Capítulo 16. Una cueva peligrosa

Susanna y Sebastian se quedaron viendo fijamente por unos instantes, y aunque la actitud del mayordomo parecía indicar que se aprovecharía de la situación, no lo hizo y dijo con tranquilidad.

-Suerte que estaba aquí para atraparla –su voz era suave y aterciopelada.

-… demasiada… -y lo empujó con los brazos, indicándole que debía soltarla.

Con lentitud la puso de pie en el piso y se separó de ella, buscando algún indicio de que se hubiera herido en la estrepitosa bajada.

-¿Se lastimó?

-No, sólo perdí mi bastón, así que…

-¿Quiere que la cargue?

-¡No! –dijo de inmediato. No quería ni imaginarse lo que podría ocurrir entre ellos si otra escena como la que acababa de pasar se repitiera. Comenzó a caminar por el camino de piedra, rodeado de altas paredes. Era una cueva subterránea con mucha humedad y musgo creciendo por todos lados.

Ambos caminaron por un par de minutos. Ella se sostenía de las paredes, tratando de recargarse un poco para que no le doliera tanto la pierna. Su corazón palpitaba como un tambor dentro de su pecho. Se estaba acercando a algo importante y lo sabía.

La cueva era muy oscura, pero Sebastian se las había ingeniado para hacer una antorcha con su saco y un pedazo de madera que encontró e iluminaba el camino mientras andaba frente a Susanna. El suelo estaba resbaladizo y ambos se ayudaron de las piedras de la pared para no caer. Llegar al final de la cueva les tomaría tiempo.

Era una cueva enorme. Por suerte sólo contaba con un camino, así que no corrieron el riesgo de perderse, pero dicho camino estaba lleno de obstáculos: el piso era resbaladizo, había segmentos en donde debían saltar para llegar al otro extremo e incluso rocas que debían escalar.

Cuando por fin llegaron al fondo de la cueva, la runa Gar brillaba de un color verde agua. Visible a los ojos de cualquiera y sin necesidad de iluminación.

-¡Ahí es! –ella señaló y se acercó lo más rápido que pudo.

-Permítame... no queremos que suceda algún accidente –y entonces el mayordomo se acercó a la runa y la tocó, pero no sucedió nada. En vez de eso, se le quedó mirando a la pared, aun con la mano sobre el dibujo- interesante…

-Debe haber una forma de abrirla.

-La verdad es que… al poner mi mano ahí puedo sentir un pequeño cosquilleo en la palma. Esta debe ser la manera correcta de abrirla, pero…

-¿Crees que si un humano la toca…? –dijo con algo de reparo.

-Podría ser mortal… -su voz era muy seria.

-Pues si lo es, tu trabajo será hacer que no me mate –exclamó y con gran rapidez puso su mano sobre la piedra,

Por suerte, no le pasó nada a Susanna, pero la piedra se movió, dejando a Sebastian bastante impresionado por el resultado y la manera tan deliberada como tocó la runa, pero después de un momento, sonrió y comenzó a explicar.

-Tal vez sólo reaccione con aquellos que son parte de la familia Serafer –dicha aseveración se confirmó cuando justo detrás de la piedra apareció un cuarto con un cofre en el centro. En cuanto los dos entraron a la pequeña cámara, la piedra detrás de ello se cerró.

-Sólo espero que haya otro modo de salir… -ella dijo antes de acercarse al cofre, que desde luego, requería de una llave que no llevaba consigo, pero tenía algo mejor- ¿Sebastian?

-Oh, por supuesto –con gran facilidad rompió el candado, a la expectativa de lo que habría dentro.

El contenido eran tan solo dos libros de notas empastados con coberturas de cuero viejo Ambos parecían estar restaurados, aunque las páginas de uno se veían muy antiguas, amarillas y un poco arrugadas.

-Esta debe ser la otra mitad de los rituales… -la ojeó pero recordó la advertencia de Sebastian, y le dio el libro.

