Muchas gracias a todas por las review; hoy voy un poco estresada y no puedo contestarlas individualmente, pero en el próximo capítulo lo haré. Quiero deciros en general que me gusta mucho leeros, que me encantan todas las review; también me gustan las opiniones de todo tipo y disfruto mucho leyéndoos. De verdad, muchas gracias por conectar con mi historia, aunque a veces me déis un coscorrón por lo que hago con los personajes.

También quiero decir que este capítulo y el que viene son oscurillos y tal vez un poco duros, pero no va a ser un fanfic triste; eso no quiere decir que las cosas vayan a ser todas de color de rosa, pero tampoco me gustaría sumiros en la depresión XD Algunas cosas mejorarán, otras... no tanto jeje. No queda mucho para terminar, dadle una oportunidad :-) ¡Gracias!


.

.

.

Atravesó el puente con la mirada fija en Osamu-sama, intentando obviar los ojos de la gente que se clavaban en él. Como muchas otras veces durante su vida, deseó tener el pelo oscuro para no llamar tanto la atención... Las cicatrices de su cara tampoco ayudaban a pasar desapercibido. Cuando llegó al centro, allí donde las cintas delimitaban el lugar donde se desarrollaría el enfrentamiento, oyó una reconfortante voz familiar.

—¡Kenshin! ¡Kenshin, machácalo!

Giró la mirada hacia la derecha y vio a Yahiko, de pie, encaramado en uno de los laterales del puente, agitando el puño en señal de ánimo. Le dedicó una sonrisa; si alguien en el mundo confiaba en él ese era Yahiko, a veces hasta un punto que le avergonzaba. No creía ser merecedor de un aprecio tan puro, tan genuino; hubiese preferido que el chico tuviese otro modelo de referencia. Junto a él, sentado en la barandilla, se encontraba Sanosuke y, en el suelo, con la espalda apoyada en la madera, Megumi; los dos le mandaron un saludo, cada uno a su manera. Megumi comenzó a acercarse a él, pero un hombre armado con una espada se lo impidió. Kenshin ya se había dado cuenta de que había bastantes rodeando el lugar, como refuerzo de la delimitación que marcaban las cintas. Hombres de Osamu-sama, pensó, lanzando una mirada de desconfianza a uno de ellos. Si era un duelo amistoso, ¿para qué necesitaría a esos espadachines?

—... Ya os he dicho que no podéis pasar, señora— decía el hombre, cogiendo a Megumi del brazo y apartándola con poca delicadeza. Ella le dio un manotazo, indignada.

—Soy médico, imbécil; ¿vas a intervenir tú si alguien cae herido? —. El hombre la soltó, dubitativo y ella aprovechó el momento para abrirse paso—. Tengo que hablar con Ken-san.

Fue Kenshin quien se acercó a ella, mientras por el rabillo del ojo miraba a Osamu-sama, que tenía la vista clavada en él.

—Megumi-dono— dijo, mirando por encima de su hombro. Kaoru no estaba por ningún lado.

—Está viniendo, no te preocupes— dijo Megumi, componiendo un gesto de preocupación—. He traído vendas, aguja e hilo y mi ungüento milagroso. No tenía suficiente anestesia en la clínica, le tuve que dejar la que había al doctor, así que procura no herirte mucho o tendré que hacerlo todo en vivo.

Kenshin sonrió.

—No os preocupéis, Megumi-dono. Será un duelo amistoso.

—La mirada de Osamu-sama es de todo menos amistosa— replicó ella, frunciendo el ceño—. Ten cuidado.

—Domo arigatou— contestó Kenshin, girándose hacia Osamu mientras ella se alejaba. Rebasó la cinta oscura levantándola un poco y pasando bajo ella. No había mucho espacio, pero tampoco parecía insuficiente. Sin embargo, sentía las miradas de la gente casi como si le envolviesen. No estaba acostumbrado a pelear con tanto público—. Osamu-sama— dijo, elevando la voz, mirando hacia su contrincante. Llevaba las ropas clásicas de kendo y se había recogido el cabello blanco en una coleta, aparentando menos años de los que realmente tenía. No te confíes, se dijo. Un maestro lo es hasta el día de su muerte.

Battousai— contestó el hombre, acercándose con decisión. Kenshin pudo ver a Ume tras él, a la altura de la cinta, con los brazos cruzados y una mirada indescifrable. Ella no llevaba katana, sino un shinai de bambú—. Solía decirse de ti que eras puntual como un reloj y, sin embargo, llegas cinco minutos tarde. Tal vez haya más leyenda que verdad, después de todo.

Kenshin le miró a los ojos.

—No me interesan las viejas leyendas; lo que soy ahora es lo que véis— dijo, deteniéndose a unos dos metros de Osamu mientras desenvainaba con firmeza la sakabatou—. Y mi nombre no es Battousai. Soy Himura Kenshin.

