Y vamos con el capitulo dos! Lamento la tardanza, me estuvo mudando y todo enero se me complico...

Este capitulo es un poco mas fuerton y hay descripciones sexuales, aunque ningun acto en concreto. Estan advertidos.

Ademas la trama se ralentiza un poco ya que hay mucha informacion, sobre todo acerca de Espinela y su relacion con Steven. PERO el proximo capitulo ya va a ser mas movido.

Disfruten!


Dos horas vestida como dona, media hora de viaje en bus y una caminata de cinco minutos desde la parada y Espinela se encontraba llegando a casa.

En cuanto a moteles se refiere, el Motel 8 no era el peor en el que había estado. Se ubicaba junto a la carretera que iba a Ciudad Playa hacia la izquierda y a Ciudad Océano a la derecha. Tenía forma de L chueca (como casi todos los moteles clásicos), un pequeño estacionamiento interno y una piscina a la que no le cambiaban el agua desde el año 2000 y que Espinela no usaría ni aunque le apuntaran con una 38.

Más allá de todo eso, el motel era marginalmente cómodo y barato, y estaba a un viaje en bus del trabajo. Claro que esto no evitaba que Espinela leyese los clasificados todos los días, buscando algo mejor. Muchos lugares para alquilar; todos demasiado caros.

Subió, casi arrastrándose, por las escaleras al segundo piso. Cuando llego a la habitación contigua a la suya pasó rápidamente frente a la ventana. No demasiado, sin embargo, pues oyó un silbido venir de adentro. Espinela se detuvo, tensa como soldado. Dio unos pasos hacia atrás y pateo la puerta con tal fuerza que la pared entera tembló.

— ¡Vete a la mierda Ed! —grito Espinela. La persiana media abierta fue bajada por completo.

—Ya oí, ya oí —provino del interior la ronca voz de su vecino—. Sigue haciéndote la estrecha…

Espinela aspiro profundo. Ed era el otro habitante permanente del hotel; un viejo verde y alcohólico que no salía a tomar sol desde que la piscina tenía agua limpia. Espinela contemplo la idea de tirar la puerta abajo, empujar a ese anciano al piso y gritarle en la cara que si volvía a hacerle algún comentario, o siquiera se molestaba en mirar en su misma dirección, la próxima vez le iba a cortar los tendones de los pies. Pero no lo hizo. A pesar de sus comentarios sexistas y de ser un viejo verde, Ed era inofensivo. Si Espinela lo enfrentaba, es probable que el anciano llame a la policía y diga que una joven furiosa lo ataco sin razón; y la policía le creería. Así era su suerte.

Espinela exhalo profundamente, dejando que su ira se desinfle. Siguió de largo y entro en su departamento (el 2-D). Enseguida la asalto el aroma a humedad y encierro. Pero al mismo tiempo, se sintió feliz. Ese mono ambiente era el mundo privado de Espinela. Había una cama matrimonial con sabanas rojas, toda desarreglada, una mesa de noche, otra mesa en la pared opuesta (toda llena de papeles con bocetos) y al fondo un pasillo que daba hacia el diminuto baño. Tenía también un pequeño armario que Espinela apenas usaba. Tenía poco ropa.

En resumen, era un cuarto estrecho, caluroso y, por lo general, apestoso. Pero era suyo, y cuando estaba allí dentro, el mundo exterior dejaba de existir.

Lo primero que hizo fue encender unos sahumerios con aroma a incienso, y encender el ventilador de techo. Luego se desvistió: se saco la campera, las botas, el pantalón y la remera, quedando solo con su corpiño deportivo. Agarro un short rasgado que usaba para dormir y se puso sus pantuflas.

Abrió su bolso de entrenamiento y saco su traje de dona. Acerco el rostro y le dio una olfateada. Gran error. El aroma era tan fuerte que podía voltear un camión. Le echo un poco de desodorante y lo colgó en el perchero. Repitió el proceso con su traje de entrenamiento.

Después se dedico a sus plantas. Era un hobby que había adoptado por curiosidad, y que ahora ocupada una parte importante en su vida. Lleno una jarra con agua del baño y rego todas las plantas, empapando a los jazmines y malvones bajo la ventana, y dándole apenas unas gotas a los cactus y aloes junto a la estufa. Había sido un invierno difícil, pero el calor llego pronto y fuerte y las pequeñinas habían reverdecido bien.

Cuando termino, Espinela vio que eran ya las 4:20; el concierto era por la noche. Bebió un vaso de agua y se puso a trabajar. Limpio su mesa de trabajo, tirando al piso cualquier cosa inútil, y deposito el poster encima. Ya solo le faltaban los detalles menores. Un brillo en las naves espaciales, un poco mas de color aquí y allá, y listo.

Paso el pincel por la cara de la astronauta, dibujando sombras donde la imaginaria luz golpeaba su piel morena. El pincel apenas acariciaba el rostro; Espinela tenía el mayor de los cuidados, casi como si temiese lastimarla. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y enrojeció.

¿Habrá notado Steven algún parentesco en el rostro de la chica? ¿Lo notaria Connie? Espinela no había tenido intención de dibujarla a ella, y no lo había hecho. Pero el parecido de la obra era innegable, al menos para su autora.

Así que me retrataste en tu arte, ¿eh?, se imagino a Connie hablándole, Como una de tus chicas francesas…

Sus manos rodeaban la cintura de Espinela; su rostro a meros centímetros del suyo; sus labios rozando el borde de su oreja, susurrándole…

Espinela cruzo las piernas y se dio uno, dos, tres golpes en la rodilla. Fantasías no. No ahora. Tenía mucho que hacer y muy poco tiempo.

Para cuando decidió que el poster no podía recibir más trabajo, ya eran las cinco de la tarde. Se alejo un poco y miro su obra de pie. Era perfecta. O por lo menos buena. O, en el peor de los casos, aceptable. Cada segundo que la miraba le encontraba un defecto nuevo, y eso le decía que no tenía que pensar más. Odiaba pensar. Sujeto el poster con pisapapeles para que no se doble o se caiga y lo dejo sobre la mesa.

Se arrojo sobre la cama, dejando que el cansancio del día se le resbale por cada poro de su cuerpo. En forma literal, casi, pues aun sudaba a mares, con el ventilador puesto y todo.

Se levanto cuando oyó su estomago quejarse. No había comido nada desde el desayuno (y no había sido un desayuno balanceado para empezar). El calor y las emociones del día le habían revuelto el estomago. Quizás podría saltearse el almuerzo…

Otro gruñido, más fuerte que el anterior.

—Está bien, quejoso, ya te oí —dijo Espinela a su vientre.

Saco del mini bar un tupper con medio sándwich de queso y jamón. Lo había guardado para un día de poco hambre como hoy. Lo puso en el microondas, solo para entibiarlo.

Se sentó en la cama con el sándwich y encendió el televisor. Paso por todos los canales. Nada bueno para ver, como siempre. Redujo sus opciones a un programa de chismes de la tarde, repeticiones de Los Simpson (el capitulo en el que van a Brasil) y uno de los programas de Gordon Ramsey. Decidió dejar el programa de cocina, ya que ese capítulo no lo había visto.

Comió en silencio, interrumpida solo por una risita ahogada cuando el chef Ramsey le gritaba a un cocinero por preparar una molleja que aun mugía.

Cuando acabo, dejo el plato sobre la mesa de noche; lo llevaría luego a la cocina. Apoyo la cabeza en la almohada y miro la tele a medias, mientras hacia un repaso mental del día.