-Veamos… -leyó algunas páginas y conforme lo hacía, sus pupilas se tornaron brillantes y su cabello se ondeó, como si estuviera frente a una ráfaga de aire. Sintió piel se erizándose mientras sus ojos recorrían las palabras escritas en el papel antiguo. Eran líneas de maldad liquida frente a él, llamando a su naturaleza demoniaca, exigiéndole que saliera, dándole herramientas de destrucción, blasfemia y depravación

Su respiración de aceleró y su negro corazón palpitó con fuerza dentro de su pecho. Susanna supo de inmediato que el contenido de aquel escrito no podía ser nada bueno, no sólo por la reacción de su mayordomo al leerlo. La marca del contrato sobre su cuello comenzó a ponerse caliente, quemándola cada vez más con el paso de los segundos, pero lo único que hizo fue ponerse la mano sobre ésta, sin emitir sonido alguno. Sabía que estaba pisando terreno peligroso y no quería hacer algo que pudiera detonar un cambio radical en él.

Se sintió estúpida por confiar en él de tal manera; tan ciega, y sin embargo sabía que hasta cierto punto, él estaba limitado por el contrato y que había algo más que lo detenía, que lo mantendría lejos de la tentación que ese libro le significaba.

Unos minutos después, con la frente sudorosa y la respiración todavía desasosegada, los brillantes ojos del demonio se fijaron en Susana, intimidantes y al acecho, casi saboreando su alma; su futura victoria al momento de corromperla. Su cometido original permanecería intacto, y sólo un par de cosas extras e inesperadas serían lo único que alterarían sus planes.

-Esta es… -su voz se tornó mucho más ronca- …es la segunda parte de las invocaciones… –ella no se atrevió a hablar. Supo leer bien su mirada y sabía que no era el momento oportuno- esos sujetos no deben verla siquiera. Es demasiado peligroso y en manos inexpertas, sin suficiente… -hizo una pausa y tragó pesado- autocontrol, podrían significar terribles consecuencias para cualquiera –por fin regresó a la normalidad, aunque sus ojos permanecían brillantes, pero había regresado a ser el mismo de siempre; quizá tan solo un poco más terrorífico.

-Bien… consérvalo. Yo tendré la otra parte conmigo y por nada del mundo dejes que se apoderen de ese tomo. Es una orden.

-Sí, Milady.

Después prosiguió a leer el otro libro dentro del cofre. Parecía un viejo diario y en la portada decía Richard Serafer. Era un escrito dirigido a sus descendientes, convencido de que uno de ellos era el que lo estaba leyendo.

Susannna se sentó junto a una de las paredes de la cueva y leyó el diario. Conforme la lectura avanzaba, la chica se sorprendía más. La historia completa de la familia estaba ahí, con lujo de detalles y lo que había estado buscando: el verdadero significado del enlace.

Pasó quizás una hora leyendo la primera parte del diario, estupefacta al principio e incapaz de dejar de leer. Tal vez sería su única oportunidad de hacerlo, pero al llegar a la parte que más le importaba, sólo pudo bajar el libro y taparse la boca con una de sus manos.

-¿Qué sucede? –dijo Sebastian consternado.

-El enlace… es un puente entre varias dimensiones. Cuando esté formado, podrá dar acceso a todo tipo de entes y creaturas a este mundo. Una vez hecho el ritual, es permanente. Cambiaría el curso de… de… -balbuceó- de la historia, para ti, para mí… esas sombras que veo. Esas almas en pena, los shinigamis… ¡todo!

-¿Eso es posible?

-Sólo un poder casi divino podría hacerlo. Para eso necesitan al ángel caído. Y… -de repente la atmósfera en el cuarto comenzó a cambiar. Era como si un aire frío inundara toda la cueva, acompañado de un silencio fantasmal que no era normal- …mujer… ritual, o ter… Él. Debe ser… Por eso es tan difícil… morir en... de sangre… completarán todo.

Las palabras de Susanna eran incomprensibles desde el otro lado de la roca, donde Ronald estaba escuchando. Había podido comprender casi la mitad de la plática, pero eso último fue muy difícil de escuchar. Anotó todo en una libreta que después guardó en su saco.

-Espero que el jefe o Sutcliff sempai puedan descifrarlo… -suspiró y de inmediato se puso en actitud de alerta. Desde que había llegado al lugar había sacado su death scythe, pero con esa vibra tan sombría invadiendo la cueva, lo sujetó con más fuerza, listo para atacar en cualquier momento, pero nada ocurrió.