—Himura Kenshin— repitió Osamu, con tono irónico—. ¿Seguro que vas a pelear con eso? El kenjutsu es un arte y la katana no es un palo. Sirve para cortar, no para golpear; ¿no te lo enseñó Hiko?

—Esta sakabatou no es un palo; simboliza mi promesa de no matar. Y con ella puedo derrotaros.

Percibió el brillo en la mirada de Osamu al mismo tiempo que llevaba la mano derecha a la tsuka de su katana. A su alrededor se había hecho el silencio, un silencio denso y duro como el filo de una espada. Osamu atacó primero y Kenshin detuvo su golpe sin dificultad, apartándose después. Era rápido, mucho más de lo que habría podido imaginar dada su edad. Pero no tanto como yo, se dijo, colocándose de nuevo en guardia y recibiendo el segundo ataque. Fue un envite por la derecha, pero, en el último instante, cuando ya había levantado la sakabatou para frenarlo, sin que sus ojos alcanzasen a ver cómo lo hacía, giró el arma hacia el lado contrario. Kenshin sintió el corte en el brazo antebrazo derecho, cerca del codo, y acto seguido notó el calor de la sangre corriéndole hasta la mano. Se apartó moviéndose hacia atrás y elevando la guardia.

—Creo que el primer golpe decisivo es mío; veremos los otros dos— dijo Osamu, sonriendo con jactancia. Kenshin miró el corte del brazo; no era profundo, aunque era más que un rasguño. Lo importante es que no había tocado ninguna vena importante ni tampoco tendones. Abrió y cerró la mano ensangrentada, estirándola para que Osamu la viese.

—¿Esto es para vos es un golpe decisivo? — preguntó, levantando una ceja—. Necesitaréis algo mejor para vencerme.

Osamu frunció el ceño, visiblemente enfadado.

—Es un primer paso para demostrar que el Shorin ryu es más rápido y más potente que el Hiten Mitsurugi ryu— replicó, alzando la voz. Kenshin le miró con ojos fieros y, moviéndose a una guardia más alta, recibió el siguiente ataque de Osamu.

Había pretendido luchar a un nivel medio, esa había sido en todo momento su intención original, la idea con la que aceptó ese absurdo duelo; sin embargo, lo que le había dicho a Kaoru, la forma en que la había humillado, provocaron que durante las últimas horas su mente acaricias la idea de hacerle morder el polvo, sin piedad. Por supuesto, jamás volvería a matar, pero dentro de una victoria conservando la vida había un mundo de posibilidades. Podía hacerlo de modo que pareciese que estaban muy igualados, o podía usar toda su fuerza y acabar en un golpe. Esa era su pretensión hasta que lo tuvo delante, a él... Y sobre todo a Ume. Su rostro, tan parecido al de su hermano Riju, le recordó el dolor que había causado a esa familia. Por mucho que Osamu fuese un cretino, por mucho que hubiese humillado a Kaoru... No podía dejarse llevar por la ira. Estaba allí con un único propósito y ese era obtener esos días de más para que ella recuperase del todo la movilidad del brazo. No estaba allí para destruir a nadie, ni siquiera para defender la supremacía de su estilo. Debía recordarlo. Tomó aire, apartando a Osamu y volviendo a una posición de defensa.

—¿Qué pasa, Himura? — dijo Osamu, alzando la espada y mirándolo—. ¿No vas a atacar? La verdad, me estás decepcionando. Creí que eras mucho más fuerte.

—Suelen decírmelo a menudo— replicó él, manteniéndose inmóvil. Osamu atacó con mayor rapidez que antes. No está usando toda su fuerza, comprendió Kenshin cuando las espadas chocaron. ¿Cuantos años podría tener, tal vez cincuenta, sesenta...? Era mayor que su shishou, de eso no cabía duda. Parecía imposible conservar tal potencia a esa edad.

—Antes podría haberte cortado el brazo— murmuró Osamu, entre dientes, mientras sus espadas permanecían juntas. Kenshin intentó leerle, pero no era fácil. Un maestro de su categoría era capaz de controlar sus sentimientos durante el combate; sin embargo... Sin embargo pudo apreciar su energía. No parecía que hubiese odio en ella y eso le extrañó.

—Pero no lo hicisteis— dijo. Osamu le dio una patada, apartándolo. No había empleado demasiada fuerza. ¿Se está reservando?, se preguntó.

Frotó el brazo con el interior del gi, intentando secar la sangre que seguía escurriendo suavemente hasta su mano. No era cómodo luchar con los dedos humedecidos. Aprovechó para valorar su siguiente movimiento. Una vez había decidido que no dejaría a Osamu vencer, tenía que calcular con precisión qué fuerza imprimir en los tres ataques que necesitaba para ganar el duelo. No permitiría que Osamu ganase, no después de lo que le había dicho a Kaoru, pero tampoco quería humillarle. Debía encontrar el término medio.

