Capítulo 25.
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Caminaba mirando hacia todos lados, girando la cabeza a izquierda y derecha, intentando llegar más allá, intentando intuir el final. Sabía que lo había, aunque no pudiese verlo. Hasta donde su vista alcanzaba, todo era una inmensa llanura plagada de tumbas. Pasó los dedos por la más cercana. Tenía un nombre gravado, pero no quiso mirar. Estaba fría. Siguió avanzando, tocando las piedras que indicaban el lugar donde yacían los cuerpos.
Sakura, pensó. Quería encontrar a Sakura. Creyó que podría hacerlo; sería fácil encontrar tres piedras una junto a otra; tal vez aún guardasen el olor del sake que Hiko vertió sobre ellas, el día que cambió su vida. El día que se decidió su destino. Sin embargo, era imposible. Había demasiadas. Además... Además...
No está aquí.
Giró la vista y de reojo se atrevió a leer un nombre. Confirmó lo que ya sabía. Esa explanada sin fin no eran simples tumbas; eran sus tumbas. Las que él había cavado con sus acciones. Se detuvo, sintiendo el corazón apretársele en el pecho.
¿Dónde está la mía?, preguntó sin hablar, sintiendo cómo el aire apenas le cabía en los pulmones. La voz de Ume resonó en su cabeza. Ume... Todavía sentía el calor de su mano. No podía saber cuándo la soltó. No quería hacerlo. Tal vez habría podido retenerla. Tal vez si...
Tal vez si me hubiese casado con ella, pensó, acariciando la piedra de otra tumba. Podría haber compensado la desdicha que le causé matando a Riju. Podría haber encontrado la forma de hacerla feliz. Ella le quería; el pensamiento se le clavó en el pecho. Le quería, de una forma que nunca llegó a comprender. Pero ni siquiera se planteó ese matrimonio.
No lo hice, porque no quería hacerlo.
Ella le había gritado que su promesa de no matar era egoísta, porque buscaba su propia redención y nada más. ¿Era cierto? En aquel último momento, su mano había sido cálida. Tal vez fuera la sangre. Tal vez fuera solo su mente.
Sus pasos le condujeron hasta una tumba lejana, apartada. No había nombre, pero no lo necesitaba; la habría reconocido en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Se sentó apoyando la espalda en la fría piedra, desgastada por el tiempo. Allí estaría tranquilo. Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
¿Tú también estás aquí, Tomoe?, preguntó. Nadie contestó. No está aquí, se dijo, convencido. Él la había visto, rodeada de flores, en el camino de Otsu. Ella no estaba en un lugar oscuro como aquel. Había encontrado el descanso; le había perdonado. Todo estaba bien entre ellos, donde fuese que su alma descansase. Pero si Tomoe no estaba... Si ella no estaba allí... Se levantó de golpe, sintiendo la angustia aferrándose en su pecho. Empezó a correr entre las tumbas, leyendo los nombres. Se había equivocado; no eran las personas que él mató. Corrió con la oscuridad haciéndose más potente a su alrededor, hasta que empezó a verlas. Eran sus tumbas. Yahiko, leyó, ahogando un grito. Megumi... Sano.
Llegó a una más lejada del resto, como la de Tomoe. Tampoco tenía un nombre gravado, pero de igual manera, no hacía falta. Cayó de rodillas frente a ella, con los ojos fijos en la piedra. Tú no, susurró, rozándola con los dedos. Tú no. Clavó las manos en la tierra, negando con la cabeza. No lo permitiría. No podía permitirlo. Ya había fallado antes, no lo haría otra vez. Escarvó con furia, arrancando las piedras y la arena, mientras el agujero a su lado cada vez era más grande. Tú no, por favor, repitió en voz alta. Cuando no pudo más, se arrastró de rodillas hasta la piedra que debía llevar su nombre y la abrazó, posando la frente en ella. Olía a jazmines.
Sumimasen, dijo, aunque desearía haberlo gritado, para que todos lo oyesen.
Sumimasen, si es que allí aún quedaba alguien vivo que pudiera oírle.
