¡Hola! Contesto abajo a vuestras review, muchísimas gracias a todas. Me da pena, pero esto llega a su fin... Quedan pocos capítulos. Mi intención es después subir algunos "fragmentos" sueltos de escenas intentando seguir el canon, a ver qué sale de ahí. Por lo pronto seguimos con esto. Un abrazo y gracias por el apoyo.
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Abrió la puerta del dojo sin reprimir la sorpresa por lo organizado que parecía todo, como si... Como si lo hubiese hecho Kenshin, pensó. La entrada perfectamente barrida, la ropa recién lavada tendida en la cuerda, las puertas de shoji de los dormitorios abiertas para que la casa estuviese bien ventilada... Si se lo hubiesen contado, no se lo había creído.
—¿Yahiko? — llamó, dejando el macuto junto al pozo, apoyado en la piedra. El entrenamiento con los alumnos de Hideki había sido duro, pero se alegraba de comprobar que por fin su mano derecha comenzaba a responderle— ¿Yahiko, estás en casa?
Avanzó hacia la engawa y le llegó el olor a... Té. Té recién hecho. Abrió los ojos, sorprendida. A Yahiko no le gustaba el té y dudaba mucho que eso hubiese cambiado. Pronto escuchó las voces, no muy altas; había gente en el dojo y estaban en la cocina. ¿Sería Tsubame? ¿Tan pequeño y ya le estaba trayendo chicas a casa? Entró con convicción y entonces los vio allí; Yahiko, Sanosuke, Misao y... Hideki, los cuatro sentados en sus respectivos cojines, tomando té y una especie de pastelitos de aspecto delicioso que, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, Yahiko no había devorado en tres segundos.
—¡Kaoru! — exclamó el niño; hizo ademán de levantarse de un salto, pero en el último momento se detuvo. Más bien, se contuvo, mirándola con dudas. Ella le sonrió: no te preocupes, quiso decirle. No le daría muestras de afecto en público. Todos se levantaron, Sanosuke el primero, que la abrazó con tanta fuerza que estuvo a punto de romperle las vértebras.
—¡Jou-chan! — exclamó, sujetándola por los hombros con gesto serio—. Joder, estás esquelética. ¿Es que te han obligado a cocinar? —. Ella frunció el ceño, dándole un manotazo para apartarle—. ¿Dónde está Kenshin, lo has traído de vuelta?
—Sigue allí, pero está mejor— contestó ella, dirigiendo una mirada a Misao—. ¿Qué haces aquí, Misao, ha pasado algo?
Había evitado mirar a Hideki, pero ya parecía una obligación. Le lanzó una mirada breve y él respondió con una sonrisa que la dejó desconcertada. ¿No estaba enfadado? A fin de cuentas, su última conversación fue un auténtico desastre. Ella, en menos de un día, le había dicho que se casaría con él, le había pedido que se acostasen juntos y después le había confesado que, en realidad, seguía enamorada de otro.
—N-no, no ha pasado nada— dijo Misao. Estaba nerviosa, pero ¿por qué? —. Quería... Quería ver cómo estabas tú y sobre todo, como está Himura. Nos ha contado Yahiko que sigue viviendo en la cabaña de Hiko-sama.
—Ese señor lo ha secuestrado— se quejó Sanosuke, resoplando. Kaoru le lanzó una mirada asesina.
—Ese señor, como tú dices, es su shishou y le está cuidando mucho.
—¿Cuidándole? Lo dudo— replicó Sanosuke, agitando la cabeza—. ¿Cuándo podremos ir a verle? Le sentará bien estar con sus amigos.
—Todavía no— dijo Kaoru, intentando aparentar más calma de la que realmente sentía. Aquellas semanas habían sido muy complicadas. Los primeros días... Los primeros días no quería ni recordarlos. No había visto un rastro de vida en Kenshin; se convirtió en una sombra, un fantasma que sólo dormía y despertaba con terribles pesadillas, buscando a tientas una espada invisible por el suelo del dormitorio. Ella le contuvo, abrazándole de una forma que nunca creyó que podría hacer, susurrándole palabras de consuelo. Ni siquiera estaba segura de que él la reconociese, completamente sumido en un delirio de fiebre y dolor. Sin embargo, se quedó allí y, poco a poco, las pesadillas fueron cesando; la fiebre fue bajando, pero él se mantuvo dentro de sí, en un lugar al que ella no sabía cómo llegar. Sólo en la última semana las cosas habían empezado a cambiar. Ahora cenaba con ellos, hablaba un poco, aunque no demasiado. Plantaba, hacía cosas con arcilla... Y sonreía. Pero Kaoru tenía miedo. Le parecía que estaba construyendo una torre de cristal y que, en cualquier momento, un paso en falso y todo se derribaría, rompiéndose en mil pedazos. Por eso había impedido que sus amigos subiesen a la cabaña. Kenshin necesitaba tiempo, tiempo para recomponerse. No estaba segura de estar haciendo lo correcto, pero ni Hiko ni Jun mencionaron nada al respecto. La única que estuvo allí fue Megumi, al principio, cuando se infectaron las heridas de Kenshin. Fue entonces cuando les advirtió de la gravedad: "Ha estado a punto de perder el brazo derecho", dijo, con los ojos brillantes. Kaoru nunca le agradecería suficiente que se lo hubiese salvado.
Tras un breve intercambio de frases sobre lugares comunes, Kaoru se sintió demasiado incómoda para seguir allí, de modo que dirigió a su dormitorio en busca de ropa limpia. Cogió una muda para sí misma y también el gi rojo y la hakama blanca de Kenshin. Antes de salir, pasó una mano por las costuras que ella misma había hecho, juntando la tela tantas veces allí donde se fue rompiendo. Lo acarició y lo acercó a su nariz, oliéndolo. Aún tras mil lavados seguía sintiéndole ahí, imborrable. Ahora no era un olor extraño, desde que lo tenía a su lado todas las noches. Era como si, de alguna manera, fuese parte de ella.
—¿Kaoru? —. Se giró, sonrojándose y se encontró con Yahiko. Había visto cómo abrazaba el gi de Kenshin, pero no dijo nada. Entró y cerró el shoji tras de sí—. Kaoru, ¿está bien, verdad?
Ella suspiró, mirando la ropa sobre su brazo.
—Está en ello, Yahiko. No está siendo fácil.
