¡Hola!

Primero, espero que estéis todas bien. Muchas gracias por vuestras review. Como más o menos son todas parecidas, voy a contestarlas juntas. Os agradezco mucho que las escribáis, me encanta leerlas tanto como escribir, me da mucha alegría recibirlas, gracias por tomaros el tiempo! Voy al grano: Los últimos capítulos son en general un poco "oscuros", como bien los definió kaoruca. Sentí que tenían que ser así, espero que pese a ello os guste el desarrollo de la trama, aunque queráis matar a más de un personaje jeje Cuando escribo tengo una tendencia un poco macabra a torturar a mis personajes, soy como el Hiko de la escritura XD Siempre me ha gustado ponerlos en situaciones difíciles, que las cosas les vayan de cara, quizás porque es lo que me gusta leer a mí. Si todo sale bien, nada tiene gracia jeje A veces quizás me pase con las torturas, espero que me perdonéis! No prometo ser buena, pero espero que os entretenga ;-)

Cuidaos mucho, salud para todas y para vuestras familias.

**Nota: en el último capítulo tuve un error infernal, cuando Hideki menciona "presentarle a los padres" a Kaoru, cuando sus padres fallecieron. ¡Sumimasen! Esto me pasa por escribir a las tantas de la madrugada y publicar a lo loco. Espero perdonéis estos fallos. Un abrazo a todas.


Capítulo 21.

La madrugada era fría, mucho más de lo esperable en aquella época de inicios de verano. O tal vez sea yo, pensó Kaoru, abrazándose a sí misma para mantener el kimono bien cerrado. Tal vez me haya helado por dentro. Suspiró, cogiendo aire y soltándolo levemente mientras observaba la puerta de su casa. No había tierra en la entrada; Kenshin había estado barriendo. Sintió cómo la tristeza volvía a apoderarse de ella, pero la contuvo. Se lo había prometido a Jun. No más arrebatos, no más estallidos. Sin embargo, no era fácil.

—Es normal, Kaoru-chan— le había dicho Jun, acariciándole el pelo—. Aunque no te guste oírlo, aún eres una niña. Con tu edad todo se vive con más pasión; las alegrías son increíbles, pero las penas también son más fuertes. Si dejas que te atrapen, dominarán tus decisiones. Cuando veas que la tristeza se hace fuerte, bloquéala.

—¿Cómo? — había preguntado ella, haciéndose un ovillo en el futón; aunque Jun le ofreció una yukata para dormir, no quiso cambiarse. Solamente aceptó que le prestase un obi para entrenar sin tener que estar pendiente de que el kimono se abriese, pero incluso luchó con esas ropas. Hiko se lo había pasado muy bien criticándola por ello, pero no le importaba. Así había salido de casa y así volvería.

—Recuerda las cosas que te hacen feliz— le contestó con voz dulce, pasando los dedos entre sus cabellos—. Todos tenemos un lugar de paz al que volver cuando todo se tambalea. Tienes que encontrar el tuyo.

Jun era la viva imagen de la calma; incluso sin apenas conocerla, tenía ese efecto tranquilizador tan maravilloso. Imaginó que Hiko se había enamorado también de eso. Podría encontrar en Jun el abrazo suave frente a los golpes de la vida. Tae se lo dijo una vez. "Los hombres como Himura-san, que miran a la muerte a los ojos, cuando llegan de luchar, agotados, necesitan una mujer que los cobije y les de paz, no que les pegue con el bokken en la cabeza". Durante algún tiempo creyó que podría hacerlo, que podría curar sus heridas y abrazarle, que con eso sería suficiente. Cuando se fue a Kioto, dejándola atrás para protegerla, se dio cuenta de que no era eso lo que quería. No era esa clase de relación. Ella quería pelear a su lado, mano a mano. No quería esperarle en casa. Quería que librasen juntos las batallas compartidas y que cada uno siguiese peleando las suyas, para después encontrarse. Ella estaba dispuesta entonces a acariciar sus cicatrices, pero no podía dejar de pensar quién se preocuparía por besar las suyas. ¿Cómo iba a hacerlo él, si solo pensaba en protegerla?

