¡Hola! Gracias a todas por las review y las lecturas. También me gustaría decir que en ocasiones puede parecer confuso el fic, porque he optado por el punto de vista múltiple, es decir, cada capítulo o subcapítulo se narra desde un punto de vista; por eso a veces parece que los personajes piensan una cosa, hacen otra... A veces es por eso, porque desde "fuera", como lo ve otro personaje, parece una cosa pero luego en realidad es otra. O porque el personaje que tiene el punto de vista en ese momento no tiene toda la información y entonces adopta decisiones en base a lo que sabe. Un abrazo y espero que estéis todas bien!
kaoruca, me ha gustado mucho tu crítica del capítulo de la falsa pedida de mano; yo también creí lo mismo cuando lo vi, que aun en el improbable caso de que Kenshin hiciese esa tontería, diría la verdad a Kaoru al momento y de una forma dulce, no haría el tonto de esa manera. Creo que quienes hicieron el guión de ese capítulo no tenían muy claro el tipo de relación que hay entre Kenshin y Kaoru y como dices, hicieron una paradia. Tus comentarios siempre me resultan muy útiles, gracias :-)
Kaoru Tanuki, como siempre tus opiniones son súper acertadas y muchas veces parece que adivinas qué va a pasar, es telepatía o algo jeje me encantan tus comentarios y te agradezco mucho que te tomes la molestia de escribirlos, me gusta mucho leerte! Kaoru tiene un gran cacao mental, y no la culpo; tampoco ayudan sus amigos, posicionándose de un lado y de otro, intentando empujarla de alguna manera... AIns!
Guest, sois muchas las del team-fujame jaja Kenshin sí es un poco baka, pero también es su encanto. Son muy distintos él y Hideki, cada uno da sus pasos y al final, veremos qué sucede. Gracias por tu comentario!
Blackcat, me ha hecho mucha gracia lo del fiambre jaja A mí también me gusta ver a Kaoru haciendo cosas y no como una damisela, a partir del arco de Shishio tanto en el manga como en el anime la dejan en un papel súper triste, como bien dices, hasta Yahiko tiene más protagonismo, una pena porque ella tiene mucho potencial!
sugar-flower, muchísimas gracias por tu comentario, qué ilusión! Espero que te siga gustando cómo continúa :-)
Capítulo 16.
El día caía tras el río mientras Kaoru cruzaba el pequeño puente hacia el centro. El brazo no le dolía tanto como la noche anterior, pero sí había empezado a picarle horriblemente por dentro de esa estructura sólida que Megumi le había colocado; escayola, le llamó. Seguro que lo había inventado algún occidental malvado. Menos mal que ya tengo la forma de aliviar el picor, pensó. Era una tarde fresca, a diferencia de las anteriores. Unos días antes se habría preocupado por ir demasiado desabrigada y ponerse enferma para el examen, pero en aquel momento ya le daba igual. Su sueño se había ido al garete, ya no podría convertirse en maestra del estilo Kamiya Kasshin. ¿Cuántos años pasarían hasta que un maestro de la talla de Osamu-sama volviese por Tokio y se prestase a examinarla a ella, una absurda kendoka del montón? Suspiró. Se haría vieja esperando. De cualquier forma, en su vida el resultado siempre era ese: ella, deseando cosas que jamás se harían realidad, mientras el mundo seguía adelante.
Se detuvo frente a la puerta del restaurante. Era el mismo en el que Hideki le había invitado a cenar unos días atrás, cuando todo lo que le preocupaba era su situación sentimental. Ahora... Ahora, de pronto, le parecía una nimiedad. Hideki, Kenshin; Kenshin, Hideki. Y en el medio, ella, con su vida patas arriba, intentando remendar un sueño roto. Ni siquiera estaba segura de porqué había aceptado salir con las chicas. Misao había insistido mucho, pero Megumi había sido todavía más pesada. Ella solo quería esconderse bajo las mantas de su futón y que los días pasasen cuanto antes, hasta ver su brazo cuidado y volver a ser la misma de siempre, la misma maestra-asistente de un solo alumno. Cuando se decidió a dar media vuelta y largarse de vuelta al dojo, la puerta se abrió y vio a Misao, con el ceño fruncido.
—¿Qué haces ahí parada? ¡Megumi se beberá todo el vino!
Kaoru frunció el ceño mientras su amiga la sujetaba de la mano buena y la arrastraba al fondo del local. Estaba todavía más concurrido que la anterior noche, pese a ser más temprano; no se le escapó el hecho de que, salvo ellas, todo eran hombres, con alguna pareja joven como nota discordante. ¿Es que las chicas no querían conocer esos maravillosos sitios occidentales? Misao la condujo a tirones hasta su mesa, donde ya esperaba Megumi, con una copa de vino en la mano.
—Kaoru, pensé que no vendrías— dijo, dirigiéndole una mirada de reproche. Se había puesto una crema de labios rosa que destacaba sobre su perfecta piel y también se había pintado las pestañas. Kaoru no pudo evitar sentir un ramalazo de envidia. Ella apenas había logrado recogerse el cabello en una coleta, usando la única mano que tenía en ese momento y su cara no debía ser lo más agradable del lugar. Misao también parecía más guapa, como si se hubiese puesto algo en la cara.
—Os habéis puesto de acuerdo para que sea la más fea— replicó, sentándose en una de las sillas altas. Agradeció no estar en un local tradicional japonés, porque no tenía muy claro si podría sentarse en el suelo sin ayuda y con aquel maldito kimono.
—Siempre tendrás la competencia de Misao— dijo Megumi, sonriendo con malicia. Misao echó una mano a su cuello, pero Kaoru le dio un codazo.
—Por favor— murmuró, mirándolas a ambas. Misao asintió, recobrando la compostura, aunque sus mejillas estaban sonrosadas.