—Pero... Pero volverá, ¿verdad? Volveréis— dijo; había en su voz un tono de temor que hizo que Kaoru se estremeciese por dentro. Lo está pasando mal, se dijo, sin poder evitar una sensación terrible de culpa. Lo está pasando mal y yo no estoy aquí con él.
—Sí— contestó, no por darle consuelo; realmente estaba convencida de que así sería—. Volveremos, pero no sé cuando. Hasta entonces tienes que ser fuerte, como lo estás siendo ahora.
Yahiko resopló; estaba aguantando las lágrimas, pero ella fingió no darse cuenta.
—¿Crees que... volverá a ser todo como siempre, Kaoru? ¿Crees que Kenshin será el de siempre? — preguntó, en voz muy baja. Ella se acercó a él y puso una mano sobre su hombro, apretando un poco.
—Claro que sí. Nosotros le ayudaremos.
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Estaba paralizado; sus piernas y sus brazos no le respondían. Se había quedado así, con la mano derecha suspendida en el aire, a la altura de su cadera izquierda, donde debería estar la tsuba de su sakabatou. Su sakabatou... ¿Dónde...? El rostro de Osamu-sama se transformó en la mirada de Ume, su última mirada, dirigida a él, con sus ojos verdes, del color de la hierba fresca, grandes... Su castigo... Su despedida.
Antes de poder siquiera pestañear, sin saber cómo, Hiko estaba delante de él, como... Como un escudo, pensó. Osamu tenía la mirada dura, fría y dirigida a él, que seguía inmóvil. Su shishou había posado los dedos en la tsuba de su katana y tamborileaba sobre ella, distraído.
—Hiko— dijo Osamu, con voz hosca—. Menudo recibimiento, ¿eh?
—Quédate ahí, viejo amigo— contestó Hiko. Su voz sonaba más grave que de costumbre. Kenshin sentía la vista nublada, como si de pronto los árboles alrededor de la cabaña fuesen más luminosos de lo normal. Se agarró al torno con la mano izquierda, temiendo caerse. Para el arte del batto...
No es justo.
Ume.
—Quiero hablar con él— oyó decir a Osamu. Bajó la vista, buscando el aire que parecía no llegar a su pecho. Ojos verdes. Ojos negros. Ojos que él había cerrado para siempre.
—Habla— dijo Hiko—. Te está escuchando, ¿no lo ves?
—Preferiría hacerlo a solas.
—Me temo que eso no será posible— contestó su shishou, suspirando—. No me mires así, viejo. Soy el último maestro del Hiten Mitsurugi ryu; leo tu ki como un libro abierto. Hay demasiado odio en ti y Jun me tiene prohibido manchar el porche con sangre antes de la cena.
—¿Tu cachorro necesita que lo protejas? Aún sabiendo lo que hizo...
Kenshin parpadeó varias veces, intentando recobrar el control de su cuerpo. Los ojos de Osamu eran tan parecidos a los de Ume...
Hiko rió y su coleta bailó tras él, cerca del rostro de Kenshin.
Shishou...
—Sí, lo necesita— respondió con dureza—. Ese es uno de los deberes de un maestro: mantener con vida a sus discípulos, ¿sabías? Y conozco bien lo que hizo. Todo. Lo que hizo hace catorce años y lo que hace últimamente. Yo estaba allí, además. La muerte de tu hija no es su responsabilidad. No habrá más venganzas en mi presencia.
—¿Crees que he venido a vengarme? — preguntó Osamu, fuera de sí, agarrando la tsuba de su katana, aún envainada—. No niego que lo desearía... Lo desearía con todas mis fuerzas—. Kenshin volvió a alzar la vista; todo daba vueltas. ¿Habría dónde agarrarse? —. Y ¿sabes?, si quisiera hacerlo, habría empezado por la mujer de Himura. Me la he encontrado por el camino... Una niña muy valiente, después de todo.
Kenshin sintió que toda la sangre de su cuerpo se congelaba. Ignorando el mareo, ignorando la visión borrosa, se levantó de un salto y echó a correr. Oyó que su shishou gritaba algo tras él, pero no frenó, no miró hacia atrás. Usó toda su velocidad para recorrer el camino de tierra que iba desde la cabaña de su shishou hasta Tokio; no necesitó llegar allí, porque a medio camino la vio. Estaba en el suelo. Sintió como el corazón se le paraba mientras corría hacia ella.
No. Por favor.
No.
No, no, no, no, no...
NO.
Los árboles volvían a ser demasiado brillantes, como si el mundo hubiese perdido la capacidad de regular su brillo, como si hubiese explotado una bomba demasiado cerca. Ya había visto algo así, una vez, hace mucho tiempo, cuando un resplandor le cegó, y no oyó, ni vio, ni sintió. Ese día, aquel día...
—¡KAORU! — gritó, casi una súplica, abalanzándose sobre ella. Entonces...
—¿Kens...? — Kaoru levantó la mirada, asustada, con sus grandes ojos azules abiertos de par en par. Estaba de cuclillas en la orilla del camino, sujetando unas ramitas en la mano—. Kenshin, mira, son esquejes de physalis. Los cogí para que puedas...
Kenshin, agachado junto a ella, sujetó su cara con ambas manos. Le temblaban los dedos y la manchó con los restos de arcilla, pero no le importó. Acarició sus mejillas, perdiéndose en sus ojos y, sin decir nada más, la abrazó con tanta fuerza que sintió cómo ella perdía el aliento contra su pecho. Kaoru comenzó a devolverle el abrazo, despacio, poniendo sus manos con cautela sobre su espalda, como si temiese equivocarse. Entonces empezó a susurrar palabras de consuelo, con suavidad.
Estoy aquí...
Tranquilo...
Todo pasará...
No tengas miedo...
Estoy contigo.
Se aferró a ella como si fuese el último saliente antes del precipicio, respirando con fuerza contra su cabello, dejando que el aroma a jazmines llenase todos los vacíos de su alma. Kaoru no aflojaba su abrazo. No le soltaría. No importaba lo que pasase, no importaba lo que hubiese hecho; ahora lo sabía.
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Kaoru sopló sobre el té una y otra vez, hasta que pudo beberlo. Hiko le tendió un trapo húmedo mientras Jun seguía agarrada a su mano, acariciándola con cariño. Cogió el trapo y lo pasó primero por una mejilla y luego por la otra, limpiando los restos de arcilla.
