargo sólo con su roce, Kenshin había conseguido más de lo que Hideki logró con sus besos, incluso cuando los de él podían quitarle el sentido y hacerle abandonarse a toda idea de moral. Kenshin, con su estúpido roce infantil, le había arrancado una promesa.
Espérame.
Promesa que, por otro lado, había incumplido unas cuantas veces. Mantén siempre tu palabra, Kaoru-chan, le había enseñado su padre desde niña. Y allí estaba ella, haciendo el molinillo de viento. Quería ser un río y se había convertido en un remolino sin sentido, girando sobre sí misma una y otra vez, una y otra vez, sin forma de frenar aquello.
Hideki se recompuso de su ataque y volvió a la carga. Una defensa alta, una defensa baja. Esquivar, atacar, defender. Era muy previsible. No había ninguna técnica que no le conociese, porque ella se las había enseñado todas. Antes de que él avanzase un paso ella ya sabía lo que haría; descubrió, con un pesar casi doloroso, que Kenshin debía sentirse así cuando cruzaban sus espadas. ¿Y qué pensabas, estúpida? le recriminó la dura voz dentro de su cabeza; ¿creías que el legendario hitokiri invencible del Bakumatsu peleaba contigo de igual a igual?
No podría decir cuanto tiempo había estado mirándole. No podía moverse, no quería moverse. Clavó los ojos en su mano, allí donde los dos estaban unidos, la de él bajo la de ella. Era su mano derecha, con la que dirigía la espada. Se fijó en las cicatrices de sus dedos y como movida por una locura fortuita, movió su pulgar sobre el dorso de su mano, acariciando su piel con suavidad, sintiendo la rugosidad de las viejas quemaduras.
—¿Kaoru...dono? — susurró Kenshin. Ella no le miró. Sentía tanta vergüenza que no sabía ni qué decir. Él se movió un poco, acomodándose, pero no soltó su mano, de modo que fue Kaoru la que deshizo el agarre entre ambos.
—Es tardísimo— murmuró, moviéndose para ponerse en pie. Al apartarse ligeramente se dio cuenta de que no llevaba vendas en el pecho y esforzó por cerrar su yukata con la mano derecha, al borde de un infarto. Sin embargo Kenshin la agarró de la mano que ella había soltado con suavidad, impidiéndole levantarse. Se quedó paralizada, sin mover un solo músculo. Entonces él pasó su pulgar por su palma, acariciándola y sin decir nada, se llevó su mano a los labios y la besó, cerrando los ojos.
Kenshin es un caballero... La voz de Megumi resonaba en su cabeza. Los caballeros tienen sus largos procesos de cortejo.
Sintió el tacto de sus labios y de su nariz contra su piel. Después él soltó su mano despacio y la miró con una sonrisa. Kaoru, sin decir nada, abrumada, se puso en pie y abrió el shoji. Entonces se encontró con Yahiko, que parecía a punto de llamar. La miró con la misma cara que habría puesto si acabase de encontrarse un fantasma.
—¡Yahiko! — le gritó, cerrándose con más ímpetu la yukata—. ¿Qué haces ahí espiando como un pervertido?
Yahiko se sonrojó.
—Yo estaba... Estaba buscando a Kenshin. No sabía que estarías ahí dentro— dijo, superado por los acontecimientos. Mierda, pensó Kaoru—. El... el dojo todavía está mojado y no pude... No pudimos encender el fuego para el desayuno.
Cuando acabó de decir aquello se dio la vuelta para marcharse, pero Kenshin pasó junto a Kaoru y salió de su propia habitación, cogiéndole con suavidad del gi.
—Vamos a ver qué le pasa a ese fuego— le dijo con su habitual sonrisa dulce. Yahiko asintió con la cabeza mientras Kaoru resoplaba y huía hacia su habitación. Ni siquiera podía ponerse su ropa de siempre, tendría que andar por el dojo con la maldita yukata de Kenshin. Y además... Además... Miró el sol en el cielo, brillante.
—¡NO PUEDE SER!
Sintiendo la mirada de Kenshin y de Yahiko girarse hacia ella, salió corriendo, cogió las tres cosas que no habían quedado embarradas por la inundación del día anterior, las metió de cualquier forma en el macuto, se encerró en el baño para vendarse con las vendas todavía húmedas de la noche anterior y emprendió una carrera imposible hacia el dojo de Hideki, maldiciéndose durante todo el camino.
