Muchas gracias a todas por vuestras review, como siempre. Estos días no me ha sido posible actualizar a diario, así que intento hacerlo cada dos días. Espero que os guste lo que voy subiendo y muchas gracias por apoyar mi historia, me da ganas de seguir cada día. ¡Un abrazo!
Kaoru Tanuki, el comentario que te dejé el otro día no sé porqué no se publicó entero :( Gracias por tu review! El "ha florecido en Otsu" que Tomoe le dijo a Kenshin sí pensé que había quedado explicado, aunque igual era una metáfora que solo yo entendí (véase la gota cayendo en mi cabeza jaja). Tomoe quería decirle a Kenshin que ella ya le había perdonado. Otsu, que fue el sitio donde los dos fueron felices durante ese breve periodo de tiempo, para mí simboliza un poco el lugar donde el tiempo quedó parado para Kenshin. A partir de ahí él ya no se permitió ser feliz hasta que conoció a Kaoru. Entonces en ese sueño, en mi historia, Tomoe de alguna manera le dice que ella encontró la paz (floreció para ella en Otsu) y que sentía que él también la había encontrado, porque había vuelto a enamorarse. Siento si no lo expresé bien, era lo que quería decir. Misao también tiene lo suyo, la pobre, al final tiene muchas cosas en común con Kaoru. Un abrazo!
kaoruca, gracias por tu review! Me gusta mucho leerte, tus comentarios siempre son simpáticos y constructivos! jajaja no puedo evitar pintar a Hideki como la perfección, porque si no creo que Kenshin no tendría un rival de verdad, además así es más fácil que entendamos las dudas de Kaoru. Te mando mucha fuerza para estos días y ánimo para lo que viene. Un abrazo!
Capítulo 19
Kaoru recordaba pocas noches tan bellas como aquella; el calor del día había dado paso a una brisa leve, casi reconfortante, y la luna se mostraba redonda y plena, presidiéndolo todo. La noche perfecta, pensó mientras saludaba con una pequeña inclinación de cabeza al hombre que abría la puerta de la residencia que Osamu-sama mantenía en Tokio. Entró sola. Había decidido adelantarse ante la imposibilidad de Misao de decidirse rápidamente por uno u otro kimono. No quería llegar tarde; no estaba allí para divertirse, sino para demostrarles a todos quién era la propietaria del dojo Kamiya Kasshin ryu. Sin embargo... La niña que habitaba en su interior no podía apenas reprimir su entusiasmo al ver la maravillosa decoración de la finca; las lámparas shoji estaban situadas alrededor del perímetro, iluminándolo todo con una luz ténue, romántica. Habían colocado guirnaldas de varios colores sujetas a los árboles y, en el centro de todo, unas cuantas mesas con vasos y algunos dulces. Nada más acercarse una atenta camarera le sirvió en una copa un poco de sake, saludándola con una reverencia. ¿Sería alguna tradición occidental? No podía saberlo; ella nunca antes había estado en una fiesta de esas características.
En un primer momento se sintió abrumada; era la única mujer, no llevaba acompañante y tampoco acompañaba a nadie, de modo que todas las miradas se dirigían hacia ella. Miran mi brazo, se dijo, intentando tranquilizarse. Pronto la sensación pasó, pues los propietarios de otros dojos de Tokio comenzaron a acercarse a saludarla y entablar conversación con ella; antes siquiera de darse cuenta, estaban sirviéndole una segunda copa y preguntando por cuarta vez cómo había sido ese desgraciado accidente que la había llevado a tener que posponer su examen. Kaoru, por supuesto, contaba una versión algo adulterada de la realidad.
—...Y como el agua todavía no se había secado, me resbalé y caí hacia atrás; no sé cómo pudo pasar... Fue mala suerte— concluía, encogiéndose de hombros y ofreciendo la más dulce de sus sonrisas. Entonces todos asentían con la cabeza, como si hubiese contado una gran hazaña. Prefiero que piensen que soy torpe a que crean que soy débil, se decía. Entre sus oyentes se encontraban también Yahiko y Tsubame, que habían llegado un poco más tarde que ella. Le lanzó a Yahiko una mirada amenazante, con la que silenciosamente le anunció un castigo terrible si revelaba la verdad sobre su lesión; Yahiko se limitó a sacarle la lengua, desafiante, pero no dijo nada.
