Montse, ¡muchas gracias por tu comentario! Me emociona pensar que os guste cómo van sucediendo las cosas, aunque a veces sea un poco cruel con los personajes de Nobuhiro jeje De verdad, muchas gracias por el apoyo y un abrazo enorme, cuídate mucho!

VIlbern, soy un poco fan de los cliffhanger, que luego salgan mejor o peor es otra cosa jaja Gracias por el apoyo, espero que te guste el siguiente!

Kaoru Tanuki, leo tus review como si fuesen capítulos de mi serie favorita jaja me encanta leerte! Tienes una capacidad genial para analizar a los personajes, eso es un arte! Creo que en este capítulo queda algo más claro el tema del papel de Kenshin, o eso espero! Es mi primer fic, sí, aunque tengo bastantes cosas escritas, nunca me había animado a publicar y últimamente, releyendo el manga y revisualizando el anime, me dio por esta pareja que me encanta. Cuando termine de revisar y actualizar este, tengo otro en mente, también de estos dos, a ver si consigo canalizar el final sin hacer un desastre jeje Gracias por el apoyo!

AbiTahiso, muchísimas gracias! De verdad, qué emoción comentarios como el tuyo :-)

Blackcat, tú eres maliciosa como yo, nos gusta torturar a Kenshin jaja espero que te guste el capítulo nuevo!

kaoruca, me encanta leer tus review, ya te lo comenté varias veces, las tengo muy en cuenta. Yo también soy bastante fan de las cosas oscurillas, aunque igual en un fanfic de Kenshin no cuadra mucho, pero no puedo evitarlo, la cabra tira al monte jeje Espero que te guste el siguiente capítulo. Un abrazo y cuídate mucho, tú y tu familia.

sugar-flower, creo que el que se salvará siempre es Hiko, tengo debilidad por ese señor jaja

¡Gracias a todas!


Capítulo 22

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Hacía calor, más que en los últimos días. Se quitó el sudor de la frente, intentando conservar la calma. El goteo de personas era incesante; muchas eran caras conocidas: tenderos del mercado, familias enteras y, en general, vecinos de Tokio fascinados ante la posibilidad de presenciar un duelo como los que se daban durante la guerra en la oscuridad de los callejones de Kioto, entre dos hombres cuyos apellidos eran ya leyenda, pero esta vez a plena luz y con la seguridad de que sus vidas no correrían peligro.

El lugar elegido fue el puente de Nihonbashi, junto al mercado de pescado, a aquella hora ya cerrado. Osamu-sama lo había escogido, alegando que reunía los dos elementos que buscaba: que no fuese un sitio secreto u oculto, es decir, que cualquiera pudiese ver desde lejos el combate pero, al mismo tiempo, evitar aglomeraciones, pues no tenía la intención de convertir aquello en un circo. Al ver a la multitud que se había reunido bajo el puente y en los laterales, Hideki agitó la cabeza. No será un circo, pero tiene la misma afluencia, se dijo. Allí estaban, en primera fila, todos sus estudiantes del dojo, todavía con las ropas de entrenamiento. Dar la clase aquella misma mañana había resultado especialmente complicado, pues no tenía un solo alumno que no bulliese de emoción por ver a Himura pelear. No hablaban de otra cosa e incluso les había sorprendido haciendo apuestas con dinero cuyo origen desconocía. Todos apostaron por Himura, cómo no. En cuanto terminaron salieron corriendo a buscar un buen sitio para el duelo de por la tarde, sin siquiera pasar por sus casas a comer, bañarse o cambiarse de ropa. Hideki se quedó solo, recogiendo los shinai y los bogu, con la mente vagando por la noche anterior. Se entretuvo recordando el olor de Kaoru, las curvas que adivinó bajo la ropa, el tacto de su piel bajo sus dedos y la suave forma en que le besaba. Era tan dulce... Volvió a suspirar, intentando sacarse aquellas imágenes de la cabeza. Él había dejado claro todo, no tenía nada más por decir. Ahora todo dependía de ella, pero por primera vez parecía determinada. Si Hiko Seijuro no hubiese aparecido allí... Se puso nervioso solo de imaginarlo. No eran así como debían hacerse las cosas, lo sabía perfectamente, pero, sin embargo...

Hideki no tenía ninguna intención de esta en primera fila, de modo que se quedó cerca de la parte baja del puente; desde allí tendría una visión un poco precaria, pero tampoco le preocupaba especialmente. De hecho, lo último que quería era ver a Himura vencer, con su rosto inmutable y su sonrisa inocente de no haber roto un plato en su vida. Pero sí los has roto, se dijo, apretando los dientes. Platos y huesos, sobre todo huesos. Aunque todos hubiesen decidido perdonarle, aunque él mismo se hubiese llegado a perdonar, su pasado nunca dejaría de perseguirle.