Osamu volvió a atacar; Kenshin recordó el golpe como uno de los que más solía usar Riju. Se vio a sí mismo con quince años, observándolo escondido en la noche, queriendo intervenir para ayudar a los miembros del Ishin Shishi en apuros, mientras uno de sus camaradas le agarraba de la manga del gi. No es el momento, le decía. Ahora mírale, memoriza sus técnicas y cuando llegue la hora, derrótale. El que usaba ahora Osamu era un golpe en diagonal, que bajaba de derecha a izquierda y que aprovechaba la inercia del movimiento para asestar un tajo mortal al oponente. A Kenshin no le pasó desapercibido el gesto de Osamu, girando la espada para golpear con la parte sin filo, como solía hacer Hiko cuando entrenaban con las armas de acero. Aunque antes del duelo tuvo dudas respecto a si Osamu, pese a su promesa de luchar sin golpe de gracia, intentaría matarlo, ahora lo veía claro. Cuando apuntaba a zonas vitales, giraba la espada; parecía no querer matarle, pero no debía confiarse. Esa era precisamente una de las debilidades de la mayoría de los que le enfrentaban: como sabía que con la sakabatou no acabaría con sus vidas, se envalentonaban y hacían tonterías. No podía caer en ese error.

Pudo bloquear el siguiente golpe, aunque no sin esfuerzo. Osamu era más fuerte de lo que había previsto. Aún así, no estaban igualados. Kenshin tenía de su lado la velocidad y también la juventud.

Lo apartó de un empujón y se preparó para el siguiente golpe. Sin darle tiempo de reponerse, saltó y atacó con el Ryutsuisen, desde arriba. Para su sorpresa, Osamu bloqueó el ataque y, aprovechando el instante en que bajó la guardia, le lanzó otro corte al brazo derecho. Esta vez sintió el filo de la espada más profundo y un dolor más punzante, pero no le importó. No había cortado ningún tendón, todo lo demás podría curarse. Se echó hacia atrás apretando el brazo contra la hakama, intentando cortar la hemorragia. Osamu le sonrió con jactancia.

—¿Damos por concluido el primer asalto y te curas ese brazo?

—No— dijo Kenshin, con gesto serio, volviendo a blandir la espada. Miró de reojo su brazo. No estaba tan mal, no como para detener el combate, desde luego.

—Debía haberlo imaginado; eres tan cabezota como el viejo de Hiko— replicó Osamu, abriendo más los ojos—. Pero es evidente quién va llevando la ventaja. Si tu novia Kamiya está mirando, se llevará un disgusto.

Osamu volvió a atacar y Kenshin, notando en enfado crecer en su interior, lo bloqueó sin dificultades. Se dio cuenta de que Osamu le estaba dando tiempo, tiempo para reponerse del golpe. Me está dando ventaja, se dijo, sin poder evitar sentir un ramalazo de vergüenza, como cuando era niño y Hiko le hacía sentir que iba ganando, para después humillarle. Como si hubiese oído su voz, se giró levemente y, a lo lejos, vio el rostro de su maestro sobre los de la gente. Aunque estaba bastante alejado, sobresalía por su altura. Tragó saliva. Si dejaba que Osamu lo venciese tan fácilmente su shishou lo torturaría hasta el último día de su vida.

Tomó aire y, usando su espectacular velocidad, lanzó un Ryusosen, una ráfaga de golpes extraordinariamente rápidos y, ante su asombro, sintió sólo el impacto de uno de ellos. Osamu cayó al suelo y volvió a levantarse de un salto, colocándose en guardia; tosió varias veces para acabar dedicándole a Kenshin una cruel sonrisa. La sakabatou le había golpeado en el estómago y había estado seguro de que, aunque sólo lo alcanzase una vez, sería suficiente... A su alrededor la gente había roto el silencio y los jaleaban, gritando sus nombres. Los primeros gritos habían sido de ánimo a Kenshin, pero parecía que cada vez eran más los que creían en la victoria del viejo maestro.

—En este golpe volveré a cortarte en el brazo, y esta vez no tendré tanta delicadeza con tus tendones— le anunció Osamu, poniéndose en guardia. Kenshin frunció el ceño, envainando la espada. Se defendería con un battojutstu. Sabía que era el más rápido y que nadie en el Shorin ryu podía superarle; ni siquiera Riju había sido capaz. De hecho, fue así como se dirimió su contienda: con un duelo de battojutstu en un oscuro callejón de Kioto, la mano izquierda de Riju contra la derecha de Kenshin, la luz de la luna y el sonido de sus corazones; la promesa del Shinsengumi contra el joven hitokiri invencible del Ishin Shishi. Ahora era todo lo contrario, el ruido, el sol, el calor pegándole el gi al cuerpo... Kenshin cerró los ojos. Para el arte del batto hacen falta tres cosas... —. Un battojutsu, ¿eh? Tan clásico para la espada y tan poco hombre para otras cosas... como para deshonrar a Kamiya-san por tener la cama caliente. Has convertido un lugar sagrado en una casa de putas.