Abrió los ojos, ahogando un grito. Se llevó la mano a la garganta, como si no alcanzase a respirar. Todo estaba oscuro a su alrededor y hacía frío. Estaba sentado, con la espalda contra la pared; quería salir corriendo, escapar de donde estuviese, pero no podía levantarse; una mano lo retuvo, cogiéndole con suavidad de la manga de la yukata de dormir. De pronto sintió su olor y se aferró a él como si fuese la última tabla en un naugrafio, dejándose caer de nuevo contra la pared. Ella pasó su mano por su pelo, despacio, casi sin rozarlo, en una tímida caricia.
—Tranquilo, Kenshin— dijo Kaoru con voz suave, sujetando un trapo húmedo sobre su frente. Lo escurrió en un pequeño cubo a su lado y empezó a mojarle lentamente la nuca, la cara y el cuello. Él cerró los ojos, sintiendo el cansancio en cada músculo de su cuerpo—. Sólo ha sido una pesadilla... Esta noche te ha subido la fiebre.
Una... pesadilla.
Kaoru se entretuvo un poco más refrescándole, aunque él sentía frío. Como si se hubiese dado cuenta, ella se acercó al futón, retiró la manta que lo cubría y se la echó sobre los hombros, acomodándole dentro. Estaba sentado justo en la esquina de la habitación, de modo que dejó caer su cuerpo sobre la pared lateral, esperando que el sueño lo atrapase de nuevo.
Sintió a Kaoru sentarse a su lado, también apoyando la espalda contra la pared, como cada noche.
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Se retiró el sudor de la frente con el dorso de la mano, suspirando. Era quizás uno de los días más calurosos del verano, y también de más trabajo. Desde que Hideki había dejado el dojo de su familia para irse a Kioto, debía encargarse ella de sus antiguos alumnos. Por un lado le alegraba hacerlo; le suponía una distracción, tan necesaria para su mente en aquellos momentos. Pero, por otro... Le ocupaba un tiempo que en ese momento no quería destinar a eso. En cuanto acababa su lección salía corriendo de aquel dojo e iba hasta su casa; llegaba y, apenas se descalzaba, buscaba a Yahiko y le daba un abrazo. La primera vez que lo hizo el niño se quejó, apartándola y dedicándole algunos insultos rutinarios; sin embargo, ahora lo aceptaba, como si fuese la forma natural de saludarse entre ellos. Aprovechaba ese momento tan fugaz para oler su pelo, siempre revuelto; para comprobar lo mucho que había crecido, aún siendo todavía un niño; para aferrarse a él, temiendo que pasase algo que lo arrancarse de su vida. Todo era demasiado volátil. Si le pasase algo a Yahiko... Era lo más parecido a una familia que había tenido en mucho tiempo. Parecía mentira que en las últimas tres semanas se hubiese hecho cargo del dojo y de la casa; hasta cocinaba y mucho mejor que ella, aunque aquello no tenía demasiado mérito. En otro momento le habría molestado, pero no ahora. Se sentía orgullosa, aunque no se lo decía; sabía que, tras esa máscara de apurada madurez, todavía había un chiquillo preocupado y triste. De hecho, todo en el dojo Kamiya era tristeza y preocupación desde la muerte de Ume.
La cabaña de madera se alzaba en el pequeño claro. Se dio cuenta de lo cansada que estaba en cuanto soltó el macuto junto a la puerta, suspirando. Le dolía la espalda como nunca antes en su vida, aunque era una sensación a la que empezaba a acostumbrarse. Por otro lado, pese a que el brazo izquierdo ya estaba soldado, las heridas de su mano derecha aún le daban guerra. Megumi le quitó los puntos la semana anterior, pero todavía debía tener cuidado al entrenar. Además, sentía la piel muy sensible allí donde había tocado la katana de Osamu. Y, por encima de todo, no era capaz de cerrar bien todos los dedos; tenía algunos tendones afectados, pero quería creer que no le pasaría demasiada factura para el kendo. Todas las mañanas hacía los pequeños ejercicios que Megumi le había recomendado, esperando obtener poco a poco una mejoría.