Kaoru no merece cargar con ese peso.

Tal vez la noche anterior se había comportado como un crío asustado. Mientras se aseaba tras el entrenamiento, en el pozo que tenía junto a la engawa, miraba el lugar donde había estado de pie frente a Kaoru, el lugar donde la había tenido en sus brazos; por unos breves instantes la había sentido tan suya...

Hazme tu mujer.

Ella se lo había pedido con palabras simples y claras y él, ¿qué había hecho? ¿Decirle que se lo pensase hasta el día siguiente? ¿Qué habría pasado si Hiko Seijuro no hubiese aparecido en la puerta?

Nada, se dijo.

Él era un hombre honrado; clásico, tal vez. No le importaba reconocerlo. Además, no era tonto. Sabía que Kaoru anoche no estaba en sus cabales. Algo le había pasado, algo que no le contó y que la había llevado a actuar así. Si se hubiese dejado llevar, quizás ella se hubiese arrepentido. No quería eso. No quería a Kaoru una sola noche. Pero, por otro lado... Era demasiado dulce; cómo le tocaba, cómo le acariciaba... Sus besos le habían rendido. Si Hiko no hubiese aparecido y ella hubiese insistido un poco más, para qué engañarse, se habría dejado llevar hasta las últimas consecuencias. No había nada que quisiese más en el mundo y, sin embargo, tenía el presentimiento de que quizás esa había sido su última oportunidad. Entonces ella se habría quedado a mi lado... No servía de nada seguir dándole vueltas. Tenía que hablar con ella y aclararlo todo, repetirle la pregunta y aceptar su respuesta.

Osamu-sama fue el primero en llegar. Iba acompañado de su hija Ume, ambos vestidos con los mismos colores, un gi blanco y una hakama negra, colores habituales de los kendokas. Los dos llevaban también sus espadas en el obi; la de Ume era un shinai de bambú, mientras que Osamu-sama portaba una auténtica katana. Ella parecía una persona completamente distinta de la noche anterior; se había recogido el pelo en una coleta y no llevaba maquillaje, aunque estaba radiante; de alguna manera le recordó a Kaoru, quizás por su expresión inocente, quizás por los colores de su ropa y la forma en que caminaba con determinación, aun sabiendo que se movía en un mundo de hombres. Vio cómo ambos se dirigían hacia el centro del puente, donde se habían colocado unas cintas para que nadie pasase y evitar posibles accidentes. Un espectáculo, pensó Hideki con desdén, sin entender por qué Himura, tan perfecto, tan humilde, tan dechado de virtudes y que, según Kaoru, había intentado pasar desapercibido todos estos años, se prestaba ahora a aquello.

Para ayudarla a ella, comprendió entonces. Kaoru le había contado, en su último paseo acompañándola a la clínica, que Himura consiguió algunos días extra hablando con Osamu-sama. Tal vez había sido un intercambio, una cosa por la otra. Una cosa por la otra y un punto a favor de Himura, pensó. No le gustaba sentirse así, pero no podía evitarlo.

Eran las cinco menos veinte cuando vio, a lo lejos, a Kaoru, Misao, Yahiko, Sanosuke y Megumi. Todos juntos conformaban un grupo peculiar, objeto de muchas miradas. Intentaban abrirse paso entre la gente con escaso éxito; muchas personas llevaban allí horas esperando por tener un buen sitio y no estaban dispuestas a cederlo fácilmente. Sin embargo, la escasa sutileza de Sanosuke comenzó a dar frutos; sus gritos y amenazas hacían a la gente moverse y dejarles pasar, mientras, tras ellos, se veía a Megumi pedir perdón una y otra vez, avergonzada, con su mejor sonrisa de arrepentimiento. Pronto llegaron hasta donde él estaba.

—¡Todavía estamos muy lejos! — gritó Yahiko, intentando saltar para ver algo entre la multitud. Megumi fue la primera en ver a Hideki y le saludó haciendo una reverencia suave con la cabeza.

—Fujame-san, esperábamos encontraros más cerca de la acción.

Él sonrió, buscando a Kaoru con la mirada; ella bajó la vista cuando sus ojos se encontraron, haciendo que el corazón le diese un vuelco.

—Aquí estoy bien. Seguro que Himura-san prefiere tener a su lado a sus amigos— dijo, mirando a Megumi.

—Kenshin le dará una paliza al viejo sensei— exclamó Yahiko, agitando el puño en el aire. Misao le dio una colleja— ¡No me toques, comadreja!

—¡Habla con respeto de un maestro, baka!