Sus ojos brillaron y por un instante creyó ver a un sujeto joven, con ojos claros, entre verde y azul, con barba de candado y piel trigueña. Era alto, pero no pareció notar al shinigami, quien enseguida lo encaró. Sin embargo, un segundo estaba ahí y el siguiente se había ido, dejando al muchacho muy confundido, pero antes de que pudiera investigar, escuchó a Susanna gritar desde el otro lado de la roca.

-¡Sebastian! -de inmediato el mayordomo se interpuso entre ella y ese individuo.

-¡Es Ricardo Soler! –alcanzó a decir el demonio y ella buscó la salida con desesperación. Un botón, una palanca, algo que los dejara salir y huir con los diarios. Mientras tanto, el hombre los miró como si los estuviera estudiando y después se asomó al cofre- hay algo extraño…

Ricardo Soler se limitó a lanzarles una mirada de odio, al parecer no podía hablar. Sebastian se acercó a él y extendió su mano, pero cuando estuvo a punto de tocarlo, lo traspasó, haciendo que el hombre se sorprendiera y causando una sonrisa al demonio.

-No tiene de qué preocuparse. No está aquí, sólo es una proyección –ante tal comentario, el hombre lo miró con ojos de odio y se limitó a observar el cuarto- me temo que ya no encontrará nada aquí –le dijo tratando de persuadirlo para que se fuera, pero éste sólo miró al mayordomo de pies a cabeza, intentando adivinar lo que era.

Instantes después una roca se movió, dejando ver otra runa que Susanna reconoció como tal y sin pensarlo dos veces, jaló a Sebastian del brazo y corrió hacia la salida. Su intuición le dijo que huyera en cuanto el ambiente gélido apareció junto con Ricardo Soler.

Ambos corrieron lo más rápido que pudieron, ella ignorando el punzante dolor de su herida en la pierna, impulsada por la adrenalina y él tratando de encontrar una salida en aquel túnel.

-Señorita ¿qué runa era?

-Era… como una T… doblada de arriba –volteaba a ver si la imagen de aquel hombre lo perseguía.

-Ear… -dijo con voz sombría.

-¿Qué significa?

-La tumba. Habla de muerte y pérdida…

-¡Carajo! –siguieron corriendo hasta topar con una pared- ¡Genial! Ahora estamos atrapados aquí.

-Y ese es el menor de nuestros problemas… -dijo Sebastian mientras veía un par de rocas caer, dejando entrar chorros de agua que con el tiempo podrían inundar el lugar.

-¡Con un demonio!... –tocó la pared, esperando encontrar algo, y de reojo miró a Sebastian, listo para decir algo- muérdete la lengua y ahórrate el comentario...

-Como usted quiera… -sonrió y le ayudó a buscar algún botón o algo que los dejara salir. En una de las paredes estaba grabada otra runa –Stan… -se acercó a ella y con su fuerza sobrehumana la movió, haciendo espacio suficiente para que el y Susanna pasaran hacia el otro lado- no hay tiempo para acertijos…

En cuanto estuvieron del otro lado, el agua comenzó a colarse por ahí también y la chica se dispuso a correr, pero antes de que avanzara más de tres metros, Sebastian se apresuró y la rodeó por la cintura, impidiendo que se moviera.

-¿Qué rayos?

-La runa de la piedra –dijo antes de ver un par de rocas del tamaño de una pelota de futbol caer desde el techo- lo siento mucho, pero son situaciones extremas- y entonces la cargo y la puso sobre su hombro, corriendo por el estrecho pasillo que poco a poco se llenaba de agua.

Las piedras no dejaban de caer y la ansiedad invadió a Susanna cuando notó que Sebastian se había quedado de pie junto a una pared, tal vez buscando una puerta. Parecía estar muy concentrado y con su brazo la sostenía sobre su hombro, impidiendo que se moviera a pesar de sus protestas. Haciendo un gran esfuerzo y ayudándose de los brazos, Susana pudo enderezarse un poco y comenzó a tocar la pared en busca de la salida, pero no tuvo suerte.

