Capítulo 3. La realidad.

Sebastian y Susanna caminaban por el centro comercial, parecía que tenían una conversación casual, pero la verdad distaba mucho de las apariencias.

-¿Qué es esa herencia? –la curiosidad se notaba en su voz.

-Es algo que usted debió haber notado desde hacía varios años, pero que en cuanto comencé a buscarla y… -hubo una pequeña pausa; estaba omitiendo algo- acercarme se fue haciendo más notorio.

-¿A qué te refieres?

-Estoy seguro de que alguna vez notó cosas raras a su alrededor. Tal vez sombras o veía cosas pasar y luego desaparecían –esperó a que la chica asintiera- son tan solo reflejos de lo que hay y que por lo general los humanos no pueden ver.

-¿Extraterrestres? –dijo en broma.

-Qué bueno que lo tome con sentido del humor…

-¿Quieres decir que en la familia Serafer, podemos ver… proyecciones…. Energéticas?

-Así es –se quedó en silencio por un momento, meditando lo que acababa de decir.

-¿Y eso se aceleró porque tuve contacto contigo?

-Sí, yo mismo me encargué de que despertara. Así todo será más fácil para nuestro contrato –Sebastian estaba más serio que de costumbre y ella no pudo evitar pensar que ocultaba algo. Tampoco era como si el tema le atrajera mucho. Tenía miedo de lo que pasaría y entre más pudiera postergar las cosas, sería mejor.

Cuando llegó el día de comenzar con las clases que la prepararían para administrar la empresa y ponerse al parejo de los demás accionistas, Susanna sintió temor pero por dentro se reprochó por hacerlo. Había enfrentado dificultades peores, así que ¿cuántos problemas le podría traer una clase de economía? Eran pruebas que debía superar; no tenía elección.

Las clases que debía tomar abarcaban diferentes rubros: administración de empresas, teoría económica moderna, negociación, idiomas y leyes comerciales. Era como si estuviese terminado sus estudios en la universidad, sólo que pasó de estudiar filosofía política a cuestiones demasiado prácticas para lo que estaba acostumbrada, pero ya comenzaba a hacerse a la idea de que las cosas no volverían a ser como antes.

Sebastian se había encargado de conseguir a los mejores profesores y profesoras que puedo encontrar. Algunos daban clases en prestigiosas universidades y otros eran genialidades en lo que a su trabajo respectaba. También procuró que los altos mandos de la empresa la mantuvieran informada respecto a la dinámica de las acciones y demás movimientos dentro de la empresa. Las clases eran impartidas en la casa de los Serafer, donde Susanna permanecía todo el día estudiando y acoplándose a sus nuevos deberes. Después de dos semanas de clases intensas y diferentes "prácticas virtuales" por fin pudo comprender y empezar a manejar la empresa familiar, al menos en la teoría y al mismo tiempo, mantenía su mente ocupada, sin embargo, comenzó a tener problemas para conciliar el sueño y se despertaba un par de veces en la madrugada.

En ocasiones Sebastian le preparaba un té relajante para que pudiese dormir mientras le contaba alguna anécdota de principio de siglo o describía las costumbres de la época victoriana, era como si le contase un cuento para antes de dormir y eran de los momentos favoritos del día para Susanna. .

La chica ponía atención a todas las lecciones; no era como si se tratara de una simple calificación, eso era la vida real y cualquier aspecto desatendido tendría una fuerte repercusión en el desarrollo de la compañía farmacéutica. Suerte para ella que las finanzas y las matemáticas se le daban desde que era pequeña, si no hubiera sido muy difícil comprender el funcionamiento de la empresa.

-Señorita, me complace informarle que el día de hoy no tiene planeada ninguna clase o compromiso. Tiene el día libre –dijo Sebastian justo después de entrar al cuarto y acercarse un poco a Susanna para despertarla sin sobresalto alguno; si algo había aprendido en el tiempo que llevaba conociéndola era que despertarla de manera abrupta o abriendo las cortinas no era buena idea…

-¿En verdad?... ¿qué hora es? –dijo despertando poco a poco.

