Abran cancha, que vengo con otro capitulo!

Este es mas corto que los anteriores, y volvemos a ver a Connie. Y vemos un poco mas de la trama de fondo que se va desarrollando.

No tengo mucho mas que decir, excepto que espero que lo disfruten, es un capitulo MUY emocional (guiño-guiño)


Una vez que llego a los límites de la ciudad, la gema se sintió aliviada. El paisaje urbano era mucho más de su agrado; más callejones para esconderse, más sombras en las que desaparecer. Había resultado casi imposible estar oculta en el campo, cada vez mas carente de arboles.

Ahora, sin embargo, podía saltar de un tejado a otro con facilidad. Nadie reparo en ella, aun cuando la ciudad estaba atestada. Siguió a la van hasta que esta se detuvo, unos metros antes de llegar a su destino. Steven Universe abandono el vehículo, acompañado de su compañera humana.

Seguirlos por la calle sería imposible. En lugar de eso, la gema dio una serie de brincos sobre los tejados hasta que llego al que era su objetivo, una especia de centro de reuniones pies apenas hicieron ruedo al deslizarse por el techo de chapa

Se recostó contra el borde y agudizo sus sentidos, valiéndose de la energía de su gema para incrementar su visión. Volver a sus raíces, utilizar sus poderes para espiar, le generaba una sensación de bienestar, que solo se incremento cuando diviso a los jóvenes avanzar entre la multitud.

Sin apartarles la vista, presiono un botón en su muñequera y la acerco a su rostro.

—Alfa en posición. El blanco y su acompañante están aquí, así como casi todas las personas y gemas del pueblo. Cambio.

Regreso a su vigilancia. Los dos humanos entraron en el edificio. Poco después sonó el bip de su muñequera.

Beta en posición. La guarida de la bestia está despejada, de momento. Cambio.

Silencio, seguido de otro bip.

Gamma en posición. Los soldados están agrupados y esperan órdenes. Cambio.

Alfa suspiro. Oír las voces de sus compañeras era tranquilizador, especialmente después del ataque de esta tarde. Había estado tensa todo el día, pero ahora todas las piezas estaban cayendo en su lugar.

Otro bip; esta vez hablo la Comandante.

Sigan sus órdenes al pie de la letra. Alfa, informa de cualquier movimiento extraño. Beta, ya sabes que hacer. Gamma, voy a reunirme contigo. Valor, compañeras. Ya falta poco. Cambio y fuera.

"Ya falta poco," se repitió Alfa, "falta poco para que te tenga cara a cara, Universe."


Ciudad Playa era un pueblito sencillo, ubicado en el estado de Delmarva, en una suerte de península. Tenía una playa con un muelle, un parque diversiones y un faro con el telescopio más potente fuera de la NASA. Tenían a la alcaldesa más vieja del estado y el mayor número de casas nuevas.

Sus habitantes, también, eran gente sencilla. Les gustaba el sol y la playa, el océano y la pesca; la vida tranquila en general, la cual usualmente se veía interrumpida por alguna calamidad de proporciones globales, casi siempre causada por los vecinos alienígenas.

Pero lo que más les gustaba, tanto a los humanos como a las gemas que habitaban la ciudad, era la música. No fue sorpresa entonces cuando, siendo las 9:30 PM, las calles estuvieran atestadas de gente que (como hormigas al azúcar) avanzaban en fila, agolpándose los unos a los otros para llegar al salón de conciertos.

Tan así era el atiborramiento que Steven tuvo que parar la van a un par de cuadras del salón. Era imposible avanzar más; tendrían que ir a pie. Espinela avanzaba al frente, cargando con dificultad la guitarra, el teclado, el estuche del poster y los atuendos, todo hecho un montículo en sus manos, mientras daba patadas a diestra y siniestra para que la gente le diera paso (y pobre de quien no lo hacía). Steven iba detrás de ella, valiéndose de su súper fuerza para cargar toda la batería de Espinela y los amplificadores.

Dieron la vuelta al salón, escurriéndose entre la chusma, y entrando por la parte trasera. El camión de Sadie Killer y los Sospechosos estaba allí; los roadies seguían bajando los instrumentos y demás. El padre de Steven, Greg, charlaba animadamente con un muchacho con cara de cansado, pero corrió hacia los jóvenes ni bien los vio llegar.

— ¡Chicos! Por fin aparecieron, ¿dónde estaban? —pregunto Greg, mientras ayudaba a Steven a cargar los tambores.

—Uff, nos pasó de todo, papa. Gemas rebeldes, vacas en la ruta…

— ¿Vacas?

—No preguntes, por favor. Dime que no es demasiado tarde.

Greg rio.

—Ni un poco. Aquí también la pasamos mal. Vengan, llevemos todo adentro. Te ayudo con esa guitarra, Espinela.

Greg los guio hacia el interior, donde estaba la banda. Espinela soltó un gritito al ver en persona a Sadie Killer y los Sospechosos, y ahogo un grito al ver a Connie sentada con ellos.

Steven y Espinela dejaron todo en el piso, por el momento. Greg se despidió de ellos para irse al frente a terminar de preparar el salón. Ni bien se fue, Connie se les acerco. Decir que tenía cara de pocos amigos era quedarse corto.

— ¿Dónde se habían metido? Estaba empezando a pensar que no iban a venir, ¿qué paso?

Steven le conto del problema bovino que tuvieron, y Espinela se disculpo por haberse quedado dormida. A fin de cuentas, esa había sido la causa del retraso en primer lugar.

