¡Hola! Espero que os encontréis bien. Subo un capítulo no muy largo pero intenso. No sé si faltará uno o dos más, pero estamos llegando al final. Gracias por todas vuestras review, las contesto abajo. Os las agradezco, os agradezco también la inmensa paciencia con mi historia más lenta que Kenshin y con tantos errores y cosillas sueltas que espero corregir más adelante. Siempre tengo en cuenta todo lo que me comentáis; gracias a todas, especialmente a quienes estáis ahí cada día; espero que os guste.
¡Un abrazo enorme!
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Misao suspiró, sentada en el camino, sobre una pequeña piedra. Dormiría allí si era necesario, pero tenía que hablar con Kaoru.
El día anterior había sido un completo despropósito. Ella estaba en el dojo Kamiya, limpiando los restos de la cena; los demás se habían marchado y Yahiko hacía tiempo que roncaba tras su pared de shoji. Fue entonces cuando sintió un pequeño ruido en la puerta. Se quedó inmóvil por si el niño se levantaba, pero pronto comprobó que seguía durmiendo.
Menos mal que no está solo y menos mal que no son atacantes, pensó mientras abría el portón a Hideki. Le recibió con las manos en las caderas y el ceño fruncido.
—¿Qué haces aquí a estas horas? — susurró, enfadada, intentando contenerse. Hideki la miró a los ojos mientras entraba y entornaba la puerta tras de sí.
—Venía a verte. No pasaste hoy por mi dojo.
—Todo es complicado aquí— contestó, llevándose las manos a la cara.
—¿Has hablado ya con Kaoru?
Kaoru, por supuesto. Eso es lo que le importa.
—No, no he tenido la oportunidad. Te dije que nos veríamos mañana.
Él suspiró, cogiéndola de la mano.
—Misao, no me siento bien así. Yo también estoy en esto; no puedes cargar con ello tu sola y no quiero que...
—Ya sé que es cosa de los dos— le cortó, soltándose suavemente y haciéndole una señal para que bajase la voz—, pero Kaoru es mi amiga antes siquiera de conocerte y quiero que sepa todo esto por mí, directamente por mí.
Él abrió la boca para replicar, cuando un sonido del interior de la casa les hizo detenerse en seco. Era una voz somnolienta que procedía de la engawa.
—¿Quién anda ahí? ¿Misao, estás despierta?
Ella abrió los ojos, alarmada. Yahiko aparecería en pocos segundos y era noche cerrada, ¿cómo podría explicar la presencia de Hideki? Tiró de él hacia un lado y lo empujó tras los arbustos.
—Soy yo, Yahiko; encontré un gato y le estaba... dejando algo de comer. Vuelve a dormir— dijo en cuanto le vio, con el pelo revuelto y frotándose los ojos. La miró durante un instante.
—¿Seguro que está todo bien?
—Claro, baka. Vete a dormir.
Asintió con la cabeza y volvió al dormitorio. Misao se giró y miró hacia abajo, hacia Hideki... ¡Kami-sama!
—¿Pero qué narices te ha pasado? — exclamó, tirando de él hacia arriba del brazo. Tenía una herida en la frente que sangraba lo bastante como para preocuparse.
—M-me... Me he golpeado con algo al caer.
Misao miró otra vez hacia la engawa.
Mierda.
Le agarró del brazo y le llevó dentro, al dormitorio que compartía con Kaoru. En silencio, para no despartar a Yahiko, le lavó la herida y le puso un poco del ungüento de Megumi que Kenshin todavía guardaba en su dormitorio. Era tarde y Hideki tenía el gi manchado de sangre; todo parecía ir del revés.
—Quédate aquí esta noche— dijo ella, sin estar segura. Si se iba antes de que Yahiko se despertase, nadie se enteraría, aunque... Sin esperar a que contestase, extendió el futón de Kaoru junto al suyo, para dormir más cómodos. Hideki manifestó algunas protestas, pero casi a la fuerza le obligó a meterse entre las sábanas. Ella se acostó en el otro futón, muy juntos y cogió su mano.
—¿Estás enfadada? — susurró él entonces. Misao tenía los ojos cerrados.
—Duérmete.
—¿Es algo que he hecho? — preguntó Hideki, acariciando su mano.
—Hideki, te he dicho que te duermas.
—Misao, no voy a dormirme antes de que contestes— replicó él, imitando su tono de voz.