—¿Estás mejor, Kaoru-chan? — preguntó Jun, apretando su antebrazo. Kaoru asintió con la cabeza, dejando el trapo sucio sobre la mesa y dando un pequeño sorbo al té.
—S-sí— contestó al fin, cogiendo aire y soltándolo después—. Me dio... Me dio un susto de muerte. Pensé que había pasado algo terrible.
—Mujer de poca fe— replicó Hiko, agitando la cabeza.
—Osamu-sama... ¿No llegó a hacerle nada, verdad? — preguntó Kaoru. Kenshin no le contó nada, de modo que fue Hiko quien lo hizo en cuanto llegaron a la cabaña. Caminaron hasta allí abrazados; Kaoru casi lo sostenía y éĺ se agarraba a la tela de su gi como si el suelo se abriese bajo sus pies. Volvía a estar ido. Todo lo que habíamos avanzado... Mientras se acercaban a la cabaña, Kaoru temió el peor de los escenarios. Temió llegar y encontrar a Jun muerta, y Hiko... Era imposible que nadie pudiese hacerle nada a Hiko, ¿verdad...? Incluso eso llegó a dudar. Cuando vio a la pareja caminar hacia ellos sintió tanto alivio que empezó a llorar. Hiko cogió a su discípulo del brazo y lo llevó dentro, al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí. Kaoru no sabía qué le habría dicho, pero Kenshin ni siquiera había salido a cenar.
—No, no le hizo nada, pero le dio a entender que podría haberte matado; le dijo que te vio en el camino y Kenshin salió corriendo como un poseso.
Kaoru miró el contenido de su taza. Pensó que estaba muerta, otra vez, entendió. Se había cruzado con un hombre en el camino, pero llevaba un sombrero ancho y la vista baja; no había reconocido a Osamu-sama. Cuando Kenshin la alcanzó, abalanzándose sobre ella, vio auténtico terror en sus ojos. Mientras Jun la conducía al interior de la vivienda, hablándole para calmar su llanto, Kaoru se dio cuenta de que todavía sujetaba los esquejes en su mano derecha, con los nudillos blancos de tanto apretar el puño.
—Pero... ¿A qué vino? No lo entiendo.
—Dijo que quería hablar con Kenshin— explicó Hiko, dando un gran trago a su alforja de sake—. Parece que no tenía intención de matarlo, aunque su ki indicase todo lo contrario. Quería entregarle unas cosas de Ume, así que yo recogí la caja y se la di.
—¿Se la diste, sin más?— preguntó Kaoru, alarmada, mirando a Jun ante el silencio de Hiko. Jun, a su vez, miró a su prometido. — Pero... Puede haber algo horrible, ¡debías haber mirado dentro antes de dársela!
Hiko resopló, sentándose con ellas.
—Tranquilízate, Kaoru-chan. No cabía un samurai con una espada en esa caja.
—Hay cosas que dañan más que las espadas— replicó, mirándole con dureza. Hiko le sostuvo la mirada. Sus ojos, oscuros como la noche, la leían por dentro. No había secretos con él, pero no importaba. No tenía nada que ocultar.
—Déjale consigo mismo esta noche— dijo él, con firmeza. Kaoru iba a replicar, pero Hiko alzó la mano, acallándola—. Necesita estar solo. Es tarde para ir hasta el dojo Kamiya, así que dormirás con Jun.
—¿Y tú? —preguntó Kaoru, mirándole. Hiko sonrió, dando otro gran trago a su sake.
—Es una noche estupenda de verano para beber bajo las estrellas.
Antes de entrar con Jun en el dormitorio, Kaoru pasó frente a la puerta de madera de la habitación que todas esas semanas había compartido con Kenshin. Ella siempre la dejaba entreabierta y, sin embargo, ahora estaba cerrada. Se quedó un tiempo allí, esperando. Estoy aquí, dijo para sí, esperando que él pudiese sentirlo. Esperaré.
No me iré a ninguna parte.
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Se sentó en el gran alféizar interior de la cabaña, allí donde la luz de la luna podía bañarlo, iluminando su regazo. Sujetaba la caja de Osamu con ambas manos y sus ojos llevaban clavados en ella más tiempo del que habría deseado admitir.
"Osamu dijo que Ume había dejado una carta. Él no sabía nada de sus intenciones. En su habitación encontró esta caja y no supo que hacer con ella al ver lo que había dentro; pensó en quemarlo todo, pero entonces soñó con su hija. Ella le pidió que te lo trajera y también que te perdonase. Me dijo que lo segundo no podía hacerlo, no todavía, pero sí podía cumplir su otro deseo". Eso había dicho su shishou, con voz queda, mientras él intentaba recomponerse en la oscuridad de esa habitación que había contenido su ki herido durante aquellas horribles semanas. Se sentía... erosionado, como una vieja montaña. Sin embargo, una parte de sí mismo estaba en calma. Ume le había pedido a su padre, de alguna manera, que le diese aquella caja.
Ume...
Acarició los bordes de madera, evitando las astillas, y la abrió, oyendo la suave protesta de las bisagras oxidadas.
Miró dentro.
No había muchas cosas allí. Sacó la primera. Era un mechón de pelo... Un mechón de pelo rojo, atado con un pequeño lazo de terciopelo. No pudo evitar sonreír. Recordaba cómo ella se lo había cortado, tras perder la apuesta que hicieron el segundo día de los tres que ella y su padre pasaron visitándoles en la montaña de Hiko. "Lucha contra mí", había exigido una pequeña Ume, con gesto orgulloso, agitando un bokken demasiado grande para su tamaño. Kenshin, mayor que ella, se negó. "Te haré daño". "No podrías aunque quisieras", contestó ella, alzando la barbilla. "Bien. Si consigues cogerme un solo pelo, lucharemos", había dicho él, acordándose de uno de los macabros juegos de Hiko. Durante un rato fue divertido ver a aquella niña flacucha correr a su alrededor intentando saltar sobre su cabeza por el ansiado pelo; sin embargo, dejó de serlo cuando se dio cuenta de que ella no conocía el cansanció. Nunca se rendía, no desfallecía. Se lo cortó mientras bajaba la guardia, acercándose a unos arbustos y abriendo la hakama para expulsar de su cuerpo todo el sake que había bebido en la cena, al que no estaba acostumbrado. Ella apareció por detrás y, con un movimiento rápido, le cortó el mechón de la parte baja de la coleta. Había sido trampa, y por eso se negó a luchar contra ella, pero Ume lo conservó...
