Gracias por las review!

Sé que el anterior capítulo y probablemente este hagan que sintáis poco afecto por algunos personajes, pero yo sigo defendiendo a Kenshin! Es un poco idiota, pero tiene sus razones. Kaoru tampoco se lo está poniendo fácil. Un abrazo y espero que os guste. Es un poco más corto, pero estos días tengo mucho trabajo que hacer desde casa y no puedo seguir procrastinando jeje Cuidaos!


Abrió y cerró los puños con nerviosismo, intentando no buscarla entre los asistentes; quería disfrutar de la fiesta, charlar con sus alumnos y pasar un buen rato, pero en cuanto vio a Megumi no pudo evitar preguntarse si Kaoru también habría llegado.

Iré sola.

Su voz resonó en la cabeza, casi como una amenaza.

Dos de sus alumnos se acercaron a preguntarle sobre la correcta ejecución de una de las técnicas que había explicado esa misma mañana en el dojo. Le calmó centrarse en eso, en algo tangible más allá de los meros sentimientos y las elucubraciones sobre el futuro. Sin embargo, no podía dejar de sentir el nerviosismo quemándole por todo el cuerpo, desde las plantas de los pies hasta el último de los pelos de su cabello. Sería una noche decisiva. Tragó saliva y sonrió mientras gesticulaba la forma de colocar el shinai invisible. Para bien o para mal, todo cambiaría.

—...No descuides el suburi, Matsu-san. Practícalo día y noche si es necesario.

—Pero, sensei, ¿creéis que podré superar el examen? —. No podía acostumbrarse a que lo llamasen sensei; no lo era, pero por más que intentaba sus alumnos lo llamaban constantemente así. A él, que no era capaz de sostenerle un combate a Kaoru ni diez segundos. Sin embargo, en lo que pudiese les ayudaría. Mejoraría y sería el maestro que ellos merecían.

Agarró del brazo al chico con una sonrisa; le caía bien Matsu. Era un muchacho humilde y manejaba la espada casi tan bien como él, pese a tener solo catorce años y llevar un par de años practicando kendo. Podría llegar a ser muy bueno, aunque, por desgracia, dependería de que algún auténtico maestro de otro dojo le echase una mano. Él poco más podría enseñarle, aunque con la ayuda de Kaoru lo había preparado para los exámenes de grado.

—Claro que podrás, Matsu-san. Confía en tus conocimientos y sigue actuando así— el chico asintió, bajando la cabeza; Hideki se acercó un poco más a él—. Y ahora... Vete a buscar a tu acompañante, que está sola y aburrida.

El chico se sonrojó pero, haciendo una leve reverencia, se acercó a la muchacha con la que había ido a la fiesta y la cogió de la mano, acercándose ambos a la mesa de los dulces. Hideki volvió la vista hacia allí y...

Kaoru.

Estaba con Misao y Megumi. La miró intentando no ser demasiado descarado, aunque no podía evitarlo. No solía vertirse con ese tipo de ropas y estaba preciosa. Se fijó en el kimono que llevaba; no era suyo, eso seguro. No se lo había visto antes y Hideki era de los que prestaban atención a todos los detalles. Otro de sus alumnos se acercó a hablar con él y mantuvieron una conversación poco profunda mientras su atención estaba más bien en aquella mesa lejana. Megumi había salido a bailar con uno de sus alumnos, el que la acompañaba a la fiesta, y Misao y Kaoru parecían absortas observando el baile. Se preguntó qué contestaría Kaoru si le proponía bailar; había aceptado ir sola a la fiesta, pero eso no quería decir que no quisiese bailar, ¿no? Definitivamente, lo haría.

Sensei, ¿no saca a bailar a Kamiya-san? — preguntó el chico, como si le leyese los pensamientos. Hideki miró hacia él y vio que tenía la vista fija en Kaoru; le lanzó una mirada poco amigable y el chico bajó la vista, sonrojado. Era de los niñatos que habían hecho comentarios sobre Kaoru a sus espaldas pero, cuando ella les dirigía una mirada, se meaban encima. Resopló. Iba a contestarle cuando se le cortó la respiración al ver, como surgido de la nada, a Himura junto a Kaoru. ¿Cuando había aparecido allí? ¿En el único segundo que no había mirado? ¿Cómo podía ser tan condenadamente rápido?