El entrenamiento fue corto, porque cuando llegó al dojo ya pasaba un par de horas de su hora habitual. Meditaron todos juntos durante unos minutos, despidieron a los muchachos y a Kaoru no le pasó desapercibida las miradas que le lanzaron un par de ellos, los que debían tener más o menos su edad.
—Mocosos— murmuró, agachándose a beber agua del manantial del patio. A su lado escuchó la risa clara de Hideki.
—No te enfades con ellos. Simplemente son jóvenes y tienen ojos— dijo, encogiéndose de hombros. Kaoru frunció el ceño, molesta.
—Pues como vuelvan a mirarme así, pronto dejarán de tenerlos— replicó, secándose el agua de la boca con la mano. Hideki volvió a reír, esta vez con más fuerza—. Parece que no te molesta.
—¿Molestarme? — preguntó, genuinamente sorprendido. Kaoru resopló. En eso Hideki y Kenshin se parecían: no consideraban a otros hombres una competencia—. ¿Debería molestarme?
—Tú sabrás— contestó, elevando las cejas—. Yoshio-chan es muy guapo.
Ahora la risa de Hideki fue más bien una carcajada.
—¿Yoshio-chan? Si quieres ponerme celoso tendrás que esforzarte un poco más— añadió, lanzándose una de sus mejores miradas pícaras, mientras colocaba los shinai en su sitio. Kaoru agachó la vista, sonrojándose— ¿Tienes planes para esta noche?
—Ya salimos anoche, Hideki— contestó ella, poniendo énfasis en su nombre mientras terminaba de meter las cosas en su macuto; hacía calor, aunque no tanto como el día anterior. Esperaba que la madera de su dojo por fin se hubiese secado—. ¿Quieres verme todas las noches?
—Esa es mi intención— dijo, sin dejar de sonreír. Esa sonrisa, pensó ella, apartando la mirada, otra vez sonrojándose. Solía sonreírle así antes de besarla, pero no lo haría en el dojo... ¿No? No, no lo haría. Sería completamente inapropiado que un hombre besase a una mujer en su casa, estando los dos a solas.
—Si me ves cada noche acabarás aburriéndote— replicó Kaoru, por decir algo, pues los nervios no le dejaban pensar con claridad. Cállate, se recriminó, deseando poder abofetearse a sí misma. Miró hacia su macuto, intentando concentrarse en las costuras.
—Lo dudo mucho, Kaoru— sintió la voz de Hideki cerca y, al momento, sus manos en su cuerpo. Kaoru... Kaoru. Su voz interior comenzaba a ser una auténtica molestia, pero... Se giró y se encontró con la boca de Hideki, que la acalló en un beso húmedo. Sus labios empujaron los de Kaoru y su lengua se abrió paso derribando sus dudas. Kaoru se abandonó al beso. Hideki parecía luchar contra sí mismo; se apartaba y volvía a besarla; se apartaba y volvía, una y otra vez. Finalmente se separó, mirando hacia el suelo—. Esto no está bien.
—No— afirmó ella, sintiendo el corazón en la boca y un calor horrible por todo el cuerpo—. No está bien.
Los dos se miraron un instante; Kaoru sabía que él estaba tan avergonzado como ella. La noche anterior, durante la cena, habían intercambiado sus pareceres. Los dos coincidían en que en la relación entre un hombre y una mujer había unos pasos que debían seguirse; uno puede enamorarse, pero eso no justifica romper todas las tradiciones. Debía haber un cortejo, un camino. Y al final, una boda. A partir de la boda no estaba muy claro qué podía hacerse y qué no, pero Kaoru prefería no pensar en eso. Ella ahora tenía que gestionar el antes y, a juzgar por los últimos acontecimientos, estaba claro que no lo hacía demasiado bien. Entonces Hideki la cogió de la mano y, llevándosela a los labios, le dio un beso en ella.
Un beso en la mano. ¿Podría de verdad ser una casualidad?