Tras analizar el menú se decidieron por algo llamado pasta, y que resultó ser delicioso. Mientras sus amigas charlaban sobre cosas intrascedentes, comentando los últimos rumores de Tokio y los precios del mercado, sintió que había hecho bien en salir de casa. Llevaba allí encerrada tres días, salvo sus breves visitas a la clínica, y creía que iba a empezar a subirse por las paredes. No era tanto el hecho de no poder salir, sino más bien el recuerdo constante de lo que no podía hacer. No podía entrenar, no podía limpiar, no podía cocinar. Si bien a nadie le gustaba su comida, a ella le relajaba ponerse el mandil e intentarlo, aunque siempre fuese un desastre. Ni siquiera podía ayudar a Kenshin a tender la ropa. Él, por otro lado, se había pasado el tiempo esforzándose más que nunca por su comodidad. Había preparado su comida favorita, había lavado su ropa con hojas de menta y lavanda que tuvo que ir a recoger al bosque y hasta le había conseguido en el mercado una anguila gigante, muy por encima de su presupuesto. Cada cosa que hacía la acompañaba de su dulce sonrisa y su Kaoru-dono, pero no era suficiente. Nada podía borrar el hecho de que ella ya no sería maestra. No le culpaba; fue ella la que le desconcentró, fue ella la que se lanzó contra su ataque. Pero, a decir verdad, no tenía ganas de hablar con nadie. Tampoco con Hideki, aunque había aceptado a caminar con él hasta la clínica todos los días. Su charla amena, sus anécdotas divertidas del dojo por lo menos le hacían olvidar durante un rato la situación en que se encontraba.
—¡...paseando con Kenshin!
Kaoru sacudió la cabeza, volviendo al presente. Se había perdido la conversación de sus amigas, pero parecían enfrascadas en otra de sus interminables discusiones.
—Eso es mentira, Misao— decía Megumi entre dientes, con las mejillas sonrojadas. Kaoru bajó la vista hacia el vino y comprobó que, hasta su llegada, sus amigas ya habían comenzado a beber. Genial, se dijo. Tendré que arrastrarlas borrachas al dojo con una sola mano.
—No es mentira. ¡Paseaba con ella y ella le cogió de la mano!
—¿Quién paseaba con quién? —preguntó Kaoru, intrigada. Misao y Megumi parecía que en cualquier momento empezarían a pelearse sobre la mesa que las separaba.
—Himura. Con una chica— dijo Misao, sin dejar de mirar a Megumi. Kaoru frunció el ceño.
—Sería alguna tendera.
—No era ninguna tendera, Kaoru— replicó Misao, poniendo los ojos en blanco—. De hecho, era una chica muy bonita y llevaba un shinai.
—¿Un shinai? — preguntó, ahora más que intrigada, incrédula. ¿Qué chica podría llevar un shinai por Tokio, además de ella misma? — ¿La habías visto antes?
—No, pero llevaba un escudo bordado en el gi. Debía ser de algún dojo.
Kaoru necesitaba saber quién era esa chica. En ese momento el único dojo con suficientes alumnos en Tokio como para bordar sus escudos en los gis era el dojo de Maekawa, pero no tenían ninguna alumna mujer. De hecho, de vez en cuando seguía pasándose a impartir alguna clase y, aunque su número de alumnos crecía cada mes, eran chicos muy jóvenes que debían empezar desde cero.
—Por favor, Kaoru— dijo Megumi, resoplando mientras lanzaba una mirada dura contra Misao—. ¿Vas a preocuparte por una muchacha que seguramente es producto de la imaginación de Misao? A lo mejor deberías buscarte alguna ocupación, como volver a perseguir hombres por Japón.
Misao ahogó un grito, indignada.
—¡O a lo mejor deberías buscártela tú, que estás tan aburrida que hasta te vale Sanosuke!
Kaoru lanzó una mirada de sorpresa a Megumi. ¿Qué narices estaba pasando con sus amigas? ¿Llevaba tres días sin hablar con nadie y ya se había vuelto el mundo del revés?
—Esto es demasiada información al mismo tiempo— dijo, levantando las manos. Megumi agitó la cabeza y bebió su copa de vino de un trago, ante la atenta mirada de Kaoru—. ¿Tú y Sanosuke...?
Abrió la boca para decir algo, pero Misao se adelantó.
—Sí. Llevan semanas durmiendo juntos— dijo, con un brillo malicioso en los ojos. Megumi golpeó la mesa con la mano y Kaoru se dio cuenta de que estaban siendo objeto de todas las miradas. Kami-sama, no podremos volver a este lugar.
—¿Vas a callarte en algún momento?
—Somos tus amigas— replicó Misao, encogieńdose de hombros—. No hay secretos entre nosotras.
— Megumi, no te preocupes, no es tan grave— dijo Kaoru, sonriendo y cogiéndole de la mano; el sonrojo hacía que Megumi pareciese todavía más preciosa de lo que era, pero esta vez no le importó—. No podemos controlar nuestros sentimientos.
—No estoy preocupada— replicó, con gesto duro, apartando la mano—. Y claro que no es tan grave. De hecho, estoy bien así. A diferencia de vosotras yo hace tiempo que dejé de creer en las historias románticas de cortejos y matrimonios.
—P-pero... ¿Entonces estás...? — Kaoru se detuvo un momento, intentando encontrar las palabras. Sessha dijo "esposa" porque no sabía qué palabra utilizar—. Quiero decir, ¿vais a comprometeros?
Megumi soltó una risotada y la miró como quien mira a una niña que acaba de preguntar si la tierra es redonda o plana.
—¿De verdad estás preguntando eso?
—¿Y entonces qué haréis? — preguntó Kaoru, auténticamente sorprendida.
—No lo sé— contestó Megumi, encogiéndose de hombros—. Estamos bien así. Es un idiota y si tuviese que aguantarle por el día acabaría tirándome por un puente.
Misao había cambiado la expresión de su rostro.