—¡Ahora es el enemigo de Kenshin!

—¡Es un duelo amistoso, imbécil!

Megumi puso los ojos en blanco y, cogiendo a Misao y a Yahiko, cada uno de un brazo como una madre harta de sus molestos hijos, empezó a abrirse paso entre la multitud, ayudada por Sanosuke.

—Kaoru, vamos yendo o acabaré matando a estos dos críos. Luego te vemos.

Kaoru abrió la boca para decir algo, pero en un abrir y cerrar de ojos sus amigos habían desaparecido entre la gente. Ella se quedó frente a Hideki, con las mejillas sonrosadas. Llevaba puesto un gi de color mostaza y una hakama marrón, además del brazo escayolado en un cabestrillo. Tuvo unas ganas terribles de abrazarla y besarla, pero se contuvo y, en lugar de ello, tomó su mano suavemente.

—Me moría por verte— dijo, acariciando sus dedos y atrayéndola un poco hacia él—. ¿Fue muy duro Hiko-sama?

Kaoru negó con la cabeza, bajando la mirada.

—No, no más de lo necesario— contestó, casi en un murmullo. Hideki frunció el ceño, extrañado, mientras la acercaba un poco más, tirando con suavidad de su mano.

—¿Estás bien, Kaoru? —. Ella no contestó, pero tampoco le miró. Seguía con la vista fija en el suelo, como si hubiese encontrado allí todas las respuestas—. Si es por lo de anoche, no te preocupes. No me pareció mal, al contrario. No está bien decirlo, pero yo... Yo también lo deseaba.

Ella alzó la vista, mirándole con ojos de sorpresa.

—¿Lo dices de verdad? — preguntó—. Ayer me pareció lo contrario.

Hideki acarició de nuevo su mano, intentando no mostrar la vergüenza que sentía. Definitivamente, ella quería que se comportase como un hombre y había actuado como un crío asustado.

—Siento no haber estado a la altura— murmuró—. Pero créeme cuando te digo que no hay nada que desee más.

Ella se sonrojó todavía más, pero no dijo nada.

—Hideki— susurró de pronto, mirándole a los ojos—. Ayer me dijiste... Me dijiste que si hoy seguía queriendo..

—Kaoru— le cortó él, levantando la mano y acariciándole la cara. Nunca había hecho algo así en público y, sin embargo, ni siquiera lo pensó. Ya habían paseado de la mano y la noche anterior estuvieron a punto de pasarla juntos; no le pareció que estuviese de más un poco de cortejo público. A fin de cuentas, comenzaba a exhasperarle que todo el mundo considerase a Kaoru la mujer de Himura, como si él fuese un intruso. Notó que ella se sonrojaba todavía más. Es preciosa... —. No tienes que decir nada ahora. Si quieres... Si quieres esta noche puedes venir a cenar a mi casa y hablamos con calma.

—¿A tu casa? — preguntó ella, con tono de sorpresa. Hideki seguía pasando sus dedos suavemente por su mejilla. Era perfectamente consciente de lo raro que era que un hombre invitase a una chica joven y soltera a su casa, donde vivía solo, pero a fin de cuentas, ella yah había estado allí la noche anterior.

—Solo si tú quieres.

—V-vale— dijo Kaoru. La vio mirar hacia el centro del puente, como buscando algo, y forzó una sonrisa.

—Si prefieres ir con tus amigos más cerca, no te preocupes; lo entiendo. Podemos vernos después del combate— comentó. Ella tardó unos segundos en responder, como si lo estuviese pensando.

—No, no. Estoy bien aquí— dijo al final, sin mirarle.

Él bajó su mano y volvió a mirar hacia el puente. Pudo ver cómo Misao y Yahiko habían logrado encaramarse a uno de los laterales y allí, junto con algunos de sus estudiantes, veían todo desde lo alto, justo al lado de donde sería el combate. Sanosuke y Megumi estaban junto a las cintas, cerca de donde esperaban Ume-san y su padre.

Y Himura...

Solo faltaba Himura Battousai.


—¿La has dejado ahí, con Hideki? — gritó, sin entender nada. Megumi la miraba desde abajo, junto a la cinta que marcaba hasta dónde se podía acceder.

—No es un objeto, tiene piernas. Si quiere venir con nosotros solo tiene que caminar hasta aquí— replicó, encogiéndose de hombros y sacudiendo la larga melena oscura hasta que quedó en su espalda.

—No te enteras de nada, mierda— dijo Misao, enfadada, agitando la cabeza. Bajó de un salto al suelo.

—¡Comadreja! ¡Te van a quitar el sitio! — gritó Yahiko, frunciendo el ceño. Ella se volvió, mostrándole el puño.