Cerró los ojos, decidida a apartar la tristeza. Pensó en su padre. Sin duda, había sido el hombre de su vida, aunque nunca llegó a decírselo. Él sabía lo que sentía sin necesidad de abrir la boca. Todos los domingos, al volver del mercado, le traía un jazmín y se lo dejaba en la puerta del dojo, sin decir nada. Ella lo recogía y lo ponía en agua. Practicaban cada día con el shinai, pero nunca perdía la paciencia, aunque ella aprendiese lentamente. A veces le hablaba de su madre y la describía con tanta precisión que Kaoru se figuraba su rostro, sus manos, el color de su cabello como si la tuviese delante. Y hablaba. Su padre hablaba de todo, la casa estaba siempre llena de palabras, de risas. Vivía por ella y le dio el mejor regalo que podría haber soñado: el kendo, el amor por la espada. La impulsó a ser independiente; él no habría querido verla así. Miró al cielo, apartando la vista de la estrella rurouni; se concentró en otras, en algunas de las que su padre solía nombrar cuando era niña. No conocía sus historias, pero podría investigar. Podría aprenderlas. Tenía dieciocho años, le dolía el brazo bajo la escayola y sentía que a cada paso que daba, cometía un error. Y sobre todas las cosas... Estaba cansada de esperar.

Empujó la puerta con el hombro y entró.

Pese a la oscuridad, le vio. Estaba sentado en la engawa, aun con el gi azul marino con el que había ido a la fiesta, sujetando una taza en la mano. Matcha, pensó. Siempre bebía matcha cuando estaba inquieto. Tenía la cabeza baja, como si observase sus pies, pero sabía que no estaba dormido, del mismo modo que sabía que la había sentido entrar. Cerró la puerta tras de sí con cuidado y volvió a sujetar el kimono, manteniéndolo bien cerrado.

Tadaima— dijo, sin pensar. La palabra salió de su boca sola.

Okaerinasai— contestó Kenshin, alzando la vista hacia ella. Se quedaron inmóviles unos segundos, mirándose. Estaba ahí sentado, como un maldito monje budista, inmutable. El enfado que había mantenido oculto bajo otros sentimientos más oscuros parecía llenarla de nuevo, como la lava de un volcán. Cogió aire por la nariz, soltándolo despacio. Si hablaba no podría contenerse; si hablaba... Saldría todo, de modo que comenzó a andar hacia su habitación. Sería mejor dejarlo para el día siguiente; conocía sus propias explosiones de ira y si empezaba una, nada podría salir bien—. Kaoru-dono, creo que deberíamos hablar. Prepararé té.

Kaoru se paró en seco. No había usado el sessha, pero en ese momento no le importó. No redujo sus ganas de gritarle, de... Se giró para mirarle. Se había puesto ya en pie y miraba hacia la cocina con gesto fijo, como una de esas estúpidas estatuas de los templos, sujetando la taza en su mano.

—¿Quieres hablar? Muy bien, hablaremos— contestó, avanzando hacia él mientras con su mano derecha mantenía el kimono agarrado. Le quitó la taza de la mano y, agarrándole del gi, le hizo ponerse en pie y caminar hasta la entrada del dojo. Kenshin se dejó llevar sin decir nada. Siguió tirando de él, conduciéndolo hasta la pared donde estaban los bokken, al fondo del dojo; allí le soltó y, cogiendo uno, se lo lanzó. Kenshin lo cogió al vuelo y la miró, frunciendo el ceño. Kaoru cogió otro y, empuñándolo con ambas manos, ignorando el dolor del brazo roto, le miró a los ojos—. Ponte en kamae.

Kenshin la miraba como si estuviese hablando en otro idioma.

—Kaoru-dono— empezó, acercándose a ella, con voz dulce—. Haré el té, nos sentaremos y nos...

—No— dijo ella, levantando el bokken hasta poner la punta contra su pecho—. Vamos, Kenshin. ¿No quieres hablar? Hablaremos así. Tienes muchas cosas que contarme, ¿verdad?

El kimono se le abría más de la cuenta, pero no le importaba. Quería golpearle. Necesitaba golpearle. Kenshin había perdido su gesto tranquilo; aun con la escasa luz de la única lámpara de shoji que alumbraba desde la engawa, podían verse sus ojeras. Le dirigió una mirada seria.

—Los dos tenemos cosas que contarnos.

Ella agitó la cabeza, indignada y le lanzó un golpe al brazo. No hizo el más mínimo esfuerzo por esquivarlo, aunque Kaoru no le había puesto demasiado ímpetu. El bokken impactó contra su brazo y ella soltó la mano izquierda justo antes de sentir golpe, sin alejarla de la tsuka, tal y como le había enseñado Hiko. Kenshin no se movió; seguía mirándola, serio. Nunca la había mirado de aquella manera.

—¿Hasta cuando vas a seguir tratándome como a una niña? Soy maestra asistente y estás en mi dojo. Ponte en kamae.