"Haber… levantarme de la cama, ir a entrenar, trabajar, terminar el poster, y encima de todo, almorzar… llevo la mitad del día cocinado, bien hecho Espinela. Por cierto estas muy guapa hoy. Oh, gracias Espinela", se decía a sí misma, riendo por lo bajo. "Solo falta el concierto… si es que Steven se digna a aparecer".

La familiar bilis comenzó a acumularse en su vientre y, poco a poco, subió por su cuello hasta llegar a su cerebro.

"¿Y si no viene?" se pregunto.

Su mente vago hacia todos los posibles y terribles escenarios que podrían caer sobre él. Debería haberlo acompañado, pero él no quiso. No la necesitaba. ¡Que poco le había durado la ilusión de ser útil! Hasta esta mañana, estaba segura de que eran parte del mismo equipo.

Se puso de pie de un salto, llena de ansiedad inquieta. Fue hasta su bolso y saco sus batones. Hechos a medida, solo para ella. Apretó el botón y las hojas surgieron. Jugó con las hachas, balanceándolas de un lado al otro, sintiendo su peso. Lanzo un corte transversal al aire, acabando con un enemigo imaginario. Luego, otro, abriéndole el estomago a una gema enemiga. Lentamente fue poniéndoles rostro a sus adversarios. La profesora en el orfanato, que siempre la castigaba sin razón; Josh, su novio de la adolescencia, que la había llevado a la calle de la que tanto trabajo le costó salir; los miembros de su otra banda, que la habían abandonado a mitad de un concierto; Jasper…

Espinela sintió hervir su sangre; la imagen de la gema ardía en su mente. Dio un giro sobre sí misma y lanzo un corte doble dirigido al aire, pero que acabo impactando contra una pared.

Su imaginario rival grito mientras las hachas se clavaban en el muro, lanzando trozos gruesos de yeso por todos lados. Al ver lo que había hecho, la abordo la desesperación, la cual se desencadeno en un grito furioso.

Hubo unos golpes secos del otro lado del muro.

— ¡Para un poco, que quiero dormir!

— ¡CALLATE ED! —fue la respuesta de Espinela. No hubo más golpes ni ruido.

Espinela se quedo quieta unos instantes. La ira ya desvanecida se convirtió en vergüenza. Había hecho un desastre y, ¿que había conseguido? Nada. De hecho, ahora tenía menos pared que antes, así que, técnicamente, había acabado perdiendo.

Tomo una escoba y una pala. Barrió los escombros y los arrojo al cesto de basura. Luego recupero sus hachas de la pared. Los guardo en su bolso, y luego arrojo el bolso dentro del armario. Iba a cerrar la puerta cuando capto el brillo rosa de su traje de alienígena. Sonrió con amargura.

Era el atuendo para el concierto de esta noche: una armadura hecha de un color brillante color lila, con picos en las hombreras y las botas. Tenía un corazón invertido en el pecho. Espinela misma lo había diseñado y mandado a hacer por pedido, pieza por pieza. Le había costado una fortuna, que Steven insistió en pagar. Otra cosa más que le debía.

Paso sus manos por las hombreras, sintiendo el material plástico. Era irreal, igual que toda esta situación.

Hace un año era una chica cualquiera, sin nombre y sin amigos, haciendo trabajos eventuales y tocando en una banda cualquiera, esperando algún día ser descubierta y poder dejar de vivir en agujeros sucios (esta última parte no había cambiado mucho).

La banda de Espinela, un grupo de muchachos que no tocaban muy bien pero que el guitarrista estaba embelesado con ella, tenían un concierto en Ciudad Playa. El día del recital hubo una discusión. Ya no podía recordar porque. Drake era un tarado atómico. Y Espinela no era muy paciente… El caso es que discutieron y a ella la echaron de la banda. "No sirves de nada, no te necesitamos, tocaremos sin ti" le habían dicho.

Aun así, Espinela asistió al concierto. Si no podía tocar, al menos arrojaría un zapato al escenario; quizás podría darle a Drake en la cara. Nunca tuvo la oportunidad; no habían llegado a tocar ni media canción cuando un grupo de mujeres gigantes (gemas rebeldes), liderados por Jasper entro y empezó a armar escándalo, buscando pelear con alguien. Ese alguien era Steven, quien había ido a escuchar el concierto.

Lo que paso después ocurrió tan rápido que Espinela solo recordaba algunas partes. Jasper ataco a Steven. Se inicia la pelea: las gemas rebeldes contra las Crystal Gems (la familia adoptiva de Steven). Pánico y escándalo, personas corriendo de un lado a otro. Espinela intento escapar, dando golpes y empujones buscando la salida. Fue entonces que el cuerpo de Jasper pasó volando y se estrello contra Espinela, derribándola y enviándola contra una viga de metal. Aun tenía una cicatriz en el brazo de la herida que se había hecho.

Llena de rabia, Espinela hizo algo que, admitiéndolo, no fue muy inteligente. Cuando las personas se fueron y las puertas se cerraron, ella se quedo.

No tenía nada que hacer allí; no era su pelea. Pero estaba molesta, estaba cansada, había perdido a su banda, su oportunidad de tocar y su bota izquierda (Dios sabe donde fue a parar). Y encima de todo, esa idiota la había empujado y le había desgarrado la chaqueta.

Así que cuando tuvo la ocasión y Jasper estuvo distraída, Espinela salto sobre su hombro. Fue como querer escalar una montaña color mandarina. Cuando logro sujetársele del cuello, saco su navaja y le atravesó el hombro. El cuchillo perforo la piel, pero lo que salió de la herida no fue sangre. Fue luz, brotando a borbotones.

La euforia no le duro mucho Espinela, pues Jasper la sujeto del brazo y la apreso, aferrando su gigantesca mano a su cuello, cortándole el aire. Espinela podía oír su risa y ver su maniaco rostro, mientras el mundo a su alrededor se desvanecía en sombras.

Despertó en una cama de hospital. Tenía el brazo en cabestrillo, dolor de garganta, la cabeza que se le partía, su chaqueta reparada tapando su cuerpo y un chico muy lindo sentado a su lado, ojeando su celular. Cuando Espinela lo miro, él le sonrió.

Así conoció a Steven Universe.

Sintió una alegría fugaz. Su humor se elevo en el aire ante ese primer recuerdo, y luego descendió en picada como un yunque cayendo de las manos de una liebre animada.

"¿Y si se encuentra con Jasper? Podría necesitar ayuda… ¿Se presentara al recital? Connie y yo no podemos tocar sin el…"

Este pensamiento dio lugar a otro, más terrible aun. Si Steven no tocaba, ¿Por qué habría de hacerlo Connie? Ellos son pareja, compañeros de sparring, "pan y mermelada" (como solían llamarse afectuosamente el uno al otro). Espinela era la tercera. La otra. Normalmente, eso estaba bien. Astros, es más de lo que se merece. Pero hoy, la idea de quedarse de lado le generaba repulsión.

Sus manos encontraron su cabello. "No lo hagas", grito una voz en su mente, su propia conciencia. Pero los pequeños demonios eran más ruidosos hoy. Gritaban y pataleaban y le revolvían el cerebro. Solo había una forma de callarlos.

Espinela sujeto grandes mechones de cabello y tiro. Fuerte, cada vez más fuerte, sintiendo como los pelos se desprendían de la piel, dejando agujeros por donde la ansiedad podía escapar.