—¡Protégelo o te daré una paliza de muerte!

Corrió apartando a todo el mundo con fuerza, sin importarle si eran mayores o niños; tenía que llegar a Kaoru. ¿Qué se suponía que estaba haciendo con Hideki? Recordó la conversación que mantuvieron esa misma mañana, encerradas en el baño, con Yahiko quejándose fuera por ser excluido. Kaoru había llorado hasta que no le quedaron lágrimas, sin darle ninguna explicación, más allá de mostrarle el papel que Himura le había entregado antes de irse. Misao lo había mirado una y otra vez, intentando comprender. Un calendario y una flor mal dibujada al lado. Lo observó fijamente con el sonido de fondo de los sollozos de Kaoru. Ciento cuarenta y seis días.

Ciento cuarenta y seis... días.

—No lo entiendo, Kaoru— le había dicho, resoplando— ¿Qué pasa dentro de ciento cuarenta y seis días?

Kaoru se secó las lágrimas con la manga del kimono, sollozando.

—C-cumplo d-diecinueve. La mayoría de edad.

Misao frunció el ceño; sabía perfectamente cuál era la mayoría de edad.

—¿Y qué? Puedes casarte igual siendo menor. A partir de los catorce una mujer puede...

—Puedo casarme, pero d-dijo Kenshin que mi marido se quedaría con todos mis bienes... Si soy mayor... T-tendré la propiedad plena de todo y no lo perderé aunque me case.

Misao la había mirado, sin entender nada.

—¿Pero qué bienes tienes tú, Kaoru? Un par de kimonos ya muy usados... Ni siquiera tienes dinero para comer algo que no sea la maldita anguila esa infernal. Ni que fueses el Emperador...

Kaoru, aún entre lágrimas, le había lanzado una mirada asesina.

—Mi casa, Misao— dijo, abriendo los brazos para mostrar lo que había a su alrededor—. El dojo. El Kamiya Kasshin ryu. ¿Te parece poco?

Misao había ahogado un grito, tapándose la boca y arrebatándole el papel de las manos.

—Kami-sama, no lo había pensado. Entonces no puedes casarte antes de los diecinueve, de ninguna manera; yo, Misao, te lo prohíbo. No puedes perder la propiedad de tu dojo y del estilo de tu familia— se detuvo un momento, cogiendo aire—. ¿Por eso Himura te pidió tiempo?

—No lo sé— dijo Kaoru, limitándose las lágrimas, algo más tranquila—. No me lo explicó, pero... Creo que fue lo que intentó decirme.

—Kenshin, baka. ¿No habría sido más fácil que te lo hubiese dicho directamente? Maldito inútil emocional— resopló, enfadada. No entendía esa manera de dar vueltas a las cosas en vez de decirlas con claridad; Kaoru había entendido el sentido, pero ella se habría quedado igual que antes. En eso Himura era demasiado parecido a Aoshi.

—De todas formas, me parece q-que... Me parece que él también necesitaba ese tiempo. Me dijo que cuando pasó... Cuando me besó... No estaba preparado para el siguiente paso.

—¿Qué paso? — preguntó Misao, levantando una ceja mientras miraba a Kaoru con extrañeza— ¿Hablas de... eso?

Kaoru agitó las manos, sonrojada.

—¡No! ¡No hablaba de eso! — repuso, nerviosa.

—¿Entonces de qué hablaba?

—No lo sé, Misao, no estoy en su cabeza, pero... Supongo que de formalizar de alguna manera lo nuestro... Lo que sea que haya... No lo sé. Yo tampoco entiendo demasiado de estas cosas.

—Mierda. Seguro que Megumi sabría la respuesta— suspiró Misao, observando cómo Kaoru doblaba con cuidado el papel del calendario y lo guardaba en su hakama. No sabía bien qué decirle; su experiencia en asuntos amorosos era escasa, más bien nula. De niña siempre había estado segura de que, al crecer, se casaría con Aoshi y tendrían tres hijos, dos chicos, que serían como Hannya y Aoshi, y una chica, que sería como ella misma. Hasta había elegido los nombres; cuando se lo contó a Hannya, teniendo unos seis años, él se había reído mucho y le había pedido, por favor, que nunca perdiera esa inocencia. Entonces no lo había entendido. Al crecer, cuando Aoshi y los demás la dejaron con Okina, creyó que simplemente tenía que encontrarles. Una vez lo hiciera, todo volvería a su cauce: Aoshi la cortejaría, le pediría matrimonio y tendrían los tres niños, no cabía otra posibilidad. Pero cuando volvió a verle se dio cuenta de que todo era una fantasía... Aoshi ni siquiera podía cargar con el peso de su propia conciencia, como para pensar en ese tipo de cosas. Le parecía que, al lado de su historia, la de Kaoru era perfecta. Al fin y al cabo, Himura la quería. Se comportaba como un tarado y se merecía una patada en la cabeza, pero la quería, era evidente para todos; bastaba con ver cómo la miraba. Aoshi, sin embargo...