—No os trato como a una niña— dijo él. Kaoru le lanzó otro golpe; tampoco se apartó—. Esta no es manera de hablar. Si nos sentamos...

—No quiero sentarme— replicó ella, alzando la barbilla—. Hablaremos así.

—Bien— dijo Kenshin, apoyando la punta de su bokken en el suelo, con gesto serio. Kaoru mantuvo su guardia, controlando la rabia que sentía. Era imposible. Era demasiado tiempo, demasiadas emociones atrapadas; ahora todas salían de golpe, como un río desbordado—. Pero Yahiko y Misao están durmiendo.

—Me da igual, que se despierten. Que se despierte todo el mundo. ¿Por qué estás tú despierto?

—Estaba preocupado; dijisteis que volveríamos juntos al dojo— contestó, con voz suave pero firme, mientras se agachaba lo suficiente para posar el bokken en el tatami. Kaoru recordaba bien haber dicho esas palabras, pero eso había sucedido antes de la fiesta. Antes de conocer todas las mentiras; más mentiras, siempre mentiras... Mentiras para protegerla, mentiras para que estuviese bien, mentiras para que no se preocupase... Pero mentiras, a fin de cuentas.

—Y tú dijiste que Ume era una amiga— contestó, intentando mantener la calma.

—Es que es una amiga— dijo, levantando las cejas.

—Una amiga con la que estuviste prometido— replicó Kaoru, tocando con la punta del bokken en su pecho de él. Kenshin agitó la cabeza y su coleta bailó en su espalda. No sabe discutir, se dijo Kaoru; no está acostumbrado a hacerlo.

—No estuve prometido— repuso—. Al menos no... No oficialmente. Fue una historia que se montaron shishou y Osamu-sama; Ume y yo éramos unos niños.

—Kenshin, ¡no me proteges mintiéndome! Me haces daño— gritó. Kenshin la miró.

—No os he mentido nunca. No os lo conté porque no pensé que fuese importante.

—No contar algo es una forma de mentir— dijo ella, bajando el tono de voz. Respiró profundo, intentando controlarse—. Ella te lo pidió después, ¿verdad? Hiko me lo contó. Te buscó después de la guerra y te lo pidió. No parece que eso sea algo de niños.

Kenshin asintió con la cabeza, mirando la punta del bokken de Kaoru.

—Sí, es cierto. Me lo pidió, pero le dije que no. Ella lo entendió.

Kaoru había perdido la vergüenza; quería preguntarlo todo, quería saberlo todo.

—¿Pasó algo... entre vosotros? Más allá del matrimonio—. Kenshin levantó la vista, sorprendido ante la pregunta.

—No, nunca— dijo; había recuperado el tono dulce y suave en su voz—. Siento lo del baile. No pensé que vos...

—El baile es lo de menos— replicó Kaoru, cortándole—. Además, no tienes que pedirme perdón. No somos nada, ¿no es cierto?

Kenshin clavó sus ojos en ella; brillaban de la misma forma salvaje que cuando habían luchado con la espada.

—Para mí, sí— contestó. Kaoru volvió a golpearle, dejándose llevar por el impulso; el golpe fue más fuerte y le desplazó un par de pasos hacia atrás, pero mantuvo el equilibrio.

—¿Y qué somos, Kenshin? ¿Qué somos? — repitió, golpeándole de nuevo, más fuerte. Kenshin encajaba los golpes sin decir nada—. ¡Ponte en kamae!

—¿Queréis darle un nombre? — preguntó él, con ojos brillantes.

—Me mentiste— contestó Kaoru, agitando la cabeza; estaba tan enfadada que le habría golpeado en la cara, pero se contuvo. Era un bokken, no un shinai. Si no lo esquivaba podría hacerle mucho daño, incluso siendo Kenshin—. No me contaste lo del duelo. Otra vez intentando salvarme de todos los males del mundo. Ya te dije que no quiero eso. ¡No quiero que te comportes como mi padre!

—No sabía cómo contároslo.

—¿No sabías? — replicó, agitando la cabeza, de nuevo de indignación—. ¿O no querías? ¿Pensabas ocultármelo, como a Tomoe? — Kenshin bajó la mirada. Sabía que ese golpe le había dolido más que los anteriores con el bokken, pero necesitaba decirlo; tenía que decirlo todo—. No he dejado de preguntármelo desde que volvimos... ¿Me lo habrías contado si Enishi no hubiese iniciado su Jinchu?

Él tomó aire, sin levantar la cabeza; sus ojos se escondían tras su flequillo, del color del fuego.