Poco a poco fueron llegando los demás invitados y, lo que al principio parecía una reunión poco concurrida, pronto comenzó a ser una auténtica fiesta. La música tradicional empezó a sonar, suave y rítmica, al ritmo del shamisen, los taiko y las shakuhachi. Se aspiraba el olor del verano, de la alegría y, porqué no, la esperanza. Kaoru se sentía bien, sentía que estaba donde tenía que estar. Mientras mantenía una interesante discusión con Maekawa Miyauchi sobre el futuro del kenjutsu en tiempos de paz, vio por el rabillo del ojo cómo Hideki, a una cierta distancia, charlaba con algunos alumnos de su dojo. Él también la vio y, desde lejos, hizo una sutil reverencia con la cabeza. Ella le respondió con torpeza, nerviosa, y volvió rápido la vista hacia Miyauchi. En la conversación en la que participaba Hideki estaban también Megumi y su acompañante, que resultó ser uno de los muchachos a los que Kaoru había ayudado en los entrenamientos, uno especialmente guapo, de unos veinte años. Tan guapo como malo con la espada, pensó, sonriendo entre dientes, como una silenciosa venganza. Se reservaría ese as en la manga para cuando Megumi volviese a criticar lo lento que era Kenshin. Será lento, pero cuando toca una espada, hace magia. ¿Puede hacer eso tu joven acompañante, Megumi?
Llevaba una hora allí cuando empezó a sentir hambre; aunque el kimono no le permitiría demasiados excesos, se acercó a la mesa de la comida y cogió un pequeño dulce. La música seguía soñando y algunas parejas se habían animado a bailar en el centro del jardín.
—¿Ya estás comiendo? —. Se giró y vio a Megumi, mirándola con sus ojos entrecerrados y una sonrisa lobuna. Kaoru frunció el ceño.
—No he comido nada desde que llegué. Además, no tengo que darte explicaciones— contestó, metiéndose el dulce en la boca y cogiendo un segundo; en verdad intentaba no pasarse, pues sabía que el kimono no aguantaría demasiado—. Entonces ese es el afortunado, ¿no?
Miró hacia el chico, que por la forma en que movía los brazos parecía discutir sobre la ejecución de una técnica con Hideki. Era realmente uno de los hombres más atractivos que Kaoru había visto nunca, incluso más que Hideki. Megumi resopló a su lado.
—No va a tener demasiada fortuna esta noche— dijo, levantando una ceja. Kaoru rió, agitando la cabeza.
—¿Por qué?—. Megumi sonrió.
—Porque me esperan esta noche, Kaoru—. Al ver la mirada de estupefacción de Kaoru soltó una risa—. ¿Qué creías, que me iba a llevar a este niño a mi casa? Es solo mi acompañante a la fiesta, nada más.
—P-pero... Pobrecito. Quizás se haya hecho ilusiones— dijo, mirando al muchacho, que de vez en cuando lanzaba miradas furtivas a Megumi; ella le ignoraba pretendidamente.
—Pues que las deshaga. Una mujer puede aceptar ir a una fiesta, pero eso no significa que acepte nada más. Así es la vida.
—No tienes piedad— dijo Kaoru, sin poder evitar sonreír.
—Y tú tienes demasiada— replicó Megumi. Kaoru no podía quitarle la razón, así que decidió comerse otro dulce.
—¿Cómo podéis caminar con esto?
Las dos amigas se giraron al mismo tiempo y Kaoru tivo que hacer un duro esfuerzo por no soltar una carcajada. Allí estaba Misao, y parecía... Parecía disfrazada con las ropas de una persona mucho más grande que ella. Es que, de hecho, es lo que sucede. Llevaba uno de los kimonos más bonitos de Megumi, de color rojo intenso, sin más adornos; no hacían falta. Al menos no le hacían falta a Megumi, claro. Misao se había dejado sus extrañas botas y llevaba esa trenza ninja que Kaoru usaría únicamente para dormir. Además, tenía el mismo problema que ella para caminar con una pieza de ropa que apenas permitía mover las piernas. Por lo menos el de Kaoru era más o menos de su tamaño; al ser Megumi mucho más alta que Misao y tener más espalda y más pecho, le quedaba visiblemente enorme.
—Por Kami, Misao, te dije que te pusieses el rosa— murmuró Megumi, tapándose la cara con la mano, avergonzada. Misao la cogió de un brazo con violencia, sonrojada.
—Me puse el rosa, pero tenía unos lazos... Unas cosas... Una mierda en la espalda que no podía abrochar me sola y me tuve que cambiar— replicó, mirando ahora a Kaoru con ojos asesinos—. Sois las peores amigas de la historia, me dejasteis sola para ponerme esto, no podía, no sabía cómo y...
—¿No se lo podías pedir a Ken-san?— preguntó Megumi, que seguía cubriéndose el rostro, como si tuviese miedo de que la reconociesen. Misao resopló.
—¡¿Cómo le voy a decir a Himura que me a broche el kimono?! ¡Esto es culpa tuya, Megumi!
—Yo nunca te dije que te pusieses ese. Kami-sama, ¿no viste que te quedaba enorme? — preguntó Megumi, mirándola a través de los dedos de su mano, horrorizada. Misao se sonrojó aún más.
—Yare, yare— dijo Kaoru, cogiendo a Misao de la mano—. Misao, no te preocupes. No pasa nada; con lo guapa que eres nadie se fijará en el kimono.
—Ah, gracias, Kaoru. Me siento mucho mejor— replicó, poniendo los ojos en blanco—. Tenía que haberme quedado en casa.