-Son las 9 de la mañana.

-Entonces déjame dormir unas horas más….

-Como usted ordene señorita. Sólo tenga en mente que podría aprovechar el día para aprender más de su familia –dijo el mayordomo tratando de persuadirla

-Eso puede esperar a las 12 del día, déjame dormir… -se puso una almohada en el rostro para volver a conciliar el sueño.

Al medio día, ella despertó y comenzó con gran decisión a investigar acerca del pasado de su familia; estaba convencida de que algo en la historia debía darle indicios de por qué y cómo había comenzado todo. Se dirigió al despacho del segundo piso para comenzar a trabajar, donde Sebastian había preparado una serie de archivos, libros y fotografías.

El lugar estaba decorado tal y como lo dejó su abuelo, con un estilo clásico y rústico. Las paredes eran de madera oscura y el elegante escritorio estaba frente a la ventana, teniendo así una vista del bonito paisaje del jardín y el horizonte. Había también un par de fotografías en las paredes, mismas que Susanna mandó quitar, dejando tan solo el retrato de su abuelo en una de las paredes, observándola mientras trabajaba.

Una vez en el despacho, la chica comenzó a revisar los documentos de su familia, diarios y anotaciones hechas por sus antepasados y familiares ya fallecidos. Buscaba algo que la hiciera dar con la razón precisa del por qué había sucedido lo que sucedió con su familia. Al mismo tiempo aprendía más sobre la historia familiar y se sentía identificada por ellos, no sólo por los rasgos físicos, sino por algunas percepciones y opiniones de sus antepasados, que resultaron ser similares a los de ella y por primera vez desde que llegó a esa casa, estudió las fotografías de la sala, por fin reconociendo a cada uno de los que aparecían ahí.

El día siguiente transcurrió con normalidad, sin embargo poco se imaginaba Susanna sobre los planes que tenía el mayordomo para ella. Aunque todo pareciese en su lugar y su actitud no cambiase, Sebastian estaba esperando el momento preciso para mostrarle los alcances del contrato y darle al menos una probada de las cosas a las que se enfrentaría.

Ya cerca de la noche, después de todas las clases que Susanna tuvo que tomar y la extenuante sesión de papeleo, por fin hubo un espacio libre para relajarse; faltaba casi una hora para la cena y la chica decidió servirse un whiskey en las rocas, pero en cuanto se sentó en el sillón de cuero Sebastian entró al despacho. Llevaba consigo un par de folders y la expresión relajada de siempre.

-Señorita ¿cómo se sintió el día de hoy? Me han dicho que está progresando en las clases de administración y negocios.

-Estoy cansada… pero valdrá la pena todo este circo –tomó un sorbo de su vaso. Parecía seria y esa era la máscara que había aprendido a usar para esconder sus angustias y temores nacidos de las recientes experiencias.

-Sí que lo hará –Sebastian sonrió malévolamente por una fracción de segundo- y creo que es momento de que comencemos a trabajar en eso que desea destruir… –el sello del contrato demoniaco se sintió caliente en el cuello de Susanna, quien ya comprendía a lo que se refería.

- Asumo que tienes más información sobre el paradero de esas personas.

-Sería mejor comenzar por lo básico…hay algo que debe saber.

-¿Por qué no me sorprende que no me hayas dicho todo, demonio? –trató de hacer un tono de voz que sonara antipático. Estaba a la defensiva.

-A decir verdad, estaba esperando el momento oportuno para decírselo. No consideré adecuado darle toda la información debido a la naturaleza del asunto.

-Que buena excusa… -dijo Susanna con sarcasmo mientras cruzaba la pierna en el sillón donde estaba sentada- ¿o será que dar con ellos es una tarea demasiado difícil para ti? –arqueó una ceja; sabía que el orgullo de Sebastian era muy sensible.