—No lo sé— reconoció. Kaoru notó un salto en el pecho. No esperaba esa respuesta. Bajó un momento el bokken, para coger fuerzas. Empezaba a molestarle el brazo izquierdo y él se dio cuenta; lo miró, pero no dijo nada—. Nunca... Nunca antes había hablado a nadie de ello; solo a Katsura. Creo que os lo habría contado, al menos a vos, pero... No lo sé.

Kaoru le miró; con ese gesto en el rostro casi podía imaginar al niño que había sido. Si parecía tan joven ahora, con casi treinta años, ¿cómo sería cuando todos le temían? Parecía imposible, pero sabía que era cierto. Ella no le culpaba por eso; no le culpaba por su pasado, sino por la forma en que su pasado afectaba a su presente.

—Osamu-sama me lo contó todo— dijo Kaoru, apoyando la punta del bokken en el suelo, en la misma postura que Kenshin, mientras con el brazo escayolado se cerraba un poco el kimono—. Se acercó a mí en la fiesta y me habló como si fuese... Una niña estúpida. Me hizo sentir que si conseguía ser maestra sería por ti. También comparó mi dojo con una casa de citas, como si yo fuese una...

—No sabía que haría algo así— le cortó Kenshin, intentando avanzar hacia ella. Kaoru volvió a levantar el bokken, manteniéndole alejado.

—Sabías lo que habías acordado con él y lo hiciste a mis espaldas— replicó Kaoru, alzando otra vez la voz. Kenshin volvió la vista hacia la engawa. No quiere que Yahiko y Misao se despierten, pero a mí me da igual. Ya me da igual. — Me contó otras cosas que tú no me contaste. Sabía que no sería la primera, pero no me imagibana que tú... No te juzgo, pero yo creía que...

—¿Qué?— preguntó él, confundido—. No entiendo qué me queréis decir.

—Las chicas... Las chicas del Bakumatsu. Osamu-sama me contó que te llevabas todas las noches a alguna a tu habitación. Me dijo... Me dijo que no repetías nunca.

Kenshin levantó una ceja; no reconocía su gesto, pero sí su mirada. Estaba enfadado. ¿Por qué no le decía lo que pensaba? ¿Por qué no soltaba todo?

—No sé porqué Osamu-sama os dijo eso, pero no es verdad— contestó, en un tono de voz más bajo.

—¿También es mentira que mataste a su hijo? — inquirió. Kenshin volvió a bajar la mirada hacia el suelo.

—No; eso es cierto.

—Y tampoco me lo contaste. Aceptaste un duelo con un hombre cuyo hijo mataste y cuya hija rechazaste en matrimonio al menos dos veces. ¿Qué podría salir mal, Kenshin?

Kenshin la miró otra vez.

—Creí que era la única forma de asegurar que atrasase vuestro examen— dijo—. Me equivoqué.

—Sí, te equivocaste. Me hiciste a un lado, otra vez. Me haces a un lado siempre. Intentando protegerme me hace más daño.

Sumimasen— dijo, bajando la cabeza—. De aquí en adelante yo os doy mi palabra que...

—No— le cortó Kaoru; su tajante respuesta le hizo mirar de nuevo hacia arriba, hacia ella—. No cumplí mi promesa—. Kenshin avanzó hacia ella, que dio un paso hacia atrás. Se llevó la mano al cabello y se quitó el lazo índigo, sujetándolo en su mano... Se lo devolvió. Él lo cogió, mirándolo. Las lágrimas empezaron a salir de los ojos de Kaoru sin poder evitarlo; no quería hacerlo, no quería, pero... Iba a acabar volviéndose loca. Recordó el día que le vio volver de luchar contra Shishio. Cuando le vio medio muerto, arrastrado por Sanosuke, lo tuvo claro. Lo supo; supo que era él y que no podría haber otro. Y ahora, cuando le miraba... El sentimiento seguía siendo el mismo, pero tenía demasiado miedo. Miedo a nunca llegar a conocerle. Miedo a que él nunca pudiese abrirle realmente las puertas; no quería quedarse en la entrada. Ella lo quería todo; todo, o nada.

—¿Dónde habéis dormido? — preguntó de pronto Kenshin.

Le miró a los ojos.

—Con Hideki— mintió, con el corazón en la boca—. Coge el bokken— susurró.

—No, Kaoru-dono— dijo. Quiero saber que hay sangre en sus venas, como cuando lucha—. Hay cosas que no pueden solucionarse con la espada.