Se doblo hacia adelante, cabeza hacia el piso, y tiro de sus cabellos hasta desarmar sus coletas entre sus dedos. Se detuvo y gimió. La vergüenza y la culpa la invadieron, pero la ansiedad empezaba a retroceder. Miro las ligas lilas en sus manos y sintió asco. Las tiro al suelo.

Estaba cansada y sentía nauseas. Su estomago lanzo un alarido; sin duda no apreciaba el estrés al que su huésped lo había sometido.

Exhausta como estaba, Espinela casi se arrastro hasta la cama y se dejo caer. El aroma a incienso se estaba desvaneciendo y le causaba aun mas sueño. Apago televisor, justo en el instante en que el chef Ramsey arrojaba un plato a la cabeza de uno de sus cocineros.

Apoyo la cabeza en la almohada y sintió que el sueño la aplastaba. Todo va a estar bien, se decía. Ahora no estaba pensando claro. Después de una siesta estaría mejor.

Mientras el vaivén del ventilador la arrullaba y el mundo a su alrededor se desvanecía, Espinela se dejo llevar otra vez por la fantasía. Nuevamente, Connie la abrazaba por la espalda, acariciando su abdomen y pecho mientras le susurraba dulces nadas en el oído. Pero otra figura se unió, acercándose de frente. Una de sus suaves y grandes manos sostuvo uno de los pechos de Espinela, mientras la otra le acariciaba el rostro.

¿Qué es lo que quieres, Espinela? Dijo el Steven de fantasía, en voz infinitamente grave.

Su pulgar rozo los labios de espinela, partiéndolos suavemente para que ella pudiera gemir.

Lo quiero todo.


I'M A BARBIE GIRL, IN A BARBIE WORLD.

LIFE IN PLASTIC, IS FANTASTIC…

Espinela atendió el celular antes de reconocer de quien era el numero.

— ¿Quienez?

¿Espinela?

— ¿Steven? —Espinela abrió los ojos, ya más despabilada—. Hola jefe. ¿Cómo estuvo la misión?

¿La misión? Uh, bien, estuvo bien. Ey, ¿donde estas?

—En mi cama, claro.

¿Por qué estás en tu cama?

—Porque estaba durmiendo muy lindo cuando me despertaste.

¿Durmiendo? —exclamo Steven. Espinela alejo el celular de su oído—. Pero Connie y yo ya estamos esperando. ¿Vas a venir?

— ¿A dónde?

Oyó a Steven resoplar del otro lado.

¿Concierto? ¿Space Rebel? ¿Ahora?

¿Ahora? Espinela miro el celular. 7:22 PM.

— ¡Oh, CARAJO! —grito, mientras saltaba de la cama.

— ¿Espinela?

—Mierda. ¡Mierda! —Espinela lucho por meter un pie dentro del pantalón, pero era una batalla que estaba perdiendo.

Steven suspiro.

¿Te quedaste dormida no?

— ¡No! —hubo un silencio del otro lado—. Bueno si… Pero no importa, ya estoy saliendo para allá.

Ok, ¿pero cómo vas a llegar?

— ¡En el bus! Tranqui, siempre cargo mi batería en el bus, no pasa nada.

¿Qué? Pero Espinela, no hay ningún bus.

Espinela se detuvo, quedando con una pierna desnuda y otra levantada metida dentro del pantalón. Parecía un reloj marcando las tres y media.

— ¿Cómo dices?

Se cancelaron todos los buses. No hay nada que vaya desde el campo hasta Ciudad Playa.

— ¡HIJO DE MIL PUTA! —Espinela se desestabilizo y cayó como un tronco sobre su cama, mientras espeta maldiciones e insultos.

Del otro lado oía la tranquilizadora voz de Steven.

Ok, tranquila. Todo saldrá bien. Solo no te alteres.

—Ya es tarde.

Bien, entonces… altérate en silencio y déjame pensar dos minutos.

Fueron los dos minutos más largos de la vida de Espinela. Escucho a Steven hablar con alguien con creciente desesperación. Finalmente dijo, con voz resuelta:

Muy bien, ya lo decidí. Te paso a buscar en la van.

—No —dijo tajante Espinela—. No, no hace falta. Yo puedo ir. Voy a salir a patear y quizás consiga hacer dedazo.

¿Con tu batería encima? Imposible. Además, es peligroso —Espinela se sonrojo— Te enviaría a León si pudiese pero tu batería tampoco cabe en su lomo. No, iré yo. Tú espérame.

Espinela trago difícilmente; tenia la garganta seca. Otra vez esa voz de jefe…

—Ok —dijo ella, derrotada—. Ok, te espero a ti y a Connie.

No, Connie se va a quedar aquí guardando nuestro lugar —dijo Steven—. De cualquier modo todo el escenario lo están armando los roadies de Sadie Killer y están retrasados. Nosotros solo tenemos que maquillarnos y vestirnos. Tenemos tiempo de sobra.

Espinela asintió, como si Steven pudiese verla.

—O… ok.

Listo. Te veo en media hora.

—Ok.

Adiós.

—Ste…

CLICK.

Espinela dio vueltas al cuarto unos instantes, tratando de decidir cuál de las mil cosas pendientes debía hacer primero.

La batería. Eso era lo más importante. La desarmo (pues la había armado ayer para practicar) y guardo cada tambor y platillo en su estuche correspondiente. Esto le llevo un rato; por pesados que sean, los tambores son mucho muy delicados. Empaco sus baquetas con uno de los tambores y guardo también un repuesto, por si acaso.

Una vez hecho esto, saco su disfraz de alíen del armario. No tuvo tiempo de volver a emocionarse como hace rato; lo colgó en su estuche para traje y lo dejo sobre la cama, junto a la batería, para no olvidarlo. Finalmente guardo el poster (sin siquiera mirarlo) en su estuche y lo dejo en la cama.

Miro la hora. Faltaban unos minutos todavía para que llegase Steven.

¿Debería ducharse? Va a estar sudando como un cerdo dentro de un rato… Se llevo una mano al pelo y sintió los dedos pajosos.

Si, una ducha era imprescindible. Recogió algo de ropa limpia, se metió en el baño, se desnudo y entro en la bañadera. Las cañerías eran muy antiguas, así que día por medio Espinela se quedaba sin agua caliente y tenía que golpearle la puerta al encargado para que lo arreglase. Hoy era uno de los días buenos y pudo darse un baño tibio que la espabilo.

Salió de la ducha sintiéndose renovada y tranquila. Se detuvo a admirarse en el espejo.

Admirar, claro, era un decir. Espinela no se consideraba hermosa. Era guapa, quizás, y algún día había sido linda, y antes de eso había sido una niña preciosa. Ahora solo era guapa y hasta ahí. El tiempo que pasó entrenando en el gimnasio le habían dado un físico atlético que los años que vivió en la calle habían destruido casi por completo. Aun así, se había recuperado bastante bien. Hoy día tenía unos brazos y piernas largos como fideos e igual de flacuchos, y una cintura estrecha que ascendía hacia su torso amplio y fuerte. Espinela solía decir que tenía un físico de muñeca Barbie, después de una sesión de esteroides.

Lo que más le gustaba era su cabello; largo, lleno de rulos y teñido de un lila incandescente (el color más alienígena que pudo encontrar). Se separo los cabellos para descubrir sus naturales raíces pelirrojas. Pronto tendría que teñirse de nuevo.

Su rostro no tenía nada de especial, salvo las mil pecas que decoraban su cara. Connie le había dicho que tenía al menos tres constelaciones dibujadas en su rostro. Espinela le aseguro que tenía muchas más en el resto de su cuerpo. Sonrió al recordar lo roja que Connie se había puesto ese día.