—No te preocupes, Kaoru. Lo haremos bien— dijo, dedicándole la mejor de sus sonrisas. Kaoru asintió, todavía conmocionada. Reuniendo todas sus fuerzas, salió del dojo de Fujame-san con su macuto en el hombro.
Había pasado toda la mañana pensando en el lugar ideal; no podría ser otro dojo, porque no tenía suficiente confianza con ninguno de los propietarios de los dojos de Tokio. Además, harían demasiadas preguntas. La mayoría de ellos acabarían diciendo que sí, pero sólo por quién era él y, después, llegarían las habladurías. Kenshin no quería eso.
Señaló el sitio con la mano, satisfecho. Era un pequeño claro con algunas piedras en su perímetro, un par de árboles y un pequeño río con caudal escaso atravesándolo. Kaoru andaba unos metros tras él, como si le costase seguir el ritmo; sin embargo no parecía haber cansancio en su rostro. A fin de cuentas, se habían despertado mucho más tarde que de costumbre. Incluso él se había quedado dormido. ¿Hace cuánto no me quedaba dormido? Tanto... Quizás desde que era un niño. Hiko le hacía levantarse al alba, no importa qué día del año fuese. Solamente lo dejaba dormir cuando estaba demasiado enfermo como para levantarse del futón, pero nunca por cansancio y mucho menos por haberse acostado tarde. Sin embargo, la noche anterior, había dormido en paz, como si por fin hubiese encontrado el descanso que llevaba mucho tiempo buscando. El calor del cuerpo de Kaoru junto al suyo, su mano agarrándole... Había detenido a su mente muchas veces cuando empezaba a fantasear sobre cómo sería dormir con ella, pero en cualquier caso, nunca habría imaginado que sería de aquella manera. Fue íntimo, más que cualquier beso. Más que las palabras.
Fue... tan nuestro.
—Es aquí— dijo, apoyando los dos shinai contra la roca. Al principio había insinuado a Kaoru la posibilidad de posponer el entrenamiento por la ausencia de armaduras, pero Kaoru había cogido prestadas dos del dojo de Fujame-san. No llevaban caretas, pero finalmente ella le convenció. No fue necesario insistir demasiado, a decir verdad. Aunque no lo habría admitido jamás en voz alta, él mismo se dijo que no pasaría nada por no llevar el bugu. Solo usarás un shinai, se repitió unas cuantas veces. ¿Era él, de verdad? ¿Dónde estaba el Kenshin protector?
Osoreru na.
Mientras se colocaban las armaduras se dio cuenta de que estaba deseando empezar. No era capaz de entender porqué. ¿Empezar a pelear? Siempre había rehuido las peleas. ¿Empezar a entrenar? Le gustaba la sensación tras un entrenamiento, pero era Kaoru a quien tenía enfrente. Era ella contra quien sujetaba su espada, aunque fuese un simple shinai. Las espadas de madera también son espadas. No era eso. Era...
Kaoru levantó el shinai y le miró con gesto impaciente. Ahora, sin la máscara, podía ver todas sus expresiones. No pudo evitar sonreír.
—¿De qué te ríes? — preguntó ella, con su habitual tono de irritación.
—Es solo... Sessha no tiene claro que sea buena idea luchar sin men.
—En tu vida te habías puesto uno antes de esta semana— replicó ella, poniéndose en guardia. Kenshin no podía quitarle la razón—. Me gustaría ver la cara de Hiko-sama si te viese con men.
Kenshin sonrió. Su shishou ni siquiera le había hablado de la existencia de una armadura; para él la máxima indulgencia consistía en golpearle con el lado sin filo de la espada y esperar a que recobrase el sentido antes de volver a abalanzarse sobre él.
Abrió la boca para contestar, cuando Kaoru atacó. Él no estaba en guardia, pero le fue sencillo moverse hacia la derecha, esquivándola sin usar la espada de madera. Ni siquiera se había quitado aún la sakabato: la llevaba sujeta a la hakama. Entonces ella se giró y dirigió un golpe hacia su pierna; Kenshin volvió a esquivarlo, pero ella atacó de nuevo, sin esperar un segundo. Volvió a esquivarlo. La sucesión de ataques y huídas de Kenshin se repitió durante un largo rato, hasta que ambos empezaron a respirar con más pesadez; hasta que comenzaron a dar signos de cansancio.
