Gracias por leer este fanfic. Mucho gusto, yo soy KuroUsagi-Pyon y en este fic plasmaré mis ideas acerca de cómo se engendró el lindo hijo de Yoh y Anna. Espero les guste.
Por Cierto, alerta Lemmon ;)
Sus labios se unieron en un primer y torpe beso. Aunque no lo admitieran, ambos habían imaginado este momento, aunque claro, en sus mentes se daba por distintas razones. La itako se inclinó un poco más hacia él y por instinto el shaman le sujetó los hombros que de repente se volvieron mucho más delgados de lo que él creyó.
Pasó saliva y abriendo los ojos miró con las mejillas ruborizadas el rostro que apenas podía vislumbrar de entre toda la oscuridad.
—A... Anna...— llamó con un ligero temblor en la voz mientras se apartaba un poco pero sin soltarle los hombros. Sus instintos de hombre poco a poco empezaban a emerger al tener tan de cerca a la mujer que quería, y aún más porque sabía cuál era el propósito de esa última noche... Concebir a un hijo.
Los ojos de la rubia se fijaron en los de él, pero esta vez en lugar de ser completamente inexpresivos denotaban un brillo que rara vez el shaman veía en el pasado. Sus mejillas estaban casi igual de rojas que las de él y por alguna razón aquel aspecto fuerte que le hacía temerle había desaparecido, dejando frente a él a una linda e indefensa chica.
Sin decir nada, esta vez fue él quien inicio el siguiente beso impulsando su cuerpo hacia ella y haciendo uso de sus brazos para envolverla.
Uno...
Dos...
Tres besos. La cuenta poco a poco empezaba a volverse infinita. ¿Por cuánto tiempo habían estado reprimiendo esa insaciable necesidad de sentirse las bocas? No lo sabían, pero sin duda parecía ser bastante.
Finalmente el shaman suplico que su novia le permitiera explorar la cavidad bucal con la lengua, y ella no tardó en otorgarle tal permiso.
Poco a poco el control se perdía.
Por primera vez Yoh fue capaz de ver a una indefensa Anna que poco a poco terminaba debajo de él sobre aquel futon individual, y por alguna razón sintió ganas de seguir conociendo a esta inofensiva chica. No supo en que momento su boca dejo de saborear la ajena y empezó a degustar de la blanca piel del cuello de la adolescente, quien agitada después de aquella sesión de apasionados y primerizos besos había empezado a acariciar el cabello castaño del mayor hundiendo sus puntiagudos dedos en él.
Un suspiro salió de la boca de la rubia cuando los labios de su prometido empezaron a bajar más allá de su clavícula y fue entonces que Yoh se detuvo.
—Anna... ¿Tú...?— empezó a decir mientras alegaba el rostro para poder ver a quien sería su esposa.
La menor, exaltada y ruborizada asintió con la cabeza sintiendo que no podría hablar. Ambos tenían miedo, porque después de todo eran inexpertos en todo ese asunto, aunque no ignorantes; sus cuerpos poco a poco se estaban preparando para lo que venía a continuación.
—No te detengas... —alentó la sacerdotiza mientras tomaba una de las manos masculinas y la guiaba hasta el cinto de su yukata blanco.
El Asakura solo fue capaz de tragar saliva al sentir la atadura que mantenía unida la vestimenta de aquella adolescente. Los cuerpos de ambos estaban acalorados después de tantos besos, pero... ¿Eso se podía comparar a lo que seguía?
Tímido y jadeante, el castaño buscó de nuevo la boca de su amada buscando controlarse, lo menos que quería era herir demás a su novia y si no conseguía calmarse eso iba a suceder. Poco a poco sus manos temblorosas empezaron a desatar el cinto blanco y cuando hubo estado fuera de su camino sintió el cuerpo de la menor estremecerse y después tensarse.
Las inseguridades de la itako sólo ella las sabía, siempre había sido así. Era por esa misma razón que Yoh se preocupaba. ¿Ella estaría asustada? ¿Estaría sintiéndose forzada? ¿Que estaba pensando? ¿Se sentiría tan nervioso como él? No había forma de saberlo, pero sin duda le aterraba que ella estuviera en esta situación en contra de su voluntad.
Antes de continuar, el shaman abrazó el cuerpo casi descubierto de la adolescente y la estrechó contra él. La apretó contra su pecho esperando a que ella pudiera sentir lo acelerado que estaba su corazón en ese momento.