Connie resoplo y se dejo caer contra una pared.

—De todos los días posibles, ¿por qué Peridot tuvo que volverse vaquera justo hoy? —dijo Connie, miserable.

Steven se encogió de hombros.

—Ella maneja sus propios tiempos —dijo, tratando de sonar conciliador—. Al menos no llegamos tarde. Veo que limpiaron el lugar.

—Sí, limpiamos todo. Pero ese solo fue el principio de los problemas.

Resulta que allí también se habían divertido. 'Divertido', en este caso, significa 'sufrir'.

En primer lugar, había habido una fiesta en el salón ayer; una grande y alborotada. El equipo de limpieza, sin embargo, no apareció. Parece que hubo un evento más grande en Ciudad Imperio y los contrataron para limpiar, por lo cual no pudieron mandar a nadie a Ciudad Playa. Así que Greg, Connie y algunos pocos miembros del staff permanente del salón tuvieron que ponerse a limpiar. Aquí fue cuando Steven se fue a buscar a Espinela.

Luego de eso tuvieron un corto eléctrico y tardaron un rato largo en arreglarlo y cambiar los fusiles (los planos eléctricos de un gran salón no son tan sencillos como los de una casa cualquiera). A todo esto se sumo el retraso de Sadie y su banda. El bus de giras se había quedado en la ruta con la batería muerta y para cuando lograron reparar el problema y llegar al salón, la gente ya había empezado a caer. De hecho, la banda había llegado apenas diez minutos antes que Steven y Espinela.

—A sido un infierno todo el día —dijo Connie mientras estiraba la piel de su cara.

Se le notaba el cansancio en el rostro.

— ¿Y saben que es lo peor? —pregunto a sus compañeros—. Que con todas estas distracciones, no pudimos ensayar ni una vez.

El estomago de Espinela empezó a dar vueltas.

—Bueno eso… eso no es tan malo, ¿no? —dijo ella—, ¿Cuándo ensayamos por última vez?

—Creo que…

—La semana pasada —respondió Connie, interrumpiendo a Steven.

Hubo un sentimiento general de pánico, visible en sus cansados rostros. Se quedaron allí un rato, mientras los roadies de Sadie Killer acababan de bajar sus equipos. Sadie en persona y los sospechosos se habían retirado a un rincón y conversaban entre ellos.

Espinela los observaba con admiración. Eran la confianza pura: animados, con ojos encendidos de emoción pero al mismo tiempo relajados, como recién salidos de un masaje en el spa. Espinela sintió vergüenza solo de estar allí. Poder abrir para una de sus bandas favoritas parecía un sueño esta mañana, y ahora se había transformado en una pesadilla.

Las miradas lúgubres de Steven y Connie no ayudaban. La pierna de Steven volvió a temblar, mientras Connie estudiaba las partituras como si fueran planos para un reactor nuclear. Espinela trato de levantar el ánimo un par de veces, pero recibió solo miradas incomodas.

Al poco tiempo, Greg regreso. Intercambio unas palabras con Los Sospechosos y luego se acerco a hablar con Space Rebel.

—Bien chicos, estamos por dejar entrar a la gente al fin. ¿Cómo se sienten?

—Como si Diamante Amarillo me hubiese usado como saco de boxeo.

—Como si el autobús de gira de Mötley Crüe me hubiese pasado por encima.

—Creo que me está por dar un aneurisma.

Steven y Espinela se miraron, confundidos por este término medico incomprensible. Greg lanzo un bramido de emoción.

— ¡Genial! Eso es justo lo que tienen que sentir —dijo el—. Pero tranquilos, todo va a salir muy bien. Vengan, llevemos todo al escenario.

Antes de que nadie se moviese, Steven se puso de pie.

—Yo voy —dijo, y luego miro a las chicas—. Ustedes tienen disfraces más elaborados. Vayan a vestirse, yo armo el escenario. Les aviso cuando todo esté listo.

Todos estuvieron de acuerdo, aunque Connie no parecía salir de su mal humor. Se fue directamente hacia los camerinos. Espinela iba a ir tras ella cuando recordó algo.

—Ah, se… ¡Señor Universe! —grito y corrió para alcanzar a Greg y Steven, quienes ya se estaban alejando.

Con mano temblorosa, le entrego el poster a Greg. Cuando lo vio, se le iluminaron los ojos.

— ¡Guau! Espinela es… esto es fantástico. ¡Mira que colores! Y ese logo es genial. Realmente te luciste.

Espinela hizo un gesto de descarte con la mano.

—No es la gran cosa. Lamento la tardanza.

— ¿Es una broma? Me encanta. Hubiera sido genial tenerlo antes para ponerlo en los volantes... En fin, la próxima lo pondremos en camisetas. Solo el logo por 20 dólares, poster completo por 45. ¡Se venderán solas! Bien hecho, Espinela.

La muchacha se puso roja, sintiéndose como una niña a quien le habían regalado una galleta. Greg era el tipo de padre que ella habría querido que la adoptase cuando vivía en el orfanato. A simple vista parecía un viejo gordo y calvo, un tipo cualquiera, bueno y nada más. Pero en el fondo, seguía siendo el mismo rockstar que era en sus años de juventud.

—Bien, me voy a colgar esto —dijo Greg, doblando el poster con cuidado. Luego le hablo a Steven—, y tú tienes que ir a armar el escenario.