Lo conservó todo este tiempo, pensó, pasando los dedos por su propio cabello; parecía más claro, como si el de su cabeza se hubiese oscurecido con los años. Lo dejó a un lado y pasó al siguiente objeto. No tenía miedo. Era extraño, pero recordar a Ume no estaba siendo doloroso, sino de alguna manera... Liberador. Sacó una hoja de papel, doblada en dos y la abrió. Era una carta y al instante reconoció su propia letra. La última que escribió todavía viviendo con su shishou. La leyó sintiendo el corazón encogerse.
Querida Ume,
Recibí tu carta, y el dibujo de ese bloqueo de mi battojutsu. Se lo enseñé a shishou, pero me dijo que las técnicas se discuten con la espada en la mano, no con dibujos. Cuando vuelvas seguro que él te lo enseña. Yo no sé si seguiré aquí. Cada vez que bajo al pueblo a por provisiones no dejo de ver el dolor de la gente, cómo sufren la opresión y la crueldad del Shogun, también las mujeres y los niños. Y yo, mientras, aquí escondido. ¿Para qué sirve toda esta fuerza si no puedo salvar a esas personas de una vida desgraciada? Shishou me salvó a mí. Aquí cerca, en Choshu, algunos guerreros se han juntado para defender un nuevo mundo en el que no haya tanto dolor. Creo que yo podría contribuir a construir algo así. Sería maravilloso, ¿verdad?
Volveremos a vernos. Cuídate mucho,
Kenshin.
Cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza. Había pensado tantas veces en lo idiota que fue, en lo iluso... Pero era un niño, aunque no fuese consciente de ello. Ningún niño lo es, pero eso no lo había descubierto hasta mucho tiempo después, cuando ya no cabía la vuelta atrás. Luchó contra sus propias emociones para coger el tercer objeto.
Supo lo que era antes de volver el pedazo de papel. Tenía restos de sangre secos, sangre muy antigua. Era una hoja negra, con una inscripción en blanco. Un nombre: Osamu Riju y, junto a él, la palabra: TENCHU. Suspiró. Recordó el momento en que lo puso sobre el cuerpo de Riju, ya muerto. En ese instante, al agacharse a dejar el papel sobre su espalda y ver su coleta castaña, idéntica á la de Ume, decidió coger su katana para entregársela a su hermana. Había incumplido dos o tres juramentos del Ishin Shishi con esa acción, pero no lo pensó. No le importó. Dejó el pedazo de papel a un lado.
Solo quedaba una cosa en la caja. Una fotografía. La tomó entre sus dedos, sintiendo cómo el corazón le palpitaba muy deprisa. No había sido consciente de quién la hizo; de hecho, estaba seguro de que en aquel momento ignoraba incluso que pudiera existir algo que congelarse un momento para siempre, más allá del propio recuerdo. Pasó los dedos por el papel. Era la primera vez que veía su rostro desde... La primera vez en catorce años.
La fotografía mostraba un día de finales de verano; había más gente, pero el fotógrafo los enfocaba a ellos, que estaban cerca del río, cogidos de la mano. Él y Tomoe. Pasó los dedos por su cara, recordando sus facciones. De alguna manera se habían desdibujado en su mente; las recordaba, pero no siempre. Pasaba lo mismo con su voz. ¿Había sido más grave o más aguda? A veces creía que ella se desvanecía poco a poco, como un espejismo, o como las olas de una playa donde la marea va bajando. Volver a verla de nuevo, tal y como conseguía recordarla, no dolía. Era extraño... Era reconfortante poder mirarla, poder pronunciar su nombre sin sentir un vacío profundo; como si, de pronto, una herida terrible por fin hubiese sanado. Sonrió, deslizando los dedos por el pañuelo que ella llevaba en el cuello. En la fotografía él era poco más que un niño; no recordaba haber sido tan joven entonces. Tenía una gigantesca sonrisa que le ocupaba toda la cara.
En medio de tanta muerte, él sonreía.
Su mano derecha cogía la de Tomoe, entrelazando sus dedos, mientras la izquierda sujetaba un cesto de mimbre. No se veía su contenido, pero lo recordaba a la perfección; eran dos docenas de huevos, una alforja de sake y algo de arroz. Él la miraba, pero ella perdía sus ojos en el infinito, con expresión tranquila. Se acordaba perfectamente de ese día y del motivo de su estúpida sonrisa. La noche anterior habían hecho el amor por primera vez, y había sido... Torpe, pensó. Errático, poco sexual y, al mismo tiempo, terriblemente dulce. Después durmieron juntos, aunque él estuvo toda la noche despierto, pensando en si de algún modo había ganado el derecho a acariciar su espalda desnuda o si debería esperar a que se despertase para pedírselo. Al día siguiente fueron al mercado y el la cogió de la mano, porque le apetecía, sin preguntarle nada. Alguien hizo esa foto y, por algún motivo, Ume la guardaba. Ahora empezaba a verlo. Su rechazo le hizo más daño del que jamás había imaginado.
Metió lentamente todo en la caja, salvo la fotografía; la dejó en su regazo y apoyó la cabeza contra la pared de la ventana, cansado. Había perdido el control en el bosque, cuando vio a Kaoru en el suelo y ahora ella no estaba allí. ¿Habría vuelto al dojo? Antes de todo aquello, le dijo que estaba prometida con Hideki. ¿Y ahora? ¿En qué punto estaba ahora? Miró la pared donde habían dormido las últimas semanas.
El mundo giraba rápido y él sentía el estómago en la boca. Miró la fotografía en su mano, fijándose en su propia sonrisa; su estúpida sonrisa de enamorado. Durante todos esos años había pedido perdón a Tomoe de todas las formas posibles; se lo había pedido en cada vida que arrancó antes de acabar la guerra; en cada persona a la que ayudó después, siendo un rurouni; en cada día que se mantuvo fiel a su recuerdo. Se lo pidió también cuando empezó a darse cuenta de que donde antes había un dolor imposible de soportar, empezaba a aparecer una cicatriz. Donde sólo había frío, había comenzado, unos meses atrás, a volver el calor.