Estiró la mano para coger un pastelito sin controlar la caída de la manga del kimono, manchándolo con la comida de la mesa. Megumi le dio un codazo en las costillas.
—¡Ten cuidado! Aunque tú lo lleves como una sábana, es de mis mejores kimonos y costó más de lo que podrías pagar en toda tu vida— dijo, entre dientes. Misao le devolvió el codazo con tanta fuerza que si Kaoru no la hubiese agarrado del brazo, probablemente habría salido volando.
—Si no fueses una...
Las tres se callaron de golpe cuando miraron hacia el centro del jardín, donde ya varias parejas bailaban al estilo occidental, es decir, agarrados. Allí, abrazados como dos prometidos, estaban Yahiko y Tsubame. Ni siquiera guardaban una distancia que se pudiese considerar decente.
—Kami-sama— murmuró Misao a su lado, hablando con la boca llena, con la vista clavada en la pareja. Kaoru cogió otro pastel, asintiendo con la cabeza, como si estuviesen presenciando una obra de teatro. En ese momento apareció el joven acompañante de Megumi y le ofreció la mano, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Kaoru y Misao lo miraron con descaro, maravillándose de su rostro, tan perfecto. Megumi sonrió de forma cautivadora, como si cinco minutos atrás no hubiese dicho nada sobre él y en un instante estaban en el centro del jardín, cerca de Yahiko y Tsubame, también bailando; aunque no tan juntos, igualmente agarrados.
—Si Sanosuke lo viese...— dijo Misao, agitando la cabeza. Kaoru dudaba que Sanosuke se molestase; estaba claro que sus amigos no tenían la misma concepción de las relaciones que ellas dos. ¿Estarían demasiado anticuadas? No le agradaba la idea de comportarse como una mujer del siglo pasado; ella era una joven de la Era Meiji, moderna y de su tiempo; pero, por otro lado... Era difícil pensar distinto de como lo había hecho siempre.
—¿Te ha dicho cómo se llama? — preguntó Kaoru, sin quitar la vista de las parejas.
—No— contestó Misao, que ya tenía varios dulces en las manos—. Pero tiene cara de llamarse Takeshi.
—¿Takeshi, por qué?
—No sé— dijo Misao, encogiéndose de hombros sin dejar de comer ni por un segundo—. Todos los hombres guapos tienen cara de llamare Takeshi. Bueno, menos Aoshi.
Kaoru volvió la vista hacia ella.
—¿Sabes algo de él?
—Nada. Espero que se haya ahogado en alguna de esas malditas islas, o cuando lo vea lo mataré— dijo, apretando los puños. Kaoru sonrió; Misao la criticaba por estar estancada, pero ella no se encontraba mucho mejor—. ¿Te has fijado en dónde tiene la mano Yahiko?
Kaoru desvió la atención de Megumi a Yahiko y... Kami-sama. Seguía abrazado a Tsubame, siguiendo el ritmo de la música, pero su mano derecha había descendido peligrosamente bastante por debajo de su cintura. Kaoru apretó los puños, aguantando las ganas de lanzarle un pastel a la cabeza.
—Maldito niño pervertido— dijo, resoplando—. Voy a ir ahí y le voy a...
—A mí me da envidia— suspiró Misao, todavía comiendo pasteles; parecía mentira que pudiese caber tanto alimento en un cuerpo tan pequeño. Kaoru siguió mirando cómo se movían al ritmo de la música; no lo hacían mal. ¿Cómo era posible que ellas dos fuesen siempre las más patéticas del lugar?
—Yahiko ha crecido mucho este año, ¿no os parece?
Kaoru se giró hacia su izquierda y vio a Kenshin, junto a ellas, mirando también a las parejas que bailaban. ¿Cómo había llegado sin que le sintiese? Se había puesto el gi azul y así, con la luz ténue, su sonrisa suave... Kaoru dio un sorbo a su copa, apartando la mirada y volviendo a dirigirla hacia el centro del jardín.
—Es un pequeño cerdo— dijo, agitando la cabeza—. Eso que hace es completamente indecente en un espadachín.
Kenshin soltó una risa divertida y ella lo miró, extrañada. Él le devolvió una mirada distinta, entornando ligeramente los ojos.
—¿Eso creéis? — preguntó, con voz suave, ofreciéndole otro dulce. Kaoru lo cogió sin poder dejar de mirarle; entonces él se giró de nuevo y volvió a mirar hacia las parejas, cruzándose de brazos—. Los dos parecen felices y a su edad todo es inocente. Es bonito ver una historia de amor en tiempos de paz.
—Todo el mundo tiene historias de amor menos yo— dijo Misao, suspirando profundamente. Kaoru la ignoró, mirando hacia Kenshin, esperando que no se notase su sonrojo.
—El amor no es eso— sentenció. Él sonrió, mirándola.
—Sí lo es.
—Tú no...