—Pues no voy a contestar.
—Pues tendré que convencerte.
Tiró de su mano hacia él y cuando la tuvo suficientemente cerca, la besó despacio, forzándola a abrir un poco los labios para recibir su cálida lengua. Misao se separó, respirando sobresaltada.
—¿Qué estás haciendo? — susurró, con los ojos muy abiertos. Hideki volvió a tirar hacia sí de su mano.
—Besarte— dijo, contra su boca, mordiéndole el labio con dulzura. Misao volvió a separarse.
—Estamos en el futón de Kaoru.
—Entonces dime qué he hecho para que estés enfadada— replicó, levantando una ceja. Misao resopló.
—Déjame dormir.
—No.
La besó otra vez, y cuando intentó apartarse, la besó más fuerte. Cuando se dio cuenta él había abandonado su futón y estaban los dos en el de Kaoru, Hideki sobre Misao, con sus manos perdiéndose bajo la yukata. La yukata que Kaoru también le había prestado. Se dio cuenta de que era una pésima idea, probablemente la más absurda de su vida.
—Hideki, esto no... — empezó, cuando la puerta de shoji se abrió de par en par.
Kaoru.
Mierda.
Las cosas no podían ir peor para Misao. Era mediodía y, en el camino de Tokio hacia el bosque, lo único que le hacía compañía era un ejército de terribles mosquitos.
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Kaoru apenas había dormido la noche anterior. Sentía la respiración pausada de Kenshin cerca de su oreja y su peso suavemente apoyado en su hombro. Estaba deseando volver al dojo, volver a sus entrenamientos normales con Yahiko, con su ropa recién lavada... Kenshin siempre le echaba una ramita de lavanda para que oliese de esa manera tan... Tan suya, pensó. Algunas veces pensó en preguntarle quién se lo había enseñado. No vio que Hiko lo hiciese, así que tuvo que aprenderlo después, quizás de Tomoe, o quizás de su largo vagar por Japón. También extrañaba a Sanosuke, siempre apareciendo misteriosamente a la hora de la cena, haciéndose el sorprendido; y a Megumi, con sus comentarios afilados y su caída de pestañas siempre dirigida a Kenshin, con el único objeto de fastidiarla... Y él... Fregando todo día y noche, hasta que el dojo entero olía a vinagre y limón y sus manos estaban enrojecidas y agrietadas y su mirada más limpia, su ki más brillante.
Pero, por otro lado, en la cabaña de Hiko estaba esto. Esto que, sin nombre ni descripción ni tampoco fecha, era lo más real que había tenido jamás. Kaoru sentía que estaba en una burbuja y que, en cuanto rebentase, despertaría. No estaba segura de poder volver a acostumbrarse a dormir lejos de él, aunque lejos significase solamente tras la pared de al lado. Sin embargo, ya le había dicho todo. No quedaba nada más que aceptar el rumbo de los acontecimientos, fuese cual fuese.
La falta de sueño había hecho el día excesivamente largo. Por la mañana preparó pan y después acompañó a Jun al mercado; ella compró salmón, un lujo que pocas veces se podían permitir, pero sabía que ya volvían al dojo y quería dedicarles una buena despedida. Durante el camino de vuelta le confesó a Jun su disgusto con Misao, aunque evitó dar detalles de cómo la había encontrado con Hideki en su futón; Jun, aun no teniendo más años que Kenshin, era una señora y Kaoru no tenía claro poder seleccionar las palabras adecuadas y mucho menos decirlas en voz alta sin ponerse roja de la cabeza a los pies.
—... pero lo que me molesta no es que esté con él, sino que no me lo haya contado.
—¿Y por qué es tan importante que te lo cuente, Kaoru-chan?
La voz de Jun era suave como un arruyo; de alguna manera, en esa calma que la rodeaba, la encontraba parecida a Kenshin. Es totalmente opuesta a Hiko, pensó. Donde él era pasión e intensidad, ella era suavidad, tranquilidad, dulzura.
—Pues... Es lo que hacen las amigas.
—¿Tú se lo contarías? — preguntó entonces, cogiéndola del brazo. Kaoru miró hacia el camino, cansada. Le pesaban todos los músculos del cuerpo, sobre todo los de la espalda. Tal vez aún podría pedirle a Jun uno de esos masajes antes de volver al dojo. Al dojo, a mi futón... Kami, mi futón.