Por fortuna, el mayordomo encontró algo que hizo "click" y abrió una especie de compuerta justo debajo de ellos. Fue una caída de unos ocho metros, tal vez y el mayordomo se hizo cargo de que la mucha no se hiciera daño. Con un ligero movimiento, la puso de pie en el piso y con voz firme le indicó.

-Señorita, por favor corra lo más rápido que pueda hacia el otro extremo, justo detrás de esa curva. Esa última runa era Yr, la flecha.

-No hace falta mucha imaginación para saber lo que hace.

-Yo me encargaré de ser su escudo y desviar las flechas, pero corra y por nada del mundo se detenga.

-Pero… ¿y tú? –ella lo miro con preocupación. Estaba a punto de sacrificar su integridad física por salvarla y eso no le agradó mucho, incluso sabiendo el demonio que era.

-Esto es una fachada de humano…. –explicó sin más reparo. Una mentira para esconder la satisfacción y entusiasmo de ver la preocupación en los ojos de la chica.

-Pero aun así puedes sentir… -no dijo más porque sabía lo estúpidos que era sus argumentos. Él era un ser al que el dolor humano no lo afectaba igual que a los demás y actuaba de acuerdo a ello. Además, sin importar las razones que lo motivaran, debía protegerla porque era su obligación- está bien. Te veré del otro lado.

Y dicho eso comenzó a correr con todas sus fuerzas. Casi en seguida el mayordomo desapareció y flechas puntiagudas y filosas comenzaron a volar por todo el lugar. Desde el rabillo de sus ojos, ella pudo ver una sombra que pasaba a toda velocidad casi junto a ella, dejando caer al piso un sinnúmero de flechas rotas. Algunas con sangre, otras casi intactas. El dolor de la pierna era insignificante frente al temor de que Ricardo Soler los estuviera siguiendo o de quedar atrapada dentro de esa cueva, ahogada por el agua que estaba entrando.

Cuando dio la vuelta en esa curva detrás de una gran roca, se alivió por haberlo logrado, pero tenía una pequeña herida en el brazo izquierdo. Sangraba con levedad, así que no le tomó importancia y sólo se pasó la mano para limpiar la sangre que salía.

Miró hacia la pared de piedra, llena de musgo e inquebrantable frente a ella y mientras se agachaba para observar más de cerca un relieve, sintió como Sebastian se ponía detrás de ella.

-¿Está herida, Milady?

-Sólo un rasguño –volteó a mirarlo y vio que sus ropas estaban manchadas de sangre, con agujeros por todos lados, producto de las flechas. No hizo comentario alguno y continuó tocando la pared.

-Tenga cuidado. Con la de la flecha, hemos encontrado las nueve runas oscuras, así que la única salida que queda es al río.

-Lo tendré en mente –continuó tocando la pared, no sin antes volver a limpiar la sangre de su brazo, que comenzaba a escurrir.

De pronto encontró una heráldica de la familia Serafer, pero no parecía poder moverse o presionarse de algún modo. Con sus dedos ensangrentados rozó las alas grabadas en la piedra y de inmediato una luz blanca, casi cegadora salió de ese mismo lugar.

-¿Qué es esto? –preguntó mientras se tapaba los ojos y Sebastian pensó por un momento, pero al ver las manos de la chica, comprendió por completo.

-Parece que encontró el modo de abrirla. Estaba protegida por un hechizo y su sangre lo deshizo.

-Vaya coincidencia… -cuando la luz se apagó, la piedra que los estaba cubriendo comenzó a moverse y las flechas dejaron de volar por los aires. En el agujero que quedó detrás de la piedra había otra resbaladilla de piedra.

-Muy bien señorita, yo iré primero. Brinque después de mí y en cuanto escuche mi voz, tome una bocanada de aire y nade hacia la superficie ¿me entiende? –ella asintió con la cabeza y miró a Sebastian saltar por el agujero.

Casi justo detrás de él, la chica también saltó. Esta vez la caída no era tan pronunciada, pero todo estaba oscuro y sitió claustrofobia por estar ahí. El miedo la inundaba, pero la voz de Sebastian la hizo reaccionar y cuanto antes tomó tanto aire como pudo.