Porque era un asesino. Hitokiri Battousai.

Su alumno se marchó, aprovechando su falta de atención, y en el fondo lo agradeció. No tenía demasiadas ganas de mantener conversiones intrascendentes y menos de hablar de sus intimidades con sus estudiantes. Himura y Kaoru parecían hablar. Él estaba girado hacia ella, mirándola; se fijó en su gesto y sintió un ramalazo de rabia, junto a una voz que le gritaba fuerte:

Esos dos se quieren. ¿Qué sitio hay ahí para ti?

Apretó los dientes. Entonces, sin saber muy bien de dónde había salido, apareció una mujer... No, no era cualquier mujer. Irreconocible con el kimono y el cabello suelto, era Ume. Por la forma en que agarró a Kenshin de la mano y le abrazó en el medio de la fiesta, apretándose contra él para bailar, parecía que eran... ¿Pareja? Abrió mucho los ojos, sin entender. Entonces miró a Kaoru. La miró durante toda la canción; apenas parpadeaba.

Le ama, comprendió, con el corazón dándole un vuelco en el pecho. No había otra respuesta. Aunque, por otro lado, siempre lo había sabido. Ella misma se lo dijo. "Mi corazón le pertenece", había dicho, con lágrimas en los ojos. Y el corazón de Himura, ¿a quién pertenecía? ¿O es que lo tenía tan helado que no le importaba que el de Kaoru se rompiese por él? No podía entenderlo. Si él lo hubiese visto claro, si hubiese tenido una verdadera oportunidad, Kaoru ya sería su prometida, tal vez hasta su esposa. Y, sin embargo, aquel idiota no dejaba de humillarla, ahora bailando de aquella manera con otra mujer frente a todos. ¿Cómo podía apreciar tan poco el regalo que tenía en sus manos? Kaoru estaba a punto de llorar y todo por ese imbécil. La vio abandonar el centro de la fiesta casi corriendo.

Puede olvidarle, se dijo, asintiendo para sí, abrumado. Puedo hacer que le olvide. Quizás al principio no me ame, pero tal vez, con el tiempo...

La buscó por todos lados durante mucho rato, casi una hora, hasta que la encontró en una zona sin gente, junto a una mesa, agitada y con varios pastelitos en la mano. Parecía no saber a dónde dirigirse.

—Sácame de aquí—le dijo poco después de verle. Él, con el corazón en la garganta, la cogió de la mano y juntos buscaron la salida. No intercambiaron ni una sola palabra, pero Hideki intentó transmitirle calma con su tacto, solo con su presencia. Cuando estuvieron por fin fuera de la residencia de Osamu-sama la vio respirar de alivio y relajarse por fin; sin embargo, estaba pálida y el color de su piel llamaba aún más la atención en contraste con la oscuridad de su cabello. Hideki apretó su mano.

—Os llevaré al dojo—murmuró, acariciándole brevemente los nudillos con el pulgar. Ella asintió con la cabeza, mirando hacia abajo. Tiró de su mano con suavidad para conducirla. Kaoru se dejaba guiar, a su lado. Podía sentir su tristeza de forma casi material, como una bofetada. La noche era preciosa y eso todavía le hacía sentir mayor enfado. Una noche tan perfecta, una noche para soñar, destruída por los caprichos de Himura.

Antes casi de darse cuenta estaban en la misma larga calle que llegaba al dojo Kamiya. Hideki se resignó. Era evidente que no sería la noche que habría soñado, pero en ese momento lo único que le importaba es que Kaoru se tranquilizase. La sentía respirar conmocionada a su lado. Estaba seguro de que había pasado algo más, algo más allá del infame flirteo de Himura con la hija de Osamu-sama, pero no quiso preguntar. Ella no estaba en condiciones de dar explicaciones ni él sabría cómo pedírselas.

—No— dijo de pronto Kaoru, deteniéndose en seco, tirando de su mano para frenarle también. Hideki la miró, sin entender. Estaba todavía más pálida que antes, casi del color de su escayola, y apretaba su brazo herido contra su cuerpo, como si intentase protegerse de un mal invisible.