Tendré que comprar uno nuevo, pensó, asqueada.
Le era imposible imaginarse como protagonista de una situación así, con un hombre con el que no le unía nada haciendo el amor a escondidas, recorriendo futones ajenos sin ningún tipo de reparo.
—Es que no me imagino viviendo así, como... amantes— dijo, siendo consciente al momento de que parecía idiota. Jun soltó una risa que sonó celestial y ella se sonrojó.
—Yo pensaba como tú— comentó, acariciándole la manga del gi, con la vista perdida en el infinito, sin dejar de caminar—... hasta conocer a Hiko.
—¿Te convenció de estar juntos de esa... manera? — preguntó Kaoru, mirándola. Jun le dedicó una sonrisa brillante— ¿Cómo? ¿Qué te dijo?
—No dijo nada, Kaoru-chan; no hizo falta. Nos conocimos el año pasado, cuando mi hermana mayor, Sora, se interesó por él al verle comprar pinturas para arcilla; ella hace cerámica, unas piezas preciosas con sus propias manos. Siempre se negó a casarse, es un espíritu libre, y se enamoró de Hiko perdidamente. Lo mismo que yo. Cuando venía a buscar a Sora siempre tenía unas palabras para mí, me buscaba, me sonreía... Yo no tenía ninguna experiencia en estas cosas.
—¿No tuviste ningún pretendiente antes? — preguntó Kaoru, completamente abrumada. ¿Cómo era posible que una mujer como Jun, hermosa, inteligente, elegante... no tuviese una fila de hombres esperando por ella?
—Sí, tuve algunos cuando tenía tu edad, pero no eran suficientemente buenos para mi padre; ya sabes, el honor de los samurai—. Kaoru asintió con la cabeza—. Yo creía que Hiko solo era amable conmigo, pero que estaba interesado en mi hermana; al fin y al cabo, la estaba cortejando. O eso creía yo. Un día me invitó a dar un paseo; me pareció que sería algo inofensivo, así que acepté. Fue algo breve, pero me contó todo; me dijo que era maestro de kenjutsu, que vivía solo en la montaña, cerca de Kioto. Y me pidió que me fuese con él. Fue... una locura.
—¿Te lo pidió así, sin más? ¿No te habló de casaros?
Jun sonrió con delicadeza.
—No, no habló de eso. Me besó bajo las estrellas y lo demás es historia—. Kaoru contuvo el aliento—. Kaoru-chan, tal vez lo que te moleste de Misao no es que no te haya contado la verdad, sino que, de alguna manera, ella está viviendo algo que tú quieres vivir.
—Yo no quiero vivir eso con Hideki, Jun—. Jun apretó su brazo.
—Ya lo sé, Kaoru-chan. Lo quieres, pero con otro hombre. Y, ¿a qué tienes miedo?—. Kaoru miró el camino. ¿A qué tenía miedo?—. No es sencillo encontrar a alguien que nos haga felices, ¿sabes? Yo antes también creía que había unos pasos, unas reglas. Ahora... Me levanto por la mañana y le veo a él. Es todo lo que necesito.
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Introdujo las manos en la tierra húmeda. Entendía a Kenshin; plantar era un acto liberador. Colocó semillas, volvió a tapar y preparó el abono. Había estado tan atareada que prefirió no comer con los demás; además... Era su último día en la cabaña y tenía mucho en lo que pensar. Necesitaba, de algún modo, encontrar la calma para reconectar consigo misma. Llevaba un rato fijándose en una colonia de hormigas especialmente interesante cuando vio acercarse a Kenshin con un pequeño zurrón de cuero al hombro y la pañoleta en la cabeza para evitar el sol, como la que ella llevaba. Al verla sonrió. Llegó hasta allí y se sentó cerca, bajo un árbol enorme, a la sombra, dejando junto a él las cosas.
—¿Me acompañáis? — preguntó desde allí, tapando el sol con la mano. Kaoru se levantó y, tras limpiarse un poco la tierra de las manos contra el mandil, fue hasta él y se sentó a su lado. En silencio, como si hubiese alguna aceptación tácita de ese almuerzo improvisado, Kenshin empezó a sacar la comida, colocándola en un trozo de tela frente a ellos; fue entonces cuando ella se dio cuenta del hambre que tenía—. Cuando sessha era un rurouni, siempre buscaba los robles para dormir bajo ellos. Son los que dan mejor sombra de día y de noche ayudan a ocultarse.