Poco a poco, con paciencia.
Paciencia.
Jun abrió la puerta, como si hubiese intuido su presencia; al instante su rostro serio dibujó una sonrisa, abrazándola con cariño, como si llevasen años sin verse.
—Kaoru-chan— dijo, separándose y mirándola—. Creí que llegarías algo más tarde.
—Hoy le di la tarde libre a Yahiko— dijo ella como saludo, estirando el cuello para destensar la espalda—. Me regalaron unas entradas para el teatro en el mercado y pensé que tal vez podría hacer algo especial con Tsubame. No parecía muy interesado, pero sé que lo pasarán bien.
—Yahiko es buen chico— asintió Jun, cogiéndola del brazo y caminando hacia dentro de la casa—. Estás haciendo muy buen trabajo con él. ¿Sabes? El día de mañana serás una gran madre—. Kaoru miró hacia el suelo, sin poder ocultar su tristeza; Jun, siempre atenta, acarició su brazo con suavidad—. Todo pasa, Kaoru-chan. También esto lo hará.
Kaoru suspiró.
—¿De verdad lo crees, Jun? — preguntó—. Algunos días creo que no nos recuperaremos de esto; que él no se recuperará de esto.
—Claro que se recuperará; es más fuerte de lo que puedes imaginar— dijo ella, convencida—. Solo... Dale tiempo—. Asintió con la cabeza mientras ambas, aún agarradas, llegaban a la pequeña cocina. No era tarde, pero Jun tenía ya todo preparado; Kaoru la miró con sorpresa, arrancándole una sonrisa—. Hoy he preparado una cena un poco especial.
—¿Sí? ¿Celebramos algo, Jun-san? — preguntó, sintiendo por fin que el horrible calor de fuera le daba una tregua. La temperatura dentro de la cabaña era mucho más fresca, por suerte. Sin embargo, todavía sentía el sudor perlándole el cuello, el pecho y la espalda. No le gustaba presentarse así ante Jun, siempre tan elegante, pese a llevar un mandil y un moño.
—Sí, celebramos algo— dijo, comenzando a lavarse las manos en el cubo de la cocina. Kaoru echó una mirada hacia el interior de la casa y después se lavó las manos junto a ella—. Hiko y yo vamos a casarnos.
Abrió mucho la boca, sorprendida. No se había esperado esa respuesta. Su primer pensamiento fue que no era el momento oportuno; ahora, con sus vidas del revés, con Kenshin perdido en lo más profundo de sí mismo... Sin embargo... Al ver los ojos de ilusión de Jun comprendió; la vida era demasiado corta como para esperar.
—¡Enhorabuena, Jun-san! — exclamó, abrazándola con fuerza, olvidándose de su propio olor a sudor. Jun le devolvió el abrazo con más suavidad, riendo.
—¿Ya se lo has contado, Jun? No has aguantado ni cinco minutos — preguntó Hiko, entrando por la puerta con una sonrisa de complacencia. Jun rió, tapándose la mano con la boca. Es realmente encantadora, pensó Kaoru. No parecía fácil acordarse de hacer todas aquellas cosas que a ella parecían salirle con naturalidad: sonreír con mesura, mirar con cautela, reír sin alboroto, ser siempre dulce. Sería más fácil aprender siete katas, se dijo.
—Sumimasen, anata. Kaoru-chan es de la familia.
Se sorprendió aún más con aquella afirmación, sin poder evitar sonrojarse. Hiko soltó una risotada, acercándose a Kaoru y dándole una palmada en la espalda, más parecida al saludo que habría usado con un muchacho que con una mujer.
—Cierto; con el tiempo que pasa aquí temo no recordar a cuál de las dos le pedí matrimonio— dijo, mirándola con malicia. Jun protestó con su tono dulce de voz y Kaoru volvió a sonrojarse—. La boda será en invierno.
Kaoru le miró con extrañeza; ¿una boda en invierno? Como si hubiese leído su pensamiento, Jun suspiró.