—Pero... Pero Sanosuke está enamorado de ti. No está bien que juegues con él— replicó, mientras hacía un gesto a la camarera para que trajese un poco más de vino. Definitivamente tendré que arrastrarla al dojo, pensó Kaoru, que intentaba beber lo mínimo posible.
—Sanosuke no necesita alguien que le defienda— dijo Megumi, clavando sus ojos en Misao—; ni tampoco necesita instrucciones sobre qué hacer y qué no, ¿sabes, Misao?
Kaoru vio cómo Misao se sonrojaba, pero no acertó a entender el motivo. Aunque ellas dos solían discutir le parecía que aquella tarde estaban más ariscas que de costumbre, como si latiese entre ellas un conflicto que Kaoru desconocía.
—Misao— dijo, dirigiéndose a su amiga—. Estaba pensando que... Bueno, que tú, que eres la mejor shinobi que conozco, tal vez puedas enterarte de... En fin, de la identidad de esa chica del shinai.
—¿Por qué no se lo preguntas a Himura? — replicó Misao, frunciendo el ceño.
—Porque no quiero que piense que me molesta— dijo Kaoru, molesta por tener que explicar cada cosa que sentía o pensaba. En ocasiones deseaba que sus amigas pudiesen ser un poco más intuitivas, pero no era el caso.
—¿Y por qué iba a pensar eso? — preguntó Misao—. A fin de cuentas, él no ha movido ficha desde el beso del puente. Tú has seguido tu vida y él puede seguir la suya. ¿Recuerdas? Somos un río. No puedes estancarte con Himura.
—No tiene porqué estancarse, pero tampoco tomar decisiones precipitadas— opinió Megumi, dirigiéndose a Kaoru. Ella apenas las escuchaba. El brazo había comenzado a latirle como si dentro de la escayola se hubiese instalado un tambor. No les había contado nada de lo que pasó en el río, sencillamente porque... Porque prefería que no lo supiesen. No podría aguantar un juicio de su comportamiento; ella misma se decía cada poco que debía dejar las cosas claras a ambos, pero en el momento de la verdad, no lo hacía. Hideki, aferrado a la esperanza que ella misma le dio, le enviaba flores como un poseso. Las flores favoritas de Kaoru, las más hermosas que jamás había visto. Y Kenshin...
Sessha cree que dos personas pueden estar juntas sin estar casadas.
Las tres últimas noches habían sido... extrañas. Ella no había logrado apenas dormir, primero por el dolor del brazo y, más tarde, por la angustia del examen perdido. Sin embargo, sabía que Kenshin tampoco había dormido. De madrugada, cuando debía creer que nadie estaba despierto, lo veía a través de las sombras del shoji acercarse y escuchar. ¿Qué escucha?, pensaba. Se quedaba así un rato, cerca de la puerta y después iba hasta la engawa, como un fantasma. Está mirando las estrellas, pensaba Kaoru, quieta en su futón, imaginándolo con la yukata de dormir y la sakabato apoyada a su lado, buscando la estrella rurouni. Cerraba los ojos y suspiraba. ¿Puedes sentirme? Se lo preguntó en silencio durante dos noches y la tercera, cuando el sueño empezó a apoderarse de ella y los ojos a cerrársele, el aullido del viento contra el shoji formó una palabra: sí. Abrió los ojos, asustada. ¿Lo había soñado? Se levantó maldiciendo el espacio que ocupaba Misao, atravesada en el futón, y abrió lentamente la puerta. Allí le vio, en la engawa, tal y como lo había imaginado. Él debió sentirla, pero no dijo nada. Le miró durante un rato y, al final, caminó hasta él.
—No puedo dormir— dijo, parando a un metro de donde estaba sentado y levantando la vista hasta el cielo. Las estrellas ofrecían un espectáculo inigualable, un auténtico tapiz de luces y sombras, casi como un sueño.
—Yo tampoco— contestó él, casi en un susurro. Ha vuelto a olvidar el "sessha", se dijo, sintiendo una sensación extraña en el estómago. Se sentó de la forma más digna que pudo, usando una sola mano para apoyarse— ¿Os duele? — preguntó Kenshin, volviéndose hacia ella. Kaoru resopló.
—Un poco. Es peor de noche... Pero lo que me impide dormir es el picor— replicó, intentando rascarse sobre la escayola. Era imposible y estaba a punto de volverse loca. Kenshin miró el brazo de Kaoru durante un par de segundos y, sin decir nada, se levantó; volvió en un instante, con un palillo de los que usaban para comer. Ella frunció el ceño, contrariada.
—¿Qué haces?
—Una vez me rompí el brazo, como vos— dijo, sentándose junto a Kaoru y cogiendo con suavidad su brazo escayolado, pasando los dedos por la superficie blanca, lisa—. Yo tendría unos doce años y shishou me había dicho que el día que lograse sorprenderlo, me dejaría bajar con él a las fiestas del pueblo. Tenía muchas ganas de ir a una de esas fiestas— añadió, sonriendo mientras miraba el brazo, como si en él estuviese dibujado aquel recuerdo—. Le ataqué mientras dormía y al defenderse me rompió el brazo de un golpe.
—¡Qué bruto! — exclamó Kaoru, frunciendo el ceño. Kenshin levantó las cejas, mirándola.
—No es muy distinto a lo que os hice yo.
—Sí lo es— protestó ella—. Nosotros estábamos entrenando, llevábamos protecciones. Tú... tú entonces eras un niño y él tu maestro. Debió haber tenido más cuidado.
—No importa cómo pasase; el hecho es que pasó. Shishou preparó algo... algo parecido a esto. Una especie de pasta de arcilla oscura que se endureció en mi brazo, para que no lo moviese. Tenía que llevarlo así más de un mes.
—¿De...verdad? — había preguntado ella, mirándole con incredulidad. No se figuraba tampoco a Kenshin llevando algo así en su brazo; parecía... parecía algo más bien de débiles, de personas con heridas que no podían sanar por sí mismas.