-Escuche…- Sebastian se acercó con paso decidido y ese brillo demoniaco en los ojos, amenazador y desafiante- cumplir el contrato va a tomar tiempo, ya se lo dije, así que será mejor que empiece a confiar en mí –estaba de pie en frente de ella, viéndola hacia abajo como un indicativo del acuerdo que tenían. Fue un gesto que evidentemente buscaba molestarla.

-Claro, sobre todo porque esa actitud es digna de confianza... Te recuerdo que omitir detalles te hace un mentiroso y… desde una perspectiva legal, incluso podría disolver nuestro acuerdo –ella no se movió de su asiento y sólo se recargó en el respaldo del sillón, contestando a la actitud del mayordomo, quien se inclinó y ahora su rostro estaba muy cerca del de ella.

-Me temía que lo que voy a decir la afectara demasiado –de pronto su tono de voz fue más grave- Los humanos son tan frágiles que dan lástima. Disculpe, no volveré a considerar su "patético" estado psicológico y le diré las cosas como son, a ver si lo que pretende mostrar no es sólo la fachada, "señorita"

-Eres un insolente… -Susanna sintió ganas de golpearlo, aunque no estaba segura del por qué. Sin duda el comentario había sido hiriente, pero la actitud de Sebastian era altanera y retadora y al mismo tiempo detestó la cercanía del demonio con ella, no porque le molestara; al contrario, era una sensación que le agradó más de lo que esperaba y sintió algo parecido al desprecio para su persona.

-Hm…lo que sea… -rió con malicia antes de ponerle la mano derecha sobre la cabeza.

De inmediato Susanna sintió un remolino a su alrededor, como si estuviera cayendo a un precipicio y la habitación en donde estaban desapareció por completo. Ahora todo era negro y seco, como si estuviera hueco. Intentó gritar, pero no tuvo éxito. Nada se escuchaba, sólo su propia voz dentro de su cabeza. Tal vez eso era el fin y Sebastian se había quedado con su alma.

Siempre imaginó el cielo como un lugar alegre, lleno de luz y con sus seres queridos; el infierno, un lugar incómodo y con tonalidades rojas, en donde se sentían los peores castigos, pero desde ese momento pensó que, tal vez el peor castigo sería quedarse en aquel lugar; un limbo negro y vacío, donde el tiempo era imposible de calcular y además estaba sola… sola para toda la eternidad, atrapada con sus propio pensamientos que se convertirían en verdugos con cada minuto, cada hora. Comenzó a angustiarse y a respirar con dificultad. Sudaba frío y sus manos parecían acalambrarse. Quiso correr pero sus piernas no respondieron. Ese debía ser el fin.

De repente escuchó una voz y una risa.

-¿El fin?... –rió de nuevo- de ninguna manera. Tan sólo es un espacio, digamos intermedio; una dimensión creada para que pueda mostrarle lo que sé.

Susanna no podía hablar y la voz de Sebastian estaba dentro de sus pensamientos. Al parecer tendría que comunicarse dentro de su mente.

-¿Sebastian? ¿Qué carajos…?

-En cuanto se acostumbre a esta oscuridad podremos comenzar – dijo con serenidad mientras ella continuaba con el ataque de pánico; esta vez con miedo de estar ahí encerrada con el demonio, no por el entorno en el que se encontraba- no debe temer, no le haré daño.

-¡Sal de mi mente!

-Sólo escuche mi voz…. Relájese y podrá ver lo que le voy a enseñar sobre su pasado –ella intentó respirar hondo y calmarse, pero era difícil. Se sentía insegura y demasiado consciente de su mortalidad; una sensación que en los últimos días se había hecho más frecuente- Concéntrese en el sonido de mi voz –el sonido parecía tener un eco que sólo se escuchaba en la cabeza de Susanna- todo terminará pronto. Será un trago amargo, pero necesario para que sepa lo que tiene que hacer. Después de todo, no puede luchar contra espejismos. Será mejor que vea la realidad -momentos después la chica se calmó por completo y fue capaz de ver una luz diminuta que parecía hacerse más grande- bien, comencemos.