Kaoru, pensó, cerrando los ojos.
Aquella noche, después de catorce años, con el corazón otra vez descongelado y unas ganas de vivir más grandes que el miedo, tan feroces que hasta le mareaban, miró otra vez la fotografía y una sola palabra afloró en sus labios.
Gracias.
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—Es mejor que yo hable con ella a solas. La conozco, no entenderá que nos presentemos allí los dos y...
—También es mi obligación.
Misao resopló, agitando la cabeza en dirección a Hideki. Pasó la vista por su cabello revuelto, sus ojos oscuros, sus mejillas sonrosadas. Tenía las pestañas muy largas y, en ocasiones, cuando la besaba le hacían cosquillas en las mejillas. Tragó saliva. ¿En qué momento había perdido el control de la situación?
—No, no es tu obligación. No llegasteis a estar oficialmente prometidos; sin embargo, es mi amiga.
Se levantó del futón y empezó a vestirse, sin mirarle. No sabía bien cómo lo haría, qué palabras emplearía. "Kaoru, disculpa, pero mientras Himura y tú superábais un trauma terrible, yo me fui con tu ex prometido a Kioto y me pasé un mes metida en su cama". Mierda. Por otro lado, ¿qué podría importarle a ella? Ni siquiera le había escrito una mísera carta en ese tiempo. No sabía qué le daba más rabia, si sentirse culpable consigo misma o si ser consciente de que Hideki todavía estaba enamorado de Kaoru.
Y tú de Aoshi, baka.
No. Ella era un río y por fin había encontrado una corriente cálida en la que fluir. No pensaba volver atrás. Hideki tocó su espalda. Sus dedos eran suaves y recorrió con ellos su columna.
—Misao— susurró, con voz ronca—. Kaoru no irá al dojo a dormir. Quédate conmigo.
—No puedo— contestó, resoplando—. Yahiko estará esperando, creerá que me ha pasado algo, seguramente tenga sospechas si llego a...
—Di que estuviste con Megumi— susurró él en su oído; sus manos, decididas, bajaron por su abdomen.
Mierda, mierda, mierda.
—Hideki, vamos a ir al infierno— dijo, girándose y dejando que él la derribase sobre sí mismo. Le vio reír y respondió a su risa. Era contagiosa, tan llena de vida, tan vacía de oscuridad. No pudo evitar sonrojarse y él aprovechó ese instante para atrapar sus labios y besarla con fuerza.
Kaoru tendría que esperar.
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Despuntaba la madrugada; todavía no había amanecido. Kaoru suspiró mientras abría la puerta con cuidado, sin llamar antes. Le había costado mucho escabullirse del lado de Jun y mucho más caminar por el pasillo descalza, de puntillas, sabiendo que un paso mal dado o una madera ligeramente suelta y Hiko aparecería frente a ella mandándola de vuelta al dormitorio, como a una niña traviesa.
Sin pensar, entró.
Había imaginado que lo encontraría durmiendo y, en verdad, solo quería comprobar que estuviese allí, en el lugar que habían compartido durante esas semanas. Sin embargo, Kenshin estaba sentado en el grueso alféizar interno de la ventana, con el rostro parcialmente oculto tras el flequillo rojo y la luz de la luna bañándole. Dejó la puerta entreabierta y él alzó la vista.
Está despierto.
—Kenshin— murmuró, sorprendida—. Siento no haber llamado. E-estaba preocupada. No quise...
Él seguía mirándola; al final sonrió con suavidad.
—No os preocupéis; estaba despierto.
Kaoru se fijó en la caja que reposaba en su regazo, entre sus manos. Era de madera, pequeña, con los bordes algo redondeados como si hubiese sido bien trabajada por un carpintero. Kenshin deslizó la vista hacia abajo, otra vez leyendo sus pensamientos. Baka, se dijo Kaoru, notando frío en las manos. Hiko te dijo que le dejases en paz, que necesitaba estar solo.
Caminó hacia atrás, buscando a tientas la puerta de madera, sin perder la sonrisa.
—No quería interrumpirte, perdóname. Te dejo solo.
Se dispuso a salir cuando oyó su voz, suave, calmada, completamente distinta a la del hombre que esa tarde había agarrado su cara al borde de la locura.
—Sessha preferiría que os quedaseis.
Alzó la vista, sorprendida, con los ojos muy abiertos. Él volvió a sonreír y se movió en el alféizar, sentándose de un modo distinto, en un lateral haciéndole un hueco. Kaoru, sin decir nada, caminó hacia allí y se sentó a su lado, dejando un poco de distancia entre ellos... Kenshin se movió de nuevo hasta que sus piernas y brazos quedaron totalmente pegados, como habían dormido todas aquellas noches. Ella bajó la vista, sonrojada; miró sus manos, que sujetaban la caja de madera, iluminada por la ténue luz de la luna. Cuando Kaoru estaba ya acomodada, él la abrió.
—Kenshin, no tienes que...
—Sessha lo sabe, Kaoru-dono— le cortó él, sacando... ¿Un pedazo de cabello rojo? —. Pero quiere hacerlo.
Lo sostuvo en su mano abierta y después se lo tendió. Kaoru lo examinó; más que rojo, pensó, era naranja. Entonces él, con palabras tranquilas, le contó la historia de cómo Ume, siendo una niña, se lo había cortado para ganar la posibilidad de luchar. Cuando terminó de hablar ella se atrevió a acariciar con sus dedos el mechón.
—¡Qué suave! — exclamó, maravillada, sin pensar—. ¡Es como un gatito! —. En cuanto fue consciente de lo que había dicho se sonrojó como nunca en su vida. Oh, Kami. Baka, baka, baka. Sin embargo, Kenshin soltó una risa tan sincera que la agitó por dentro, llegándole hasta los huesos. Ignorando la emoción que sentía, miró hacia la puerta, nerviosa—. Shhh, Kenshin. Hiko nos va a pillar.
Él levantó una ceja, sonriendo con gesto divertido.
—¿Estamos haciendo algo malo?
Otra vez se sonrojó. Mierda, Kaoru, mierda. Sin decir nada más, Kenshin sacó el segundo objeto; era una carta. Se la tendió.
—¿Seguro que...? — empezó ella, mirándole a los ojos; seguía notando el rubor en su rostro.
—Sí.