Kaoru se llevó a la boca un trozo de pan. Mmmmm, pensó; era maravilloso comer algo hecho por sí misma que no fuese nauseabundo.
—¿No te daba miedo el bosque de noche?
—No— contestó él; estaba comiendo su pan. ¡Su pan!—. El bosque es seguro; lo peligroso son los hombres.
Ella asintió; no se había parado a pensarlo de aquella manera, aunque, a decir verdad, no le habría gustado verse sola en el medio de un bosque de noche, por mucho que estuviese vació de potenciales asesinos.
—¿Y no se te hacía duro dormir siempre solo? — preguntó, fingiendo indiferencia.
—Sessha no dormía siempre solo. Encontraba gente en los caminos y a veces, cuando sessha ayudaba a alguien, le invitaban a pasar una noche.
A pasar una noche, pensó Kaoru. Ella también le invitó a pasar una noche y desde aquel día...
—Entonces... — empezó, mirando su bola de arroz como si fuese lo más interesante del mundo—. ¿Solías dormir con otras... mujeres? —. Kenshin la miró a los ojos—. Olvídalo, olvídalo. ¡Qué bueno está este arroz! — exclamó, agitando las manos; la bola de arroz salió bolando contra el árbol. Solo había una para cada uno...
Mierda.
Kenshin sonrió.
—No— dijo, tendiéndole su bola de arroz; Kaoru la cogió—. Sessha no ha dormido con otras mujeres desde la guerra, solo con Kaoru-dono.
Kaoru se sonrojó hasta el infinito. Ellos habían dormido juntos, pero no en el sentido en que había querido hacer la pregunta. Suspiró. Era el momento de ser sincera, aunque él se convenciese definitivamente de que actuaba como una cría.
—Kenshin, cuando discutimos en el dojo, no sé si lo recuerdas... Te dije que no te esperé... Quiero decir... Cuando te conté que Hideki y yo nos habíamos...
—No importa— susurró él, tocando su mano con dulzura. Kaoru sintió un escalofrío recorrer su columna, intenso y fugaz—. De verdad que no importa lo que hicieseis. No cambia nada, Kaoru-dono.
Ella le miró, sorprendida por sus palabras.
—Pero es que no pasó— dijo al final, intentando controlar su sonrojo; su mano bajo la de él se sentía tan bien, tan cómoda, como si fuese su ubicación natural—. No hicimos nada; solo quería... fastidiarte; no sabía que no te importaría, pensé... Kami, soy una baka.
Terminaron de comer en silencio, disfrutando del suave calor que se colaba entre las ramas del roble. Kenshin recogió los restos mientras ella observaba con atención las hojas de los tomates. Ahora él iría a trabajar en el torno con Hiko y ella terminaría de recoger algunos esquejes.
—¿Crees que los tomates se darán en el dojo? — preguntó, distraída, al tiempo que se ponía en pie y se sacudía las pequeñas hierbas de la ropa.
—Habrá que intentarlo para saberlo— dijo él, terminando de meter todo en el zurrón y levantándose a su lado. No soplaba una brisa y la ropa se pegaba a la piel, pero allí, bajo las ramas de aquel roble, la paz de la Era Meiji parecía más tangible que nunca. Entonces sintió la voz de Kenshin cerca de su oído, tras de sí; sus labios rozando su oreja al susurrarle, al tiempo que su mano tocabala de ella, intencionadamente sutil, casi un espejismo—. Sí me habría importado, pero no habría cambiado nada.
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Agitó la cabeza, dejando que el cabello cayese sobre su espalda. Sintió la mirada de Sanosuke y se giró, levantando las cejas.
—¿No tienes nada que hacer?
—Ya estoy haciendo algo.
—Mirarme no es hacer algo.
—Yo diría que sí.
Megumi resopló, cogiendo las flores y repartiéndolas por distintos puntos de la cocina. Mucho mejor así. Todos se encontraban ocupados, cada uno en una tarea, repartidos por el dojo. Yahiko ordenaba los bokken y shinai, las armaduras y demás objetos de entrenamiento; Misao, más callada que de costumbre, barría la engawa con la mirada perdida en el infinito; Sanosuke había ido al mercado a comprar alimentos y ahora se entretenía molestándola y ella... Ella se había ocupado de los dormitorios. Entró en el de Kenshin con una cierta solemnidad, sin poder evitar sentirse estúpida. Hacía tiempo que había superado sus sentimientos hacia él y que había asumido su rechazo, pero aún así, se sonrojó todo el tiempo mientras colocaba ropa limpia en el único cajón que tenía y mientras cambiaba las sábanas del futón. Después dejó un ramillete de lavanda sobre su almohada e hizo lo mismo en la habitación de Kaoru. Odiaba reconocerlo, pero estaba deseando abrazarles.
