¡Hola! De nuevo, gracias a todas por vuestros reviews y también a esas personas que leéis y seguís la historia aunque no dejéis comentario. Os agradezco vuestra atención. Espero que estéis todas bien, que os cuidéis mucho y no salgáis de casa si no es necesario. En estos días difíciles rehacer este viejo fic me ha dado algo en qué pensar, para evitar la angustia del confinamiento y del miedo que todos sentimos a qué pasará. Leer que a algunas de vosotras os ha ayudado en el mismo sentido es muchísimo más de lo que podía esperar. Deseo que no os defraude la continuación. ¡Un abrazo!

Pjean: Kenshin es un poco baka en general, y debo reconocer que me recreo en esa faceta de su ser jeje

Kaoru Tanuki, cuando reescribí la historia estuve tentada a cambiar algunas cosas y una de ellas era ese beso en el bosque, pero lo mantuve porque me parecía que en mi historia los pasos de Kaoru y Kenshin no iban acompasados y es así como debía ser; si lo fuesen desde el principio, no habría trama. Por eso a veces actúan con torpeza, primero porque no hablan abiertamente y segundo, porque están descoordinados; cuando uno avanza, el otro retrocede. Me pareció que eso pasa mucho en la vida real y que es quizás más creíble que lo típico de Kaoru avanzando y él siempre atrás. En algún momento él daría un paso y, en mi historia, quería que tuviese algo más de picante en ese sentido. Me encantan tus comentarios! mil gracias.

VIlbern, espero que en California estéis bien, cuídate mucho. Tu comentario me ha emocionado, si mi fic puede aunque sea ayudar un poquito a mejorar esta situación horrible que tenemos todos, me hará muy feliz, GRACIAS!

Kaoruca , si te digo la verdad, soy una hater de la tercera parte del anime, nunca les perdonaré que no animasen el arco de Enishi y metiesen... eso. Sin embargo, sí me pareció que podía tomarlo como contexto en el tema del matrimonio, también porque esa faceta de Kaoru no se muestra en el manga -por suerte- y que no sería tan raro que, de alguna manera, fuese así. Es cierto que ellos son de distintas épocas, aun llevándose pocos años y que sus formas de entender el amor. En cuanto al capítulo de la Tanabata, a mí me pareció completamente absurdo, como todos o casi todos los del tercer arco del anime, pero aunque no es canon, se me hizo simpático meterlo. Respecto a los sentimientos de Kenshin, yo también creo que en el manga ya lo tenía claro en la parte de Enishi, pero si no metía algo más no habría historia! Gracias, como siempre!


Capítulo 15

Se apartó la melena del hombro, echándola hacia atrás con la mano. El Akabeko estaba abarrotado aquella tarde y ella era la única mujer del local. Se jugaba una importante partida de dados, una en la que seguramente se había movido mucho dinero y de la que, por supuesto, Sanosuke era uno de sus principales jugadores. Oía su voz a su espalda, gritando cada vez que perdía una mano, aullando cada vez que ganaba. Idiota, pensó, suspirando. Ni siquiera se había acercado a saludarla. Otros, sin embargo, sí se pasaron junto a su mesa, algunos con pequeñas miradas, otros con insinuaciones. Ninguno volvió a acercarse a menos de dos metros desde que llegó Kenshin, moviéndose con sutilidad entre las mesas, con su coleta del color del fuego bailando sobre su hombro. En cuanto colocó el cojín y, con su habitual sonrisa, se sentó acomodando la sakabato en su hakama, fue como si una onda expansiva hubiese apartado a todo hombre alrededor. Algunos se atrevieron a mirarle, fascinados; otros apartaron la vista completamente muertos de miedo. Por mucho tiempo que llevase allí, por muy amable que fuese, siempre causaba el mismo efecto. Estuvo tentada a hacer un comentario jocoso al respecto, pero se abstuvo; a fin de cuentas, Kenshin seguramente no entendería el doble sentido y podría sentirse ofendido.

—Hoy el Akabeko está muy concurrido— dijo él, sirviéndole un poco de matcha y tendiéndole la taza; de pronto se escuchó un grito de júbilo el golpe de un puño contra una mesa. Kenshin alzó la vista para ver detrás de ella— ¿Es ese...?

Megumi hizo una mueca de disgusto.

—Sí, es él. Creo que no te ha visto, así que haz como si no supieses que está o...

—¿Kenshin? ¡KENSHIN!