—Entonces, ¿qué pasa con Hideki? — le había preguntado al final, cuando estaban ya las dos en pie, dispuestas a abandonar el baño ante los persistentes lamentos de Yahiko.

—Tengo que hablar con él, aunque... Todavía no sé...

La conversación había terminado abruptamente con Yahiko dando patadas a la puerta del baño, gritando que él no era un invitado, que también era su casa y también quería saber dónde estaba Kenshin. "¡Como se vaya por tu culpa, Busu, no te lo perdonaré jamás!", había gritado, fuera de sí. Vio a Kaoru respirar profundamente, aguantando las lágrimas. Ella sabía, sin necesidad de que nadie se lo recordase, que si Himura desaparecía después del duelo sería por lo que había sucedido entre ellos esa noche. Sin embargo, había algo que a Misao se le escapaba. Aunque Kaoru le hubiese contado que Hideki le había pedido matrimonio, ¿por qué se había ido Himura? ¿Si ella todavía no le había dado una respuesta, por qué no había luchado un poco más?

Vio a Kaoru con Hideki junto a la subida hacia el puente, rodeados de la multitud. Maldijo por lo bajo cuando se acercó lo suficiente como para ver sus manos entrelazadas. En cuanto Kaoru la vio, le lanzó una mirada acusadora. ¿Qué estás haciendo, Kaoru?; ella soltó la mano de Hideki y se lanzó hacia su amiga, con una sonrisa impostada.

—Misao— dijo, cogiéndole de la mano. Misao estuvo a punto de darle un manotazo, pero se contuvo. Miró a Hideki con cierta culpa; ella había sido quien le había impulsado a hacer todas aquellas cosas, quien había alimentado sus esperanzas... Pero se había equivocado entrometiéndose de esa manera. Ahora, por su estupidez, Hideki también sufriría.

—Hideki— dijo, sonriendo—. Tengo que hablar un momento con Kaoru.

Sin esperar su respuesta, tiró del brazo sano de su amiga, conduciéndola entre empujones hacia un lugar donde hubiese menos gente. El duelo debía estar a punto de empezar y Kaoru miraba con nerviosismo hacia todos lados. Le está buscando.

—Aún no ha llegado— dijo, girando la cabeza hacia la derecha; era imposible ver nada entre tanta gente. Misao tiró de su mano, haciendo que la mirase.

—Ya vendrá, no te preocupes por él. Tenemos otras cosas más importantes de las que hablar.

—¿Ahora? Eso puede esperar. El duelo va a empezar en...

—Himura no te necesita mientras tenga su maldita espada, Kaoru— le cortó Misao, frunciendo el ceño—. ¿Qué estás haciendo con Hideki?

—Estaba hablando. Esta noche hemos quedado en su casa y le voy a decir que no puedo seguir con esto. Voy a ser sincera. No importa lo que Kenshin quiera o no quiera hacer. Hideki no se merece esto.

—Me parece todo estupendo, lo que no entiendo es porqué no se lo pudiste decir ahora— replicó Misao, cruzándose de brazos—. Tampoco entiendo qué tienes que hacer en su casa.

—Tengo que hablar con él tranquilamente, no le voy a soltar todo en medio de esta multitud. Eso no sería correcto— replicó Kaoru, molesta. Misao resopló.

—¿Y cómo crees que se tomará Himura que vayas a la casa de Hideki? Va a pensar lo que no es, Kaoru. Si no quieres...

—Kenshin ya piensa eso, Misao— le interrumpió Kaoru, bajando la mirada. Misao no entendía.

—¿Qué? ¿Es otro acertijo de esos vuestros que nadie comprende? — dijo, empezando a enfadarse—. Mira, me considero una chica inteligente, pero es que esos dobles sentidos que...

—Le dije a Kenshin que Hideki y yo habíamos hecho... eso— dijo Kaoru, bajando tanto la voz que Misao tuvo que hacer grandes esfuerzos para oírla.

—¿El qué? — preguntó, frunciendo el ceño. Kaoru la miró con las mejillas del color de la granada y gesto de pocos amigos.

—¿Qué va a ser, Misao? —. Misao no reaccionaba, de modo que Kaoru resopló—. Le dije que habíamos hecho... el amor.