Y de repente Susanna estuvo en medio de una sala muy elegante con un hermoso piano de madera y un hombre con traje anticuado tocaba las teclas del instrumento, como si intentara traducir con sus manos la melodía que revoloteaba por su mente. Era de noche y a sala estaba iluminada. Tenía un papel tapiz azul oscuro que combinaba con la fina decoración que parecía ser de otros tiempos

-1880. Estocolmo, Suecia –la voz de Sebastian seguía en su cabeza- ese hombre es su tras tatarabuelo, o cuarto abuelo… lo que de modo común llamarían "tatara tatarabuelo"

El hombre tenía la mirada fija en las teclas, pero su mirada estaba más allá. Tenía un aire nostálgico que lo hacía parecer distante de la realidad, si es que a esa visión se le podía considerar como tal.

Momentos después unos hombres llamaron a la puerta y hablaron con él. No se escuchaba bien lo que decían, pero de inmediato el hombre tomó su sombrero de copa y salió de la casa en compañía de los hombres. Lo siguiente en la visión fue una calle oscura, apenas iluminada por un farol y el tras tatarabuelo de Susanna iba caminando con aquello hombres. Iban en silencio y se detuvieron en frente de una casa muy grande que tenía un aspecto misterioso. A simple vista era una casa más en medio de la enorme calle que albergaba casas de verano para los nobles de Suecia, pero la vibra que emitía no era normal. Llamaron a la puerta y entraron. Después una escena con los mismos hombres, ahora acompañados de otros tres. Bajaban una escalera mientras el que encabezaba la fila sostenía una antorcha para alumbrar el camino.

El tras tatarabuelo iba justo detrás del hombre de la antorcha. Todos iban formados en una manera que no podía ser deliberada. Quizá era una jerarquía expresada con actos y no palabras; todo parecía que todo era parte de una película editada, sin sonido y con escenas cortadas.

Después aparecieron en el sótano, en una mesa redonda, diciendo palabras que no se escuchaban. Parecía una conversación común, pero instantes después aquel que parecía ser el líder tomó un libro y comenzó a leerlo a los demás.

La siguiente escena era en la misma sala de antes, donde el piano parecía ser el centro de atención. Ahí, el cuarto abuelo de Susanna, estaba de pie, abrazando a un muchacho más joven que él, quizá de uno 18 años.

-Ese es su tatarabuelo. Un muchacho que cambiaría la suerte de su familia por los siglos de los siglos –la frase de Sebastian sonó como una sentencia.

Otra escena mostró al padre y al hijo, junto con los demás hombres reunidos en el sótano. Parecía que era varios años después de las primeras escenas y ahora el muchacho, quien ahora pasaba los veinte años, estaba sentado a la derecha del líder. Todos hablaban y parecía que estuviesen intercambiando ideas, aunque el chico parecía tener el control sobre toda la plática. Después, una escena, algunos años después y en donde ya no estaba el cuarto abuelo, el grupo de hombres estaba reunido en aquel sótano, pero todo parecía diferente.

El cuarto estaba más oscuro y estaba iluminado por velas. Había un gran libro y pergaminos sobre la mesa y justo en el centro, una vasija cuyo contenido era desconocido. Todos estaban de pie en sus lugares, mientras el tatarabuelo decía unas palabras, sosteniendo una perla negra en la mano derecha y un reloj de arena en la mano izquierda.

-¿Interesante, no?

-¿Están… invocando a un demonio?

-No… como usted sabe, no hacen falta rituales aparatosos ni ceremonias para invocarnos. Están haciendo una petición. Una plegaria.

-¿Qué es lo que quieren? –Sebastian dejó salir un suspiro y Susanna estaba convencida de que tenía una sonrisa irreverente en el rostro

-Lo que todos los humanos quieren: poder… pero observe bien, algo está punto de ocurrir.