Kenshin sintió cómo la rabia tomaba el control de su cuerpo. Corrió hacia Osamu a toda la velocidad que su cuerpo le permitió y, desenvainando en el último instante, le golpeó con la sakabatou, con todas sus fuerzas, en el hombro izquierdo. Sintió el músculo desgarrarse bajo la fuerza de su espada, acompañado del grito de dolor de Osamu y de una sensación punzante en el brazo. Cuando cayó, con la espada sujeta en la mano izquierda, quiso usar el brazo derecho para apoyarse en el suelo, pero no le sostuvo y quedó apoyado sobre su rodilla.

—¡Ken-san! — oyó gritar a Megumi. Kenshin alzó la cabeza, jadeando y, girando la mirada, vio a Osamu tendido en el suelo, boja abajo, quejándose de dolor. Le había dislocado el hombro izquierdo, eso seguro. Quizás hasta le hubiese roto algún músculo. Se puso en pie apoyándose en la espada, sintiendo la sangre gotear hasta el suelo. Antes de caer, Osamu le había vuelto a cortar en el brazo derecho, esta vez cerca de la muñeca. Por suerte, pese a sus amenazas, no había tocado los tendones, pero había estado a punto; sangraba bastante, tal vez hubiese alcanzado alguna vena importante. No importaba, ya habían terminado y Megumi estaba allí. Osamu no podría pelear así, con el brazo izquierdo inutilizado. Quizás en una guerra habría podido hacer algo más, pero no en un duelo. No contra él, por mucho que también estuviese herido.

—Supongo que ya está— dijo en voz alta, sin emoción, sosteniendo baja la sakabatou. Osamu decía algo desde el suelo, intentando levantarse, pero era imposible. Ya había perdido.

—¡NO! ¡Padre! — Kenshin alzó la vista mientras Ume sobrepasaba la cinta y se echaba al suelo, junto a su padre— Padre, ¿me oyes? Padre, soy yo, soy Ume—. Tras comprobar que estaba vivo, miró a Kenshin con ojos fieros—. Yo terminaré por él.

—¿Qué? — preguntó Kenshin, abriendo mucho los ojos. Ume cogió su shinai y lo dejó a un lado, recogiendo del suelo la katana de su padre, haciéndose también con la vaina mientras el maestro intentaba sentarse, aturdido. Dijo algo, quizás una protesta, pero Ume puso una mano sobre su espalda para calmarle y volvió a mirar a Kenshin.

—Diste tu palabra de luchar a tres golpes para saber si el Hiten era más poderoso que el Shorin. Bien, yo también lucho en el estilo de mi padre, igual que lo hizo Riju. Yo defenderé el honor de mi familia—Kenshin estaba agachado, con la espada baja y la miraba sin saber qué decir. Era cierto, lo había prometido, pero no quería luchar contra Ume. Si hubiese sabido que existía la posibilidad de que eso pasase, nunca habría aceptado el duelo. Sin darle la oportunidad de decir nada más, envainó la espada de Osamu en la vaina que ya colgaba en su obi. Kenshin miró hacia los hombres de Osamu, apostados alrededor; todos se habían llevado las manos a las espadas. También dirigió una mirada a Sanosuke, que parecía dispuesto a saltar en cualquier momento.

Hay demasiada gente, se dijo, apretando los dientes. No podemos iniciar una pelea multitudinaria.

—Ume-dono— empezó, dando un paso hacia ella—. Esto no tiene ningún sentido.

—Tiene todo el sentido del mundo, Himura— replicó; se fijó en que tenía un brillo salvaje en la mirada, pero no podía descifrar su ki—. Quizás sea el destino que yo termine contigo lo que empezó mi hermano.

—Riju-san no tenía ningún problema personal con sessha— dijo, con tono suave pero firme—. Era una guerra y estábamos en bandos opuestos.

—Te equivocas— contestó ella.

Megumi apareció allí de pronto, cargada con todas sus cosas.

—Ken-san, ¿estás bien? — preguntó, echando las manos a su brazo; él no se movió—. Kami-sama, ¿no se suponía que esto era un duelo amistoso?

—Empezaremos en cinco minutos— anunció Ume, mirando a Kenshin.

—Antes curaré las heridas de Ken-san y también las de Osamu-sama— dijo Megumi, mirando a Ume con gesto duro. Ella asintió con la cabeza, agachándose de nuevo junto a su padre, ya consciente, pero desorientado. Cuando Megumi se arrodilló junto a Kenshin, él señaló con la barbilla la dirección en que se encontraban los dos miembros de la familia Osamu.

—Empezad por ellos, Megumi-dono— susurró, envainando despacio la sakabatou—. Sessha cree que Osamu-sama tiene una lesión importante en el hombro.