La repentina presencia de una mujer frente a ellos la hizo callarse; se acercó con resolución, como si los conociese de toda la vida. Tenía los ojos verdes y llevaba un kimono oscuro y el pelo suelto, largo y ondulado. Era realmente una chica preciosa. Se dirigió directamente a Kenshin, como si ella y Misao ni estuviesen presentes.
—Himura— saludó, con una leve reverencia con la cabeza, que Kenshin contestó del mismo modo; después miró directamente a Kaoru—. Kamiya-san, ¿me equivoco? Soy Osamu Ume, supongo que ya habrás oído hablar de mí; hajimemashite— dijo, sonriendo. Kaoru se inclinó suavemente.
—Yoroshiku onegaishimasu, Ume-san. Tenía ganas de conocerte— devolvió ella, también sonriendo. Casi antes de que hubiese terminado de levantar la cabeza, Ume cogió a Kenshin de la mano y tiró de él suavemente hacia el jardín.
—Espero que no te moleste, pero hace muchos años que me debe este baile— dijo Ume, guiñando un ojo a Kaoru. Kenshin se dejó arrastrar hacia donde estaban el resto de las parejas, girando un breve instante la mirada hacia Kaoru, que estaba ojiplática.
—¿Pero quién se cree esa tía? — exclamó Misao, apretando un pastelito en su mano hasta convertirlo en picadillo—. ¡Ni me ha mirado! ¡Y encima se lleva a Himura como si fuese suyo!
Himura tiene piernas, y una boca para decir "no", pensó Kaoru, que iba notando cómo la estupefacción se convertía en enfado. ¿Qué había querido decir Ume con eso de que le debía un baile? ¿Es que Kenshin no le había contado todo sobre ella? Tal vez había habido algo más y él no había encontrado la manera de explicárselo. Fijó la vista en ellos, sin importarle que fuese evidente que los estaba mirando. La canción que tocaban los músicos había comenzado hacía poco, así que se unieron al baile de los demás. Ume se acercó a Kenshin tanto como Yahiko a Tsubame y cogió su mano derecha, apoyando la izquierda en su espalda. La distancia de un beso, pensó Kaoru, sintiendo un eco en sus entrañas. El eco se convirtió en un rugido salvaje cuando Kenshin puso su mano izquierda en la parte baja de la espalda de Ume y acomodó su mano derecha con la de ella, empezando a bailar. Mientras bailaban, veía que hablaban. Kenshin sonreía. Quería saber qué le estaba diciendo. Kami, quería salir allí en medio y partirle su escayola en la cabeza a Kenshin. Sin embargo no podía hacer otra cosa que mirarles. Su voz golpeó en su mente otra vez.
Era... preciosa.
—Qué bien baila Himura— dijo Misao a su lado, tan sorprendida como ella. Era cierto. De todas las cosas que Kenshin podría hacer bien, nunca habría apostado precisamente por esa. No le gustaban las reuniones concurridas y solía ignorar toda tradición o cuestión relacionada con la cultura occidental; y, sin embargo, parecía que en algún momento de su vida había aprendido a bailar.
No sé nada de él, pensó Kaoru, observando cómo dirigía el baile, guiando a Ume a girar y a avanzar hacia detrás o hacia delante, según él iba marcando.
—Parece que te van tomando ventaja, Kaoru-chan.
La voz de Hiko la cogió tan desprevenida que estuvo a punto de dar un grito. Jun estaba con él, con un recogido precioso adornado con flores y un kimono celeste que resaltaba su cuerpo.
—Hiko, no le digas esas cosas a Kaoru-san— le riñó Jun, agitando la cabeza. Hiko la cogió de la mano desvergonzadamente y la besó en los labios; ella se apartó y giró la cara hacia Kaoru; se había sonrojado—. Un baile es sólo un baile.
—Un baile es sólo un baile, pero Ume es Ume y lleva muchos años esperando por mi baka deshi—. Kaoru le miró, anonadada, pero prefirió mantener la calma. Si él creía que ella ya lo sabía, entonces quizás le contaría... —. El idiota de Kenshin no te lo ha contado, por lo que veo.
Mierda. Odiaba que Hiko tuviese esa facilidad para leer lo que sentía.
—¿Hay algo importante que saber? — preguntó, levantando la barbilla con orgllo, fingiendo indiferencia. Hiko la agarró del brazo sano, fijando los dos la vista en la pareja. Ume se había juntado un poco más contra él y ahora, cuando le hablaba, parecía susurrarle al oído.