—¡NO! — gritó Misao, abriendo los ojos de par en par; todo el mundo a su alrededor se giró para mirarlas, pero a ella no le importó— ¿Pero... lo hicisteis? No te voy a juzgar.

—No, no hicimos nada— dijo Kaoru, mientras el sonrojo parecía ir desvaneciéndose—. Aunque faltó poco. Yo... Yo quería, pero Hiko apareció.

—¿Querías? No entiendo nada. De verdad, no te entiendo—. Kaoru se tapó la cara con las manos.

—Quería avanzar... Quería... Quería...

—Querías vengarte de Kenshin, simplemente— dijo Misao, con su tono más duro—. Habría sido la idiotez más grande de tu vida.

—Pero no pasó— dijo al final, suspirando. Misao agitó la cabeza, como una madre a punto de comenzar un sermón.

—No, pero porque Hiko lo detuvo, ¿no? Entonces para Hideki todavía puede pasar. Todavía tiene posibilidades a sus ojos, así que haz el favor de no presentarte en su casa alegremente para no generarle más expectativas.

—¿Crees que quiero hacerle daño, Misao? — dijo Kaoru, visiblemente dolida.

—No, sé que no quieres, pero tal y como se están desarrollando las cosas, al final él va a ser el más perjudicado, cuando ha sido el único que se ha comportado en todo momento de forma coherente. Ha sido sincero contigo siempre y ha respetado tus decisiones.

—Gracias, Misao. Me haces sentir mucho mejor— repuso Kaoru, con lágrimas en los ojos. Misao apretó su mano.

Sumimasen, Kaoru. Es hora de que dejes de rebozarte más en barro y afrontes las cosas cara a cara, y que sea lo que tenga que ser. Ojalá yo tuviese la oportunidad que tú tienes. Si tuviese a Aoshi delante, ¿sabes lo que haría?

—¿Besarle? — preguntó Kaoru, sonriendo levemente. Misao le dio un codazo.

—Primero le daría un puñetazo y después le obligaría a contestarme a una pregunta.

Kaoru la miró con interés.

—¿Qué pregunta? — dijo, levantando una ceja. Misao sonrió, haciéndose la interesante, con la mirada puesta en las aguas del río que corría suave bajo el puente. Era un día magnífico, un día soleado con olor a flores, de esos que deberían recordarse siempre.

— Una que él jamás podría responder, Kaoru— dijo, bajando la voz con tristeza. Kaoru abrió la boca para responder, pero la voz que llegó a los oídos de Misao no fue la de ella. Fue otra, otra que había vivido consigo desde que era una niña.

—Tal vez quieras intentarlo— dijo la voz. Misao y Kaoru se giraron hacia la orilla del río.

Aoshi...


La comida había sido mejor de lo esperado. Aunque intentó decir que no varias veces, Aoshi no le dejó demasiado margen de elección. Sin contar con su opinión, le dijo a la muchacha que había estado media mañana intentando que abandonase la habitación para asearla que preparase almuerzo para dos y, antes de que pudiera volver a rechazarlo, ella les condujo hasta el pequeño salón donde ya se encontraban varios hombres comiendo. No había más mujeres en el lugar que las asistentas de la casa y un par de muchachas que Kenshin presumió que debían ser cortesanas.

Se sentaron uno frente al otro y se dispusieron a servirles sake, pero ambos lo rechazaron y, en su lugar, eligieron té.

—No sabía que te habías vuelto abstemio— dijo Aoshi, llevándose la taza a los labios. Kenshin se fijó en su rostro, cansado y vacío de vida. Parecía haber ganado diez años desde la última vez que lo vio, sólo unos meses antes. Se dio cuenta de que no llevaba sus kodachi; iba desarmado.

Sessha tiene un combate en unas horas— contestó Kenshin, sonriendo—. No se debe beber antes de desenvainar la espada.

Aoshi frunció el ceño, en un gesto de sorpresa difícilmente disimulable.

—¿Más enemigos?

—No; no es un enemigo. Es Osamu-sama— dijo. Aoshi asintió; él también conocía su nombre. Cualquier hombre que hubiese combatido en el final de la Era Tokugawa sabía quién era.

—Quizás me equivoque, pero entonces se decía que mataste a su hijo— opinó, cogiendo el arroz que acababan de traer y repartiéndolo entre su cuenco y el de Kenshin, con una perfección casi matemática. Él asintió con la cabeza.

—Es cierto, pero no es esa clase de duelo. Osamu-sama cree que debemos aclarar cuál es el estilo más fuerte de kenjutsu, si el Hiten Mitsurugi ryu o el Shorin ryu.

Aoshi mantenía su gesto imperturbable mientras se llevaba los primeros bocados de arroz a la boca.