—¿Qué...? —. Ella tragó saliva y le miró a los ojos. Su tristeza volvió a golpearle con más dureza que antes. Ella, tan llena de vida, parecía haberse apagado de pronto. Hasta su cabello se veía mustio, como una flor que había pasado demasiado tiempo sin sentir el agua. Quería abrazarla y consolarla, quería...

—Llévame a tu casa, Hideki—susurró. Sus ojos brillaban tristes como una noche sin luna, pero al mismo tiempo, su mirada era tan firme como el tono de su voz. Como Hideki no se movía, ella apretó su mano y modificó la dirección de ambos, caminando de nuevo hacia el centro—. ¿Duermes junto al dojo, verdad? —. Hideki no sabía qué decir, de manera que se limitó a seguir siendo arrastrado.

Cuando llegaron a la puerta, le pareció que era más grande y pesada que nunca. Abrió con manos torpes; ella tenía que haberse dado cuenta de cómo le temblaban los dedos, eran tan obvio que no pudo evitar sentirse abochornado; se estaba comportando como un crío. Antes de empujar la puerta hacia dentro, la miró, esperando algo, una sola palabra, pero ella no dijo nada, de modo que entraron.

Hideki vivía en una pequeña casa contigua al dojo; le gustaban mucho las plantas, de modo que toda la engawa estaba plagada de ellas, de distintos colores y tamaños, casi como una pequeña jungla. Kaoru las miró, asombradas.

—¿Las cuidas tú? —preguntó en un susurro, tocando las hojas de una de sus favoritas, casi de la altura de Kaoru. Hideki sonrió. Hablar de sus plantas, una de sus mayores aficiones, le otorgaba cierto consuelo.

—Sí. Son más agradecidas que los estudiantes del dojo y no requieren tanta atención—dijo, acariciando las hojas de la misma que Kaoru tocaba. Ella alzó la vista y le miró.

—Hideki, quiero quedarme esta n-noche—dijo; aunque su voz comenzó siendo firme, titubeó en la última palabra. Hideki asintió, volviendo a sentir los nervios en todo su cuerpo. Señaló una habitación tras de sí y empezó a caminar hacia ella.

—Te prepararé el futón en la habitación del fondo. Era donde solía dormir mi hermana cuando éramos niños, ella... — la mano de Kaoru le agarró, deteniéndole, haciéndole mirar hacia atrás, hacia ella. Cuando se giró se encontró con su boca. Fue un beso desesperado, ansioso, lleno de un hambre que nunca antes había visto; sin embargo... Se alejó suavemente de ella.

—Kaoru... — empezó, pero ella volvió a besarle y sintió su lengua entrar en su boca, invadiéndole. Una sensación salvaje le atrapó desde el estómago al resto de su cuerpo, sacudiéndole. Quería pararla, pero cada vez que se alejaba un poco ella volvía a besarle de aquella manera que le nublaba los pensamientos y destruía todas sus barreras.

—Quiero que me hagas tuya, Hideki—susurró ella entre besos—. Hazme tu mujer.

—¿Mi... mujer? — preguntó, buscando aire entre sus labios. Ella volvió a besarle, empezando a desatarle el obi de la yukata, con la misma desesperación con la que le besaba—. Espera Kaoru, esto no...

Ella volvió a acallarle, desatando completamente el obi y empezando a desabrocharse el suyo, dejándolo caer. Los dos se detuvieron, mirándose entre jadeos. La pintura de los labios de Kaoru se había desdibujado y tenía la boca sonrosada, del color de sus mejillas. Levantó la mano y acarició su cara; cuando ella fue a besarle otra vez, se separó, esta vez con más firmeza.

—Kaoru—susurró, manteniendo su mano entre ellos, casi como un escudo. Hacer aquello le partía el corazón, pero no podía hacer otra cosa—. No quiero esto. No así.

—¿Así? —preguntó ella, con la respiración agitada—. Yo no sé... No sé cómo se hace, pero si no es así podemos hacerlo de otra...

Hideki sonrió con tristeza, ahogando un suspiro resignado.