—El tonto de Osamu quería que esos dos se casasen; siempre fue un idealista y creía que podría salir algo muy bueno de ahí, ya sabes, un crío pelirrojo de ojos verdes que conociese todos los secretos de la esgrima, como en las leyendas. ¡Ja! Me pareció que podría ser divertido, pero ellos todavía eran unos niños, así que acordamos decidirlo un poco más adelante; cuando llegó la hora de la verdad, mi baka deshi ya se había ido a hacer el imbécil con el Ishin Shishi de Choshu. Le dije a Osamu que si lo traía de los pelos antes de que empezase a matar gente yo mismo le haría beber el sake nupcial aunque fuese con embudo, pero parece ser que mi discípulo se negó; Osamu me mandó una carta, muy ofendido, diciéndome que ni siquiera había mirado a la chica. La oferta decayó cuando Kenshin asesinó a Riju, pero parece que Ume estaba muy enamorada y cuando la guerra llegó a su fin, le buscó y se lo pidió otra vez. Osamu me iba mandando cartas con todos los acontecimientos y puedo decir que leer las novedades fue el mejor entretenimiento que tuve en esos años.
Kaoru estaba tan sorprendida que no podía apenas articular palabra.
—¿Riju...?
—El primogénito de Osamu. Es una historia muy larga y me gusta mucho la canción que están tocando. Que te la cuente tu novia pelirroja, si es que esta noche duerme en casa.
—¡Hiko! — dijo Jun, visiblemente alterada. Hiko le sonrió con dulzura, no sin cierta picardía.
— Sumimasen. Solo bromeaba, pero Kaoru-chan es demasiado sensible. ¿Compartes un baile conmigo, koishii? — le preguntó Hiko a su mujer, mirándola con ojos brillantes. Ella rió y aceptó la invitación, agarrándose de su brazo.
Hiko y Jun se unieron al baile, aunque la canción estaba ya llegando a su fin. Kaoru no tenía ganas de presenciar cómo Kenshin y aquella mujer volvían a abrazarse para la siguiente pieza, de modo que comenzó a alejarse de allí. Misao intentó seguirla, pero Kaoru se volvió hacia ella.
—Misao, me apetece estar un rato sola.
—Perfecto— replicó ella, resoplando, visiblemente enfadada—. Me quedaré aquí comiendo pasteles hasta morirme.
Kaoru se sentía mal por dejarla sola en medio de la fiesta, pero si seguía viendo a Kenshin y Ume bailando, acabaría montando una escena. Se conocía. Estaba intentando luchar contra su carácter, pero ese par de imbéciles no se lo ponía fácil. Kenshin, eres un estúpido, gritaba todo su cuerpo. Querría salir allí y separarlos de un puñetazo, arrastrarlo al dojo de vuelta y darle una paliza con el bokken. ¿Cómo podía ser tan idiota?
Él la rechazó, decía una voz en su cabeza; sin embargo, en ese momento solo quería acallarla. Parecía más adecuado escuchar a la loca voz de sus celos. La rechazó hace muchos años, después de la guerra; todavía sería reciente la muerte de Tomoe. Ahora...
Ella es una belleza y, además, es una mujer. Tú todavía eres una niña.
Se alejó lo suficiente del grupo que bailaba como para no tener consciencia de nada de lo que pasase allí. Era mejor así. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que había sido una mala idea. Allí, cerca de los arbustos, empezó a escuchar unos ruidos. Maleantes, se dijo, llevando por instinto la mano a su espalda. Mierda, el shinai. No había podido llevarlo a la fiesta, claro. Kenshin era el único que iba armado, aunque la mayoría ya debían estar acostumbrados a verlo así. Cuando lo vio a su lado, con el mango de la espada asomando en su cadera, sintió un ramalazo de envidia y también de admiración. Era capaz de caminar por el mundo con su katana en el obi, sabiendo que todo el mundo le miraría mal, solo porque creía que era lo que debía hacer.
Sigue siendo un imbécil. El hombre más idiota que ha existido jamás.
Caminando casi de puntillas, se acercó a la maleza, allí donde la luz de las lámparas de shoji apenas llegaba. Apartó una ramita, apartó otra y...
Oh, Kami.
Dio un paso atrás precipitadamente y estuvo a punto de caer y romperse el otro brazo. Se alejó de allí casi corriendo, con la imagen de Yahiko y Tsubame besándose incrustada en la retina. No puedo creer que ese maldito niño tenga una vida amorosa mejor que la mía, se dijo, sonrojada hasta la raíz del pelo. Se acercó a una de las mesas de un lateral del jardín y en unos segundos tres kendokas del dojo de Hideki se aproximaron a hablar con ella, haciéndole sentirse un poco mejor. Le calmaba hablar de técnicas, de movimientos, de combates. Era su zona de confort y le ayudó a recuperar un poco la compostura. Buscó con la mirada a Hideki, pero no lo encontró. En ese momento le hubiese gustado que él estuviese allí, que le dijese cualquier excusa y la sacase de aquella fiesta.
No le necesitas para irte, le recordó su propia voz. Si no quieres seguir aquí, simplemente vete.
No, no podía hacerlo. Tenía que hablar con Osamu, de manera que comenzó a buscarlo. Debía agradecerle la oportunidad de retrasar su examen. Se entretuvo en esa actividad, olvidando la pareja que todavía bailaba en el centro del jardín.