—Es cosa de Hiko. Yo la habría celebrado en un par de meses, aprovechando el buen tiempo y la abundancia de flores.
Hiko mostró una sonrisa perversa
—Matengo la la esperanza de que la nieve impida venir al padre de Jun.
Ella, lejos de irritarse, agitó la cabeza con dulzura, lanzándole una mirada un poco más seria. Después fue hacia la cocina. La mesa ya estaba puesta. Tres platos, tres pares de palillos, tres copas. Suspiró, mirando hacia el pasillo. Jun apareció de nuevo, con una pequeña bandeja ya servida; se la puso en las manos.
—Ve.
Kaoru avanzó por la cabaña; no era muy grande, pero el camino hasta el dormitorio cada día le parecía más largo. La puerta estaba cerrada. Llamó, sabiendo que nadie contestaría, de modo que después de hacerlo, sin esperar, entró. La ventana, abierta hacia la parte trasera de la cabaña, vertía toda la luz del final de la tarde, bañándole. Estaba sentado en la esquina del fondo, con los ojos cerrados y el flequillo tapándose el rostro. Su brazo, todavía vendado, reposaba en su regazo, inerte. Debía estar durmiendo; había pasado una noche muy mala, otra vez con fiebre. La herida de la cadera se había curado bien, pero las del brazo se habían infectado, sobre todo la más profunda, la que le hizo Osamu en la muñeca. Megumi había tenido que abrir los puntos varias veces para limpiarla. Esta vez había optado por dejarle una parte sin coser, considerando que tal vez así fuese mejor. Sin embargo, la noche anterior la fiebre había regresado y, con ella, las terribles pesadillas que parecían arrancarle a Kenshin la cordura. Kaoru se limitaba a estar a su lado, deseando que fuese suficiente.
—Tadaima, Kenshin— susurró suavemente. Él no se movió. Se sentó a su lado y dejó la comida frente a él; sabía que la comería cuando despertase, aunque no toda. Picotearía lo suficiente como para que no se preocupasen, pero era obvio que no se estaba alimentando bien. Estaba muy desmejorado, había adelgazado mucho; por eso no quería que Yahiko subiese a la cabaña a verle. Le había costado unas cuantas discusiones al principio, pero no quería preocuparle más de lo que ya estaba y si veía a Kenshin, su referente de vida, de aquella manera, quizás no supiese gestionarlo. Bastante había visto ya para sus once años.
Acercó los dedos a su rostro y le retiró un mechón de pelo, fijándose en sus rasgos. Parecía descansar. Kaoru suspiró.
Ojalá despiertes pronto para vivir esta Era de paz que siempre soñaste, la misma que tú levantaste con tu espada, habría deseado decirle, pero las palabras morían siempre en su garganta.
Ojalá despiertes pronto, para vivirla conmigo.
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Jun servía los cuencos con delicadeza, como todo lo que hacía. Hiko la observó en silencio; se había ofrecido a ayudarla, pero ella insistió en la ilusión que le hacía preparar y servir aquella cena, para celebrar algo tan importante como su compromiso. Todavía no alcanzaba a entender porqué era tan trascendental para ella, pero daba igual; si la hacía feliz, se casaría todos los días del año. Se lo pidió la misma noche que trajeron a su estúpido discípulo, todavía inconsciente. Fueron horas difíciles para Jun; nunca había visto heridas de esa clase, nunca había presenciado nada tan sangriento, así que lo hizo todo él. Ella y Kaoru prepararon la habitación libre, sacando las cajas que había allí acumuladas; Jun insistió en cederle a Kenshin su futón y Hiko, a regañadientes, aceptó. Ahora él y Jun llevaban tres semanas durmiendo sobre una pila de mantas; prefería no pensarlo, o su enfado iría en aumento. Había visto cómo dormían su estúpido discípulo y Kaoru-chan: los dos sentados contra la pared, uno al lado del otro. Y mientras, su estupendo futón muerto de risa en el medio de la habitación. La noche anterior Jun le sorprendió intentando recuperarlo y le lanzó una mirada de reproche que le hizo desistir. Dormiría sobre las malditas mantas hasta el día del juicio final.