—No. Te voy a preparar el futón en la habitación de mi hermana y mañana hablaremos con tranquilidad. Si por la mañana quieres seguir siendo mi mujer, te lo pediré y haremos bien las cosas. Buscaremos una fecha, te presentaré a mis hermanas... Yo... Pensaba hacerlo... pensaba pedírtelo esta noche de todos modos.

Kaoru ahogó un jadeo, llevándose la mano sana a la boca. Entonces agitó la cabeza y volvió a acercarse a él y a besarlo.

—Quiero que sea ahora— le dijo. Sintió sus labios en el cuello, recorriéndolo, mientras un escalofrío le atravesaba la espalda. ¿Dónde había aprendido a hacer eso? Quería detenerla, pero le estaba resultando muy difícil. Kaoru le abrió la yukata y tocó su piel con manos temblorosas. Entonces, con su mano derecha cogió la de Hideki y la dirigió hacia el interior de su kimono, posándola suavemente en su pecho. La acarició con torpeza mientras sus besos seguían cegándole.

—¡KAORU-CHAN!—. El sonido de la voz retumbó en las paredes de la casa, haciendo que los dos dieran un respingo y se apartasen, como dos niños sorprendidos en medio de una travesura. Hideki recobró la compostura; sentía las mejillas sonrojada. No podía siquiera mantener la mirada a Kaoru. Ella se llevó un dedo a los labios, indicándole que no hiciese ruido—. Kaoru-chan, tienes tres segundos para abrir esta maldita puerta o la tiraré abajo, y parece una madera cara. Tú verás.

Hideki iba a ir hacia la puerta, pero Kaoru le detuvo.

—Quédate aquí— dijo, señalándole el lugar con el dedo índice.

—¿Es...? — empezó Hideki, intentando no evidenciar el nerviosismo en su voz. Kaoru le dio la espalda, caminando hacia la puerta del dojo.

—Hiko Seijuro.

La vio tomar el cerrojo de la puerta con determinación y, tras girarlo, abrir. La figura de Hiko Seijuro, alto e imponente, apareció en el medio de la noche. Hideki tragó saliva. El hombre le dirigió una mirada rápida a Kaoru y después ojeó sobre su hombro, hasta llegar a él. Sintió el impacto de su mirada como si le hubiese golpeado una ola de calor inesperado. Sus ojos sobre su pecho le recordaron que tenía la yukata abierta y se la cerró de inmediato, con manos torpes.

—Kaoru-chan— dijo Hiko, volviendo a mirarla mientras respiraba profundamente—. Termina de vestirte y vámonos.

—No voy a ninguna parte— replicó ella, cruzándose de brazos; su voz se oía todavía agitada por la respiración. Hideki se había abrochado tan fuerte el obi que estuvo a punto de tener un colapso. ¿Cómo podía hablarle de esa manera a Hiko Seijuro? Su sola presencia era tan intimidante como si un enorme oso pardo hubiese aparecido en el medio del dojo. Un oso pardo con una espada divina, pensó; aunque, a decir verdad, en ese momento no la llevaba en el obi. La calma le duró segundos. Hiko podría estrangularle con tres dedos de su mano izquierda si así lo deseaba.

—Claro que sí. Venga, andando delante de mí— insistió Hiko, señalando el camino con el dedo. Kaoru seguía inmóvil—. Kaoru-chan, no me hagas emplear los métodos que usaba con mi baka deshi, porque lo haré.

—No permitiré que me vigiles y me lleves a casa como si yo fuese una niña; soy una kendoka, soy...

—Ahora mismo soy tu shishou— le cortó Hiko, mirándola con frialdad—. Eso quiere decir que tomo las decisiones; me importa una mierda con quién te vas a la cama, pero todas las noches se entrena, te lo dejé bien claro. Así que mientras ejerza como tu shishou, si te digo que bebas veneno, lo bebes; si te digo que te tires al mar, te tiras. Si te digo que me mates, lo haces. Sea lo que sea tú obedeces, sin cuestionarme, sin preguntar. ¿Lo entiendes?

—¡NO! — gritó, manteniendo su postura. Hiko resopló y, sin mediar palabra, caminó hacia ella y la cogió, echándosela al hombro como un saco de patatas. Hideki se quedó petrificado y una mirada de Hiko le hizo reafirmarse en esa posición.