Y entonces las luces de las velas se apagaron y la oscuridad reinó por todo el lugar, aunque la perla negra parecía brillar. Tenía un resplandor morado que con el tiempo se fue convirtiendo en rayos. Siete, para ser exactos.

Siete centellas que dieron de lleno en el pecho de cada uno de los hombres que estaban ahí. Todos parecían quemarse con esa luz. Hacían muecas de dolor y se escuchaban gritos por todas partes; aullidos de agonía y lágrimas inundaban el sótano. Una escena impresionante, no sólo por el dolor, sino por el ambiente del lugar. Tétrico y caluroso mientras una sombra apenas perceptible aleteaba sobre los hombres que yacían en el piso lamentándose.

Era una silueta femenina cuyo rostro a penas se distinguía, pero sus ojos se apreciaban negros por completo. Sin pupilas, sólo una bola negra cubierta por los párpados y que pronto miró a Susanna, como si fuera consciente de que era testigo de la escena. Sus labios se movieron como si le estuviera diciendo algo, pero no se escuchó nada.

La chica juró que su corazón se había detenido por un instante, mientras esa mirada se clavaba en ella y el movimiento de los labios de la creatura se impregno en su cabeza. Una sensación espantosa que no se comparaba con la primera vez que conoció a Sebastian. Fue miles de veces más aterradora y cruda.

-Suficiente de estas imágenes. Vamos más adelante –la voz de Sebastian era firme. Era claro que se percató de lo que había pasado

-¿Qué fue eso?

-Un ángel caído. Pero aún hay mucho que ver.

Aparecieron en un lugar diferente. Un jardín con flores y una mesa. Un escenario precioso, detrás de una gran casa donde se llevaba a cabo una fiesta. Había mucha gente adentro, pero en el jardín caminaban dos hombres: el tatarabuelo de Susanna y un muchacho joven.

-¿Mi bisabuelo?

-Así es. Escuche lo que van a decir, esto es importante.

Los dos hombres caminaron por el jardín, adentrándose en un pequeño sendero rodeado por altos arbustos que parecían paredes verdes como fortalezas.

-¿Qué es lo que querías decirme padre?

-Y estás en edad de saber algunas cosas hijo. Cosas de la familia, que se han pasado de generación en generación. Es un secreto confiado de padre a hijo y que desde hace pocos años ha incrementado su valor.

-¿Vamos a hablar de negocios? ¿de verdad? Padre, estamos en medio de la fiesta de cumpleaños de mi madre ¿no podemos dejarlo para después?

-No son negocios –dijo con voz cortante y autoritaria y en seguida el muchacho entendió que era algo más importante- eres parte de la familia Serafer. Tenemos una gran historia detrás de nosotros. Suecia siempre ha sido nuestro hogar y desde pequeño te he enseñado a amarlo. Confío en que tus estudios de química sean de provecho para tu nación llegado el momento.

-Así será padre.

-Algún día serás la cabeza de la familia Serafer y como tal, deberás llevar grandes responsabilidades a cuestas, no sólo lo correspondiente a un hombre de familia. Hay una secreto que guardamos con mucho recelo y no deberás confiárselo a nadie, ni siquiera a quien algún día será tu esposa. Sólo podrás mencionarlo tu hijo –el rostro del muchacho parecía sombrío mientras seguían caminando- somos parte de un grupo… un puñado de personas que buscan cambiar el mundo.

En eso se toparon con los otros seis hombres que estuvieron en el sótano durante la escena anterior.

-Quisiera presentarte a los señores Janssens, Guillot, Schneider, Reznik, Crawford y Soler. A algunos de ellos los conociste con anterioridad

-Buenas tardes –dijo el chico con voz temblorosa.

-Hijo mío, ellos son mis mejores amigos, como ya te he comentado, pero además son mis aliados; son mis hermanos con quienes cambiaré el mundo. Te explicaremos…

Todos los hombres se acercaron a chico y caminaron junto a él mientras le contaban con lujo y detalle lo que hacían en esas reuniones secretas, pero antes citaron:

"Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?