Antes de darse cuenta, cayó al agua y abrió los ojos para intentar ver algo. La visión ya no era tan oscura, ya que el sol se colaba por la superficie y con todas sus fuerzas nadó hacia arriba. Sabía que su vida dependía de ello, pero la distancia parecía kilométrica y no estaba segura de que el aire le fuera a alcanzar. Movió las piernas y los brazos tan rápido como pudo, incluso al sentir que no avanzaba, y justo antes de que el oxígeno se escapara de sus pulmones, sintió a alguien jalándola del brazo. Era Sebastian, que nadaba a toda velocidad hacia la superficie y en cuanto llegaron ella abrió la boca para tomar aire. En ese momento supo que estuvo a punto de ahogarse. De no haber sido por su mayordomo, quizás todo habría terminado ahí.

Sebastian la sostenía en brazos mientras su respiración se normalizaba. Estaban empapados y cuando estuvo segura de poder nadar pos su propia fuerza, él la soltó y ella no pudo evitar notar que la camisa del demonio se pegaba a su torso, dejando ver el contorno de sus pectorales y ni qué decir de su despeinado cabello escurriendo agua por su atractivo rostro, mirándola fijamente.

-La orilla no está lejos- por fin dijo ella y enfocándose en brasear avanzó hacia la orilla, mientras escuchaba la voz del mayordomo diciéndole.

-La versión oficial, es que usted se cayó de uno de los botes y yo brinqué tras de usted.

Por fortuna, nadie pareció darse cuenta de que ambos salieron del río. Estaban en un lado poco concurrido de Djurgarden, así que cuando salieron, tomaron la oportunidad para descansar un poco sobre el césped.

El sol estaba casi sobre de ellos, evitando que sintieran frío dándoles una sensación de somnolencia exquisita. Algunos minutos después, Sebastian se puso de pie.

-Iré por el auto –y antes de que ella pudiera contestar, el demonio desapareció sin dejar más rastro que una ráfaga de aire, producto de su aceleración.

No pasó mucho tiempo antes de que él regresara por Susanna. Gracias a la gran carrera que hizo, sus ropas estaban casi secas y cuando estuvo junto a ella, le ofreció su mano para que se pusiera de pie. En seguida notó que le costaba mucho trabajo caminar, así que con mucha amabilidad le preguntó.

-¿Desea que le ayude?... parece que tiene mucho dolor en la pierna.

-Creo que… esta vez tendré que acceder –y entonces él la tomo en brazos y caminó hacia el auto. Ella no pudo evitar sentirse agradecida. Sí, tal vez hacía todo ello por el contrato que tenía, y esa era su parte racional hablando, sin embargo, se preocupaba por ella y sus acciones hablaban más que nada. Aprovechó la postura para tener una excusa para abrazarlo. Una forma silenciosa de darle las gracias. Casi al instante una sonrisa apareció en el rostro de Sebastian

-He llamado a la administración del hotel para que tengan listas toallas en cuanto lleguemos –hizo una pausa- y descuide, tengo los dos libros a salvo. Por suerte tenía un par de bolsas de plástico en uno de los bolsillos, así que tampoco se mojaron –ella lo miró con incredulidad, a lo que él contestó guiñando un ojo, y con un tono muy singular dijo- ¿qué tipo de mayordomo sería si no estuviera preparado para cualquier circunstancia?

Justo como Sebastian había dicho, en cuanto llegaron al hotel, un par de miembros del staff los esperaban con toallas y un médico.

-Les he dicho que tuvo un accidente en el lago.

-Eso es precisamente lo que pasó… -sonrió y esperó a que Sebastian abriera la puerta. Se puso de pie y salió del auto, esperando a que le dieran una toalla para cubrirse y comenzar a secarse. Acto seguido, Sebastian la volvió a cargar y subieron por el elevador hasta su cuarto junto con el médico.

-Gracias por todo –ella le susurró al oído antes de que las puertas se cerraran detrás de ellos.

Una vez en el cuarto, el doctor la examinó e hizo una rápida curación en la herida de la flecha. Por suerte, el hombre no hizo muchas preguntas y se limitó a desinfectarla e instruir a Sebastian para que la vendara después de que tomara un baño.