"Uff… Espinela, cielo, con esas bolsas parece que vienes del súper," pensó, viendo las ojeras bajo sus ojos.

Abrió el botiquín del baño, buscando su estuche de maquillaje. Entonces vio los frascos de remedios. Inmediatamente sintió repulsión. Había olvidado por completo la parte más importante del día (tanto o más que ir al trabajo). Eso explicaba también porque todo el día había estado a la defensiva como gato mojado. Y ojo, no es que las píldoras callen a los demonios en su cabeza; pero definitivamente ayudaban a equilibrar su humor mercuriano.

Espinela tomo los frascos, agarro su ropa y salió al cuarto. Dejo los frascos sobre la mesa de noche y se vistió. Eligio algo sencillo, pues en un rato igual tendría que ponerse el disfraz. Se puso una musculosa blanca y sobre ella un top negro con un corazón, su prenda favorita (apenas la lavaba y ya la tenía puesta otra vez). Luego se puso unos jeans largos y unas zapatillas cómodas.

Se dio un vistazo en el espejo mientras se peinaba. No estaba elegante ni nada, pero por lo menos sería fácil sacarse y ponerse la ropa. Decidió no maquillarse ahora, temiendo que el calor del viaje le derritiese el delineador. Guardo su bolso de maquillaje en su bolso de mano. Tampoco ato su pelo en sus acostumbradas coletas, dejando que fluyese largo por sus hombros.

Una vez termino, Espinela dio un repaso mental al cuarto. Dos, tres veces. Decidió que estaba lista y solo debía esperar a Steven. Su mirada cayó en los frascos sobre la mesa de noche, junto al plato con migas de sándwich. Decidió dejar los frascos allí a partir de ahora. El cuarto era un desastre tan grande que unos frascos de pastillas no espantarían a nadie. Además, las únicas personas que la visitaban eran Steven y Connie, y ellos ya sabían que estaba medicada.

Llevo el plato sucio al lavadero de la cocina. Se sirvió un vaso de agua, lo bebió todo (aun tenia calor) y lo lleno otra vez. Dejo el vaso junto a los remedios.

A Espinela le encantaría decir que tomaba las pastillas por sí misma, para vivir mejor. Pero no era cierto. Lo hacía por los demás. Y es que, por alguna razón que no lograba entender, había gente que se preocupaba por ella. Que la quería. Espinela no creía merecerlo, pero deseaba estar bien por sus amigos. Quizás algún día las cosas mejoren y Espinela no se levantaría e iría a acostar con un montón de estática en el cerebro. Quizás algún día podría vivir por ella misma, en vez de por los otros. Pero no sería hoy.

—Un día a la vez, Espinela, un día a la vez…— se repitió varias veces a modo de mantra.

Ese fue el mejor consejo que alguien jamás le había dado y no provino de ningún terapeuta, trabajador social, consejero o gurú. Se lo dijo una amiga de Steven. Otra cosa más por la que Espinela estaba en deuda.

Saco primero el ansiolítico. La parte más oscura de su mente le susurraba maldades. "Tomate una pastilla entera, tocaras mejor, pensaras mejor."

Espinela agito la cabeza, alejando los malos pensamientos. Se mantuvo en la dosis recomendada. Un cuarto de pastilla si sentía ansiedad o taquicardia, y un cuarto por la noche, para dormir bien. No más de una pastilla por día.

Luego tomo el antidepresivo y repitió el proceso. En seguida se sintió más tranquila, aunque fue solo por el hecho de tachar algo más de su lista.

"Levantarme. Entrenar. Ir al trabajo. Acabar el poster. Comer algo. Pastillas..." repaso mentalmente, "Ya solo queda el concierto con Steven."

Oyó un par de bocinazos frenéticos.

"Hablando del Diablo."

Espinela abrió la puerta, justo cuando Steven subía corriendo.

— ¡Perdón! —se disculparon ambos, por distintas razones.

Steven cargo las piezas más pesadas de la batería, mientras Espinela llevaba el poster y su disfraz. Dejaron todo en la parte trasera de la van. Antes de salir, Espinela se puso su chaqueta negra, apago todas las luces y puso llave al cerrojo. No perdieron tiempo y enseguida agarraron la ruta.

Detrás de ellos, una figura brinco sobre el techo del Motel 8, justo a tiempo para verlos partir. Presiono un botón en su muñequera y la acerco a su rostro.

—Voy detrás de ellos —dijo, y sin esperar respuesta, tomo carrera y brinco como saltamontes.

Aterrizo con gracia en el suelo y empezó a correr, manteniendo su distancia para no ser vista, siguiendo la dirección hacia donde iba la van.

Directo hacia Ciudad Playa.


El vehículo avanzaba a toda marcha, casi volando, por la ruta, tragándose los pozos y haciendo temblar la maquinaria como si estuviese pegada con chinches.

Espinela reboto en el asiento al pasar sobre un bache, golpeándose la cabeza con el techo.

— ¡Tranquilo, Universe! Escucho a mis platillos tocándose solos ahí atrás.

—Lo siento, lo siento… —Steven desacelero un poco—. Perdóname. Solo estoy apurado. Me retrase tanto en la misión que perdimos mucho tiempo —suspiro—. Ya deberíamos estar allí.

Espinela apretó los labios. Tenía tanto que decir, pero le fallaban las palabras. Steven seguía demasiado tenso; su pierna temblaba y el volante crujía bajo su poderoso agarre. Espinela trato de sacarle información pero no recibió mucho.

La misión había resultado un éxito intermedio. El y Amatista encontraron a quienes habían estado indagando: un grupo de gemas rebeldes. Fue solo un escuadrón de citrinas, sin embargo; nadie de gran categoría. Por lo menos no se toparon con Jasper; Espinela confiaba en que, si así fuera, Steven se lo diría. El sabe de su pica personal con esa bruta.

El silencio se hizo de goma, especialmente siendo que estamos hablando de Steven, quien nunca se calla más de dos minutos. Espinela estiro sus piernas y lanzo un bostezo. Se dio cuenta de que Steven la observaba, pero el muchacho aparto la mirada en seguida.

— Entonces, ¿Pudiste terminar el poster? —dijo Steven de repente.

—Ah, sí. Si, está en la parte de atrás. Quedo genial —dijo Espinela, aunque no estaba convencida.

— ¿Si? —Steven rio—. ¿Me vas a dejar verlo, o tengo que esperar hasta el concierto y pedir "porfavorcito"?

Espinela hizo como que no lo oyó. Estiro su mano y retiro un mechón de la oreja de Steven. El muchacho se sonrojo.

— ¿Cuándo me vas a ayudar a convencer a Connie de que se perfore las orejas? —pregunto Espinela.

—Ah, el clásico "cambiar de tema". Muy gemil de tu parte.

—No me cambies de tema a mí, Universe. No niegues que tu vida mejoro un 25% desde que te hice las tuyas.

Steven quiso lucirse y ladeo la cabeza hacia un lado, mostrando sus piercing de estrella en el lóbulo de la oreja y el aro clavado en el cartílago. Espinela había logrado convencerlo mostrándole un catalogo de una sala de tatuajes que tenía guardado, aunque parte de ella pensaba que había accedido, en parte, para complacerla. Dicho sea esto, aun no lo convencía para que se tatuase; pero ya iba a ceder.

—Te doy la razón, pero Connie jamás aceptaría. Al menos espero que no —dijo Steven.

