Hola! Quiero agradeceros vuestras review sobre mi historia. Me gusta mucho leerlos y me hacen mucha ilusión; antes de entrar a contestar una por una, quiero deciros que sé que a veces los personajes hacen cosas "extrañas", en el sentido de que no concuerdan demasiado con lo que hoy entendemos, pero pienso que ellos vivían en otro contexto completamente distinto. Kaoru y su idea del matrimonio, por ejemplo, creo que se ve en el anime lo importante que es para ella, sobre todo en el capítulo de la Tanabata. Intenté explotar un poco ese rasgo suyo. Sin embargo, Kenshin es de otro tiempo, aunque solo se lleven once años, en realidad son de "eras" distintas. Nunca me lo imaginé demasiado deseoso de cumplir ritos ni tradiciones, sino más bien con una moral estilo samurai, más centrada en seguir su propia conciencia que en convenciones sociales. Espero que el capítulo os guste :-)
serena: ¡gracias por leerme! Yo creo que Kaoru sí puede ser "sosa" desde la perspectiva de nuestra época, pero desde la suya me parece más bien que está siendo muy poco convencional teniendo a dos hombres cerca de "esa" manera. Sin embargo, sí creo que Kaoru es romántica, idealista, fantasiosa... Creo que ella tiene idealizado el amor y las tradiciones, como digo en la introducción de este capítulo, por eso tiene un conflicto interno tan grande entre esperar por el hombre que ha sido su primer amor o darle una oportunidad a otro, que la quiere y que además es buena persona y a ella también le gusta.
guest: gracias por decir que es un capitulazo, me has sacado los colores! Yo tenía ganas de hacer que Kaoru diese algún pasito, aunque en el manga y en el anime es tan parada como Kenshin; otra cosa es que sus sentimientos sean más obvios, porque es más romanticona, más "cría" en ese sentido, pero realmente ella tampoco es que tome demasiado la iniciativa. Espero que te guste el siguiente!
Kaoru Tanuki: gracias, como siempre por tus review! muchas gracias por tus preciosas palabras, intento dejar ver lo que sienten y no tanto contarlo, aunque es difícil. Sería más sencillo que Hideki fuese un idiota, pero me parecía que para que la historia tuviese algo de picante había que darle a Kenshin un rival digno, que realmente sea capaz de ganarle en este asunto. A ver qué te parece el siguiente y gracias como siempre por tu incondicional apoyo!
Capítulo 14.
Esa mañana, tras haberse quedado dormida y llegar tarde a su entrenamiento con Hideki, su humor no había dejado de empeorar. Ver a Kenshin al regresar, con la escoba en la mano y el mandil oscuro, como una ama de llaves, no lo hizo más fácil. Tenía su habitual sonrisa, su voz amable, su expresión humilde y su gesto inocente mientras extendía la mano para coger su macuto y le ofrecía el almuerzo; un almuerzo, claro está, perfectamente elaborado, con comida sabrosa que todos alabarían, recordándole a ella que ni un arroz sabía hacer. Después le ofreció un té delicioso, recién elaborado. Todas esas cosas que tanto le gustaban de él ahora, de pronto, parecían despertar su ira. Kaoru quería zarandearlo, quería pegarle con su shinai. Se sentía rabiosa. ¿Estás rabiosa con él, o rabiosa contigo? Apretó los puños. Con él, por supuesto. Él tenía la culpa. Por su culpa ella estaba haciendo cosas sin sentido, dando tumbos de un lado a otro. Espérame, había dicho. ¿Hasta cuando? ¿Hasta convertirse en una anciana? Era como Aoshi y ella, por mucho que quisiese negarlo, como Misao. Se había decidido a no esperar, pero estaba esperando. Siempre estaba esperando, aunque se forzas a seguir, como si una parte de su corazón se quedase atrás, aferrada al susurro dulce de su voz cuando la llamaba Kaoru-dono.
Y ahora le hacía seguirle por aquel bosque infernal, con el sol golpeándole la nuca. Como siemppre, se ofreció a cargar con todo, shinais y armaduras, pero ella se negó. "Cada uno llevará su shinai", dijo, con tono hosco. Kenshin le contestó con un "Como deseeis, Kaoru-dono" que no hizo más que incrementar sus ganas de darle un puñetazo. Mientras veía su coleta bailar en su espalda, al ritmo de su movimiento al andar, se iba enfadando más y más. Caminaba más adelantado, como si fuese su maldito guía. Otro hombre aprovecharía para hablar con ellla, quizás para cogerle de la mano. Kaoru pensaba en lo idiota que había sido. Espérame. Él sabía que ella se veía con Hideki. No había dicho nada. Quizás fuese por eso. Quizás por eso no diese ningún paso... No; no lo creía. Seguía siendo amable y, esa misma mañana, antes de ir al dojo de Hideki, le había besado la mano. Algo parecido a... un beso. No, nada parecido a un beso. Quería golpearle con el shinai hasta arrancarle algo, lo que fuese, cualquier cosa menos una absurda frase que empezase por sessha. Tenía la sensación de que veía más de él cuando luchaban y solo por eso había aceptado a esa extraña excursión a pleno sol entre la maleza. Por eso, y porque el dojo estaba mojado. Necesitaba entrenar.