La voz de Sanosuke retumbó por todo el Akabeko; Megumi estaba segura de que podía haberse oído incluso en la propia clínica, tal vez hasta en Kioto. Suspiró, colocando la mano tapando su mejilla, evitando volverse mientras por el rabillo del ojo lo veía acercarse. Kenshin hizo amago de levantarse, pero ella agitó la cabeza en una fuerte negación, evitando que lo hiciera.

—Sano— saludó él, sonriendo a su amigo. Sanosuke le dio por respuesta un golpe en la espalda que estuvo a punto de lanzarlo contra la otra pared del local y, acto seguido, lo agarró del brazo intentando arrastrarlo a la mesa con los demás hombres, donde se jugaban las apuestas.

—¡No sabía que vendrías! Es el momento perfecto, ahora mismo vamos a...

—¿No te han enseñado a no molestar a un hombre cuando está con una mujer? — soltó ella, mirándole con gesto duro. Sanosuke volvió la vista hacia ella, como si acabase de verla por primera vez, soltando a Kenshin—. Esta es una conversación privada a la que no estás invitado.

—Tú— dijo entre dientes—. Tienes todos los días del año para coquetear con Kenshin. Hoy le necesito.

—¿Coquetear? — gritó Megumi, poniéndose de pie y encarándole; si hubiese sabido usar un bokken como Kaoru se lo habría estampado en la cabeza—. Pero quién te crees que soy yo, ¿una de esas chicas con las que te revuelcas en el río? Yo soy una señora.

—¿Una señora? ¿Una de esas que le ponen ojitos a los hombres de sus amigas?

—¿Pero qué estás diciendo, pandillero?

Yare, yare— dijo Kenshin, interponiendo las manos entre ellos y volviéndose después hacia Sanosuke—. Sano, sessha tiene que hablar con Megumi-dono. Cuando sessha termine irá contigo, ¿está bien?

Megumi mantuvo su mirada hosca mientras lo veía alejarse y sentarse de nuevo con los hombres, que hicieron toda una fiesta de su regreso. No le pasaron desapercibidos los comentarios a voces sobre su belleza; ni le gustaban ni tampoco le preocupaban. Megumi sabía que era bonita, del mismo modo que ellos sabían que no tenían ninguna posibilidad con ella.

—Maldito imbécil; si te lo hubieses dejado olvidado en Kioto habría sido una alivio para todos— susurró, sentándose de nuevo. Notaba calor en las mejillas.

—Sessha no cree que sea eso lo que pensáis— replicó Kenshin, sonriendo mientras bajaba la mirada hacia su taza. Megumi frunció el ceño.

—No hagas eso, Ken-san— dijo, amenazándolo con su dedo índice.

—¿Oro?

—Deja de hacerlo, ¿me oyes? No vas a darle lecciones a la reina de las insinuaciones— contestó, moviendo la melena con resolución—. Si quieres decir algo, dilo.

Kenshin volvió a sonreír de aquella manera, como si supiese un secreto de ella que no le había revelado; no pudo evitar sonrojarse.

—No hay nada que sessha deba decir al respecto— dijo, cogiendo una pequeña galleta y llevándosela a la boca. Megumi suspiró.

—Bueno, ¿cómo están las cosas? — preguntó, intentando mirarle a los ojos, una actividad que Kenshin solía convertir en compleja por su maldita costumbre de mantener siempre la mirada baja, como si ella le intimidase. ¿Le vería como una madrastra a la que temer?

—Bien— contestó Kenshin, mirando la galleta que tenía en la mano—. Igual. Sessha no sabría decir.

Megumi cogió aire. Quería pegarle con la tetera, pero ella era una dama; no podía comportarse como Kaoru y menos aún, como Misao. Misao...

Habían pasado tres días desde el incidente del brazo de Kaoru, tres días en los que había ido cada mañana a la clínica a que ella le revisase la escayola, comprobase la inflamación y, de paso, intentase sonsacarle algo, lo que fuese. Sin embargo, Kaoru se había cerrado como una ostra. Por la ventana de la clínica podía ver a Hideki esperándola, apoyado contra un árbol, como el caballero de una película. Pero la mirada de Kaoru no era la de una muchacha enamorada paseándose por el mundo con su caballero. "Kaoru", había intentado el segundo día; "¿estás así por lo de tu examen". Ella había sonreído, como ausente, y se había limitado a contestar: "no era solo un examen, Megumi".