—E... Estoy nervioso...— confesó en un murmullo mientras pegaba su mejilla contra la ajena. La chica esbozo una tímida sonrisa y entonces rodeó con sus delgados brazos el cuello de él cerrando los ojos.
—... También yo— admitió con un hilo de voz.
Fue en ese momento que el quinciañero mostró su típica sonrisa despreocupada y posó sus labios sobre la mejilla ruborizada de ella.
Si, ella no podía imaginarse a un Yoh que no fuera dulce. Tras este último pensamiento la rubia sujetó el rostro de su prometido y unió sus bocas una vez más, acrecentando en ambos el deseo de sentirse mutante. Fue en ese momento que las manos del Asakura empezaron a moverse con torpeza en contra del yukata que estaba a punto de caerse.
— No es así— reprendió la chica mientras que aparentando naturalidad se sacaba lo que quedaba de su vestimenta.
Yoh paso saliva y creyendo que era incorrecto, giró el rostro enrojecido hacia otro lado evitando mirarla.
—... ¿Acaso no quieres ver?
— ¡No me pongas en un dilema, Anna!— se quejó en un sollozo el futuro esposo mientras cerraba los ojos con fuerza — Yo... Es obvio que quiero ver, pero... ¿No te sentirás incómoda?
Los ojos negros de la sacerdotiza se abrieron más, sorprendida por la respuesta de su pareja. Una sonrisa apareció en su lindo rostro y entonces miró al chico frente a ella.
— No importa... No si eres tú— enunció mientras ocultaba el rostro con su rubio cabello. Ella sabía que en algún punto de su vida, Yoh tendría que mirarla desnuda, aunque no podía negar que se sentía avergonzada.
El Asakura, impactado por las palabras proferidas por su Annita abrió los ojos y buscó los de ella. Pero antes de lograr su cometido, terminó mirando algo más que el rostro de la itako.
Inmóvil y sonrojado, él miró con atención lo poco que la oscuridad le permitía ver del cuerpo desnudo de aquella chica. Únicamente bordes y curvas era lo que podía distinguir; pero pese a ello, sabía a qué parte de la anatomía femenina pertenecía cada uno. Paso saliva y se cubrió el rostro, ruborizado.
—Lo... Lo siento...
Anna era joven, apenas una adolescente, y muy delgada, de manera que no poseía unos pechos enormes, o un trasero gigante, ni siquiera su cadera era amplia. Pero precisamente porque era delgada, tenía una cintura muy definida, y sus piernas eran alargadas y suaves. Sin duda era encantadora.
Ella pasó saliva y usó uno de sus brazos para cubrirse el pecho mientras miraba a otro lado. No pudo pensar en qué respuesta darle, sabía que era necesario continuar pero no podía con la vergüenza que sentía. ¿Qué había pasado con su decisión y fortaleza? Ella no era la clase de mujer que dudaba. Mientras buscaba una respuesta a su pregunta, sin avisar su futuro esposo buscó de nuevo su boca; impaciente y aún torpe, pero decidido, tomó la mano de ella con la que se cubría y empezó a intentar retirarla.
—No te veré si así lo prefieres, pero... —comenzó a decir el shaman contra los labios ajenos y en ese momento una de sus manos alcanzó uno de los senos de ella haciendo que ésta se estremeciera.
Ah... Sin duda era lo más suave que había tocado en su vida. Suave y cálido. La sensación era adictiva y los gemidos que Anna emitía eran sin duda embriagadores. Pronto en lugar de usar sus manos para sentir aquellos bultos en desarrollo decidió utilizar sus labios y entre besos y mordiscos finalmente fue él quien empezó a sacarse la ropa de dormir.
La itako, avergonzada y nerviosa permaneció suspirando con cada roce de la boca ajena sobre la blanca piel propia. Y al ver el torso desnudo de su prometido pronto sus manos se dedicaron a palparlo. Tanto la espalda cómo el pecho del shaman estaban llenas de cicatrices, tantas que le era difícil a la chica diferenciar cuales de esas marcas pertenecían a la pelea que Yoh había tenido con el demonio que ella había engendrado.
Un gemido ronco broto de lo profundo de la garganta del castaño cuando las palmas femeninas descendían por el vientre ajeno provocando que Anna retirará sus manos casi de inmediato.
—No... No te detengas...— murmuró agitado y recargando el rostro sobre el acalorado pecho femenino—. Es la primera vez que me tocas así...
— Lo mismo digo...— respondió la rubia mientras rodeaba la cabeza de Yoh con sus brazos y lo apegaba más a ella.