Mientras Jun terminaba de colocar las cosas de la cena, salió fuera y cortó un poco de leña. La noche era cálida y el cielo, estrellado. La temporada traería un buen sake. El día de la muerte de Ume, tras limpiar las heridas de Kenshin, coserle y arrastrarle hasta el futón, se encontró con Jun fuera, bajo se mismo cielo, aunque en aquel momento apenas había luz: la luna había preferido no presenciar la venganza. Ella estaba llorando. La cogió de la mano y esperó que fuese suficiente para calmarla, pero no lo fue. Pasearon y hablaron y, cuando la sintió por fin más tranquila, volvieron a su habitación. Preparó té y dejó a un lado el sake; le contó algunas cosas de su infancia. A Jun siempre le hacía ilusión descubrir pequeñas cosas de su pasado; decía que era como si le entregase una llave que nadie más podía tener. Después la abrazó con fuerza y acarició su pelo, perdiendo los dedos en él. Olía a frutas silvestres y, entre tanta desgracia, le pareció que ella era un regalo. Las mantas eran viejas e incómodas, de modo que recostó a Jun sobre su capa y la besó con dulzura, susurrándole promesas imposibles de seguridad y protección. Hiko sabía que nadie podía jurar mantener a otro a salvo por siempre; el mundo era un lugar oscuro y todo podía torcerse en cualquier momento, pero esa noche él quiso que Jun olvidase la sangre y la tristeza. Besó todo su cuerpo hasta que ella se deshizo en suspiros entre sus brazos; entonces la hizo suya en un silencio forzado y compartido. Cuando se separaron, con la respiración aún agitada, se lo pidió. Hiko no solía actuar por impulsos, pero en esa ocasión no le importó. Jun le abrazó como respuesta y desde entonces, todo estuvo bien. Bien, salvo...
—¿Dónde está Kaoru-chan? — preguntó, apoyándose en la madera de la cocina, otra vez junto a Jun, con la alforja de sake en la mano. Ella había terminado de servir los cuencos y estaba aprovechando para lavar los platos.
—Dijo que fuésemos empezando; creo que Kenshin tenía fiebre. Iba a ayudarle a bañarse—. Hiko resopló, dejando lal alforja de sake sobre la mesa con un golpe seco y dirigiéndose hacia el baño—. ¿Anata?
—Vuelvo en un momento— dijo él, sin volverse.
Caminó despacio por el pasillo, siguiendo el suave sonido del agua. Se paró frente a la puerta del baño, entreabierta. Asomándose ligeramente vio a su estúpido discípulo dentro de la bañera, sentado, con la cabeza baja y el brazo derecho, vendado, colgando fuera. Kaoru estaba a su lado, pasándole un paño por la espalda, en silencio. Les miró durante un rato. La forma en que ella le tocaba tenía algo de inocente ternura que le hizo sentir un cosquilleo dentro. Baka deshi, pensó. No había salvado su vida de crío para que fuese un infeliz y mucho menos para que hiciese infeliz a una chica como Kaoru. Sin pedir permiso, abrió la puerta y entró. Kaoru levantó la vista hacia él, sorprendida. Tenía las mejillas sonrosadas, probablemente por el calor del baño. O quizás por tocarle, pensó, viendo cómo quitaba las manos de la espalda de Kenshin, como si hubiese sido sorprendida haciendo algo impropio. Es una niña, pensó.
—Kaoru-chan, Jun necesita ayuda en la cocina.
Ella le miró con el ceño fruncido.
—Ahora estoy...
—Yo seguiré— la mirada de desconfianza que le regaló estuvo a punto de hacerle reír, pero se contuvo; Kaoru podía ser tan dramática como su estúpido discípulo. Sin embargo se levantó, asintiendo con la cabeza. Llegó hasta él y le puso en la mano el trapo que estaba usando. Hiko lo cogió, arqueando una ceja.
—Ten cuidado que no coja frío.