—¿No has visto a Kaoru más apagada? — preguntó, levantando una ceja; estaba empezando a preguntarse si los ojos de Kenshin, además de ser terriblemente bonitos, tenían alguna utilidad práctica.

—Sí— murmuró él, posando su taza sobre la mesa y mirándola; tenía ojeras. ¿Había estado durmiendo mal? —; está muy afectada por su examen.

—¿Y no has intentado... consolarla? — se aventuró Megumi, cambiando ostensiblemente el tono de su voz. Kenshin levantó las cejas, sorprendido.

—Claro. Sessha le preparó su comida favorita ayer, le trajo del mercado una anguila de buen tamaño y esta mañana le dejó hecho un...

—Ken-san, cállate, por favor— le interrumpió ella, poniendo la mano frente a su cara. Si seguía escuchando la lista de la compra se cortaría las venas con su tanto—. ¿Es que no escuchaste nada de lo que dije el otro día?

Él frunció el ceño, contrariado.

Sessha hizo algunas de esas cosas.

—¿Cuáles?— preguntó, aunque más bien sonó como una orden. Kenshin volvió a coger su taza y a buscar en el fondo las respuestas a los grandes interrogantes de la Humanidad.

—La anguila que sessha...

—¡No quiero oír hablar de tu maldita anguila! — gritó Megumi, fuera de sí. Al instante se dio cuenta de que todo el Akabeko se había quedado en silencio y les miraba. Kami-sama, tendré que huir a una remota isla, pensó, sintiendo cómo se empequeñecía en su cojín. Carraspeó y trató de recobrar la compostura. Ella era una doctora; una auténtica señora—. ¿Compraste flores?

Kenshin se había sonrojado hasta la raíz de su pelo, de modo que tuvo que esperar unos segundos a que se recompusiese y, con un hilo de voz, lograse contestar.

—N-no. La cocina... La cocina está ya llena de flores y sessha no creyó que...

Megumi frunció el ceño, cortándole nuevamente.

—¿Están llegando flores al dojo? —. Kenshin asintió con la cabeza—. ¿Qué tipo de flores?

—Jazmines— contestó él, volviendo a servir te para los dos—. Y rosas.

Megumi alzó la mano o llamando a Tsubame, que estaba atendiendo las mesas. Cuando se acercó señaló las tazas de los dos.

—Sake— dijo, con su tono más solemne.

—Megumi-dono...

—No— le dijo ella, amenazándole de nuevo con su dedo. Estaba claro que tendrían que tomar medidas más drásticas. Tsubame, rápida y solícita, les sirvió el sake. Kenshin le dedicó una sonrisa dulce. Megumi le miró mientras cogía las galletas que la niña les ofrecía y le tendía una. No entendía las dudas de Kaoru, no podía entenderlas. Si él la hubiese elegido a ella... Se quitó la idea de la cabeza; ese era un tren que nunca había pasado y del que se despegó hacía demasiado tiempo. Estaba allí para ayudarles a ellos, porque era evidente que por sí solos no sabían como hacerlo—. No debería contarte esto, pero Kaoru es una chica muy... pasional. ¿Sabes por dónde voy?

Estaba segura de que no tenía ni idea; Kenshin solía mantener su cara de tonto durante las bromas subidas de tono. Incluso Yahiko parecía más espabilado que él en sus interacciones con Tsubame. Y, además, estaba ese beso. Por lo que Kaoru les había contado, había más pasión en una piedra.

—Sí— contestó, sin embargo, manteniéndolo la mirda. Ella le miró con sorpresa—. Megumi-dono, sessha agradece vuestra ayuda, pero no cree que Kaoru-dono esté así por eso. Es por el kendo.

—No le han cortado una mano— replicó Megumi, frunciendo el ceño—. Sólo son tres o cuatro semanas y podrá volver a entrenar como siempre.

—Pero no podrá ser maestra— dijo él, otra vez mirando el fondo de su taza—. Era su oportunidad.

—Ken-san, tienes que dejar de pensar en eso— dijo Megumi, agarrándole del brazo. Kenshin la miró con sorpresa y ella no pudo evitar sonrojarse. Intentaba comportarse con naturalidad con él, pero tenía algo, algo inexplicable, que la hacía actuar como si fuese una adolescente. Como si fuese Misao con Aoshi.

Misao.