La leyó en silencio, sintiendo cómo cada palabra le encogía un poco más el corazón. Era como si, de alguna manera, estuviese abriendo una puerta al pasado de Kenshin y asomándose, topándose con el adolescente idealista hasta la médula. Casi podía sentir la inocente esperanza que latía en cada kanji. Era extraño. Ella misma podría haber escrito aquello. Si yo hubiese nacido en su época, si yo hubiese sido él... pensó, con el corazón golpeando fuerte en su pecho. Si yo hubiese sido él... No podía imaginarlo. No podía imaginarse matando a nadie.
—Querías protegerles— dijo, en voz baja. Kenshin cogió la carta con suavidad, comenzando a doblarla.
—"Querías salvar a todos y acabaste dándote un baño de sangre"; eso fue lo que dijo shishou.
—Si no lo hubieses hecho, tal vez nunca habría llegado la nueva Era— replicó Kaoru, buscando sus ojos—. Tal vez no estaríamos aquí.
Kenshin la miró. Durante un instante le pareció ver algo en sus ojos, algo distinto. Podía ser... ¿paz? ¿agradecimiento? Sin embargo duró un instante, demasiado rápido para averiguarlo. Bajó la cabeza, sonriendo levemente mientras dejaba a carta a un lado y sacaba de la caja una pequeña hoja de papel negro.
—Tenchu— repitió ella tras oír la historia, sintiendo un escalofrío. Recordó otra palabra, otra idea parecida y al mismo tiempo opuesta. Jinchuu. Sintió frío. A su lado, Kenshin suspiró.
—Decíamos impartir justicia en lugar de los dioses— murmuró, trazando con el dedo el kanji.
—Creías hacer lo correcto. Eran... otros tiempos— contestó Kaoru, tragándose sus emociones. El rostro de Enishi, lleno de dolor, volvió a su mente. Nunca podría olvidar aquellos días. Se alegró de no haber tenido que vivir la época de Kenshin; se alegró, como nunca antes, de haberle conocido después, en la nueva Era. Kenshin asintió mientras sus dedos se posaban en el fondo de la caja de madera y se detenían allí, como si se hubiese quedado paralizado de pronto. Había algo, un papel más grueso, quizás...
—Kaoru-dono— susurró, cogiendo con su mano derecha lo que parecía una fotografía. Kaoru había visto pocas en su vida; todavía era un bien muy valioso, solo al alcance de unos pocos. Había algo inscrito detrás. Otsu, 1865, creyó leer. El corazón le dio un vuelco; le miró a los ojos y vio que él también la estaba mirando—. ¿Queréis conocer a Tomoe?
Siempre le había gustado mucho la forma de los ojos de Kenshin; rasgados, aunque más grandes de lo normal, de un color cambiante, más oscuros cuando se enfadaba o cuando sentía ira y tremendamente claros cuando estaba triste. Ahora brillaban con fuerza, sinceros, transparentes. Estaba esperando. Ella sonrió, convencida, poniendo una mano sobre la de él, que sujetaba la fotografía.
—Me gustaría mucho, Kenshin.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que él había estado conteniendo la respiración. Le sintió recuperarla lentamente mientras le tendía la imagen. Kaoru la cogió. Lo primero que le llamó la atención fue la juventud de Kenshin. Era solo un niño, pensó, sorprendida. Aunque sabía que en esa fotografía no tendría más de quince años, no le parecía mucho mayor que Yahiko, quizás por el aspecto infantil de su rostro, o por sus rasgos suaves. Tampoco parecía ese demonio rojo del que hablaban las leyendas... Llevaba el cabello largo recogido en una coleta, pero en vez de atársela en la nuca, como ahora, se la hacía alta. La foto estaba hecha a media distancia, pero podía apreciarse la media cicatriz de su mejilla; entonces sería reciente. Después sus ojos se deslizaron hasta Tomoe. Llevaba un kimono y un chal, aunque en blanco y negro no podía apreciar los colores, parecían claros, en contraposición con las ropas oscuras de Kenshin. Los dos iban cogidos de la mano y Kenshin llevaba una cesta, como cuando iban al mercado en Tokio. Él sonreía de una manera infantil, alegre y despreocupada. Nunca le había visto ese gesto; era... grandioso. Cómo no iba ella a enamorarse. Se fijó en el rostro de Tomoe, en sus ojos, en su nariz pequeña, en sus labios finos y perfectos. Su gesto era serio... No, no estaba seria. Estaba... tranquila. Pasó los dedos por la imagen, despacio.
—Era... preciosa— susurró, casi sin darse cuenta de que no hablaba para sí. A su lado Kenshin sonrió; sonrió de verdad, con una dulzura imposible, solo para ella. Se sonrojó—. ¿Recuerdas... el sueño del que te hablé, hace semanas? Soñé con ella, con Tomoe-san. Estaba en un camino, con flores... M-me contó una historia de una estrella. Una historia que tú me contaste y que también me contó Hiko, pero la de ella era distinta—. Kenshin la miraba, genuinamente sorprendido—. Tomoe-san no la llamó estrella rurouni, sino estrella...
—...samurai— susurró Kenshin, sin dejar de mirarla. Kaoru asintió—. Sessha le contó a ella esa historia... Una historia que antes había oído de shishou.
—La de ella era menos triste; la estrella no era malvada, solo... se había perdido un poco del camino; pero no me contó el final— dijo Kaoru, mirando la fotografía—. Creo... Quizás entonces me desperté, aunque no lo recuerdo.
—No— dijo Kenshin, sonriendo—. No os lo contó porque ella no podía saberlo.
—¿No se lo contaste? — preguntó, frunciendo el ceño. Kenshin cogió la fotografía de su mano y la miró.
—Sí, pero no le gustó. Me dijo que estaba equivocado, que ese no era el final de la historia—. Kaoru le miró, siendo consciente de que había olvidado usar el sessha—. Dijo que el final de la historia lo tendría que encontrar la estrella samurai.
—¿Y ya lo encontró? — preguntó Kaoru, casi en un susurro. Kenshin bajó la mirada, metiendo la fotografía con el resto de las cosas en la caja y después cerrándola.
—Sí.