—Me lo merezco, por ser demasiado compasivo; no tengo remedio— le oyó murmurar, caminando con una Kaoru completamente enajenada dando patadas y puñetazos al aire; entonces se volvió hacia Hideki, congelándole la sangre en las venas—. Y tú, espabilado. A dormir.


—¿Quieres irte a dormir de una vez? Estás empezando a darme miedo.

Suspiró, sentada en la engawa. Himura iba de un lado a otro, limpiando sobre limpio, hirviendo una tetera tras otra y bebiéndose todo el té del mundo de pie, apoyado en la pared, con la mirada fija en la puerta del dojo, como un lunático.

La miró y le dedicó una sonrisa suave.

Sessha prefiere esperar, Misao-dono. Id vos a dormir; es tarde.

—¿Pero qué se supone que estás esperando? Fuimos los últimos en irnos de esa mierda de fiesta, viste perfectamente que Kaoru no estaba—. Himura miró dentro de su taza y Misao sintió que el enfado la inundaba, como una ola incontrolable—. Ya sabes donde está.

Sessha quiere comprobar que está bien.

—Pues ya te lo digo yo. No está bien— dijo, levantándose con dificultad y acercándose a donde estaba él, maldiciendo por lo bajo—. Maldito kimono, en qué momento me lo puse... Cuando Megumi vea la copa que se me cayó, me matará.

Himura tocó el trozo de tela del kimono donde estaba la mancha, mirándolo con atención.

—Es sake, no habrá problema. Si os lo quitáis sessha lo arreglará y Megumi-dono no sabrá nada— tras las últimas palabras le dedico otra de sus sonrisas tiernas. De alguna manera, Himura se había convertido en el hermano mayor que nunca tuvo, un poco de la misma forma que lo había sido Hannya. Lo miró fijamente, sin poder evitar sentirse culpable; asintió con la cabeza y fue hasta el dormitorio a cambiarse. Se puso la yukata de dormir y volvió poco después con el kimono de Megumi echo una bola, bajo el brazo. Himura lo cogió con delicadeza, como si fuese una delicada pieza de seda.

—Himura— dijo, siguiéndole mientras se dirigía al pozo, a coger el barreño donde solía lavar la ropa. Misao lo miró sin comprender—. ¿Vas a lavarlo ahora?

—La noche es cálida. Tal vez mañana esté seco.

Tal vez me libere de que Megumi me asesine, pensó, suspirando. Tenía sueño, pero no quería dejar a Himura solo toda la noche, porque estaba claro que Kaoru no iría a dormir.

—Himura, tengo que pedirte disculpas—. Él levantó la vista hacia ella, sorprendido; ya tenía las manos en el barreño y estaba remojando el kimono con suavidad.

—¿Por qué? — preguntó, con gesto curioso. Misao se agachó junto a él, apretando los labios.

—He estado... ayudando a Hideki. Con Kaoru— dijo, bajando la mirada. Ya está. Ya lo había dicho. Sintió la mano de Himura en su hombro; antes de tocarla la había secado en su propia hakama, donde quedaba todavía su huella.

—No os preocupéis. Hicisteis lo que pensábais que era mejor para Kaoru-dono—. Misao le miró a los ojos; aquella noche parecían brillarle de una forma extraña, casi... Casi triste, pensó, con el estómago encogido—. De todos modos, Megumi-dono también intentó algo parecido con sessha.

—Ya. Kaoru se enteró y se enfadó mucho—. Himura frunció el ceño— ¿No te dijo nada?

—No— contestó, volviendo a centrarse otra vez en el cubo de agua.

Misao no dejaba de mirarle. A veces podía sentir la energía que provenía de Himura como si fuese un empujón físico. Kaoru tenía que haberse dado cuenta. Él estaba loco por ella y los dos eran un par de imbéciles. Si Aoshi ardiese por ella de aquella manera, no habría dejado que el orgullo o el miedo le detuviesen.

—¿Vas a pedirle matrimonio? — preguntó de pronto, fijando los ojos en su cicatriz. Himura sonrió, sin dejar de frotar el kimono con suavidad, sin mirarla—. ¿No me vas a contestar?