—Osamu-sama que se espere, bastante ha hecho ya; me preocupa más tu brazo— dijo, remangándole el gi sin esperar su consentimiento. Echó agua sobre su piel ensangrentada, lavando los cortes; eran tres, uno de ellos bastante profundo que no dejaba de sangrar y que le restaba bastante movilidad. Kenshin abrió y cerró el puño varias veces, aliviado al comprobar que no había perdido fuerza—. Estate quieto, Ken-san. Voy a coserte.

—No— dijo, mirándola con seriedad.

—Claro que sí— replicó Megumi, frunciendo el ceño, con su clásico gesto de indignación—. Por lo menos el corte de la muñeca, es muy profundo y podría...

—Megumi-dono, kudasai— dijo Kenshin, apartando su mano con suavidad—. Si coséis a sessha justo ahí, en la muñeca, sessha perderá movilidad y no podrá terminar el combate.

—Pero...

Kenshin le mostró la mano con una sonrisa suave.

—La mano derecha controla la dirección. Sessha no puede prescindir de ella. Tal vez podáis vendarla.

Megumi le dedicó una mirada inquisidora, pero acabó bajando la vista, asintiendo con la cabeza mientras murmuraba distintas cosas sobre las infecciones, las hemorragias y los cortes traicioneros de espada, sacando las vendas. Kenshin sólo la escuchaba como un ruido de fondo; tenía su atención puesta en Ume, que había ayudado a su padre a sentarse y le hablaba. En cuanto terminó de vendarle, Megumi fue junto a él y entre ella y uno de los hombres de los Osamu lo alejaron más allá de las cintas de delimitación, para tratarlo allí. Kenshin se puso en pie, estirando el brazo para acostumbrarse a las vendas que Megumi había apretado a conciencia, seguramente para detener el sangrado.

Ume se puso en pie y le miró a los ojos.

—Himura; no creas que me temblará la mano.


.

Misao miraba la orilla del río, oyendo de fondo los gritos que jaleaban el combate entre Himura y Osamu-sama. Aunque querría ir con sus amigos, tenía que esperar a calmarse. Tenía que recobrar la serenidad. Solo habían pasado diez minutos desde que Aoshi respondió a su pregunta. Díez minutos que había esperado toda la vida y que habían terminado así, de forma tan rápida, de forma tan inesperada.

Kaoru había dicho cuatro palabras de absurda excusa y los había dejado solos tan rápido que no le dio tiempo ni a manifestar una queja. Entonces le miró. Estaba... cansado, como si la vida le hubiese pasado por encima con todas sus fuerzas. También estaba serio, aunque eso no era una novedad; y guapo, pensó. Está condenadamente guapo. Se acercó a ella.

Soy un río, se repitió, como un mantra.

—Misao— dijo, volviendo a refugiarse en su silencio. Ella buscó en su rostro algún atisbo de algo, pero no vio nada. Era una máscara indescifrable, una barrera.

—Habéis vuelto— acertó a decir, dejando que las palabras fluyesen solas— ¿Por qué?

—No contestabas mis cartas— replicó él, ladeando la cabeza.

—No creía que fuese necesario; al fin y al cabo, en una de ellas me dijisteis claramente que vuestro viaje sólo podía terminar de dos formas y una de ellas implicaba no vernos nunca más. ¿Qué queríais que hiciese, que os escribiese contándoos mi día a día en Kioto?

Aoshi abrió los ojos, mostrando durante un instante un atisbo de sorpresa. Fue casi un espejismo, pues pronto volvió a su gélida calma.

—Esperaba que me dijeses que estaba todo bien.

—Ya, podría haberlo hecho— contestó, encogiéndose de hombros—. Pero, ¿para qué?

Aoshi estaba claramente desconcertado.

—¿Por qué viniste a Tokio? — preguntó, en una clara huida hacia delante. Pero Misao estaba cansada de huir.

—Para olvidarme de todo— dijo, mirando hacia el puente, donde la gente aplaudía y gritaba emocionada—. Aquí las cosas son más sencillos. Me gusta estar con Kaoru... Es la hermana mayor que nunca tuve; Megumi a veces es un poco cruel, pero también me trata bien y me encanta echarle una mano en la clínica. Yahiko y Sanosuke son divertidos y Himura... Himura es... Es como el pegamento que mantiene unidos a todos, de alguna manera, aunque él es tan tonto que ni se da cuenta. Es como... Una familia, ¿sabes? Como la que formaba con vosotros cuando era una niña.

Aoshi apartó la mirada.

—Entonces quieres quedarte aquí—. Ella sintió el corazón botarle dentro del pecho; ¿quería hacerlo? ¿Quería de verdad quedarse?—. Misao, no hay lugar para mí en Tokio.