Misao tiraba de su mano con fuerza, arrastrándolo por el medio de la fiesta. Había gente por todas partes, fundamentalmente hombres. Algunas caras le resultaban conocidas, aunque no sabría decir si de algún dojo de Tokio o del pasado. Espero que no sea del pasado, pensaba, mientras Misao aumentaba sus tirones. En su vida de hitokiri no había tenido apenas amigos, más bien sólo camaradas, compañeros de armas. Si alguien lo conocía, probablemente le desease algún tipo de mal. Miró la espalda de Misao y la trenza moviéndose con su andar torpe, poco acostumbrado a los kimonos femeninos; se veía realmente extraña con la ropa que se había puesto esa noche, que le quedaba bastante grande y, además, debía ser de Megumi. Tan acostumbrado a sus atuendos de ninja, si la hubiese encontrado por la calle le habría costado reconocerla. Él, por suerte, solamente tuvo que ponerse el gi azul marino. Y Kaoru...
Cuando la vio en la engawa le costó articular palabra. Estaba preciosa en esa versión más femenina, aunque a él le gustaban todas sus versiones. Le encantaba verla con las ropas de entrenamiento, con el bogu, con la yukata de dormir o con sus kimonos de ir al mercado. Sin embargo también le atraía descubrir facetas de ella que antes le habían pasado desapercibidas. Verla moverse sutilmente con ese kimono le hizo perder un poco el control de sus pensamientos; últimamente le pasaba demasiado a menudo. Céntrate, se dijo. Céntrate en el duelo y después de su examen, vendrá todo lo demás.
No pudo atravesar la fiesta sin que los detuviesen varias veces, siempre alumnos jóvenes de los dojos de la zona, para pedirle por favor que los entrenase. Él los remitía al dojo de Kaoru, aunque sabía que jamás tomarían en consideración esa idea. No querían aprender kendo, y mucho menos el de la espada que protege; deseaban simplemente ser fuertes de una forma rápida, para tener poder sobre otros; creían que eso podría solucionar sus problemas. También él creyó con catorce años que siendo fuerte con la espada arreglaría todos los males del mundo. Él no podía enseñarles nada y, aunque pudiese, nunca lo haría. Misao, cansada de las interrupciones, le soltó y desapareció, murmurando algunas cosas sobre la mala idea de acudir con él a la fiesta y lo malvadas que eran sus amigas.
Poco después, cuando se libró de los insistentes estudiantes, la vio a unos metros, junto a la mesa de los dulces, acompañada por Kaoru. Se permitió el lujo de mirar a Kaoru durante unos segundos con la osadía que concede la distancia. Ella observaba atentamente cómo Yahiko y Tsubame bailaban agarrados en el centro del jardín, junto a las demás parejas. Fue entonces cuando se acercó; estaba tan absorta que ni se dio cuenta. Hizo un comentario sobre Yahiko y Kaoru, reparando en su presencia, pareció saltar como un resorte, volviendo con todo aquello de la decencia que Kenshin no terminaba de comprender. Él habría bailado así con ella, aunque no en el medio de la fiesta. Habría bailado toda la noche abrazándola, y si ella no sabía, la habría guiado hasta aprender juntos; habrían seguido bailando después, hasta el día siguiente.
La presencia de Ume lo sacó de sus pensamientos. Apareció ante ellos de forma abrupta, sin que apenas le diese tiempo a reaccionar. Se presentó a Kaoru y después, tras un par de frases, lo agarró fuerte de la mano y prácticamente lo llevó al centro del jardín. Kenshin estaba tan sorprendido que no supo qué hacer. No quería humillar a Ume delante de todos, no podía hacer eso, pero por otro lado... Cuando miró rápidamente hacia atrás, casi por instinto, se encontró con la mirada de Kaoru. Fue tan breve que no pudo leerla. Ume tiró de él hasta el lugar donde estaban todos bailando y le agarró de la mano izquierda, pegándose contra él casi hasta abrazarlo. Él abrió los ojos, sorprendido.
—¿Bailas tan bien como peleas?— dijo ella, entornando los ojos. Kenshin puso su mano izquierda en su espalda, lo justo, casi sin tocarla.
—Sessha nunca ha bailado de esta forma— contestó, mirándola con una ceja ligeramente levantada—. Pero no parece complicado.
Estaba claro que era un baile occidental y no parecía muy complejo, se había fijado en cómo se movían y cómo se agarraban las parejas los breves instantes que observó junto a Kaoru. A Kenshin se le daba bien aprender técnicas y repetirlas. No debía ser difícil. Ume rió, divertida.
—Eso ha soñado un poco presuntuoso— dijo, empezando a moverse, tirando de los dos para comenzar el baile. Kenshin sintió su movimiento y se limitó a repetir lo que había visto antes. Tenía razón: se trataba de seguir la música y mantener el ritmo con la otra persona.