Espérame.
¿Qué clase de declaración era esa?, se preguntó, siguiendo el movimiento de su coleta. Ella le pedía a Yahiko que la esperase cuando salía a comprar anguila al mercado, o a Megumi, cuando a medio camino de su paseo se daba cuenta de que había olvidado cerrar la puerta del dojo. Kenshin no le había dicho nada después de aquello; no había concretado qué era ese "espérame". No le había hablado de un futuro juntos, ni siquiera de que existiese una posibilidad. Su espérame podía significar cualquier cosa; podía querer decir "no estoy preparado todavía", "no estoy preparado y seguramente no lo esté jamás o "no estoy preparado porque todavía amo a mi esposa"; también podía querer decir "no sé lo que siento", "espera a ver si algún día te logro mirar con otros ojos" o, incluso, "te tengo cariño, pero en este momento no te veo más que como a una niña". Cuando le prometió esperarle estaba segura de que era lo primero; ellos están demasiado rotos, había dicho Misao. Estaba roto, tenía que recomponerse; ella podía lidiar con eso, incluso ayudarle a juntar las piezas. Si necesitaba luz, ella brillaría por los dos. Sin embargo... Sin embargo, cuando cruzaron sus espadas, no le pareció que él estuviese realmente roto. Un ki roto no podía vibrar de aquella manera. Quizás no le conocía tan bien. Quizás no estaba roto y era ella la que se estaba rompiendo, esperando lo imposible. Ella no sabía nada de amor, nada. Quizás simplemente él ya había conocido a la mujer de su vida. Había evitado pensar eso, porque si esa era la respuesta, entonces no había nada que pudiese hacer. Nada podría salvarlos.
Daría mi vida porque ella viviese.
Su voz no había sonado triste al decir aquellas palabras y eso todavía la había desconcertado más. Durante un tiempo, tras lo de Enishi, creyó que los sentimientos de él hacia Tomoe se limitaban a la culpa; culpa por haber matado a su prometido, por haberle robado la felicidad y, después, por haberla matado. Más tarde le pareció que tal vez no fuese solo culpa; tal vez también se sintiese en deuda. A fin de cuentas, ella había dado su vida para salvarle y esa era una carga demasiado pesada para cualquiera. Ahora ya no sabía qué pensar. ¿Era posible seguir enamorado de una persona muerta? Ella seguía queriendo a su padre, pero... Pero no era lo mismo. Un padre no es una mujer. Estaba segura de que no era la única mujer del mundo enamorada de un hombre que antes había estado casado, casado... o lo que fuese.
Sessha cree que dos personas pueden estar juntas sin estar casadas.
¿Le conocía realmente? Su coleta seguía bailando en su espalda mientras se adentraban en el bosque. De vez en cuando se giraba y le preguntaba si estaba bien. No, no estoy bien, pensaba. Ella quería conocerle, saber todo de él. Quería descubrir qué pensaba, qué sentía. Saber si tenía miedo a algo, si se imaginaba su vida en unos años. Si prefería el verano o el invierno, si alguna vez se había bañado en el mar, si había vagando por todo Japón durante esos diez años o todavía le quedaban sitios por conocer. Quería saber dónde aprendió a cocinar, qué sintió la primera vez que empuñó una espada; quería saber si había estado con otras mujeres después de Tomoe. Quería saber si se imaginaba, en un futuro, formando una familia. Kaoru quería todo y, sin embargo, él no le daba más que migajas. Y... Ella no le había pedido nada a Hideki y le había ofrecido cuanto tenía; nunca hubo otra mujer en su vida y creía que ella, Kamiya Kaoru, era la que estaba esperando. Con Kenshin no había ninguna certeza, ni siquiera estaba segura de poder levantarse una mañana y que siguiese allí, en su dojo, siendo su eterno invitado. Con Kenshin... Con él nunca sería la primera. El pensamiento se le clavó en las entrañas.
El sitio que él había escogido para ese entrenamiento le recordaba a los lugares donde iba con su padre durante la primavera, de niña. No recordaba si había estado antes allí, pero la atmósfera era la misma; tranquilidad, sosiego, un silencio solo roto por el canto de los pájaros y el circular suave del agua del río. Toda ella, sin embargo, gritaba por dentro. Sin siquiera haber empezado el entrenamiento, le atacó. Hideki iba a dar un paso, lo sabía. No era tonta. Iba dar un paso, uno definitivo y Kenshin... Kenshin seguiría lavando a escondidas la ropa de Sanosuke. Idiota, rugió su espada. Otra vez la esquivaba. Otra vez la misma idea: es demasiado fácil para él. No eres suficientemente fuerte.