— ¿Mm? ¡Ah, claro! —dijo Steven, saliendo de su ensueño. El poster también lo había emocionado a él.

Se despidió de Espinela, sujeto un parlante de 20 kilos con una mano y subió al escenario. Espinela se dirigió en la dirección en que había corrido Connie.


El camerino en si no era la gran cosa; apenas un cuarto de paredes de yeso pintadas de rojo para darle más onda. En una esquina había un mueble con espejo y maquillaje para todos los gustos, un sillón de cuero rojo que ocupaba la mitad de la habitación, y una hielera grande contra la pared más lejana. La luz de tubo amarilla parpadeaba cada tanto, dándole a todo el cuarto un aire más irreal.

Espinela imagino que encontraría a Connie ya media vestida, pero en lugar de eso la vio sentada en el sillón, sus notas echas una pila en un costado, mientras las iba revisando una a una. Apenas se había sacado la remera, quedando en su corpiño deportivo. Cuando cruzaron miradas, Espinela le sonrió. Connie sonrió nominalmente (por deber más que por otra cosa) y volvió a sus notas. Espinela lo sintió como una cachetada.

Colgó la percha con su estuche y lo abrió. El disfraz de alienígena estaba intacto; el parpadeo de la luz dibujaba sombras raras sobre el traje, dándole un aspecto ridículo.

De repente, todo le pareció inútil. Tenía a Connie a sus espaldas y su amiga no le dirigía la palabra. No podían salir a tocar así; no es lo que Espinela quería. Si solo Connie se desahogara… Si pudiese gritar un poco, arrancarse los pelos, llorar a mares, quizás se le pasaría el enfado. Pero Connie no era como Espinela. Ella era controlada, seria. Normal.

Lo mejor que Espinela podía hacer en ese momento era intentar que Connie le hablase.

—Que día tuvimos, ¿Eh? Y aun no termina.

—Ni me lo digas —respondió Connie demasiado rápido— ¿Como esta tu pierna?

Espinela parpadeo un par de veces. Ah, el esguince. Estuvo tan ocupada todo el día que lo había olvidado.

Movió la pierna un par de veces, sintiendo un tirón apenas molesto.

—Creo que estoy bien. Je, ya ni me acordaba de que me había lastimado. ¿Qué loco, verdad?

Connie reacciono con un mmm.

"No me ignores, por favor," pensó Espinela.

Respiro varias veces, tratando de calmarse. Si quería arreglar la situación, debería canalizar a su Steven interno. Así que, con la voz más zen que pudo convocar, dijo:

—Ey, eh… mira… yo lo siento.

— ¿Qué es lo que sientes? —pregunto Connie.

—Siento, pues, que no hayamos podido practicar nada.

Connie agito la cabeza débilmente.

—Estuvimos ocupados estas semanas —su rostro se escondió en sus notas aun mas—. Aunque podríamos haber practicado hoy si no insistieras en guardar secretos.

El disfraz casi se le cae de las manos a Espinela. Un insulto subió por su garganta y ella tuvo que hacer lo imposible para no dejarlo así.

— ¿Y qué mierda se supone que significa eso? —espeto Espinela.

Al principio pensó que Connie no iba a responder, pero luego dejo sus papeles y se puso de pie. La diferencia de altura entre las dos parecía aun más obvia ahora.

— ¿Sabías que Steven fue a una misión esta tarde?

Espinela se mordió el labio.

—Ohh, lo sabías —dijo Connie, envenenada—. Lo supiste todo el…

Se detuvo y aspiro profundamente.

— ¿Por qué no me dijiste?

— ¡Chica! ¿Qué se supone que debía decir? —exclamo Espinela—. Haber, para empezar yo ni siquiera sabía que él no te había dicho nada. Me entere hace, como, quince minutos.

—Si sabias de la misión, ¿Por qué no fuiste con él?

—Yo quería ir —la voz de Espinela se convirtió en un chillido.

Era vergonzoso, pero sentía furia. Rabia. Tristeza por algo que sintió que le habían quitado; la oportunidad de probarse a sí misma.

—Yo quería ir —repitió—. Co… con Steven. Contigo. Quería ir a una misión con ustedes, los tres. Y Steven dijo que no.

Connie la observaba. Solo… la miraba, como intentando descifrarla. Espinela casi podía ver los engranes dando vueltas en su cabeza, atando cabos sueltos.

—Je, que tonto suena —dijo Espinela—. Parezco una… una nena caprichosa. P… pero no es mi culpa si él no te dejo de lado. También me dejo de lado a mí.

Espinela se arrepintió ni bien dijo esas palabras. ¡Se suponía que ella debía ayudar a Connie a sentirse mejor, no estar restregándole en cara lo que Steven hizo o no hizo!

La expresión de Connie se relajo de repente.

—Está bien —dijo ella sin más.

— ¿Está bien?

—Está bien, te perdono. O mejor dicho… sé que no fue tu culpa. Es solo… —Connie se llevo las manos a la cara, estirando su piel tanto como pudo. —Es Steven y su… su complejo de mártir. Siente que es su responsabilidad ayudar a todos. Si el sol se atrasa dos minutos en salir, siente que es su culpa…

Espinela se tapo la boca para no reír.

—No me malentiendas, lo amo, y tiene buenas intenciones, pero puede llegar a ser controlador.

—Yo c…creo que él no quería que nos preocupásemos.

—OH, ¿y por eso nos esconde cosas? Porque eso no me preocupa en absoluto, claro que no.