—De verdad. Picaba tanto que intenté arrancarme la arcilla, hasta que... tuve una idea— entonces levantó el palillo y se lo mostró, sonriendo con gesto infantil. Kaoru le miraba, contrariada.
—Un... palillo—. Kenshin sujetó su brazo con delicadeza y lo movió un poco hacia sí mismo, colocándolo en su regazo, mientras Kaoru se sonrojaba hasta la raíz de su pelo.
—Bueno, no deberíais subestimar el poder de este palillo— murmuró, sonriendo mientras metía el palillo por el hueco entre la escayola y la piel de Kaoru, rascándola suavemente con él. Ella ahogó un grito de alivio y Kenshin le dedicó una sonrisa... ¿había sido una sonrisa malvada? —. Tenéis que controlarlo, porque siempre se quiere más y podéis haceros daño. ¿Mejor?
—S-sí— dijo, sonrojada. Kenshin volvió a sonreir y, sacando el palillo de la escayola, se lo tendió.
—Espero que os ayude a dormir— dijo, con gesto dulce. Kaoru le había mirado fijamente durante unos segundos antes de hablar.
—¿Y a ti? ¿Qué te ayudaría a dormir?
Mientras Kenshin volvía a acomodarse en la engawa, ella cogió el palillo y volvió a rascarse con él por dentro de la escayola. Maravilloso, pensó, rascándose más fuerte. Estaba claro que Kenshin tenía razón: acabaría haciéndose una herida.
—Encontrar una solución a vuestro examen— dijo él, mirando otra vez al cielo. Kaoru agitó la cabeza, sin dejar de rascarse.
—No tiene solución. Se acabó, eso es todo.
—Estuve pensando— dijo de pronto, mirándola. Se dio cuenta de que las ojeras asomaban bajo sus ojos, de la misma forma que cuando se vieron después del Jinchuu de Enishi—. El maestro que os examinará es Osamu-sama. Le conozco. Tal vez podría intentar hablar con él.
—¿Y qué podrías solucionar? — preguntó Kaoru, sin poder ocultar el dolor en su voz. Ella estaba empezando a asumir la realidad y parecía que sus amigos no le permitirían aceptarlo.
—Quizás acepte quedarse en Tokio una semana más—. Los dos se miraron y Kaoru sintió otra vez su ki, con la misma intensidad que cuando pelearon.
Espérame.
—¿Y una semana sería...?
—Megumi-dono dirá que no, pero Kaoru-dono lo hará igualmente— dijo él, sonriendo dulcemente. Kaoru también sonrió, aunque con cautela. No quería hacerse ilusiones, no todavía.
—¿Y cómo le convencerás? — preguntó.
—Estaba pensando en eso— dijo, mirando a las estrellas. Kaoru miró también hacia arriba, sacando el palillo de su escayola y poniéndolo a su lado, junto a la sakabato.
—Bien; pues me quedaré aquí y pensaremos juntos.
Habían estado pensando posibilidades hasta tarde, hasta que, en algún momento que no alcanzaba a recordar, ella se quedó dormida. Se despertó al día siguiente en su futón, junto a Misao. Al ir a la cocinavio a Kenshin pero se sintió demasiado avergonzada como para que decirle nada, ni siquiera buenos días. Además, la luz del sol le hizo olvidar las ilusiones que habían surgido en la neblina de la noche; en los últimos tiempos se había dado cuenta de que esa sensación era habitual: durante la noche surgía algo entre ella y Kenshin, una especie de conexión silenciosa que parecía romperse al alba; incluso al saludarla a la mañana siguiente, cuando le vio hacer el desayuno, había vuelto a utilizar el sessha.
—¡Kaoru, espabila! — gritaba Misao, con gesto de enfado— ¿No piensas responder?
—¿Q-qué? — dijo, contrariada. Le picaba el brazo un infierno, pero no podía simplemente sacar el palillo de Kenshin y rascarse en medio del local.
—Tienes que preguntarle quién es la chica del shinai— dijo Misao, asintiendo su propia idea con la cabeza. Kaoru frunció el ceño.
—No voy a preguntarle nada; si él quiere contarlo ya lo hará, y si no, nos enteraremos pronto.
—Eso es cierto— concedió Megumi—. Además, hay más posibilidades de que yo me convierta en maestra del Hiten Mitsurugi a que Ken-San tenga algún interés romántico por ahí perdido.
Misao suspiró.
—Sois un par de tontas confiadas; menos mal que me tenéis a mí para investigar. Yo me enteraré de quién es esa chica.
—BIen— dijo Megumi, lanzando una mirada maliciosa a Misao—. Pero mientras, cuéntale lo otro a Kaoru—. Kaoru frunció el ceño mientras Megumi sonreía de forma malvada—. Misao cree que irás a la fiesta de recepción del maestro, pese a no examinarte. Claro, ella con tal de apuntarse a una juerga, no mira otra cosa.
—¡No es una juerga! — gritó, indignada, volviendo a mirar a Kaoru—. Kaoru, estarán los principales maestros de muchos dojos de la región. Aunque tú por ahora seas maestra-asistente, debes representar al dojo de tu familia. Y Fujame-san está muy ilus...
Se calló de pronto. Megumi soltó un pequeño grito.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Estás ayudándole!
—¡Y tú estás ayudando a Himura!
Kaoru abrió mucho la boca, mirándolas sin entender.
—Esperad un momento— ordenó, cerrando los ojos e intentando controlar las ganas de estrangularlas con su mano derecha—. ¿Me estáis diciendo que... esos dos...? No puedo creerlo.
—No, no, espera— dijo Misao, intentando cogerla del brazo. Kaoru se puso en pie, fuera de sí. ¿Pero qué se pensaban que era ella, un maldito tablero de damas?