— ¿Y eso? —pregunto Espinela.

—No quiero meterla en problemas con su madre.

—Steven…

—Hablo en serio. Ya sé que es su mama y su vida, pero Connie ya tiene demasiado estrés encima. Entre la banda y buscar una universidad y el hecho de no saber si quiere estudiar ingeniera espacial o bioquímica y que tal si la universidad queda demasiado lejos de aquí… —Steven guardo silencio, tranquilizando su respiración—. En todo caso, ya tiene demasiadas cosas en que pensar. No necesita un problema con sus padres ni nada que la estrese.

— ¿El concierto la pone nerviosa?

—Un poco, si…

Espinela se mordió el labio inferior.

—Connie no sabe nada de la misión de hoy, ¿verdad? —dijo Espinela. Steven le clavo la mirada un instante antes de volver la vista al frente. —Ah, ya veo como es. Y yo tampoco debía enterarme…

—No quise preocuparlas más de lo necesario, ¿está bien? —Interrumpió Steven—. Ya estamos hasta las manos con el concierto, no quería añadirles otro problema.

—No te preocupes por mí —dijo Espinela con brusquedad—. Tu dime, ¿Estas preocupado por algo?

La risa de Steven era seca como el desierto.

— ¿Qué? No. Digo, vamos un poco retrasados, pero el concierto saldrá bien. Y la misión fue un éxito y Connie esta…

—No te estoy preguntando ni por Connie, ni el concierto, ni nada. Pregunto por ti.

— ¡Pero estoy bien!

— ¡Cuidado!

Steven ni lo pensó; aplasto el freno con su pie. Las ruedas de la van crujieron y chillaron. La energía cinética tomo posesión de los dos pasajeros, amenazando con lanzarlos volando a través del parabrisas (gracias a Dios por los cinturones de seguridad). Finalmente la energía los abandono, dejando el vehículo en paro total. El motor se quejo hasta apagarse.

Espinela y Steven respiraban agitados. En algún momento ella había extendido la mano y se había aferrado al brazo de Steven, clavándole las uñas.

Cuando se tranquilizaron, vieron a la vaca que se les había cruzado. Aun estaba frente al coche; el hecho de que el vehículo casi haya derrapado no la había afectado en lo más mínimo. Giro la cabeza para clavar sus ojos huecos en los pasajeros.

El pie de Espinela impacto la consola con un BAM.

— ¡Vaca de mierda! ¿Qué haces cruzándote en medio de la ruta? ¿Te crees que todo el campo es tuyo? —chillo Espinela. Steven tapo sus oídos; la vaca no dijo nada —. ¡Lárgate! ¿Quieres que te convierta en hamburguesa? ¡Shoo! ¡Sooo! ¡Arre!

Algo raro paso entonces: la vaca si se movió, pero no por los aullidos de Espinela, sino porque oyó a sus compañeras acercarse. Frente a la van comenzaron a desfilar un ejército de vacas, una tras otra, todas con más variedad de colores de las que uno creería posible. Todas llevaban algún tipo de prenda: un sombrero, una bufanda, un cascabel…

Los dos jóvenes estaban anonadados, viendo al batallón bovino cruzar el campo.

— ¿Qué carajos pasa? —pregunto Espinela, pero Steven no dijo nada.

Tenía el rostro pegado al vidrio, como si nunca hubiese visto una vaca en su vida.

—Alto, ¿esa no es…?

Espinela miro en la dirección que apuntaba Steven. Y entonces la vio; una figura a lomo de una vaca con cencerro.

Steven bajo el vidrio a tiempo para escuchar una voz chillona gritar:

— ¡Vamos cuadrúpedos dadores de leche! No se detengan. ¡Arre!

Espinela se froto los ojos. No, no estaba alucinando. Ahí, por el camino, venia Peridot (una de las gemas del sequito personal de Steven), montando una vaca gorda como si fuera un noble corcel. Venía bien equipada además: silla de montar, espuelas, látigo y toda la cosa. Hasta llevaba un sombrero de vaquero un talle demasiado pequeño, pues aplastaba su inmensa cabellera verde.

Una carcajada se atoro en el pecho de Espinela. ¡La vaca era tres veces más grande que ella!

El rostro de Steven era diametralmente opuesto. Asomo la cabeza fuera de la ventana.

—Peridot. ¡Peridot!

La mencionada volteo la cabeza. Sus lentes brillaban al sol del ocaso, ocultando sus ojos.

— ¿Steven? —pregunto Peridot, y cuando vio que, en efecto, era la van de Steven, empezó a agitar la mano—. ¡Hola Steven! ¿Qué haces por aquí?

—Peridot, que estas…

— ¿Qué? —grito Peridot—. ¡No te oigo! Las vacas hacen mucho ruido.

Espinela se tapo la boca.

—Peridot, ¿qué estás haciendo con estas vacas? —vocifero Steven.

— ¿Qué parece que hago? Las estoy arreando.

— ¡¿Pero PORQUE las estas arreando?!

— ¡Porque no van a arrearse solas!

La risa de Espinela le reventó del pecho; era una risa nasal y desaforada, cargada de toda la ansiedad que había sentido en el día.

—Ay Dios —dijo ella, tratando de recobrar el aire sin éxito—, ay Astros. ¡Me muero! ¡Ajaja!

Steven no sentía ganas de reír, pero no pudo evitar que una sonrisa se le formase en el rostro.

Peridot estaba a medio camino de pasar frente a la van cuando miro bien hacia el interior.

— Alto, ¿esa es Espinela? Si, lo es. ¡Hola Espinela!

Espinela se desabrocho el cinturón con manos temblorosas. No se iba a perder esto. Entre protestas por parte de Steven, Espinela se arrastro hacia el asiento del conductor y asomo la cabeza por la ventana.

— ¡Hola Peridot! Chica, ¡pero que de vacas!

— ¡Lo sé!

Steven se sacudió incomodo. Espinela estaba sentada sobre sus rodillas, y apenas entraban los dos en el asiento. No se atrevía a decirle nada por temor a que viese lo rojo que se había puesto.

— Amiga, ¿De dónde sacaste las vacas? ¿Asaltaste un arreo de ganado? —pregunto Espinela.

— ¡Tranquila, no me vio nadie! —contesto Peridot.

Espinela sufrió otro ataque de risa feroz. Le lloraban los ojos y no lograba mantener el aire dentro más de un segundo sin reventar en carcajadas. Se doblo por sobre la ventana del coche hasta tal punto que Steven tuvo que sujetarla de la cintura.

—Espinela, te vas a caer. Ven para acá —ordeno Steven.

—Jeje, perdón.

Steven tiro de Espinela hasta que entro por completo a la van. Aunque en la práctica, ella estaba más bien sentada sus piernas.

Oyeron que Peridot les gritaba y Espinela se paso al asiento del copiloto (cosa que Steven agradeció). Bajo la ventana para oír a Peridot.

—Espinela, ¡Espinela! —gritaba Peridot. Su vaca casi había desaparecido entre la multitud—. Dile a Lapis que se ponga el sombrero. Esta al final del a línea de arreo.

Espinela hizo un gesto de OK con los dedos.

— ¡No hay problema!

Peridot hondeo su sombrero en el aire. Desde lejos la oyeron gritar algo parecido a "Nos vemos en el concierto", antes de desaparecer por completo.

Espinela se recostó contra el asiento, exhausta. Se le estaba apagando la risa cuando cruzo miradas con Steven y otra vez empezó. Steven se le unió lentamente. Rieron como hacen los niños; solo por el gusto de reír, olvidando que había sido tan divertido en primer lugar.