Pese al enfado, quería probar un poco más de eso que él le había ofrecido en los otros entrenamientos. Era lo único que tenía, lo único auténtico. No dejaba que le conociese, pero podía desnudarle a través de la esgrima. Eso podía hacerlo. Sus miradas se cruzaron por un instante y vio el brillo en sus ojos. Ella le gritó que luchas y él atacó; fue el ataque más duro que le había hecho desde el primer día que se enfrentaron. Lo bloqueó con una técnica, más bien, con una imitación de un movimiento que tantas veces le había visto hacer a él. Cuando las espadas se encontraron sintió su confusión con tanta claridad que estuvo a punto de soltar una carcajada. Sin embargo, Kenshin no había sobrevivido a la época más sangrienta de la historia de Japón por casualidad. En un instante volvió a atacar y Kaoru se lanzó contra él. El golpe de la madera contra su brazo había sido muy duro. Estaba segura de que lo había roto. Su brazo izquierdo... ¿Cómo podía ser tan fuerte?
Estaba enfadado. Podía sentirlo, pero ella lo estaba todavía más. No por su brazo; en ese momento no le importaba. Odiaba que las palabras no floreciesen entre ellos. En otras ocasiones se habían entendido con una mirada, pero ahora solo quería golpearle. Golpearle hasta que entendiese, hasta que su espérame tuviese algún significado. Su voz gritándole le cogió desprevenida y se movió por instinto. Jamás se habría creído capaz de algo así y, al mismo tiempo, le pareció que había esperado demasiado para hacerlo. Le besó, lanzándose contra él, sujetándolo por la armadura con ambas manos; si no fuese Kenshin, si no tuviese su equilibrio casi divino, estaba segura de que lo habría derribado.
Pero... Las cosas no fueron como ella esperaba. Eso era muy habitual en la vida de Kamiya Kaoru: se imaginaba una escena, la trazaba en su mente como perfecta y, a la hora de la verdad, era un maldito desastre. Cuando Hideki lo hacía parecía sencillo, pero estaba claro que no lo era. Se abalanzó contra Kenshin con demasiada fuerza y sintió cómo sus bocas se estrellaron, sus dientes chocaron contra sus labios. MIERDA.
Kenshin se echó hacia atrás, separándose, colocando una mano entre ellos. Él... estaba sangrando. Su labio sangraba. Kaoru quería desaparecer, ser engullida por la tierra, que un gigantesco meteorito se la llevase del planeta en ese instante. Por desgracia, nada de eso sucedió. El sol seguía brillando, el río seguía corriendo tras ellos y su cara debía ser del color del pelo de Kenshin.
—Gomen... Yo no... Yo... —. Las palabras se amontonaban en su mente, después de todo, ¿qué podía decirle? "Lo siento, no tengo ni idea de cómo se hace y te he partido la boca". Luchaba por no llorar. No, no lo haría. Ya estaba pareciendo demasiado imbécil. ¿Qué diría Megumi si la viese? Probablemente se caería al suelo de la risa. Ni siquiera era capaz de tomar la iniciativa y dar un auténtico beso. Kenshin se llevó la mano al labio inferior y con sus dedos retiró la sangre. La miraba fijamente... ¿Qué estaba pensando? Ella bajó la cabeza—. Gomen, Kenshin, no...
Sintió cómo la agarraba del bogu y tiraba de ella hacia sí mismo. Le miró sin entender. Cuando iba a volver a pedir perdón por haberle roto el maldito labio, él consumió la distancia entre ambos y la besó. Primero fue un roce, como el de la primera vez; después sintió su lengua posarse suavemente contra sus labios, como una sutil invitación. Kaoru estaba paralizada. Él repitió el movimiento varias veces, dándole pequeños besos húmedos, hasta que ella separó los labios y le dejó entrar. Si no la tuviese sujeta por el bogu estaba segura de que se habría caído al suelo. La lengua de Kenshin buscó la suya con suavidad y cuando se encontraron, la abrazó despacio, acariciándola. Kaoru se abandonó a su olor, al tacto de su cabello haciéndole cosquillas en las mejillas, al roce de su nariz, al sabor de su boca. Notaba el regusto metálico de la sangre que ella le había provocado, pero no le importó. Podrían haberla matado en ese momento que ni se habría dado cuenta. Todo quedó reducido a la respiración de Kenshin contra su boca cada vez que se separaba la distancia absolutamente imprescindible como para que ambos tomasen aire, y de nuevo sus labios contra los de ella, su lengua cálida, su sabor, distinto de cualquier otra cosa; mejor que ninguna otra cosa. Ella intentaba imitar sus movimientos, deseando no parecer demasiado torpe. Su ki... Su ki rugía con tanta fuerza que podría acallar cualquier otro ruido del mundo. Él separó sus labios y, girando un poco la cara, la besó... ¿En la oreja? Kaoru desconocía si eso era normal, de modo que se quedó muy quieta. Kenshin seguía sujetándola por el bogu con ambas manos, pero soltó la derecha y la usó para apartar la coleta del hombro de ella, echándola hacia atrás. Entonces puso la mano sobre su yukata y la movió un poco, dejando al descubierto parte de su hombro. Kaoru contuvo la respiración, sintiendo que el corazón le iba a salir por la boca de un momento a otro. Él pasó la mano por la piel de su hombro, acariciándola y después enterró con delicadeza su cara en su cuello. Empezó a besarlo de la misma manera que había hecho con su boca; sentía su lengua húmeda, sus labios y, en alguna ocasión, el roce suave de sus dientes, casi como un espejismo. Se mordió el labio cuando sintió que su respiración empezaba a ser incontrolable. No sabía qué hacer. ¿Qué debía hacer? ¿Debía tocar su pelo? Su cuerpo entero ardía mientras él seguía devorando despacio su cuello. Kami-sama, ¿por qué la idiota de Megumi no le había hablado de esto? No podía pensar con claridad. La mano que él tenía en su mejilla le acariciaba la cara mientras sus besos bajaban hacia la parte baja de su cuello, siguiendo el camino de su pulso. Estaba perdiendo el control.