Le golpeó otra vez, a la altura de la cara. Kenshin no se protegió y el bokken impactó contra su mejilla, haciéndole tambalearse. Bajó un poco el arma, asustada, mientras le veía llevarse la mano a la cara. La miró por encima de sus dedos, con la misma mirada de ojos brillantes.

Despierta, por favor.

Haz algo, lo que sea.

Lucha.

—¿Sabes qué creo? Que me has pedido que te espere porque no tienes ni idea de qué hacer conmigo— dijo al final, dejando que todo saliese—. Estás bien aquí, estás tranquilo. Te pasaste muchos años vagando de sitio en sitio y aquí has encontrado algo parecido a una familia. No quieres nada más, tienes todo lo que necesitas. Para ti es suficiente. Yo... Yo tengo sueños, Kenshin. Tú no tienes sueños. No tienes deseos para el futuro. Simplemente... Vives. Tú es como... Como si te conformases con existir. Como si hubieses muerto en el Bakumatsu—. Le dolieron sus propias palabras las palabras mientras las decía, pero no podía dejar de hacerlo. Aunque no se las creyese. Aunque buscase herirle, despertarle. No podía parar de hablar. Quería ser la chispa que le encendiese y, sin embargo, lo veía allí, de pie, con la vista clavada en el bokken, como si se hubiese congelado por dentro.

—Es cierto— dijo él, alzando la vista. Tenía los ojos... extraños, como si fuese a llorar. Ella nunca le había visto llorar; sin embargo no derramó ninguna lágrima; al revés: le dedicó una sonrisa dulce mientras pasaba suavemente la mano por la mejilla que ella había golpeado—. Una parte de mí se quedó allí, pero no toda. No toda, Kaoru.

Kaoru sintió cómo su nombre en su boca le acariciaba los oídos. Su nombre sin el honorífico. Kaoru, solo Kaoru. Dio un paso hacia ella, pero Kaoru dio otro hacia atrás.

—¿Por qué me pediste que te esperara? — preguntó, manteniendo el bokken alzado entre ellos.

—Porque no estaba preparado para el siguiente paso— contestó, alzando su mano derecha hasta sujetar la punta del bokken de Kaoru—. No sabía si quiera cuál era el siguiente paso.

—¿Ahora lo sabes?

—No soy yo el que tiene dudas— replicó él, moviendo el bokken para apartarlo de su pecho. Kaoru recibió sus palabras como una bofetada.

—Hideki me ha pedido matrimonio— soltó, tragando saliva.

—No me asusta Hideki— dijo él, avanzando hacia ella; estaba a la distancia de medio brazo. Tenerle tan cerca la ponía nerviosa y, al mismo tiempo, incrementaba sus ganas de golpearle—. Esto es entre tú y yo.

Kaoru sintió la rabia subirle desde el estómago hasta la garganta. Creía que ella iba a estar siempre allí, esperándole.

—Te equivocas— dijo, poniendo una mano entre ambos, en el lugar que antes ocupaba el bokken. No quería tenerle más cerca—. Esta noche... Esta noche me hizo su mujer. Mañana le diré que sí.

Kenshin la miraba de una forma que nunca antes había visto. Kaoru esperó. Esperó algo, lo que fuese, cualquier cosa. No decía nada. Agitó la cabeza y se giró para marcharse, pero entonces sintió cómo la agarraba del lazo trasero del kimono, allí donde debía doblarse el obi que no llevaba. Kenshin se pegó a su espalda y notó su frente apoyarse suavemente en la parte de atrás de su cabeza. Al sentirlo así se quedó sin aire. Notaba el corazón latir le fuertemente en el pecho.

—Dile que espere— dijo él, con voz suave; sintió su aliento en la nuca—. Si te casas antes de cumplir diecinueve*, tu marido será el propietario del dojo y de la herencia de tu familia; de esta casa... y del Kamiya Kasshin ryu. Si esperas a los diecinueve, serás mayor de edad. Podrás conservarlo todo, salvo el apellido. Dile a Hideki que espere. Solo son... ciento cuarenta y seis días; tres mil... Tres mil quinientas cuatro horas—. Sintió su peso contra su espalda, y su nariz apoyarse suavemente en su pelo y, en un instante, se separó de su espalda, llevándose consigo el calor.

Entonces pasó junto a ella y cuando estuvo a su altura, rozó su mano, la derecha y puso algo en ella. Un trozo de... ¿papel? Kaoru aprovechó el gesto para agarrarle de la mano y obligarle a girar y mirarla.

—Kenshin...— dijo. No le salían las palabras, como aquella vez; como cuando se marchó a Kioto. Vamos, díselo, dile que no es cierto, se gritó a sí misma, pero estaba paralizada—. Él miró la mano de ella y después la miró a los ojos, apretándola un poco. Sintió su ki como una llama, quemándola.