—No parece la clase de asunto que podría importarte— dijo después de un tiempo, sin mirarle. Kenshin esbozó una sonrisa. Aoshi y él tenían más cosas en común de las que le gustaría admitir. Los dos habían librado sus viejas batallas, aunque en distintos bandos, hasta el final, aún perdiéndolo todo; los dos habían sido de algún modo traicionados y, como consecuencia de su pasado, habían visto morir a sus seres queridos. Tenían las mismas heridas... Aunque Kenshin se quería convencer de que las suyas habían cicatrizado mejor, a la vista de los últimos acontecimientos empezaba a sentir que estaban en el mismo punto.

—Osamu-sama va a ayudar a Kaoru-dono con un asunto; a cambio, sessha aceptó combatir— explicó, probando el pescado. Llevaba mucho tiempo sin comer nada que no fuese cocinado por él mismo y, la verdad, estaba delicioso. Aoshi asintió.

—¿Dónde será?— dijo, mirándole.

—En el puente de Nihonbashi— contestó Kenshin, terminando su cuenco de arroz y siguiendo con el pescado; empezaba a ser consciente del hambre que tenía, pero no quería pasarse. Tampoco era bueno combatir con el estómago demasiado lleno.

— Tal vez me pase a ver cuánto te has oxidado por la vida en pareja— dijo Aoshi. Kenshin se sonrojó sin poder evitarlo. Sin embargo, la mejor defensa solía ser un buen ataque.

—¿Qué tal te ha ido estos últimos meses? — preguntó, esquivando su mirada, por lo menos hasta que sus mejillas dejasen de ser del color de su pelo—. Misao-dono nos contó que emprendiste un viaje.

Aoshi paró de comer y le miró durante unos segundos, inmóvil.

—¿Está bien? — preguntó, serio—. Ha dejado de contestar mis cartas.

—Sí, ella está perfectamente— contestó Kenshin, tomándose su pequeña venganza—. ¿Has venido a buscarla?

Aoshi abrió los ojos, sorprendido.

—¿A buscarla? — preguntó. Kenshin asintió, fijando la vista en su pescado mientras aprovechaba los últimos trozos. De su vida de rurouni había aprendido que cualquier pez debía comerse entero, desde la cola a la cabeza, sin dejar un solo trozo, aunque eso le había costado varios debate con Kaoru, que no entendía el sentido de comerse los hasta los ojos.

—Para volver con ella a Kioto, ¿no? — dijo, usando su tono de voz y su gesto más inocente de rurouni.

—¿Y por qué iba a hacer tal cosa?

—Porque es lo que deseas— contestó, cambiando su mirada—. Y lo que desea Misao-dono.

Aoshi clavó sus ojos en los suyos durante varios segundos, como si intentase leerle por dentro.

—Tú no tienes ni idea de lo que yo deseo, Himura— contestó finalmente, entrecerrando los ojos—. Y mucho menos de lo que desea Misao.

Kenshin bajó de nuevo la mirada, recuperando su sonrisa suave. Sin decir nada más, Aoshi pagó la cuenta y salieron. Caminaron juntos por la orilla del río, en silencio; era un silencio cómodo que a Kenshin le recordaba al que compartía con sus camaradas, en los tiempos de la guerra. Mucho mejor que las palabras vacías. Mucho mejor que hablar por hablar. La presencia de Aoshi, lejos de perturbarle, le hacía focalizarse en el combate de una manera positiva. También le calmaba la vista de la orilla contraria del río; los pescadores, acompañados de sus hijos. Algunos niños se metían en el agua hasta las rodillas, creyendo que podrían atrapar algún pez con sus pequeñas manos. Vio a una mujer, con el pelo oscuro y largo, recogido en una coleta; de lejos podría haberla confundido con Kaoru. La vio meterse en el agua remangándose el kimono hasta las pantorrillas con una mano, mientras con la otra sujetaba a una niña de unos dos años, que andaba con torpeza. La pequeña empezó a llorar, asustada, y la mujer la cogió en brazos y la besó una y otra vez, calmándola. Kenshin sintió el corazón botarle en el pecho.

Una vida... que merezca ser vivida.

Pasearon durante mucho rato, tal vez un par de horas, hasta que empezó a sentir las piernas pesadas; no era un auténtico cansancio, sino más bien... Un calentamiento. Cuando llegaron lo suficientemente cerca del puente como para vislumbrar la multitud que ya se agolpaban allí, Aoshi le dedicó una sonrisa irónica.

—Vaya, Himura. Parece que tu viejo nombre sigue congregando a las masas.

Kenshin se fijó en una familia que se acercaba casi corriendo, intentando encontrar un sitio. Los niños, de unos diez años, llevaban un shinai en la espalda y una manzana asada en la mano. Sonrió.