—¡Las flores! ¿Fueron cosa tuya, verdad? — preguntó, señalando a Misao, que se puso roja de los pies a la cabeza— ¡Oh, debí imaginarlo! ¿Y las cenas también? Y los paseos por la orilla del río, y las palabras que coincidían siempre con mis obras favoritas. Kami-sama... — volvió la vista hacia Megumi; esas dos habían estado jugando... jugando con sus sentimientos— ¿Y tú qué eras, la maestra de Kenshin o algo así?
—Kaoru, no. Yo solo le dije...
—Ahora entiendo— le cortó, riendo con indignación—. El beso del bosque, ¿le dijiste cómo me gusta, verdad? No puedo creerlo. ¿Hablaste de eso con él? ¿De verdad?
—¿Qué be...?
—¡Y lo de la anguila! ¡La anguila gigante esa que no sé de dónde sacó! — Megumi la miraba, con los ojos fuera de las órbitas.
—Te juro que yo no tuve nada que ver con la...
Kaoru, sin embargo, ya no escuchaba a nadie. Quería golpearlas con su bokken, quería, quería...
—¿Y el palillo? — preguntó, sacándolo de su kimono y mostrándolo; Megumi y Misao miraron el objeto, paralizadas— ¿Qué me dices del palillo? ¡Sabía que era imposible que fuese idea suya!
—Yo nunca...
—¡Os habéis pasado de la raya! — gritó, golpeando la mesa y con el brazo escayolado y marchándose de allí, con la rabia acompasándose a los latidos del brazo roto, dolorido. No puedo creerlo, pensaba Kaoru. Estaba tan enfadada que ni tenía lágrimas.
No puedo creerlo.
Caminó maldiciendo en voz baja, sujetándose el brazo bajo la oscuridad de la noche. Hacía frío, pero ella no lo sentía. Solo tenía ganas de meterse en su futón y olvidarse del mundo. Sin embargo algo la sacó de sus pensamientos. Una voz fuerte y profunda, una que ya había escuchado antes.
—Kaoru-chan, pareces otra vestida de mujer.
Tokio, por el día, era grande. Demasiado grande. Quizás comenzaba a afectarle la vida apartado de la sociedad, aunque no era algo que le preocupase; todo estaría bien mientras hubiese suficiente sake en su cabaña. Aquella mañana había valorado la posibilidad de pedirle a Jun que le acompañase, pero lo pensó mejor. No quería inmiscuirla en aburridas charlas de viejos maestros que le recordasen lo joven que ella era; y, además, Osamu siempre fue un hombre a la antigua usanza. Quizás haría algún comentario desafortunado sobre el hecho de que le presentase a una mujer con la que no estaba casado. A Hiko le resultaba hasta gracioso, pero sabía que Jun lo pasaría mal. Ella había crecido en una familia de samurais, conocía el concepto del honor y ya le había costado bastante trabajo tragarse toda su educación para estar con él de aquella manera. A lo mejor algún día le pido matrimonio, pensó, divirtiéndose con la idea. Aunque solo sea por vivir una "noche de bodas".
Después se alegró de no haberla llevado. Osamu estaba acompañado de su hija Ume, la única heredera que le quedaba, pues su primogénito, un espadachín de cualidades insuperables, murió años atrás, durante el Bakumatsu. Hiko vio que llevaba un shinai y no pudo reprimir una sonrisa maliciosa. En los nuevos tiempos la gente creía que podía defenderse con un palo de madera... Aunque, a fin de cuentas, su estúpido discípulo había decidido cargar consigo una sakabato y parecía que le era suficiente para quitarse de encima a quienes le perseguían. La hija de Osamu tenía el mismo brillo en los ojos que había tenido su padre de joven, aunque era mucho más bonita, por supuesto. Recordaba cuando la conoció, siendo apenas una niña de diez años, la única vez que Osamu había subido a la montaña donde vivía con Kenshin, que en aquel entonces tenía unos doce años. Nunca olvidaría aquel encuentro y las tres jornadas que pasaron cruzando sus espadas y bebiendo sake hasta caer dormidos. Los viejos tiempos...
La pequeña Ume había demostrado ser ahora una mujer amable y alegre, a diferencia del uraño de su padre, al que los años sólo habían agriado el carácter. No desaprovechó la ocasión para recordarle los sangrientos crímenes de Kenshin, entre los cuales se contaba su propio hijo, Riju, miembro del Shinsengumi. Hiko escuchó todo con cierta pereza; era una historia que se sabía de memoria. Después le preguntó por enésima vez si aceptaría un duelo para decidir finalmente la supremacía de su estilo, el Shorin ryu sobre el Hiten Mitsurugi ryu, una de las grandes polémicas de la Restauración parcialmente zanjada con la muerte del joven Riju, a lo que Hiko, por enésima vez, también se negó. La esgrima no es un espectáculo, le había dicho; es el arte de matar y yo no tengo ninguna iintención de enterrar tu cadáver. Algunos maestros, con la llegada de la era Meiji, parecían haberse reconvertido a directores de circo. Habían concluido bebiendo sake y riéndose; a fin de cuentas, él nunca había tenido un conflicto directo con Osamu. Fueron su hijo y su discípulo, que violaron los preceptos de sus respectivos estilos inmiscuyéndose en los conflictos políticos, los que hicieron nacer disputas entre ellos. En todo caso, todo aquello era demasiado para Jun, que gustaba de la tranquilidad y rehuía el conflicto.
La noche en Tokio, sin embargo, ya le gustaba un poco más. El bullicio de las mañanas daba paso a una sensación de gentío agradable, casi de compañía. Hiko prefería la soledad, pero en los lugares solitarios era más difícil encontrar buen sake. La reunión acabó más tarde de lo que le habría gustado, poco después del mediodía, pero todavía pudo aprovechar el tiempo y pasarse por un par de locales para comer algo de pescado y degustar las diferentes formas de preparar su bebida favorita. Sólo lamentó que en ningún lugar le vendiesen una alforja entera para poder llevarla de vuelta a la casita de madera, donde esperaba Jun. Se había hecho tarde y ella no estaría contenta, pero le perdonaría. Haría su mejor esfuerzo para conseguirlo y, por supuesto, lo lograría. No había nada que Hiko Seijuro no pudiese conseguir.