—Eso es cosa de sessha y Kaoru-dono— dijo, casi en un susurro. Misao resopló, harta.

—No es verdad. Es cosa de todos. Además, si no se lo pides ya, no se lo podrás pedir nunca. Hideki pensaba hacerlo esta noche—. Himura paró de lavar, como si de pronto se hubiese quedado paralizado. ¿Qué era, idiota? No podía creer que los hombres que eran capaces de derrotar a los más fieros enemigos en la batalla, luego fuesen tan lentos e inmaduros en sus relaciones con las mujeres. Aoshi era el peor de todos, pero Himura no se quedaba muy lejos—. Tenías que haberte adelantado, y en vez de eso, te pusiste a restregarte con esa mujer en el medio de la fiesta. Eres un maldito desastre, Himura.

—Ume-dono sacó a sessha a bailar— murmuró, con las manos inmóviles, dentro del agua, sujetando el kimono.

—Pues le dices que no. ¿Es que eres idiota? — preguntó, empezando a perder la paciencia—. Mucha gente cree que Kaoru es tu mujer, o tu prometida, o lo que sea que pueda haber entre un hombre y una mujer todavía no casados. Bailando así con otra, la humillaste delante de todos.

Himura seguía con la vista fija en el agua.

Sessha no creyó...

—Ya, nunca creéis, nunca sabéis, nunca pensáis. No es tan difícil, Kami-sama. Kaoru no está esperando cosas raras, no necesita que le compres una anillo o que le ofrezcas una vida de comodidades. Si hubieses hecho así— dijo, chasqueando los dedos—, ella habría ido. Es triste, pero es verdad. Y lo peor es que lo sabes perfectamente, así que no tienes perdón. Por eso ayudé a Hideki— reconoció, mirando también el kimono sumergido en el agua; el color rojo resaltaba junto al blanco de las manos de Himura, casi como si fuese del color de la sangre—. Él está dispuesto a darle a Kaoru una familia. Creyó que esta noche, tras la fiesta, sería un buen momento para pedírselo. Pero tal vez no sea tarde. A lo mejor si se lo pides mañana cuando llegue, en cuanto entre...

Himura negó con la cabeza, volviendo a frotar despacio el kimono.

Sessha no hará nada solo porque lo haya hecho otro— dijo. Su voz sonaba más seria, sin su habitual tono dulce de rurouni.

—¿Pero entonces no se lo pensabas pedir en ningún momento? — preguntó, sin entender nada. Himura sacó el kimono del agua y empezó a escurrirlo con firmeza pero sin apretar demasiado, cuidando la fina tela—. Kami-sama, ¿me vas a decir algo? Me pone muy nerviosa tener que estar sonsacándote las cosa como tirando de una cuerda, ¿entiendes? ¡Me dan ganas de estrangularte!

—Kaoru-dono no aceptará— dijo entonces, estirando el kimono ante sus ojos y mirándolo, como si quisiese comprobar que la mancha efectivamente había desaparecido. Misao le miró con el ceño fruncido.

—¿Tan seguro estás?

—Sí.

—Pues no deberías. Está durmiendo con él. ¿Qué crees que hace allí, mirar las estrellas? —. Himura se puso en pie y comenzó a tender el kimono en la cuerda, colocando las pinzas en los sitios correctos para que no quedase marca. Megumi nunca se daría cuenta y, en todo caso, si lo hacía, agradecería el gesto. Sentía el perfume de la lavanda que Himura había echado al agua y cerró los ojos para llenarse de él. Era olor a limpio; Misao necesitaba limpiar muchas cosas para sentirse fresca, como ese kimono recién lavado—. ¿Es que te da igual lo que esté haciendo con Hideki?

—No me da igual— respondió él de pronto, girándose. Sus ojos brillaban con fuerza; ya no se veía tristeza, pero sí enfado. Misao sintió una punzada de... ¿Miedo? No, Himura no le asustaba; sin embargo... —. Llevo dos días sin dormir y este será el tercero. Esta noche quería hablar con ella.

No le pasó desaparecido que había dejar de usar el pronombre de humildad.

—¿Para pedirle...?

—Para hablar— le cortó Himura.

—¿Vas a dejarla? — preguntó, aunque la mirada de Himura le dio la respuesta.