—¡Lucha! — gritó ella, obligándole a moverse hacia atrás, hacia el río. Kenshin iba a esquivarlo de nuevo, pero, sin pensar... atacó. Quería verla pelear. Quería hacerlo; sabía que ella podía arder y todo su cuerpo le pedía volver a sentir ese calor. Además notaba su ki extraño, cansado, tal vez dormido. No le gustaba verlo así. Ella tenía que seguir ardiendo.
Yo la haré arder.
Lanzó un ataque más duro y vio como ella lo bloqueaba... Lo bloqueaba con una técnica de Hiten Mitsurugi ryu. La estupefacción le duró apenas un segundo, pero fue lo suficiente como para que Kaoru le atacase. La esquivó y lanzó un golpe fuerte contra su brazo, y Kaoru... Kaoru se lanzó contra su shinai, acortando la distancia que él había calculado. Sintió el golpe del arma contra su brazo como una vibración que le cortó la respiración, pero antes de poder reaccionar, Kaoru se echó sobre él de la misma forma que él había hecho la primera vez que lucharon. Sin embargo, ella no tenía tanta fuerza como él; al sentir su cuerpo empujarle giró un poco hacia la derecha, sujetándola por el gi para controlar la caída,. Los dos quedaron en el suelo. Kaoru se apartó de él rápidamente, llevándose la mano al brazo de forma involuntaria. Cuando se iba a levantar, Kenshin la detuvo.
—¿Estáis bien? — preguntó, mirándola a los ojos. Los de ella reflejaban... ¿Enfado? Era él el que tenía que estar enfadado. Kaoru no le contestó, de modo que dirigió sus manos hacia su brazo, para ver el alcance del golpe.
—¡Para! ¡No hemos terminado el combate! — gritó ella, empujándole y poniéndose de pie, buscando su shinai. Tenía la hakama manchada de barro y la coleta medio deshecha. Kenshin también se levantó.
—Sí lo hemos terminado— replicó, recogiendo su shinai mientras recolocaba la sakabato en la hakama, pues había salido volando durante la caída.
—¡No! — gritó Kaoru, atacándole. Kenshin sujetó el shinai con la mano, frenándolo así; había sido muy rápido y ella lo miraba, auténticamente sorprendida.
—Sí— dijo, sin poder suavizar su voz—. Habéis usado técnicas de Hiten Mitsurugi ryu.
—Sólo una— contestó ella, defendiéndose mientras agitaba el shinai para librarse de su agarre.
—Os he golpeado— miró su brazo con aprehensión; ella seguía sujetándolo—. Seguramente esté roto. Tendremos que ir a que os lo mire Megumi-dono.
—Me da igual. No pienso ir a ningún sitio, Kenshin. Quiero seguir— dijo ella, zafándose de su agarre y volviendo a empuñar el shinai con las dos manos. Kenshin respiró. Tenía que mantener el control. Sentía la misma rabia que había nacido en su interior cuando su shishou le había obligado a luchar dos días antes.
—No será conmigo— respondió, echándose hacia atrás; sin darse cuenta estaba dentro del río y las sandalias y los calcetines se le habían empapado, aunque apenas se dio cuenta. Sus ojos estaban fijos en Kaoru y en su rostro. Estaba enfadada. ¿Con él? La ira la hacía ser más rápida, más fuerte. Ella no lo sabía, pero él sí. En ese estado era fácil perder el control.
—Ya verás como sí— dijo ella entonces, atacando de nuevo. Kenshin volvió a frenar el shinai con la mano, agarrándolo— ¡Si fuese una espada te habría cortado los dedos!
—¡Si fuese una espada yo te habría cortado el brazo!— gritó con dureza. Al instante se arrepintió, soltando el shinai. Ella le miraba con los ojos muy abiertos, con la coleta deshecha, respirando con fuerza. Estaba... ¿Asustada? Había usado el mismo tono de voz... El mismo tono de voz que tuvo una vez, mucho tiempo atrás, durante el Bakumatsu. ¿Qué estás haciendo, baka? — Gomennasai... Sessha...
Sin embargo, ni siquiera pudo terminar la frase. Kaoru se abalanzó sobre él y, agarrándole del bogu, le besó con fuerza en los labios.
