Gracias a todas por las review, me han hecho mucha ilusión. Subo un capítulo más corto porque ando a mil esta semana. En el siguiente prometo contestaros a todas, me encanta leeros! Un abrazo y seguid cuidándoos.

.

.

.

Pasó la mano por el shinai de Kaoru, sujeto en la pared. El dojo estaba vacío, como siempre, y ya había practicado todos sus entrenamientos del día; los del día, los de la semana y hasta los del mes. Desde que estaba solo, dedicaba casi todo el tiempo a intentar mejorar su técnica, practicando cada uno de los movimientos que Kaoru le había enseñado. Pocos meses atrás, incluso quizás semanas, habría aprovechado que nadie le veía ni le podría juzgar para intentar ejecutar las técnicas que tantas veces había visto hacer a Kenshin en las batallas. Habría intentado imitarle, copiar la posición de sus manos, sus pies, sus giros de cadera al desenvainar... para llegar algún día a ser tan fuerte como él. Sin embargo... Sin embargo, ahora no quería hacerlo. Por fin lo entendía.

Llevaba días sin apenas poder dormir. Se despertaba en medio de la noche con la imagen del cuerpo de Ume, desgarrado por el corte de la espada, y la visión de Kenshin, arrastrándose junto a ella con terror en los ojos. Él se quedó paralizado; tan paralizado que necesitó de un empujón de Sanosuke para sostener su shinai y ponerse a luchar. La sangre lo llenó todo, su campo de visión, sus pensamientos, incluso su olfato. ¿Cómo podría haber sobrevivido Kenshin al Bakumatsu sin caer en la locura? ¿Cómo podría haberse convertido en un hitokiri, viendo ese tipo de escenas todos los días? No, era todavía peor, porque no se limitaba a verlas: él las creaba, como un pintor macabro con una brocha ensangrentada. Había sido por la nueva Era y él no lo juzgaba, pero no entendía cómo había sido capaz de aguantarlo, cómo había aceptado desempeñar el papel más duro del Ishin Shishi; cómo no se había derrumbado.

Aunque no lo reconocería ni bajo tortura, esos días también había llorado. Justo aquellas noches habría deseado tanto que Kaoru estuviese en el dojo, solo por sentir su presencia, o para que le gritas, o para discutir con ella, o para que le obligarse a levantarse por las mañanas a entrenar. Tenía que conformarse con verla un rato cuando volvía de dar clase en el dojo de Fujame-san; sabía que pasaba por allí solo por verle e incluso había empezado a saludarle con un abrazo. Lo aceptó, aunque él lo que quería es que volviesen, quería su vida de siempre, sus gritos y carreras para atizarle; por lo menos sería mejor que el silencio, un silencio que su mente llenaba con el sonido de la espada de Kenshin contra el cuerpo de Ume. Podría haberse vuelto loco, pero se obligó a serenarse. Él no era un niño. Había luchado mucho para que no lo tratasen como a uno y ahora, ante el primer contratiempo, no podía demostrarles que tenían razón, que no era más que un chaval muerto de miedo con una espada de bambú. Él era de estirpe samurai, así que aprovecharía ese tiempo para hacerse más fuerte. Nunca más volvería a quedarse paralizado ante algo así. Se haría fuerte con la espada que protege, no con el Hiten Mitsurugi ryu. Él defendería la vida y su espada nunca podría causar un desastre semejante. Desde ese momento se dio cuenta de que había querido ser Kenshin, pero sólo en parte; había querido ser su parte poderosa, la parte que todos veían, la mano firme que sostiene la espada, pero no había pensado en lo demás... No quería eso. Tal vez ser menos fuerte fuese suficiente, si no tenía que arrastrarse jamás por el suelo para sujetar la mano de la mujer a la que acababa de matar.

Barrió el dojo y después la engawa, repitiendo mentalmente los movimientos de la primera kata que Kaoru le enseñó. Kamiya Kasshin ryu era su técnica; la perfeccionaría hasta convertirse en un maestro. Fue entonces cuando oyó la voz inconfundible tras la puerta.

—¿Kaoru? ¿Himura? ¿Yahiko? ¿Estáis en casa?

—¡Misao! — gritó, corriendo hacia la entrada, dejando que la escoba cayese e impactase contra el suelo. Abrió sin poder reprimir la sonrisa. Allí estaba ella y, a su lado... — ¿Fujame-san?