Espinela volvió a sentirse como una niña; una que esta presenciando a sus padres pelear (aunque el padre en cuestión no esté presente).

— ¿Es eso lo que te tiene mal? —pregunto Espinela.

—Si… digo, no. Es solo una parte. Eso lo hablare con él en otro momento, pero no es por eso que estoy molesta.

—Ah… —los dedos de Espinela pasaron por su piel, dejando marcas—. ¿Entonces es conmigo?

— ¿Qué? N…no.

—Porque si es conmigo solo, dímelo. Vamos, desahógate, dime lo que te pasa…

—Espinela, el problema no es contigo

—Entonces, ¿CUÁL es el problema?

— ¡Yo lo soy! ¿No lo ves?

La voz de Connie se convirtió en un quejido, que después se hizo un sollozo. Se dejo caer en el sillón, ocultando el rostro entre sus manos. Sus cabellos caían despeinados sobre su rostro mientras lloraba.

Espinela la llamo, pero solo recibió más llanto. Tardo unos segundos en salir de su parálisis y arrodillarse en el piso junto a Connie.

—Ey… ey, shh… no digas eso —suplico Espinela—, yo soy el problema. Yo llegue tarde, hice retrasar a Steven. Te pido perdón, perdón, mil perdones, pero deja de llorar… basta.

La emoción se coló por su voz, y pronto se convirtió en gemidos. No, no iba a llorar. Connie necesitaba contención. En esta ocasión, ella debería ser la adulta (ugh, que horrible pensamiento).

Aspiro con fuerza, tragándose las lagrimas que amenazaban con salir.

—No es… no es tu culpa. E… el problema soy yo. No soy… tan buena —dijo Connie entre gemidos.

Espinela iba a protestar, pero Connie se le adelanto.

—No tengo talento musical innato como ustedes. Tú y Steven… los dos son tan talentosos. Steven puede tocar tantos instrumentos. ¿Sabías que, en teoría, es un genio musical? No me mires así, dije en teoría, y es cierto. El podría ser una banda de una persona si quisiera.

"Ya lo intento y no funciono," pensó Espinela, pero no lo dijo.

—Y tu —Connie rio con amargura—, ¡tienes una gran voz! Tocas la guitarra bien, igual que la batería, pero tu voz es la mejor de todas. Deberías estar al frente, ser la vocalista.

— ¡Estás loca! ¿Quieres poner este rostro frente al escenario? La idea es que vengan al concierto, no que salgan espantados.

—Eres hermosa.

Espinela se estremeció. No había duda o burla alguna en la voz de Connie.

—Los dos son tan espontáneos, tan naturales —prosiguió ella— Se llevan tan bien, en el escenario, en el entrenamiento y cuando estamos pasando el rato. En realidad, son muy parecidos…

— ¿A dónde quieres llegar? —interrumpió Espinela, con voz temblorosa.

Connie abrió y cerró la boca un par de veces. Tenía una idea en la cabeza, pero la desecho. No era el momento de pensar en eso.

—Nada, solo… Tengo miedo de no ser suficiente. Ustedes son naturales. Yo siempre tuve que esforzarme. En el entrenamiento, la música… ¡Llevo meses practicando con el teclado y aun me equivoco las notas! No es posible —Connie agarro un puñado de partituras, arrugándolas entre sus dedos—. Si llego a equivocarme, si arruino este concierto para los tres porque no puedo controlar mis nervios…

—Controlar tus… ok, ahora sé que estás loca —dijo Espinela, ganándose un gruñido molesto de Connie—. Lo siento, ¡pero es verdad! Amiga, no conozco ni la mitad de las cosas por las que han pasado tú y Steven, pero lo poco que conozco me vuela la cabeza. Combatiste a las Diamantes, ayudaste a liberar un imperio. ¡Peleaste contra Jasper!

—Tú también peleaste contra Jasper…

—Nah, nah, nah, tu peleaste contra Jasper y ganaste. Yo solo… logre que casi me matase, como una idiota.

Connie ladeo la cabeza hacia un lado. Sus ojos aun brillaban, igual que sus mejillas humedecidas.

—Todo eso es fácil de decir ahora, pero en ese momento estaba aterrada…

—Igual que ahora.

—Y tampoco estuve sola todas esas veces.

Espinela sonrió con debilidad.

—Je, misma respuesta.

Connie la miro confundida hasta que entendió a lo que Espinela se refería. Era cierto; no importa lo que pase, estaban juntas y podían enfrentar lo que fuese.

Por un instante se miraron a los ojos, indecisas de que hacer, hasta que Connie se decidió.

Inclino la cabeza hacia adelante; Espinela cerró los ojos y espero, paralizada, a sentir algún contacto en los labios.

El rostro de Connie esquivo el de su amiga mientras su frente se apoyaba sobre su hombro. Espinela exhalo aliviada, pero su corazón igual se contrajo de angustia.

"Es mejor así."

—Perdón, soy una tonta —los brazos de Connie rodearon a Espinela—, siempre me preocupo demasiado.

Con dificultad, como si fuera una tarea sumamente compleja, Espinela abrazo a Connie.

—Diste en el clavo. La única que tiene permitido ser tonta soy yo.

—Eres muy inteligente, no digas eso.

El abrazo de Espinela se intensifico. El aire se hacía más respirable, mientras la ansiedad abandonaba los hombros de las chicas. Cuando se separaron, Espinela le tendió unos pañuelos a su amiga para que se secase las lágrimas. Ella misma se seco las suyas, muy disimuladamente, para no alarmar a Connie.