No era posible dejar algo que no había llegado a empezar.


Hiko le dio un largo tragó al sake. Se sentía un poco cansado; no demasiado, pero sí más de lo habitual. La vida en el bosque, sin un discípulo al que torturar, comenzaba a pasarle factura. Tenía a Jun, pero necesitaba hacer algo más de ejercicio físico. Esas noches entrenando a Kaoru le habían devuelto unos diez años de vida. Sin embargo, unas horas antes estuvo a punto de cogerla de la oreja y arrastrarla de la misma forma que hizo con Kenshin la única vez que se escapó a una de las malditas fiestas del pueblo bajo la montaña. Recordaba haber bajado como un poseso ladera abajo; lo vio allí, junto a dos muchachas, sonrojado hasta la raíz del pelo, mientras ellas le tocaban la coleta y parecían flirtear con él. No había cumplido aún los catorce años; ni corto ni perezoso, Hiko atravesó la fiesta y, disculpándose con las niñas, le cogió de una oreja y lo sacó de allí a rastras. Lo llevó así hasta su montaña, pese a sus quejas y lamentos. Después le dio un placebo para su oreja herida y él, como siempre, se lo tomó creyendo que era la cura milagrosa a sus males.

Pero con Kaoru era distinto. Era una mujer. No podía arrastrarla de la oreja, ni tampoco obligarla a las pequeñas torturas a que sometía a Kenshin. Sin embargo, mientras él fuese su shishou, no dejaría que se saltarse un entrenamiento. Además, además...

Hiko jamás lo habría reconocido en voz alta, pero había ido a buscar a Kaoru porque Jun se lo había ordenado. No fue una recomendación, ni un comentario, ni tampoco una sugerencia. Ambos vieron a Kaoru con los ojos llenos de lágrimas salir de la mano de Hideki, casi corriendo, como si huyesen. Hiko había agitado la cabeza; su baka deshi era tan imbécil que perdía todo lo que amaba. Sin embargo, Jun le agarró del gi y le obligó a ir a por ella. "Es tu culpa, Hiko. Tú le metiste cosas en la cabeza. Sabes perfectamente que el chico no está interesado en la hija de Osamu-sama; tú me lo dijiste. Ella es solo una niña y la has empujado a hacer una tontería. No vuelvas por casa si no es con Kaoru-chan".

Soy peor que Kenshin, pensó, riendo en voz alta. Jun ya dormía, junto a Kaoru, que después de un duro entrenamiento y una más dura charla, había acabado llorando. Su desahogo también le sirvió para enterarse de que Kenshin había aceptado un duelo con Osamu-sama a cambio del tiempo de atraso para el examen de la chica. Lejos de molestarle, le pareció gracioso. Se preguntaba qué interés podría tener Osamu en que todo el mundo viese cómo el Battousai que había asesinado a su hijo, le desarmaba en dos movimientos.

Tal vez le haya exigido que se deje ganar, pensó entonces. Sí, eso era muy posible. Osamu era un hombre orgulloso, pero no tenía el orgullo de los viejos samurais. Él era de los que gustaban de mantener las apariencias. No quería ser el más fuerte; quería que todos creyesen que su estilo lo era, con independencia de la verdad. Definitivamente, debía ser eso. Incluso se le antojó más divertido; pese a los lamentos de Kaoru, manifestó que no se lo perdería por nada del mundo. Ver a su estúpido discípulo fingiendo usar mal la espada era algo que no se veía todos los días.

Sin embargo, ni sus bromas habían animado a Kaoru-chan. Se abrazaba todo el tiempo el kimono, al que le faltaba el obi. Debió dejarlo allí en su huida a medio vestir. Jun, con la intuición propia de las mujeres se ofreció a tener con ella una charla íntima, con te y dulces, y a dormir juntas, de modo que le dejaron el maldito futón en la entrada. Él, maestro del Hiten Mitsurugi ryu, el estilo más poderoso jamás conocido, expulsado de su cama por dos mujeres. Estaba claro que algo había hecho mal en su vida.

Bebió un poco más de sake.

El imbécil de Kenshin le debía una bien grande y en cuanto descubrise alguna novedosa forma de torturarle, se la pagaría.