Nada... O casi nada. Realmente, había ciertas cosas que se habían escapado de su control. Algunas, mucho tiempo atrás, como su estúpido discípulo, al que no había sabido atar en corto y que había acabado convirtiéndose en un adolescente asesino. Pero esa parecía estar ya solucionada; no le quitaba el sueño. Otras, más recientes, como sus sentimientos por Jun. Esa mujer le gustaba, le gustaba de verdad. "¿Sabes por qué no te dejo bajar de esta montaña, más que para ir a por provisiones?", solía preguntarle a su baka deshi durante los entrenamientos. "Porque allí abajo, en el pueblo, y más abajo, en Japón y en el mundo entero, están las mujeres. Mientras pueda, te mantendré alejado de ellas". Kenshin, con su habitual cabezonería, agitaba su espada de madera ante él intentando golpearlo mientras negaba la mayor: "¡No me interesan las mujeres! ¡Quiero ser fuerte, quiero poder proteger a los más débiles". Hiko solía reírse de sus afirmaciones, tan infantiles como estúpidas. "No siempre dirás lo mismo. Mi deber como maestro es protegerte frente a las debilidades, las de tu técnica, las de tu espada y también las de tu corazón". "¿Las de mi corazón?", había preguntado el chico, con su habitual expresión de ignorancia. "Esas son las peores. Puedes tener la mejor técnica, blandir la espada más poderosa, pero si te enamoras serás débil y hasta el más mediocre de tus enemigos podrá derrotarte". Él, que había seguido ese precepto al pie de la letra durante toda su vida, ahora paseaba por las oscuras calles de Tokio pensando en una mujer. Maldita seas, Jun, se dijo, siguiendo su reflexión de una risotada.
Fue entonces cuando la vio. No la habría reconocido por su aspecto, pero sí por su ki. Para Hiko Seijuro un ki poderoso era algo difícil de olvidar y no había conocido demasiados como el de aquella chica a lo largo de su vida. Se detuvo y la miró desde lejos. Iba sola, con un kimono femenino, como los que usaba habitualmente Jun; llevaba el brazo en un cabestrillo. Resopló. Su estúpido discípulo no había aprendido la lección y dejaba que su mujer vagase herida por las calles en plena noche.
—Kaoru-chan— la llamó antes de acercarse, intentando no asustarla demasiado—. Pareces otra vestida de mujer.
—¿Hiko-sama? — preguntó ella, casi en un murmullo; podía ver duda en su voz, aunque su espíritu no mostraba miedo. Él siguió acercándose, esperando que ver su rostro la tranquilizase— ¿Qué hacéis aquí?
—Es una noche demasiado bonita como para quedarte en casa, ¿no te parece? — preguntó, sonriendo. Kaoru le devolvió una sonrisa que pareció fingida—. Había escuchado que te examinabas en unos días, pero veo que estás herida.
—Fue... un accidente, entrenando— dijo ella, en un tono casi inaudible.
—¿Está roto? — la chica asintió con la cabeza. Está angustiada, leyó Hiko en su ki, claro y evidente, casi como un libro abiertoo—. Un brazo roto no es un problema. Mi estúpido... Kenshin se rompió el brazo algunas veces y ya ves; no le impidió hacer el imbécil durante el Bakumatsu.
Kaoru le lanzó una mirada que habría helado el alma del más valiente.
—Querrás decir que tú le rompiste el brazo.
Hijo soltó una carcajada, sin poder ocultar su sorpresa. No había nadie en la faz de la tierra que le hablase con tanto descaro, ni siquiera Jun; a fin de cuentas, ella era una dama.
—Veo que mi baka deshi te ha abierto su corazoncito— dijo, con sorna—. Seguro que ha omitido las historias más divertidas—. Vio cómo ella se sonrojaba, bajando la vista, sin perder su gesto de enfado. Hay mucha vida en ella, pensó, sin apartar la mirada—. ¿Has cenado?
Kaoru levantó los ojos y le miró, sorprendida.
—N-no. Iba a cenar con unas amigas pero...
—¡Estupendo! Jun estará encantada de conocerte. Me ha preguntado mucho sobre ti estos días— dijo, acercándose a ella y cogiéndole del brazo derecho con soltura, sin esperar su respuesta. Kaoru lo miró sorprendida, pero no planteó ninguna resistencia.
—¿De... mi?
—Claro. El mundo entero quiere conocer quién tiene la paciencia necesaria para vivir con mi querido pelirrojo— contestó Hiko, comenzando a tirar suavemente de ella por el camino hacia la cabaña. Kaoru se dejó conducir. Está intrigada, aunque no tiene miedo, pensó con diversión, maravillándose con la fortaleza de su ki al caminar tan cerca de ella. No había muchas cosas que sorprendiesen a Hiko, pero que una chica aparentemente tan normal pudiese esconder esa fuerza sí lo había logrado. Toda ella desprende luz, se dijo; desprende luz, y el estúpido de Kenshin ha ido a ella como un mosquito a la vela.
La cabaña estaba a una media hora a pie del lugar donde había encontrado a la chica. El camino era oscuro, pero ella lo recorría segura. No dijo ni una sola palabra, pero no fue necesario; Hiko disfrutaba del silencio y se alegraba de que ella no fuese de esas personas que necesitaban llenar constantemente el aire de información. Gracias a eso pudo apreciar el sonido de los grillos, y el agua de un río cercano. También pudo sentir mejor el ki de Kaoru-chan, fuerte pero ansioso, impaciente.