Misao lo sabía; eran demasiados los recuerdos amargos, aunque Aoshi nunca los había compartido con ella. Allí habían muerto sus hombres; no, más que eso; allí habían muerto sus hermanos, su auténtica familia. Le gustaría cogerle de la mano y pedirle que compartiste eso, ese dolor, que también era suyo; también eran parte de su vida, todo lo que en algún momento había tenido; y, sin embargo, entre ello se levantaba una pared invisible, conformada por sus prolongados silencios. Y pese a ello, pese a todo ello... Lo veía ahí de pie y quería hacer todo a la vez; quería pegarle, quería besarle, quería declararle su amor hasta el fin de los tiempos y pedirle que se fuese y la dejase empezar de cero.

—Si me voy con vos... S-si... Si os sigo a donde sea que vayáis, ¿quién seré? ¿Quién seréis vos para mí? — preguntó de pronto, mirándole a los ojos. Le temblaban las manos, pero no quería que él se diese cuenta. Aoshi se mantenía a más de un metro de distancia, más allá del espacio que podía alcanzar si estiraba los dedos. Lejos. Demasiado lejos.

Siempre demasiado lejos.

—Serás Misao— contestó al final, casi en un murmullo—. La pequeña Misao.

—¡No quiero ser la pequeña Misao!— exclamó, frunciendo el ceño—. No puedo estar toda la vida siendo la pequeña Misao. N-no es justo.

Aoshi dio un pequeño paso hacia delante, tan sólo un par de centímetros que no redujeron significativamente el abismo que parecía abrirse entre ellos.

—Lo sé— dijo, sin mirarla—. Me gustaría que volvieras conmigo a Kioto.

—¿A Kioto? ¿Al Aoi-ya?

—Sí— contestó él, casi en un susurro.

—¿Y después, qué? —. Silencio. Otra vez silencio—. Ya habéis oído mi pregunta, Aoshi-sama— dijo, sintiendo las lágrimas en los ojos. No lloraría. Ella era un río, no era una maldita charca estancada y putrefacta—. ¿Seré solo Misao, para siempre? ¿O me ofreceréis algo más?

Aoshi se acercó un poco; ahora sí podría alcanzarle. Extendió la mano y rozó la de ella, sin llegar casi a tocarla, casi como la caricia de un fantasma. Una electricidad invisible recorrió el cuerpo de Misao.

—No puedo contestar a eso ahora... Pero estoy aquí.

Ella tragó saliva, aguantando el llanto.

—N-no sé si eso es suficiente— dijo, volviéndose. No quería mirarle a la cara. Ella era un río y Aoshi quería volver a estancarla, lo veía en sus ojos. No había respondido a su pregunta, no había cumplido su promesa. Cuando volvamos a vernos... Volvían a verse y todo era como siempre, el tiempo volvía a detenerse. Para Misao llevaba demasiado tiempo así.

—Esta noche todavía estaré en Tokio— dijo él, alejándose despacio—. En la posada de Oyu, habitación veintitrés. Me gustaría... verte.

Cuando volvió a girarse, él no estaba allí. Entonces se sentó en la hierba, junto a la orilla y lloró. Lloró a solas, en silencio, sin saber qué estaba haciendo. Tal vez esa era su última oportunidad. Tal vez debería ir corriendo tras él.

Mientras se enjugaba las lágrimas vio a alguien también sentado en la hierba, también mirando hacia la orilla, también... ¿sollozando?. Era... Fujame-san. Tragó saliva. No sabía si acercarse; no era común ver a un hombre llorar y menos en público. Sin embargo ella no podía dejar de sentirse culpable por todas sus intromisiones que no habían hecho otra cosa que lanzar a Hideki en una desesperada huida hacia delante en todo el asunto de Kaoru. Había puesto demasiado de sí misma en esa relación y sentía un poco su fracaso como el suyo propio.

Se acercó despacio, dejándole espacio para que rechazarse su presencia; sin embargo, no lo hizo. Hideki era educado hasta para ser sorprendido en un momento íntimo. Sin decir nada, se sentó a su lado. La luz de la tarde caía sobre el río formando una hermosa estampa, adornada por los niños que correteaban descalzos, intentando capturar pequeños pececillos. Todo parecía sencillo viéndoles jugar de aquella manera. Sin darse cuenta, Misao estaba otra vez llorando. Hideki no decía nada, pero no era necesario. Ella descubrió que había en el fracaso compartido una camaradería que ninguna victoria podía conseguir.


.

Agitó la cabeza mientras lo veía ponerse frente a Ume, ambos con las espadas envainadas. Estaban hablando, aunque desde allí no podía escucharlos. Estúpido, se dijo, agitando la cabeza. Así, viéndole de lejos y de espaldas, podría ser el niño que crió. Podría ser el adolescente rebelde que se atrevió a golpearle para demostrarle que era suficientemente fuerte como para ir a la guerra. No tenía remedio; no lo tendría nunca. Solo la muerte le arrebataría ese idealismo caduco, esa forma absurda de dejarse la piel en todo lo que hacía. Esa confianza en las personas.