Esa mañana había ido a buscarla para acudir juntas a la cita con Kenshin. Estaba segura de que, aún siendo tan infantil como era, podría ayudar; a fin de cuentas, ella vivía con Kaoru, dormían juntas y, en los últimos días, la había ayudado en todo lo que no podía hacer con el brazo roto, como vestirse o asearse. Habían tenido que hablarse, no cabía duda. Sin embargo, Misao le dijo que estaba ocupada, ¿ocupada? ¿Cómo iba a estar ocupada, si se pasaba el día haciendo el idiota por la ciudad? Había algo más, aunque todavía no sabía qué. Sin embargo, tenía una sospecha.

Jazmines... y rosas.

—El sueño de Kaoru-dono es ser maestra— dijo Kenshin, con evidente pesar—. Además, si lo consiguiese quizás tendría más alumnos. Yahiko es un buen discípulo, pero es duro para ella no tener a nadie más.

—Es cierto— concedió Megumi, dando un pequeño sorbo a su sake; no es que le apasionase, pero necesitaba algo más que matcha para mantener la paciencia necesaria—. Pero tiene otro sueño. Quiere formar una familia—. Kenshin la miró fijamente, pero Megumi no supo descifrar el sentido de su mirada. No era miedo, eso seguro. ¿Qué estaba pensando? ¿Es que ya lo sabía? Esperó un poco a ver si decía algo, pero él seguía en silencio. El sake ya le había sonrojado las mejillas y tampoco quería que llegase borracho al dojo—. Hideki va a pedirle matrimonio, pero si te adelantas ella tal vez te elija a ti.

Kenshin esbozó una sonrisa. ¿De verdad le parece gracioso?

Sessha no cree Kaoru-dono esté pensando en el matrimonio en este momento. La familia Kamiya levantó un estilo de esgrima para proteger la vida, pero mientras Kaoru-dono no sea maestra no podrá garantizar la subsistencia del dojo. Eso es lo único que le importa ahora.

—¿Lo único que le importa, eso piensas? No sabes nada de mujeres, Ken-san— replicó Megumi, frunciendo el ceño—. Cuando una está enamorada siempre piensa en el matrimonio. Es así. Y los hombres no...

—¡Kenshin!

Megumi miró hacia atrás, enfadada.

—¡Sanosuke! ¡No hemos terminado!

—¡Deja de acapararle, maldita seas!

—¡Ha quedado conmigo, no contigo, macarra pandillero!

—¿Macarra...?

Kenshin se puso en pie, dejando unas monedas sobre la mesa.

—Megumi-dono, sessha ha disfrutado del té y del sake, pero tiene que hacer un recado importante.

—¿Un recado? ¿Vas a llevarla a cenar esta noche, como hablamos? — preguntó ella, levantando una ceja—. Fuera de casa. No vuelvas a mencionar la anguila, por lo que más quieras. Llévala a un sitio bonito, si necesitas dinero yo puedo prestarte. Hay un sitio occidental que abrieron hace poco, si no llevas la espada y te pones otro gi tal vez...

Sessha os agradece vuestras ideas, Megumi-dono— dijo, sonriendo con su típica dulzura. Megumi agrió el gesto.

—No he acabado, Ken-san— volvió a carraspear y se acercó un poco más a él, para evitar que nadie más les escuchase, sobre todo el metomentodo de Sanosuke, que seguro que tenía la oreja puesta—. Cuando la beses, y esto es muy importante, tienes que hacerlo bien. Intenta... ponerle pasión, como cuando luchas. Tienes que usar... ya sabes... Tienes que...

La mano de Kenshin sobre su brazo la acalló.

—Sé cómo hacerlo— susurró él, sonriendo con suavidad. Megumi se sonrojó tanto que sintió el calor recorriendo su cuello hasta el último pelo de su cabeza. Sin darle oportunidad a replicar nada, Kenshin salió del Akabeko. Había visto algo en su mirada, algo que no conocía de él. Kaoru es idiota, pensó, respirando con calma para tranquilizarse. Son los dos un par de idiotas.

—¿Estás bien? —. La voz de Sanosuke la sacó de sus reflexiones. Estaba a su lado, serio.

—No. Sí. No lo sé— dijo Megumi, mirándole—. Tenemos que encontrar a Misao.

—La he visto hace un rato con Fujame-san, cerca del río.

Megumi ahogó un grito. Lo sabía, se dijo, apretando los dientes. Está ayudándole.


—¿Entonces dijo algo cuando los vio? — preguntó Fujame-san, claramente ansioso. Misao le dedicó una mirada impaciente. Llevaba toda la tarde intentando mantener la compostura y no ser excesivamente impertinente, pero no se lo estaba poniendo fácil. Un hombre como él debería tener las cosas más claras y, sin embargo, allí estaba ella, siendo su muleta. Definitivamente, el mundo se iría a perder.