Nietzsche, La gaya ciencia"

-¿Nietzsche?

-Así es, muchacho –dijo uno de ellos- hemos matado a Dios, y no solo nosotros, sino todos los demás que nos rodean. Hemos estado ciegos por mucho tiempo; la humanidad lo ha estado. No somos las únicas creaturas en este mundo ¿acaso crees que esas cosas extrañas que a veces ves son producto de tu imaginación? –el muchacho puso una expresión de horror- claro que no. Todos nosotros los vemos, y eso es porque tienes el don. Nosotros tenemos el don que nos ha sido otorgado por uno de "ellos". Tal vez no somos lo suficientemente fuertes. Los humanos somos débiles en estructura, pero dentro de nosotros tenemos algo que los demás no tienen, y por eso mismo es que ese poder que se nos dio se dividió en siete.

-¿Siete?

-Así es, cada uno de nosotros tiene un don diferente. Un obsequio que conseguimos después de muchas generaciones de investigación, y un día seremos capaces de redimirnos; de cambiar la historia que tantas veces ha sido manchada en nombre de Dios…un Dios que nosotros matamos hace mucho, pero que sigue existiendo y al que le importamos un comino.

-¿Quiere decir que…?

-Es hora de librarnos de sus estúpidas reglas. Ahora tenemos el poder y a los aliados necesarios –otro de los hombres explicó.

Después de eso la escena cambio. Era de noche, las calles de alguna ciudad, algunos años después de esa reunión con el joven bisabuelo, quien ahora corría a toda velocidad. Buscaba con desesperación una dirección. Llevaba con él una mochila que parecía estar llena de papeles y en su mano estaba escrito el número 304.

Ese era el número de la casa en la que entró a hurtadillas, sin que nadie lo viera. Levantó la ventana para poder entrar y subió las escaleras con el mayor sigilo posible hasta llegar a la habitación principal, donde su padre estaba dormido. Vacilando un poco y con la mano temblorosa tomó el cuchillo que llevaba en el saco y comenzó a apuñalar al hombre que yacía en la cama.

La sangre revoloteó por todo el cuarto y un grito de dolor se oyó, pero no por mucho tiempo. Los cortes eran precisos, directos a las venas principales y el hombre murió casi de inmediato, y justo antes de que la servidumbre pudiera entrar, el chico ya había salido por la ventana, huyendo para no regresar más.

Una escena cruda. El bisabuelo mató a su propio padre, y después de eso, las escenas continuaron siendo crudas. El resto se podía resumir en muerte, intrigas, traiciones y violencia. La familia del bisabuelo había sido cazada y perseguida por varios años. Las torturas eran crueles y Susanna comenzó a marearse con tales imágenes. Era un pasado de violencia que ya había leído con anterioridad en el informe, peo verlo con sus propios ojos era algo por completo distinto.

Comprendió lo que había detrás de todo y todo se volvió abrumador. Sus oídos zumbaban y sintió nauseas. Todo comenzó a dar de vueltas y sintió cómo se desvanecía mientras las imágenes de violencia, creaturas infernales, imágenes perturbadoras y lo peor de la raza humana se mostraba frente a sus ojos, pero justo antes de perder el conocimiento se escuchó la voz de Sebastian

-Bienvenida a la realidad.

Notas de la autora:

Hola a todo. Gracias por leer este tercer capítulo. Espero les haya gustado, con todo y que está un poco oscuro, pero disfruté mucho investigando y escribiéndolo. Por cierto, cuando pensé en la parte donde Sebatian le muestra lo de su pasado, estaba escuchando la canción "The truth" de the calling, así que se las recomiendo como ost para este capítulo.

Muchas gracias por el review, sí, ya tengo prácticamente toda la historia escrita, sólo es cosa de ir subiendo capítulos y hacer una que otra corrección. Habrá actualizaciones cada semana.
¡Que tengan buen fin de semana!