No dijeron mucho mas después de eso, pues el tiempo se les agotaba. Se pusieron espalda con espalda para cambiarse. Espinela no se contuvo y volteo la cabeza para ver como Connie se desvestía, deslizando su pantalón por sus largas piernas, exponiendo su piel. Estaba de pies a cabeza cubierta de cicatrices. La boca se Espinela se humedeció, pero sus labios estaban secos. ¿Sería tan terrible cerrar la distancia entre las dos? Abrazar a Connie por la espalda y susurrarle que todo iría bien, sentir su piel contra la suya propia. Ni siquiera tenía que ser algo sexual; un simple abrazo de amigas.

Pero si se dejaba llevar, si se entregaba a Connie ahora, no sería como amiga. Y si Connie la rechazaba, si le daba la espalda o se molestaba con ella por si quiera insinuar...

Espinela suspiro. No tenían tiempo para ese tipo de drama.

Cuando Connie miro hacia atrás, Espinela le dio la espalda. Le ardía el rostro y tenia calor; demasiado. Se distrajo poniéndose su traje de alienígena. Primero las piezas de abajo, luego la pechera, las hombreras, todo en el orden correcto. Una parte incomoda de su mente se pregunto si Connie no la estaría observando ahora, hechizada por sus movimientos como Espinela había estado por los de ella.

No, qué tontería. Su mente consciente desecho la idea al instante.

Terminaron de vestirse y ayudaron a la otra con su cabello. Espinela tenia gran experiencia haciendo trenzas y la de Connie quedo perfecta. Su cabello olía a menta y jazmín. No necesitaba ayuda para atar su pelo en coletas, pero no se opuso cuando Connie se ofreció. Sus manos eran delgadas y callosas, las manos de una guerrera.

Una vez terminaron, se pusieron frente al espejo. El cambio era increíble. Connie en su traje de rebelde espacial se veía genial; era básicamente un una-pieza azul brillante con placas plásticas encima haciendo de armadura, como algo sacado de Tron. Espinela contrastaba con ella, con su armadura de alienígena magenta. El corazón en su pecho realmente era la pieza de gracia; lucia extraña en el nivel justo como para llamar la atención sin provocar desagrado.

—Mira eso, ¡casi parece que sabemos lo que hacemos! —exclamo Espinela.

—Tuviste la idea correcta. Darle un tema espacial a la banda dio resultado —Connie se ladeo de un lado a otro, ojeando sus piernas y trasero en el espejo.

—Ey, cuando tu mejor amigo es el Príncipe del Espacio, tienes que sacarle provecho —la voz de Espinela se encogió—. Espero que al público le guste.

Tímidamente, Connie entrelazo sus dedos con los de su amiga. Espinela noto el temblor en su mano. Quería decir algo, cualquier cosa que cambiara esa expresión preocupada que la miraba desde el espejo.

Cuando abrió la boca para hablar, sin embargo, empezó el escándalo. Desde afuera oyeron el sonido de miles de pasos, decenas de voces alzándose en un griterío. Risas y silbidos llenaron el aire.

La gente estaba empezando a entrar y se notaba que eran una manada.

El pecho de Espinela quemaba y le dolía, pero no supo si por la ansiedad o el deseo. Quería salir y al mismo tiempo quería correr y esconderse.

—No puedo —dijo una voz, pero no fue la suya propia.

Volteo la cabeza para ver a Connie petrificada, mirando hacia la puerta como si las Diamantes mismas fuesen a entrar en cualquier momento.

—Q… ¿qué?

—No puedo —Connie se soltó del agarre de Espinela—, lo siento.

Dicho esto, empezó a pasear por el camerino, recogiendo su ropa y sus notas. Espinela la miraba con una mescla de pánico y rabia.

—Er, amiga. Compañera... ¿qué crees que estás haciendo?

—No puedo hacerlo, me voy.

— ¿Qué? ¿Así vestida? —Espinela se le puso en frente, cortándole el paso— ¿Qué vas a hacer, pedir dedo hasta llegar a Marte?

Connie suspiro y aparto a Espinela con suavidad. Empezó a guardar sus cosas en su mochila. De acuerdo, al parecer si tenía toda la intención de salir a la calle vestida de astronauta.

— ¿Y todo lo que hablamos hace rato? Todo lo que me lloraste en el oído fue para nada, ¿eh? 'Ay pobrecita de mi, que mal estoy' —se mofo Espinela, ya ni siquiera importándole si era cruel—. Pues que crees, princesa, ¡YO también estoy muerta por dentro! Pero igual voy a salir afuera…

¡TUD! La mochila cayó al piso.

—Mis padres están ahí afuera, Espinela —Connie se puso frente a ella. Hablaba con una voz tan seria que espantaba—. Y mis amigos. Y… y todos los fanáticos de Sadie Killer, la… la mitad del Pequeño Planeta Madre…

—De hecho, creo que esta TODO el Pequeño Planeta Madre.

Connie gruño con exasperación.

—Eso es lo que quiero decir. Si fallo… si me equivoco y… y se me olvida la letra, todos s… sabrán que no puedo. Que no pertenezco a este mundo —las manos de Connie se fueron a su cabello, enredándose entre sus risos.

Si antes la ansiedad había escapado en forma de lágrimas, ahora se estaba acumulando en su pecho como una esfera de furia. Atascada, carcomiéndola desde dentro.