Suspiró, colocando los tazones. Sanosuke trabajaba a su lado, pelando las verduras con bastante buen hacer; parecía mentira que ese cabeza de chorlito pudiese usar sus manos para algo que no fuese partir huesos. Se sonrió; en verdad no era tan tonto como quería que los demás pensasen.
—Es una idea pésima, que lo sepas— dijo, alzando la barbilla, sin mirarle—. Ken-san no es como tú; querrá descansar tranquilamente en su habitación y no pasar la noche bebiendo y cantando como si hubiese algo que celebrar.
—Kenshin agradecerá una distracción— replicó, volviéndose hacia ella con sonrisa pretenciosa—. Él disfruta de las fiestas más de lo que crees, solo que nunca te has parado a fijarte.
Baka, pensó; se había fijado y mucho, sobre todo al principio. Era cierto que Kenshin parecía brillar con mejor luz durante las celebraciones, pero no porque las estuviese disfrutando personalmente; él había vivido una vida de tristeza y soledad y, de alguna manera, le reconfortaba sentir que en la nueva Era otros eran felices y se divertían. Lo sabía porque ella también se había sentido así muchas veces, entre sus amigos.
Aún era pronto; tardarían en volver, pero Megumi ya estaba ansiosa.
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Se limpió las manos a conciencia, dejando que la arcilla escurriese por sus antebrazos hasta sus dedos, oscureciendo el agua. Era liberador ver otra vez la piel blanca; siempre lo había sido. Se fijó en las nuevas cicatrices de su brazo derecho, aún inflamadas, recientes. No sangran, pensó, esbozando una sonrisa. Las cicatrices que dejan de sangrar, esas eran las mejores.
Levantó la mirada y recorrió los alrededores de la cabaña de su shishou; se fijó en el tocón donde solía sentarse a cortar leña, y en el horno, siempre cálido, y en el pequeño huerto que él había levantado con sus propias manos, esas que un día creyó que solo valían para dar muerte. Miró también el viejo roble, a lo lejos, donde había disfrutado del sol en la nariz, el sake en los labios y el dulce olor de Kaoru tan cerca, tan real. Todo allí lo era, de alguna manera. Se alegró de comprobar que lo que tenía no era un espejismo, era tangible. Vivir por algo que podía acariciar con sus propios dedos parecía mucho más sencillo que hacerlo por un espejismo imposible. Así sería a partir de ahora, cuando volviesen al dojo.
A casa. Nuestra casa, había dicho Kaoru.
Estaba allí, junto a los tomates. Se dio el gusto de mirarla con calma, apoyado en una de las paredes exteriores de la cabaña, mientras se secaba las manos con un trapo. Habría reconocido la silueta de su cabello adornado por un lazo casi en cualquier lugar. Era extraño; tardó tanto tiempo en reconocer esa calidez que ella le daba como algo más, y ahora, sin embargo, parecía que nunca había sido de otra manera, como si todo empezase y terminase en Kaoru.
Sin pensarlo, dejó el trapo y fue hasta su lado. Mientras se acercaba la escuchó tararear una canción, distraída. Kaoru siempre cantaba cuando hacía cosas; cantaba cuando se bañaba, cantaba cuando intentaba cocinar, cantaba cuando barría, cantaba cuando sacudía las sábanas en el patio. Kenshin nunca había vivido con nadie que cantase; de hecho, toda su vida había creído que la música era algo extraño, algo que hacían las geishas y los instrumentistas, y quizás también los niños. El tiempo que pensó que ella estaba muerta se había despertado cada día con el doloroso sonido del silencio, duro como la piedra, seguro de que no podría volver a escuchar música sin desgarrarse por dentro. Ahora también estaba cantando, sentada junto a los tomates. Cuando llegó junto a ella y se situó a su espalda se dio cuenta de que... Les cantaba a ellos. Le cantaba a sus tomates, una canción que juraría que se había inventado. Hablaba de la estrella rurouni, y era una canción alegre y utópica, de esperanza, de abrazos correspondidos y de luciérnagas que conceden deseos. Kenshin sintió que su mundo se ponía del revés y el corazón luchaba por mantenerse dentro de su pecho. Ella ardía, como siempre; ardía, cantaba y la vida parecía desbordar por cada poro de su piel, cosiendo, sin darse cuenta, cada una de las costuras abiertas de su pasado. Kaoru era la nueva Era por la que él había entregado todo, hecha mujer. Y estaba allí, y era real, y tenía esa risa inocente, y era terriblemente preciosa y además...