—No es presuntuoso— se defendió, cogiendo las riendas del baile; él debía guiar, así es como lo estaban haciendo todos los demás—. Sessha cree que es parecido a pelear con un compañero; hay que coordinar los movimientos de los dos, y uno siempre es el que marca lo que hacer.
—¿Así luchabas en el Bakumatsu? Dirigiendo a tus compañeros— preguntó ella; Kenshin se fijó en sus ojos. Parecían distintos.
—No— contestó, haciéndola girar y apartando la mirada—. Prefería hacerlo solo.
Salir solo tenía todas las ventajas; no debía preocuparse por nadie, solo por cumplir su encargo cuanto antes y no ser descubierto. Si iba con un compañero no podía mantener el mismo nivel de concentración. Tenía que preocuparse por lo que el otro hiciese. Si les atacaban y herían a su compañero, tenía que protegerlo. Y si le mataban, sería su culpa por no haber podido evitarlo. Y aunque consiguiesen vencer, durante la lucha debía estar atento a muchas cosas; sus propios movimientos, los movimientos de sus enemigos y los de su compañero. No había ninguna ventaja, no para su estilo de esgrima, creado para luchar una sola persona contra varias.
—Luchabas tú solo contra divisiones enteras del Shinsengumi— dijo ella, acercando la boca a su oído y susurrando aquellas palabras; su voz de pronto pareció más grave, como si fuese otra. Kenshin no pudo evitar que su mente volase a la última imagen de Riju, tumbado boca abajo contra el suelo, sobre un gran charco de sangre. Recordó su coleta, castaña y ondulada, como el cabello de Ume, empapada, del color del carmín y se vio dejando el papel sobre su cuerpo, con la explicación del porqué de su muerte. Agitó levemente la cabeza. No quería volver a esos días, aunque sabía que nunca llegaría a olvidarlos—. Mi hermano también prefería luchar solo.
Kenshin sabía que era cierto. Se habían cruzado antes, pero los capitanes del Shinsengumi nunca le dejaban intervenir cuando estaba presente el hitokiri Battousai. No podían desperdiciar una espada tan fabulosa como la de Riju y, en aquel momento, corría el rumor de que Battousai era algo parecido a un demonio invencible, que ninguna espada podía herirle; algunos comenzaron a creer que no era tan inmortal cuando, tras la muerte de aquellos guardias, entre los que se encontraba Akira, Kenshin apareció en el hostal con un profundo corte en la cara. "Has dejado que te toquen", le dijo Ilzuka, señalando su mejilla, con un deje de reproche en su voz. "El que lo hizo está muerto", había contestado él, dejándole con la palabra en la boca.
Por eso los capitanes del Shinsengumi dejaban que Riju saliese por su cuenta, pese a que el estilo de espada que él practicaba, al igual que el de Kenshin, estaba más pensado para pelear en solitario que en grupo; sin embargo, aquella noche... Aquella noche, por algún motivo, había salido solo.
Éramos él y yo, recordó Kenshin, mientras guiaba el movimiento de Ume hacia atrás y hacia delante, h izquierda y derecha... Fue el duelo que todos estaban esperando, aunque sólo quedó un testigo. No importaba; para los espadachines del Bakumatsu esa noche quedó confirmada la superioridad del Hiten Mitsurugi ryu. Y para Kenshin... Esa noche se frotó las manos con jabón y agua durante casi una hora, hasta hacerse sangre en los nudillos, luchado por arrancar una mancha demasiado profunda. Después hizo girar el trompo, el único recuerdo que conservaba de su infancia, hasta el amanecer. No durmió ni un minuto. Había descubierto que existían formas de llorar sin soltar una sola lágrima.
La canción terminó y Kenshin se alejó un poco, pero ella volvió a atraerlo hacia sí en cuanto sonaron los dos primeros acordes de la siguiente.
—Todavía no hemos terminado, Himura— susurró, volviendo a colocar la mano de él sobre su espalda—. ¿Es que tienes miedo de mí? ¿Te asusta desearme?
Hizo la pregunta con un tono distinto en su voz, un tono... ¿sensual?. Kenshin sonrió de forma distante, mirándola a los ojos mientras volvía a coger el control del baile.
—No— contestó, forzándola a separarse un poco mientras la guiaba—. Tengo muy claro lo que deseo.
—Es un placer conocer a la única mujer de Tokio propietaria de un dojo— dijo Osamu-sama, haciendo una reverencia especialmente pronunciada. Kaoru no pudo evitar sonrojarse mientras imitaba su gesto, en respuesta y agradecimiento.
—Yo quería mostraros mi gratitud por haberme aplazado el examen unos días. También quería pediros disculpas por no habéroslo pedido personalmente. No sabía cómo obtener una cita con vos, y Kens... Himura me dijo que os conocía. Solo quiero que sepáis que no es mi forma habitual de resolver los problemas.
—Bueno, es normal vuestro prometido se preocupe de vos, Kamiya-san. Por muy independiente que seáis, no dejáis de ser una mujer muy joven e inexperta en un mundo de hombres, y no cualquier tipo de hombres. Guerreros. Eso tenéis que entenderlo. Seguro que vuestro padre se ocupó de recordároslo.