De inmediato se metió a la regadera. Estaba cansada, pero la adrenalina la mantenía alerta. Recordaba los escalofríos que es aparición o proyección le habían hecho sentir, eso sin mencionar todas las ideas que le venían a la mente después de descubrir de lo que en verdad se trataba el enlace.

Desde ese momento, su visión de la situación cambió de manera radical. Sabía a qué se enfrentaba y lo que buscaban esas personas. Todavía no sabía cómo lo lograrían, pero su convicción por acabar con ellos se fortaleció más que nunca. Su abuelo le dejó un mensaje muy claro y toda la información necesaria estaba escrita en ese diario, pero lo más importante era que ninguno de esos individuos se apoderara de la otra mitad del libro de invocaciones.

Estaba segura de que Sebastian era el indicado para salvaguardarlo, así que eso no le significaba mayor preocupación, pero era muy probable que esta vez sí fueran tras ella y se tomaran las cosas más en serio.

Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar y en cuanto salió del baño, se sentó en uno de los sillones de la sala, dejando que el mayordomo le pusiera la banda en el brazo, pero ninguno de los dos dijo palabra alguna por un buen rato y después de terminar con la curación, Sebastian la dejó sola por unos momentos.

El cerebro de Susanna parecía una locomotora trabajando a todo lo que daba, pero llegó un momento en el que todo se volvió cíclico y frustrante. Fue entonces que dijo en voz alta.

-Necesito distraerme.

-Es comprensible ¿desea hacer algo en especial? –el mayordomo se asomó por la puerta de su habitación.

-Sólo quiero un trago… y algo de comer.

-Muy bien, entones… -camino hacia ella, son una mirada traviesa- tengo en mente un excelente lugar.

Dicho y hecho, Sebastian la llevó a un bar con estilo gótico victoriano, mismo que se localizaba en el centro de la ciudad. No era un lugar muy grande, pero la decoración era de finales del siglo XIX. Los acabados eran de madera labrada con gran detalle y las mesas estaban distribuidas alrededor de la barra, donde se preparaban infinidad de cocteles y vinos.

-Vaya, esto me trae muchos recuerdos –dijo el mayordomo mientras caminaba detrás de Susanna, quien observaba a su alrededor, fascinada por el decorado.

-¡Me encanta este lugar! –en seguida un camarero los atendió y los dirigió a su mesa. Después de ver la carta y pedir algo para comer, miró a Sebastian con curiosidad- entonces… ¿la época victoriana te trae recuerdos?

-Así es –comenzó a explicar- uno de mis contratistas vivió durante esa época.

-¿En verdad? ¡Debió ser muy interesante! –dijo con gran emoción. Disfrutaba muchísimo las historias que de vez en cuando el demonio le contaba sobre tiempos pasados. Los detalles eran tan vívidos y fidedignos, que podría pasar horas escuchándolo. Además, cada vez que Sebastian le contaba ese tipo de historias, modulaba su voz de una manera especial y rítmica, casi hipnótica a los oídos de la chica.

Pasaron casi dos horas en las que el mayordomo continuó hablándole sobre las costumbres y sus impresiones sobre la época, mientras ella bebía aquavit.

-Wow… creo que no hubiera podido vivir en esos tiempos. Eso de usar corsé y enormes vestidos es lo más impráctico del mundo… pero si pudiese vivir en otro tiempo por un par de días, creo que escogería la edad media.

-¡Una época fascinante en verdad!... si no le importa bañarse una vez cada seis meses...

-Sebastian… -él la miró con curiosidad, ya que la expresión de la chica cambió de manera radical- ¿ese no es…? –miró hacia la barra, donde había un muchacho con un gorro tratando de ocultar su rostro- ¿Ronald Knox?

Notas de la autora:

¡Hola a todos! Gracias por seguir la historia, espero les haya agradado este capítulo lleno de acción. Esta vez quisiera hacer una pequeña encuesta… sólo son dos preguntas 1.- ¿con quién prefieren que se quede Susanna? 2.- ¿qué pensarían si la historia se dividiera en dos, dependiendo de con quien se quede?