—Kenshin— dijo en un susurro, pero su nombre salió de sus labios como un gemido. Se sonrojó tanto que hasta pudo sentir el calor en sus mejillas. Él apartó la boca de su piel y la miró, levantando la cabeza. Sus ojos brillaban de una forma extraordinaria y su mirada... Su mirada no parecía la de siempre; veía la dulzura de su expresión, pero había algo más. Kaoru ordenó a su cuerpo que se moviese, y logró poner una mano sobre la de él que todavía sujetaba su bogu. Él sonrió y se apartó un poco, mirándola con gesto suave. Su mano derecha todavía estaba en la cara de Kaoru y acarició su mejilla con dulzura. Se quedaron así varios segundos, sin decir nada.
—Tal vez podamos ir a ver ese brazo— dijo él finalmente, casi en un susurro. Kaoru sintió que el aire salía por fin de sus pulmones, como si llevase demasiado tiempo aguantando la respiración.
—Sí, onegaishimasu— contestó Kaoru, separándose un poco más. Kenshin retiró la mano de su mejilla con suavidad y recogió los dos shinai, sin decir nada. Ella, mientras, sujetaba su brazo izquierdo. Había ignorado el dolor, pero de pronto volvió como una bofetada. No puede estar roto, pensó, sintiendo la angustia subir desde sus entrañas. Por favor, no puede estarlo. Si de verdad se había roto el brazo, ¿cómo se examinaría en unos pocos días? ¿Cómo conseguiría su título de maestra? Fijó su vista en Kenshin, que desataba los cordones de su bogu con avidez. En apenas dos días había aprendido a hacerlo tan bien como cualquiera que llevase toda la vida peleando con armadura. Kaoru siempre había tenido la extraña sensación de que él se hacía el tonto con ellos, con sus amigos; dejaba que le pegasen, que hiciesen chistes sobre él, incluso que le humillasen, aunque fuese de forma poco seria. No sólo era fuerte; también era inteligente. La fuerza sólo no habría bastado para convertirle en el mejor guerrero de Japón. Cuando acabó de quitarse su armadura, se acercó a Kaoru.
—Voy a quitaros el bogu— anunció, como si fuese a hacer algo que requiriese su permiso. Voy a... Voy a... No ha usado el "sessha", advirtió, sorprendida. Ella asintió, sin sentirse todavía capaz de decir nada. No podía mover el brazo. Con cuidado, Kenshin le sacó la pieza de armadura y la dejó en el suelo—. Ahora voy a veros el brazo— dijo con voz suave. Kaoru no se movió. Sintió sus manos apartar la tela del gi, remangándola. El golpe había caído sobre el antebrazo. Estaba muy hinchado. Kenshin apretó en un punto y ella no pudo reprimir un quejido. Entonces él se separó por un momento y, metiéndose en el pequeño río hasta los tobillos, cogió un par de piedras del fondo. Kaoru lo miraba, sin comprender. Volvió hasta ella y comprobó ambas piedras con su brazo; finalmente eligió un canto rodado perfectamente alisado por la corriente y lo posó en su piel. Estaba helado. Sintió un dolor punzante y después, un poco de alivio. Kenshin miró entonces a su alrededor, buscando algo. Después clavó sus ojos en ella— ¿Podría...? — preguntó, cogiendo con suavidad el estremo del lazo sobre su pelo; ella tardó unos instantes en entender la pregunta. Llevaba uno viejo; no solía ponerse lazos para entrenar, pero ese día, por algún motivo...