—Pero hoy no habrá sangre, ni familias rotas. Hoy sólo habrá un poco de kenjutsu— dijo, ampliando su sonrisa y guiñándole un ojo a uno de los niños del shinai, que miraba hacia él. Aoshi se detuvo; él no le acompañaría más.

—Me quedaré a verlo desde lejos— dijo, buscando con la mirada el lugar, aunque... Aunque Kenshin sabía que estaba buscando a una persona—. No me defraudes, Himura. No me gustaría que se dijese por ahí que me venció una vieja gloria acabada.

Kenshin sonrió y se despidió de Aoshi con una leve reverencia.

Al principio le costó trabajo abrirse paso entre la cerrada multitud, ya perfectamente dispuesta, cada uno en su sitio ganado con sufrimiento, para contemplar el combate. Eran las cinco menos cinco. En sus tiempos de hitokiri Kenshin había aprendido a ser puntual sin servirse de nada, ni siquiera del sol, ni de la luz, ni de otra cosa que su propia intuición. Era como si hubiese desarrollado un reloj interno que le permitía llegar a la hora exacta allí donde debía estar, una de las pocas cosas útiles que había conservado del Bakumatsu.

Cuando puso un pie en el puente, dispuesto a cruzarlo para llegar al centro, lo vio a su derecha. Él también le había visto. Debían quedar cuatro minutos para la hora del combate. Suficiente, se dijo y, dejándose llevar por el impulso, se desvió hacia un lado y fue directo hasta él. Fujame-san compuso un gesto de miedo, aunque intentó ocultarlo. Kenshin quiso suavizar su gesto, pero le fue completamente imposible.

—Himura-san— saludó Fujame-san, bajando levemente la cabeza. Kenshin no respondió al gesto; se limitó a mirarle a los ojos. Hideki era mucho más alto que él, casi una cabeza, y de cuerpo naturalmente atlético, bastante musculoso y bronceado. Su mente le abofeteó con una imagen de aquellas manos, el doble de grandes que las suyas, desnudando a Kaoru y tocándola donde nadie lo había hecho antes. Apartó como pudo aquella imagen de su mente, mientras sentía que le quemaba la mano de la espada. Para el arte del batto hacen falta tres cosas..., se repitió, buscando la calma. Entonces le dedicó una sonrisa fría, que Hideki recibió con gesto de sorpresa.

—Felicidades, Fujame-san— dijo, hablando con tono suave. Hideki seguía mirándole, como si no supiese qué debería contestar.

—Gracias, Himura— dijo, sonriendo—. Todavía no puedo creer lo afortunado que soy de que ella me haya elegido— añadió, mientras se sonrojaba, bajando la mirada.

Capullo.

Sessha no tiene suficiente dinero para haceros un buen regalo de boda— dijo, con voz suave, levantando las cejas mientras metía la mano en su gi—; pero sí querría devolveros esto.

Sacó el obi de Kaoru y se lo dio, pero no con el mismo gesto dulce que mostraba su rostro. Lo estampó contra el pecho de Hideki con fuerza, haciéndole resoplar y manteniendo así su mano hasta que él lo cogió, mirándole con estupor.

—¿Has entrado en mi casa? — preguntó al final, dejando mostrar su enfado—. No puedes hacer eso. No estamos en la guerra, ¿entiendes? Japón ahora es un país civilizado. ¿Crees que me vas a asustar?

Sessha no pretende asustaros— dijo, bajando la voz. Hideki se acercó un poco más a él, mirando el obi de Kaoru con una sonrisa de indignación.

—Fue Kaoru la que quiso, ¿sabes? — empezó, alzando la vista para mirarle con ojos brillantes—. Se desanudó el obi para mí... No podía pararla.

Kenshin sintió que la ira se apoderaba de él. Para el arte del batto hacen falta... Hacen falta... ¿Qué mierda hace falta para el puto battojutsu? Entonces sonó la campana que anunciaba las cinco. Tenía que marcharse, pero Hideki le agarró de la manga del gi. Cuando le miró a los ojos vio con sorpresa que no había un rastro de miedo, sino una feroz determinación. Está loco por ella, comprendió con amargura—. No sé cómo eran las cosas durante el Bakumatsu, ni me importa. En el amor no gana el más fuerte ni hay nada que puedas reclamar. Kaoru no es tuya. Ella vuela con sus propias alas.

Kenshin se soltó de su agarre con un fuerte manotazo, mirándole con ojos brillantes.

—Es cierto— dijo, sonriendo, antes de alejarse—. Pero si se te ocurre cortárselas, yo te cortaré el cuello.

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