Esperaron a que la risa se les acabase, mientras las vacas seguían pasando en manada frente a sus ojos. La mano de Espinela encontró la de Steven de forma automática.

— ¿Te sientes mejor? —pregunto Espinela.

—Un poco, si. Gracias. ¿Tu como estas?

—Terrible, pero eso es normal.

Rieron levemente los dos, pero había algo acido en el aire.

—Tengo miedo, Espinela.

La voz de Steven llego cargada de emoción. Espinela subió las piernas al asiento y se coloco de lado para ver a Steven de frente.

Existía una metodología especial para tratar con un Steven ansioso. Debías guiar la conversación, con cuidado, tratando de sacarle la mayor información posible. Espinela se aclaro la garganta y pregunto:

— ¿Miedo de que? ¿De Jasper? ¿De las gemas rebeldes?

—Del recital —respondió el.

— ¿Y eso?

Steven abrió y cerró la boca un par de veces, buscando las palabras correctas.

—Yo… jamás estuve en una banda. Siempre eh tocado música y toco con mi papa todo el tiempo —explico Steven—. Y fui la voz de Los Sospechosos antes de Sadie Killer. Y creo que estuve en una banda con mis yo alternos. Claro, hasta que nos peleamos y tuve que hacerlos desaparecer.

Espinela parpadeo varias veces, esperando oír un "te engañe".

—Pero lo que quiero decir… —prosiguió Steven. Si, ¿qué quería decir? —. Quiero decir que nunca estuve en una banda con otras personas, nunca así. Jamás fui parte de un grupo que no contuviera gemas. ¡Y me encanta! Amo tocar contigo y con Connie, y amo ser parte de Space Rebel. Amo estar con ustedes.

El pecho de Espinela se hincho. Quería que Steven nunca parase de hablar de las cosas que amaba, seguir oyendo su dulce voz. Pero debía meter el dedo en la llaga.

— ¿Pero? —pregunto ella, esperando lo peor.

"Temo que lo arruines todo, Espinela." "Temo que causes un desastre, porque eres un desastre." "Temo que te metas entre Connie y yo, lo mejor será que desaparezcas." Es lo que se imaginaba ella.

—Tengo miedo de arruinarlo todo —fue lo que dijo Steven.

Espinela se quedo sin palabras. Esta vez espero a que Steven prosiguiese solo.

—Cuando era niño, lo que más quería era ser un Crystal Gems. Ser una gema, como Garnet, Amatista y Perla. Y lo conseguí… —Steven rio dolorosamente—. Que estoy diciendo, no solo lo conseguí, fui hasta el final. Me convertí en… ¡el líder indiscutido de todas las gemas! Nunca quise serlo, pero tuve que, yo… yo no tenía otra opción. Había vidas en peligro, todo el universo...

—Ey, solo quiero que sepas que el universo y yo agradecemos tus hazañas.

Steven gimió de modo casi imperceptible.

—"Mis hazañas" —dijo Steven en voz burlona—. Fue más lo que perdí que lo que gane.

Espinela tildo la cabeza hacia un lado. Steven suspiro.

—Mi vida, Espinela. Eso es lo que perdí.

Espinela se encogió de hombros. Había un dolor muy profundo en los ojos de Steven; algo que ella no llegaba a identificar.

—Yo… yo no sé cómo ser una persona, un humano. Seguro, parezco uno, pero es solo una fachada. No tengo vida. Jamás fui a la escuela o trabaje, y probablemente jamás deba hacerlo. Nunca me lastimo si no lo deseo. Y salvo tú y Connie no tengo ningún amigo normal, ¿no lo entiendes?

Steven acabo gritando, pero se arrepintió en seguida, por la mirada de miedo de Espinela. No miraba el rostro de Steven, sin embargo. Miraba sus ojos; brillaban con un resplandor de otro mundo.

— ¿Esto tiene que ver con tus ojos de Diamante? —dijo Espinela.

Fue un error grave pues Steven palideció al instante. Con desesperación, agarro el espejo retrovisor y lo inclino. En cuanto vio sus pupilas convertidas en diamantes, empezó a reír sin humor.

—Ya ni siquiera me doy cuenta de que los estoy usando —dijo él entre carcajada y carcajada, hasta que su risa se transformo en gemidos ahogados.

Espinel se lanzo hacia Steven, haciendo círculos alrededor de su espalda.

"No llores por favor," pensó Espinela, "no quiero que llores nunca. No está bien. No puedo ayudarte. Quiero hacerlo pero no puedo. No sé cómo. Por favor, solo deja de llorar."

—Steven… —dijo ella suavemente.

Steven levanto la cabeza. Tenía los ojos empapados. Sus lágrimas brillaban con un resplandor rosa.

—Es por eso que no te dije nada —dijo Steven—. Ni a ti, ni a Connie. No quería que se enteraran de que tenía otro problema con gemas rebeldes. No quería.

— ¿Por qué temías que afectase el recital?

— Si —exclamo Steven, alzando los brazos. Espinela se aparto un poco—. Si arruino esto, si el recital se hace agua por mi culpa, jamás me lo podre perdonar. Nunca podre volver a sentirme así.

— ¿Así como?

— ¡Feliz! Libre. Normal —dijo Steven, con disminuyente energía—. No medio humano entre las gemas, ni medio diamante entre las personas. Solo yo. ¡Steven! Con todas mis rarezas e inseguridades. Quiero sentir que pertenezco a algún lado.

Espinela agito la cabeza.

—Ehm… No es que no me halagues, porque es así… Pero ¿Y qué hay de tu familia gema? ¿No perteneces con ellos? —indago Espinela.

—No es lo mismo —dijo Steven—. Amo a las chicas y a mi papa. Siempre van a ser mi familia. Pero saber que puedo ser yo mismo con otras personas, que no tengo que tratar de ser más que mi mama, más de lo que ya soy…

—Aja —interrumpió Espinela— ¿Y las gemas te exigen eso? Que seas Steven el salvador del Universo, todo el tiempo. ¿O solo sientes que es así?

El ánimo de Steven se desplomo al oír esto.

—No sé. ¿Ambos? No lo sé.

Espinela se mordió el interior de la mejilla. Estúpida, estúpida. Siempre diciendo lo incorrecto. Steven se veía miserable ahora; inclinado sobre el volante, sosteniéndolo con fuerza, transmitiéndole toda su ansiedad. Sus ojos rosados brillaban ante la luz del ocaso. Espinela acerco el brazo con lentitud, como aproximándose a un animal salvaje que podría salir huyendo. Sujeto la mano de Steven en la suya.

—Bueno… esto… No conozco a las gemas. No tanto como tu al menos. Pero si sientes que es así, que tienes que, no sé, elevarte a un gran estándar para estar con ellas… Pues no tienes que hacerlo conmigo. Je, mientras estés a mi lado, siempre vas a ser la persona más estable en la habitación.

Steven soltó un sonido entre un carraspeo y una risita. Sintiéndose animada, Espinela prosiguió:

—Y se que Connie también se siente así. Jamás vi a dos personas que se quieran tanto, y te juro Steven que eh visto muchísimas parejas. Y no te preocupes por el concierto. Porque ya sea si nos va de puta madre o si nos volvemos el próximo "desastre en un concierto" de Youtube —Steven rio—. Pase lo que pase, yo no te voy a dejar. Porque… esto… eres mi mejor amigo, Steven.