Kaoru sentía el corazón rebentándole dentro del pecho. Entonces él se levantó, dejando la caja en el alféizar y caminó hacia la pared que había compartido. Se sentó allí, colocando tras su espalda la manta y miró a Kaoru. Ella fue hasta allí y se sentó a su lado; Kenshin extendió la manta detrás de ambos y ladeó la cabeza, apoyándola suavemente contra su pelo. Kami, espero que no pueda oír mi corazón.
—Kaoru-dono— dijo él, en un susurro; Kaoru volvió la vista hacia su rostro y vio que tenía los ojos cerrados—. Oyasuminasai de gozaru.
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Nunca había imaginado que una boda conllevase tal cantidad de preparativos. Jun aparecía cuatro o cinco veces al día para preguntarle cosas aleatorias; flores, comida, invitados, ropa... Ropa. Él había insinuado la posibilidad de acudir a la ceremonia con su capa, atuendo de maestro, pero la mirada fulminante de Jun había sido suficiente. Resopló, sosteniendo la espada ante sí. ¿Cuándo había perdido el control de todo aquello?
—¿A qué estás esperando?
—No voy a atacar.
Hiko suspiró y, sin mediar palabra, se lanzó contra él. Kenshin detuvo el ataque con un bloqueo muy básico, de modo que, como castigo, Hiko le dio una patada que lo lanzó a tres metros de distancia. Cayó con elegancia; eso sí parecía haberlo aprendido.
—¿Vas a seguir usando las técnicas cutres de cuando todavía te meabas encima?
—Ya te he dicho que hoy tengo que darme prisa— replicó Kenshin, incorporándose y sacudiéndose la hakama.
—Llevas aquí casi dos meses y ahora te entran las prisas. Ya te he dicho que me pagarás tus gastos así.
Kenshin agitó la cabeza.
—Me dijiste que podría pagarlo trabajando en el huerto, y después en el torno...
—Pues ahora será con la espada. No puedo dejar que vayas por el mundo así de verde. ¿Quieres seguir mancillando el nombre de nuestro estilo hasta el fin de los tiempos?
Él miró la sakabatou.
—No tengo pensado volver a usar nuestro estilo si puedo evitarlo.
—No podrás evitarlo para siempre. Si atacan a tu mujer ¿piensas defenderla lanzando tomates a tus enemigos? —. Kenshin le dedicó una mirada de odio que le hizo reír; no podía mantener un aspecto serio con ese rostro infantil, era imposible—Venga; soy yo quien no tengo todo el día.
—¿Problemas de alcoba, shishou? —. Hiko le miró, frunciendo el ceño. ¿De veras estaba riéndose de él, el imbécil de su discípulo?
—Esos que tú jamás tendrás, baka— le atacó y Kenshin le bloqueó, esta vez con una técnica más avanzada. Cruzaron espadas dos y tres veces, hasta que Hiko volvió a alejarle de un golpe en el estómago. Parecía que volvía a despertar, por fin—. ¿No piensas compensaré a Kaoru-chan lo que te ha aguantado todo este tiempo? ¿O vas a dejar que la pobre siga virgen hasta el final de los días? Qué desperdicio. No te eduqué para esto.
Vio cómo su estúpido discípulo se sonrojaba hasta la raíz del pelo.
—No estamos casados— contestó, tan bajo que casi no le oyó. Soltó una carcajada.
—Tampoco yo estoy casado con Jun, ¿qué mierda de argumento es ese? — replicó Hiko—. Venga, no tienes de qué temer, baka. Son muchos años de sequía, pero ella no tiene con qué comparar. Podrás ser torpe con absoluta impunidad, que no se dará cuenta—. Kenshin bufó y le atacó; todavía no había recuperado la movilidad de su mano derecha, no la que solía tener, pero ya empezaba a volver a su ser como espadachín. Bien. Su espíritu volvía a arder, tal y como él lo había conocido siendo un niño. Aunque no lo habría reconocido jamás en voz alta, no dejaba de maravillarle su capacidad de reconstruirse una y otra vez. Otras almas se habían dejado marchitar por mucho menos. Hiko detuvo su ataque con facilidad y le mandó de otra patada contra un árbol—. ¿Estás muerto de miedo, verdad? ¿Por qué, si sabes que te está esperando?
Kenshin bajó la espada.
—Estuvo prometida con Fujame-san; quizás todavía lo esté.
Hiko puso los ojos en blanco mientras envainaba su katana. Su discípulo era absolutamente idiota, no había nada que hacer para remediarlo.
—¿Cuántas prometidas conoces que pasen las noches con otro hombre? —. Kenshin frunció el ceño, envainando también su sakabatou y acercándose a su shishou, que le tendió la alforja con sake.
—Antes de... Antes de estas semanas, ella dormía con él.
Hiko le miró durante unos segundos, observando su gesto al beber. Educado, contenido. Tonto de remate.
—Ella dormía aquí, baka—. Kenshin le miró sin entender—. No te enteras de nada, por los dioses. Yo la estuve entrenando para el examen.
—¿Qué?
—Ya lo has oído. Necesitaba mi ayuda y se la di; sabes que soy un hombre generoso y desinteresado en lo que a compartir mi sabiduría se refiere.
Kenshin se acercó más a él, mostrando su enfado. Incluso así tenía un aspecto entrañable, pensó Hiko.
—¿Cómo pudiste, shishou? Ella no es... Ella no...
—Ella es espadachín, baka. Y es buena, por cierto. Lástima que no la hubiese encontrado a ella cavando tumbas; quizás habría sacado mejor provecho a mis enseñanzas—. Kenshin le miraba, incrédulo—. Además, si no fuese por lo que yo le enseñé, Osamu-sama la habría matado. ¿Te has fijado en su mano?
Vio cómo su discípulo a sentía con la cabeza, en un gesto que mostraba su dolor. Todavía no estaba preparado para pensar en aquel combate. Sin embargo...
—Osamu-sama lanzó un golpe a cote; son ataques difíciles de defender en un combate real si no mantienes un buen kamae. Nuestro estilo... incide mucho en ese tipo de defensas basadas en la posición.
Hiko asintió, orgulloso. No le había enseñado tan mal, después de todo.