—No estés triste— dijo él—. Vive... Y no dejes de arder, como estás ardiendo ahora.

Le besó la mano y, bajando la mirada, caminó hacia la engawa. Kaoru le siguió con los ojos, con la vista empañada. Vio cómo cogía su sakabatou y salía por la puerta, abandonando la casa. Tal vez por el viento, tal vez por la fuerza que usó al cerrar, el portazo sonó como un trueno, haciendo temblar las paredes de la casa.

Kaoru sintió cómo las lágrimas empezaban a ahogarla mientras desdoblaba el papel.

—¿Qué ha pasado? —. Oyó la voz de Misao en la engawa, asustada. También le parecía oír a Yahiko, pero no podía procesar. Sus dedos, temblando, abrieron el papel. Era un calendario trazado a mano con la letra de Kenshin y, dibujado junto a los números, un jazmín—. ¿Kaoru? ¿QUÉ PASA?

Ciento cuarenta y seis días.


Sirvió té para los dos. Él agachó la cabeza, en señal de agradecimiento, pero no dijo nada. No diría nada. Permanecerían así hasta el mediodía, concentrados, buscando la luz dentro, donde siempre la habían encontrado. Después, cuando el sol estuviese en lo alto del cielo, le ayudaría a afilar la espada. Él se vestiría y esperaría a las cinco. Era la hora marcada. La hora en la que, por fin, se haría justicia con el estilo Shorin ryu y con el apellido de su familia.

Bebieron té y volvieron a cerrar los ojos. Frente a ellos, en el santuario, se encontraba la espada de Riju. No la habían limpiado; Ume se la ofreció a los dioses así, con los restos de sangre de las vidas que su hermano arrebató, deseando que sirviese como reconocimiento de su culpa y para que tuviesen con él clemencia. Durante mucho tiempo habló diariamente con él, aunque nunca obtuvo respuesta. Después dejó de hacerlo y se limitó a rezar. No sabía dónde habría ido a parar su alma; había matado a demasiadas personas y, a diferencia de Himura, él no había tenido la oportunidad de arrepentirse y expiar sus pecados.

Después de asesinarle, había recogido su espada y se la había hecho llegar a Ume. No había una nota, ni una carta, nada. Solo la espada. Para ella fue suficiente. Recordaba haberle visto en el funeral y haberse roto por dentro. Él había matado a su hermano y, sin embargo, si en ese momento le hubiese dicho que se fuesen juntos, lo habría hecho. Habían pasado muchos años. Ya no era la adolescente idiota que vomitó al ver el cuerpo de su hermano. Ahora era la heredera del Shorin ryu. Era fuerte. Había respetado los preceptos de su estilo mejor que Riju. No había usado su espada para servir a poderosos. No había matado a nadie, jamás. Ese no era un precepto de su estilo, pero sí una promesa que le hizo a su padre el día que enterraron a su hermano. Quizás eso fuese lo único que compartía con Himura. Una promesa más fuerte que ninguna otra cosa. Un voto. Himura había encontrado ahí su razón para seguir; ella, en cierta medida, también. Ahí y en Riju.

Si me oyes, Riju, intercede ante los dioses por padre.

No dejes que nuestra familia pierda..

No dejes que Himura nos derrote.


Tenía tres monedas en el gi. Tres, suficiente como para dormir en la posada junto al río y comer algo al día siguiente. Después decidiría qué hacer, pero si no dormía al menos un par de horas no podría ni levantar la sakabatou, que en aquel momento parecía pesar dos veces más de lo normal. Osamu era mayor, pero también uno de los maestros más fuertes de Japón. Necesitaría su fuerza.

Pero antes...

No me lo creo.

Su ki le había dicho todo lo contrario. Ella ardía Cuando la toqué, ardía... Por mí.

Y aún así, aún así... Aún así iba a decirle que sí a Fujame-san. Lo vio en sus ojos; iba a hacerlo. Y aún así, la noche anterior...

No me lo creo.

Tenía que comprobarlo y solo había una manera.

La puerta del dojo estaba cerrada, pero no importaba. No entraría por ella. Escaló el muro lateral con tanta facilidad que le pareció hasta casi insultante. Los muros ya no tenían la altura de antaño; recordaba, en su época de hitokiri, lo difícil que era en ocasiones entrar en las residencias de las personas a las que debía asesinar. Solía ser la parte más difícil de las misiones; una vez llegaba al hombre marcado, todo era sencillo. Matar era demasiado sencillo. Estamos hechos de carne y hueso, tan vulnerables... Los dioses deberían haberlo hecho más complicado.