.

.

.


.

.

.

Estiró el cuello hacia el sol, tal y como lo habría hecho una planta buscando la luz. Le dolían los músculos de todo el cuerpo, sobre todo las cervicales, aunque el ungüento de hierbas que Jun le puso un par de días antes había hecho su trabajo. Nunca antes nadie le había dado lo que ella llamó "masaje" y, de haber tenido más confianza, se lo habría pedido otra vez. Liberó su cuerpo de una forma desconocida, como si le hubiese retirado una mochila cargada de piedras. Sonrió para sí, terminando de amasar el pan y contemplando su creación. La textura era perfecta, esponjosa pero firme, sin burbujas. No era capaz de terminar un guiso comestible, pero sabía trabajar la harina. Por algo se empezaba.

Bostezó. Las últimas tres noches habían sido mejores, aunque todavía no conseguía acostumbrarse a dormir sentada, por lo menos ya no tenía que salir a hurtadillas de madrugada. Kenshin había descubierto su pequeño secreto; cuando lo vio allí, de pie en la puerta del santuario, no supo qué decir. ¿La había escuchado? ¿Estaría enfadado con ella, por hablar con su difunta esposa? En cualquier caso, no le reprochónada; se limitó a arrodillarse a su lado, cerrar los ojos y juntar las manos. ¿Estaba rezando? Solo le había visto hacerlo en otra ocasión, unos pocos meses atrás, tras el Jinchu de Enishi, cuando "le presentó" a Tomoe-san. Para Kaoru fue algo importante; no incómodo, ni tampoco triste. Lo agradeció y sintió que se derribaba una pared invisible que antes les separaba. De alguna manera sabía que era algo que Kenshin necesitaba hacer y, a fin de cuentas, ella tenía algunas cosas que decirle a Tomoe-san. Se sentía tonta por haber tenido celos; no había comprendido nada. Ahora... Ahora sabía que siempre viviría en deuda con ella; en deuda por haber salvado a Kenshin de todas las formas en que se puede salvar a un hombre. Y, también, por salvarla a ella después. Siempre habría un sitio para ella en sus oraciones.

La noche que Kenshin apareció en el santuario, ella terminó sus rezos en voz baja, y después los dos salieron, sin decirse nada, volviendo a la cabaña de Hiko. Entraron en el dormitorio que ahora era territorio compartido y, primero él y después ella, se sentaron con la espalda contra la pared, muy juntos. Katajikenai, Kaoru-dono había susurrando él, tan cerca, tan suave que fue casi una ilusión. Ella no contestó; no era necesario. La noche siguiente, cuando acababan de terminar la cena y estaban ya lavando los platos, Kenshin se acercó a Kaoru.

—Si os parece, podíamos ir ahora al santuario— propuso. Kaoru le miró, sorprendida.

—¿Quieres ir... conmigo?

—Sí— contestó. Se miraron unos segundos sin decir nada. Kaoru sintió el corazón latirle más rápido de lo normal, aunque intentó que no se notase. No está enfadado, se dijo; no le ha parecido mal que hablase con ella. Caminaron de nuevo en silencio, pero a ella no le importaba. Estaba tranquila; se sentía en paz. Así había sido las tres últimas noches: después de la cena, iban hasta allí, rezaban y volvían, en silencio, sin prisa, el uno junto al otro. No hacía falta nada más. Aunque le dolía la espalda, dejar de despertarse de madrugada había sido un avance.

—Kaoru-dono— la voz de Kenshin en la puerta le sobresaltó y apretó la bola de masa entre sus manos. Era muy temprano, apenas había amanecido. Cuando salió de la habitación le pareció que él aún dormía, sentado a su lado, con la respiración lenta y rítmica, pero debía haberle despertado al levantarse; tenía un sueño muy ligero... El sueño de un samurai. Abrió la boca para decir algo, pero él ya estaba a su lado; había entrado corriendo. No era propio de él. Kenshin se movía con calma, con una gracia innata de la que no era consciente; sus pasos eran suaves, nunca aparentaba tener prisa. Un latigazo de miedo le azotó.

—¿Ha pasado alguna...?

Antes de que pudiese terminar, él la cogió de la mano y tiró de ella suavemente hacia fuera, de donde él venía. Kaoru frunció el ceño.