—Sí, claro— dijo al final, desconcertada. Kenshin tiró con suavidad del extremo que sujetaba y el pelo de Kaoru cayó suelto sobre sus hombros, como una cascada oscura. Bajó la mirada, avergonzada. Quitar el lazo así a una chica era un gesto muy íntimo, algo que ella siempre había imaginado que debía suceder en una noche de bodas. Sin embargo, Kenshin no parecía ser muy consciente de la trascendencia del momento. Empezó a manipular el lazo, estirándolo y anudándolo. Ella no pudo evitar recordar la vez en que, al poco de conocerse, le había regalado un lazo para que volviese al dojo tras luchar con Jinnei. Después él se lo había dado lleno de sangre. Kenshin cogió su brazo con suavidad y usó el lazo para hacer un cabestrillo improvisado, dejando la piedra sujeta contra la piel.
—Mantenedlo así mientras llegamos a la clínica— dijo, terminando de colocarlo. Ella asintió con la cabeza. Comenzaron a caminar de vuelta, en silencio. El sol seguía en lo alto del cielo, los pájaros aún cantaban. Era un día maravilloso, un auténtico día de principios de verano. Kaoru se preguntó si ya se verían las luciérnagas por las noches. Aunque los dos estaban en silencio, no era un silencio incómodo. Además ella se había dado cuenta de una cosa importante, una cosa que habría pasado desapercibida a cualquier otra persona: él ya no caminaba delante, sino que lo hacía a su lado, como si hubiese encontrado un ritmo en el que se sentía cómodo. Sin embargo... Sin embargo había algo, algo que necesitaba saber. Algo que quería preguntarle. Miró a lo lejos, el camino.
Daría mi vida...
No quería pensar en eso ahora. Estaba demasiado cansada. Sabía que tendría que librar esa batalla más tarde, del mismo modo que el nombre de Hideki se deslizaba bajo su piel, como un presagio. No, no en ese momento. Después. Pasó la lengua por su labio y sintió el corazón bortarle en el pecho cuando notó todavía el sabor de Kenshin. Su sabor... en mi boca. Agitó la cabeza. Dejó entonces que el sol le calentase la nuca, borrando por unos instantes todas sus dudas.
Megumi salió de la sala con gesto tranquilo, soltándose la coleta. Kenshin la miró, todavía cruzado de abrazos, apoyando su espalda contra la pared. A su lado, en el suelo, estaba el macuto con los bogu y los shinai. No quiso pasar antes por el dojo a dejar las cosas; creyó que cuanto antes fuesen a la clínica, mejor para el brazo de Kaoru. Megumi le devolvió la mirada y se dirigió hacia él.
—¿Está roto? — preguntó Kenshin, aún sabiendo la respuesta. Megumi asintió con la cabeza; su gesto, lejos de ser el habitual, amable, parecía duro.
—Sí, está roto. Por suerte es una rotura limpia. Soldará sin problemas.
—¿En cuánto tiempo? — dijo entonces, bajando la mirada hacia el macuto. Los shinai asomaban. Los shinai... O lo que quedaba de ellos. El de Kenshin se había astillado por el golpe. No había sido consciente hasta que los recogió, junto al río. ¿Cómo podía haberle dado con tanta fuerza? No podía pensar en ello. Llevaba todo el tiempo luchando por apartar ese pensamiento de su mente.
—En tres o cuatro semanas—. Lo que imaginaba. Había visto otros brazos rotos antes. Él mismo había roto muchos, sabía cuánto tiempo tardaban en sanar y también conocía los distintos tipos de roturas. Cuando luchaba con la sakabato podía calcular el daño que le infringía a su contrincante; a veces bastaba con aturdirlos o hacerles perder el sentido, pero otras, unas pocas, como en el caso de Jinnei, era necesario romperles un hueso, cortarles un tendón. A veces era necesario causarles heridas más graves, pero nunca antes lo había hecho sin querer. Sabía cómo golpear, sabía controlar su fuerza y, sin embargo...
—Kaoru-dono no tiene tres o cuatro semanas— dijo, en un murmullo, alzando la vista de nuevo hacia Megumi. Ella se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.
—Pues tendrá que tenerlas. No puede pelear con un brazo roto, aunque sea el izquierdo.
Era cierto. En kendo eran necesarios ambos brazos; el derecho dirigía la trayectoria del corte, pero el izquierdo regulaba la potencia, la fuerza, la intensidad. En una pelea real, si te herían el brazo derecho, podías, si sabías, continuar luchando con el izquierdo. Pero la de Kaoru no era una pelea real; ella debía examinarse para ser maestra y tendría que ejecutar las katas de su estilo y combatir con el maestro que la valoraría. No podía hacer todo eso con un brazo roto, por mucho que fuese el izquierdo. Kenshin suspiró. Quería entrar a ver a Kaoru pero, por otro lado, no sabía qué podría decirle. Había arruinado su sueño de convertirse en maestra. Además... Además estaba lo otro. Sentía la mirada inquisidora de Megumi sobre él, como si pudiese adivinar sus pensamientos. ¿Le habría contado algo Kaoru? Como si pudiese leer sus pensamientos, Megumi habló—. El doctor está con ella ahora, pero vas a venir un momento conmigo. Voy a curarte ese labio. Deja ahí el macuto, a nadie le interesan unas viejas armaduras de kendo.