Además, me quiere a mí.
A mí.
—Casémonos— dijo de pronto, mirando el lazo índigo de su pelo y su larga coleta cayendo por su espalda. Ella paró de cantar y, tras un segundo inmóvil, se giró y le miró, sobresaltada. ¿Siempre había tenido unos ojos tan azules? Se confundían con el mismo cielo.
—¿Qué? — preguntó, abriéndolos de par en par. Él sonrió. Kami, el corazón le iba a explotar. Se agachó frente a ella, muy cerca. Cogió su mano y puso en ella un beso suave, casi sin tocarla.
—Sessha no tiene mucho que ofrecer, pero todo lo que hay si lo queréis es vuestro, Kaoru-dono— susurró, mirando su mano mientras acariciaba los nudillos con su pulgar, recorriendo la suave cicatriz rosada. Luchó por mí, se dijo.
Todo este tiempo, no solo ese día, ella ha sido mi escudo.
Levantó la mirada; Kaoru tenía los ojos llenos de lágrimas. No necesitaba una respuesta; ya la sabía. Sin embargo, ella se la dio en forma de un abrazo lleno de ímpetu, como todo lo que hacía. Se lanzó contra él riéndose, desequilibrándole como no había conseguido ninguno de sus más fuertes enemigos. Cayó hacia atrás, sobre la tierra, junto a los tomates, con ella encima agarrada a su cuello, con el sonido de su risa alrededor y el sol del verano cegándole.
Perfecto. Simplemente, perfecto.
Instantes después ella le soltó, sonrojada, y se sentó secándose las lágrimas de los ojos.
—S-sumimasen, yo... ¡Kami!— dijo, apartando la mirada mientras se recolocaba el kimono. Kenshin también se sentó. Estaban los dos llenos de tierra, pero ¿a quién podía importarle? Con una sonrisa que parecía que se le saldría de la cara, Kaoru le miró a los ojos—. ¿C-cuando te gustaría? Quedan casi tres meses para que cumpla los diecin...
—Ahora— contestó Kenshin, mirándola. Kaoru abrió más los ojos, sorprendida.
—¿Ahora? Pero dijiste que si me casaba antes de los diecinueve...
—Casémonos hoy ante los dioses y en ochenta días, ante todos.
Kaoru le miró durante unos segundos, como si no se creyese lo que oía.
—¿No es una broma, verdad?
—No.
—¿Estás seguro? —. Él sonrió.
—¿Estáis vos segura?
Ella frunció el ceño y le dio un empujón en el hombro que estuvo a punto de volver a derribarle.
—¡Pues claro, Kenshin, baka! — exclamó—. Pero no tengo ninguna de las cosas necesarias, no tengo kimono, no tengo...
Él la cogió de la mano, haciendo que se levantase.
—Vamos— susurró, tirando de ella con suavidad.
Había esperado tanto tiempo y ahora, de pronto, tenía toda la prisa del mundo. La nueva Era llevaba ya años vigente, pero para él acababa de empezar y no quería perderse ni un minuto.
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Recorrieron todo el camino hablando y Kaoru se preguntó a cada paso si era real, si no estaría soñando. Se pellizcó un par de veces para comprobarlo, pero seguía allí y Kenshin caminaba a su lado, escuchándola, agachándose cada par de metros para recoger más flores. Estaba haciendo un ramo con sus propias manos y había margaritas, y amapolas y unas de color blanco que no conocía. Hacía calor, y estaban llenos de tierra, y ella no se había bañado desde la mañana anterior, y estaba sudando, y sentía la boca seca, y ¡mou! Era el mejor día de toda su vida.