Kaoru vio el brillo en sus ojos; ¿qué intentaba decirle? ¿Quería humillarla? Ella no podía responder por las cosas que Kenshin hacía más de diez años.
—Osamu-sama, desde que mi padre murió he gestionado sola todos los asuntos del dojo, sin ayuda de nadie. Además, Himura no es mi prometido. Es un amigo.
—Un amigo con un pasado más que reprobable y que, además, vive con vos. Conveniréis conmigo en que no es habitual que hombre y mujer vivan bajo el mismo techo de esa... manera— replicó él, serio. Kaoru no pudo evitar sonrojarse.
—También vive conmigo mi discípulo y una amiga— se defendió, sintiéndose al instante idiota. ¿Qué hacía dándole explicaciones a ese señor? Tranquilízate, se dijo, controlando la respiración. Él va a examinarte, así que no digas nada que pueda molestarle.
—Un dojo no es una pensión, Kamiya-san; es un lugar sagrado que requiere un absoluto respeto, que empieza por no mancillarlo con placeres indebidos. Mi deber como maestro es decíroslo, ya que no tenéis un padre que lo haga. Todos fuimos jóvenes y hay cosas que son demasiado tentadoras, pero un dojo no es ni un restaurante, ni una pensión, ni mucho menos una casa de citas.
Kaoru se puso roja de rabia.
—Mi dojo no es ninguna casa de citas, se lo puedo asegurar— dijo, entre dientes; ¿estaba insinuando que ella era una...?—. Puede venir cuando quiera y le mostraré cómo...
—Kamiya-san, tengo ya unos cuantos años; oí cómo Battousai hablaba de vós — le cortó, acercando el sake y sirviendo un poco a Kaoru, que bebió para evitar mandarlo a la mierda, como todo su cuerpo le pedía a gritos—. Además, he visto esto en otras ocasiones. Durante el Bakumatsu las niñas como tú entraban puras en la pensión del Ishin Shishi y salían deshonradas. Hacían cola para compartir futón con Himura, el guerrero más fuerte de la Restauración. Se decía que nunca repetía dos veces con la misma, aunque ellas siempre volvían, como mosquitos a la llama. ¿Eso no os lo ha contado?
Tragó saliva, intentando mantener la calma.
—Las historias del Bakumatsu no me interesan, Osamu-sama. Todos tenemos un pasado.
Osamu-sama sacudió la cabeza, resoplando, con una sonrisa en los labios.
—Veo que lo vuestro es devoción. En todo caso, debo decir que en cierta medida agradecí el... contratiempo de vuestro brazo. Me ha dado la oportunidad de saldar una deuda pendiente del pasado. Battousai nunca habría un aceptado el duelo si no fuese por esto—. Kaoru se estremeció. ¿Qué duelo? Él hizo una pequeña reverencia con la cabeza, a modo de despedida—. Espero veros allí. Battousai necesitará consuelo femenino cuando pierda, y aunque mi hija todavía suspira por él, no dejaré que la toquen unas manos manchadas de sangre.
Pues esas manos manchadas de sangre ya están agarrándole la cintura, pensó Kaoru, soltando un bufido y marchándose sin guardar si quiera la mínima educación. No sabía qué hacer en ese momento, si buscar a Kenshin o directamente ir al dojo y tirar todas sus cosas al maldito pozo. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan rabiosa. Y lo peor, lo peor de todo, es que la había vuelto a dejar al margen de las cosas importantes. ¿Cómo pudo aceptar un duelo sin decirle nada? ¿Y con ese señor, después de haber matado a su hijo? ¿Es que no veía que podía acabar herido, o muerto? Kami-sama. Por otro lado, se sentía aún peor consigo misma al preocuparse por la integridad de Kenshin, después de todo lo que estaba descubriendo aquella noche.
Resopló, cogiendo tres pasteles que quedaban sobre una de las mesas más alejadas y comiéndoselos mientras buscaba la salida. No le importaba parecer una maleducada, sólo quería irse de aquella maldita fiesta.
—¿No estará huyendo la flor del kendo, verdad? — Se giró y se encontró con Hideki. Llevaba una yukata de color café realmente preciosa, que hacía juego con sus ojos. Sonrió al verla, con gesto divertido y Kaoru luchó por aguantar sus ganas de llorar. Cuando se dio cuenta avanzó hacia ella, borrando la sonrisa de su rostro— ¿Estás bien, Kaoru?
—No— contestó ella, agitando la cabeza. Era una estúpida. Había creído que esa fiesta sería especial, que Osamu-sama la trataría como a cualquier otro kendoka y que bailará y reiría con sus amigos hasta que la noche se juntase con el día, y volverían todos juntos al dojo. Y Kenshin... —. Sácame de aquí, por favor.
Hideki la cogió de la mano suavemente.
—Vamos.