El chico emitió su típica risa despreocupada y entonces se apartó un poco pero sin quitar las manos ajenas.
—Luces muy linda Anna.
La aludida se sonrojo aún más y miró a otro lado avergonzada y sin concederle una respuesta. El castaño alcanzó una de sus manos y la enlazó con la de él y pronto inició otra corta y pacífica sesión de besos dulces.
Esta vez, las manos de cada quien se dedicaron a explorar al cuerpo ajeno sedientas de esa agradable sensación cálida y apasionante que provocaba los suspiros del otro. Poco a poco sus zonas pelvicas empezaron a sentirse húmedas, vibrantes y acaloradas.
Sin decir nada apegaron sus cuerpos más y más y pronto Yoh se encorvo un poco de la espalda para colocar su boca sobre el cuello de piel blanca.
—Anna…Yo… Aquí voy...— anunció el shaman y se pudo distinguir la ansiedad y duda en su voz. Ambos eran inexpertos, pero no ingenuos, era obvio que sabían lo que venía a continuación... Y sobretodo eran conscientes de la sensación que el cuerpo de la itako experimentaría en esa futura acción.
La chica paso saliva y colocó sus dos manos sobre los hombros de quién sería su esposo tratando de obtener fuerza mental. Dolería, ella lo sabía (aunque solo imaginaba cuánto), pero también sabía que no debía gritar ni expresar algún sonido que incitara al Asakura a detenerse o que hiciera a la lectora de cartas que dormía en otra habitación despertarse.
—Adelante...— permitió la rubia mientras cerraba los ojos con fuerza.
El castaño hizo uso de sus manos para separar con amabilidad las dos piernas delgadas y largas pertenecientes a la sacerdotiza y entonces se posicionó listo para conseguir el objetivo que su instinto masculino le demandaba. Pero antes de entrar en ella, el quinceañero cubrió la boca de la chica con la suya ahogando cualquier grito que pudiera salir de ella cuando finalmente rompiera su virginidad.
Y finalmente empezó a entrar en su cuerpo...
La itako encajó los dedos puntiagudos en los hombros ajenos que aún sujetaba sintiendo cómo una repentina ola de dolor la envolvía. Ella siempre supo que algún día tendría que experimentar esa situación, sin embargo cualquier preparación mental no funcionaba para ignorar la amarga sensación de su cuerpo perdiendo la castidad. Manejó el instinto de revolverse tensando sus propios músculos y buscando enfocar sus pensamientos en los labios que sellaban los suyos en ese momento.
De repente se notó como el beso de aquel chico expedía desesperación y culpabilidad mientras seguía haciéndose entrada entre las paredes de aquel paraíso femenino. Y finalmente entró...
Un gemido emergió de ambas bocas mientras se separaban un poco para verse a los ojos.
—Lo siento...— se disculpó él con voz jadeante mientras con su mano acariciaba la mejilla enrojecida de su prometida, quien movió la cabeza una única vez negando.
Ahora era oficialmente la mujer del futuro rey shaman... Sus cuerpos estaban unidos cómo uno sólo en ese momento. Aunque aquel dulce pensamiento no era suficiente para apaciguar el dolor de su feminidad que estaba siendo invadida.
Ella cerró los ojos con fuerza calmando las lágrimas que el malestar de su virginidad rota había provocado. Ella era fuerte, ambos lo sabían, y ella odiaría que su novio le viera llorar... Después de todo, se sentiría culpable.
—Yoh...— susurró con voz entrecortada mientras desencajaba sus dedos de la piel morena ajena.
—... Si— respondió el aludido mientras juntaba su nariz con la ajena —. Lo siento... —se disculpó una vez más y entonces empezó una vaivén de envestidas en contra de la cavidad femenina propiciando en un principio gemidos de dolor en su pareja que poco a poco iban tornándose en sonidos de placer.
Y entonces una vez más sus bocas se unieron en un dulce y apasionado beso antes de proseguir con aquella danza que hacia gemir a ambos. No paso mucho tiempo para que el shaman llenara aquel paraíso de su humedad y finalmente se apartó.
Exhausto y agitado se acomodó al lado de su princesa que sudaba al igual que él, jadeante mostró una sonrisa y alcanzó la mano blanca que era más pequeña en comparación a la de él. La itako correspondió enlazando sus dedos y mostrando una sonrisa ligera.
—Te amo...— murmuró ella cerrando los ojos, y como si no fuera sorprendente para Yoh, él se limitó a expandir su sonrisa.
—También yo.