Espero una reacción; que Steven le sujetase la mano o algo. En lugar de eso, volteo y la miro con sus brillantes como estrellas. Una sonrisa se coló en su rostro. Extendió la mano y corrió un mechón del rostro de Espinela.

—Gracias Espinela. Eres la mejor —dijo Steven y cerró sus ojos. Cuando volvió a abrirlos, eran de su color castaño normal.

—Je… ¿Mejor amiga o mejor compañera de banda? —pregunto ella.

Steven acaricio la mejilla de Espinela.

—Ambos.

Espinela quedo paralizada. Logro sacar fuerza de voluntad para inclinarse un poco, apoyándose así en la mano de Steven. El se sintió alentado por esto, y acerco su otra mano, sosteniendo el rostro de Espinela entre sus suaves dedos.

Espinela se estremeció. Sujeto las manos de Steven entre las suyas, mientras se dejaba llevar por sus emociones.

¿Cómo podía Steven decir tantas cosas con tal sinceridad? ¿Ponerse a sí mismo en una posición tan… vulnerable? Es decir, ella se había sincerado, pero solo después de que el hizo lo mismo (y aun así, ella aun guardaba sus secretos). Espinela dedujo que era simplemente un tema de que ambos venían de mundos diferentes.

El mundo del que ella venia era de sonrisas falsas que prometían mucho y no daban nada, de amigos que piden y demandan y juran amistad eterna solo para desaparecer cuando la cosa se pone dura. De manos que te agarran y te quitan, quitan, quitan todo lo que tienes. Todo lo que eres.

Las manos de Steven no le quitaban nada; de hecho, le daban más de lo que jamás podría haber deseado. Así era Steven, siempre dar, dar y dar, y Espinela solía temer que algún día daría tanto de si mismo que se quedaría hueco. Y por lo visto, eso es justo lo que le estaba ocurriendo.

Abrió los ojos; Steven la miraba con dulzura, como si tuviese algo precioso entre sus dedos. Ella debía decir algo para agradecer por todo lo que Steven le daba a ella, al mundo, a todos. Algo para demostrarle que ella si lo quiere, sin dar a saber cuánto. Algo inteligente…

—Podrías usar maquillaje de alienígena. Así nadie te reconocería.

Espinela se dio una cachetada mental. Hasta ahí llegaba su inteligencia.

—Mmm, ¿Quieres decir para el concierto o para usar contra las gemas insurgentes? —pregunto Steven.

—Err… ¿ambos?

La risa de Steven no llego de inmediato, sino lenta y suavemente. Y cuando Espinela se imagino a Steven luchando contra las gemas rebeldes maquillado como los de KISS, se echo a reír también.

La risa se volvió estruendosa y brillante, más brillante que el sol. Las lágrimas caían libres por el rostro de Espinela, empapando las manos de ambos. Estaban cerca, tanto como pueden estarlo dos personas dentro de un auto. Los demonios de Espinela estaban enloquecidos. "Sepárate, aléjate, vete y no vuelvas. Solo saldrás lastimada otra vez y ¿quién va a juntar los pedazos?" decían.

Pero por primera vez, Espinela decidió arrojar las voces a un hoyo profundo en su cabeza. Estaba realmente feliz.

La dicha les duro lo que tardo Steven en darse cuenta de que sus rodillas rozaban la de Espinela, y de que aun tenía su rostro en sus manos. Se separo rápidamente. Espinela se quedo quieta un instante, extrañando su tacto.

—Así que, ehm… —empezó Steven, sin saber hacia dónde iba—. ¡Ah! Connie me dijo que estuvieron hablando sobre la fusión.

Espinela trago con dificultad.

—Eh, si. Solo pensé que sería genial que se fusionasen durante el show. ¿Recuerdas que se lo dije a Stevonnie? —Steven puso rostro pensativo y al final asintió—. Pero fue solo un comentario. No tienen que hacerlo si no quieren.

—No, no. Me gusta la idea —insistió Steven—. De hecho, una vez, mi papa hizo un video musical donde mi mama y Perla se fusionaban. ¿Recuerdas que te lo mostré?

Espinela asintió. Lo había olvidado.

—Pues me gustaría tocar esa canción. "¿Qué puedo hacer por ti?". Y convertirme en Stevonnie mientras la tocamos. Así se que el recital va a salir bien. Ya lo hable con Connie, pero no lo haremos a no ser que estés de acuerdo.

Espinela creyó que Steven iba a acariciar su rostro otra vez. En su lugar, extendió su mano, invitando a que ella la tome. Y así lo hizo.

—Suena bien —dijo Espinela entre risitas—. Jeje, suena perfecto de hecho.

—Perfecto.

—Perfecto.

El silencio se hizo más difícil esta vez. Había una conversación pendiente rondando sobre sus cabezas. La fusión siempre era un tema complicado, al menos al principio; luego se volvía natural como respirar. El problema era empezar. Espinela se pregunto cómo se sentiría; tocar tu propia mano y una mano ajena a la vez. Dejar de ser.

Oyeron un sonido como el batir de unas alas. Las ultimas vacas estaban terminando de pasar frente a la van. Al fondo de la línea, tal como Peridot había prometido, venia volando Lapis Lazuli, elevada por las dos inmensas alas de agua fluyendo desde su espalda.

Llevaba su habitual atuendo de pantalones largos y remera. De sus muñecas fluían dos torrentes de agua que utilizaba a modo de látigo; a simple vista parecía que atacaba a las vacas, pero solo golpeaba el suelo para acelerar su paso.

"Peridot puede ser todo lo alienígena que quiera, pero si esta chica no es una Náyade, yo soy Kelly Clarkson," pensó Espinela.

Se acerco a la ventana del asiento del conductor, usando a Steven de asiento una vez más (aunque con completa conciencia esta vez). Oyó a Lapis exclamar "arre, arre" y "yee haw" con ánimo cuestionable.

— ¡Ey tu, agua apestosa! ¡Pirata de agua dulce! ¡Pez fuera del agua!

Espinela —reprocho Steven.

Lapis volteo la cabeza; tenía cara de pocos amigos. Su rostro se suavizo cuando vio a Espinela menear los brazos fuera de la van. Dio una mirada a las vacas y luego descendió, trayendo consigo una corriente que despeino a Espinela.

—Bueno, bueno, si no es mi espantapájaros favorito —dijo Lapis.

Aun estaba elevada en el aire, con un brazo apoyado sobre el techo de la van. Llevaba un sombrero de vaquero colgado al cuello con una soga.

—Ya decía yo que algo apestaba y no eran las vaquitas —dijo Espinela.

—Mmm, al menos no me veo como tú. ¿Tomaste tus pastillas hoy, o aun estas sufriendo?

Para un observador (Steven en este caso), la amistad de Lapis y Espinela podía parecer rara. Las dos tenían historias de abandono similares y el mismo pensamiento cínico hacia la vida, el universo, y toda esa mierda. Así que se daban el lujo de bromear una con la otra, aunque su amistad era más profunda de lo que parece. De hecho, fue Lapis quien aconsejo a Espinela que viviese "un día a la vez", y siempre le mandaba mensajes preguntarle sobre su día y si había tomado sus medicinas.

—Sí, zorra, tome mis pastillas como una niña grande —se mofo Espinela—. No sea cosa que acabe huyendo a la Luna para vivir entre las rocas como tú.

—Espinela…

—Como digas. Al menos yo no parezco un extra de Moulin Rouge.

— ¡Lapis!