—Kaoru-dono, tenéis que ver esto— dijo. El tono de su voz ligeramente alterado y la breve mirada que le dedicó antes de girarse y empezar a tirar de ella hizo que toda su piel se erizase.

¿Está... emocionado?

Se abrió paso por el huerto, con rapidez y cuidado al mismo tiempo, delante de ella, sin soltar su mano; Kaoru estaba manchada de harina desde los dedos hasta los codos, pero él no parecía ni haberse dado cuenta. El sol empezaba a asomar tras la montaña, aunque era apenas un aviso; el cielo se encontraba en ese momento exacto en que la noche y el día se juntan, cuando aún no se han acostado las estrellas ni se ha desperezado completamente la mañana. Kaoru lanzó una mirada fugaz hacia la estrella rurouni antes de volver a centrar los ojos en la coleta de Kenshin. Llevaba unos días atándose otra vez el pelo y hasta verlo así no había sido consciente de lo que lo extrañaba.

Se detuvo más adelante, al fondo, cerca de la zanja que Hiko le había ordenado abrir y después cerrar un par de días antes. Seguía cogido de su mano y ella empezó a sonrojarse, nerviosa. Entonces, tan repentinamente como la tomó, ahora la soltaba, señalando la tierra. Kaoru entrecerró los ojos, pero no veía nada. Sintió su mirada, expectante.

—N-no veo... — empezó, pero Kenshin no le dejó terminar. Se puso de cuclillas y le hizo un gesto para que se agachase junto a él. Ella lo hizo. Sentía el corazón latirle tan deprisa que era probable que le diese un infarto; tranquilízate, baka, se dijo a sí misma. Ella era una maestra de kendo, asistente, pero maestra. Respiró por la nariz; estaba algo más calmada cuando él volvió a cogerle de la mano.

Mierda.

—Mirad— susurró, guiando sus dedos despacio hasta la tierra hasta sentir el tacto suave de... Hojas. Abrió los ojos un poco más y acercó la cara a la tierra para ver mejor. Verde. Algo verde estaba saliendo.

—¡Oh! — exclamó, llevándose la mano derecha a la boca— ¡Kenshin! —. Se volvió hacia él, que la estaba mirando, esperando su reacción. Sonreía, pero no de forma suave y leve, como acostumbraba. Sonreía de verdad, y Kaoru pensó de pronto que todas las esperanzas del mundo cabían en aquel gesto tan simple. Era demasiado. Era todo. Él soltó su mano y se agachó un poco más, contemplando las hojas más de cerca.

—Han nacido— susurró, como si no terminase de creérselo. Kaoru vio cómo acunaba con sus dedos los pequeños brotes, como si temiese dañarlos. Era tan tierno... Quiso abrazarle y pedirle que se quedase siempre a su lado, pero se quedó quieta, reuniendo todas sus fuerzas para contenerse—. Tenéis que haceros grandes— dijo entonces, pegando su cara a la tierra. Ella levantó una ceja. ¿Le está hablando a las plantas? Sí, definitivamente lo estaba haciendo. Vio cómo se incorporaba un poco y la miraba. Sus ojos brillaban. Lo entendió.

—Lo plantaste tú, Kenshin— susurró, sonriendo. Él le devolvió una sonrisa en la que pudo ver muchas cosas; gratitud, alivio... Un poco de orgullo, también.

Sessha estaba seguro de que no nacería nada... No podría nacer vida de estas manos.

En ese momento, cuando su mirada volvió a oscurecerse por la tristeza acechante, otra vez hacia dentro, otra vez hacia el fondo... Fue Kaoru la que le cogió las dos manos, sin perder la sonrisa. Giró sus palmas, haciendo que mirasen hacia arriba, hacia ella y también hacia el sol naciente de aquel prometedor día de verano.

—Te equivocabas, Kenshin. Estas manos... Tus manos tienen mucha vida que dar en la nueva Era.

.

.

Terminó de amasar el pan y lo introdujo en el horno; Hiko y Jun se habían despertado más tarde de lo normal y preparaban la comida entre risas y algún pellizco secreto que ella fingió no ver. La noche anterior, antes de salir con Kenshin hacia el santuario, tras la cena, cogió el futón del dormitorio y lo llevó hasta la habitación de Hiko y Jun. Kenshin vio cómo lo hacía, pero no dijo nada. Llamó a la puerta y, cuando Hiko abrió, se lo entregó, cargándolo sobre sus brazos.