Si la venganza de la chica Osamu había conseguido dejar a la vieja leyenda Battousai reducida a un despojo que ni podía ocuparse de su propia temperatura corporal, entonces él no era Hiko Seijuro. Miró hacia la bañera. Sentía su ki, imponente, como un dragón dormido. Él estaba ahí, aunque, como siempre, atrapado bajo su propia montaña de mierda. ¿Algún día aprendería a moverla por sí mismo para salir a respirar?
— Espero que ya te hayas ocupado de todas aquellas partes que no pienso tocar—. Kaoru se sonrojó hasta el punto de no ser capaz de articular palabra; salió de allí casi corriendo, dejándole con una sonrisa en los labios. Se acercó a la bañera y le lanzó el trapo a Kenshin; impactó contra su cara y cayó dentro del agua. Él no se movió—. Es terriblemente encantadora, ¿eh? Esa inocencia que tiene, apostaría todo el sake de la cabaña a que fue eso lo que te atrapó. Me recuerda un poco a ti, aunque mucho más divertida. Y mucho más bonita, también, ¿no te parece?—. Kenshin mantenía la mirada fija; reprimió las ganas de golpearle. No quería disgustar a Jun; no aquella noch. Metió la mano en el agua, todavía caliente, y le salpicó la cara. No se movió—. ENtonces, ¿ya le has hecho el amor como te dije, o se te han adelantado? Sería una pena que otro le hiciese todas esas cosas deliciosas que estás pensando, ¿verdad? No te preocupes, te guardaré el secreto. Las mujeres son más adictivas que el maldito sake, y cuando se van, dejan peores resacas. Pero eso tú ya lo sabes, ¿verdad? Eres un experto en tragedias—. Kenshin pareció removerse en la bañera, pero no dijo nada. Hiko se sentó a su lado. Tendría que ser un poco más incisivo, al parecer. Cogió un trozo de jabón y, tras mirarlo, se lo tiró también a la cara, usando una cierta fuerza. Estaban muy cerca, pero Kenshin se limitó a apartar la mirada. Baka deshi, me estás haciendo perder la paciencia—. Vas a hablar conmigo te guste o no.
Esperó algún gesto de su parte, pero como seguía igual, con la vista perdida en el fondo de la bañera, decidió que tal vez hubiese algo allí abajo o que él necesitase descubrir. Con un gesto rápido le agarró del cabello rojo, suelto sobre su espalda, y le hundió hacia abajo, sujetándole la cabeza dentro del agua. Kenshin empezó a agitarse, intentando salir, mojándose también el brazo herido. Hiko no se movió.
— Vaya, parece que no tienes tantas ganas de morirte después de todo, ¿verdad? — rió, apretando más hacia abajo. Cuando consideró que ya le había hecho sufrir suficiente, le soltó. Kenshin salió tosiendo como un poseso, escupiendo agua agarrado al borde de la bañera, con el pelo empapado tapándole la cara. Hiko resopló—. ¿Entonces qué, estás ya preparado para cenar o vas a seguir un rato más compadeciéndote de ti mismo? —. Como no contesto, repitió la operación. Sin inmutarse, le agarró de nuevo del pelo con toda su fuerza y le hundió en el agua hasta que sintió que quedaba tumbado en el fondo; Kenshin peleaba con brazos y piernas, pero no le soltaba. Cuando le pareció que empezaba a golpear menos, soltó. De nuevo él salió a la superficie, tosiendo y vomitando agua, mientras Hiko se miraba las uñas, divertido—. Veo tu ki arder; ese no es el espíritu de un muerto. No me mires así, baka. Estás empezando a ponerme de los nervios. Ponte esa ropa limpia y siéntate a la mesa a cenar. Tienes cinco minutos.
Kenshin, por primera vez en tres semanas, lo miró a través del pelo encharcado que le cubría los ojos. Su mirada era fiera. Entonces Jun apareció en la puerta, con el rostro alarmado.
—¿Qué es todo ese rui...? — cuando vio a Kenshin apoyado como podía en el lateral de la bañera, tosiendo y escupiendo agua, miró a Hiko con el ceño fruncido. — Hiko...