Kenshin tardó un instante en darse cuenta de a qué se refería con eso del labio, pero para entonces Megumi ya había empezado a andar. La siguió a desgana, llevándose la mano a la boca. No le dolía, aunque él era bueno ignorando las quejas de su cuerpo; había aprendido a hacerlo desde niño. No resultaba muy complicado una vez uno se acostumbraba. "Ignorar el dolor físico es como cerrar una puerta", decía su shishou; "cuanto más fuerte es el dolor más pesada es la puerta, pero una vez cerrada, es como cualquier otra. Simplemente debes tener cuidado de no cerrar demasiadas puertas, pues no debes olvidar que el dolor te permite saber a qué distancia estás de la muerte".
La sala contigua era pequeña; había un futón impoluto, tres cojines en el suelo, una estantería con algunos libros e instrumental médico y una ventana a través de la cual se filtraba una luz suave, la luz de un día de inicio de verano. Megumi le indicó que se sentase en uno de los cojines y él así lo hizo. Ella también se sentó, de frente a él, sujetando un pequeño cubo de madera. Mojó sus manos en él y después se acercó a Kenshin, tocándole el labio.
—No parece grave— dijo Megumi, pasando sus dedos por el corte. Kenshin sonrió—. Si sonríes así se volverá a abrir la herida— replicó ella, con el mismo tono que habría empleado para hablarle a un niño.
—Gomennasai, Megumi-dono— contestó Kenshin, bajando la mirada. Ella cogió un frasco con una especie de ungüento transparente y se lo aplicó con cuidado. Escocía un poco.
—Dime una cosa, Ken-san— empezó ella, cerrando el bote del ungüento, sin mirarle—. ¿Pensaste en lo que hablamos la última vez? Acerca de Kaoru— añadió, como si pudiese haber alguna duda. Kenshin miró sus manos.
—Sí.
Sintió la mirada de Megumi sobre él, casi como una acusación.
—¿Y?
Le habría gustado decirle que estaba empezando a cansarse de que todo el mundo les presionase; concretamente, de que le presionasen a él. Los comentarios, las bromas, las casualidades poco casuales para que él y Kaoru se quedasen a solas. No conseguía entender porqué todos sus amigos tenían esa influencia sobre ellos, porqué no podían simplemente dejarles en paz. Sin embargo... Sin embargo, Kenshin nunca antes había tenido amigos. Lo más parecido a eso había sido Lizuka, que después de todo resultó ser un traidor que se había acercado a él como parte un plan para matarlo; quizás esa era la conducta normal entre amigos... Aunque no dejaba de incomodarle, no quería digustarles. Sonrió levemente.
—Sessha aprecia vuestra preocupación, Megumi-dono, pero cada cosa tiene su tiempo.
Las estrellas en verano, la nieve en invierno...
—¿Cada cosa...? —empezó Megumi, frunciendo el ceño. Entonces le agarró del gi, con cara de enfado y le zarandeó levemente; ese comportamiento le resultó tan extraño en ella que estuvo a punto de caerse de espaldas—. Ken-san, tu tiempo no es el tiempo del resto de los mortales; desde luego, no es el tiempo de Kaoru.
—¿Oro?
Ella le soltó, suspirando.
—¿Vas a pedirle matrimonio? — preguntó de pronto, volviendo a cruzarse de brazos ante él. A Kenshin la pregunta le cogió tan de sorpresa que tardó un poco incluso en procesarlas. Pedir... matrimonio... Matrimonio. Ma... tri... mo... nio. ¿Matrimonio?
—¿Matrimonio? — dijo, con los ojos muy abiertos. Megumi suspiró otra vez, esta de forma más obvia.
—Sí, matrimonio. ¿Tienes pensado hacerlo? —. La cara desencajada de Kenshin debió darle su respuesta, porque emitió un soplido mientras se levantaba, dando a entender que su pequeña reunión estaba terminando. Se quedó sentado, mirándola, demasiado impactado para hacer nada—. Mira, Ken-san, te voy a decir lo que pienso. Kaoru se casará este año. Si haces bien las cosas tú serás el marido; si sigues así, será Fujame-san.
—Fujame... san— repitió él, intentando de nuevo procesar. Megumi ya había perdido la paciencia y, cogiéndole de un brazo, le forzó a levantarse.
—Sí, Fujame-san. Ese hombre con el que tu Kaoru-dono ha estado viéndose las últimas semanas. La está cortejando, y después del cortejo viene el matrimonio.