—No puedo p… pasar por eso —Connie agito la cabeza de un lado al otro—. Y no quiero arrastrarlos conmigo. Prefiero irme.

Connie le dio la espalda a Espinela y se dirigió al sillón; junto sus notas, ya sin importarle si se arrugaban o no, y las tiro dentro de su mochila.

El alboroto ahí afuera se hacía cada vez más intenso. En su mente, Espinela gritaba y chillaba. En el mundo real, su cuerpo temblaba como hoja; apretaba los dientes para evitar estallar en ladridos y quejas.

No quería que Connie se fuera, ¡no podía dejarla! Pero no podía obligarla a subirse al escenario (no sabía cómo). Las lágrimas amenazaban con volver a escapar porque toda esa situación no era justa. Por un lado tenía un público entero esperando por ella, esperando que abriese para Sadie Killer. Y por el otro tenia a Connie, preparándose para abandonar la banda, y Espinela tenía la sensación de que si dejaba que saliese por esa puerta se marcharía para siempre de su vida.

"¡No, no, no!" gritaron los demonios desde el rincón más oscuro de su mente. "¿Porque me haces esto? ¿Por qué me haces elegir? Te tenía a ti, a Steven, a la banda. Tenía todo lo que quería y me lo estas quitando. ¡Qué tengo que hacer por ti!"

Solo cuando sintió el ardor en sus ojos se dio cuenta de que la presa se había roto. Estaba llorando; gruesas gotas caían por sus mejillas. Intento mantener el aire dentro de sus pulmones, pero seguía escapándosele en forma de patéticos quejidos.

Connie alzo la mochila por sobre su hombro y se digno a mirar a Espinela. Era difícil saber quien de las dos se veía más miserable.

—Dile a Steven que no espero que me perdone —dijo Connie, bajando la cabeza—. Y tu tampoco.

Se dirigió hacia la puerta y, cuando estaba a medio camino, se detuvo. Espinela la estaba sujetando del brazo, aferrándose como si estuviese a punto de caer por el abismo y Connie fuera su salvavidas.

Y en cierto modo, así era.

— ¡Ay! Espinela, me lastimas…

—Voy contigo.

Silencio. El escándalo se hacía más y más fuerte, pero las chicas ya no le prestaban atención.

— ¿Qué, quieres dejar a Steven solo? —pregunto Connie con una risa seca

—No, Steven viene también. Tu, yo… y Steven. Vámonos juntos, lejos de aquí.

Espinela no supo de donde saco la fuerza mental para hablar sin quebrarse en gemidos y suplicas, pero así fue. Connie, por supuesto, la miro como si estuviese loca (y Espinela no estaba segura de que no fuera ese el caso).

—Como, o sea… ¿Escapar? ¿De verdad? —Connie mordisqueo su labio inferior—. No… no podemos hacer eso.

— ¡Porque no!

Espinela grito con tal fuerza que Connie miro alrededor, como si fuera posible que alguien las estuviese oyendo por encima del escándalo del público.

—Mira, llevo todo el día mordiéndome las uñas, pensando que voy a hacer algo que estropee el concierto —dijo Espinela—. Steven esta con la cabeza en las gemas rebeldes. Y tu estas comiéndote el coco pensando que no eres tan buena para el mundo del rock. ¡Y eres la única de los tres que tiene neuronas!

—P… pero el concierto es importante para ti…

— ¡TU eres importante para mí! Pídemelo y tirare mi batería a la basura.

La voz le falló a Espinela por un instante. Oyó lo que dijo, pero no podía creer que fueran sus palabras. Lentamente, su ansiedad se transformo en una risa maniaca.

—Je… jeje, que gracioso —dijo Espinela entre carcajadas—. Es… es gracioso porque es verdad. Si me lo pides, yo… yo lo dejaría todo.

La risa se ahogo hasta convertirse en llanto. A eso se resumía todo. Espinela quería creer que había cambiado, que había aprendido de sus errores. Resulto ser que no. Seguía siendo la misma persona. Era vulnerable y débil. Necesitaba ser querida, porque no se quería a sí misma. Era capaz de dar todo, de cambiar lo que fuese, de modificar la estructura misma de su ser, solo para recibir algo de amor. Se había engañado a si misma por un tiempo, creyendo que era mejor ahora. Más inteligente.

Pero no. Espinela no podía ser más de lo que ya era. Entregada, ciento por ciento, en cuerpo, mente, y espíritu. ¿Y la parte más irónica? ¿La parte que verdaderamente hacia que te destornillaras de la risa?

Ya ni siquiera le importaba. Todo el esfuerzo que había invertido en cambiar ya no valía nada. Mientras pudiese tener a Connie y Steven a su lado, Espinela era capaz de arrojarse al Vacio y escalar de vuelta a la superficie, sonriendo todo el tiempo.

Sintió una mano en su mejilla y su primer instinto fue inclinarse hacia ella. Connie le paso un pañuelo (el mismo lleno de lágrimas que había usado antes) y seco las mejillas de Espinela. Su expresión era la de un matemático mirando un pizarrón.

—Y… ¿a dónde iríamos? —pregunto Connie con un deje de humor.

—A… a donde sea —gimoteo Espinela—. N… no sé si recuerdas que Steven es m… millonario. Amiga, p… podemos ir a donde sea. Solo… solo carguemos el auto de Steven y manejemos hasta Tijuana.

Connie carcajeo. ¡Qué hermoso sonido!