El santuario parecía distinto de día, o quizás fuese Kenshin quien lo hacía diferente, encendiendo el incienso con una cerilla, colocando flores aquí y allá y después mirándola con una sonrisa que la desarmó. Se iban a casar, era real. Nunca imaginó hacerlo de aquella forma, pero no importaba. Recordó las palabras de Jun: Me levanto por la mañana y le veo a él. Es todo lo que necesito. Ella lo había tenido todas esas semanas, despertándose con el calor de Kenshin junto a su brazo. Ahora los dioses les darían su bendición y, en poco más de dos meses, sería...
Himura Kaoru.
Soltó una risa. Era maravilloso, era delirante. Kenshin la miró, soplando la cerilla y ella bajó la vista, sonrojándose.
—¿Estáis preparada? — preguntó, con voz dulce.
—Llevo preparada mucho tiempo— contestó, sonriéndole. Kenshin se puso a su lado y cogió su mano, entrelazando sus dedos con los de ella y después la miró, elevando las cejas.
—Sessha no sabe bien cuáles son los pasos, ¿vos sabéis, Kaoru-dono?— dijo. Kaoru rió, soltándole con un pequeño manotazo.
—¡Mou, Kenshin! Normalmente hay un sacerdote, pero como solo estamos tú y yo, tendremos que improvisar—. Él la miraba, esperando que hiciese algo; se sintió bien. Le gustaba la sensación de dominar una situación que era evidente que él desconocía—. Tendríamos que pronunciar unos votos.
—¿Un juramento? — preguntó. Ella miró el altar, sonriendo.
—Sí. Algo así—. Sabía que él no era el mejor hablando de sentimientos, así que decidió que esa parte le tocaría a ella. Cogió su mano y le dio un pequeño tirón para que mirase hacia el altar; él lo entendió—. Estamos aquí para casarnos— dijo, con voz solemne; sintió a Kenshin sonreír a su lado, pero lejos de molestarle, le dio ánimo para continuar. Kami, lo iban a hacer. Lo estaban haciendo—. Yo, Kamiya Kaoru y él, Himura Kenshin, queremos pedir vuestra bendición para convertirnos en marido y mujer.
Se estaba inventando las palabras pero ¿qué más daba?
—Kudasai de gozaru— susurró Kenshin acercándose a su oído y dándole un pequeño tirón en la mano. Ella carraspeó, asintiendo mientras él volvía a apartarse, serio, formal. Adorable.
—Kudasai— dijo ella, elevando la vista hacia el altar—. Juramos que nos cuidaremos, nos acompañaremos, nos respetaremos y nos protegeremos el uno al otro. Y protegeremos la nueva Era, y también la vida— añadió, sonriendo, convencida. Kenshin volvió a tirar de ella, esta vez con más fuerza. Se giró hacia él.
—¿Ya puedo besaros? — preguntó; le brillaban los ojos de una forma increíble.
—Todavía no, Kenshin— contestó ella, levantando las cejas—. Ahora tenemos que hacer el san-san-kudo; debemos beber el sake de las tres copas, tres veces por copa—. No había copas, ni tampoco sake, claro. Kaoru rió y, fingiendo que levantaba una copa invisible, se la tendió a Kenshin. Él la miraba, estupefacto y su gesto, tan infantil, hizo que ella soltase una carcajada—. ¡Vamos! Coge tu copa y bebe, Himura Kenshin.
Kenshin levantó una ceja en un gesto que a ella le pareció terriblemente sexy. Kaoru, sonrojándose, siguió con su ritual del sake imaginario. Él extendió la mano, fingiendo que sujetaba una copa y bebía. Bien. Después se la pasó a ella, que hizo lo mismo. Lo repitieron las veces fijadas y cuando acabaron, él se acercó.
Está mirando mis labios.
—¿Ya puedo?
Kaoru volvió a sonrojarse, poniendo una mano entre ambos.
—No, Kenshin, todavía no— contestó, intentando aparentar serenidad—. Ahora ya estamos unidos en cuerpo, mente y espíritu— dijo, recitando unas palabras que había oído alguna vez a una novia, mucho tiempo atrás, en la única boda a la que había ido. Él seguía mirándola con gesto de curiosidad. Con la luz de la tarde bañando el santuario estaba tan guapo... Se sonrojó otra vez—. A-ahora se canta. Hay una canción y un pequeño baile.
—¿Una canción? — preguntó, estupefacto. Ella asintió.
—Sí, pero no me la sé— resopló, mirando al altar, con cierto pesar. Intentaba recordarla pero era imposible; habían pasado demasiados años y era no era demasiado buena para la música. Kenshin tiró de su mano por tercera vez.