Cortejando. La palabra permaneció en el aire, como colgando de un hilo invisible. De pronto recordó la noche sobre el tejado, cuando los vio besarse. Recordó las sonrisas, los gemidos suaves de Kaoru mientras él la aprisionaba contra la pared, besándola. Pero eso había sido antes de la promesa que ella le había hecho.
Espérame.
Las últimas veces había cenado con él, habían ido a pasear, pero solo eran amigos. Las otras veces... Recordó la anterior noche, cuando el dojo se inundó. Era tarde cuando oyó la puerta abrirse y después vio a Kaoru marearse mientras achicaban el agua; había bebido. Sin embargo, también bebía a veces cuando salía con Megumi y Misao.
Espérame, le pidió. Y ella le dijo que lo haría. Lo haré. Lo prometo. No tenía derecho a dudar de su promesa.
Megumi iba a decir algo más, pero Kenshin se puso de pie y salió, dejándola con la palabra en la boca. Tenía que hablar con Kaoru, de modo que se dirigió hacia la sala donde ella estaba. No sabía qué decirle, porque, ¿cómo se hablaba de todo aquello? ¿Qué palabras se podían usar? Ni siquiera estaba muy seguro de saber qué era un cortejo. ¿Era eso que había visto desde el tejado? Si era eso, entonces podría decirse que él también la había cortejado. Se detuvo un segundo en el pasillo. No estaba acostumbrado a esa sensación de no entender qué sucede; era como si no controlase nada. Y además...
Su brazo.
Además, le había roto el brazo. Si entraba allí tendría que pedirle disculpas primero; ¿cómo lo haría? "Disculpad, Kaoru-dono. Pretendo cortejaros, una vez descubra qué significa, pero antes debo deciros que por mi culpa no podréis ser maestra". Y por otro lado... Por otro lado...
Matrimonio.
Se detuvo cerca de la puerta, inmóvil. Había imaginado muchas veces que se quedaba en el dojo Kamiya para siempre. No era un deseo, era como... Como una extraña certeza; como si, de alguna manera, supiese que sería así. Cuando Kaoru apareció en Kioto fue como una bofetada de realidad. En un instante comprendió lo que le estaba pasando, como si se hubiese roto la presa que contenía un gigantesco río. Sin embargo, cuando volvieron, no supo gestionarlo. No pudo ponerle nombre. Estaban tranquilos. No tenían prisa. Kaoru tenía diecisiete años. Y entonces apareció Enishi, poniendo su mundo al revés. Se dio cuenta de que todos veían su debilidad. Cuando ella volvió, la calma también reapareció. Y con la calma, la culpa. Todo lo que tocas, lo dañas. Era una culpa nueva, pero que se aferraba a otra más antigua, más oscura; una que le había arrebatado diez años de su vida, en los que había sido rurouni por convicción, pero también por necesidad. Durante ese tiempo supo que no podía aferrarse a nada. Todo empezaba y terminaba siempre así, con una espada ensangrentada y un dolor profundo, insostenible. Sin embargo, algo había cambiado.
Ya ha florecido en Otsu, Anata.
Sentía como si se hubiese desvanecido una mochila invisible, cargada de piedras. La noche anterior, en el dojo, cuando Kaoru se durmió sobre su hombro, con su mejilla acariciando su cabello, supo que era eso lo que quería. Era ahí donde quería quedarse. No era tanto lo que deseaba... O, tal vez, era muchísimo. Sin embargo, no se asustó; la gente que le conocía en su nueva vida de rurouni solía creer que era inseguro, pero no era cierto. Tenía la determinación tranquila de quien sabe a dónde se dirige. Le costó encontrar el camino, pero ya lo había hecho. Ya ha florecido... En ningún momento tuvo miedo, simplemente, las cosas irían pasando. No las forzaría, ni tampoco las evitaría. Así es como lo sentía. Y así fue como la besó esa mañana, después de que ella se abalanzase sobre él. Había sido... tan dulce. Su sabor, la calidez de su boca, su sorpresa... Su olor a jazmines inundándolo; la forma torpemente tierna en que ella intentaba imitar sus movimientos; la besaba con suavidad y después buscaba su lengua con más pasión, solo por sentir cómo ella le seguía hiciese lo que hiciese. Espérame... y te entregaré todo, había querido decirle. Quería eso. Quería eso, con ella.
Sin embargo, en ningún momento se había planteado casarse.