Caminó entre las sombras, alegrándose de llevar el gi y la hakama azules de la fiesta. Con su vestimenta magenta y blanca habría llamado mucho más la atención. Se ajustó la sakabatou al obi y examinó el lugar. Era una casa humilde, muy parecida a la de Kaoru, aunque había algo que las diferenciaba con claridad: en la engawa, perfectamente colocadas, había una hilera de frondosas plantas de hoja verde, algunas con flor. No pasaría por allí; pese a la escasa luz, era suficiente para crear sombras en las puertas de shoji. Esa era la forma en la que se revelaban fácilmente a los asaltantes, siempre que durmieses sentado, claro. Dudaba mucho que Fujame-san durmiese sentado. Sólo lo hacían los que vivieron una guerra, las viejas glorias del Bakumatsu y, tal vez, algún antiguo samurai de los que, pese a haber encontrado un oficio, no podían dormir sin sentir el tacto de su espada. Fujame-san era un niño de la nueva Era, algo más joven que Megumi. Sus padres le habrían obligado a mirar hacia otro lado cuando aparecía algún cadáver en la calle, como hicieron con él Sakura y las demás, cuando le salvaron; cuando todavía era Shinta, y tenía las manos limpias. Nunca nadie más le tapó los ojos para que no viese la muerte. Y después, él se convirtió en la misma muerte.

Sorteó las puertas de shoji y fue acercándose, sigiloso, a las lámparas que aún iluminaban la engawa, apagándolas con leves soplidos. La oscuridad entonces se hizo más profunda; su cuerpo, su vista se adaptaron rápido. Era su medio. Comprobó que solo había dos dormitorios y, por los reflejos que había visto antes, podría asegurar que sólo uno estaba ocupado.

Hideki.

Se acercó al shoji y, colocando la mano suavemente sobre el papel de la puerta, la corrió suavemente, sin hacer ningún ruido. Sabía cómo. En sus tiempos de hitokiri había comenzado negándose a matar hombres dormidos; en su absurdo orgullo adolescente, alegó que era deshonroso. No tenían oportunidad de defenderse. Tiempo después, con las manos ya muy manchadas, comprendió que nada había de honrosa en cualquiera de las muertes. Algunos hombres pelearon; Akira peleó por su vida, y murió, como todos. Por lo menos los que murieron dormidos se fueron sin sufrir, con una imagen más hermosa que la de él con la espada en la mano, arrebatándoles la vida.

Se asomó a la habitación; era muy distinta de la suya. Pese a la oscuridad, vio los libros. Estaban en una estantería. Recordó la época más oscura de su vida, antes de Tomoe, cuando dormía apoyado en una pila de libros. ¿Los has leído todos?, le preguntó ella una vez, con su voz siempre dulce, siempre pareciendo que pedía disculpas. Tiempo después, cuando terminó la guerra, buscó todos aquellos libros. Los buscó y pagó por ellos en las librerías, aunque era más pobre que las ratas. Los leyó todos.

Fujame-san estaba en el futón; dormía, respirando con suavidad, completamente ajeno a lo que pasaba a su alrededor; se acercó y se agachó junto a él, mirándole. Un samurai se habría despertado solo con esa presencia. Un guerrero habría sentido su ki; Kenshin sabía que el suyo era poderoso, lo suficiente como para despertar a alguien que supiese sentirlo. No pudo evitar un ramalazo de envidia; él llevaba mucho tiempo sin dormir de aquella manera. De hecho, no tenía claro que alguna vez lo hubiese hecho. Se puso de nuevo en pie y buscó con la mirada. No había nada sobre el futón, de modo que siguió avanzando por la habitación. Arrastró los pies, sin levantar el más mínimo ruido, mientras sus ojos barrían el lugar de un lado a otro. Entonces lo vio.

Al fondo de la habitación, junto a la ropa que Fujame-san, estaba el obi de Kaoru. El que se había dejado allí esa noche. Kenshin se dio cuenta de su falta en cuanto la vio entrar por la puerta, manteniendo el kimono cerrado como podía. Había sido una evidencia tan grande que le había golpeado nada más verla, un grito en su mente que mantuvo alejado hasta que ella aclaró todo. Hasta que ella dijo las palabras prohibidas.

Lo cogió y lo estrujó en la mano, apretando los ojos.

Espérame.