Las chicas rieron ante la ñoñería de Steven. Prosiguieron así un rato, Espinela y Lapis charlando y Steven sonrojándose cada vez más en el asiento trasero. El ejército de vacas que dirigía Lapis era parte del nuevo proyecto de Peridot. Un experimento con abono para hacer crecer las plantas más rápidamente.

"Por supuesto que tenía que ver con el abono," pensó Espinela, encontrando toda la situación muy divertida.

A Steven no le importo, siempre y cuando no le caiga la policía a hacerle preguntas incomodas. A esto, Lapis no dijo nada.

— ¿Vas a ir al concierto, verdad? —pregunto Espinela—. No me dejes colgada.

— ¿Estas bromeando? Todo el Pequeño Planeta Madre va a estar allí. Peridot, Bismuto y yo tenemos un lugar de lujo reservado —dijo Lapis—. Cuando estés tocando, procura mirar hacia arriba, y me veras gritando más fuerte que nadie. ¿Está bien?

Lapis se estiro para tomar la mano de Espinela. La piel de la gema era fría y babosa, casi como el agua.

"Es una náyade," decidió Espinela.

Lapis se despidió de ambos, revolvió el cabello de Steven, y se alejo flotando. Antes de que estuviera demasiado lejos, Espinela recordó algo:

—Ah, Lapis. ¡Lapis! —la gema se detuvo—. Peridot dice que te pongas el sombrero de vaquero.

Primero pensó que Lapis no la había oído, pero en seguida vio como se colocaba el sombrero sobre su largo cabello azul. Hizo un ademan con la mano, despidiéndose, y se alejo siguiendo a las vacas. No sea cosa que se pierdan y acaben en la granja de alguien más.

Espinela volvió a entrar al vehículo. Era una posición difícil, estar sentada sobre las piernas de Steven, pero su estatura la ayudaba. Aun así, tuvo que pasar la mano por detrás del asiento de Steven, cerrando el espacio entre los dos.

—Amo a todas tus gemitas, Steven —dijo Espinela.

—Ya veo —dijo Steven con la voz entrecortada. Estaba rojo hasta las orejas—. Espinela… ¿sabías que estas sentada sobre mi?

El modo en que lo dijo, con la voz tan ronca, hizo temblar a Espinela. Alzo la pierna, a fin de pasarla para el otro lado y dirigirse a su asiento. En lugar de eso, termino frente a frente con Steven, con las piernas abiertas, sentada sobre su regazo.

—Sí, lo note —dijo ella—. ¿Sabías que tienes una mano en mi cintura?

Steven soltó un sonido mescla entre gemido y lamento. Espinela paso una mano tímida por su rostro. Steven cerró los ojos, dejándose llevar por el momento.

Espinela no pudo hacer más que admirarlo, mientras acariciaba sus rulos bien definidos. Había una distancia tan corta entre ambos que una mosca se lo pensaría dos veces antes de pasar entre medio. Se pregunto si sería incorrecto solo… cerrar esa grieta. Acurrucarse contra Steven, probar sus labios, enredar sus manos en su cabello. Sentir la suavidad de su cuerpo, la fortaleza de sus brazos. Frotar su sexo contra el duro pene de Steven, sin duda adolorido y pidiendo atención. Comerle la boca con desesperación, besarlo con dulzura. Dejar que el la tome ahí, en medio del campo, solo ellos y la ruta. Perderse en sus perlados ojos de diamante y olvidarse de todo.

Y entonces pensó en los ojos castaños de Connie y se le corto el aliento. Casi podía oír la voz de su amiga, hablando al oído, casi gritándole. Pero no quería enfocarse en las palabras. Ya se imaginaba lo que tendría para decirle.

Espinela se movió hacia atrás, tratando de zafarse, pero el brazo de Steven la mantuvo en su lugar. Sintió una punzada de pánico. Steven seguía con los ojos cerrados y respirando apaciblemente, ignorando el efecto que el estar atrapada en sus brazos generaba en Espinela. Recuerdos de todas las veces que se vio en las manos de un hombre atravesaron su mente, haciéndole dar vueltas el estomago.

Steven abrió los ojos y cruzaron miradas un instante. Su expresión se quebró cuando vio la incertidumbre en el rostro de Espinela. Levanto ambos manos en el aire, enseñándole las palmas. Ella entendió la señal regreso casi arrastrándose al asiento del copiloto.

Se puso el cinturón de seguridad y espero a que el auto arrancase. No hubo movimiento.

El miedo le subía por la garganta a mares. Temió que Steven quisiera hablar de algo de todo lo que había pasado, que le preguntase si estaba bien, o peor aún, que quisiera reprocharla. Ya sea para incitarla o para desalentarla, Espinela no sabría qué hacer si discutían ahora.

Finalmente, Steven hablo, en voz plana y seria:

—Fue mi mama.

— ¿Qué? —exclamo Espinela demasiado rápido.

— Hace rato me preguntaste "¿Quien murió y te hizo líder?" —dijo Steven—. Fue mi mama.

Le tomo un instante a Espinela procesar lo que acababa de oír, y cuando al fin hizo click, le dio otro ataque de risa. Steven rio un poco, pero fue más por los nervios que por otra cosa.

—Ay Astros —dijo ella, recobrando el aliento—. Y yo creí que no tenia habilidades sociales, pero tú te llevas el premio… Eres todo un caso, Steven Universe.

Steven asintió.

—Je, si, lo sé —dijo con un suspiro. Miro la hora en su celular y su sonrisa se borro—. Astros, ya estamos llegando tardísimo.

Espinela se recostó contra el asiento. La ruta se veía hermosa ahora, con el sol ocultándose a un costado. Limpia y hermosa. Llena de posibilidades.

—Entonces písale al pedal, Star-Man, que ese concierto no puede empezar sin nosotros.

Steven no perdió tiempo: encendió el motor y acelero a fondo. Espinela vio que ahora estaba más tranquilo, recostado contra el asiento y conduciendo como solía hacerlo (aunque a mayor velocidad de lo habitual).

Ella también estaba más relajada. Quizás fueron las pastillas, o todo el llanto, o la risa enloquecedora que la había poseído tantas veces. O quizás ya había pasado el punto de ansiedad extrema y había llegado a la zona de insensibilidad al estrés. Una cosa era cierta: le picaban las manos de las ganas que tenía de tocar.

Tan así, de hecho, que encendió el estéreo. Había una cinta de Steven dentro (la de "Éxitos Románticos") y empezó a reproducir lo último que había tocado.

Strumming my pain with his fingers,

Singing my life with his words,

Killing me softly with his song,

Killing me softly with his song.

Espinela sintió la música llegarle al corazón y excavarlo hasta lo más profundo. No era una cantante. Podía cantar, pero no le gustaba. No en un escenario. Pero ahora solo estaba con Steven… Y con él podía ser ella misma.

Así que, cuando llego el coro de nuevo, canto. Para su sorpresa, Steven tuvo la misma idea y se puso a cantar a su lado; su voz resonante de triste alegría. Era la felicidad que sientes después de haber pasado por tanto sufrimiento.

El sol se escondía y el paisaje pasaba a su lado a toda velocidad pero Espinela no aparto la mirada de Steven mientras cantaban, con sus voces a coro.

Strumming my pain with his fingers,

Singing my life with his words,

Killing me softly with his song,

Killing me softly… with his song.


Listo! Espero les haya gustado. No olviden comentar si asi fue.

El proximo capitulo vuelve a aparecer Connie y nos metemos mas de lleno en la trama. No se lo pierdan!