—Nosotros no lo necesitamos— dijo, sonriendo. Hiko había levantado una ceja.

—Lo siento por ti, Kaoru-chan, pero yo no tengo la culpa; entre las enseñanzas que le di a mi baka deshi nunca estuvo la del perpetuo celibato —respondió, cuidando el tono. Sin embargo, Jun, que lo debió oír, tosió desde dentro.

Ahora Kaoru suspiraba, observando por el rabillo del ojo cómo Hiko bajaba la mano por la espalda de Jun y ella, sonrojada, se escabullía hacia los fuegos, iniciando una lenta persecución fingida. Le gustaba estar allí, estar con ellos dos y respirar ese ambiente de amor y cariño; pero, al mismo tiempo, no podía evitar envidarles. No imaginaba a Kenshin haciendo algo así, ni en su cocina ni en ningún otro sitio. Como si le hubiese leído el pensamiento, entró en la casa, con el gi arremangado y las manos mojadas; ya había regado.

—Kenshin— saludó Jun, con las mejillas azoradas, intentando escapar; ya había llegado hasta el final de la encimera y Hiko la estaba besando, aprisionándola. Kenshin desvió la mirada, también sonrojado y sus ojos se cruzaron con los de Kaoru. Hiko se apartó lentamente, recreándose en la situación.

Baka deshi— saludó, ladeando la cabeza—. Ya nos ha contado Kaoru-chan que has conseguido que salga vida de la tierra. ¿Tomates? — él asintió con la cabeza, todavía azorado—. No está mal como regalo de boda.

—¿Boda? — preguntó Kenshin. Kaoru se dio cuenta entonces de que él todavía no sabía nada. Hiko miró a Jun, que había cogido el mortero y estaba preparando algún tipo de aliño.

—¿Se lo has contado hasta a la tendera y éste no sabe nada?

Ella sonrió, de nuevo sonrojada.

Sumimasen, Kenshin— dijo, con voz dulce, mirando hacia él—. Creí que Kaoru-chan te lo habría contado. Nos casaremos en invierno, con las nieves.

Kenshin se quedó un instante en silencio, como si sopesase la información; finalmente se movió hacia ella e hizo una pequeña reverencia con la cabeza, extraordinariamente formal dadas las circunstancias.

Omedetoo de gozaru, Jun-dono— murmuró, dejando entrever una sonrisa. Ella puso una mano sobre su hombro, con un gesto que a Kaoru le pareció maternal.

Arigatou, Kenshin. Nos gustaría que fueses uno de los padrinos— dijo entonces.

—¿Oro? —. Kaoru se tapó la boca intentando no reír, mientras Kenshin alzaba la cabeza, estupefacto. Volver a escuchar esa expresión de sus labios fue como un soplo de aire fresco. Le vio mirar a Hiko, que se encogió de hombros.

—A mí no me mires. Yo ya le he dicho que es una pésima idea.

—Pero sessha no es familiar de shishou.

—Sí, es cierto— dijo Jun, pasando la mano por el brazo de su kimono—. Pero para él eres como un hijo y, además de mi padre, no hay otros hombres más cercanos a nosotros.

—Yo diría que más bien como un sobrino— aclaró Hiko, levantando la ceja— Un sobrino lejano especialmente imbécil y que no ha entendido ni la mitad de las enseñanzas de su generoso tío.

Jun emitió una suave queja, pero Kenshin asintió con la cabeza, asumiendo el insulto y también el parentesco.

Sessha no sabe si podrá hacerlo— dijo al final, en un susurro. Kaoru sentía la tristeza otra vez en su voz. Todavía no está bien, se dijo, aguantando las ganas de correr, abrazarlo y sacarlo de allí, de llevarlo otra vez al huerto, junto a los tomates, para que su pena desapareciese. Todavía es demasiado pronto para estas cosas. Para cualquier cosa. —... pero si es importante para shishou y Jun-dono, sessha encontrará la forma.

Abrió la boca, sorprendida.