—Hiko-san— saludó Jun nada más verle, cogido del brazo de Kaoru. Ella se soltó con un gesto brusco, sonrojándose, aunque Jun se limitó a sonreír. Una de las cosas que más le gustaban de ella es que no necesitaba explicarle cosas banales; los dos se entendían solo con mirarse—. Veo que tenemos visita. Bienvenida; soy Arame Jun— añadió, haciendo una pequeña reverencia. La chica la imitó, aunque agachándose un poco más.
—Kamiya Kaoru—. Hiko y Jun intercambiaron una mirada de satisfacción.
—¡Oh, qué alegría! Tenía muchas ganas de conocerte, Kaoru-san.
Hiko no podía dejar de divertirse con la cara de sorpresa de la muchacha; era muy expresiva y resultaba extremadamente fácil leer cada una de sus emociones. No tendrás mucho trabajo con eso, mi baka deshi, pensó, agitando la cabeza.
—Puedo ayudar un poco con la cena, aunque cocinar no se me da demasiado bien— dijo, sonriendo a Jun.
—No te preocupes. Yo lo haré.
Hiko puso una mano sobre el hombro de Kaoru, con toda la amabilidad que pudo reunir, que no era demasiada.
—¿Qué tal si bebemos un poco y me cuentas los... secretitos que va soltando mi baka deshi? —. Kaoru frunció el ceño, pero le acompañó hasta un pequeño tronco frente a la cabaña, donde los dos se sentaron. Hiko miró al cielo. Estaba despejado y se veían cientos de estrellas— ¿Conoces esa?
—Sí. Es la estrella rurouni.
Hiko soltó una carcajada, mirándola con auténtica sorpresa.
—¿De verdad?
La chica le devolvió una mirada firme. Tenía unos ojos azules, del color del océano; aunque era realmente preciosa no era eso lo que sorprendía a Hiko. Era eso que no podía verse a simple vista, eso que estaba seguro que había visto Kenshin nada más conocerla.
—Sí. Era la esposa de un samurai sin amo que corrió tras él y al final ni encontró al samurai, ni encontró el camino de vuelta.
—Vaya, qué infortunio, ¿eh? — dijo Hiko, abriendo la alforja de sake. Kenshin en otra vida debió ser una geisha de las más intensas— Conozco otra versión de vuestra estrella rurouni, si os interesa—. Kaoru le miraba, esperando y él le ofreció la alforja.
—¿Una... taza?
—No hay tazas. Está medio vacía, podrás levantarla con un solo brazo.
No podía evitarlo, no tenía remedio; le encantaban los juegos. Creyó que ella insistiría en la taza, pero no lo hizo. Con su brazo derecho cogió la alforja y la levantó. Pesaba lo suficiente para que un hombre normal tuviese que hacer un esfuerzo con una sola mano; aún así, resoplando, consiguió dar un trago, vertiendo una gran parte de su sake por el kimono. No le importó y parecía que a ella tampoco. Tendría que haber entrenado a esta chica y no al estúpido de mi discípulo; seguro que con ella me habría reído un poco más y no se habría marchado a los catorce años a asesinar a medio Kioto con mis enseñanzas.
—Quiero oír esa historia alternativa— anunció ella, limitándose el sake de la boca con la mano buena. Hiko asintió, sonriendo mientras daba un gran trago de la alforja.
—Había un samurai sin amo, eso es cierto, no se fue por ahí a perderse en cualquier oscuridad. Era un samurai fuerte, el más fuerte de todos, y decidió matar a otros samurais, qué importa el motivo, ¿verdad? Caminó por el mundo segado vidas con su espada sobrehumana, haciéndose más y más fuerte mientras todo se apagaba a su paso— Hiko señalaba el cielo con su mano mientras hablaba; la estrella a la que se referían parecía sola, en el medio de una negrura infinita, alejada de las otras estrellas—. Por el camino conoció a una mujer. Esa mujer había sido enviada por los dioses, que no podían soportar el sufrimiento que el samurai estaba creando; no podía ver cómo iba destruyendo todo a su paso, así que la mandaron a que pusiese fin a su sangría; ella le siguió por el firmamento.
Hiko esperó un momento. Sintió que ella quería decir algo.
—Y nunca lo encontró— dijo Kaoru al fin. La miró y vio cómo perdía sus ojos en las estrellas.
—Sí, sí lo hizo— replicó él; ella le miró, sorprendida, pero Hiko no apartó la mirada; las historias debían ser contadas con corrección, o nadie podría jamás aprender nada de ellas—. No era difícil, porque era un samurai poco espabilado; de hecho, era tan poderoso como idiota, una combinación bastante desastrosa. En fin, lo encontró y creyó que podría apagar su luz para así salvar a los demás samurais, a las demás estrellas del cielo. Pero no pudo, porque era débil, como todas las mujeres— Kaoru frunció el ceño, indignada y él soltó una risotada.
—Yo no soy débil.
—Si no fueses débil no te habrías enamorado de Himura Battousai— dijo, entre dientes. Ella resopló; comenzaba a sentirse su enfado de forma casi física. Cuando vio que iba a decir algo, puso una mano entre ellos—. Todavía no he terminado la historia. Las historias deben acabarse siempre, como el sake, o los dioses te castigarán con cien años sin hacer el amor; aunque si sigues con mi estúpido discípulo es probable que ese sea tu destino de todos modos—. Tuvo que contener una carcajada cuando vio el color del rostro de la chica, de modo que siguió la historia como forma de contrarrestarla—. En fin, la mujer no pudo apagar al samurai asesino, porque se enamoró de él y él de ella. Sin embargo, los dioses no le habían perdonado, y una parte de ella, tampoco. La avisaron de que huyera, porque él sufriría su ira, pero ella decidió quedarse y cuando quisieron matarle, se interpuso y murió por él. Los dioses entonces decidieron no quitarle la vida; creyeron que su castigo sería mayor si le condenaban a permanecer en el medio del firmamento, solo, cargando para siempre con la muerte de la mujer que amaba. Por eso le llaman la estrella de sangre.