—Koishi— contestó él, con su voz más dulce. Jun, cuando se sonrojaba, se ponía más hermosa que nunca, casi como una flor al inicio de la primavera. Quiso ir a la puerta y besarla, pero se contuvo; ya tendría tiempo para hacerlo más tarde—. Está todo bien. Estaba ayudando a Kenshin a lavarse su precioso cabello; el pobre no puede con el brazo herido.
Kenshin seguía tosiendo agua; las vendas del brazo estaban encharcadas y mantenía su mirada de enfado. Hiko habría querido soltar una carcajada; aguantó y Jun desapareció, agitando la cabeza.
—No tardes, anata— dijo, ya fuera de su vista. Hiko echó la mano hacia Kenshin de nuevo, pero él le golpeó en el brazo, apartándole mientras se alejaba en la bañera, yendo hacia atrás.
—Ya has oído. Algunos no hacemos a nuestras mujeres esperar, así que sal de ahí y deja de hacer el imbécil de una puta vez.
—Sessha no puede usar el bra...— empezó Kenshin, en un susurro casi inaudible. Hiko se volvió hacia él, agitando la cabeza.
—Me importa una mierda tu brazo— le cortó, con voz dura—. Si vuelvo a ver a Kaoru-chan bañándote o vistiéndote te haré beber el agua de las letrinas, ¿me has oído? Cinco minutos.
Se puso en pie y salió del baño, cerrando la puerta tras de sí. Después se dirigió a la cocina, donde Kaoru y Jun esperaban, recién sentadas en la mesa. Cogió la alforja de sake y comenzó a servirles.
—¿Has dejado solo a Kenshin? — preguntó Kaoru, alarmada, poniéndose de pie. Hiko señaló el cojín con la barbilla.
—Siéntate, Kaoru-chan. Kenshin está bien.
Ella, sin entender nada, volvió al suelo, colocándose sobre el cojín con gesto de incertidumbre. Hiko sirvió las tres copas y después se levantó; cogió una cuarta y la puso sobre la mesa. Después, sin mediar palabra, fue hasta el dormitorio que ahora ocupaba Kenshin y cogió el cuenco con la cena, que él no había ni tocado. Lo llevó a la mesa común y lo puso allí, ante la atenta mirada de Jun y Kaoru. Entonces se sentó con ellas, cruzando las piernas. Unos segundos después, casi como si lo hubiesen programado, apareció Kenshin. Se había puesto la yukata gris de dormir y tenía el pelo mojado, suelto, chorreándole levemente por los hombros. Kaoru lo miró como si fuese un fantasma; su cara estuvo a punto de hacer que Hiko rompiese a reír, pero de nuevo contuvo las ganas. Tanta solemnidad acabaría con él. Bebió su copa de sake y se sirvió otra, levantando las cejas.
—¡Kenshin! — exclamó Jun, sin ocultar su alegría. Corrió a por un cojín y lo puso entre ella y Kaoru, pero Hiko le hizo un gesto para que se lo diese. Ella se lo entregó, con mirada de duda. No te preocupes, le dijo Hiko con los ojos. Parecía una madre protegiendo a su pequeño; la idea le pareció hasta divertida.
—Mi querido discípulo se sentará aquí, a mi lado. Así vosotras dos resistiréis la tentación de darle la comida en la boca como si fuese un maldito polluelo con el ala rota.
Kenshin le miró con rabia, pero no protestó. Se sentó junto a él, con las piernas cruzadas sobre el cojín y cuando todos empezaron a comer, él también comió. Bebió sake y, aunque no dijo ni una sola palabra en toda la cena, se mantuvo allí. Ya era algo.
Podía sentir perfectamente el ki de Kaoru. Un ki lleno de esperanza, pensó, sonriendo para sí. El espíritu que necesita este idiota para abandonar las sombras y abrazarse a la vida. Hiko no era tonto; sabía perfectamente que un par de aguadillas y alguna amenaza no sería suficiente para hacer emerger a Kenshin, pero era un comienzo.
Los comienzos son importantes, pensó, mirando a Jun.
Todas las cosas buenas tienen uno.
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