La paciencia se me agotará pronto sin sake.

—No se puede ser más imbécil— dijo en voz alta, negando con la cabeza. Jun apretó su mano.

—¿Crees que ella le hará daño? — preguntó, con gesto de genuina preocupación, con los ojos clavados en su estúpido discípulo. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, Jun se había encariñado con Kenshin como si de un hijo se tratase.

—Más le vale dejar de hacer el idiota y acabar el combate de una vez. Estoy empezando a arrepentirme de dejar que sea él quien defienda la imagen del Hiten Mitsurugi ryu.

Jun le miró, extrañada.

—Pero... ¿No estás preocupado? Esos hombres armados...

—Puedo poner a todos a dormir con tres movimientos— dijo Hiko, agitando la cabeza; no estaba siendo presuntuoso, sino describiendo la realidad. Saltaba a la vista que eran espadachines de tercera, probablemente alumnos de Osamu-sama de los que habían aprendido a usar la espada en tiempos de paz. El Shorin ryu se había ido adaptando a las espadas de bambú y al kendo. Aunque en su origen hubiese sido una escuela de auténtico kenjutsu, del que enseñaba a sus discípulos a matar para no morir, poco quedaba de eso ya. Ninguno de esos hombres era un rival para él, Hiko Seijuro. Y Ume no debería serlo para su baka deshi, salvo que entrase en su absurdo bucle de dramatismo y autocompasión.

Entonces ella le matará.

Hiko sabía que el rencor podía dar a un guerrero una fuerza superior a la que correspondería por técnica y experiencia. El rencor, la rabia, el resentimiento... Eran poderosos estimulantes para la espada. También lo eran el amor y la fe, clraro, pero no era eso lo que percibía en ese instante cuando miraba a la chica. Veo su rencor como el agua cristalina. Kenshin no lo notaría. Estaba demasiado cegado por la culpa que sentía por haber matado a su hermano. Estúpido, repitió Hiko.

—Si se ponen difíciles las cosas para Kenshin, ¿le ayudarás, verdad, anata? — susurró Jun, cogiéndole de la mano con un suave gesto que expresó su miedo. Hiko estuvo a punto de ceder a sus deseos, como siempre, pero logró contenerse. Miró a su discípulo y después a Ume. Estaban a punto de comenzar.

—No— dijo, con voz grave—. Estas son sus guerras; o, mejor dicho, las guerras que inició Battousai. Le corresponde a él decidir cómo terminarlas, no a mí. Además, él es perfectamente capaz de vencer a esa chica, si mantiene sus sentimientos al margen y se limita a luchar. Si no es capaz de hacer eso, no se merece ninguna ayuda.

—P-pero...

Acarició su mano con dulzura. Jun era demasiado inocente; tenía un corazón demasiado bondadoso, el mismo defecto que su estúpido discípulo; la misma debilidad.

—Es mejor que no mires, koishi— susurró, fijando los ojos en Kenshin—. Tengo el presentimiento de que en este duelo sí habrá sangre.


.

Chōshū, 14 años antes.

.

Era invierno, uno de los inviernos más crudos que podía recordar. Tenía el rostro frío y las manos moradas,pero no le importaba. Se escondió detrás del fino árbol cerrando los ojos con fuerza. Nunca la encontraría, no allí. Sin embargo...

—¡Ríndete! —. Intentó echar a correr, pero él saltó sobre ella y cayeron los dos a la nieve, entre risas. Se lo quitó de encima de una patada e procuró de nuevo huir, pero él era más rápido. Siempre había sido más rápido. Con el palo de madera que sujetaba golpeó la mano de ella, haciendo que el suyo volase por los aires; le dio otra patada, pero él era también más fuerte. Con una sonrisa triunfante colocó la punta del palo sobre su garganta. Aquel día llevaba la hakama negra y el dogi blanco propio de su escuela; le gustaba verle así, como había sido siempre. Como había sido antes de todo.

—¡Quítate, Riju! — exclamó ella, riendo y golpeándole más fuerte; odiaba que la venciese tan fácilmente—. Me estoy congelando. ¿Te ha visto padre?

—Padre no está; me iré antes de que vuelva— dijo él, levantándose y tendiéndole la mano izquierda para ayudarla. Ume la aceptó de buen agrado y caminaron hasta el interior de la casa; sintió un escalofrío con el contraste entre el frío exterior y el cálido acogimiento de su hogar. Se cambiaron rápidamente para evitar enfermar y, mientras ella terminaba, Riju hirvió té para los dos. Después presentaron sus respetos al dojo y se sentaron en una esquina, junto a las katanas. Ume le hizo muchas preguntas, todas las que llevaba meses guardándose para sí. Cómo era la vida en Kioto; cómo eran sus compañeros; dónde dormían...