—Bien— dijo Hiko, con voz dura. Entonces dejó el trapo que sujetaba y se dirigió hacia Kenshin; pasó a su lado y le agarró de la manga del gi, con pocas contemplaciones—. Ahora ven conmigo. Ya que sabemos que eres capaz de hacer que algo germine sin matarlo antes, te enseñaré la siguiente lección: darle forma.

.

.


.

.

Acabaría más tarde de lo previsto, pero no importaba. Ella había dicho que esperaría a que terminase y entonces irían juntos hasta el santuario, como todas las noches de la última semana. Kenshin estiró el brazo derecho; tenía doloridos músculos que desconocía que existiesen.

—Vamos a ver— dijo Hiko, abalanzándose sobre él y apartándolo con el codo, sin ninguna delicadeza—. ¿Qué es esta inmundicia?

—Es... Es un jarrón—dijo Kenshin, frunciendo el ceño mientras se remangaba un poco más el gi. Estaba embadurnado en arcilla desde los dedos hasta más allá de los codos; y las vendas... Hiko levantó la pieza sujetándola con dos dedos, como si fuese algún tipo de objeto apestoso.

—¿Un jarrón? ¿Qué parte de "cuenco para beber sake" no entendiste?

Vio cómo Hiko daba vueltas al jarrón en sus grandes manos, examinándolo. No había quedado tan mal, para ser el quinto intento. Los cuatro primeros ni siquiera podían diferenciarse de pelotas huecas por dentro.

Sessha pensó que ya había suficientes cuencos para sake— replicó Kenshin, señalando a su derecha. Las piezas con forma de cuenco se amontonaban unas sobre otras, de distintas formas y tamaños; las que él había hecho durante los últimos tres días, desde que Hiko le enseñó el funcionamiento del torno, eran muy rudimentarias, pero se veía una clara evolución de la primera a la última.

—No te pedí que pensases, solo que usases esas diminutas manos tuyas para algo de provecho— gruñó Hiko, señalando los cuencos más pequeños. Por un momento Kenshin recordó una de las primeras semanas que había pasado con su shishou, cuando era un crío que ni siquiera acertaba a recordar su nuevo nombre. Mientras él bebía desaforadamente, había reunido un ramillete de margaritas y después las había dejado sobre la mesa de la cocina. "¿Qué es esto?", había preguntado un Hiko malhumorado recién levantado de la siesta, preparado para el entrenamiento. "Flores", contestó él. "¿Se comen?", le preguntó Hiko, acercándose con el bokken en la mano. "No", contestó el pequeño Kenshin mientras su maestro colocaba el bokken contra su garganta. "¿Sirven para curarte si te hieres?". "No lo sé, shishou..." "¿Sirven para luchar?" "No". "Entonces sácalas de mi cocina, coge la espada y deja de comportarte como una geisha, baka". — ¿Qué se supone que voy a hacer con esto?

Kenshin estiró la mano y lo cogió, quitándoselo. Lo giró entre las suyas, pensando que tal vez quedaría bien si lo pintarse de algún color claro. Azul. Le gustaba el azul.

—No es para ti, shishou— dijo. Hiko agitó la cabeza, soltando una risotada.

—¿También conquistaste a tu primera mujer regalándole arcilla seca con forma de orinal? —. Kenshin frunció el ceño, molesto. En ningún caso su jarrón tenía forma de orinal; tal vez había quedado un poco achatado, pero definitivamente, no parecía un orinal. Estaba seguro de que una vez pusiese dentro los jazmines... — Supongo que notarías que Kaoru-chan renunció al futón.

—Es vuestro— contestó con calma, acercándose a las pinturas y cogiendo la azul... Había varios azules. ¿Cuál sería el mejor para los jazmines?

— Qué torpe eres, baka— dijo Hiko, cogiendo aire—. Déjate de pinturas y ponte a hacer los cuencos.

—¿Más cuencos, shishou? Tienes dos millones.

—Pues quiero tener tres. Nunca son suf...

El sonido acercándose a la cabaña hizo que los dos hombres girasen la vista. Aún no se veía al recién llegado, aunque Kenshin sintió su potente ki como una bofetada. Sin pensar, en un movimiento rápido e instintivo soltó el jarrón, que se rompió contra el suelo, y llevó la mano derecha hacia la cadera izquierda... No había nada allí, más que el obi de la yukata.

Un segundo después, Osamu-sama aparecía frente a ellos.

.

.

.