—El caso... — empezó, avanzando hacia la cabaña. Kenshin le seguía; estaba embadurnado de tierra, barro y hierba, de todas las veces que le había pateado y derribado, y alguno de los cortes de su brazo parecía que volvía a sangrar levemente, pero pese a todo, su ki brillaba—... es que Kaoru no durmió con Hideki. Dormía aquí. No sé qué te contó ella, pero tú sabes la verdad. Es hora de que dejes de arrastrarte por esta nueva Era que construíste asesinando y empieces a honrar todos esos cadáveres que dejaste atrás de la única manera en que puedes hacerlo: viviendo una vida que merezca la pena ser vivida. Y ahora déjame en paz. Tengo una prometida deseosa de torturarme con algo llamado arreglos florales.
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No podía creer lo que acababa de ver. En su propia casa, en su propia habitación.
En mi propio futón.
—¡Kaoru, espera! — había gritado Misao, corriendo tras ella. Kaoru la apartó de un manotazo.
—¡Déjame, Misao!
—Espera, por favor— insistió ella, enroscada de mala manera en su yukata. Su yukata. Kaoru la miró con rabia.
—Esto... Esto es... ¿Cuánto tiempo?
Misao bajó la mirada en claro gesto de arrepentimiento. Kaoru supo el significado de aquella expresión, pero aún así ella contestó.
—Desde lo de Ume.
¿Desde...?
—Déjame, Misao. Hablaremos cuando me calme, o te daré una paliza.
—¡Kaoru! — gritó Misao, saliendo de esa guisa a la puerta del dojo mientras Kaoru se alejaba, apretando los puños—. ¡No tienes derecho a ponerte así!
Esa última frase era la que había provocado su estallido de furia. Se giró, caminó hacia ella y le dio una bofetada en la cara. Misao se quedó de piedra, con los ojos muy abiertos, inmóvil.
—Me has mentido.
Lloró todo el camino, hasta llegar a la cabaña de Hiko. Le dolía y no podía explicar exactamente el motivo, pero estaba segura de que Misao le había fallado. Era como una hermana, como una más de su familia... Cuando se encontró a Kenshin en la puerta, esperando para ir con ella al santuario, como habían acordado a mediodía, no pudo dejar de sollozar. Él le preguntó si estaba bien y Kaoru le aclaró que no diría nada. Sin embargo, a medio camino, comenzó a hablar y no paró hasta llegar al lugar de sus rezos. Kenshin escuchó en silencio, mirándola de vez en cuando, dando muestras de que prestaba toda su atención. Al llegar al santuario se detuvo un poco más atrás que ella.
—¿Queréis que entremos o preferís hablar un rato más? — preguntó, con voz suave. Kaoru se secó las lágrimas con la manga del kimono.
—No, no. Vamos a entrar. No quiero que se haga tarde—. Kenshin asintió y entró tras ella en el santuario. Se pusieron de rodillas y empezaron a rezar; Kaoru intentaba serenar su corazón, pero estaba demasiado alterada. Se levantó antes de lo normal y salió; Kenshin fue tras ella y se sentó a su lado, en las escaleras de madera que daban acceso a aquel pequeño lugar—. Yo... Sumimasen, Kenshin. No es... No es que me moleste que ella esté con Hideki... Es... Es la mentira, ¿sabes? Yo quiero que Misao sea feliz. Pero ¿por qué me lo ha ocultado?
Kenshin miraba sus manos, pensativo.
—Tal vez no supiera cómo contároslo— dijo con calma.
—Sólo tenía que decirme la verdad. Cuando pasó lo de Ume... Ese día estuvo con él.
—Kaoru-dono, si vos... Si os sentís así porque tenéis dudas...
—No— le cortó, mirándole a los ojos—. No tengo ninguna duda, Kenshin, ¿me oyes? Ninguna. Voy a volver contigo a casa, a nuestra casa. Voy a estar contigo, si tú quieres. Si tú... Si no... Si no quieres, pues envejeceremos juntos como amigos. Y si encuentras una mujer por ahí, pues yo la aceptaré, y si es buena persona... y si sabe cocinar... entonces nosotras...
Kenshin estaba riéndose y eso le pareció bastante mal. ¿Es que no veía que hablaba en serio? Frunció el ceño, preparada para decirle cualquier cosa, pero él habló antes.
—Volvamos a casa— susurró, levantándose y tendiéndole la mano. Kaoru, sin pensarlo, la cogió y se puso en pie; Kenshin, con un gesto suave, entrelaza sus dedos con los de ella. Fue un gesto que sintió tan íntimo que no pudo evitar sonrojarse hasta perder el habla. Caminaron juntos de la mano todo el camino de vuelta hasta la cabaña. Poco antes de llegar Kenshin se detuvo un momento y miró hacia el cielo. Las estrellas comenzaban a poblarlo, como cada noche. Le vio suspirar a su lado—. Hace unas semanas dijisteis que sessha no tenía sueños.
—No quise decir eso, Kenshin; estaba enfadada y...
—No— le cortó él, acariciándole los nudillos con el pulgar. Ese gesto fue suficiente para que Kaoru volviese a quedarse muda—. Fue así desde el fin de la guerra. Sin embargo, desde... Sessha no sabe exactamente desde cuándo, pero hace tiempo que este... Este era uno de esos sueños.
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Abi Taisho, muchas gracias por tus palabras, intento plasmar la evolución de los personajes, aunque a veces no me quedo contenta con el resultado porque siento que debería ser todo más pausado. Sin embargo, no puedo hacer un fic de 500 folios jeje un abrazo!
kaoruca, gracias, como siempre, por tu review. Me está costando darle forma a estos últimos capítulos, que en el fic original eran un poco desastre, sin extenderme infinito pero sin darle tampoco un cierre brusco. Me muevo mejor en el drama que en las partes felices XD pero espero que todo vaya encajando. Un abrazo y espero que sigas bien. PD- Sigo manteniendo en pie que me gustaría leer algo de lo que estás escribiendo. Tengo pendiente echarle un vistazo a tus incursiones en los fic, aunque me digas que no son una maravilla, sigo queriendo leerlas, soy una devoradora de todo lo que tenga que ver con Rurouni Kenshin y viendo lo bien que lees a los personajes, seguro que me gusta. ¡A ver si acabo para dedicarme un poco a leer! Otro abrazo.
Kaoru Tanuki, Osamu siempre viene a tocar las narices jeje Ya le tengo como malvado comodín xD Estoy intentando darle forma a estar parte del viejo fic que era un poco cutre, espero que me quede algo decente y bonito tirando a la esperanza, que es el mensaje del manga en definitiva. Un abrazo y cuídate mucho!