—¿La estrella... de sangre? ¿No se llama estrella rurouni, entonces?
Hiko sonrió, complacido.
—No, pero me gusta que mi baka deshi tenga una bonita imaginación. Ya cultivaba esa afición de inventarse historias cuando lo mandaba al bosque a por leña y volvía diez horas después con un hongo venenoso en su estómago.
Kaoru seguía mirando al cielo, impresionada por la historia. Es una niña, pensó Hiko, sin quitarle ojo de encima. Sus ojos no han sufrido los horrores de la guerra; Kenshin ha visto lo mismo que yo cuando la ha mirado por dentro.
—Esa historia... Es...
—Tomoe y Kenshin, sí— dijo Hiko, entregándole de nuevo la alforja de sake. Kaoru la cogió con resolución y dio un buen trago.
—¿Por qué me la has contado?
Hiko se encogió de hombros, bebiendo también de la alforja.
—Porque querías escucharla.
Kaoru se quedó de nuevo en silencio. Hiko respiró profundamente, sintiendo su ki. Era extraño para él percibir una energía tan fuerte y al mismo tiempo, tan entera. Todavía nadie la ha roto, pensó, fijando los ojos en su brazo. Ni siquiera el trágico pasado de mi estúpido discípulo ha conseguido quebrarla.
—¿Tú la conociste? — preguntó de pronto Kaoru, sin mirarle.
—No; me habló de ella en una carta.
—¿Y qué te dijo?
Hiko se detuvo un momento, pensando, para al final hablar.
—Me dijo que era como un copo de nieve derritiéndose en su mano—; sintió el suspiro de Kaoru con más claridad que si hubiese gritado—. ¿Por qué no le preguntas todo esto a él?
—Porque no quiero que piense que estoy celosa de una... — se detuvo en seco, como si se hubiese topado con una pared invisible. Necesita siete garrafas de sake por lo menos, se dijo, tendiéndole de nuevo la alforja.
—¿...muerta? No pasa nada, es cierto, está muerta. Pero una esposa muerta sigue siendo una esposa, después de todo— ella lo miró con gesto duro, como si quisiese reprocharle algo y no supiese cómo hacerlo—. ¿Qué estás esperando que te diga, Kaoru-chan? ¿Que no la quiso? No puedo decirte eso. Mi estúpido discípulo descubrió con ella el amor más profundo y el dolor más insoportable. Esa es una herida que siempre llevará consigo. Eres tú la que debes decidir si esa es una marca tan imperdonable.
—Yo no creo que él esté marcado— replicó ella; los ojos le brillaban, como si desease coger la espada y luchar. El mismo brillo de Kenshin, la misma pasión en sus ojos.
—Está marcado. Cuando usas tu espada para matar siempre queda una marca.
—Una parte de tu alma muere, y surge otra, más oscura; mi padre lo decía— dijo ella, con la mirada fija en el cielo. Hiko asintió.
—Hombre sabio tu padre— la miró de nuevo—. Entonces, ¿de qué tienes miedo, Kaoru?
—De... — se quedó callada, de nuevo como si un muro se alzase ante sí, impidiéndole seguir—. No lo sé.
Lo sabe.
—Lo sabes, pero no es a mí a quien tienes que decírselo. Solo te diré una cosa más. Mi baka deshi ha hecho cosas tan terribles que muchas veces me arrepentí de no haber salido a matarle; pero se ha perdonado. Ha encontrado la paz en esta ciudad horriblemente calurosa, en tu dojo decadente de espadas humanizadoras y en su promesa pueril de no volver a matar jamás. Y también en ti. El amor nos hace débiles, pero a él el tuyo le ha hecho más fuerte; eso sí puedo entenderlo después de conocerte—. Vio los ojos de Kaoru inundarse, conteniendo las lágrimas, y descubrió que era más de lo que podía soportar en una misma noche. ¿Se estaría enterneciendo demasiado? Al final se convertiría en uno de esos viejos maestros, ya decrépitos, borrachos bajo la luna cantando sus gestas pasadas y llorando con la cara en la tierra. No, él era Hiko Seijuro. Se puso de pie y le tendió una mano antes de que se pusiera a llorar y acabase por destruir su reputación—. Vamos a cenar; y, cuando acabemos, te ayudaré a arreglar lo de ese brazo tuyo. Con un poco de suerte podrás examinarte, convertirte en maestra y mantener a esa ama de llaves pelirroja que has escogido como hombre.
—¿Mi... brazo... tiene arreglo?
—Claro. ¿O has creído que Hiko Seijuro te trajo aquí solo para hablarte de la lamentable adolescencia de su discípulo?
Se sentaron los tres a cenar, y comieron anguila. Jun la había cocinado de forma excelente, como siempre. Hablaron de todo un poco y la joven Kaoru resultó ser una compañía interesante y alegre. Cuando terminaron, mientras recogían, Hiko se dirigió a Kaoru.
—Quédate a dormir; tenemos un futón de sobra. El idiota de Kenshin prefirió dormir sentado contra la pared.
Ella se quedó pensativa, mirando la puerta.
—No quiero preocupar a nadie en el dojo—. Hiko, sonriendo, le puso una mano en el hombro.
—A veces hay que preocuparse un poco para valorar las cosas. Venga, te prepararé el futón y mañana arreglaremos ese brazo. Aunque esta noche...— metió la mano en su hakama y sacó un palillo de madera—. Toma. Era un truco de mi estúpido discípulo. Pasaba las noches rascándose como un poseso, intenta tener un poco de mesura y no hacerte tú las heridas que se hacía él.
La dejó allí, con cara de sorpresa. Kenshin no supo conservar un copo de nieve; veremos si sabe conservar un volcán.