—Podríais cantar la de los tomates— propuso, con una mirada inocente más propia de un niño que de un hombre. Kaoru bufó.
—No es una canción correcta para ofrecerle los dioses, Kenshin— murmuró, frunciendo el ceño. Realmente no lo era. Él sonrió.
—Sessha cree que todo lo que sea honrar la vida será correcto para los dioses— susurró él. Kaoru iba a replicar, pero se lo pensó mejor. Su canción no estaba tan mal, después de todo, de modo que la cantó, sin poder evitar morirse de vergüenza. Kenshin estaba a su lado, mirando el altar, como si lo que estuviesen haciendo fuese lo más normal del mundo. Cuando terminó, antes de que él dijese nada, ella habló otra vez.
—Ahora rezaremos y ya habremos terminado— sentenció, soltándole para juntar sus manos y cerrar los ojos. Él hizo lo mismo a su lado y se mantuvieron así un rato. Kaoru pensó en su padre, y le dijo que le habría gustado que estuviese allí. También tuvo un pensamiento cálido para su madre, para la familia de Kenshin, allí donde estuviesen y presentó sus respetos a Tomoe-san. Cuando terminó y abrió los ojos, él aún seguía. Esperó hasta que la miró, sin poder evitar preguntarse qué habría dicho en sus rezos. Salieron juntos del pequeño santuario, cogidos de la mano. Respiró profundamente, sintiendo el olor del bosque, de las flores y también del incienso.
Qué fácil, pensó Kaoru, sintiendo ganas de reír y saltar. Qué fácil y a la vez, qué complicado llegar hasta aquí. Kenshin, una vez más, tiró suavemente de su mano. Le gustaba ese gesto, como si, de alguna manera, pidiese permiso. Ella se giró y, antes de que volviese a preguntarlo, se acercó a él y le besó. Fue algo sutil, recatado, pero que puso toda su piel de gallina. Se separó despacio, y entonces Kenshin, con otro tirón dulce y lento, la atrajo hacia sí, contra su pecho, para volver a besarla. Su beso fue completamente distinto, profundo, hambriento; sintió su lengua invadiéndola en un movimiento dulce, perfecto, delicioso. Kaoru comenzaba a sentir que se deshacía en sus brazos cuando él se apartó. Otra vez esa mirada.
Es mío.
—Kenshin— dijo, notando el rubor subirle hasta las orejas—. No digamos nada todavía, ¿vale? Quiero decir... A los demás. Me gustaría que esta... Este momento fuese solo nuestro. La boda oficial será distinta... Lo haremos bien, tradicional. ¿Te parece bien?
Él asintió, tendiéndole de nuevo la mano. Kaoru la agarró y deshicieron el camino andado, otra vez de vuelta a la cabaña. Solo que ahora todo era distinto. Todo era mejor.
Todo era, simplemente, perfecto.
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Anne, muchas gracias por tu mensaje! Si prefieres escribirme en portugués o en inglés, perfecto, entiendo ambos. Nunca he escrito nada sobre Saito y Tokio, pero lo valoraré por si surge la inspiración. Un abrazo y gracias!
Kaoruca, gracias, como siempre, por tus review tan completas, ya te siento como una lectora cero jaja La frase que me comentas, "más daño que las espadas", no es mía, no sé dónde la he visto/leído, pero quizás sea de Song of Ice and Fire. No lo sé, lo digo por decir, igual es de otro lado, pero mía ya te digo que no, tienes buen ojo! El tema de Hideki/Misao y el enfado de Kaoru estaba en el fic que escribí originariamente y pensé en quitarlo, pero me daba algo de pena liquidar al pobre Hideki así de un plumazo, así que lo dejé un poco por dejar, aunque no me convence demasiado xD Gracias por tu comentario. Hiko es un personaje que me encanta, sobre todo en su relación con Kenshin. Son como agua y aceite y, sin embargo, tan complementarios... Me flipan!
Kaoru Tanuki, gracias por tu review tan completa! Me encantan tus mensajes y siempre los tengo en cuenta. Misao se pasó un poco con lo del futón de Kaoru, pero todo tiene su explicación jaja Igualmente no hizo bien, está claro. Menos mal que Kaoru es una amiga comprensiva y poco rencorosa xD Espero que te guste este capítulo, por suerte o por desgracia ya queda poco. Un abrazo!