—Olió los jazmines.

—¿Pero no dijo...?

—Fujame, ya te he dicho que no, no empezó a gritar tu nombre a los cuatro vientos— replicó, mirándole con gesto hosco—. Pero eso no importa. A Kaoru le gustan los jazmines. Ella en sí misma es como un jazmín gigante y aunque no haya dicho nada, le gustará saber que te has dado cuenta.

Aunque sea yo la que se ha dado cuenta.

—¿Y las rosas?

—Las rosas eran preciosas— dijo Misao, sonriendo. Había tantas en el dojo que no tuvieron jarrones suficientes para ponerlas en agua. ¿Por qué nadie podía mandarle a ella aunque fuese una maldita flor? Aoshi se pasaba la vida buscando cómo estar a su altura, ahora en esa absurda idea de recorrer unas extrañas islas para encontrarse a sí mismo, cuando lo único que ella quería era una rosa y un beso apasionado. ¿Tanto pedía?

—¿Pero le gustaron a Kaoru? — Misao se sonrojó y sonrió, nerviosa, sintiéndose estúpida.

—Sí, sí. ¿Cómo no iban a gustarle?

—Pero sigue sin querer salir conmigo.

Ella frunció el ceño. Fujame-san era guapo, simpático e ingenioso, pero tenía un grave problema que había tardado un par de días en descubrir: era tremendamente inseguro, sobre todo en todo lo relacionado con Kaoru.

—Va contigo a la clínica. ¿No te parece suficiente? — por la expresión de Hideki era obvio que no se lo parecía en absoluto—. Kaoru está pasando un mal momento. Se acerca el día del examen y ve que no puede entrenar y que no estará recuperada a tiempo... No lo está llevando demasiado bien.

—Puede que haya tomado una decisión— dijo él, clavando la mirada en el río. El agua descendía tranquila y el sol se reflejaba en ella. Era un día realmente precioso. Había intentado arrastrar a Kaoru fuera del dojo con el objetivo de forzar un encuentro con Fujame-san, pero había sido una misión fracasada desde el inicio. Kaoru no se levantaba del futón más que para comer lo justo para que los demás no se preocupase y bañarse con la ayuda de Misao. A veces se sentaba en el dojo a meditar, o a contemplar los bokken, como si pudiese sanar su hueso solo por vía de la convicción. El resto del tiempo se limitaba a las preguntas directas y a vagar por la engawa como un espíritu. Y Kenshin... Le había ignorado, como si no existiese.

—No, no es eso. Necesita asimilar lo de su brazo, pero tú no debes dejar de hacer lo que teníamos pensado— matizó, mirándole fijamente—. No te relajes. El día de la fiesta todo saldrá bien.

—Pero ¿crees que querrá venir? Pese a no poder examinarse...

Misao asintió con la cabeza, sonriendo.

—Por eso no te preocupes. Yo me encargaré. Tú limítate ese día a hacer la mejor pedida que jamás se haya visto en la historia de Japón.

Fujame-san suspiró. Tenía el rostro cansado, no solo por la preocupación. Misao había pasado por el dojo durante los últimos tres días y había comprobado la carga de trabajo que estaba asumiendo, aunque era obvio que no estaba todavía capacitado para ello. Pese a todo, hacía lo que podía para suplir la ausencia de Kaoru. Después de sus clases, se sentaba junto a él en el dojo y le instruía con paciencia sobre las cosas que le gustaban a Kaoru; no era complicado, porque ella era una persona llena de vida. Pocas cosas no la ilusionaban. Mientras hablaban se dio cuenta de que compartía muchas cosas con Kaoru; los dos eran kendokas, los dos tenían historias familiares parecidas; los dos eran pasionales, tanto para las cosas que les gustaban como para las que odiaban. Eran sinceros y extrovertidos, ambos creían en el matrimonio y querían formar una familia.

—Misao, no sé cómo agradecerte lo que estás haciendo.

—Un té helado podría valer— contestó Misao, sonriendo. ¿Realmente, qué estaba haciendo?

Kaoru, espero que me perdones, pero no quiero verte más tiempo estancada, pensó, dirigiendo una última mirada al mar. Si puedo empujarte fuera de la cárcel donde te ha metido tu amor por Himura, yo, Makimachi Misao, prometo que así lo haré