— ¿Tijuana?

— ¿Muy tropical? No importa. Podemos agarrar un avión y volar hasta el ártico… Donde sea que estemos, estaremos bien juntos —Espinela sujeto la mano de Connie contra su mejilla—. Di… dijiste que no sabias si pertenecías a este mundo. Bueno, yo se que pertenezco contigo. No hay universo en el que me vea sin ti.

Connie estaba paralizada. Se había habituado a una Espinela emocionalmente constipada, que era rápida para sentirse herida y cambiar de ánimo, pero cerrada a la hora de compartir sus emociones. Y de repente, oír todo esto… No sabía que le había ocurrido a su amiga en las últimas horas, pero sus palabras dieron vueltas en el cerebro de Connie, dando forma a una idea. Una demencial y hermosa idea que la hizo sonreír.

—Podemos ir al sur —dijo Connie.

— ¿Como a Brasil?

—Más al sur. ¿Has oído hablar de la Patagonia?

—Err… imagino que no tiene que ver con los patos.

—Es un territorio al sur de Argentina —explico Connie— Hay un lugar llamado Tierra del Fuego.

—Suena caluroso.

—No lo es. De hecho, es uno de los lugares más fríos y ventosos del planeta.

Espinela se rasco el cuello con su mano libre. Su otra mano aun sujetaba la de Connie contra su mejilla.

—Tendrás que esforzarte más para venderme este paquete de viaje, amiga.

—Solo piénsalo un minuto —Connie empezó a usar su voz de profesora—: Es el lugar más al sur donde puedes vivir, excepto por la Antártida. ¡Y es increíble, Espinela! Vi unas fotos en internet. Tiene unos paisajes que jamás había visto, y eso que eh estado en el espacio. Y hay playas donde puedes ver a los pingüinos anidar y a las ballenas orcas al mismo tiempo. Y algunas zonas son tan altas que por la noche se ven todas las estrellas. Jamás eh ido pero… creo que podrías ver la nebulosa del Planeta Madre desde allí, sin telescopio. Y lo mejor es que es tan alejado que nadie nos molestaría. Estaríamos… solo nosotros tres. Y la nieve.

Nieve. La palabra se repetía en el cerebro de Espinela.

"Tienes el corazón de una Valkiria, Connie."

—Así que, ehm… Si fuéramos a algún lugar, me gustaría que fuese allí —Connie aparto la mirada, como si acabase de contar un chisme o un secreto.

Pero ya era tarde. Espinela se había grabado todo en la cabeza y ya se estaba haciendo ilusiones. Busco la otra mano de Connie y sostuvo ambas entre las suyas.

—Si, a donde sea. ¡Donde tú quieras! —dijo Espinela, repleta de energía. Estaba tan cerca de Connie que podría susurrarle y ella entendería todo—. Solo hay que subir a la van, cargar combustible y partimos. Claro, será todo un viaje y para cuando lleguemos tendremos los traseros como paneles de madera, pero llegaremos.

»Buscaremos una playa, la más linda, y haremos una casa ahí. O pediremos que nos construyan una, es igual. Eso sí, construiremos un portal. Así la familia de Steven podrá ir y venir cuando quiera. Y un telescopio, para que veas todas las estrellas.

»Y yo plantare un jardín, ya verás. Sera el mejor de todo el mundo. Pondré cactus en la parte de enfrente para alejar a la chusma. Y en la parte de atrás armare un jardín de flores. Plantare gardenias, no-me-olvides, tulipanes rojos, muérdago, narcisos, lirios y cualquier otra planta que quieras. Pondré una glorieta con enredaderas que den campanas en verano, una cucha para que duerma León (porque no meterás a ese animal a la casa, Connie). Y una banca, para sentarnos los tres y… Es… estoy diciendo tantas cosas. Creo que me estoy volviendo loca, dime que estoy loca, por favor.

Espinela dejo de hablar cuando la mano de Connie rodeo su cintura. Había algo hambriento en su mirada.

—Espinela —dijo Connie. Sus ojos eran tan profundos que Espinela temió perderse en ellos— ¿Y si te dijera que no estás loca?

Espinela se relamió los labios.

—Me costaría trabajo creerlo.

Connie esbozo una sonrisa silenciosa, que desapareció cuando choco sus labios con los de Espinela.

Eran suaves. Demasiado. No es justo; Espinela no podía resistirse a esos labios carnosos.

Se derritió en el beso, perdiéndose en la sensación del cuerpo de Connie contra el suyo. Manos en su espalda, dientes mordisqueando sus labios. La calidez de su aliento, la dureza de los trajes chocando entre sí. Demasiada ropa; cualquier cosa que le impida sentir esa piel cicatrizada era demasiado. Gemidos; dos voces distintas, alzándose en coro, fundiéndose. Fusionándose.

Todo en Connie era intoxicante hasta tal punto que si no se separaban ahora, ya no podría nunca más.

—Connie. Co…Connie —dijo Espinela, poniendo distancia entre ellas.

'Distancia', claro, era un decir. Aun estaba atrapada en los brazos de Connie, con sus manos clavándose en su espalda. No quería ser soltada jamás.

Connie abrió lentamente los ojos, como despertando de un sueño largo.

— ¿Si Espinela?

Espinela abrió y cerró la boca varias veces.

—Lo olvide —dijo, con una risita—. Olvide lo que iba a decir.