Los abrió de nuevo, fijando la vista en Fujame-san. Seguía durmiendo. Pensó en despertarle. Podría hacerlo. Podría susurrar su nombre en su oído y que, al abrir los ojos, lo encontrase allí sentado. Quería hacerlo. Deseaba hacerlo, pero y después, ¿qué?

"No somos nada, ¿no es cierto?"

¿Qué le diría? Acarició su sakabatou; el Hiten Mitsurugi ryu le había mantenido con vida, pero no le ayudaría en esto. Guardó el obi en la manga de su gi y salió, cerrando el shoji con la misma suavidad, controlando los latidos de su corazón.

Abandonó la casa de Fujame-san y se dirigió a la pensión. Ya había amanecido y en las calles se veía poco movimiento. Sin embargo, la pensión tenía las luces encendidas. Aunque nunca había entrado en ese lugar, sabía que le atenderían; aunque en apariencia era algo parecido a los hostales donde se quedaba en sus tiempos de hitokiri, era una casa de citas. Los sitios como aquel no cerraban nunca, y en la nueva Era Meiji, pese a que la moral se había hecho más estricta, paradójicamente habían proliferado como setas.

Pidió una habitación y se la dieron sin hacer preguntas, pagando por adelantado. También le ofrecieron los servicios de alguna de las jóvenes, incluso llegando a presentarle a dos que llevaban el rostro pintado, simulando la apariencia de geishas. Kenshin las rechazó con una sonrisa suave y fue hasta su dormitorio. Cerró tras de sí, suspirando. Estaba agotado. Aseguró la puerta, más por costumbre que porque fuese necesario, y se sentó junto a la ventana, con la sakabatou al hombro, apoyando la espalda contra la pared. Sacó el obi de la manga y lo miró, como hipnotizado. Era de color azul índigo, como el lazo. El lazo que también llevaba guardado, junto al rojo con el que ella le había vendado el dedo. Parecía una broma macabra.

Pasó los dedos por el obi, despacio. Era suave. Se imaginó a Fujame-san deslizando los dedos por él, desatándolo para descubrir a Kaoru. Sintió una rabia ciega correrle por la sangre, pero la controló. Apartó el pensamiento, como le enseñó su shishou desde niño. Entonces tomó el obi y lo llevó hasta su rostro, posándolo contra su nariz.

Todavía huele a ella.

Apoyó la cabeza contra la pared, inundándose con su olor. Olor a jazmines, lo primero que detectó de ella el día que la conoció. Se quedó dormido, con la luz del sol ya bañándole y su aroma ocupándolo todo.

Sería cerca de mediodía cuando el sonido de una voz familiar le hizo abrir los ojos, sobresaltado. Se puso en pie de golpe, sintiendo un mareo. No había comido nada desde el día anterior, aunque se sentía descansado. Se colocó bien el gi, guardó el obi de Kaoru en su hakama y se acercó al pequeño cubo con agua de la habitación, para lavarse la cara. Se fijó en que también había un espejo. Cuando vio su reflejo se sorprendió. Llevó la mano derecha a la mejilla, allí donde Kaoru le había golpeado. Estaba morada, de color oscuro, desde debajo del ojo y atravesando el pómulo; al tocar molestaba, pero no había sido consciente hasta ese momento. Se mojó la cara y el pelo y pensó en las ganas que tenía de darse un baño. Kenshin, baka, habría dicho su shishou. Te acostumbras rápido a las comodidades, ¿cómo piensas volver ahora a tu vida de rurouni?

No lo pienso.

No quería pensar en eso, no de momento. Sabía que tendría que afrontarlo, pero primero se ocuparía del duelo. Primero saldaría la cuenta pendiente con Osamu-sama. No la de hacía doce años, sino la de unas horas antes.

Salió de la habitación y volvió a escuchar de nuevo la voz. No se había confundido en su primera hipótesis; era él. Siguió el sonido por el pasillo, hasta la última de las puertas, abiertas. Allí una de las empleadas intentaba convencer a un hombre de que abandonase su habitación para poder limpiarla; llevaba unos rato repitiéndolo, sin obtener más que monosílabos y contestaciones infructuosas. Kenshin no pudo evitar sonreír. Se acercó a la muchacha y, haciendo una pequeña reverencia, le dijo:

—No os preocupéis. Sessha se ocupará.

Ella asintió y salió de allí, casi corriendo. Sin pedir permiso entró en la habitación, donde un hombre, sentado en seiza, de espaldas a la puerta, parecía meditar mirando por la ventana.

—Himura— dijo, con voz grave. Otro habría pensado que era una amenaza, pero él sabía que era un saludo.

—Aoshi.

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