—¿Has conocido a alguna chica? — preguntó, levantando una ceja. Sabía que padre había intentado mover hilos para casarle con una chica del pueblo, una joven de una familia samurai que a los ojos de Ume era preciosa, pero Riju se había negado. "Cuando vuelva de Kioto me casaré con quien me digáis, padre", dijo entonces; la respuesta de su padre había sido tajante: "No volverás de Kioto jamás, estúpido".

—No tengo tiempo para esas cosas, Mumi— le dio un codazo como forma de manifestar su queja; ya tenía trece años, ¿cuánto tiempo más iba a tratarla como si fuese una niña pequeña?

—No te creo. Tú siempre tienes tiempo para chicas— replicó, lanzándole una mirada de fingido reproche. Era cierto; antes de marcharse a Kioto con los samurai ronin que constituyeron el Shinsengumi, Riju era el chico más deseado del pueblo; rara era la noche en que no salía a cortejar a alguna muchacha y volvía de madrugada. Ume siempre quería saber sus nombres, pero él la obligaba a dormir y guardarle el secreto. Claro que su padre no era tonto, pero no parecía que le importase demasiado; para desgracia de Ume, ella no podía salir ni a la puerta sin que su familia la vigilase. El honor de una hija representa el honor de la familia, solía decir— ¿Dónde está tu espada?

Riju hizo un gesto con la barbilla señalando el lugar donde había dejado sus cosas; Ume se levantó y corrió hacia allí. Se quedó embelesada tocando las telas azules y blancas del haori, la hakama y el kimono. Sabía que Riju se los había quitado para estar en casa por si se cruzaba con su padre. Su decisión de abandonar la familia para unirse al Shinsengumi había sido como un jarro de agua fría, sobre todo teniendo en cuenta que su tío era una cabeza visible del Ishin Shishi, aunque su padre se había negado a tomar partido por la fortaleza de su estilo de lucha. No quería que sirviese para dirimir el conflicto.

Ume tomó la vaina que albergaba la espada con un grito ahogado. La cogió entre sus manos como si temiese romperla y, tras obtener un asentimiento de su hermano, la desenvainó levemente, mirando fijamente el filo. Brillaba. Era impresionante.

—¿Ya has... has matado a alguien?

Riju se acercó a Ume y, con suavidad, le quitó la espada y la envainó de nuevo; después clavó sus ojos verdes en los de ella.

—Sí, Mumi.

Ume sintió un ramalazo de miedo recorrerlo la columna, desde la base de la espalda hasta la nuca.

—¿Y le has...? — empezó, sintiendo la voz rompérsele. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Ruji le sostuvo la mirada; sus ojos parecían arder.

—Le tengo localizado, Mumi. Todavía no he tenido la oportunidad, lo tienen bien protegido y tampoco me dejan salir solo, pero encontraré la manera; ese cerdo no se escapará.

Agarró el gi de su hermano con tanta fuerza que él, sorprendido, dio un paso hacia atrás.

—Por favor, nii-chan— susurró, con la voz ahogada—. Por favor, déjale.

Mumi, la decisión está tomada— replicó.

Nii-chan... No puedes hacerme esto, por favor...

—No voy a permitir que padre te case con un asesino del Ishin Shishi— dijo, apretando los dientes. Ume apretó el agarre sobre su gi, dejando caer su cuerpo hasta quedar arrodillada frente a él.

—Te lo suplico, nii-chan. Él no es malo... Tal vez si pudieses hablar con él... Sé que es bueno...

—¿Bueno? ¡He visto cómo mataba a mis compañeros! ¡Los mata de tres en tres sin inmutarse! Es frío, es calculador. No tiene sentimientos. Lo mejor que puede pasarte es que muera y yo me voy a encargar de eso.

Ume empezó a llorar, aferrándose ahora a la pierna derecha de su hakama.

—Por favor, no lo hagas... L-le... L-le quiero...

Riju se agachó junto a ella, cogiéndola de la cara. Volvía a tener su gesto de siempre, dulce, tranquilo. Le secó las lágrimas de las mejillas con los dedos, dedicándole una sonrisa suave.

—Ya lo sé. Por eso lo haré. Te protegeré, Mumi. Aunque jamás me lo perdones.

Ume se había librado de sus manos, empujándole con rabia.

—¡Si le matas no te lo perdonaré jamás! ¡Te odiaré por siempre!

Riju se había puesto en pie, alisándose el gi y recogiendo sus cosas.

—Puedo vivir con tu odio, pero si te pasase algo... Eres lo que más me importa, Mumi. Espero que algún día llegues a perdonarme.

Ume lloraba, apretando los puños. Cuando su hermano salió del dojo miró hacia atrás y vio su coleta castaña bailando en su espalda. No se despidió.

La siguiente vez que lo tuvo delante, Riju estaba muerto.

.

.

.