Una risa feliz poseyó a Connie, mientras apretaba a Espinela contra ella. La diferencia de altura era tal que Espinela tenía el rostro cómodamente enterrado entre los pechos de Connie. No le molestaba en absoluto.

"Gracias. Gracias por no abandonarme, por quererme, gracias," repetía Espinela, una y otra vez.

Aun no entendía bien lo que había pasado. ¿Estaba soñando? ¿Sus sentimientos eran correspondidos? O acaso… ¿Fue solo una calentura del momento? Y si eran correspondidos… ¿Eran reales, o era Espinela solo un fetiche, la fantasía de una pareja ya formada? Y más importante aun... ¿Qué opinión tendría Steven sobre esto?

Como si lo hubieran invocado, la puerta se abrió y Steven entro. Espinela se aparto de Connie, arrastrando a la chica consigo un segundo antes de que la soltase.

—Listo chicas ya está listo… todo —dijo Steven y se interrumpió a sí mismo.

Se quedo de pie en el umbral, mirando a sus amigas. Espinela y Connie estaban en sus trajes (lo que era bueno), pero el aire se sentía especialmente cargado. Su sexto sentido empático empezó a hacer sonar la alarma emocional.

—Chicas, ¿paso algo? ¿Todo está bien?

Espinela busco la mirada de Connie; era la serenidad misma.

—Sí, todo está bien —dijo Connie con confianza.

— ¿Segura?

—Mmm-hmm.

Steven dudo solo un segundo antes de cerrar la puerta, ahogando el ajetreo que llegaba desde afuera.

—Así que… ¿Qué día estamos teniendo eh? —bromeo Steven, pero no recibió respuesta—. Escuchen… Sé que hoy me equivoque y mucho. No debí haber ido a esa misión y no debí haber mentido.

—Está bien Steven, no importa —respondió Connie.

—Si importa —Steven se acerco al centro del cuarto—. A mí me importa. Fue una mentira tonta. Pero solo quiero que sepan que si no quieren hacer esto, solo… Vámonos.

Ambas chicas se quedaron pasmadas. Connie le dio una mirada inquisidora a Espinela, como preguntándole '¿sabías algo de esto?'. Espinela se encogió de hombros.

—Digo, no estoy ordenando 'vámonos'. Solo… Estamos en una banda ¡Se supone que sea divertido! Y si no nos vamos a divertir, podemos irnos ahora —Steven rio, pero sus hombros estaban tensos—. ¿A quién le importa verdad? Nadie nos conoce así que podemos largarnos… si ustedes quieren.

Connie se lanzo a los brazos de Steven y lo beso. Espinela sintió una corriente eléctrica subir por su espalda. Su memoria del evento estaba algo empañada, pero le pareció que Connie besaba a Steven del mismo modo que estuvo besándola a ella, hace apenas dos minutos. No tenía idea si eso la hacía sentir mejor o peor, pero sí la hacía sentir calor.

Cuando se separaron, Steven parecía tan confundido como ella.

—No. Quiero hacerlo —sentencio Connie.

— ¿Qué? —chillo Espinela—. Pero que… que fue… yo creí…

—No quiero que tengas que renunciar a nada. Ni por mí ni por nadie. Se lo mucho que esto significa para ti, Espinela. Para ustedes dos.

Espinela vio en los ojos de Connie un fuego que no estaba ahí antes. Era la determinación más pura.

— ¿Estás segura? —pregunto Steven.

—Si —Connie sujeto la mano de Steven en la suya, y su otra mano se extendió hacia Espinela—. Pero solo si vamos los tres juntos.

El corazón de Espinela daba vueltas, al igual que su cabeza. El beso, el estrés, el concierto, las gemas rebeldes… todas las ideas se acumulaban en su cabeza como una mescla para pastel con mil ingredientes horribles. Sin embargo, el pensamiento más pesado, el que brillaba por encima de los demás, era que quería salir a tocar. Quería hacer música y perderse en el escenario. Quería tocar con sus amigos, los que significaban para ella más que la vida misma.

Espinela sujeto la mano de Connie con firmeza, en un gesto de hermandad.

— ¿Es una broma? Ustedes estarían perdidos sin mí. Estoy lista —exclamo Espinela, y era verdad. Nunca iba a estar más lista que ahora—. ¿Y tu Steven, estás listo?

Steven les sonrió con fiereza; sus colmillos parecían más filosos, como si estuviese listo para la guerra.

—Denme mi traje de hombre del espacio y estaré listo.

Bien. Bien dicho.

Espinela sujeto la mano de Steven y por un minuto estuvieron sujetos los tres, formando un círculo, y los tres sintieron que algo nuevo estaba surgiendo entre ellos, aunque no entendiesen bien que.

—Prepárense —dijo Espinela, llena de determinación—, porque esta noche tocamos en el Valhala.


lol si, los deje con otro gancho. Lo siento! (no lo siento).

Un dato importante: Presten mucha atencion al significado de las flores que menciona Espinela, hay un sentido oculto, si saben algo de lenguaje de flores (l primero que lo descubra, es un genio :D)

En este capitulo se me complicaron las cosas, lo acabe cambiando un poco de como lo escribi al principio. Se me ocurrio que Connie es mas mandada que Steven, asi que dadas las circunstancias, ella se lanzaria y le daria un pico a Espinela (y mas, en este caso). Al menos esa es mi interpretacion :P

No se pierdan el proximo capitulo, ya viene el concierto! Y como siempre, si les gusto, no duden en comentar! Un abrazo grande!

Nos vemos!