Kenshin había crecido durante la era Tokuwaga y se había convertido en un hombre luchando contra el Shogun. Aunque sólo le separaban unos cuantos años de sus amigos, también de Kaoru, ellos entonces eran apenas unos niños. Megumi, la mayor, tenía ocho años cuando él se unió al Ishin Shishi. Kaoru... Kaoru entonces era un bebé de tres años. Con la apertura de Japón al extranjero, pese a lo que podría parecer, algunas costumbres cambiaron para hacerse más estrictas. Occidente tenía unos valores muy distintos a los japoneses, y eso Kenshin lo había comprobado en muchas ocasiones en los más de diez años que había vagado por todo el país. Cuando él era joven, durante el Bakumatsu, sus compañeros de armas llevaban cada noche mujeres a sus habitaciones. Algunas eran chicas de las casas de té; otras veces, muchachas jóvenes que apoyaban a los rebeldes y que se sentían orgullosas de compartir su cama con uno de ellos. No lo hacían por dinero; todos disfrutaban. A Kenshin no le habían faltado las propuestas; cada vez que salía con ellos a beber sake dos o tres chicas se ofrecían a acompañarle al hostal; normalmente lo hacían sutilmente, porque le temían. Tenía quince años y aún así, las muchachas se asustaba de él, aunque no lo suficiente como para no hacerle proposiciones. Muchas veces sus compañero bromeaban; "Himura no es todavía un hombre y ya se las tiene que quitar de encima", decían. Él siempre las rechazaba, pero nunca le pareció que fuesen indignas, ni mucho menos creyó que, de aceptar, eso pudiese afectar de alguna manera a su reputación. Simplemente, en aquel momento no había otra cosa que le apeteciese hacer más allá de cumplir su deber; la espada era todo cuanto le interesaba. Ser rápido, cumplir sus misiones, no dejar que lo atrapasen. En su oscuridad no había sitio para el placer. Sin embargo, veía con normalidad las vidas de sus camaradas. Las chicas entraban y salían, algunas se convertían en sus mujeres. Otras, simplemente, encontraban después un marido. Y no pasaba nada. No importaba, como tampoco importó cuando conoció a Tomoe. No sabía apenas nada de ella y ya estaba enamorado. Le daba igual su pasado. Por lo que decían los rumores, incluso podía ser una prostituta vendida por su familia. Kenshin sentía pena por el sufrimiento que hubiese podido pasar, eso era todo. Cuando supo que ella había estado prometida, no pensó en lo que podía haber hecho o no con su prometido. Y cuando estuvo en ella por primera vez y descubrió que era tan virgen como él, no sintió estar haciendo nada malo por el hecho de que nunca se casaron ante los dioses. Ella era suya, y él era de ella. En el Japón que él había conocido todo parecía fluir de otra manera, más íntima, menos inquisidora.
Sin embargo, Kaoru había crecido en otra época; la era Meiji había traído la apertura a Japón y con ella, los valores occidentales, tanto los buenos como los malos. La noche anterior ella le había hablado del pecado; nunca antes había escuchado esa palabra. Para Kenshin, uno debía saber juzgar la bondad o maldad de sus actos; no se había preocupado por lo que le esperaría después de muerto, porque no tenía sentido; si en verdad existía un infierno, no habría compasión con él. Para Kaoru, al parecer, sí había un concepto social de bien y mal. Así lo creían los occidentales y así empezaban a verlo muchos japoneses. Resopló, fijando la mirada en la puerta. Todo debería ser más fácil. Si dos personas quieren estar juntas, deberían poder estarlo, ¿qué mal podría hacerle eso a los dioses?
Cuando se dispuso a llamar a la puerta, ésta se abrió y se encontró con el rostro serio de Fujame-san. La sorpresa le hizo dar un paso atrás.
—Himura-san— saludó él; no le pasó desapercibida la mirada que lanzó a su labio, que a juzgar por su sensación, debía estar ya hinchado—. Kaoru necesita descansar— añadió, casi en un murmullo. Kenshin no se movió.
—Arigatou por cuidar tan bien de Kaoru-dono, Fujame-san— contestó, dando un paso adelante, con una sonrisa dulce en el rostro; miró por encima del hombro de Fujame-san y vio a Kaoru sentada en un cojín, con el brazo en cabestrillo—. Sessha la cuidará a partir de ahora.
—¿De verdad? — preguntó Hideki, devolviéndole una sonrisa de indignación—. Le has roto el brazo a diez días de su examen.
—¡Hideki! — protestó Kaoru, desde su sitio, poniéndose de pie; les estaba oyendo—. Fue un accidente.
Fujame-san se volvió hacia ella con una sonrisa completamente distinta de la que le había dedicado a Kenshin.
—Claro, Kaoru. Fue un accidente, pero ahora debes descansar. Te acompañaré— añadió, tendiéndole el brazo. Kaoru lo miró con reparo y después miró a Kenshin, que estaba todavía en la puerta, quieto.
Espérame.
—Te... te veo en el dojo, Kenshin— dijo, titubeando mientras agarraba el brazo de Fujame-san. Kenshin se hizo a un lado y, anonadado, observó cómo los dos pasaban ante él, cruzando la puerta, agarrados del brazo.
Lo prometo.
Esperó una mirada de Kaoru, algo. Ella no se giró. Se quedó allí, de pie, sin entender nada, hasta que la voz de Megumi a su espalda le sorprendió.
—Todavía no es tarde, Ken-san.
